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Parte 1
Llevar a Cabo un Fuego
Traducido por katiliz94
Corregido por YaninaPA
Por lo tanto llevaré a cabo un fuego desde el medio de ti, deberá devorarte, y
llevaré tus cenizas sobre la tierra a la vista de todos los que te observan. Todos
los que te conocen entre las personas que deberían estar asombrados por ti:
deberías estar asustado, y nunca deberías estarlo más.
—Ezequiel 28:14
Capítulo 1
El destino de su Copa
Traducido por Garazi
Corregido por YaninaPA
—Imagina algo calmante. La playa de arena de Los Ángeles, arena
blanca, agua azul estrellándose contra las rocas, pasear por la línea de la
marea…
Jace abrió un ojo.
—Esto suena muy romántico.
El muchacho que se sentaba frente a él suspiró y se pasó las manos por el
pelo oscuro. Aunque era un día frío de diciembre, los hombres lobo no sentían
tanto el tiempo como los humanos, y Jordan tenía su chaqueta y las mangas de
la camisa enrolladas. Estaban sentados uno frente al otro en un parche de hierba
en un claro en Central Park, ambos con las piernas cruzadas, las manos sobre
las rodillas y las palmas hacia arriba.
Una roca se levantaba cerca de ellos. Se dividía en cantos rodados
grandes y pequeños, y sobre una de las rocas más grandes se encaramaban Alec
e Isabelle Lightwood. Mientras Jace alzaba la vista, Isabelle le llamó la atención
y le hizo un gesto alentador. Alec notando su gesto, le golpeó el hombro. Jace
podía verlo hablándole a Izzy, probablemente para no romper la concentración
de Jace. Sonrió para sus adentros —ninguno de ellos realmente tenía una razón
para estar aquí, pero habían ido de todos modos, "como apoyo moral". Aunque
Jace sospechaba que tenía más que ver con el hecho de que Alec odiaba estar
libre en estos días, Isabelle odiaba que su hermano estuviera solo y ambos
evitaban a sus padres y el Instituto.
Jordan hizo chasquear los dedos bajo la nariz de Jace.
—¿Estás prestando cualquier atención?
Jace frunció el ceño.
—Lo estaba hasta que nos preguntábamos en el territorio de los anuncios
personales malos.
—Bueno, ¿qué tipo de cosas te hacen sentir tranquilo y sosegado?
Jace se quitó las manos de las rodillas —la posición de loto le estaba
dando calambres en las muñecas— y se apoyó en los brazos. El viento frío hacía
temblar las pocas hojas muertas que todavía se aferraban a las ramas de los
árboles. Contra el cielo pálido de invierno, las hojas tenían una sobria elegancia,
como un boceto de pluma y tinta.
—Matar demonios —dijo—. Una buena y limpia muerte es muy
relajante. Las sucias son más molestas, porque tienes que limpiar después.
—No. —Jordan levantó las manos. Por debajo de las mangas de la
camisa, los tatuajes que envolvían sus brazos eran visibles. Shaantih, shaantih,
shaantih. Jace sabía que significaba "la paz sobrepasa todo entendimiento," y se
suponía que tenías que decir la palabra tres veces cada vez que pronunciaras la
mantra para calmarte la mente. Pero nada parecía calmar la suya en estos días.
El fuego en sus venas hacía que su mente corriera también, con pensamientos
demasiado rápidos, uno tras otro, como la explosión de fuegos artificiales. Los
sueños eran tan reales y saturados de color como pinturas al óleo. Había
intentado entrenándose, horas y horas dedicadas a practicar en la habitación,
sangrando y con moretones y sudor y, una vez, incluso, con dedos rotos. Pero
no había logrado hacer mucho más que irritar a Alec con las solicitudes de
runas de curación y, en una ocasión memorable, prendiendo accidentalmente
fuego a una de las vigas transversales.
Fue Simon quien había señalado que su compañero de habitación
meditaba todos los días, y quien había dicho que ese hábito era lo que había
calmado los ataques incontrolables de ira que a menudo eran parte de la
transformación de un hombre lobo. Desde allí había sido un salto corto antes de
que Clary sugiriera que Jace "bien podría intentarlo," y allí estaban, en su
segunda tanda de sesiones. La primera sesión había terminado con Jace dejando
una marca de fuego en el suelo de madera de Simon y Jordan, por lo que Jordan
había sugerido que lo llevarán afuera en esta segunda sesión para evitar un
mayor daño a la propiedad.
—Matar no —dijo Jordan—. Estamos tratando de hacer que te sientas
tranquilo. Sangre, muerte, guerra, todas esas no son cosas pacíficas. ¿No hay
ninguna otra cosa que desees?
—Armas —dijo Jace—. Me gustan las armas.
—Estoy empezando a pensar que tenemos una cuestión problemática de
filosofía personal aquí.
Jace se inclinó hacia delante, con las palmas sobre la hierba.
—Soy un guerrero —dijo—. Fui criado como un guerrero. No tenía
juguetes, tenía armas. Dormí con una espada de madera hasta que tenía cinco
años. Mis primeros libros fueron demonologías medievales con páginas
iluminadas. Las primeras canciones que aprendí fueron cantos para desterrar a
los demonios. Sé lo que me trae la paz, y no son playas de arena o el canto de
los pájaros en bosques tropicales. Quiero un arma en la mano y una estrategia
para ganar.
Jordan le miró desapasionadamente.
—Así que estás diciendo que lo que te trae paz es la guerra.
Jace levantó las manos y se puso de pie, quitándose la hierba de sus
jeans.
—Ahora lo pillas. —Oyó el crujido de la hierba seca y se volvió, a tiempo
para ver a Clary pasar a través de un hueco entre dos árboles y emerger en el
claro, con Simon sólo unos pasos detrás de ella. Clary tenía las manos en los
bolsillos de atrás y se reía.
Jace los observó por un momento —había algo en observar a personas
que no sabían que estaban siendo observadas. Se acordó de la segunda vez que
había visto a Clary, a través de la sala principal del Java Jones. Ella se había
estado riendo y hablando con Simon como lo hacía ahora. Recordó el giro poco
familiar de los celos en su pecho, quitándole el aliento, la sensación de
satisfacción cuando ella había dejado detrás de Simon para venir y hablar con
él.
Las cosas cambiaron. Había pasado de ser devorado por los celos de
Simon a respetarle a regañadientes por su tenacidad y valentía a considerarlo
realmente un amigo, aunque dudaba que alguna vez lo dijera en voz alta. Jace
observó mientras Clary lo miraba y le lanzaba un beso, con su pelo rojo
rebotando en su cola de caballo. Era tan pequeña, delicada, como una muñeca
había pensado una vez, antes de que haber aprendido lo fuerte que era.
Ella se dirigió hacia Jace y Jordan, dejando a Simon correteando por el
suelo rocoso donde estaban sentados Alec e Isabelle y desplomándose al lado
de Isabelle, quien inmediatamente se inclinó para decirle algo, con la cortina de
pelo negro ocultándole la cara.
Clary se detuvo frente a Jace, balanceándose sobre sus talones con una
sonrisa.
—¿Cómo va?
—Jordan quiere que piense en la playa —dijo Jace con tristeza.
—Es terco —le dijo Clary a Jordan—. Lo que quiere decir es que lo
aprecia.
—En realidad, no —dijo Jace.
Jordan soltó un bufido.
—Sin mí estaría rebotando por Madison Avenue, disparando chispas por
todos sus orificios. —Se puso de pie, encogiéndose de hombros en su chaqueta
verde—. Tu novio está loco —le dijo a Clary.
—Sí, pero está bueno —dijo Clary—. Así que eso es todo.
Jordan hizo una mueca, pero tenía buen carácter.
—Voy a salir —dijo—. He quedado con Maia en el centro. —Le dio un
saludo burlón y se fue, deslizándose entre los árboles y desapareciendo con la
suavidad silenciosa del lobo que tenía bajo de la piel. Jace lo miró irse.
Salvadores inverosímiles, pensó. Hacía seis meses no habría creído a nadie que le
dijera que iba a terminar tomando lecciones de comportamiento con un hombre
lobo.
Jordan, Simon y Jace habían entablado una especie de amistad en los
últimos meses. Jace no podía evitar usar su apartamento como un refugio, lejos
de las presiones diarias del Instituto, lejos de los recordatorios de que la Clave
todavía se preparaba para la guerra con Sebastian.
Erchomai. La palabra pasó por la mente de Jace como el roce de una
pluma, haciéndole temblar. Vio las alas de un ángel, arrancadas de su cuerpo,
tendidas en un charco de sangre dorada.
Estoy en camino.
—¿Qué está mal? —dijo Clary; Jace de pronto lucía a un millón de millas
de distancia. Desde que el fuego celestial había entrado en su cuerpo, tendía a
ensimismarse más. Tenía la sensación de que era un efecto secundario de
reprimir sus emociones. Sintió una punzada, Jace, cuando ella lo había
conocido, había estado tan controlado, con sólo un poco de su verdadero yo
escapándose a través de las grietas en su armadura personal, como la luz a
través de las grietas en la pared. Le había costado mucho tiempo romper esas
defensas. Ahora, sin embargo, el fuego en sus venas le obligaba a volver a
levantarlas, a morder sus emociones por razones de seguridad. Pero cuando el
fuego se hubiera ido, ¿sería capaz de desmantelarlas nuevo?
Él parpadeó, de vuelta por su voz. El sol de invierno estaba alto y frío; le
agudizaba los huesos de la cara y ponía en relieve las sombras bajo sus ojos. Él
le tomó la mano con una respiración profunda.
—Tienes razón —dijo silenciosamente con una voz grave reservada sólo
para ella—. Eso está ayudando, las lecciones con Jordan. Están ayudando, y lo
aprecio.
—Lo sé. —Clary curvó su mano alrededor de su muñeca. Su piel estaba
caliente bajo sus dedos; parecía estar varios grados más caliente de lo normal
desde su encuentro con Gloriosa. Su corazón aún latía con su familiar ritmo
constante, pero la sangre que iba a través de sus venas parecía retumbar bajo
sus dedos, con la energía cinética de un fuego a punto de prender.
Se puso de puntillas para besarle en la mejilla, pero él se giró y sus labios
se rozaron. No habían hecho nada más que besarse desde que el incendio había
comenzado a cantar en su sangre, e incluso eso había sido con cuidado. Jace
tuvo cuidado ahora, con la boca deslizándose suavemente contra la de ella, con
su mano agarrándole el hombro. Por un momento estuvieron cuerpo a cuerpo,
y sintió el repiqueteo y el pulso de su sangre. Se movió para acercarla más, y
una chispa fuerte y seca pasó entre ellos, como la chispa de electricidad estática.
Jace interrumpió el beso y dio un paso atrás con una exhalación, antes de
que Clary pudiera decir nada, un coro de aplausos sarcásticos estalló desde la
colina cercana. Simon, Isabelle y Alec los saludaron. Jace se inclinó mientras
Clary retrocedía ligeramente avergonzada, enganchándose los pulgares en el
cinturón de sus pantalones vaqueros.
Jace suspiró.
—¿Nos unimos a nuestros amigos, los molestos mirones?
—Por desgracia, esa es la única clase de amigos que tenemos. —Clary
chocó su hombro contra su brazo y se dirigieron hacia las rocas. Simon e
Isabelle se sentaron uno junto al otro, hablando en voz baja. Alec lo hacía un
poco aparte, mirando la pantalla de su teléfono con una expresión de intensa
concentración.
Jace se tiró al suelo al lado de su parabatai.
—He oído que si te quedas mirando eso lo suficiente, suena.
—Le ha estado enviando mensajes de texto a Magnus —dijo Isabelle,
mirándole con una mirada de desaprobación.
—No lo he hecho —dijo Alec automáticamente.
—Sí, lo has hecho —dijo Jace, estirando el cuello para mirar por encima
del hombro de Alec—. Y le has llamado. Puedo ver las llamadas salientes.
—Es su cumpleaños —dijo Alec, cerrando de un tirón el teléfono. Él
parecía más pequeño en estos días, casi flaco en su desgastado suéter azul con
agujeros en los codos y los labios mordidos y agrietados. El corazón de Clary se
rompía por él. Se había pasado la primera semana después de que Magnus
había roto con él en una especie de aturdimiento de tristeza e incredulidad.
Ninguno de ellos realmente lo podía creer. Siempre había pensado que Magnus
amaba a Alec, de verdad lo amaba, claramente Alec había pensado lo mismo—.
No quiero que piense que lo he hecho, que piense que lo he olvidado.
—Estás suspirando —dijo Jace.
Alec se encogió de hombros.
—Mira quien habla. “Oh, la amo. Oh, ella es mi hermana. Oh, por qué, por
qué, por qué.”
Jace le tiró un puñado de hojas secas a Alec, haciéndole farfullar.
Isabelle se reía.
—Sabes que tiene razón, Jace.
—Dame tu teléfono —dijo Jace, haciendo caso omiso de Isabelle—.
Vamos, Alexander.
—No es asunto tuyo —dijo Alec, sosteniendo el teléfono lejos—.
Olvídalo, ¿de acuerdo?
—No comes, no duermes, miras fijamente el teléfono, ¿y se supone que
debo olvidarlo? —dijo Jace. Había una sorprendente cantidad de agitación en
su voz; Clary sabía lo mal que había estado porque Alec fuera infeliz, pero no
estaba segura de que Alec lo supiera. En circunstancias normales Jace habría
matado, o al menos amenazado, a cualquier persona que lastimara a Alec; pero
esto era diferente. A Jace le gustaba ganar, pero no podías ganar con un corazón
roto, ni siquiera con el de otro. Ni siquiera con el de alguien a quien amabas.
Jace se inclinó y cogió el teléfono de la mano de su parabatai. Alec
protestó y trató de cogerlo, pero Jace le mantuvo a raya con una mano experta
mientras se desplazaba por los mensajes en el teléfono con la otra—.Magnus,
solo devuélveme la llamada. Necesito saber que estás bien. —Negó con la cabeza
—Está bien, no. Simplemente no. —Con un movimiento decisivo, partió
el teléfono por la mitad. La pantalla se quedó en blanco mientras Jace dejaba
caer los pedazos al suelo—. No.
Alec miró los fragmentos dispersos con incredulidad.
—Me has ROTO el TELÉFONO.
Jace se encogió de hombros.
—Los chicos no dejan que otros chicos sigan llamando a otros chicos.
Bueno, eso sonó mal. Los amigos no dejan que sus amigos sigan llamando y
colgando a sus ex novios. En serio. Tienes que parar.
Alec lucía furioso.
—¿Así que rompiste mi teléfono nuevo? Muchas gracias.
Jace sonrió serenamente y se recostó en la roca.
—De nada.
—Mira el lado bueno —dijo Isabelle—. No vas a poder recibir más textos
de mamá. Ella me envió un mensaje seis veces hoy. Apagué el teléfono. —Ella
se palmeó el bolsillo con una mirada significativa.
—¿Qué es lo que quiere? —preguntó Simon.
—Reuniones constantes —dijo Isabelle—. Testimonios. La Clave sigue
queriendo escuchar lo que pasó cuando luchamos contra Sebastian en el Burren.
Todos hemos tenido que rendir cuentas, como, cincuenta veces. Cómo Jace
absorbió el fuego celestial de Gloriosa. Descripciones de los Cazadores Oscuros,
la Copa Infernal, el armamento que utilizaban, las runas que llevaban. Lo que
llevamos, lo que llevaba Sebastian, lo que todo el mundo llevaba... como sexo
telefónico pero aburrido.
Simon hizo un sonido ahogado.
—Lo que creemos que Sebastian quiere —añadió Alec—. Cuando va a
volver. Lo que va a hacer cuando lo haga.
Clary apoyó los codos en las rodillas.
—Siempre es bueno saber que la Clave tiene un plan confiable y bien
pensado.
—No quieren creerlo —dijo Jace, mirando al cielo—. Ese es el problema.
No importa cuántas veces les digamos lo que vimos en el Burren. No importa
cuántas veces les digamos lo peligrosos que son los Cazadores Oscuros. No
quieren creer que los Nefilim podrían estar realmente dañados. Esos Cazadores
de Sombras podrían matar Cazadores de Sombras.
Clary había estado allí cuando Sebastian había creado los primeros
Cazadores Oscuros. Había visto el vacío en sus ojos, la furia con la que habían
luchado. Le aterrorizaba.
—Ya no son Cazadores de Sombras —añadió en voz baja—. No son
personas.
—Es difícil creerlo si no lo has visto —dijo Alec—. Y Sebastian sólo tiene
algunos. Una pequeña fuerza dispersa, no quieren creer que sean realmente una
amenaza. O, si es una amenaza, prefieren creer que era más una amenaza para
nosotros, Nueva York, que para los Cazadores de Sombras en general
—No están equivocados sobre que si Sebastian se preocupa por algo es
por Clary —dijo Jace, y Clary sintió un escalofrío en la espalda, una mezcla de
repugnancia y aprensión—. Él realmente no tiene emociones. No como
nosotros. Pero, si las tuviera, sería por ella. Y los tiene por Jocelyn. La odia. —
Hizo una pausa, pensativo—. Pero no creo que sea probable que ataque
directamente aquí. Demasiado... obvio.
—Espero que le dijeras a la Clave esto —dijo Simon.
—Alrededor de un millar de veces —dijo Jace—. No creo que tengan en
particular a mis ideas en una alta estima.
Clary se miró las manos. Había sido destituida por la Clave, al igual que
el resto de ellos; les había dado respuestas a todas sus preguntas. Aún había
cosas sobre Sebastian que no les había dicho, que no había contado a nadie. Las
cosas que le había dicho que quería de ella.
No había soñado mucho desde que volvieron desde el Burren con las
venas de Jace llenas de fuego, pero, cuando tenía pesadillas, eran sobre su
hermano.
—Es como tratar de luchar contra un fantasma —dijo Jace—. No pueden
rastrear a Sebastian, no le pueden encontrar, no encuentran los Cazadores de
Sombras que ha cambiado.
—Están haciendo lo que pueden —dijo Alec—. Están apuntalando las
protecciones alrededor de Idris y Alicante. Todas las salas, de hecho. Han
enviado a decenas de expertos a la isla de Wrangel.
La isla de Wrangel era la sede de todas las salas del mundo, los conjuros
que protegían el mundo, e Idris en particular, de los demonios y la invasión
demoníaca. La red de salas no eran perfectas, y los demonios se deslizaba a
través a veces de ellas de todos modos, pero Clary sólo podía imaginar lo mal
que la situación sería si no existieran las salas.
—Oí a mamá decir que los brujos del Laberinto en Espiral han estado
buscando una manera de revertir los efectos de la Copa Infernal —dijo
Isabelle—. Sería más fácil si tuvieran cuerpos para estudiar por supuesto...
Se interrumpió, y Clary sabía por qué. Los cuerpos de los Cazadores
Oscuros que murieron en el Burren habían sido traídos de vuelta a Ciudad de
Hueso para que los Hermanos Silenciosos los examinaran. Los Hermanos
nunca habían tenido la oportunidad. Durante la noche los cuerpos se habían
podrido hasta ser el equivalente a cadáveres de hace una década. No había
habido nada que hacer sino quemar los restos.
Isabelle encontró su voz de nuevo:
—Y las Hermanas de Hierro están produciendo armas. Estamos
recibiendo miles de cuchillos serafines, espadas, chakhrams, todo... forjado con
fuego celestial. —Miró a Jace. En los días inmediatamente posteriores a la
batalla en el Burren, cuando el fuego se había desatado a través de las venas de
Jace con violencia suficiente para hacer gritarle por el dolor a veces, los
Hermanos Silenciosos le había examinado una y otra vez, habían probado con
hielo y fuego, con metal bendito y hierro frío, tratando de ver si había alguna
manera de sacarle el fuego, de contenerlo.
No habían encontrado ninguna. El fuego de Gloriosa, después de haber
sido capturado una vez en una hoja, no parecía tener prisa para habitar otra, o
incluso para abandonar el cuerpo de Jace hacia cualquier tipo de objeto. El
Hermano Zachariah le había dicho a Clary que en los primeros días de los
Cazadores de Sombras, los Nefilim habían tratado de capturar el fuego celestial
en un arma, algo que pudiera ser empuñado contra los demonios. Nunca lo
había conseguido y, finalmente, los cuchillos serafín se habían vuelto sus armas
preferidas. Al final, otra vez, los Hermanos Silenciosos se habían rendido. El
fuego de Gloriosa se acurrucó en las venas de Jace como una serpiente, y lo
mejor que podían esperar era controlarlo para que no lo destruyera.
El fuerte pitido de un mensaje de texto sonó; Isabelle había encendió su
teléfono otra vez.
—Mamá dice que volvamos al Instituto ahora —dijo—. Hay alguna
reunión. Tenemos que estar en ella. —Se levantó, sacudiéndose la suciedad del
vestido—. Te invitaría —le dijo a Simon—, pero, ya sabes, prohibido por ser un
no-muerto y todo.
—Ya recordaba eso —dijo Simon, poniéndose de pie. Clary gateó y
tendió una mano hacia Jace. Él la tomó y se puso de pie.
—Simon y yo nos vamos de compras navideñas —dijo—. Y ninguno de
vosotros puede venir, porque tenemos que conseguir vuestros regalos.
Alec lucía horrorizado.
—Oh, Dios. ¿Eso significa que tengo que conseguirles regalos?
Clary negó con la cabeza.
—¿No celebran los Cazadores de Sombras… ya sabes, la Navidad? —
Recordó de pronto la angustiante cena de Acción de Gracias en casa de Luke
donde Jace, al pedirle que cortara el pavo, había cortado el ave con una espada
hasta que no había quedado nada más que pequeños copos de pavo. ¿Tal vez
no?
—Intercambiamos regalos, honramos el cambio de las estaciones —dijo
Isabelle—. Solía haber una fiesta de invierno del Ángel. Se celebraba el día en
que los Instrumentos Mortales fueron entregados a Jonathan Shadowhunter.
Sin embargo, creo que los Cazadores de Sombras se enfadaron con quedar fuera
de todas las fiestas mundanas, por lo que una gran cantidad de Institutos tienen
fiestas de Navidad. El de Londres es famoso. —Se encogió de hombros—.
Simplemente no creo que vayamos a hacerlo… este año.
—Oh. —Clary sentía horrible. Por supuesto que no querían celebrar la
Navidad después de perder a Max—. Bueno, dejadnos compraros regalos, por
lo menos. No tiene porqué ser una fiesta, ni nada de eso.
—Exactamente. —Simon alzó los brazos—. Tengo que comprar regalos
de Hanukkah. Es el mandato de la ley judía. El Dios de los Judíos es un Dios
enfadado. Y muy orientado a los regalos.
Clary le sonrió. Le resultaba más fácil y más fácil de decir la palabra
"Dios" en estos días.
Jace suspiró y besó a Clary —un rápido roce de despedida de sus labios
contra su sien, pero la hizo temblar. No ser capaz de tocar o besar a Jace
correctamente comenzaba a hacerla saltar. Le había prometido que nunca
tendría importancia, que lo amaría aunque nunca pudieran tocarse de nuevo,
pero lo odiaba de todos modos, odiaba perder la tranquilidad de la forma en
que siempre habían encajado físicamente.
—Hasta luego —dijo Jace—. Voy a volver con Alec e Izzy.
—No, no lo harás —dijo Isabelle inesperadamente—. Has roto el teléfono
de Alec. Por supuesto, todos hemos estado queriendo hacer esto desde hace
semanas.
—ISABELLE —dijo Alec.
—Pero el hecho es que eres su parabatai, y eres el único que no ha ido a
ver a Magnus. Ve a hablar con él.
—¿Y decirle qué? —dijo Jace—. No puedes hablar con alguien para que
no rompa contigo… O tal vez puedes —se apresuró a añadir, al ver la expresión
de Alec—. ¿Quién puede decirlo? Voy a darle una oportunidad.
—Gracias. —Alec dio una palmada en el hombro a Jace—. He oído que
puedes ser encantador cuando quieras.
—He escuchado lo mismo —dijo Jace, rompiendo a correr hacia atrás.
Era gracioso incluso haciendo eso, pensó Clary pensó sombríamente. Y sexy.
Definitivamente sexy. Levantó la mano en un adiós a medias.
—Hasta luego —gritó. Si no estoy muerta de la frustración para entonces.
Los Fray nunca habían sido una familia especialmente religiosa, pero
Clary amaba la Quinta Avenida en época navideña. El aire olía a castañas
asadas dulces y los escaparates brillaban en color plata y azul, verde y rojo. Este
año había copos de nieve cristalinos, redondos y gordos unidos a cada farola,
devolviendo la luz del sol de invierno con rayos de oro. Por no mencionar el
enorme árbol en el edificio Rockefeller Center. Arrojaba su sombra sobre ellos
cuando ella y Simon pasaron por la puerta al lado de la pista de patinaje,
viendo a los turistas caerse cuando trataban de patinar por el hielo.
Clary tenía un chocolate caliente en sus manos, con la calidez
extendiéndose por su cuerpo. Se sentía casi normal —esto, ir a la Quinta para
ver los escaparates y el árbol, había sido una tradición de invierno para ella y
Simon desde que podía recordar.
—Como en los viejos tiempos, ¿no? —dijo él, haciéndose eco de sus
pensamientos mientras apoyaba la barbilla sobre sus brazos cruzados.
Ella se arriesgó a echarle una mirada de reojo. Llevaba un abrigo negro y
una bufanda que hacía hincapié en la palidez de su piel. Sus ojos estaban
ensombrecidos, lo que indicaba que no se había alimentado recientemente. Se
veía como lo que era: un hambriento vampiro cansado.
Bueno, pensó. Casi como en los viejos tiempos.
—Más gente para la que comprar regalos —dijo ella—. Además de la
siempre traumática pregunta de “¿qué comprarle a alguien para la primera
Navidad desde que han comenzado a salir?”
—¿Qué comprar al Cazador de Sombras que lo tiene todo? —dijo Simon
con una sonrisa.
—A Jace le gustan sobre todo las armas —dijo Clary—. Le gustan los
libros, pero tienen una enorme biblioteca en el Instituto. Le gusta la música
clásica… —Ella se iluminó. Simon era músico; a pesar de que su banda fuera
terrible y siempre estuviera cambiando de nombre, ahora eran Suflé Letal, él
tenía práctica—. ¿Qué le darías a alguien al que le gusta tocar el piano?
—Un piano.
—Simon.
—¿Un metrónomo realmente enorme que también funcione como arma?
Clary suspiró, exasperada.
—Partituras. Rachmaninoff es algo difícil, pero le gustan los desafíos.
—Buena idea. Voy a ver si hay una tienda de música por aquí. —Clary,
con su chocolate caliente terminado, arrojó la taza en un bote de basura cercano
y sacó su teléfono—. ¿Qué hay de ti? ¿Qué le vas a comprar a Isabelle?
—No tengo la menor idea —dijo Simon. Habían comenzado a ir
dirección a la avenida, donde un flujo constante de peatones sorprendidos
frente a las ventanas obstruía las calles.
—Oh, vamos. Isabelle es fácil.
—Es de mi novia de quien estás hablando. —Las cejas de Simon se
juntaron—. Creo. No estoy seguro. No hemos hablado de ello. La relación,
quiero decir.
—Realmente tienes que DLR5
, Simon.
—¿Qué?
—Definir la relación. Lo que es, a dónde va. ¿Sois novio y novia, estais
divirtiéndoos, "es complicado", o qué? ¿Cuándo vais a decírselo a sus padres?
¿Puedes ver a otras personas?
Simon se puso pálido.
—¿Qué? ¿En serio?
—En serio. Mientras tanto ¡perfume! —Clary agarró a Simon por la parte
trasera de su chaqueta y lo arrastró a una tienda de cosméticos. Era enorme, con
hileras de relucientes botellas por todas partes—. Y algo inusual —dijo,
dirigiéndose a la zona de las fragancias—. Isabelle no va a querer oler como
todos los demás. Va a querer oler como higos, o lavanda…
—¿Higos? ¿Los higos tienen olor? —Simon lucía horrorizado; Clary
estaba a punto de reírse de él cuando su teléfono sonó. Era su madre.
¿DÓNDE ESTÁS?
Clary puso los ojos y envió un mensaje de vuelta. Jocelyn todavía se
ponía nervioso cuando pensaba que Clary había salido con Jace. A pesar de
que, como había señalado Clary, Jace era probablemente el novio más seguro
del mundo desde que tenían prácticamente prohibido: (1) enfadarse, (2) hacer
avances sexuales y (3) hacer cualquier cosa que pudiera producir una descarga
de adrenalina.
Por otra parte, había sido poseído; ella y su madre se habían visto
mientras se quedaba de pie y dejaba que Sebastian amenazara a Luke. Clary
todavía no había hablado de todo lo que había visto en el apartamento que
había compartido con Jace y Sebastian por ese breve tiempo fuera del tiempo,
una mezcla de sueño y pesadilla. Nunca le había dicho a su madre que Jace
había matado a alguien; había cosas que Jocelyn no necesitaba saber, cosas a las
que Clary misma no quería enfrentarse.
5 DLR: Siglas para Definir La Relación.
—Hay tantas cosas en esta tienda que me imagino que Magnus quiere —
dijo Simon, cogiendo una botella de cristal que hacía brillar el cuerpo con algún
tipo de aceite—. ¿Va en contra de algún tipo de regla comprarle regalos para
alguien que rompió con tu amigo?
—Supongo que depende. ¿Es Magnus tu amigo más cercano, o Alec?
—Alec se acuerda de mi nombre —dijo Simon, y bajó la botella—. Y me
siento mal por él. Entiendo por qué lo hizo Magnus, pero Alec está destrozado.
Siento que si alguien te ama debe perdonarte si estás realmente arrepentido.
—Creo que depende de lo que hicieras —dijo Clary—. No me refiero a
Alec, solo quiero decir en general. Estoy segura de que Isabelle te perdonaría
cualquier cosa —se apresuró a añadir.
Simon lucía dudoso.
—No te muevas —anunció ella, blandiendo una botella cerca de su
cabeza—. En tres minutos voy a olerte el cuello.
—Bueno, nunca lo haría —dijo Simon—. Voy a decirte que has esperado
mucho tiempo para hacer tu movimiento, Fray.
Clary no se molestó con una réplica inteligente; todavía estaba pensando
en lo que Simon había dicho acerca del perdón, y recordando a alguien más, la
voz, cara y ojos de otra persona. Sebastian sentado frente a ella en una mesa en
París. ¿Crees que puedas perdonarme? Quiero decir si crees que el perdón es posible
para alguien como yo.
—Hay cosas que nunca se pueden perdonar —dijo—. Nunca podré
perdonar a Sebastian
—No lo amas.
—No, pero es mi hermano. Si las cosas fueran diferentes… —Pero no lo
son. Clary abandonó el pensamiento, y se inclinó para inhalar—. Hueles como a
higos y albaricoques.
—¿De verdad crees que Isabelle quiere oler como un plato de frutas
secas?
—Puede que no. —Clary cogió otra botella—. Entonces, ¿qué vas a
hacer?
—¿Cuándo?
Clary alzó la vista para hacer la pregunta de cómo un nardo era diferente
de una rosa regular, para vio a Simon mirándola con asombro en sus ojos
marrones. Ella dijo:
—Bueno, no puedes vivir con Jordan para siempre, ¿no? Hay
universidad...
—Tú no vas a ir a la universidad —dijo él.
—No, pero soy una Cazadora de Sombras. Seguimos estudiando después
de los dieciocho, somos destinados a otros Institutos, esa es nuestra
universidad.
—No me gusta la idea de que desaparezcas. —Él se metió las manos en
los bolsillos de su abrigo—. No puedo ir a la universidad —dijo—. Mi madre no
va a pagar por ello, y no puedo sacar préstamos estudiantiles. Estoy legalmente
muerto. Y, además, ¿cuánto tiempo tardarán todos en notar que envejecen pero
yo no? Los adultos de la universidad no lucen de dieciséis, no sé si lo has
notado.
Clary dejó la botella.
—Simon...
—Tal vez debería comprarle algo a mi mamá —dijo él con amargura—.
¿Qué diga “Gracias por echarme de casa y fingir que morí”?
—¿Orquídeas?
Pero el estado de ánimo de broma de Simon se había ido.
—Tal vez no es como en los viejos tiempos —dijo—. Yo te habría
comprado lápices, generalmente, materiales de arte, pero ya no dibujas,
¿verdad? ¿Excepto con tu estela? Tú no dibujas y yo no respiro. No como el año
pasado.
—Tal vez deberías hablar con Raphael —dijo Clary.
—¿Raphael?
—Él sabe cómo viven los vampiros —dijo Clary—. Cómo se hacen vidas,
cómo hacen dinero, cómo consiguen apartamentos, él sabe esas cosas. Podría
ayudar.
—Podría, pero no lo hará —dijo Simon, con el ceño fruncido—. No he
oído nada del Dumort desde que Maureen tomó el relevo de Camille. Sé que
Raphael es su segundo al mando. Estoy bastante seguro de que todavía cree que
tengo la marca de Caín; de lo contrario, ya habría enviado a alguien detrás de
mí. Cuestión de tiempo.
—No. Saben que no deben molestarte. Sería una guerra con la Clave. El
Instituto ha sido muy claro —dijo Clary—. Estás protegido.
—Clary —dijo Simon—. Ninguno de nosotros está protegido.
Antes de que Clary pudiera contestar,
—No. ¿Qué está pasando?
—Lo siento, Simon —dijo Jocelyn—. Pero Clary y yo tenemos que ir al
Instituto de inmediato.
La casa de Magnus no había cambiado mucho desde la primera vez que
Jace había estado allí. La misma pequeña entrada y una sola bombilla amarilla.
Jace utilizó una runa de abrir para entrar por la puerta principal, subió las
escaleras de dos en dos y tocó la campana del apartamento de Magnus. Más
seguro que usar otra runa, pensó. Después de todo, Magnus podría estar jugando
a videojuegos desnudo o, realmente, hacer prácticamente cualquier cosa.
¿Quién sabía lo que los brujos hacían en su tiempo libre?
Jace tocó de nuevo, esta vez apoyándose firmemente en el timbre de la
puerta. Otros dos zumbidos largos y Magnus finalmente abrió la puerta,
luciendo furioso. Llevaba una bata de seda negra sobre una camisa blanca y
pantalones de tweed. Sus pies estaban desnudos, su pelo oscuro enredado y allí
había una sombra de barba en su mandíbula.
—¿Qué estás haciendo aquí? —exigió.
—Vaya, vaya —dijo Jace—. Qué poco acogedor.
—Eso es porque no eres bienvenido.
Jace enarcó una ceja.
—Pensé que éramos amigos.
—No. Eres amigo de Alec. Alec era mi novio, así que tenía que
aguantarte. Pero ahora él no es mi novio, así que no tengo que hacerlo. No es
que alguno de vosotros no parezca darse cuenta de ello. Debes ser, qué ¿el
cuarto?, de vosotros que me molesta. —Magnus contó con los dedos largos—.
Clary. Isabelle. Simon…
—¿Simon vino?
—Pareces sorprendido.
—No creo que él invirtiera en tu relación con Alec.
—No tengo una relación con Alec —dijo Magnus rotundamente, pero
Jace ya había pasado más allá de él y estaba en su sala de estar, mirando a su
alrededor con curiosidad.
Una de las cosas que siempre le habían gustado en secreto del
apartamento de Magnus era que rara vez lucía de la misma forma dos veces. A
veces era un gran y moderno loft. A veces parecía un burdel francés o un
fumadero de opio victoriano, o el interior de una nave espacial. Sin embargo,
ahora era desordenado y oscuro. Las pilas de viejas cajas de comida china
cubrían la mesa de café. Presidente Miau yacía sobre la alfombra de trapo, con
las cuatro patas delante de sí como si fuera un ciervo muerto.
—Huele como a desamor aquí —dijo Jace.
—Eso es la comida china. —Magnus se arrojó sobre el sofá y estiró sus
largas piernas—. Vamos, terminemos con esto. Di lo que has venido a decir.
—Creo que deberías volver con Alec —dijo Jace.
Magnus puso los ojos en blanco.
—¿Y por qué es eso?
—Porque él es miserable —dijo Jace—. Y lo siente. Siente lo que hizo. No
va a hacerlo de nuevo.
—Oh, ¿no va a planear a escondidas con una de mis ex acortar mi vida de
nuevo? Muy noble por su parte.
—Magnus…
—Además, Camille ha muerto. No puede hacerlo de nuevo.
—Sabes lo que quiero decir —dijo Jace—. No va a mentirte ni engañarte
ni ocultarte cosas ni lo que sea por lo que estás realmente molesto. —Se dejó
caer en una silla de cuero y levantó una ceja—. ¿Y?
Magnus rodó sobre su costado.
—¿Qué te importa si Alec es miserable?
—¿Qué me importa? —dijo Jace, tan fuerte que Presidente Meow se sentó
de golpe con maullido, como si hubiera sido sorprendido—. Por supuesto que
me importa Alec, es mi mejor amigo, mi parabatai. Y es infeliz. Y tú también, por
el aspecto de las cosas. Quitando los envases de comida por todas partes, no has
hecho nada para arreglar el lugar, y tu gato parece muerto.
—No está muerto.
—Me preocupo por Alec —dijo Jace, fijando en Magnus una mirada
firme—. Me preocupo por él más que por mí mismo.
—¿Nunca piensas —meditó Magnus, tirando un poco para pelarse el
esmalte de uñas—, que todo el asunto de los parabatai es bastante cruel? Puedes
elegir a tu parabatai, pero nunca puedes deselegirlos. Ni siquiera si se vuelven
contra ti. Mira a Luke y Valentine. Y, aunque tu parabatai es la persona a la que
eres más cercana en todo el mundo, en cierto modo, no puedes enamorarte de
ellos. Y si mueren, una parte de ti muere también.
—¿Cómo sabes tanto sobre parabatai?
—Sé sobre los Cazadores de Sombras —dijo Magnus, palmeando el sofá
junto a él para que Presidente diera un salto sobre los cojines y le dio un golpe a
Magnus con la cabeza. Los largos dedos del brujo se hundieron en la piel del
gato—. No tengo mucho tiempo. Sois criaturas extrañas. Todo frágileza y
nobleza y humanidad, por un lado, y todo el fuego irreflexivo de los ángeles
por el otro. —Sus ojos se movieron hacia Jace—. Tú en particular, Herondale,
porque vostros teneis el fuego de los ángeles en la sangre.
—¿Has sido amigo de Cazadores de Sombras antes?
—Amigos —dijo Magnus—. ¿Qué significa eso, en realidad?
—Lo sabrías —dijo Jace—, si tuvieras alguno. ¿Los tienes? ¿Tienes
amigos? Quiero decir, además de las personas que acuden a tus fiestas. La
mayoría de la gente tiene miedo de ti, o parece que te debe algo o que dormiste
con ellos una vez, pero amigos, no veo que tengas una gran cantidad de esos.
—Bueno, esto es nuevo —dijo Magnus—. Nadie del resto de su grupo ha
intentado insultarme.
—¿Funciona?
—Si te refieres a si de repente me siento obligado a volver con Alec, no —
dijo Magnus—. He desarrollado un deseo extraño de pizza, pero eso podría no
estar relacionado.
—Alec dijo que harías eso —dijo Jace—. Desviar preguntas sobre ti
mismo con chistes.
Magnus entrecerró los ojos.
—¿Y yo soy el único que hace eso?
—Exactamente —dijo Jace—. Tómalo de alguien que sabe. Odias hablar
de ti mismo, y prefieres hacer enojar a la gente a ser compadecido. ¿Cuántos
años tienes, Magnus? La respuesta real.
Magnus no dijo nada.
—¿Cuáles eran los nombres de tus padres? ¿El nombre de tu padre?
Magnus lo miró con sus ojos de oro verdoso.
—Si quisiera tumbarme en un sofá y quejarme de mis padres, contrataría
a un psiquiatra.
—Ah —dijo Jace—. Pero mis servicios son gratis.
—Escuché eso de ti.
Jace sonrió y se deslizó en la silla. Había una almohada con un patrón de
la Union Jack. La cogió y se la puso detrás de su cabeza.
—No tengo ningún sitio donde estar. Puedo sentarme aquí todo el día.
—Genial —dijo Magnus—. Voy a tomar una siesta. —Extendió una
manta arrugada tirada en el suelo mientras el teléfono de Jace sonaba. Magnus
miró, detenido a media acción, mientras Jace hurgaba en su bolsillo y abría el
teléfono.
Era Isabelle.
—¿Jace?
—Sí. Estoy en casa de Magnus. Creo que podría estar haciendo algunos
progresos. ¿Qué pasa?
—Vuelve —dijo Isabelle, y Jace se sentó con la espalda recta mientras la
almohada caía al suelo. Su voz era tensa. Podía oírla nítida como las notas de un
piano fuera mal sintonizado—. Al Instituto. De inmediato, Jace.
—¿Qué es? —preguntó él—. ¿Qué ha pasado? —Y vio a Magnus sentarse
también, dejando la manta.
—Sebastian —dijo Isabelle.
Jace cerró los ojos. Vio la sangre dorada y plumas blancas esparcidas por
el suelo de mármol. Recordó el apartamento, un cuchillo en sus manos, el
mundo a sus pies, el agarre de Sebastian en su muñeca, esos ojos negros
insondables mirándolo con diversión oscura. Hubo un zumbido en sus oídos.
—¿Qué es? —La voz de Magnus entró en los pensamientos de Jace. Se
dio cuenta de que ya estaba en la puerta, con el teléfono en el bolsillo. Se dio la
vuelta. Magnus estaba detrás de él, con una expresión rígida—. ¿Es Alec? ¿Está
bien?
—¿Qué te importa? —dijo Jace, y Magnus se estremeció. Jace creía no
haber visto nunca inmutarse a Magnus. Era la única cosa que evitó que Jace
cerrase de golpe la puerta al salir.
Había docenas de abrigos y chaquetas desconocidas colgando en la
entrada del Instituto. Clary sintió el zumbido estricto de la tensión en los
hombros mientras abría la cremallera de su propio abrigo de lana y lo colgaba
en uno de los ganchos que se alineaban en las paredes.
—¿Y Maryse no dijo de qué se trataba? —exigió. Su voz había subido por
la ansiedad.
Jocelyn había desenrollado una bufanda gris larga de su cuello, y apenas
la miró mientras Luke se la quitaba y la colocaba en un gancho. Sus ojos verdes
danzaban alrededor de la habitación, a la puerta del ascensor, el techo
arqueado, los murales descoloridos de hombres y ángeles.
Luke negó con la cabeza.
—Sólo que no había habido un ataque a la Clave, y que nosotros
teníamos que llegar lo más rápido posible.
—Es la parte del "nosotros" lo que me preocupa. —Jocelyn se recogió el
pelo en un moño en la nuca, y lo aseguró con sus dedos—. No he estado en el
Instituto en años. ¿Por qué me quieren aquí?
Luke le apretó el hombro para tranquilizarla. Clary sabía lo que Jocelyn
temía, lo que todos temían. La única razón por la que la Clave querría a Jocelyn
aquí era si había noticias de su hijo.
—Maryse dijo que estaría en la biblioteca —dijo Jocelyn. Clary dirigió la
marcha. Podía oír a Luke y a su madre hablando detrás de ella y el suave
sonido de sus pasos, Luke más lento de lo normal. No se había recuperado
totalmente de la lesión que casi lo había matado en noviembre.
Sabes por qué estás aquí, ¿no? respiró una voz suave dentro de su cabeza.
Ella sabía que no estaba realmente allí, pero eso no servía de nada. No había
visto a su hermano desde la pelea en el Burren, pero lo llevaba en una pequeña
parte de su mente, un fantasma desagradablemente intrusivo. Por mi culpa.
Siempre supiste que no me había ido para siempre. Te dije lo que pasaría. Te lo dije.
Erchomai.
Estoy en camino.
Habían llegado a la biblioteca. La puerta estaba entreabierta, y un
murmullo de voces se derramaba a través de ella. Jocelyn se detuvo por un
momento, con la expresión tensa.
Clary puso la mano en el picaporte.
—¿Estás lista? —No se había dado cuenta hasta entonces de lo que
llevaba su madre: vaqueros negros, botas y un jersey de cuello negro. Como si,
sin pensar en ello, se hubiera puesto lo más parecido que tenía a un traje de
batalla.
Jocelyn asintió hacia su hija.
Alguien había echado atrás todos los muebles de la biblioteca,
despejando un espacio grande en el medio de la sala, justo encima del mosaico
del Ángel. Allí se había colocado una gran mesa, una enorme losa de mármol
en equilibrio sobre dos arrodillados ángeles de piedra. Alrededor de la mesa se
sentaba el Cónclave. Algunos miembros, como Kadir y Maryse, a quienes Clary
conocía por su nombre. Otros eran caras apenas conocidas. Maryse estaba de
pie, marcando nombres con los dedos mientras cantaba en voz alta.
—Berlín —dijo—. No hay sobrevivientes. Bangkok. No hay
sobrevivientes. Moscú. No hay sobrevivientes. Los Ángeles…
—¿Los Ángeles? —dijo Jocelyn—. Eso fue a los Blackthorn. ¿Están…?
Maryse se veía sobresaltada, como si no se hubiera dado cuenta de que
Jocelyn había llegado. Sus ojos azules fueron a Luke y Clary. Parecía demacrada
y exhausta, con el pelo peinado hacia atrás con severidad, con una mancha —
¿de vino tinto o de sangre?— en la manga de su chaqueta a medida.
—Hubo sobrevivientes —dijo—. Niños. Están en Idris ahora.
—Helen —dijo Alec, y Clary pensó en la chica que había peleado con
ellos contra Sebastian en el Burren. Se acordó de ella en la nave del Instituto,
con un chico de pelo oscuro pegado a su muñeca. Mi hermano, Julian.
—La novia de Aline —soltó Clary, y vio al Cónclave mirarla con una
hostilidad apenas disimulada. Siempre lo hacían, como si quien era ella y lo que
representaba los hiciera casi no poder verla. Hija de Valentine. Hija de Valentine—
. ¿Está bien?
—Se encontraba en Idris, con Aline —dijo Maryse—. Sus hermanos y
hermanas más pequeños sobrevivieron, aunque parece haber habido un
problema con el hermano mayor, Mark.
—¿Un problema? —dijo Luke—. ¿Qué está pasando exactamente,
Maryse?
—No creo que sepamos toda la historia hasta llegar a Idris —dijo
Maryse, alisándose el pelo ya liso hacia atrás—. Pero ha habido ataques, varios
en dos noches, en seis Institutos. No estamos todavía seguros de cómo se
violaron los Institutos, pero sabemos…
—Sebastian —dijo la madre de Clary. Tenía las manos metidas en los
bolsillos de sus pantalones negros, pero Clary sospechaba que si no lo hubiera
hecho, habría sido capaz de ver las manos de su madre estaban apretadas en
puños—. Ve al grano, Maryse. Mi hijo. No me habrías llamado si él no fuera
responsable. ¿Verdad? —Los ojos de Jocelyn encontraron los de Maryse, y Clary
se preguntó si era así como había sido cuando ambas eran parte del Círculo; los
bordes afilados de sus personalidades frotando uno con otro y causando
chispas.
Antes de que Maryse pudiera hablar, la puerta se abrió y Jace entró y se
barrió con el pelo frío, descubierto y despeinado por el viento. No llevaba
guantes, tenía las puntas de los dedos rojas por el tiempo, marcadas con runas
nuevas y viejas. Vio a Clary y le dio una rápida sonrisa antes de sentarse en una
silla apoyada contra la pared.
Luke, como de costumbre, intentó hacer paz.
—¿Maryse? ¿Es Sebastian responsable?
Maryse respiró hondo.
—Sí, fue. Y tenía a los Cazadores Oscuros con él.
—Por supuesto que fue Sebastian —dijo Isabelle. Había estado mirando a
la mesa, pero ahora levantó la cabeza. Su rostro era una máscara de odio y
rabia—. Dijo que iba a venir, bueno, ahora ha llegado.
Maryse suspiró.
—Asumimos que atacaría Idris. Eso era lo que indicaba toda la
inteligencia. No los Institutos.
—Así que él hizo lo que no esperaban —dijo Jace—. Siempre hace lo que
no esperas. Tal vez la Clave debería haber planeado algo para eso. —La voz de
Jace cayó—. Te lo dije. Te dije que querría más soldados.
—Jace —dijo Maryse—. No estás ayudando.
—No trataba de hacerlo.
—Yo hubiera pensado que él atacaría primero aquí —dijo Alec—. Dado
lo que Jace estaba diciendo antes, y es verdad, todos los que ama u odia están
aquí.
—Él no ama a nadie —espetó Jocelyn.
—Mamá, déjalo —dijo Clary. El corazón le latía con fuerza, enfermo en
su pecho, pero al mismo tiempo había una extraña sensación de alivio. Durante
todo este tiempo esperaba que viniera Sebastian, y ahora lo había hecho. Ahora,
la espera había terminado. Ahora la guerra iba a comenzar—. Entonces, ¿qué se
supone que debemos hacer? ¿Fortalecer el Instituto? ¿Ocultarnos?
—Déjame adivinar —dijo Jace, con la voz llena de sarcasmo—. La Clave
va a llamar a un Concejo. Otra reunión.
—La Clave ha pedido la evacuación inmediata —dijo Maryse, callando a
todo el mundo, incluso Jace—. Todos los institutos han de vaciarse. Todos los
Cónclaves deben regresar a Alicante. Las protecciones alrededor de Idris se
duplicarán pasado mañana. Nadie podrá entrar o salir.
Isabelle tragó.
—¿Cuándo nos vamos de Nueva York?
Maryse se enderezó. Parte de su aire imperioso habitual estaba de vuelta,
con la boca en una delgada una línea y la mandíbula apretada con
determinación.
—Id y empaquetad —dijo—. Nos vamos esta noche.
Llevar a Cabo un Fuego
Traducido por katiliz94
Corregido por YaninaPA
Por lo tanto llevaré a cabo un fuego desde el medio de ti, deberá devorarte, y
llevaré tus cenizas sobre la tierra a la vista de todos los que te observan. Todos
los que te conocen entre las personas que deberían estar asombrados por ti:
deberías estar asustado, y nunca deberías estarlo más.
—Ezequiel 28:14
Capítulo 1
El destino de su Copa
Traducido por Garazi
Corregido por YaninaPA
—Imagina algo calmante. La playa de arena de Los Ángeles, arena
blanca, agua azul estrellándose contra las rocas, pasear por la línea de la
marea…
Jace abrió un ojo.
—Esto suena muy romántico.
El muchacho que se sentaba frente a él suspiró y se pasó las manos por el
pelo oscuro. Aunque era un día frío de diciembre, los hombres lobo no sentían
tanto el tiempo como los humanos, y Jordan tenía su chaqueta y las mangas de
la camisa enrolladas. Estaban sentados uno frente al otro en un parche de hierba
en un claro en Central Park, ambos con las piernas cruzadas, las manos sobre
las rodillas y las palmas hacia arriba.
Una roca se levantaba cerca de ellos. Se dividía en cantos rodados
grandes y pequeños, y sobre una de las rocas más grandes se encaramaban Alec
e Isabelle Lightwood. Mientras Jace alzaba la vista, Isabelle le llamó la atención
y le hizo un gesto alentador. Alec notando su gesto, le golpeó el hombro. Jace
podía verlo hablándole a Izzy, probablemente para no romper la concentración
de Jace. Sonrió para sus adentros —ninguno de ellos realmente tenía una razón
para estar aquí, pero habían ido de todos modos, "como apoyo moral". Aunque
Jace sospechaba que tenía más que ver con el hecho de que Alec odiaba estar
libre en estos días, Isabelle odiaba que su hermano estuviera solo y ambos
evitaban a sus padres y el Instituto.
Jordan hizo chasquear los dedos bajo la nariz de Jace.
—¿Estás prestando cualquier atención?
Jace frunció el ceño.
—Lo estaba hasta que nos preguntábamos en el territorio de los anuncios
personales malos.
—Bueno, ¿qué tipo de cosas te hacen sentir tranquilo y sosegado?
Jace se quitó las manos de las rodillas —la posición de loto le estaba
dando calambres en las muñecas— y se apoyó en los brazos. El viento frío hacía
temblar las pocas hojas muertas que todavía se aferraban a las ramas de los
árboles. Contra el cielo pálido de invierno, las hojas tenían una sobria elegancia,
como un boceto de pluma y tinta.
—Matar demonios —dijo—. Una buena y limpia muerte es muy
relajante. Las sucias son más molestas, porque tienes que limpiar después.
—No. —Jordan levantó las manos. Por debajo de las mangas de la
camisa, los tatuajes que envolvían sus brazos eran visibles. Shaantih, shaantih,
shaantih. Jace sabía que significaba "la paz sobrepasa todo entendimiento," y se
suponía que tenías que decir la palabra tres veces cada vez que pronunciaras la
mantra para calmarte la mente. Pero nada parecía calmar la suya en estos días.
El fuego en sus venas hacía que su mente corriera también, con pensamientos
demasiado rápidos, uno tras otro, como la explosión de fuegos artificiales. Los
sueños eran tan reales y saturados de color como pinturas al óleo. Había
intentado entrenándose, horas y horas dedicadas a practicar en la habitación,
sangrando y con moretones y sudor y, una vez, incluso, con dedos rotos. Pero
no había logrado hacer mucho más que irritar a Alec con las solicitudes de
runas de curación y, en una ocasión memorable, prendiendo accidentalmente
fuego a una de las vigas transversales.
Fue Simon quien había señalado que su compañero de habitación
meditaba todos los días, y quien había dicho que ese hábito era lo que había
calmado los ataques incontrolables de ira que a menudo eran parte de la
transformación de un hombre lobo. Desde allí había sido un salto corto antes de
que Clary sugiriera que Jace "bien podría intentarlo," y allí estaban, en su
segunda tanda de sesiones. La primera sesión había terminado con Jace dejando
una marca de fuego en el suelo de madera de Simon y Jordan, por lo que Jordan
había sugerido que lo llevarán afuera en esta segunda sesión para evitar un
mayor daño a la propiedad.
—Matar no —dijo Jordan—. Estamos tratando de hacer que te sientas
tranquilo. Sangre, muerte, guerra, todas esas no son cosas pacíficas. ¿No hay
ninguna otra cosa que desees?
—Armas —dijo Jace—. Me gustan las armas.
—Estoy empezando a pensar que tenemos una cuestión problemática de
filosofía personal aquí.
Jace se inclinó hacia delante, con las palmas sobre la hierba.
—Soy un guerrero —dijo—. Fui criado como un guerrero. No tenía
juguetes, tenía armas. Dormí con una espada de madera hasta que tenía cinco
años. Mis primeros libros fueron demonologías medievales con páginas
iluminadas. Las primeras canciones que aprendí fueron cantos para desterrar a
los demonios. Sé lo que me trae la paz, y no son playas de arena o el canto de
los pájaros en bosques tropicales. Quiero un arma en la mano y una estrategia
para ganar.
Jordan le miró desapasionadamente.
—Así que estás diciendo que lo que te trae paz es la guerra.
Jace levantó las manos y se puso de pie, quitándose la hierba de sus
jeans.
—Ahora lo pillas. —Oyó el crujido de la hierba seca y se volvió, a tiempo
para ver a Clary pasar a través de un hueco entre dos árboles y emerger en el
claro, con Simon sólo unos pasos detrás de ella. Clary tenía las manos en los
bolsillos de atrás y se reía.
Jace los observó por un momento —había algo en observar a personas
que no sabían que estaban siendo observadas. Se acordó de la segunda vez que
había visto a Clary, a través de la sala principal del Java Jones. Ella se había
estado riendo y hablando con Simon como lo hacía ahora. Recordó el giro poco
familiar de los celos en su pecho, quitándole el aliento, la sensación de
satisfacción cuando ella había dejado detrás de Simon para venir y hablar con
él.
Las cosas cambiaron. Había pasado de ser devorado por los celos de
Simon a respetarle a regañadientes por su tenacidad y valentía a considerarlo
realmente un amigo, aunque dudaba que alguna vez lo dijera en voz alta. Jace
observó mientras Clary lo miraba y le lanzaba un beso, con su pelo rojo
rebotando en su cola de caballo. Era tan pequeña, delicada, como una muñeca
había pensado una vez, antes de que haber aprendido lo fuerte que era.
Ella se dirigió hacia Jace y Jordan, dejando a Simon correteando por el
suelo rocoso donde estaban sentados Alec e Isabelle y desplomándose al lado
de Isabelle, quien inmediatamente se inclinó para decirle algo, con la cortina de
pelo negro ocultándole la cara.
Clary se detuvo frente a Jace, balanceándose sobre sus talones con una
sonrisa.
—¿Cómo va?
—Jordan quiere que piense en la playa —dijo Jace con tristeza.
—Es terco —le dijo Clary a Jordan—. Lo que quiere decir es que lo
aprecia.
—En realidad, no —dijo Jace.
Jordan soltó un bufido.
—Sin mí estaría rebotando por Madison Avenue, disparando chispas por
todos sus orificios. —Se puso de pie, encogiéndose de hombros en su chaqueta
verde—. Tu novio está loco —le dijo a Clary.
—Sí, pero está bueno —dijo Clary—. Así que eso es todo.
Jordan hizo una mueca, pero tenía buen carácter.
—Voy a salir —dijo—. He quedado con Maia en el centro. —Le dio un
saludo burlón y se fue, deslizándose entre los árboles y desapareciendo con la
suavidad silenciosa del lobo que tenía bajo de la piel. Jace lo miró irse.
Salvadores inverosímiles, pensó. Hacía seis meses no habría creído a nadie que le
dijera que iba a terminar tomando lecciones de comportamiento con un hombre
lobo.
Jordan, Simon y Jace habían entablado una especie de amistad en los
últimos meses. Jace no podía evitar usar su apartamento como un refugio, lejos
de las presiones diarias del Instituto, lejos de los recordatorios de que la Clave
todavía se preparaba para la guerra con Sebastian.
Erchomai. La palabra pasó por la mente de Jace como el roce de una
pluma, haciéndole temblar. Vio las alas de un ángel, arrancadas de su cuerpo,
tendidas en un charco de sangre dorada.
Estoy en camino.
—¿Qué está mal? —dijo Clary; Jace de pronto lucía a un millón de millas
de distancia. Desde que el fuego celestial había entrado en su cuerpo, tendía a
ensimismarse más. Tenía la sensación de que era un efecto secundario de
reprimir sus emociones. Sintió una punzada, Jace, cuando ella lo había
conocido, había estado tan controlado, con sólo un poco de su verdadero yo
escapándose a través de las grietas en su armadura personal, como la luz a
través de las grietas en la pared. Le había costado mucho tiempo romper esas
defensas. Ahora, sin embargo, el fuego en sus venas le obligaba a volver a
levantarlas, a morder sus emociones por razones de seguridad. Pero cuando el
fuego se hubiera ido, ¿sería capaz de desmantelarlas nuevo?
Él parpadeó, de vuelta por su voz. El sol de invierno estaba alto y frío; le
agudizaba los huesos de la cara y ponía en relieve las sombras bajo sus ojos. Él
le tomó la mano con una respiración profunda.
—Tienes razón —dijo silenciosamente con una voz grave reservada sólo
para ella—. Eso está ayudando, las lecciones con Jordan. Están ayudando, y lo
aprecio.
—Lo sé. —Clary curvó su mano alrededor de su muñeca. Su piel estaba
caliente bajo sus dedos; parecía estar varios grados más caliente de lo normal
desde su encuentro con Gloriosa. Su corazón aún latía con su familiar ritmo
constante, pero la sangre que iba a través de sus venas parecía retumbar bajo
sus dedos, con la energía cinética de un fuego a punto de prender.
Se puso de puntillas para besarle en la mejilla, pero él se giró y sus labios
se rozaron. No habían hecho nada más que besarse desde que el incendio había
comenzado a cantar en su sangre, e incluso eso había sido con cuidado. Jace
tuvo cuidado ahora, con la boca deslizándose suavemente contra la de ella, con
su mano agarrándole el hombro. Por un momento estuvieron cuerpo a cuerpo,
y sintió el repiqueteo y el pulso de su sangre. Se movió para acercarla más, y
una chispa fuerte y seca pasó entre ellos, como la chispa de electricidad estática.
Jace interrumpió el beso y dio un paso atrás con una exhalación, antes de
que Clary pudiera decir nada, un coro de aplausos sarcásticos estalló desde la
colina cercana. Simon, Isabelle y Alec los saludaron. Jace se inclinó mientras
Clary retrocedía ligeramente avergonzada, enganchándose los pulgares en el
cinturón de sus pantalones vaqueros.
Jace suspiró.
—¿Nos unimos a nuestros amigos, los molestos mirones?
—Por desgracia, esa es la única clase de amigos que tenemos. —Clary
chocó su hombro contra su brazo y se dirigieron hacia las rocas. Simon e
Isabelle se sentaron uno junto al otro, hablando en voz baja. Alec lo hacía un
poco aparte, mirando la pantalla de su teléfono con una expresión de intensa
concentración.
Jace se tiró al suelo al lado de su parabatai.
—He oído que si te quedas mirando eso lo suficiente, suena.
—Le ha estado enviando mensajes de texto a Magnus —dijo Isabelle,
mirándole con una mirada de desaprobación.
—No lo he hecho —dijo Alec automáticamente.
—Sí, lo has hecho —dijo Jace, estirando el cuello para mirar por encima
del hombro de Alec—. Y le has llamado. Puedo ver las llamadas salientes.
—Es su cumpleaños —dijo Alec, cerrando de un tirón el teléfono. Él
parecía más pequeño en estos días, casi flaco en su desgastado suéter azul con
agujeros en los codos y los labios mordidos y agrietados. El corazón de Clary se
rompía por él. Se había pasado la primera semana después de que Magnus
había roto con él en una especie de aturdimiento de tristeza e incredulidad.
Ninguno de ellos realmente lo podía creer. Siempre había pensado que Magnus
amaba a Alec, de verdad lo amaba, claramente Alec había pensado lo mismo—.
No quiero que piense que lo he hecho, que piense que lo he olvidado.
—Estás suspirando —dijo Jace.
Alec se encogió de hombros.
—Mira quien habla. “Oh, la amo. Oh, ella es mi hermana. Oh, por qué, por
qué, por qué.”
Jace le tiró un puñado de hojas secas a Alec, haciéndole farfullar.
Isabelle se reía.
—Sabes que tiene razón, Jace.
—Dame tu teléfono —dijo Jace, haciendo caso omiso de Isabelle—.
Vamos, Alexander.
—No es asunto tuyo —dijo Alec, sosteniendo el teléfono lejos—.
Olvídalo, ¿de acuerdo?
—No comes, no duermes, miras fijamente el teléfono, ¿y se supone que
debo olvidarlo? —dijo Jace. Había una sorprendente cantidad de agitación en
su voz; Clary sabía lo mal que había estado porque Alec fuera infeliz, pero no
estaba segura de que Alec lo supiera. En circunstancias normales Jace habría
matado, o al menos amenazado, a cualquier persona que lastimara a Alec; pero
esto era diferente. A Jace le gustaba ganar, pero no podías ganar con un corazón
roto, ni siquiera con el de otro. Ni siquiera con el de alguien a quien amabas.
Jace se inclinó y cogió el teléfono de la mano de su parabatai. Alec
protestó y trató de cogerlo, pero Jace le mantuvo a raya con una mano experta
mientras se desplazaba por los mensajes en el teléfono con la otra—.Magnus,
solo devuélveme la llamada. Necesito saber que estás bien. —Negó con la cabeza
—Está bien, no. Simplemente no. —Con un movimiento decisivo, partió
el teléfono por la mitad. La pantalla se quedó en blanco mientras Jace dejaba
caer los pedazos al suelo—. No.
Alec miró los fragmentos dispersos con incredulidad.
—Me has ROTO el TELÉFONO.
Jace se encogió de hombros.
—Los chicos no dejan que otros chicos sigan llamando a otros chicos.
Bueno, eso sonó mal. Los amigos no dejan que sus amigos sigan llamando y
colgando a sus ex novios. En serio. Tienes que parar.
Alec lucía furioso.
—¿Así que rompiste mi teléfono nuevo? Muchas gracias.
Jace sonrió serenamente y se recostó en la roca.
—De nada.
—Mira el lado bueno —dijo Isabelle—. No vas a poder recibir más textos
de mamá. Ella me envió un mensaje seis veces hoy. Apagué el teléfono. —Ella
se palmeó el bolsillo con una mirada significativa.
—¿Qué es lo que quiere? —preguntó Simon.
—Reuniones constantes —dijo Isabelle—. Testimonios. La Clave sigue
queriendo escuchar lo que pasó cuando luchamos contra Sebastian en el Burren.
Todos hemos tenido que rendir cuentas, como, cincuenta veces. Cómo Jace
absorbió el fuego celestial de Gloriosa. Descripciones de los Cazadores Oscuros,
la Copa Infernal, el armamento que utilizaban, las runas que llevaban. Lo que
llevamos, lo que llevaba Sebastian, lo que todo el mundo llevaba... como sexo
telefónico pero aburrido.
Simon hizo un sonido ahogado.
—Lo que creemos que Sebastian quiere —añadió Alec—. Cuando va a
volver. Lo que va a hacer cuando lo haga.
Clary apoyó los codos en las rodillas.
—Siempre es bueno saber que la Clave tiene un plan confiable y bien
pensado.
—No quieren creerlo —dijo Jace, mirando al cielo—. Ese es el problema.
No importa cuántas veces les digamos lo que vimos en el Burren. No importa
cuántas veces les digamos lo peligrosos que son los Cazadores Oscuros. No
quieren creer que los Nefilim podrían estar realmente dañados. Esos Cazadores
de Sombras podrían matar Cazadores de Sombras.
Clary había estado allí cuando Sebastian había creado los primeros
Cazadores Oscuros. Había visto el vacío en sus ojos, la furia con la que habían
luchado. Le aterrorizaba.
—Ya no son Cazadores de Sombras —añadió en voz baja—. No son
personas.
—Es difícil creerlo si no lo has visto —dijo Alec—. Y Sebastian sólo tiene
algunos. Una pequeña fuerza dispersa, no quieren creer que sean realmente una
amenaza. O, si es una amenaza, prefieren creer que era más una amenaza para
nosotros, Nueva York, que para los Cazadores de Sombras en general
—No están equivocados sobre que si Sebastian se preocupa por algo es
por Clary —dijo Jace, y Clary sintió un escalofrío en la espalda, una mezcla de
repugnancia y aprensión—. Él realmente no tiene emociones. No como
nosotros. Pero, si las tuviera, sería por ella. Y los tiene por Jocelyn. La odia. —
Hizo una pausa, pensativo—. Pero no creo que sea probable que ataque
directamente aquí. Demasiado... obvio.
—Espero que le dijeras a la Clave esto —dijo Simon.
—Alrededor de un millar de veces —dijo Jace—. No creo que tengan en
particular a mis ideas en una alta estima.
Clary se miró las manos. Había sido destituida por la Clave, al igual que
el resto de ellos; les había dado respuestas a todas sus preguntas. Aún había
cosas sobre Sebastian que no les había dicho, que no había contado a nadie. Las
cosas que le había dicho que quería de ella.
No había soñado mucho desde que volvieron desde el Burren con las
venas de Jace llenas de fuego, pero, cuando tenía pesadillas, eran sobre su
hermano.
—Es como tratar de luchar contra un fantasma —dijo Jace—. No pueden
rastrear a Sebastian, no le pueden encontrar, no encuentran los Cazadores de
Sombras que ha cambiado.
—Están haciendo lo que pueden —dijo Alec—. Están apuntalando las
protecciones alrededor de Idris y Alicante. Todas las salas, de hecho. Han
enviado a decenas de expertos a la isla de Wrangel.
La isla de Wrangel era la sede de todas las salas del mundo, los conjuros
que protegían el mundo, e Idris en particular, de los demonios y la invasión
demoníaca. La red de salas no eran perfectas, y los demonios se deslizaba a
través a veces de ellas de todos modos, pero Clary sólo podía imaginar lo mal
que la situación sería si no existieran las salas.
—Oí a mamá decir que los brujos del Laberinto en Espiral han estado
buscando una manera de revertir los efectos de la Copa Infernal —dijo
Isabelle—. Sería más fácil si tuvieran cuerpos para estudiar por supuesto...
Se interrumpió, y Clary sabía por qué. Los cuerpos de los Cazadores
Oscuros que murieron en el Burren habían sido traídos de vuelta a Ciudad de
Hueso para que los Hermanos Silenciosos los examinaran. Los Hermanos
nunca habían tenido la oportunidad. Durante la noche los cuerpos se habían
podrido hasta ser el equivalente a cadáveres de hace una década. No había
habido nada que hacer sino quemar los restos.
Isabelle encontró su voz de nuevo:
—Y las Hermanas de Hierro están produciendo armas. Estamos
recibiendo miles de cuchillos serafines, espadas, chakhrams, todo... forjado con
fuego celestial. —Miró a Jace. En los días inmediatamente posteriores a la
batalla en el Burren, cuando el fuego se había desatado a través de las venas de
Jace con violencia suficiente para hacer gritarle por el dolor a veces, los
Hermanos Silenciosos le había examinado una y otra vez, habían probado con
hielo y fuego, con metal bendito y hierro frío, tratando de ver si había alguna
manera de sacarle el fuego, de contenerlo.
No habían encontrado ninguna. El fuego de Gloriosa, después de haber
sido capturado una vez en una hoja, no parecía tener prisa para habitar otra, o
incluso para abandonar el cuerpo de Jace hacia cualquier tipo de objeto. El
Hermano Zachariah le había dicho a Clary que en los primeros días de los
Cazadores de Sombras, los Nefilim habían tratado de capturar el fuego celestial
en un arma, algo que pudiera ser empuñado contra los demonios. Nunca lo
había conseguido y, finalmente, los cuchillos serafín se habían vuelto sus armas
preferidas. Al final, otra vez, los Hermanos Silenciosos se habían rendido. El
fuego de Gloriosa se acurrucó en las venas de Jace como una serpiente, y lo
mejor que podían esperar era controlarlo para que no lo destruyera.
El fuerte pitido de un mensaje de texto sonó; Isabelle había encendió su
teléfono otra vez.
—Mamá dice que volvamos al Instituto ahora —dijo—. Hay alguna
reunión. Tenemos que estar en ella. —Se levantó, sacudiéndose la suciedad del
vestido—. Te invitaría —le dijo a Simon—, pero, ya sabes, prohibido por ser un
no-muerto y todo.
—Ya recordaba eso —dijo Simon, poniéndose de pie. Clary gateó y
tendió una mano hacia Jace. Él la tomó y se puso de pie.
—Simon y yo nos vamos de compras navideñas —dijo—. Y ninguno de
vosotros puede venir, porque tenemos que conseguir vuestros regalos.
Alec lucía horrorizado.
—Oh, Dios. ¿Eso significa que tengo que conseguirles regalos?
Clary negó con la cabeza.
—¿No celebran los Cazadores de Sombras… ya sabes, la Navidad? —
Recordó de pronto la angustiante cena de Acción de Gracias en casa de Luke
donde Jace, al pedirle que cortara el pavo, había cortado el ave con una espada
hasta que no había quedado nada más que pequeños copos de pavo. ¿Tal vez
no?
—Intercambiamos regalos, honramos el cambio de las estaciones —dijo
Isabelle—. Solía haber una fiesta de invierno del Ángel. Se celebraba el día en
que los Instrumentos Mortales fueron entregados a Jonathan Shadowhunter.
Sin embargo, creo que los Cazadores de Sombras se enfadaron con quedar fuera
de todas las fiestas mundanas, por lo que una gran cantidad de Institutos tienen
fiestas de Navidad. El de Londres es famoso. —Se encogió de hombros—.
Simplemente no creo que vayamos a hacerlo… este año.
—Oh. —Clary sentía horrible. Por supuesto que no querían celebrar la
Navidad después de perder a Max—. Bueno, dejadnos compraros regalos, por
lo menos. No tiene porqué ser una fiesta, ni nada de eso.
—Exactamente. —Simon alzó los brazos—. Tengo que comprar regalos
de Hanukkah. Es el mandato de la ley judía. El Dios de los Judíos es un Dios
enfadado. Y muy orientado a los regalos.
Clary le sonrió. Le resultaba más fácil y más fácil de decir la palabra
"Dios" en estos días.
Jace suspiró y besó a Clary —un rápido roce de despedida de sus labios
contra su sien, pero la hizo temblar. No ser capaz de tocar o besar a Jace
correctamente comenzaba a hacerla saltar. Le había prometido que nunca
tendría importancia, que lo amaría aunque nunca pudieran tocarse de nuevo,
pero lo odiaba de todos modos, odiaba perder la tranquilidad de la forma en
que siempre habían encajado físicamente.
—Hasta luego —dijo Jace—. Voy a volver con Alec e Izzy.
—No, no lo harás —dijo Isabelle inesperadamente—. Has roto el teléfono
de Alec. Por supuesto, todos hemos estado queriendo hacer esto desde hace
semanas.
—ISABELLE —dijo Alec.
—Pero el hecho es que eres su parabatai, y eres el único que no ha ido a
ver a Magnus. Ve a hablar con él.
—¿Y decirle qué? —dijo Jace—. No puedes hablar con alguien para que
no rompa contigo… O tal vez puedes —se apresuró a añadir, al ver la expresión
de Alec—. ¿Quién puede decirlo? Voy a darle una oportunidad.
—Gracias. —Alec dio una palmada en el hombro a Jace—. He oído que
puedes ser encantador cuando quieras.
—He escuchado lo mismo —dijo Jace, rompiendo a correr hacia atrás.
Era gracioso incluso haciendo eso, pensó Clary pensó sombríamente. Y sexy.
Definitivamente sexy. Levantó la mano en un adiós a medias.
—Hasta luego —gritó. Si no estoy muerta de la frustración para entonces.
Los Fray nunca habían sido una familia especialmente religiosa, pero
Clary amaba la Quinta Avenida en época navideña. El aire olía a castañas
asadas dulces y los escaparates brillaban en color plata y azul, verde y rojo. Este
año había copos de nieve cristalinos, redondos y gordos unidos a cada farola,
devolviendo la luz del sol de invierno con rayos de oro. Por no mencionar el
enorme árbol en el edificio Rockefeller Center. Arrojaba su sombra sobre ellos
cuando ella y Simon pasaron por la puerta al lado de la pista de patinaje,
viendo a los turistas caerse cuando trataban de patinar por el hielo.
Clary tenía un chocolate caliente en sus manos, con la calidez
extendiéndose por su cuerpo. Se sentía casi normal —esto, ir a la Quinta para
ver los escaparates y el árbol, había sido una tradición de invierno para ella y
Simon desde que podía recordar.
—Como en los viejos tiempos, ¿no? —dijo él, haciéndose eco de sus
pensamientos mientras apoyaba la barbilla sobre sus brazos cruzados.
Ella se arriesgó a echarle una mirada de reojo. Llevaba un abrigo negro y
una bufanda que hacía hincapié en la palidez de su piel. Sus ojos estaban
ensombrecidos, lo que indicaba que no se había alimentado recientemente. Se
veía como lo que era: un hambriento vampiro cansado.
Bueno, pensó. Casi como en los viejos tiempos.
—Más gente para la que comprar regalos —dijo ella—. Además de la
siempre traumática pregunta de “¿qué comprarle a alguien para la primera
Navidad desde que han comenzado a salir?”
—¿Qué comprar al Cazador de Sombras que lo tiene todo? —dijo Simon
con una sonrisa.
—A Jace le gustan sobre todo las armas —dijo Clary—. Le gustan los
libros, pero tienen una enorme biblioteca en el Instituto. Le gusta la música
clásica… —Ella se iluminó. Simon era músico; a pesar de que su banda fuera
terrible y siempre estuviera cambiando de nombre, ahora eran Suflé Letal, él
tenía práctica—. ¿Qué le darías a alguien al que le gusta tocar el piano?
—Un piano.
—Simon.
—¿Un metrónomo realmente enorme que también funcione como arma?
Clary suspiró, exasperada.
—Partituras. Rachmaninoff es algo difícil, pero le gustan los desafíos.
—Buena idea. Voy a ver si hay una tienda de música por aquí. —Clary,
con su chocolate caliente terminado, arrojó la taza en un bote de basura cercano
y sacó su teléfono—. ¿Qué hay de ti? ¿Qué le vas a comprar a Isabelle?
—No tengo la menor idea —dijo Simon. Habían comenzado a ir
dirección a la avenida, donde un flujo constante de peatones sorprendidos
frente a las ventanas obstruía las calles.
—Oh, vamos. Isabelle es fácil.
—Es de mi novia de quien estás hablando. —Las cejas de Simon se
juntaron—. Creo. No estoy seguro. No hemos hablado de ello. La relación,
quiero decir.
—Realmente tienes que DLR5
, Simon.
—¿Qué?
—Definir la relación. Lo que es, a dónde va. ¿Sois novio y novia, estais
divirtiéndoos, "es complicado", o qué? ¿Cuándo vais a decírselo a sus padres?
¿Puedes ver a otras personas?
Simon se puso pálido.
—¿Qué? ¿En serio?
—En serio. Mientras tanto ¡perfume! —Clary agarró a Simon por la parte
trasera de su chaqueta y lo arrastró a una tienda de cosméticos. Era enorme, con
hileras de relucientes botellas por todas partes—. Y algo inusual —dijo,
dirigiéndose a la zona de las fragancias—. Isabelle no va a querer oler como
todos los demás. Va a querer oler como higos, o lavanda…
—¿Higos? ¿Los higos tienen olor? —Simon lucía horrorizado; Clary
estaba a punto de reírse de él cuando su teléfono sonó. Era su madre.
¿DÓNDE ESTÁS?
Clary puso los ojos y envió un mensaje de vuelta. Jocelyn todavía se
ponía nervioso cuando pensaba que Clary había salido con Jace. A pesar de
que, como había señalado Clary, Jace era probablemente el novio más seguro
del mundo desde que tenían prácticamente prohibido: (1) enfadarse, (2) hacer
avances sexuales y (3) hacer cualquier cosa que pudiera producir una descarga
de adrenalina.
Por otra parte, había sido poseído; ella y su madre se habían visto
mientras se quedaba de pie y dejaba que Sebastian amenazara a Luke. Clary
todavía no había hablado de todo lo que había visto en el apartamento que
había compartido con Jace y Sebastian por ese breve tiempo fuera del tiempo,
una mezcla de sueño y pesadilla. Nunca le había dicho a su madre que Jace
había matado a alguien; había cosas que Jocelyn no necesitaba saber, cosas a las
que Clary misma no quería enfrentarse.
5 DLR: Siglas para Definir La Relación.
—Hay tantas cosas en esta tienda que me imagino que Magnus quiere —
dijo Simon, cogiendo una botella de cristal que hacía brillar el cuerpo con algún
tipo de aceite—. ¿Va en contra de algún tipo de regla comprarle regalos para
alguien que rompió con tu amigo?
—Supongo que depende. ¿Es Magnus tu amigo más cercano, o Alec?
—Alec se acuerda de mi nombre —dijo Simon, y bajó la botella—. Y me
siento mal por él. Entiendo por qué lo hizo Magnus, pero Alec está destrozado.
Siento que si alguien te ama debe perdonarte si estás realmente arrepentido.
—Creo que depende de lo que hicieras —dijo Clary—. No me refiero a
Alec, solo quiero decir en general. Estoy segura de que Isabelle te perdonaría
cualquier cosa —se apresuró a añadir.
Simon lucía dudoso.
—No te muevas —anunció ella, blandiendo una botella cerca de su
cabeza—. En tres minutos voy a olerte el cuello.
—Bueno, nunca lo haría —dijo Simon—. Voy a decirte que has esperado
mucho tiempo para hacer tu movimiento, Fray.
Clary no se molestó con una réplica inteligente; todavía estaba pensando
en lo que Simon había dicho acerca del perdón, y recordando a alguien más, la
voz, cara y ojos de otra persona. Sebastian sentado frente a ella en una mesa en
París. ¿Crees que puedas perdonarme? Quiero decir si crees que el perdón es posible
para alguien como yo.
—Hay cosas que nunca se pueden perdonar —dijo—. Nunca podré
perdonar a Sebastian
—No lo amas.
—No, pero es mi hermano. Si las cosas fueran diferentes… —Pero no lo
son. Clary abandonó el pensamiento, y se inclinó para inhalar—. Hueles como a
higos y albaricoques.
—¿De verdad crees que Isabelle quiere oler como un plato de frutas
secas?
—Puede que no. —Clary cogió otra botella—. Entonces, ¿qué vas a
hacer?
—¿Cuándo?
Clary alzó la vista para hacer la pregunta de cómo un nardo era diferente
de una rosa regular, para vio a Simon mirándola con asombro en sus ojos
marrones. Ella dijo:
—Bueno, no puedes vivir con Jordan para siempre, ¿no? Hay
universidad...
—Tú no vas a ir a la universidad —dijo él.
—No, pero soy una Cazadora de Sombras. Seguimos estudiando después
de los dieciocho, somos destinados a otros Institutos, esa es nuestra
universidad.
—No me gusta la idea de que desaparezcas. —Él se metió las manos en
los bolsillos de su abrigo—. No puedo ir a la universidad —dijo—. Mi madre no
va a pagar por ello, y no puedo sacar préstamos estudiantiles. Estoy legalmente
muerto. Y, además, ¿cuánto tiempo tardarán todos en notar que envejecen pero
yo no? Los adultos de la universidad no lucen de dieciséis, no sé si lo has
notado.
Clary dejó la botella.
—Simon...
—Tal vez debería comprarle algo a mi mamá —dijo él con amargura—.
¿Qué diga “Gracias por echarme de casa y fingir que morí”?
—¿Orquídeas?
Pero el estado de ánimo de broma de Simon se había ido.
—Tal vez no es como en los viejos tiempos —dijo—. Yo te habría
comprado lápices, generalmente, materiales de arte, pero ya no dibujas,
¿verdad? ¿Excepto con tu estela? Tú no dibujas y yo no respiro. No como el año
pasado.
—Tal vez deberías hablar con Raphael —dijo Clary.
—¿Raphael?
—Él sabe cómo viven los vampiros —dijo Clary—. Cómo se hacen vidas,
cómo hacen dinero, cómo consiguen apartamentos, él sabe esas cosas. Podría
ayudar.
—Podría, pero no lo hará —dijo Simon, con el ceño fruncido—. No he
oído nada del Dumort desde que Maureen tomó el relevo de Camille. Sé que
Raphael es su segundo al mando. Estoy bastante seguro de que todavía cree que
tengo la marca de Caín; de lo contrario, ya habría enviado a alguien detrás de
mí. Cuestión de tiempo.
—No. Saben que no deben molestarte. Sería una guerra con la Clave. El
Instituto ha sido muy claro —dijo Clary—. Estás protegido.
—Clary —dijo Simon—. Ninguno de nosotros está protegido.
Antes de que Clary pudiera contestar,
—No. ¿Qué está pasando?
—Lo siento, Simon —dijo Jocelyn—. Pero Clary y yo tenemos que ir al
Instituto de inmediato.
La casa de Magnus no había cambiado mucho desde la primera vez que
Jace había estado allí. La misma pequeña entrada y una sola bombilla amarilla.
Jace utilizó una runa de abrir para entrar por la puerta principal, subió las
escaleras de dos en dos y tocó la campana del apartamento de Magnus. Más
seguro que usar otra runa, pensó. Después de todo, Magnus podría estar jugando
a videojuegos desnudo o, realmente, hacer prácticamente cualquier cosa.
¿Quién sabía lo que los brujos hacían en su tiempo libre?
Jace tocó de nuevo, esta vez apoyándose firmemente en el timbre de la
puerta. Otros dos zumbidos largos y Magnus finalmente abrió la puerta,
luciendo furioso. Llevaba una bata de seda negra sobre una camisa blanca y
pantalones de tweed. Sus pies estaban desnudos, su pelo oscuro enredado y allí
había una sombra de barba en su mandíbula.
—¿Qué estás haciendo aquí? —exigió.
—Vaya, vaya —dijo Jace—. Qué poco acogedor.
—Eso es porque no eres bienvenido.
Jace enarcó una ceja.
—Pensé que éramos amigos.
—No. Eres amigo de Alec. Alec era mi novio, así que tenía que
aguantarte. Pero ahora él no es mi novio, así que no tengo que hacerlo. No es
que alguno de vosotros no parezca darse cuenta de ello. Debes ser, qué ¿el
cuarto?, de vosotros que me molesta. —Magnus contó con los dedos largos—.
Clary. Isabelle. Simon…
—¿Simon vino?
—Pareces sorprendido.
—No creo que él invirtiera en tu relación con Alec.
—No tengo una relación con Alec —dijo Magnus rotundamente, pero
Jace ya había pasado más allá de él y estaba en su sala de estar, mirando a su
alrededor con curiosidad.
Una de las cosas que siempre le habían gustado en secreto del
apartamento de Magnus era que rara vez lucía de la misma forma dos veces. A
veces era un gran y moderno loft. A veces parecía un burdel francés o un
fumadero de opio victoriano, o el interior de una nave espacial. Sin embargo,
ahora era desordenado y oscuro. Las pilas de viejas cajas de comida china
cubrían la mesa de café. Presidente Miau yacía sobre la alfombra de trapo, con
las cuatro patas delante de sí como si fuera un ciervo muerto.
—Huele como a desamor aquí —dijo Jace.
—Eso es la comida china. —Magnus se arrojó sobre el sofá y estiró sus
largas piernas—. Vamos, terminemos con esto. Di lo que has venido a decir.
—Creo que deberías volver con Alec —dijo Jace.
Magnus puso los ojos en blanco.
—¿Y por qué es eso?
—Porque él es miserable —dijo Jace—. Y lo siente. Siente lo que hizo. No
va a hacerlo de nuevo.
—Oh, ¿no va a planear a escondidas con una de mis ex acortar mi vida de
nuevo? Muy noble por su parte.
—Magnus…
—Además, Camille ha muerto. No puede hacerlo de nuevo.
—Sabes lo que quiero decir —dijo Jace—. No va a mentirte ni engañarte
ni ocultarte cosas ni lo que sea por lo que estás realmente molesto. —Se dejó
caer en una silla de cuero y levantó una ceja—. ¿Y?
Magnus rodó sobre su costado.
—¿Qué te importa si Alec es miserable?
—¿Qué me importa? —dijo Jace, tan fuerte que Presidente Meow se sentó
de golpe con maullido, como si hubiera sido sorprendido—. Por supuesto que
me importa Alec, es mi mejor amigo, mi parabatai. Y es infeliz. Y tú también, por
el aspecto de las cosas. Quitando los envases de comida por todas partes, no has
hecho nada para arreglar el lugar, y tu gato parece muerto.
—No está muerto.
—Me preocupo por Alec —dijo Jace, fijando en Magnus una mirada
firme—. Me preocupo por él más que por mí mismo.
—¿Nunca piensas —meditó Magnus, tirando un poco para pelarse el
esmalte de uñas—, que todo el asunto de los parabatai es bastante cruel? Puedes
elegir a tu parabatai, pero nunca puedes deselegirlos. Ni siquiera si se vuelven
contra ti. Mira a Luke y Valentine. Y, aunque tu parabatai es la persona a la que
eres más cercana en todo el mundo, en cierto modo, no puedes enamorarte de
ellos. Y si mueren, una parte de ti muere también.
—¿Cómo sabes tanto sobre parabatai?
—Sé sobre los Cazadores de Sombras —dijo Magnus, palmeando el sofá
junto a él para que Presidente diera un salto sobre los cojines y le dio un golpe a
Magnus con la cabeza. Los largos dedos del brujo se hundieron en la piel del
gato—. No tengo mucho tiempo. Sois criaturas extrañas. Todo frágileza y
nobleza y humanidad, por un lado, y todo el fuego irreflexivo de los ángeles
por el otro. —Sus ojos se movieron hacia Jace—. Tú en particular, Herondale,
porque vostros teneis el fuego de los ángeles en la sangre.
—¿Has sido amigo de Cazadores de Sombras antes?
—Amigos —dijo Magnus—. ¿Qué significa eso, en realidad?
—Lo sabrías —dijo Jace—, si tuvieras alguno. ¿Los tienes? ¿Tienes
amigos? Quiero decir, además de las personas que acuden a tus fiestas. La
mayoría de la gente tiene miedo de ti, o parece que te debe algo o que dormiste
con ellos una vez, pero amigos, no veo que tengas una gran cantidad de esos.
—Bueno, esto es nuevo —dijo Magnus—. Nadie del resto de su grupo ha
intentado insultarme.
—¿Funciona?
—Si te refieres a si de repente me siento obligado a volver con Alec, no —
dijo Magnus—. He desarrollado un deseo extraño de pizza, pero eso podría no
estar relacionado.
—Alec dijo que harías eso —dijo Jace—. Desviar preguntas sobre ti
mismo con chistes.
Magnus entrecerró los ojos.
—¿Y yo soy el único que hace eso?
—Exactamente —dijo Jace—. Tómalo de alguien que sabe. Odias hablar
de ti mismo, y prefieres hacer enojar a la gente a ser compadecido. ¿Cuántos
años tienes, Magnus? La respuesta real.
Magnus no dijo nada.
—¿Cuáles eran los nombres de tus padres? ¿El nombre de tu padre?
Magnus lo miró con sus ojos de oro verdoso.
—Si quisiera tumbarme en un sofá y quejarme de mis padres, contrataría
a un psiquiatra.
—Ah —dijo Jace—. Pero mis servicios son gratis.
—Escuché eso de ti.
Jace sonrió y se deslizó en la silla. Había una almohada con un patrón de
la Union Jack. La cogió y se la puso detrás de su cabeza.
—No tengo ningún sitio donde estar. Puedo sentarme aquí todo el día.
—Genial —dijo Magnus—. Voy a tomar una siesta. —Extendió una
manta arrugada tirada en el suelo mientras el teléfono de Jace sonaba. Magnus
miró, detenido a media acción, mientras Jace hurgaba en su bolsillo y abría el
teléfono.
Era Isabelle.
—¿Jace?
—Sí. Estoy en casa de Magnus. Creo que podría estar haciendo algunos
progresos. ¿Qué pasa?
—Vuelve —dijo Isabelle, y Jace se sentó con la espalda recta mientras la
almohada caía al suelo. Su voz era tensa. Podía oírla nítida como las notas de un
piano fuera mal sintonizado—. Al Instituto. De inmediato, Jace.
—¿Qué es? —preguntó él—. ¿Qué ha pasado? —Y vio a Magnus sentarse
también, dejando la manta.
—Sebastian —dijo Isabelle.
Jace cerró los ojos. Vio la sangre dorada y plumas blancas esparcidas por
el suelo de mármol. Recordó el apartamento, un cuchillo en sus manos, el
mundo a sus pies, el agarre de Sebastian en su muñeca, esos ojos negros
insondables mirándolo con diversión oscura. Hubo un zumbido en sus oídos.
—¿Qué es? —La voz de Magnus entró en los pensamientos de Jace. Se
dio cuenta de que ya estaba en la puerta, con el teléfono en el bolsillo. Se dio la
vuelta. Magnus estaba detrás de él, con una expresión rígida—. ¿Es Alec? ¿Está
bien?
—¿Qué te importa? —dijo Jace, y Magnus se estremeció. Jace creía no
haber visto nunca inmutarse a Magnus. Era la única cosa que evitó que Jace
cerrase de golpe la puerta al salir.
Había docenas de abrigos y chaquetas desconocidas colgando en la
entrada del Instituto. Clary sintió el zumbido estricto de la tensión en los
hombros mientras abría la cremallera de su propio abrigo de lana y lo colgaba
en uno de los ganchos que se alineaban en las paredes.
—¿Y Maryse no dijo de qué se trataba? —exigió. Su voz había subido por
la ansiedad.
Jocelyn había desenrollado una bufanda gris larga de su cuello, y apenas
la miró mientras Luke se la quitaba y la colocaba en un gancho. Sus ojos verdes
danzaban alrededor de la habitación, a la puerta del ascensor, el techo
arqueado, los murales descoloridos de hombres y ángeles.
Luke negó con la cabeza.
—Sólo que no había habido un ataque a la Clave, y que nosotros
teníamos que llegar lo más rápido posible.
—Es la parte del "nosotros" lo que me preocupa. —Jocelyn se recogió el
pelo en un moño en la nuca, y lo aseguró con sus dedos—. No he estado en el
Instituto en años. ¿Por qué me quieren aquí?
Luke le apretó el hombro para tranquilizarla. Clary sabía lo que Jocelyn
temía, lo que todos temían. La única razón por la que la Clave querría a Jocelyn
aquí era si había noticias de su hijo.
—Maryse dijo que estaría en la biblioteca —dijo Jocelyn. Clary dirigió la
marcha. Podía oír a Luke y a su madre hablando detrás de ella y el suave
sonido de sus pasos, Luke más lento de lo normal. No se había recuperado
totalmente de la lesión que casi lo había matado en noviembre.
Sabes por qué estás aquí, ¿no? respiró una voz suave dentro de su cabeza.
Ella sabía que no estaba realmente allí, pero eso no servía de nada. No había
visto a su hermano desde la pelea en el Burren, pero lo llevaba en una pequeña
parte de su mente, un fantasma desagradablemente intrusivo. Por mi culpa.
Siempre supiste que no me había ido para siempre. Te dije lo que pasaría. Te lo dije.
Erchomai.
Estoy en camino.
Habían llegado a la biblioteca. La puerta estaba entreabierta, y un
murmullo de voces se derramaba a través de ella. Jocelyn se detuvo por un
momento, con la expresión tensa.
Clary puso la mano en el picaporte.
—¿Estás lista? —No se había dado cuenta hasta entonces de lo que
llevaba su madre: vaqueros negros, botas y un jersey de cuello negro. Como si,
sin pensar en ello, se hubiera puesto lo más parecido que tenía a un traje de
batalla.
Jocelyn asintió hacia su hija.
Alguien había echado atrás todos los muebles de la biblioteca,
despejando un espacio grande en el medio de la sala, justo encima del mosaico
del Ángel. Allí se había colocado una gran mesa, una enorme losa de mármol
en equilibrio sobre dos arrodillados ángeles de piedra. Alrededor de la mesa se
sentaba el Cónclave. Algunos miembros, como Kadir y Maryse, a quienes Clary
conocía por su nombre. Otros eran caras apenas conocidas. Maryse estaba de
pie, marcando nombres con los dedos mientras cantaba en voz alta.
—Berlín —dijo—. No hay sobrevivientes. Bangkok. No hay
sobrevivientes. Moscú. No hay sobrevivientes. Los Ángeles…
—¿Los Ángeles? —dijo Jocelyn—. Eso fue a los Blackthorn. ¿Están…?
Maryse se veía sobresaltada, como si no se hubiera dado cuenta de que
Jocelyn había llegado. Sus ojos azules fueron a Luke y Clary. Parecía demacrada
y exhausta, con el pelo peinado hacia atrás con severidad, con una mancha —
¿de vino tinto o de sangre?— en la manga de su chaqueta a medida.
—Hubo sobrevivientes —dijo—. Niños. Están en Idris ahora.
—Helen —dijo Alec, y Clary pensó en la chica que había peleado con
ellos contra Sebastian en el Burren. Se acordó de ella en la nave del Instituto,
con un chico de pelo oscuro pegado a su muñeca. Mi hermano, Julian.
—La novia de Aline —soltó Clary, y vio al Cónclave mirarla con una
hostilidad apenas disimulada. Siempre lo hacían, como si quien era ella y lo que
representaba los hiciera casi no poder verla. Hija de Valentine. Hija de Valentine—
. ¿Está bien?
—Se encontraba en Idris, con Aline —dijo Maryse—. Sus hermanos y
hermanas más pequeños sobrevivieron, aunque parece haber habido un
problema con el hermano mayor, Mark.
—¿Un problema? —dijo Luke—. ¿Qué está pasando exactamente,
Maryse?
—No creo que sepamos toda la historia hasta llegar a Idris —dijo
Maryse, alisándose el pelo ya liso hacia atrás—. Pero ha habido ataques, varios
en dos noches, en seis Institutos. No estamos todavía seguros de cómo se
violaron los Institutos, pero sabemos…
—Sebastian —dijo la madre de Clary. Tenía las manos metidas en los
bolsillos de sus pantalones negros, pero Clary sospechaba que si no lo hubiera
hecho, habría sido capaz de ver las manos de su madre estaban apretadas en
puños—. Ve al grano, Maryse. Mi hijo. No me habrías llamado si él no fuera
responsable. ¿Verdad? —Los ojos de Jocelyn encontraron los de Maryse, y Clary
se preguntó si era así como había sido cuando ambas eran parte del Círculo; los
bordes afilados de sus personalidades frotando uno con otro y causando
chispas.
Antes de que Maryse pudiera hablar, la puerta se abrió y Jace entró y se
barrió con el pelo frío, descubierto y despeinado por el viento. No llevaba
guantes, tenía las puntas de los dedos rojas por el tiempo, marcadas con runas
nuevas y viejas. Vio a Clary y le dio una rápida sonrisa antes de sentarse en una
silla apoyada contra la pared.
Luke, como de costumbre, intentó hacer paz.
—¿Maryse? ¿Es Sebastian responsable?
Maryse respiró hondo.
—Sí, fue. Y tenía a los Cazadores Oscuros con él.
—Por supuesto que fue Sebastian —dijo Isabelle. Había estado mirando a
la mesa, pero ahora levantó la cabeza. Su rostro era una máscara de odio y
rabia—. Dijo que iba a venir, bueno, ahora ha llegado.
Maryse suspiró.
—Asumimos que atacaría Idris. Eso era lo que indicaba toda la
inteligencia. No los Institutos.
—Así que él hizo lo que no esperaban —dijo Jace—. Siempre hace lo que
no esperas. Tal vez la Clave debería haber planeado algo para eso. —La voz de
Jace cayó—. Te lo dije. Te dije que querría más soldados.
—Jace —dijo Maryse—. No estás ayudando.
—No trataba de hacerlo.
—Yo hubiera pensado que él atacaría primero aquí —dijo Alec—. Dado
lo que Jace estaba diciendo antes, y es verdad, todos los que ama u odia están
aquí.
—Él no ama a nadie —espetó Jocelyn.
—Mamá, déjalo —dijo Clary. El corazón le latía con fuerza, enfermo en
su pecho, pero al mismo tiempo había una extraña sensación de alivio. Durante
todo este tiempo esperaba que viniera Sebastian, y ahora lo había hecho. Ahora,
la espera había terminado. Ahora la guerra iba a comenzar—. Entonces, ¿qué se
supone que debemos hacer? ¿Fortalecer el Instituto? ¿Ocultarnos?
—Déjame adivinar —dijo Jace, con la voz llena de sarcasmo—. La Clave
va a llamar a un Concejo. Otra reunión.
—La Clave ha pedido la evacuación inmediata —dijo Maryse, callando a
todo el mundo, incluso Jace—. Todos los institutos han de vaciarse. Todos los
Cónclaves deben regresar a Alicante. Las protecciones alrededor de Idris se
duplicarán pasado mañana. Nadie podrá entrar o salir.
Isabelle tragó.
—¿Cuándo nos vamos de Nueva York?
Maryse se enderezó. Parte de su aire imperioso habitual estaba de vuelta,
con la boca en una delgada una línea y la mandíbula apretada con
determinación.
—Id y empaquetad —dijo—. Nos vamos esta noche.
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