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Capítulo 12
La Pesadilla Formal
Traducido por Nanami27
Corregido por Lucero
Los cuerpos ardían en filas ordenadas de piras que se habían establecido
a lo largo del camino hacia el Bosque Brocelind. El sol comenzaba a ponerse
detrás de un cielo nublado blanco, y cuando cada pira se elevaba, estallaba en
chispas anaranjadas. El efecto era extrañamente hermoso, aunque Jia Penhallow
dudaba que alguno de los dolientes que se reunían en la llanura pensara así.
Por alguna razón, una canción que había aprendido cuando era niña se
repetía en su cabeza.
Negro para la caza durante la noche
El color blanco para la muerte y el luto
Oro para una novia en su vestido de boda
Y el rojo para deshacer encantamientos.
Seda blanca cuando nuestros cuerpos se queman,
Banderas azules cuando lo perdido regresa.
Flamas por el nacimiento de un Nefilim,
Y para lavar nuestros pecados.
Gris por el mejor conocimiento jamás dicho
Hueso para aquellos que no envejecen.
El azafrán ilumina la marcha de la victoria,
El verde reparará nuestros corazones rotos.
Plata para las torres de los demonios,
Y el bronce para convocar los poderes malvados.
Hueso para aquellos que no envejecen. El Hermano Enoc, con su túnica de
color hueso, estaba caminando de ida y vuelta por la fila de las piras. Cazadores
de Sombras se encontraban de pie o arrodillados, o arrojando en las flamas
anaranjadas puñados de las pálidas flores blancas de Alicante, que crecían
incluso en el invierno.
—Cónsul. —La voz en su hombro era suave. Ella se volvió para ver al
Hermano Zachariah (al muchacho que una vez había sido el Hermano
Zachariah, al menos) de pie junto a su hombro—. El Hermano Enoc dijo que
deseaba hablar conmigo.
—Hermano Zachariah —empezó a decir, y luego hizo una pausa—.
¿Hay otro nombre por el que desee ser llamado? ¿El nombre que tenía antes de
convertirse en un Hermano Silencioso?
—“Zachariah” servirá muy bien por ahora —dijo—. Todavía no estoy
listo para recuperar mi antiguo nombre.
—He escuchado —dijo ella, e hizo una pausa, para el siguiente momento
era incómodo—, que uno de los brujos del Laberinto en Espiral, Theresa Gray,
es alguien a quien usted conoció y cuidó durante su vida mortal. Y para alguien
que ha sido un Hermano Silencioso tanto como usted ha sido, debe ser algo
raro.
—Ella es todo lo que me queda de ese tiempo —dijo Zachariah—. Ella y
Magnus. Me gustaría hablar con Magnus, si pudiese, antes de que él…
—¿Le gustaría ir al Laberinto en Espiral? —Interrumpió Jia.
Zachariah la miró con ojos estupefactos. Parecía tener casi la misma edad
que su hija, pensó Jia, sus pestañas eran imposiblemente largas, con los ojos
tanto jóvenes como mayores, al mismo tiempo.
—¿Me está liberando de Alicante? ¿Acaso no se necesita a todos los
guerreros?
—Ha servido a la Clave por más de ciento treinta años. No podemos
pedir más de usted.
Él volvió la mirada hacia las piras, al humo negro corriendo por el aire.
—¿Cuánto sabe del Laberinto en Espiral? ¿De los ataques a los Institutos,
la Ciudadela, los representantes?
—Son estudiantes de la tradición —dijo Jia—. No guerreros o políticos.
Ellos saben de lo que sucedió en el Burren. Hemos hablado de la magia de
Sebastian, las posibles curas para los Cazadores Oscuros, formas de fortalecer
las salas. No preguntan más allá de eso…
—Y no se los diga —dijo Zachariah—. ¿Así que no saben de la
Ciudadela, o los representantes?
Jia apretó la mandíbula. —Supongo que va a decir que debo decirles.
—No —dijo. Tenía las manos en los bolsillos; su aliento era visible en el
aire claro y frío—. No diré eso.
Estaban de pie al lado del otro, en la nieve y el silencio, hasta que, para
su sorpresa, él habló de nuevo:
—No voy a ir al Laberinto en Espiral. Me quedaré en Idris.
—¿Pero no quiere verla?
—Quiero ver a Tessa más que nada en el mundo —dijo Zachariah—.
Pero si ella supiera más de lo que ha estado sucediendo aquí, querría estar aquí
y luchar junto a nosotros, y me parece que yo no quiero eso. —Su pelo oscuro
cayó hacia adelante mientras negaba con la cabeza—. Me parece que a medida
que voy despertando de ser un Hermano Silencioso, soy capaz de no querer
eso. Tal vez es egoísmo. No estoy seguro. Pero de lo que sí puedo estar seguro,
es que los brujos están a salvo en el Laberinto en Espiral. Tessa está a salvo. Si
voy con ella, estaré a salvo también, pero de igual manera me estaré
escondiendo. Yo no soy un brujo; no puedo ser de ayuda en el Laberinto. Puedo
ser de ayuda aquí.
—Podría ir al Laberinto y volver. Sería complicado, pero yo podría
pedir…
—No —dijo él en voz baja—. No puedo ver a Tessa cara a cara y evitar
decirle la verdad sobre lo que está pasando aquí. Y más que eso, no puedo ir a
donde Tessa y presentarme como un hombre mortal, como un Cazador de
Sombras, y no hablarle de los sentimientos que tenía cuando era… —se
interrumpió—. Que mis sentimientos no han cambiado. No puedo ofrecerle eso
y entonces volver a un lugar en el que podría ser asesinado. Es mejor que ella
piense que nunca hubo una oportunidad para nosotros.
—Es mejor que piense así también —dijo Jia, mirándole a la cara, con la
esperanza y el anhelo pintados allí claramente para que cualquiera los vea.
Miró a Robert y Maryse Lightwood, de pie a una distancia el uno del otro en la
nieve. No lejos de allí estaba su propia hija, Aline, apoyando su cabeza contra la
rubia y rizada de Helen Blackthorn—. Nosotros, los Cazadores de Sombras, nos
ponemos en peligro, cada hora, cada día. Creo que a veces somos imprudentes
con nuestros corazones de la manera en que somos con nuestras vidas. Cuando
los entregamos, damos cada pieza. Y si no conseguimos lo que necesitamos tan
desesperadamente, ¿cómo vivimos?
—Cree que ella podría ya no amarme —dijo Zachariah—. Después de
todo este tiempo.
Jia no dijo nada. Era, después de todo, exactamente lo que pensaba.
—Es una cuestión razonable —dijo él—. Y quizá no lo haga. Mientras ella
esté viva, bien y feliz en este mundo, voy a encontrar una manera de ser feliz
también, incluso si no es a su lado. —Miró a las piras, a las alargadas sombras
de la muerte—. ¿Qué cuerpo es el del joven Longford? ¿El que mató a su
parabatai?
—Ahí. —Señaló Jia—. ¿Por qué quiere saber?
—Es la peor cosa que me puedo imaginar tener que hacer alguna vez. No
hubiera sido lo suficientemente valiente. Y dado que ahí se encuentra alguien
que lo fue, quiero presentarle mis respetos —dijo Zachariah, y caminó a través
del suelo espolvoreado de nieve hacia el fuego.
—El funeral ha terminado —dijo Isabelle—. O por lo menos, el humo de
dejado de subir. —Estaba sentada en el alféizar de la ventana de su habitación
en la casa del Inquisidor. La habitación era pequeña y pintada de blanco, con
cortinas floreadas. No muy Isabelle, pensó Clary, pero entonces habría sido
difícil hacer una réplica de la habitación esparcida con polvos brillantes de la
Isabelle de Nueva York a corto plazo.
—Estaba leyendo mi Codex el otro día. —Clary terminó de abotonarse el
cárdigan de lana azul que se había puesto. No podía soportar tener puesto un
segundo más el suéter que había usado todo el día de ayer, con el que había
dormido, y que Sebastian había tocado—. Y estaba pensando. Los mundanos se
matan unos a otros todo el tiempo. Nosotros… ellos tienen guerras, todo tipo de
guerras y se masacran entre sí, pero esta es la primera vez que los Nefilim
alguna vez han tenido que matar a otros Cazadores de Sombras. Cuando Jace y
yo estábamos tratando de convencer a Robert de dejarnos ir a través de la
Ciudadela, no podía entender por qué estaba tan terco. Pero creo que lo
entiendo un poco ahora. Creo que él no podía creer que los Cazadores de
Sombras realmente podría representar una amenaza para otros Cazadores de
Sombras. No importa lo que les dijimos sobre el Burren.
Isabelle lanzó una breve carcajada.
—Eso es caridad de tu parte. —Atrajo las rodillas al pecho—. Sabes, tu
madre me llevó a la Ciudadela de Adamantio con ella. Dijeron que sería una
buena Hermana de Hierro.
—Las vi en la batalla —dijo Clary—. A las Hermanas. Eran hermosas. Y
aterradoras. Como mirar el fuego.
—Pero no pueden casarse. No pueden estar con nadie. Ellas viven para
siempre, pero no… no tienen vida. —Isabelle apoyó la barbilla en las rodillas.
—Hay muchas diferentes formas de vivir —dijo Clary—. Y mira al
Hermano Zachariah...
Isabelle levantó la vista.
—He oído a mis padres hablar sobre él de camino a la reunión del
Concejo de hoy —dijo ella—. Dijeron que lo que le sucedió fue un milagro.
Nunca he oído hablar de alguien que dejara de ser un Hermano Silencioso
antes. Quiero decir, pueden morir, pero revertir los hechizos no debería ser
posible.
—Muchas cosas no deberían ser posibles —dijo Clary, rastrillando sus
dedos por su cabello. Ella quería una ducha, pero no podía soportar la idea de
estar allí sola de pie, bajo el agua. Pensando en su madre. En Luke. La idea de
perder a alguno de ellos, sin pensar los dos, era tan aterrador como la idea de
ser abandonada en la marea: una diminuta mota de humanidad rodeada por
kilómetros de agua a su alrededor y por debajo, y el cielo vacío encima. Nada
para atarla a tierra.
Mecánicamente empezó a dividir su cabello en dos trenzas. Un segundo
después, Isabelle había aparecido detrás de ella en el espejo.
—Déjame hacer eso —dijo con voz ronca, y se apoderó de los mechones
de cabello de Clary, sus dedos trabajando en los rizos expertamente.
Clary cerró los ojos y se dejó perderse por un momento en la sensación
de otra persona cuidando de ella. Cuando había sido una niña, su madre le
había trenzado el pelo cada mañana antes de que Simon viniera a recogerla
para ir a la escuela. Recordó su hábito de deshacer las cintas mientras ella
dibujaba, y ocultarlas en lugares —sus bolsillos, la mochila— esperando que
ella se diera cuenta y le lanzara un lápiz.
Era imposible, a veces, creer que su vida había sido tan ordinaria.
—Oye —dijo Isabelle, empujándola—. ¿Estás bien?
—Estoy bien —dijo Clary—. Estoy bien. Todo está bien.
—Clary. —Sintió la mano de Isabelle en su mano, separando lentamente
los dedos de Clary. Su mano estaba húmeda. Clary se dio cuenta de que había
estado agarrando una de las horquillas de Isabelle con tanta fuerza que los
extremos habían cavado en su palma y la sangre le corría por la muñeca—. Yo
no… ni siquiera recuerdo coger eso —dijo ella, aturdida.
—Me lo llevaré. —Isabelle lo tiró a la basura—. No estás bien.
—Tengo que estar bien —dijo Clary—. Tengo que estarlo. Tengo que estar
en control y no desmoronarme. Por mi mamá y por Luke.
Isabelle hizo un ruido evasivo suave. Clary era consciente de que la
estela de la otra chica estaba barriendo sobre el dorso de su mano, y el flujo de
sangre se estaba desacelerando. Todavía no sentía ningún dolor. Sólo había
oscuridad en el borde de su visión, la oscuridad que amenazaba con acercarse
cada vez que pensaba en sus padres. Ella sentía como si se estuviera ahogando,
dando patadas a los bordes de su propia conciencia para mantenerse alerta y
por encima del agua.
Isabelle de repente se quedó sin aliento y saltó hacia atrás.
—¿Qué sucede? —Preguntó Clary.
—Vi una cara, una cara en la ventana…
Clary agarró a Heosphoros de su cinturón y comenzó a hacer su camino
a través de la habitación. Isabelle estaba detrás de ella, su látigo de oro y plata
enroscándose en su mano. Se sacudió hacia adelante, y la punta se enroscó
alrededor de la manija de la ventana y la abrió de golpe. Hubo un grito, y una
figura pequeña y sombría cayó de bruces sobre la alfombra, aterrizando sobre
las manos y rodillas.
El látigo de Isabelle volvió de golpe a su agarre mientras miraba
fijamente, con una rara mirada de asombro. La sombra en el piso se estiró,
revelando una diminuta figura vestida de negro, la mancha de un rostro pálido
y un alborotado cabello rubio largo, cayendo libre de una trenza descuidada.
—¿Emma? —Dijo Clary.
La parte suroeste de Long Meadow en Prospect Park estaba desierta por
la noche. La luna, medio llena, brillaba sobre la vista distante de las piedras
rojizas de Brooklyn más allá del parque, el contorno de los árboles desnudos, y
el espacio que había sido aclarado sobre la hierba seca de invierno por la
manada.
Era un círculo, alrededor de seis metros de ancho, cercado por los
hombres lobo de pie. Toda la manada del centro de Nueva York estaba allí:
treinta o cuarenta lobos, jóvenes y viejos.
Leila, con su cabello negro atado en una coleta, caminó hacia el centro
del círculo y aplaudió una vez por la atención.
—Miembros de la manada —dijo—. Un reto ha sido emitido. Rufus
Hastings ha desafiado a Bartholomew Velasquez por la antigüedad y el
liderazgo de la manada de Nueva York. —Hubo un murmullo entre la
multitud; Leila levantó la voz—. Este es un tema de liderazgo temporal en la
ausencia de Luke Garroway. Ninguna discusión sobre la sustitución de Luke
como líder se tendrá en este momento. —Ella juntó las manos detrás de su
espalda—. Por favor, den un paso adelante, Bartholomew y Rufus.
Bat dio un paso adelante en el círculo, y un momento después Rufus lo
siguió. Ambos estaban vestidos inoportunamente en jeans, camisetas y botas,
sus brazos desnudos a pesar del aire frío.
—Las reglas del desafío son estas —dijo Leila—. El lobo debe luchar con
otro sin armas, guarden las armas de dientes y garras. Debido a que es un
desafío para el liderazgo, la lucha va a ser una lucha a muerte, no a la sangre.
Quien vive será líder, y todos los otros lobos jurarán lealtad a él esta noche.
¿Entienden?
Bat asintió. Parecía tenso, con la mandíbula apretada; Rufus estaba
sonriendo por todo el cuerpo, los brazos balanceándose a los costados. Despidió
con un gesto las palabras de Leila.
—Todos sabemos cómo funciona, niña.
Los labios de ella se comprimieron en una delgada línea.
—Entonces puedes comenzar —dijo, aunque mientras se movía de nuevo
en el círculo con los otros, ella murmuró—: Buena suerte, Bat —en voz baja,
justo lo suficientemente alto para que todos la oyeran.
Rufus no parecía molesto. Seguía sonriendo, y para el momento en que
Leila volvió a entrar en el círculo con la manada, él se abalanzó.
Bat lo esquivó. Rufus era grande y pesado; Bat era más ligero y un poco
más rápido. Se giró de lado, apenas evadiendo las garras de Rufus, y regresó
con un gancho al mentón que hizo virarse la cabeza de Rufus. Él presionó la
ventaja rápidamente, lloviendo golpes que enviaron al otro lobo trastabillando
hacia atrás; los pies de Rufus se arrastraron por el suelo mientras un bajo
gruñido comenzó en el fondo de su garganta.
Sus manos le colgaban a los lados, los dedos apretados. Bat giró de
nuevo, aterrizando un golpe en el hombro de Rufus, justo cuando Rufus se
volvió y lo cortó con su mano izquierda. Sus garras estaban totalmente
extendidas, enormes y brillantes en la luz de la luna. Estaba claro que él las
había afilado de alguna manera. Cada uno de ellas era como una navaja de
afeitar, y las pasó por el pecho de Bat, rebanando su camisa y su piel con ellas.
Escarlata floreció a través de la caja torácica de Bat.
—Primera sangre —gritó Leila, y los lobos comenzaron a estampar,
lentamente, cada levantamiento y caída de sus pies izquierdos y en un ritmo
regular, de modo que el suelo parecía resonar como un tambor.
Rufus sonrió de nuevo y avanzó hacia Bat. Este giró y lo golpeó,
aterrizando otro puñetazo a la mandíbula que trajo sangre a la boca de Rufus; el
cual volvió la cabeza hacia un lado y escupió rojo sobre la hierba y siguió
viniendo. Bat retrocedió; sus garras estaban fuera ahora, sus ojos planos y
amarillo. Él gruñó y lanzó una patada; Rufus agarró su pierna y la retorció,
enviando a Bat al suelo. Se lanzó tras Bat, pero el otro hombre lobo ya había
rodado lejos, y Rufus aterrizó sobre el suelo, en cuclillas.
Bat se puso en pie, pero era claro que estaba perdiendo sangre. La sangre
había rodado por su pecho y sido absorbida por la cintura de sus jeans, y sus
manos estaban mojadas con ella. Él atacó con sus garras; Rufus se volvió,
tomando el golpe en su hombro, cuatro cortes superficiales. Con un gruñido
agarró la muñeca de Bat y la retorció. El sonido del chasquido del hueso fue
muy fuerte, y Bat jadeó y retrocedió.
Rufus se abalanzó. El peso de él aplastó a Bat al suelo, golpeando con
fuerza la cabeza de Bat contra una raíz de un árbol. Bat se quedó inerte.
Los otros lobos seguían golpeando la tierra con los pies. Algunos de ellos
lloraban abiertamente, pero ninguno se movió hacia adelante cuando Rufus se
sentó en Bat, una mano presionándolo plano contra la hierba, la otra levantada,
las maquinillas de afeitar de sus dedos reluciendo. Se acercó para el golpe de
gracia…
—Alto. —La voz de Maia resonó a través del parque. Los otros lobos
levantaron la vista en estado de shock. Rufus sonrió.
—Oye, niñita —dijo él.
Maia no se movió. Ella estaba en el centro del círculo. De alguna manera
se había empujado más allá de la línea de lobos sin que se dieran cuenta.
Llevaba cuerdas y una chaqueta de mezclilla, el pelo recogido hacia atrás con
fuerza. Su expresión era severa, casi sin expresión.
—Quiero lanzar un desafío —dijo ella.
—Maia —dijo Leila—. ¡Conoces la ley! “Cuando pelees con un lobo de la
manada, debes enfrentarte a solas, alejado, pues los demás tomarán parte en la
pelea, y la manada sería reducida por la guerra.” No puedes interrumpir la
batalla.
—Rufus está a punto de dar el golpe de gracia —dijo Maia sin emoción—
. ¿Realmente sientes como si necesitara esperar esos cinco minutos antes de que
emita mi reto? Lo haré, si Rufus tiene demasiado miedo de pelear conmigo con
Bat todavía respirando…
Rufus saltó del cuerpo inerte de Bat con un rugido, y avanzó hacia Maia.
La voz de Leila se levantó en pánico:
—¡Maia, sal de ahí! Una vez que hay sangre por primera vez, no
podemos detener la pelea…
Rufus se abalanzó sobre Maia. Sus garras rasgaron el borde de su
chaqueta; Maia se puso de rodillas y rodó, y luego se levantó de sus rodillas,
con las garras extendidas. Su corazón golpeaba contra sus costillas, enviando
oleadas de sangre helada y caliente a través de sus venas. Podía sentir el
aguijón del corte en su hombro. Primera sangre.
Los hombres lobos comenzaron a estampar la tierra de nuevo, aunque
esta vez no estaban en silencios. Había murmullos y jadeos en las filas. Maia
hizo lo posible para bloquearlo, ignorarlo. Vio a Rufus dar un paso hacia ella.
Era una sombra, esbozada por la luna, y en ese momento ella vio no sólo él, sino
también Sebastian, cerniéndose sobre ella en la playa, un príncipe frío tallado en
hielo y sangre.
Tu novio está muerto.
Su puño se apretó contra el suelo. Cuando Rufus se arrojó a ella, con las
garras afiladas extendidas, ella se levantó y echó puñado de tierra y césped en
la cara.
Él se tambaleó hacia atrás, asfixiándose y cegado. Maia se adelantó y
golpeó su bota en el pie de él; sintió los pequeños huesos se romperse, lo oyó
gritar; en ese momento, cuando él estaba distraído, ella metió las garras en sus
ojos.
Un grito salió de su garganta, rápidamente cortado. Él se dejó caer hacia
atrás, desplomándose sobre la hierba con un fuerte golpe que le hizo pensar en
un árbol cayendo. Ella miró su mano. Estaba cubierta de sangre y manchas de
líquido: materia cerebral y humor vítreo.
Se dejó caer de rodillas y vomitó en la hierba. Sus garras se deslizaron
hacia dentro de nuevo, y ella se limpió las manos en el suelo, una y otra vez,
mientras su estómago tenía un espasmo. Sintió una mano en su espalda y
levantó la vista para ver a Leila inclinada sobre ella.
—Maia —dijo en voz baja, pero su voz fue ahogada por la manada
cantando el nombre de su nuevo líder—: Maia, Maia, Maia.
Los ojos de Leila eran oscuros y preocupados. Maia se puso de pie,
limpiándose la boca con la manga de su chaqueta, y se apresuró por el césped
hacia Bat. Se agachó a su lado y le tocó la mejilla con la mano.
—¿Bat? —Dijo.
Con un esfuerzo, él abrió los ojos. Había sangre en su boca, pero estaba
respirando constantemente. Maia supuso que ya se estaba recuperando de los
golpes de Rufus.
—No sabía que peleabas sucio —dijo con una media sonrisa.
Maia pensó en Sebastian y su sonrisa brillante, y los cuerpos en la playa.
Pensó en lo que Lily le había dicho. Pensó en los Cazadores de Sombras detrás
de sus salas, y en la fragilidad de los Acuerdos y del Concejo. Va a ser una guerra
sucia, pensó, pero eso no fue lo que dijo en voz alta.
—Yo no sabía que te llamabas Bartholomew. —Ella tomó su mano, la
sostuvo en la suya sangrienta. A su alrededor, la manada seguía cantando.
“Maia, Maia, Maia.”
Cerró los ojos.
—Todo el mundo tiene sus secretos.
—Casi no parece hacer alguna diferencia —dijo Jace, acurrucado en el
asiento de la ventana en la habitación del ático que compartía con Alec—. Todo
se siente como una prisión.
—¿Crees que eso es un efecto secundario al hecho de que los guardias
armados están de pie alrededor de la casa? —Sugirió Simon—. Quiero decir,
sólo es un pensamiento.
Jace le lanzó una mirada irritable.
—¿Qué pasa con los mundanos y su compulsión abrumadora para decir
lo obvio? —Preguntó. Se inclinó hacia delante, mirando a través de los cristales
de la ventana. Simon podría haber estado exagerando un poco, pero sólo
ligeramente. Las figuras oscuras de pie en los puntos cardinales que rodeaban
la casa del Inquisidor podrían haber sido invisibles para el ojo inexperto, pero
no para el de Jace.
—No soy un mundano —dijo Simon, un filo en su voz—. ¿Y qué pasa
con los Cazadores de Sombras y su compulsión abrumadora para ponerse a sí
mismos y a todos lo que quieren al borde de la muerte?
—Dejen de pelear. —Alec se había apoyado en la pared, en la pose
clásica de pensamiento, con la barbilla apoyada en su mano—. Los guardias
están allí para protegernos, no mantenernos dentro. Ten un poco de
perspectiva.
—Alec, me has conocido durante siete años —dijo Jace—. ¿Cuándo,
alguna vez, he tenido perspectiva?
Alec lo fulminó con la mirada.
—¿Todavía sigues enfadado porque rompí tu teléfono? —Dijo Jace—.
Porque tú rompiste mi muñeca, así que yo diría que estamos a mano.
—Fue un esguince —dijo Alec—. No es rotura. Esguince.
—¿Ahora quién está discutiendo? —Dijo Simon.
—No hables. —Alec hizo un gesto hacia él con una expresión de vago
disgusto—. Cada vez que te miro, sigo recordando el haber venido aquí y verte
envolviendo a mi hermana.
Jace se sentó.
—No he escuchado sobre esto.
—Oh, vamos… —dijo Simon.
—Simón, te estás ruborizando —observó Jace—. Y eres un vampiro y casi
nunca te ruborizas, por lo que esto debe ser realmente jugoso. Y extraño.
¿Estuvieron las bicicletas involucradas de alguna manera perversa?
¿Aspiradoras? ¿Paraguas?
—¿Los grandes paraguas, o la pequeña clase que consigues con las
bebidas? —Preguntó Alec.
—¿Importa…? —Comenzó Jace, y luego se interrumpió cuando Clary
entró en la habitación con Isabelle, sosteniendo a una pequeña niña de la mano.
Después de un momento de silenciosa conmoción, Jace la reconoció: Emma, la
chica a la que Clary había escapado de la comodidad durante la reunión del
Concejo. La que lo miraba con adoración de héroe apenas disimulada. No es
que le importara el culto al héroe, pero era un poco extraño tener a un niño
cayendo de repente en medio de lo que había, sin duda, comenzado a ser una
conversación un tanto incómoda.
—Clary —dijo él—. ¿Secuestraste a Emma Carstairs?
Clary le dio una mirada exasperada.
—No. Ella llegó aquí por su cuenta.
—Entré por una de las ventanas —suministró Emma amablemente—. Al
igual que en Peter Pan.
Alec empezó a protestar. Clary le tomó la mano libre para detenerlo; la
otra mano estaba ahora en el hombro de Emma.
—Todo el mundo cállese por un segundo, ¿de acuerdo? —Dijo Clary—.
Ella no debería estar aquí, sí, pero vino por una razón. Tiene información.
—Eso es correcto —dijo Emma en su pequeña voz, determinada. En
realidad, era sólo una cabeza más baja que Clary, pero de igual forma, Clary era
muy pequeña. Emma sería probablemente alta un día. Jace trató de recordar a
su padre, John Carstairs, él estaba seguro de que lo había visto en las reuniones
del Concejo, y pensó que recordaba a un hombre alto, de pelo rubio. ¿O su
cabello había sido oscuro? Recordaba a los Blackthorn, por supuesto, pero los
Carstairs se habían desvanecido de su memoria.
Clary le devolvió la mirada aguda con una que decía: Se amable. Jace
cerró la boca. Nunca había pensado mucho acerca de si le gustaban o no los
niños, aunque a él siempre le había gustado jugar con Max. Max había sido un
sorprendentemente hábil estratega para un niño tan pequeño, y a Jace siempre
le había gustado prepararle rompecabezas. El hecho de que Max había adorado
el suelo que pisaba no había sido malo tampoco.
Jace pensó en el soldado de madera que le había dado a Max, y cerró los
ojos con dolor repentino. Cuando los abrió de nuevo, Emma lo miraba. No en la
forma en que ella lo había mirado cuando la había encontrado con Clary en el
Gard, ese tipo de sobresalto medio impresionado, medio asustado. La mirada
Eres Jace Lightwood, pero con un poco de preocupación. De hecho, toda su
postura era una mezcla de confianza que él estaba bastante seguro ella estaba
fingiendo, y un claro temor. Sus padres habían muerto, pensó, habían muerto
hacía días. Y recordó la vez, siete años antes, cuando se había enfrentado a sí
mismo con los Lightwood, con el conocimiento en su corazón de que su padre
acababa de morir, y el amargo sabor de la palabra "huérfano" en sus oídos.
—Emma —dijo tan suavemente como pudo—. ¿Cómo te metiste en la
ventana?
—Me subí encima de los tejados —dijo ella, señalando por la ventana—.
No fue tan difícil. Vidrio armado son casi siempre dormitorios, así que bajé en
el primero, y era el de Clary. —Se encogió de hombros, como si lo que había
hecho no hubiera sido riesgoso o impresionante.
—Era el mía, en realidad —dijo Isabelle, que estaba mirando a Emma
como si fuera una fascinante muestra. Isabelle se sentó en el tronco a los pies de
la cama de Alec, estirando sus largas piernas—. Clary vive en la casa de Luke.
Emma parecía confundida.
—No sé dónde está. Y todo el mundo estaba hablando de ustedes
estando aquí. Es por eso que vine.
Alec miró a Emma con una la mirada medio encantada, medio
preocupada de un hermano mucho mayor.
—No tengas miedo… —comenzó.
—No tengo miedo —espetó ella—. Vine aquí porque necesitan ayuda.
Jace sintió su boca elevarse involuntariamente en la esquina.
—¿Qué tipo de ayuda? —Preguntó.
—Reconocí al hombre de hoy —dijo—. El que amenazó al Cónsul. Él
vino con Sebastian, para atacar el Instituto. —Ella tragó—. Ese lugar, en el que
dijo que todos arderíamos, Edom…
—Es otra palabra para “Infierno” —dijo Alec—. No es un lugar real, no
tienes que estar preocupada…
—Ella no está preocupada, Alec —dijo Clary—. Sólo escucha.
—Se trata de un lugar —dijo Emma—. Cuando atacaron el Instituto, los
oí. Escuché a uno de ellos decir que podrían llevar a Mark a Edom, y sacrificarlo
allí. Y cuando nos escapamos a través del Portal, la oí gritar detrás de nosotros
que arderíamos en Edom, que no había escapatoria real. —Su voz tembló—. De
la forma en que hablaban sobre Edom, supe que era un lugar real, o un lugar
real para ellos.
—Edom —dijo Clary, recordando—. Valentine llamó a Lilith algo por el
estilo; él la llamó "mi Señora de Edom."
Los ojos de Alec se reunieron con los de Jace. Alec asintió y salió de la
habitación. Jace sintió que sus hombros se relajaban minuciosamente; en medio
del clamor de todo, era bueno tener un parabatai que sabía lo que estaba
pensando, sin que tenga que decirlo.
—¿Le has dicho a alguien sobre esto?
Emma vaciló, y luego negó con la cabeza.
—¿Por qué no? —Dijo Simon, que había estado callado hasta ese
momento. Emma lo miró, parpadeando; sólo tenía doce años, pensó Jace, y
probablemente apenas se había encontrado con Submundos antes—. ¿Por qué
no decirle la Clave?
—Porque no me fío de la Clave —dijo Emma con voz débil—. Pero
confío en ustedes.
Clary tragó visiblemente.
—Emma…
—Cuando llegamos aquí, la Clave nos cuestionó a todos, especialmente a
Jules, y usaron la Espada Mortal para asegurarse de que no estábamos
mintiendo. Duele, pero no les importó. La usaron en Ty y Livvy. Lo usaron en
Dru. —Emma sonaba indignada—. Probablemente la habrían usado en Tavvy si
pudiera hablar. Y duele. La Espada Mortal duele.
—Lo sé —dijo Clary, en voz baja.
—Hemos estado alojados con los Penhallow —dijo Emma—. Por Aline y
Helen, y porque la Clave quiere mantener un ojo sobre nosotros. A causa de lo
que vimos. Estaba abajo cuando regresaron del funeral, y les oí hablar, así
que… así que me escondí. Todo un grupo de ellos, no sólo Patrick y Jia, sino
muchas otras cabezas de Instituto también. Estaban hablando sobre lo que
deben hacer, lo que la Clave debe hacer, si deberían entregar a Jace y Clary a
Sebastian, como si fuera su elección. Su decisión. Pero pensé que debería ser
decisión de ustedes. Algunos de ellos dijeron que no importaba si querían ir o
no…
Simon se puso de pie.
—Pero, Jace y Clary se ofrecieron a ir, prácticamente rogaron ir…
—Les habríamos dicho la verdad. —Emma se apartó el pelo enmarañado
de la cara. Sus ojos eran enormes, una chispa marrón a través de trozos de oro y
ámbar—. Ellos no tenían que usar la Espada Mortal en nosotros, habríamos
dicho al Concejo la verdad, pero la usaron de todos modos. La usaron en Jules
hasta que sus manos… sus manos se quemaron debido a ella. —Su voz
tembló—. Por lo tanto, pensé que deberían saber lo que estaban diciendo. Ellos
no quieren que ustedes sepan que no es su elección, porque saben que Clary
puede hacer Portales. Saben que pueden salir de aquí, y si se escapa, creen que
no tendrán ninguna manera de negociar con Sebastian.
La puerta se abrió, y Alec volvió a entrar en la habitación, con un libro
encuadernado en cuero marrón. Estaba sosteniéndolo de una manera tal como
para ocultar el título, pero sus ojos se encontraron con los de Jace, y le dio una
leve inclinación de cabeza, y luego miró hacia Emma. Los latidos del corazón de
Jace se aceleraron; Alec había encontrado algo. Algo que no le gustaba, a juzgar
por su expresión sombría, pero algo, no obstante.
—¿Los miembros de la Clave que oíste por casualidad, dieron alguna
idea de cuándo iban a decidir qué hacer? —Preguntó Jace a Emma, en parte
para distraerla, mientras Alec se sentaba en la cama, arrastrando el libro detrás
de él.
Emma negó con la cabeza.
—Todavía lo estaban discutiendo cuando me fui. Me arrastré por la
ventana del piso superior. Jules me dijo que no, porque me matarían, pero sabía
que no lo harían. Soy una buena escaladora —agregó con un dejo de orgullo—.
Y él se preocupa demasiado.
—Es bueno que la gente se preocupe por ti —dijo Alec—. Quiere decir
que les importas. Es cómo sabes que son buenos amigos.
La mirada de Emma pasó de Alec a Jace, curiosa.
—¿Tú te preocupas por él? —Preguntó a Alec, sorprendiendo una risa
fuera de él.
—Todo el tiempo —dijo—. Jace podría hacerse matar poniéndose los
pantalones por la mañana. Ser su parabatai es un trabajo de tiempo completo.
—Me gustaría tener un parabatai —dijo Emma—. Es como alguien que es
tu familia, pero porque quiere serlo, no porque tiene que serlo. —Ella se
sonrojó, de pronto consciente de sí misma—. De todos modos No creo que
nadie deba ser castigado por salvar gente.
—¿Es por eso que confías en nosotros? —Preguntó Clary, conmovida—.
¿Crees que salvamos gente?
Emma golpeteó la alfombra con sus botas. Entonces miró hacia arriba.
—Supe de ti —le dijo a Jace, sonrojándose—. Quiero decir, todo el mundo
sabe de ti. Que eras hijo de Valentine, pero entonces no lo eras, que eras
Jonathan Herondale. Y no creo que eso significara algo para la mayoría de la
gente, la mayoría de ellos te llaman Jace Lightwood, pero hizo una diferencia
para mi papá. Le oí decir a mi madre que él había pensado que todos los
Herondale se habían ido, que la familia había muerto, pero eras el último de
ellos, así que votó en la reunión del Concejo de la Clave para seguir buscándote,
porque, él dijo—: Los Carstairs están en deuda con los Herondale.
—¿Por qué? —Dijo Alec—. ¿Qué es lo que les deben?
—No lo sé —dijo Emma—. Pero vine porque mi papá hubiera querido
que lo hiciera, aunque fuera peligroso.
Jace resopló una risa suave.
—Algo me dice que no te importa si las cosas son peligrosas. —Él se
agachó, poniendo sus ojos al mismo nivel que los de Emma—. ¿Hay algo más
que puedas decirnos? ¿Algo más que dijeron?
Ella negó con la cabeza.
—Ellos no saben dónde está Sebastian. No saben acerca de la cosa
Edom… lo mencioné cuando estaba sosteniendo la Espada Mortal, pero creo
que simplemente pensaron que era otra palabra para “Infierno.” Nunca me
preguntaron si pensaba que era un lugar real, por lo que no dije nada.
—Gracias por decirnos. Es una ayuda. Una gran ayuda. Debes irte —
añadió él, tan suavemente como pudo—, antes de que noten que te has ido.
Pero de ahora en adelante los Herondale deberán a los Carstairs. ¿De acuerdo?
Recuerda eso.
Jace se puso de pie cuando Emma se volvió hacia Clary, quien asintió con
la cabeza y se la llevó hacia la ventana donde Jace había estado sentado antes.
Clary se agachó y abrazó a la pequeña antes de alcanzar el cerrojo de la
ventana. Emma trepó con la agilidad de un mono. Se balanceó a sí misma hasta
que sólo sus botas colgando eran visibles, y un momento después habían
desaparecido también. Jace oyó una sobrecarga de luz raspar mientras ella se
precipitaba a través de las tejas del techo, y luego silencio.
—Me gusta —dijo Isabelle finalmente—. Ella me recuerda a Jace cuando
era pequeño, obstinado, y actuando como si fuera inmortal.
—Dos de esas cosas todavía se aplican —dijo Clary, balanceando la
ventana cerrada. Se sentó en el asiento de la ventana—. Supongo que la gran
pregunta es, ¿le decimos a Jia o a alguna otra persona en el Concejo lo que
Emma nos dijo?
—Eso depende —dijo Jace—. Jia tiene que someterse a lo que quiere toda
la Clave; ella misma lo dijo. Si ellos deciden que lo que quieren es echarnos en
una jaula hasta que Sebastian venga por nosotros… bueno, eso casi dilapida
cualquier ventaja que esta información nos pueda dar.
—Así que depende de si la información es realmente útil o no —dijo
Simon.
—Correcto —dijo Jace—. Alec, ¿qué has descubierto?
Alec sacó el libro de detrás de él. Era una enciclopedia demoníaca, la especie
de libro que todas las bibliotecas de Cazadores de Sombras tendrían.
—Pensé que Edom podría ser un nombre para uno de los reinos
demoníacos…
—Bueno, todo el mundo ha estado teorizando que Sebastián podría estar
en una dimensión diferente, ya que él no puede ser seguido —dijo Isabelle—.
Pero dimensiones demoníacas… hay millones de ellas, y la gente no puede
simplemente ir allí.
—Algunos son más conocidos que otros —dijo Alec—. La Biblia y los
textos de Enoc mencionar unos cuantos, disfrazados y subsumidos, por
supuesto, en historias y mitos. Edom es mencionado como un páramo… —Leyó
en voz alta, midiendo su voz—. Y los arroyos de Edom se convertirán en brea, y su
tierra en azufre; su tierra será brea ardiente. Noche y día no se apagará; su humo subirá
para siempre. De generación en generación será asolada; nadie pasará a través de él por
lo siglos de los siglos. —Suspiró—. Y por supuesto están las leyendas sobre Lilith
y Edom, que ella fue desterrada allí, que ella gobierna el lugar con el demonio
Asmodeo. Esa es probablemente la razón por la que los Cazadores Oscuros
hablaban de sacrificar a Mark Blackthorn para ella en Edom.
—Lilith protege a Sebastian —dijo Clary—. Si él fuera a un reino
demoníaco, iría al de ella.
—“Nadie pasará a través de él por los siglos de los siglos” no suena muy
alentador —dijo Jace—. Además, no hay manera de llegar a los reinos
demoníacos. Viajar de un lugar a otro en este mundo es una cosa…
—Bueno, hay una manera, creo —dijo Alec—. Un camino que los Nefilim
no pueden cerrar, porque se encuentra fuera de la jurisdicción de nuestras
Leyes. Es viejo, más viejo que los Cazadores de Sombras… magia antigua y
salvaje. —Suspiró—. Está en la Corte Seelie, y está protegido por las Hadas.
Ningún ser humano ha puesto un pie en esa vía en más de cien años
La Pesadilla Formal
Traducido por Nanami27
Corregido por Lucero
Los cuerpos ardían en filas ordenadas de piras que se habían establecido
a lo largo del camino hacia el Bosque Brocelind. El sol comenzaba a ponerse
detrás de un cielo nublado blanco, y cuando cada pira se elevaba, estallaba en
chispas anaranjadas. El efecto era extrañamente hermoso, aunque Jia Penhallow
dudaba que alguno de los dolientes que se reunían en la llanura pensara así.
Por alguna razón, una canción que había aprendido cuando era niña se
repetía en su cabeza.
Negro para la caza durante la noche
El color blanco para la muerte y el luto
Oro para una novia en su vestido de boda
Y el rojo para deshacer encantamientos.
Seda blanca cuando nuestros cuerpos se queman,
Banderas azules cuando lo perdido regresa.
Flamas por el nacimiento de un Nefilim,
Y para lavar nuestros pecados.
Gris por el mejor conocimiento jamás dicho
Hueso para aquellos que no envejecen.
El azafrán ilumina la marcha de la victoria,
El verde reparará nuestros corazones rotos.
Plata para las torres de los demonios,
Y el bronce para convocar los poderes malvados.
Hueso para aquellos que no envejecen. El Hermano Enoc, con su túnica de
color hueso, estaba caminando de ida y vuelta por la fila de las piras. Cazadores
de Sombras se encontraban de pie o arrodillados, o arrojando en las flamas
anaranjadas puñados de las pálidas flores blancas de Alicante, que crecían
incluso en el invierno.
—Cónsul. —La voz en su hombro era suave. Ella se volvió para ver al
Hermano Zachariah (al muchacho que una vez había sido el Hermano
Zachariah, al menos) de pie junto a su hombro—. El Hermano Enoc dijo que
deseaba hablar conmigo.
—Hermano Zachariah —empezó a decir, y luego hizo una pausa—.
¿Hay otro nombre por el que desee ser llamado? ¿El nombre que tenía antes de
convertirse en un Hermano Silencioso?
—“Zachariah” servirá muy bien por ahora —dijo—. Todavía no estoy
listo para recuperar mi antiguo nombre.
—He escuchado —dijo ella, e hizo una pausa, para el siguiente momento
era incómodo—, que uno de los brujos del Laberinto en Espiral, Theresa Gray,
es alguien a quien usted conoció y cuidó durante su vida mortal. Y para alguien
que ha sido un Hermano Silencioso tanto como usted ha sido, debe ser algo
raro.
—Ella es todo lo que me queda de ese tiempo —dijo Zachariah—. Ella y
Magnus. Me gustaría hablar con Magnus, si pudiese, antes de que él…
—¿Le gustaría ir al Laberinto en Espiral? —Interrumpió Jia.
Zachariah la miró con ojos estupefactos. Parecía tener casi la misma edad
que su hija, pensó Jia, sus pestañas eran imposiblemente largas, con los ojos
tanto jóvenes como mayores, al mismo tiempo.
—¿Me está liberando de Alicante? ¿Acaso no se necesita a todos los
guerreros?
—Ha servido a la Clave por más de ciento treinta años. No podemos
pedir más de usted.
Él volvió la mirada hacia las piras, al humo negro corriendo por el aire.
—¿Cuánto sabe del Laberinto en Espiral? ¿De los ataques a los Institutos,
la Ciudadela, los representantes?
—Son estudiantes de la tradición —dijo Jia—. No guerreros o políticos.
Ellos saben de lo que sucedió en el Burren. Hemos hablado de la magia de
Sebastian, las posibles curas para los Cazadores Oscuros, formas de fortalecer
las salas. No preguntan más allá de eso…
—Y no se los diga —dijo Zachariah—. ¿Así que no saben de la
Ciudadela, o los representantes?
Jia apretó la mandíbula. —Supongo que va a decir que debo decirles.
—No —dijo. Tenía las manos en los bolsillos; su aliento era visible en el
aire claro y frío—. No diré eso.
Estaban de pie al lado del otro, en la nieve y el silencio, hasta que, para
su sorpresa, él habló de nuevo:
—No voy a ir al Laberinto en Espiral. Me quedaré en Idris.
—¿Pero no quiere verla?
—Quiero ver a Tessa más que nada en el mundo —dijo Zachariah—.
Pero si ella supiera más de lo que ha estado sucediendo aquí, querría estar aquí
y luchar junto a nosotros, y me parece que yo no quiero eso. —Su pelo oscuro
cayó hacia adelante mientras negaba con la cabeza—. Me parece que a medida
que voy despertando de ser un Hermano Silencioso, soy capaz de no querer
eso. Tal vez es egoísmo. No estoy seguro. Pero de lo que sí puedo estar seguro,
es que los brujos están a salvo en el Laberinto en Espiral. Tessa está a salvo. Si
voy con ella, estaré a salvo también, pero de igual manera me estaré
escondiendo. Yo no soy un brujo; no puedo ser de ayuda en el Laberinto. Puedo
ser de ayuda aquí.
—Podría ir al Laberinto y volver. Sería complicado, pero yo podría
pedir…
—No —dijo él en voz baja—. No puedo ver a Tessa cara a cara y evitar
decirle la verdad sobre lo que está pasando aquí. Y más que eso, no puedo ir a
donde Tessa y presentarme como un hombre mortal, como un Cazador de
Sombras, y no hablarle de los sentimientos que tenía cuando era… —se
interrumpió—. Que mis sentimientos no han cambiado. No puedo ofrecerle eso
y entonces volver a un lugar en el que podría ser asesinado. Es mejor que ella
piense que nunca hubo una oportunidad para nosotros.
—Es mejor que piense así también —dijo Jia, mirándole a la cara, con la
esperanza y el anhelo pintados allí claramente para que cualquiera los vea.
Miró a Robert y Maryse Lightwood, de pie a una distancia el uno del otro en la
nieve. No lejos de allí estaba su propia hija, Aline, apoyando su cabeza contra la
rubia y rizada de Helen Blackthorn—. Nosotros, los Cazadores de Sombras, nos
ponemos en peligro, cada hora, cada día. Creo que a veces somos imprudentes
con nuestros corazones de la manera en que somos con nuestras vidas. Cuando
los entregamos, damos cada pieza. Y si no conseguimos lo que necesitamos tan
desesperadamente, ¿cómo vivimos?
—Cree que ella podría ya no amarme —dijo Zachariah—. Después de
todo este tiempo.
Jia no dijo nada. Era, después de todo, exactamente lo que pensaba.
—Es una cuestión razonable —dijo él—. Y quizá no lo haga. Mientras ella
esté viva, bien y feliz en este mundo, voy a encontrar una manera de ser feliz
también, incluso si no es a su lado. —Miró a las piras, a las alargadas sombras
de la muerte—. ¿Qué cuerpo es el del joven Longford? ¿El que mató a su
parabatai?
—Ahí. —Señaló Jia—. ¿Por qué quiere saber?
—Es la peor cosa que me puedo imaginar tener que hacer alguna vez. No
hubiera sido lo suficientemente valiente. Y dado que ahí se encuentra alguien
que lo fue, quiero presentarle mis respetos —dijo Zachariah, y caminó a través
del suelo espolvoreado de nieve hacia el fuego.
—El funeral ha terminado —dijo Isabelle—. O por lo menos, el humo de
dejado de subir. —Estaba sentada en el alféizar de la ventana de su habitación
en la casa del Inquisidor. La habitación era pequeña y pintada de blanco, con
cortinas floreadas. No muy Isabelle, pensó Clary, pero entonces habría sido
difícil hacer una réplica de la habitación esparcida con polvos brillantes de la
Isabelle de Nueva York a corto plazo.
—Estaba leyendo mi Codex el otro día. —Clary terminó de abotonarse el
cárdigan de lana azul que se había puesto. No podía soportar tener puesto un
segundo más el suéter que había usado todo el día de ayer, con el que había
dormido, y que Sebastian había tocado—. Y estaba pensando. Los mundanos se
matan unos a otros todo el tiempo. Nosotros… ellos tienen guerras, todo tipo de
guerras y se masacran entre sí, pero esta es la primera vez que los Nefilim
alguna vez han tenido que matar a otros Cazadores de Sombras. Cuando Jace y
yo estábamos tratando de convencer a Robert de dejarnos ir a través de la
Ciudadela, no podía entender por qué estaba tan terco. Pero creo que lo
entiendo un poco ahora. Creo que él no podía creer que los Cazadores de
Sombras realmente podría representar una amenaza para otros Cazadores de
Sombras. No importa lo que les dijimos sobre el Burren.
Isabelle lanzó una breve carcajada.
—Eso es caridad de tu parte. —Atrajo las rodillas al pecho—. Sabes, tu
madre me llevó a la Ciudadela de Adamantio con ella. Dijeron que sería una
buena Hermana de Hierro.
—Las vi en la batalla —dijo Clary—. A las Hermanas. Eran hermosas. Y
aterradoras. Como mirar el fuego.
—Pero no pueden casarse. No pueden estar con nadie. Ellas viven para
siempre, pero no… no tienen vida. —Isabelle apoyó la barbilla en las rodillas.
—Hay muchas diferentes formas de vivir —dijo Clary—. Y mira al
Hermano Zachariah...
Isabelle levantó la vista.
—He oído a mis padres hablar sobre él de camino a la reunión del
Concejo de hoy —dijo ella—. Dijeron que lo que le sucedió fue un milagro.
Nunca he oído hablar de alguien que dejara de ser un Hermano Silencioso
antes. Quiero decir, pueden morir, pero revertir los hechizos no debería ser
posible.
—Muchas cosas no deberían ser posibles —dijo Clary, rastrillando sus
dedos por su cabello. Ella quería una ducha, pero no podía soportar la idea de
estar allí sola de pie, bajo el agua. Pensando en su madre. En Luke. La idea de
perder a alguno de ellos, sin pensar los dos, era tan aterrador como la idea de
ser abandonada en la marea: una diminuta mota de humanidad rodeada por
kilómetros de agua a su alrededor y por debajo, y el cielo vacío encima. Nada
para atarla a tierra.
Mecánicamente empezó a dividir su cabello en dos trenzas. Un segundo
después, Isabelle había aparecido detrás de ella en el espejo.
—Déjame hacer eso —dijo con voz ronca, y se apoderó de los mechones
de cabello de Clary, sus dedos trabajando en los rizos expertamente.
Clary cerró los ojos y se dejó perderse por un momento en la sensación
de otra persona cuidando de ella. Cuando había sido una niña, su madre le
había trenzado el pelo cada mañana antes de que Simon viniera a recogerla
para ir a la escuela. Recordó su hábito de deshacer las cintas mientras ella
dibujaba, y ocultarlas en lugares —sus bolsillos, la mochila— esperando que
ella se diera cuenta y le lanzara un lápiz.
Era imposible, a veces, creer que su vida había sido tan ordinaria.
—Oye —dijo Isabelle, empujándola—. ¿Estás bien?
—Estoy bien —dijo Clary—. Estoy bien. Todo está bien.
—Clary. —Sintió la mano de Isabelle en su mano, separando lentamente
los dedos de Clary. Su mano estaba húmeda. Clary se dio cuenta de que había
estado agarrando una de las horquillas de Isabelle con tanta fuerza que los
extremos habían cavado en su palma y la sangre le corría por la muñeca—. Yo
no… ni siquiera recuerdo coger eso —dijo ella, aturdida.
—Me lo llevaré. —Isabelle lo tiró a la basura—. No estás bien.
—Tengo que estar bien —dijo Clary—. Tengo que estarlo. Tengo que estar
en control y no desmoronarme. Por mi mamá y por Luke.
Isabelle hizo un ruido evasivo suave. Clary era consciente de que la
estela de la otra chica estaba barriendo sobre el dorso de su mano, y el flujo de
sangre se estaba desacelerando. Todavía no sentía ningún dolor. Sólo había
oscuridad en el borde de su visión, la oscuridad que amenazaba con acercarse
cada vez que pensaba en sus padres. Ella sentía como si se estuviera ahogando,
dando patadas a los bordes de su propia conciencia para mantenerse alerta y
por encima del agua.
Isabelle de repente se quedó sin aliento y saltó hacia atrás.
—¿Qué sucede? —Preguntó Clary.
—Vi una cara, una cara en la ventana…
Clary agarró a Heosphoros de su cinturón y comenzó a hacer su camino
a través de la habitación. Isabelle estaba detrás de ella, su látigo de oro y plata
enroscándose en su mano. Se sacudió hacia adelante, y la punta se enroscó
alrededor de la manija de la ventana y la abrió de golpe. Hubo un grito, y una
figura pequeña y sombría cayó de bruces sobre la alfombra, aterrizando sobre
las manos y rodillas.
El látigo de Isabelle volvió de golpe a su agarre mientras miraba
fijamente, con una rara mirada de asombro. La sombra en el piso se estiró,
revelando una diminuta figura vestida de negro, la mancha de un rostro pálido
y un alborotado cabello rubio largo, cayendo libre de una trenza descuidada.
—¿Emma? —Dijo Clary.
La parte suroeste de Long Meadow en Prospect Park estaba desierta por
la noche. La luna, medio llena, brillaba sobre la vista distante de las piedras
rojizas de Brooklyn más allá del parque, el contorno de los árboles desnudos, y
el espacio que había sido aclarado sobre la hierba seca de invierno por la
manada.
Era un círculo, alrededor de seis metros de ancho, cercado por los
hombres lobo de pie. Toda la manada del centro de Nueva York estaba allí:
treinta o cuarenta lobos, jóvenes y viejos.
Leila, con su cabello negro atado en una coleta, caminó hacia el centro
del círculo y aplaudió una vez por la atención.
—Miembros de la manada —dijo—. Un reto ha sido emitido. Rufus
Hastings ha desafiado a Bartholomew Velasquez por la antigüedad y el
liderazgo de la manada de Nueva York. —Hubo un murmullo entre la
multitud; Leila levantó la voz—. Este es un tema de liderazgo temporal en la
ausencia de Luke Garroway. Ninguna discusión sobre la sustitución de Luke
como líder se tendrá en este momento. —Ella juntó las manos detrás de su
espalda—. Por favor, den un paso adelante, Bartholomew y Rufus.
Bat dio un paso adelante en el círculo, y un momento después Rufus lo
siguió. Ambos estaban vestidos inoportunamente en jeans, camisetas y botas,
sus brazos desnudos a pesar del aire frío.
—Las reglas del desafío son estas —dijo Leila—. El lobo debe luchar con
otro sin armas, guarden las armas de dientes y garras. Debido a que es un
desafío para el liderazgo, la lucha va a ser una lucha a muerte, no a la sangre.
Quien vive será líder, y todos los otros lobos jurarán lealtad a él esta noche.
¿Entienden?
Bat asintió. Parecía tenso, con la mandíbula apretada; Rufus estaba
sonriendo por todo el cuerpo, los brazos balanceándose a los costados. Despidió
con un gesto las palabras de Leila.
—Todos sabemos cómo funciona, niña.
Los labios de ella se comprimieron en una delgada línea.
—Entonces puedes comenzar —dijo, aunque mientras se movía de nuevo
en el círculo con los otros, ella murmuró—: Buena suerte, Bat —en voz baja,
justo lo suficientemente alto para que todos la oyeran.
Rufus no parecía molesto. Seguía sonriendo, y para el momento en que
Leila volvió a entrar en el círculo con la manada, él se abalanzó.
Bat lo esquivó. Rufus era grande y pesado; Bat era más ligero y un poco
más rápido. Se giró de lado, apenas evadiendo las garras de Rufus, y regresó
con un gancho al mentón que hizo virarse la cabeza de Rufus. Él presionó la
ventaja rápidamente, lloviendo golpes que enviaron al otro lobo trastabillando
hacia atrás; los pies de Rufus se arrastraron por el suelo mientras un bajo
gruñido comenzó en el fondo de su garganta.
Sus manos le colgaban a los lados, los dedos apretados. Bat giró de
nuevo, aterrizando un golpe en el hombro de Rufus, justo cuando Rufus se
volvió y lo cortó con su mano izquierda. Sus garras estaban totalmente
extendidas, enormes y brillantes en la luz de la luna. Estaba claro que él las
había afilado de alguna manera. Cada uno de ellas era como una navaja de
afeitar, y las pasó por el pecho de Bat, rebanando su camisa y su piel con ellas.
Escarlata floreció a través de la caja torácica de Bat.
—Primera sangre —gritó Leila, y los lobos comenzaron a estampar,
lentamente, cada levantamiento y caída de sus pies izquierdos y en un ritmo
regular, de modo que el suelo parecía resonar como un tambor.
Rufus sonrió de nuevo y avanzó hacia Bat. Este giró y lo golpeó,
aterrizando otro puñetazo a la mandíbula que trajo sangre a la boca de Rufus; el
cual volvió la cabeza hacia un lado y escupió rojo sobre la hierba y siguió
viniendo. Bat retrocedió; sus garras estaban fuera ahora, sus ojos planos y
amarillo. Él gruñó y lanzó una patada; Rufus agarró su pierna y la retorció,
enviando a Bat al suelo. Se lanzó tras Bat, pero el otro hombre lobo ya había
rodado lejos, y Rufus aterrizó sobre el suelo, en cuclillas.
Bat se puso en pie, pero era claro que estaba perdiendo sangre. La sangre
había rodado por su pecho y sido absorbida por la cintura de sus jeans, y sus
manos estaban mojadas con ella. Él atacó con sus garras; Rufus se volvió,
tomando el golpe en su hombro, cuatro cortes superficiales. Con un gruñido
agarró la muñeca de Bat y la retorció. El sonido del chasquido del hueso fue
muy fuerte, y Bat jadeó y retrocedió.
Rufus se abalanzó. El peso de él aplastó a Bat al suelo, golpeando con
fuerza la cabeza de Bat contra una raíz de un árbol. Bat se quedó inerte.
Los otros lobos seguían golpeando la tierra con los pies. Algunos de ellos
lloraban abiertamente, pero ninguno se movió hacia adelante cuando Rufus se
sentó en Bat, una mano presionándolo plano contra la hierba, la otra levantada,
las maquinillas de afeitar de sus dedos reluciendo. Se acercó para el golpe de
gracia…
—Alto. —La voz de Maia resonó a través del parque. Los otros lobos
levantaron la vista en estado de shock. Rufus sonrió.
—Oye, niñita —dijo él.
Maia no se movió. Ella estaba en el centro del círculo. De alguna manera
se había empujado más allá de la línea de lobos sin que se dieran cuenta.
Llevaba cuerdas y una chaqueta de mezclilla, el pelo recogido hacia atrás con
fuerza. Su expresión era severa, casi sin expresión.
—Quiero lanzar un desafío —dijo ella.
—Maia —dijo Leila—. ¡Conoces la ley! “Cuando pelees con un lobo de la
manada, debes enfrentarte a solas, alejado, pues los demás tomarán parte en la
pelea, y la manada sería reducida por la guerra.” No puedes interrumpir la
batalla.
—Rufus está a punto de dar el golpe de gracia —dijo Maia sin emoción—
. ¿Realmente sientes como si necesitara esperar esos cinco minutos antes de que
emita mi reto? Lo haré, si Rufus tiene demasiado miedo de pelear conmigo con
Bat todavía respirando…
Rufus saltó del cuerpo inerte de Bat con un rugido, y avanzó hacia Maia.
La voz de Leila se levantó en pánico:
—¡Maia, sal de ahí! Una vez que hay sangre por primera vez, no
podemos detener la pelea…
Rufus se abalanzó sobre Maia. Sus garras rasgaron el borde de su
chaqueta; Maia se puso de rodillas y rodó, y luego se levantó de sus rodillas,
con las garras extendidas. Su corazón golpeaba contra sus costillas, enviando
oleadas de sangre helada y caliente a través de sus venas. Podía sentir el
aguijón del corte en su hombro. Primera sangre.
Los hombres lobos comenzaron a estampar la tierra de nuevo, aunque
esta vez no estaban en silencios. Había murmullos y jadeos en las filas. Maia
hizo lo posible para bloquearlo, ignorarlo. Vio a Rufus dar un paso hacia ella.
Era una sombra, esbozada por la luna, y en ese momento ella vio no sólo él, sino
también Sebastian, cerniéndose sobre ella en la playa, un príncipe frío tallado en
hielo y sangre.
Tu novio está muerto.
Su puño se apretó contra el suelo. Cuando Rufus se arrojó a ella, con las
garras afiladas extendidas, ella se levantó y echó puñado de tierra y césped en
la cara.
Él se tambaleó hacia atrás, asfixiándose y cegado. Maia se adelantó y
golpeó su bota en el pie de él; sintió los pequeños huesos se romperse, lo oyó
gritar; en ese momento, cuando él estaba distraído, ella metió las garras en sus
ojos.
Un grito salió de su garganta, rápidamente cortado. Él se dejó caer hacia
atrás, desplomándose sobre la hierba con un fuerte golpe que le hizo pensar en
un árbol cayendo. Ella miró su mano. Estaba cubierta de sangre y manchas de
líquido: materia cerebral y humor vítreo.
Se dejó caer de rodillas y vomitó en la hierba. Sus garras se deslizaron
hacia dentro de nuevo, y ella se limpió las manos en el suelo, una y otra vez,
mientras su estómago tenía un espasmo. Sintió una mano en su espalda y
levantó la vista para ver a Leila inclinada sobre ella.
—Maia —dijo en voz baja, pero su voz fue ahogada por la manada
cantando el nombre de su nuevo líder—: Maia, Maia, Maia.
Los ojos de Leila eran oscuros y preocupados. Maia se puso de pie,
limpiándose la boca con la manga de su chaqueta, y se apresuró por el césped
hacia Bat. Se agachó a su lado y le tocó la mejilla con la mano.
—¿Bat? —Dijo.
Con un esfuerzo, él abrió los ojos. Había sangre en su boca, pero estaba
respirando constantemente. Maia supuso que ya se estaba recuperando de los
golpes de Rufus.
—No sabía que peleabas sucio —dijo con una media sonrisa.
Maia pensó en Sebastian y su sonrisa brillante, y los cuerpos en la playa.
Pensó en lo que Lily le había dicho. Pensó en los Cazadores de Sombras detrás
de sus salas, y en la fragilidad de los Acuerdos y del Concejo. Va a ser una guerra
sucia, pensó, pero eso no fue lo que dijo en voz alta.
—Yo no sabía que te llamabas Bartholomew. —Ella tomó su mano, la
sostuvo en la suya sangrienta. A su alrededor, la manada seguía cantando.
“Maia, Maia, Maia.”
Cerró los ojos.
—Todo el mundo tiene sus secretos.
—Casi no parece hacer alguna diferencia —dijo Jace, acurrucado en el
asiento de la ventana en la habitación del ático que compartía con Alec—. Todo
se siente como una prisión.
—¿Crees que eso es un efecto secundario al hecho de que los guardias
armados están de pie alrededor de la casa? —Sugirió Simon—. Quiero decir,
sólo es un pensamiento.
Jace le lanzó una mirada irritable.
—¿Qué pasa con los mundanos y su compulsión abrumadora para decir
lo obvio? —Preguntó. Se inclinó hacia delante, mirando a través de los cristales
de la ventana. Simon podría haber estado exagerando un poco, pero sólo
ligeramente. Las figuras oscuras de pie en los puntos cardinales que rodeaban
la casa del Inquisidor podrían haber sido invisibles para el ojo inexperto, pero
no para el de Jace.
—No soy un mundano —dijo Simon, un filo en su voz—. ¿Y qué pasa
con los Cazadores de Sombras y su compulsión abrumadora para ponerse a sí
mismos y a todos lo que quieren al borde de la muerte?
—Dejen de pelear. —Alec se había apoyado en la pared, en la pose
clásica de pensamiento, con la barbilla apoyada en su mano—. Los guardias
están allí para protegernos, no mantenernos dentro. Ten un poco de
perspectiva.
—Alec, me has conocido durante siete años —dijo Jace—. ¿Cuándo,
alguna vez, he tenido perspectiva?
Alec lo fulminó con la mirada.
—¿Todavía sigues enfadado porque rompí tu teléfono? —Dijo Jace—.
Porque tú rompiste mi muñeca, así que yo diría que estamos a mano.
—Fue un esguince —dijo Alec—. No es rotura. Esguince.
—¿Ahora quién está discutiendo? —Dijo Simon.
—No hables. —Alec hizo un gesto hacia él con una expresión de vago
disgusto—. Cada vez que te miro, sigo recordando el haber venido aquí y verte
envolviendo a mi hermana.
Jace se sentó.
—No he escuchado sobre esto.
—Oh, vamos… —dijo Simon.
—Simón, te estás ruborizando —observó Jace—. Y eres un vampiro y casi
nunca te ruborizas, por lo que esto debe ser realmente jugoso. Y extraño.
¿Estuvieron las bicicletas involucradas de alguna manera perversa?
¿Aspiradoras? ¿Paraguas?
—¿Los grandes paraguas, o la pequeña clase que consigues con las
bebidas? —Preguntó Alec.
—¿Importa…? —Comenzó Jace, y luego se interrumpió cuando Clary
entró en la habitación con Isabelle, sosteniendo a una pequeña niña de la mano.
Después de un momento de silenciosa conmoción, Jace la reconoció: Emma, la
chica a la que Clary había escapado de la comodidad durante la reunión del
Concejo. La que lo miraba con adoración de héroe apenas disimulada. No es
que le importara el culto al héroe, pero era un poco extraño tener a un niño
cayendo de repente en medio de lo que había, sin duda, comenzado a ser una
conversación un tanto incómoda.
—Clary —dijo él—. ¿Secuestraste a Emma Carstairs?
Clary le dio una mirada exasperada.
—No. Ella llegó aquí por su cuenta.
—Entré por una de las ventanas —suministró Emma amablemente—. Al
igual que en Peter Pan.
Alec empezó a protestar. Clary le tomó la mano libre para detenerlo; la
otra mano estaba ahora en el hombro de Emma.
—Todo el mundo cállese por un segundo, ¿de acuerdo? —Dijo Clary—.
Ella no debería estar aquí, sí, pero vino por una razón. Tiene información.
—Eso es correcto —dijo Emma en su pequeña voz, determinada. En
realidad, era sólo una cabeza más baja que Clary, pero de igual forma, Clary era
muy pequeña. Emma sería probablemente alta un día. Jace trató de recordar a
su padre, John Carstairs, él estaba seguro de que lo había visto en las reuniones
del Concejo, y pensó que recordaba a un hombre alto, de pelo rubio. ¿O su
cabello había sido oscuro? Recordaba a los Blackthorn, por supuesto, pero los
Carstairs se habían desvanecido de su memoria.
Clary le devolvió la mirada aguda con una que decía: Se amable. Jace
cerró la boca. Nunca había pensado mucho acerca de si le gustaban o no los
niños, aunque a él siempre le había gustado jugar con Max. Max había sido un
sorprendentemente hábil estratega para un niño tan pequeño, y a Jace siempre
le había gustado prepararle rompecabezas. El hecho de que Max había adorado
el suelo que pisaba no había sido malo tampoco.
Jace pensó en el soldado de madera que le había dado a Max, y cerró los
ojos con dolor repentino. Cuando los abrió de nuevo, Emma lo miraba. No en la
forma en que ella lo había mirado cuando la había encontrado con Clary en el
Gard, ese tipo de sobresalto medio impresionado, medio asustado. La mirada
Eres Jace Lightwood, pero con un poco de preocupación. De hecho, toda su
postura era una mezcla de confianza que él estaba bastante seguro ella estaba
fingiendo, y un claro temor. Sus padres habían muerto, pensó, habían muerto
hacía días. Y recordó la vez, siete años antes, cuando se había enfrentado a sí
mismo con los Lightwood, con el conocimiento en su corazón de que su padre
acababa de morir, y el amargo sabor de la palabra "huérfano" en sus oídos.
—Emma —dijo tan suavemente como pudo—. ¿Cómo te metiste en la
ventana?
—Me subí encima de los tejados —dijo ella, señalando por la ventana—.
No fue tan difícil. Vidrio armado son casi siempre dormitorios, así que bajé en
el primero, y era el de Clary. —Se encogió de hombros, como si lo que había
hecho no hubiera sido riesgoso o impresionante.
—Era el mía, en realidad —dijo Isabelle, que estaba mirando a Emma
como si fuera una fascinante muestra. Isabelle se sentó en el tronco a los pies de
la cama de Alec, estirando sus largas piernas—. Clary vive en la casa de Luke.
Emma parecía confundida.
—No sé dónde está. Y todo el mundo estaba hablando de ustedes
estando aquí. Es por eso que vine.
Alec miró a Emma con una la mirada medio encantada, medio
preocupada de un hermano mucho mayor.
—No tengas miedo… —comenzó.
—No tengo miedo —espetó ella—. Vine aquí porque necesitan ayuda.
Jace sintió su boca elevarse involuntariamente en la esquina.
—¿Qué tipo de ayuda? —Preguntó.
—Reconocí al hombre de hoy —dijo—. El que amenazó al Cónsul. Él
vino con Sebastian, para atacar el Instituto. —Ella tragó—. Ese lugar, en el que
dijo que todos arderíamos, Edom…
—Es otra palabra para “Infierno” —dijo Alec—. No es un lugar real, no
tienes que estar preocupada…
—Ella no está preocupada, Alec —dijo Clary—. Sólo escucha.
—Se trata de un lugar —dijo Emma—. Cuando atacaron el Instituto, los
oí. Escuché a uno de ellos decir que podrían llevar a Mark a Edom, y sacrificarlo
allí. Y cuando nos escapamos a través del Portal, la oí gritar detrás de nosotros
que arderíamos en Edom, que no había escapatoria real. —Su voz tembló—. De
la forma en que hablaban sobre Edom, supe que era un lugar real, o un lugar
real para ellos.
—Edom —dijo Clary, recordando—. Valentine llamó a Lilith algo por el
estilo; él la llamó "mi Señora de Edom."
Los ojos de Alec se reunieron con los de Jace. Alec asintió y salió de la
habitación. Jace sintió que sus hombros se relajaban minuciosamente; en medio
del clamor de todo, era bueno tener un parabatai que sabía lo que estaba
pensando, sin que tenga que decirlo.
—¿Le has dicho a alguien sobre esto?
Emma vaciló, y luego negó con la cabeza.
—¿Por qué no? —Dijo Simon, que había estado callado hasta ese
momento. Emma lo miró, parpadeando; sólo tenía doce años, pensó Jace, y
probablemente apenas se había encontrado con Submundos antes—. ¿Por qué
no decirle la Clave?
—Porque no me fío de la Clave —dijo Emma con voz débil—. Pero
confío en ustedes.
Clary tragó visiblemente.
—Emma…
—Cuando llegamos aquí, la Clave nos cuestionó a todos, especialmente a
Jules, y usaron la Espada Mortal para asegurarse de que no estábamos
mintiendo. Duele, pero no les importó. La usaron en Ty y Livvy. Lo usaron en
Dru. —Emma sonaba indignada—. Probablemente la habrían usado en Tavvy si
pudiera hablar. Y duele. La Espada Mortal duele.
—Lo sé —dijo Clary, en voz baja.
—Hemos estado alojados con los Penhallow —dijo Emma—. Por Aline y
Helen, y porque la Clave quiere mantener un ojo sobre nosotros. A causa de lo
que vimos. Estaba abajo cuando regresaron del funeral, y les oí hablar, así
que… así que me escondí. Todo un grupo de ellos, no sólo Patrick y Jia, sino
muchas otras cabezas de Instituto también. Estaban hablando sobre lo que
deben hacer, lo que la Clave debe hacer, si deberían entregar a Jace y Clary a
Sebastian, como si fuera su elección. Su decisión. Pero pensé que debería ser
decisión de ustedes. Algunos de ellos dijeron que no importaba si querían ir o
no…
Simon se puso de pie.
—Pero, Jace y Clary se ofrecieron a ir, prácticamente rogaron ir…
—Les habríamos dicho la verdad. —Emma se apartó el pelo enmarañado
de la cara. Sus ojos eran enormes, una chispa marrón a través de trozos de oro y
ámbar—. Ellos no tenían que usar la Espada Mortal en nosotros, habríamos
dicho al Concejo la verdad, pero la usaron de todos modos. La usaron en Jules
hasta que sus manos… sus manos se quemaron debido a ella. —Su voz
tembló—. Por lo tanto, pensé que deberían saber lo que estaban diciendo. Ellos
no quieren que ustedes sepan que no es su elección, porque saben que Clary
puede hacer Portales. Saben que pueden salir de aquí, y si se escapa, creen que
no tendrán ninguna manera de negociar con Sebastian.
La puerta se abrió, y Alec volvió a entrar en la habitación, con un libro
encuadernado en cuero marrón. Estaba sosteniéndolo de una manera tal como
para ocultar el título, pero sus ojos se encontraron con los de Jace, y le dio una
leve inclinación de cabeza, y luego miró hacia Emma. Los latidos del corazón de
Jace se aceleraron; Alec había encontrado algo. Algo que no le gustaba, a juzgar
por su expresión sombría, pero algo, no obstante.
—¿Los miembros de la Clave que oíste por casualidad, dieron alguna
idea de cuándo iban a decidir qué hacer? —Preguntó Jace a Emma, en parte
para distraerla, mientras Alec se sentaba en la cama, arrastrando el libro detrás
de él.
Emma negó con la cabeza.
—Todavía lo estaban discutiendo cuando me fui. Me arrastré por la
ventana del piso superior. Jules me dijo que no, porque me matarían, pero sabía
que no lo harían. Soy una buena escaladora —agregó con un dejo de orgullo—.
Y él se preocupa demasiado.
—Es bueno que la gente se preocupe por ti —dijo Alec—. Quiere decir
que les importas. Es cómo sabes que son buenos amigos.
La mirada de Emma pasó de Alec a Jace, curiosa.
—¿Tú te preocupas por él? —Preguntó a Alec, sorprendiendo una risa
fuera de él.
—Todo el tiempo —dijo—. Jace podría hacerse matar poniéndose los
pantalones por la mañana. Ser su parabatai es un trabajo de tiempo completo.
—Me gustaría tener un parabatai —dijo Emma—. Es como alguien que es
tu familia, pero porque quiere serlo, no porque tiene que serlo. —Ella se
sonrojó, de pronto consciente de sí misma—. De todos modos No creo que
nadie deba ser castigado por salvar gente.
—¿Es por eso que confías en nosotros? —Preguntó Clary, conmovida—.
¿Crees que salvamos gente?
Emma golpeteó la alfombra con sus botas. Entonces miró hacia arriba.
—Supe de ti —le dijo a Jace, sonrojándose—. Quiero decir, todo el mundo
sabe de ti. Que eras hijo de Valentine, pero entonces no lo eras, que eras
Jonathan Herondale. Y no creo que eso significara algo para la mayoría de la
gente, la mayoría de ellos te llaman Jace Lightwood, pero hizo una diferencia
para mi papá. Le oí decir a mi madre que él había pensado que todos los
Herondale se habían ido, que la familia había muerto, pero eras el último de
ellos, así que votó en la reunión del Concejo de la Clave para seguir buscándote,
porque, él dijo—: Los Carstairs están en deuda con los Herondale.
—¿Por qué? —Dijo Alec—. ¿Qué es lo que les deben?
—No lo sé —dijo Emma—. Pero vine porque mi papá hubiera querido
que lo hiciera, aunque fuera peligroso.
Jace resopló una risa suave.
—Algo me dice que no te importa si las cosas son peligrosas. —Él se
agachó, poniendo sus ojos al mismo nivel que los de Emma—. ¿Hay algo más
que puedas decirnos? ¿Algo más que dijeron?
Ella negó con la cabeza.
—Ellos no saben dónde está Sebastian. No saben acerca de la cosa
Edom… lo mencioné cuando estaba sosteniendo la Espada Mortal, pero creo
que simplemente pensaron que era otra palabra para “Infierno.” Nunca me
preguntaron si pensaba que era un lugar real, por lo que no dije nada.
—Gracias por decirnos. Es una ayuda. Una gran ayuda. Debes irte —
añadió él, tan suavemente como pudo—, antes de que noten que te has ido.
Pero de ahora en adelante los Herondale deberán a los Carstairs. ¿De acuerdo?
Recuerda eso.
Jace se puso de pie cuando Emma se volvió hacia Clary, quien asintió con
la cabeza y se la llevó hacia la ventana donde Jace había estado sentado antes.
Clary se agachó y abrazó a la pequeña antes de alcanzar el cerrojo de la
ventana. Emma trepó con la agilidad de un mono. Se balanceó a sí misma hasta
que sólo sus botas colgando eran visibles, y un momento después habían
desaparecido también. Jace oyó una sobrecarga de luz raspar mientras ella se
precipitaba a través de las tejas del techo, y luego silencio.
—Me gusta —dijo Isabelle finalmente—. Ella me recuerda a Jace cuando
era pequeño, obstinado, y actuando como si fuera inmortal.
—Dos de esas cosas todavía se aplican —dijo Clary, balanceando la
ventana cerrada. Se sentó en el asiento de la ventana—. Supongo que la gran
pregunta es, ¿le decimos a Jia o a alguna otra persona en el Concejo lo que
Emma nos dijo?
—Eso depende —dijo Jace—. Jia tiene que someterse a lo que quiere toda
la Clave; ella misma lo dijo. Si ellos deciden que lo que quieren es echarnos en
una jaula hasta que Sebastian venga por nosotros… bueno, eso casi dilapida
cualquier ventaja que esta información nos pueda dar.
—Así que depende de si la información es realmente útil o no —dijo
Simon.
—Correcto —dijo Jace—. Alec, ¿qué has descubierto?
Alec sacó el libro de detrás de él. Era una enciclopedia demoníaca, la especie
de libro que todas las bibliotecas de Cazadores de Sombras tendrían.
—Pensé que Edom podría ser un nombre para uno de los reinos
demoníacos…
—Bueno, todo el mundo ha estado teorizando que Sebastián podría estar
en una dimensión diferente, ya que él no puede ser seguido —dijo Isabelle—.
Pero dimensiones demoníacas… hay millones de ellas, y la gente no puede
simplemente ir allí.
—Algunos son más conocidos que otros —dijo Alec—. La Biblia y los
textos de Enoc mencionar unos cuantos, disfrazados y subsumidos, por
supuesto, en historias y mitos. Edom es mencionado como un páramo… —Leyó
en voz alta, midiendo su voz—. Y los arroyos de Edom se convertirán en brea, y su
tierra en azufre; su tierra será brea ardiente. Noche y día no se apagará; su humo subirá
para siempre. De generación en generación será asolada; nadie pasará a través de él por
lo siglos de los siglos. —Suspiró—. Y por supuesto están las leyendas sobre Lilith
y Edom, que ella fue desterrada allí, que ella gobierna el lugar con el demonio
Asmodeo. Esa es probablemente la razón por la que los Cazadores Oscuros
hablaban de sacrificar a Mark Blackthorn para ella en Edom.
—Lilith protege a Sebastian —dijo Clary—. Si él fuera a un reino
demoníaco, iría al de ella.
—“Nadie pasará a través de él por los siglos de los siglos” no suena muy
alentador —dijo Jace—. Además, no hay manera de llegar a los reinos
demoníacos. Viajar de un lugar a otro en este mundo es una cosa…
—Bueno, hay una manera, creo —dijo Alec—. Un camino que los Nefilim
no pueden cerrar, porque se encuentra fuera de la jurisdicción de nuestras
Leyes. Es viejo, más viejo que los Cazadores de Sombras… magia antigua y
salvaje. —Suspiró—. Está en la Corte Seelie, y está protegido por las Hadas.
Ningún ser humano ha puesto un pie en esa vía en más de cien años
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