13
Capítulo 13
Lleno de Buenas Intenciones
Traducido por VicHerondale
Corregido por Lucero
Jace estaba caminando de un lado a otro por la habitación como un gato.
Los demás lo miraban, Simon especialmente con una ceja levantada.
—¿No hay otra manera de entrar? —preguntó Jace—. ¿No podemos
Transportarnos?
—No somos demonios. Podemos Transportarnos sólo dentro de una
dimensión —dijo Alec.
—Ya lo sé, pero si Clary experimenta con las runas Transportadoras...
—No voy a hacerlo —lo interrumpió Clary, poniendo su mano de forma
protectora sobre el bolsillo donde su estela descansaba—. No os pondré en
peligro. Me Transporté con Luke a Idris y casi nos matamos. No os arriesgaré.
Jace siguió caminando. Era lo que hacía cuando estaba pensando, Clary
lo sabía, pero igual le miró con preocupación. Jace estaba cerrando y abriendo
sus manos y murmurando entre dientes. Finalmente se detuvo.
—Clary —dijo—. Puedes hacer un Portal a la Corte Seelie, ¿no?
—Sí —dijo ella—. Eso lo puedo hacer... he estado allí, lo recuerdo. ¿Pero
estaríamos seguros? No hemos sido invitados, y a las Hadas no les gustan las
invasiones en su territorio...
—Nadie más que yo irá —dijo Jace—. Haré esto solo.
Alec se puso en pie.
—Lo sabía. ¡Maldición, lo sabía! Y absolutamente no irás solo. No es una
opción.
Jace enarcó una ceja hacia él; estaba tranquilo por fuera, pero Clary pudo
ver la tensión en la postura de sus hombros y la forma en que se mecía
ligeramente hacia adelante sobre las puntas de sus pies.
—¿Desde cuándo dices “maldición”?
—Dado que la maldita situación lo amerita. —Alec cruzó los brazos sobre
el pecho—. ¿Pensé que íbamos a discutir si hablaríamos con la Clave o no?
—No podemos hacerlo —dijo Jace—. No si entraremos a los reinos
demonio a través de la Corte Seelie. No es como si la mitad de la Clave pudiera
ir a la Corte; eso parecería un acto de guerra contra las Hadas.
—¿Y tu plan es que nosotros cinco podemos engatusarlos para dejarnos
pasar? —Isabelle levantó una ceja.
—Hemos hablado con la Reina antes —dijo Jace—. Fueron con la Reina
cuando... cuando estaba con Sebastian.
—Y nos engañó con sus anillos walkie-talkie para poder escucharnos —
dijo Simon—. Yo no confiaría en ella más de lo que podría confiar en un
elefante de tamaño medio.
—No he dicho nada de confiar en ella. Hará lo que sea de su interés en el
momento. Sólo tenemos que hacer que sea de su interés dejarnos acceder a la
carretera de Edom.
—Todavía somos Cazadores de Sombras —dijo Alec—. Aún
representamos a la Clave. Hagamos lo que hagamos en el reino de las Hadas, se
lo tomarán de manera personal.
—Entonces procederemos con tacto e inteligencia —dijo Jace—. Me
encantaría que la Clave se encargase de la Reina y su corte por nosotros. Pero se
nos agota el tiempo. Luke, Jocelyn, Magnus y Raphael... A ellos se les agota el
tiempo. Sebastian se está preparando, está acelerando sus planes, su sed de
sangre. No saben en lo que se convierte cuando se pone así, pero yo sí. Yo sí lo
sé. —Jace contuvo el aliento, había una fina capa de sudor sobre sus pómulos—.
Es la razón por la quiero hacer esto solo. El Hermano Zachariah dijo que yo soy
el fuego celestial. No podemos conseguir a Gloriosa otra vez. No podemos
invocar a otro ángel, no hay alternativa.
—Bien —dijo Clary—, pero incluso si eres la única fuente de fuego
celestial, no significa que solo tú debes hacerlo.
—Tiene razón —dijo Alec—. Sabemos que el fuego celestial puede
hacerle daño a Sebastian. Pero no sabemos si es lo único que puede hacerle
daño.
—Y también no significa que eres el único en matar a los Cazadores
Oscuros que trabajan con Sebastian —señaló Clary—. O que puedes ir a la
Corte Seelie por cuenta propia o, después de eso, atravesar algún reino
demonio abandonado donde debes encontrar Sebastian...
—No podemos rastrearlo porque no estamos en la misma dimensión —
dijo Jace. Levantó la muñeca donde la pulsera de plata de Sebastian brillaba—.
Una vez que esté en su mundo podré rastrearlo. Ya lo he hecho antes...
—Juntos podemos rastrearlo —dijo Clary—. Jace, esto no se trata sobre
encontrarlo, esto es lo más grande y enorme que hemos hecho. No es sobre
matar a Sebastian, es sobre sus liberar a sus prisioneros. Es una misión de
rescate. Sus vidas están en juego, así como la nuestra. —Su voz se quebró.
Jace había detenido su andar y miró a cada uno de sus amigos, casi
suplicante.
—Es sólo que no quiero que nada les suceda —respondió él.
—Sí, bueno, ninguno de nosotros desea que algo te pase tampoco —dijo
Simon—. Pero piensa en las consecuencias, ¿qué sucedería si tú vas y nosotros
no? Sebastian quiere a Clary, la quiere más de lo que te quiere a ti y puede
encontrarla aquí en Alicante. Nada lo detendrá de regresar de nuevo, excepto
su promesa de que esperará dos días en regresar, ¿y desde cuándo sus
promesas valen la pena? Podía venir por cualquiera de nosotros en cualquier
momento, ya lo demostró con los representantes de Subterráneos. Ahora mismo
somos un blanco fácil. Lo mejor será ir donde él no lo espere o nos encontrará.
—No me quedaré aquí en Alicante mientras Magnus está en peligro —
dijo Alec, con una voz adulta sorprendentemente fría—. Ve sin mí y
menosprecia nuestros juramentos parabiatai, me faltas el respeto como un
Cazador de Sombras y me faltas el respeto por el hecho de que esta es mi batalla
también.
Jace lo miró sorprendido.
—Alec, nunca menospreciaría nuestro juramento. Eres uno de los
mejores Cazadores de Sombras que conozco...
—Por eso vamos contigo —dijo Isabelle—. Nos necesitas. Necesitas de
Alec y de mí para apoyarte en el camino como siempre hemos hecho siempre.
Necesitas los poderes rúnicos de Clary y la fuerza vampírica de Simon. Esta no
es sólo tu pelea. Si nos respetas como Cazadores de Sombras y como tus
amigos, entonces estamos contigo. Es así de simple.
—Lo sé —dijo Jace, en voz baja—. Yo sé que los necesito. —Miró a Clary,
y ésta oyó la voz de Isabelle diciendo «necesitas los poderes rúnicos de Clary» y
recordó la primera vez que había visto a Jace en su vida, con Alec e Isabelle a su
lado, y de lo peligroso que pensó que él era.
Nunca se le había ocurrido que era igual a él, que era peligrosa.
—Gracias —dijo él, y se aclaró la garganta—. Está bien. Todo el mundo
en marcha y empaquen sus cosas. Empaquen lo necesario: agua, todos los
alimentos que puedan tomar, estelas extras y mantas. Y tú —agregó a Simon—,
no creo que necesites comida, pero si has embotellado sangre, llévala. Puede
que no haya nada que puedas... comer a dónde vamos.
—Pero puedo comer de unos de vosotros —dijo Simon, pero sonrió un
poco, y Clary sabía que era porque Jace lo había incluido entre ellos, sin
dudarlo ni un instante. Finalmente Jace había aceptado que donde ellos fueran,
Simon también lo haría, fuera él un Cazador de Sombras o no.
—Muy bien —dijo Alec—. Nos encontraremos aquí dentro de diez
minutos. Clary, prepárate para crear un Portal. Y, ¿Jace?
—¿Sí?
—Será mejor que tengas una estrategia para lo haremos cuando
lleguemos a la Corte de las Hadas. Porque la vamos a necesitar.
El torbellino dentro del Portal fue casi un alivio. Clary fue la última en
pasar por la puerta brillante, después que los demás la habían atravesado, y
dejó que la fría oscuridad la sumergiera como si fuera agua, arrastrándola más
y más profundo y robando el aire de sus pulmones, haciéndola olvidar todo
excepto el clamor y la caída.
Acabó muy rápido, el Portal la liberó con torpeza en el suelo de tierra de
un túnel y su mochila crujió debajo de ella. Contuvo la respiración y se levantó,
usando una raíz larga que colgaba erguida.
Alec, Isabel, Jace y Simon estaban levantándose a su alrededor,
sacudiéndose la ropa. No fue sobre tierra que habían caído, fue sobre una
alfombra de musgo. Más musgo se propagaba a lo largo de las paredes marrón
suave del túnel, que brillaba como luces fosforescente. Pequeñas flores
brillantes, como margaritas eléctricas, crecían en medio del musgo,
contrastando el verde con el blanco. Raíces colgaban desde el techo del túnel,
Clary se preguntó por qué exactamente estaba creciendo por encima del suelo.
Varios túneles más pequeños se ramificaban del principal, algunos de ellos
demasiados pequeños para un humano.
Isabelle cogió un trozo de musgo de su cabello y frunció el ceño.
—¿Exactamente dónde estamos?
—Nos transporté a las afueras de la sala del trono —dijo Clary—. Hemos
estado aquí. Simplemente siempre se ve diferente.
Jace ya se había trasladado al pasillo principal. Incluso sin la runa
Silenciosa, era tan silencioso como un gato sobre el suave musgo. Los otros lo
siguieron, Clary con la mano en la empuñadura de su espada. Estaba un poco
sorprendida del poco tiempo que le había tomado acostumbrarse a un arma a
su lado; si un día llegase coger a Eósforo y descubría que no estaba, pensó,
entraría en pánico.
—Por aquí —dijo Jace en voz baja, haciendo un gesto al resto de ellos en
guardar silencio. Estaban en un arco, una cortina los separaba de una habitación
más grande. La última vez que Clary había estado allí, la cortina había estado
hecha de mariposas vivas y le habían susurrado.
Hoy era de espinas, como las espinas que rodeaban el castillo de la Bella
Durmiente, espinas entretejidas en otras para formar una hoja colgando. Clary
solo podía ver atisbos de la habitación al otro lado... un destello de blanco y
plata, pero todos podían oír el sonido de las voces riendo procedentes de los
corredores a su alrededor.
Las runas Glamour no funcionaban con las Hadas, no había manera de
ocultarse de sus vistas. Jace estaba alerta, todo su cuerpo en tensión. Levantó
cuidadosamente una daga y separó la hoja de espinas tan silenciosamente como
pudo. Todos ellos se inclinaron para mirar.
La habitación delante de ellos parecía un cuento de Hadas de invierno,
del tipo que Clary rara vez había visto, excepto en las visitas a la granja de
Luke. Las paredes estaban hechas de láminas de cristal blanco con vetas de
plata incrustadas y la Reina estaba reclinada sobre su diván, el cual era de
cristal blanco para coincidir con la habitación. El suelo estaba cubierto de nieve,
y largos carámbanos colgaban del techo, cada uno atado con cuerdas de espinas
en oro y plata. Ramos de rosas blancas se amontonaban alrededor de la
habitación, esparcidas al pie del diván de la Reina, como si fueran una corona
en su pelo rojo. Su vestido era blanco y plateado también, como una diáfana con
una capa de hielo, se podía vislumbrar su cuerpo a través del material, aunque
no con claridad. El hielo, las rosas y la Reina. El efecto fue cegador.
Estaba recostada en su sofá, con la cabeza inclinada hacia arriba,
hablando con un caballero Hada fuertemente blindada. Su armadura era de
color marrón oscuro, el color del tronco de un árbol; uno de sus ojos era negro,
el otro azul pálido, casi blanco. Por un momento Clary pensó que tenía la
cabeza de un ciervo escondido bajo su gran brazo, pero al mirar más de cerca,
se dio cuenta de que se trataba de un casco, adornado con cuernos.
—¿Y cómo va la Caza Salvaje, Gwyn? —la Reina estaba preguntando—.
¿Hubo muertos? Supongo que hubo ricas ganancias para ti en la Ciudadela de
Adamant la otra noche. He oído que los aullidos de los Nefilim rasgaron el cielo
al morir.
Clary sintió que los Cazadores de Sombras a su alrededor se tensaron.
Recordó estar tumbada junto a Jace en un barco en Venecia, viendo la Caza
Salvaje por encima de sus cabezas; un torbellino de gritos y gritos de batalla,
caballos cuyos cascos brillaban de color escarlata en el cielo.
—Eso he oído, mi señora —dijo Gwyn con una voz tan ronca que apenas
era comprensible. Sonaba como el roce de una hoja contra la áspera corteza—.
La Caza Salvaje llega cuando los cuervos de la batalla gritan por sangre: nos
reunimos a nuestros corredores entre los moribundos. Pero no estábamos en la
Ciudadela de Adamant. Los juegos de guerra entre los Nefilim y los Cazadores
Oscuros son demasiado potentes para nuestra sangre. El Pueblo de las Hadas
no se mezcla con los demonios y los ángeles.
—Me decepcionas, Gwyn —dijo la Reina, haciendo un mohín—. Este es
el momento de poder para las Hadas, ganamos, nos levantamos y dominamos
el mundo. Pertenecemos al tablero de ajedrez del poder, al igual como los
Nefilim. Agradecería tu Concejo.
—Perdóname, señora —dijo Gwyn—. El ajedrez es un juego demasiado
delicado para nosotros. No le puedo aconsejar.
—Pero te daré un regalo. —La Reina puso mala cara—. El muchacho
Blackthorn. La sangre de un Cazador de Sombras y la de un Hada junta son
raras. Cabalgará a tu espalda y los demonios te temerán. Un regalo mío y de
Sebastian.
Sebastian. Lo dijo con comodidad y familiaridad. Había cariño en su voz,
si podría decirse que la Reina de Hadas fuese una persona cariñosa. Clary podía
oír la respiración de Jace a su lado: superficial y rápida; los otros estaban tensos
también, por el pánico en sus rostros las palabras de la Reina surtieron efecto.
Clary sintió a Eósforo enfriarse en el apretón de su mano. Un camino hacia
los reinos de los demonios es atravesando las tierras de las Hadas. La tierra donde
Sebastian se escondía. Sebastian presumiendo que tenía aliados.
La Reina y Sebastian, dando como regalo a un niño Nefilim capturado.
Juntos.
—Los demonios ya me temen, mi hermosa —dijo Gwyn, y él sonrió.
Mi hermosa. La sangre en las venas de Clary era como un río helado
avanzando hacia su corazón. Bajó la mirada y vio a Simon moviendo su mano
para cubrir la de Isabelle en un rápido gesto tranquilizador, Isabelle se había
puesto blanca y parecía enferma, al igual que Alec y Jace. Simon tragó; el anillo
de oro en su dedo brillaba y oyó la voz de Sebastian en su cabeza: «¿De verdad
crees que ella sería capaz de darte algo te que permitiera comunicarte con tus pequeños
amigos sin que no fuera capaz de escucharte? Desde que te quité el anillo, he hablado
con ella y ella ha hablado conmigo... eres un tonta al confiar en ella, hermanita. A la
Reina Seelie ella le gusta estar en el bando ganador. Y ese lado será el nuestro, Clary. El
nuestro.
—Me debes un favor, entonces, Gwyn, a cambio del muchacho —dijo la
Reina—. Sé que la Caza Salvaje tiene sus propias leyes, pero me gustaría
solicitar su presencia en la próxima batalla.
Gwyn frunció el ceño.
—No estoy seguro de que un niño valga tal promesa. Como he dicho, la
Caza tiene un pequeño deseo de involucrarse en el negocio de los Nefilim.
—No tienen que luchar —dijo la Reina, con una voz como la seda—. Les
pido su ayuda sólo con los cuerpos que quedarán. Y habrá cuerpos. Los Nefilim
pagarán por sus crímenes, Gwyn. Todo el mundo tiene que pagar.
Antes de que Gwyn pudiera responder, otra figura entró en la habitación
desde el túnel oscuro que se curvaba detrás del trono de la Reina. Era Meliorn,
en su armadura blanca, con su pelo negro recogido en una trenza por la
espalda. Sus botas estaban manchadas con lo que parecía alquitrán negruzco. Él
frunció el ceño cuando vio Gwyn.
—Un Cazador nunca trae buenas noticias —dijo Meliorn.
—Cálmate, Meliorn —dijo la Reina—. Gwyn y sólo hablábamos de un
intercambio de favores.
Meliorn inclinó la cabeza.
—Yo soporto noticias, mi señora, pero me gustaría tener que hablar con
usted en privado.
Se volvió hacia Gwyn.
—¿Estamos de acuerdo?
Gwyn vaciló y luego asintió con la cabeza, de manera cortante, y con una
mirada de disgusto en dirección a Meliorn, desapareció por el oscuro túnel por
el que el caballero Hada había venido.
La Reina se sentó en su diván, sus dedos eran pálidos como el mármol
contra su vestido.
—Muy bien, Meliorn. ¿De qué es lo que deseas hablar? ¿Es sobre los
prisioneros Subterráneos?
Prisioneros Subterráneos. Clary oyó el brusco aliento de Alec detrás de ella,
y la cabeza de Meliorn de repente giró. Le vio entrecerrar sus ojos.
—Si no me equivoco —dijo, cogiendo la espada a su lado—, mi señora,
tenemos visitas....
Jace ya estaba bajando su mano a su lado, susurrando: «Gabriel.» El
cuchillo serafín se encendió, e Isabelle se puso de pie, con un azote del látigo
separó la cortina de espinas, que se derrumbó hasta el suelo.
Jace se lanzó más allá de las espinas y avanzó en la sala del trono, con
Gabriel ardiendo en su mano. Clary de un tirón liberó su espada.
Entraron en la habitación, posicionados en un semicírculo detrás de Jace:
Alec con su arco ya tenso, Isabelle con su látigo brillando, Clary con su espada,
y Simon... Simon no tenía mejor arma que sí mismo, pero él permanecía
inmutable y le dio una sonrisa a Meliorn.
La Reina se irguió con un siseo rápidamente, era la única vez que Clary
la había visto nerviosa.
—¿Cómo osan en entrar al terreno de la Corte sin permiso? —preguntó
la Reina—. Este es el mayor de los crímenes, una ruptura de la Alianza...
—¡Cómo te atreves a hablar de romper la Alianza! —gritó Jace, y el
cuchillo serafín ardió en su mano. Clary pensó en como Jonathan Cazador de
Sombras debió de haberse visto hace muchos siglos, cuando expulsó a los
demonios y resguardó un mundo ignorante de la destrucción—. Haz asesinado,
mentido y tomado como prisioneros a los Subterráneos del Concejo. Te has
aliado con las fuerzas del mal y tendrás que pagar por ello.
—La Reina de la Corte Seelie no paga —dijo la Reina.
—Todo el mundo paga —dijo Jace, y de repente estaba de pie en el
diván, sobre la Reina, y la punta de su espada estaba en contra de su garganta.
Ella se echó hacia atrás, pero quedó atrapada en su lugar, con Jace de pie junto a
ella y sus pies apoyados en el sofá—. ¿Cómo lo hiciste? —exigió—. Meliorn juró
que estabas del lado de los Nefilim. Las Hadas no pueden mentir. Es por eso
que el Concejo confió en...
—Meliorn es mitad Hada. Puede mentir —dijo la Reina, dándole una
mirada divertida a Isabelle, quien parecía sorprendida. Sólo la Reina podía
divertirse con una cuchilla a su garganta, pensó Clary—. A veces la respuesta
más simple es la correcta, Cazador de Sombras.
—Es por eso que lo querías a él en el Concejo —dijo Clary, recordando el
favor que la Reina le había pedido, lo que ahora parecía hace mucho tiempo—.
Porque puede mentir.
—Fue una traición planeada desde hace mucho tiempo —Jace estaba
respirando con dificultad—. Debería cortarte la garganta en estos momentos.
—No te atreverías —dijo la Reina, sin moverse, con la punta de la espada
de Jace en su garganta—. Si tocas la Reina de la Corte Seelie, las Hadas se verán
en tu contra para siempre.
Jace estaba respirando con dificultad mientras hablabla y su cara estaba
brillando totalmente.
—¿Qué harás ahora entonces? —exigió—. Te hemos escuchamos.
Hablaste de Sebastian como un aliado. La Ciudadela de Adamant se encuentra
en las líneas de Ley. Las líneas de Ley son las provincias de las Hadas. Lo
llevaste allí, le enseñaste el camino y lo dejas emboscarnos. ¿Cómo no has
dudado en ponerte en nuestra contra?
Una mirada despreciable apareció en el rostro de Meliorn.
—Es posible que nos hayas oído hablar, Nefilim —dijo—. Pero si te
matamos antes de regresar a la Clave para decirle tus cuentos, nadie lo podrá
saber...
El caballero se adelantó. Alec dejó volar una flecha y se hundió en la
pierna de Meliorn. El caballero cayó hacia atrás con un grito.
Alec se adelantó, ya poniendo otra flecha en su arco. Meliorn estaba en el
suelo, gimiendo, la nieve a su alrededor se puso roja. Alec se puso sobre él con
arco en mano.
—Dinos cómo llegar a Magnus... cómo llegar a los prisioneros —dijo—.
Hazlo, o te convierto en un alfiletero.
Meliorn escupió. Su armadura blanca parecía fundirse en la nieve a su
alrededor.
—No te diré nada —dijo—. Torturarme, mátame, no voy a traicionar a
mi Reina.
—No importa lo que diga, de todas formas —dijo Isabelle—. Puede
mentir, ¿recuerdas?
La cara de Alec se contrajo.
—Cierto —dijo—. Muere, entonces, mentiroso. —Y tiró la siguiente
flecha.
Se hundió en el pecho de Meliorn, y el caballero Hada cayó hacia atrás, la
fuerza de la flecha envió a su cuerpo patinando en la nieve. Su cabeza golpeó la
pared de la cueva con un golpe seco.
La Reina lanzó un grito. El sonido perforó los oídos de Clary, sacándola
de su estado de shock. Podía oír el sonido de los gritos de las Hadas y de pies
corriendo en los pasillos exteriores.
—¡Simon! —gritó, y él se dio la vuelta—. ¡Ven aquí!
Metió a Eósforo de nuevo en su cinturón, se apoderó de su estela y se
lanzó hacia la puerta principal, ahora despojada de su cortina andrajosa de
espinas. Simon estaba a sus talones.
—Levántame —ella jadeó, y sin preguntar, él puso sus manos alrededor
de su cintura y la levantó, su fuerza de vampiro casi enviándola a toda
velocidad al techo.
Ella se agarró con fuerza al arco de la puerta con su mano libre y bajó la
mirada. Simon la estaba, obviamente desconcertado, pero su agarre sobre ella se
mantenía estable.
—Espera —dijo, y comenzó a dibujar. Era lo contrario de la runa que
había dibujado en el barco de Valentine: esta era una runa para cerrar y
bloquear, para mantener alejado todas las cosas, para dar refugio y seguridad.
Líneas negras se desprendían de la punta de la estela mientras dibujaba,
y oyó a Simon decir: «Date prisa. Ya vienen,» justo cuando terminó y bajó la
estela.
El suelo debajo de ellos se sacudió. Cayeron juntos, Clary aterrizó en
Simon, no en la posición más cómoda, y rodaron a un lado cuando un muro de
tierra comenzó a caer del arco que crujió, como una cortina de teatro
dibujándose. Había sombras que corrían hacia la puerta, sombras que
comenzaban a tomar la forma de Hadas, Simon puso de pie a Clary cuando la
puerta que daba al corredor desapareció con un estruendo final, impidiendo
que las Hadas en el otro lado pasaran.
—Por el Ángel —dijo Isabelle con voz asombrada.
Clary se dio la vuelta, estela en mano. Jace se puso de pie, la Reina Seelie
frente a él, con la espada apuntando a su corazón. Alec se puso de pie sobre el
cadáver de Meliorn; miró a Clary sin expresión y luego a su parabatai. Detrás de
él se abrió el conducto por el cual Meliorn había llegado y se había ido Gwyn.
—¿Vas a cerrar el túnel? —le preguntó Simon a Clary.
Ella negó con la cabeza.
—Meliorn tenía brea en sus zapatos —dijo—. ''Y los arroyos de Edom se
convertirán en brea'' ¿te acuerdas? Creo que él vino de los reinos demonio. Creo
que es por ese camino.
—Jace —dijo Alec—. Dile a la Reina lo que queremos, y que si lo acepta,
la dejaremos vivir.
La Reina se rio, un sonido estridente.
—El pequeño chico arquero —dijo—. Te subestimé. Son intensas las
flechas de un corazón roto.
El rostro de Alec se contrajo.
—Subestimaste a todos nosotros; siempre lo haces. Tú y tu arrogancia. El
Pueblo de las Hadas son ancianos y gentiles. No eres apta para guiarlos. Bajo tu
regla todos ellos terminarán como éste —dijo, señalando con la barbilla hacia el
cadáver de Meliorn.
—Tú eres el que lo mató —dijo la Reina—, no yo.
—Todo el mundo paga —dijo Alec, sus ojos sobre ella eran azules,
constantes y duros.
—Queremos el retorno seguro de los rehenes que Sebastian Morgenstern
ha tomado —dijo Jace.
La Reina extendió las manos.
—Ellos no están en este mundo, ni aquí en el reino de las Hadas, ni en
cualquier terreno sobre el que tengo jurisdicción. No hay nada que pueda hacer
para ayudarte a rescatarlos, nada de nada.
—Muy bien —dijo Jace, Clary tenía la sensación de que había esperado
esa respuesta—. Hay algo que puedes hacer, una cosa que puedes
demostrarnos, que hará salvarte la vida.
La Reina se quedó inmóvil.
—¿Qué deseas, Cazador de Sombras ?
—El camino al reino demonio de Edom —dijo Jace—. Queremos viajar
seguros. Tomaremos ese camino y nos alejaremos de tu reino.
Para sorpresa de Clary la Reina pareció relajarse. Relajó su postura y una
pequeña sonrisa tiró de la comisura de la boca... una sonrisa que a Clary no le
gustó.
—Muy bien. Los llevaré al camino del reino demonio. —La Reina levantó
con sus manos el vestido diáfano para bajar con facilidad las escaleras que
rodeaban su diván. Sus pies, blancos como la nieve, estaban descalzos.
Comenzó a caminar por la habitación hacia el pasillo oscuro que se extendía
detrás de su trono.
Alec se puso a caminar detrás de Jace e Isabelle detrás de él; Clary y
Simon les siguieron, haciendo una extraña procesión.
—En realidad odio decir esto —dijo Simon en voz baja mientras salía de
la sala del trono y entraban a la oscura sombra del paso subterráneo—. Pero me
pareció demasiado fácil.
—No fue fácil —dijo Clary en un susurro.
—Lo sé, pero la Reina es inteligente. Podría haber encontrado una
manera de salir de esto si hubiera querido. No tiene que dejarnos ir los reinos
demonio.
—Pero quiere hacerlo —dijo Clary—. Piensa que vamos a morir allí.
Simon le lanzó una mirada de reojo.
—¿Moriremos?
—No lo sé —dijo Clary y aceleró el paso para alcanzar a los demás.
El corredor no era tan largo como Clary había pensado. La oscuridad
había hecho que la distancia pareciese imposible, pero sólo habían estado
caminando por una media hora o algo así cuando irrumpieron de entre las
sombras en un espacio más grande e iluminado.
Habían estado caminando en silencio en la oscuridad, Clary se perdió en
sus pensamientos... recuerdos de la casa que Sebastian, Jace y ella habían
compartido, el sonido de la Caza Salvaje rugiendo a través del cielo, el trozo de
papel con las palabras ''mi hermosa'' en él. Pero el elogio no era por romance,
era por respeto. La Reina Seelie, la hermosa. «A la Reina le gusta estar en el bando
ganador, Clary, y ese lado será el nuestro», le había dicho Sebastian una vez,
incluso cuando ella se lo había informado a la Clave, Clary lo había tomado
como parte de sus bravatas.
Había creído, junto con el Concejo, en la palabra de las Hadas, que la
Reina por lo menos esperaría a ver en qué dirección soplaba el viento antes de
romper alguna alianza. Pensó en las palabras de Jace cuando dijo que fue una
traición planificada. Tal vez ninguno de ellos lo había considerado porque no
habían podido soportar tener en cuenta de que la Reina estaba tan segura que la
victoria final sería de Sebastian, al punto de esconderlo en su reino para no ser
rastreado. Que ella lo ayudaría en las batallas. Clary pensó en la abertura de la
tierra por donde Sebastian y a los Cazadores de Sombras Oscuros habían
escapado en la Ciudadela de Adamant, había sido magia de las Hadas: la Corte
estaba bajo tierra, después de todo. ¿Quién sino los Cazadores Oscuros habían
atacado el Instituto Los Ángeles llevándose con ellos a Mark Blackthorn? Todo
el mundo había asumido que Sebastian tenía miedo de la venganza de las
Hadas, pero estaban equivocados. Él era aliado de ellos. Se había llevado a
Mark porque tenía sangre de Hadas, y debido a la sangre pensaron que Mark
les pertenecía.
En toda su vida nunca había pensado tanto como lo había hecho en los
últimos seis meses sobre la sangre y lo que significaba. La casta y verdadera
sangre Nefilim; ella era un Cazador de Sombras. La sangre del Ángel: eso la
hizo lo que era, dotada con el poder de las runas. Hizo a Jace lo que era, lo hizo
fuerte, rápido y brillante. La sangre Morgenstern: la tenía, y también Sebastian,
y que por eso él la quería a ella. ¿Eso le daba un corazón oscuro también, o no?
¿Fue la sangre de Sabastian —Morgenstern y demonio mezclada—, que lo había
convertido en un monstruo, o podría haber cambiado, mejorado, si se le hubiese
enseñado en ser alguien mejor, como los Lightwood lo habían hecho con Jace?
—Aquí estamos —dijo la Reina Seelie, y su voz tenía un deje de
diversión—. ¿Conocen el camino correcto?
Estaban de pie en una enorme cueva, el techo se perdía en las sombras.
Las paredes relucían con un brillo fosforescente, y cuatro caminos se bifurcaba
de donde se encontraban: el que está detrás de ellos, y los otros tres. Uno, el que
estaba delante de ellos, era claro, amplio y húmedo. El de la izquierda brillaba
con hojas verdes y flores brillantes, y Clary creyó ver el brillo del cielo azul a la
distancia. Su corazón anheló ir en esa dirección. Y la última, el camino más
oscuro, era un estrecho túnel, la entrada era un metal con púas, y los espinos
bordeaban los lados. Clary pensó que podía ver la oscuridad y las estrellas al
final.
Alec rio brevemente.
—Somos Cazadores de Sombras —dijo—. Conocemos las leyendas. Se
trata de los tres caminos —ante la mirada perpleja de Clary dijo—: A las Hadas
no les gusta que sus secretos salga a la luz, pero a veces los músicos humanos
han sido capaces de codificar los secretos de las Hadas en viejas baladas. Hay
una llamada “Tomás el Rimador” trata de un hombre que fue secuestrado por la
Reina de las Hadas...
—Apenas secuestrado —se opuso la Reina—. Vino de buena gana.
—Y ella lo llevó a un lugar donde los tres caminos se cruzaban, y le dijo
que uno iba al Cielo, otro a las Tierras de las Hadas, y otro al Infierno. «¿No ves
ese camino estrecho, tan espeso, plagado de espinas y zarzas? Ese es el camino de la
justicia, aunque después de él hay pocas preguntas». —señaló Alec hacia el estrecho
túnel.
—Lleva al mundo terrenal —dijo la Reina con dulzura—. A su gente les
resulta lo suficiente celestial ir allí.
—Así es como Sebastian llegó a la Ciudadela de Adamant con guerreros
respaldándolo que la Clave no podría ver —dijo Jace con disgusto—. Usó este
túnel. Tenía guerreros aquí en el pueblo de las Hadas, donde no podían ser
rastreados. Vino por ellos cuando los necesitaba. —Le dio a la Reina una mirada
llena de ira—. Muchos Nefilim están muertos por tu culpa.
—Mortales —dijo la Reina—. Ellos mueren.
Alec no le hizo caso.
—No —dijo, señalando el túnel frondoso—. Ese va más allá del reino de
la Hadas. Y ese —señaló al que tenía delante—. Es el camino al Infierno. Ahí es
a dónde vamos.
—Siempre he oído que estaba pavimentado con buenas intenciones —
dijo Simon.
—Coloca tus pies en el camino y averígualo, vampiro diurno —dijo la
Reina.
Jace hizo girar la punta de la hoja de su espalda.
—¿Qué te detendrá de decirle a Sebastian que vamos tras él en el
momento de dejarte?
La Reina no hizo ningún ruido del dolor; sólo sus labios se apretaron.
Lucía vieja en ese momento, a pesar de la juventud y la belleza de su rostro.
—Haces una buena pregunta. E incluso si me matas, están aquellos en mi
Corte que hablará con él de vosotros, y adivinará sus intenciones, porque él es
inteligente. No pueden evitarlo, salvo matando a todas Hadas en mi Corte.
Jace se detuvo. Sostuvo el cuchillo serafín en su mano, la punta
presionando la espalda de la Reina. Su luz iluminó el rostro de él, tallando su
belleza en picos y valles, la acentuación de sus pómulos y el ángulo de su
mandíbula. La luz alcanzó las puntas de su cabello y prendieron en fuego, como
si llevara una corona de espinas ardientes.
Clary lo miró, y los otros también, en silencio, depositando sus
confianzas en él. Cualquiera que sea la decisión que Jace tomase, ellos lo
apoyarían.
—No lo harás —dijo la Reina—. No tienes el estómago para tanta
matanza. Siempre fuiste el niño más dulce de Valentine. —Sus ojos se
detuvieron un momento en Clary. Tienes un corazón oscuro en ti, hija de Valentine.
—Júralo —dijo Jace—. Sé lo que las promesas significan para tu pueblo.
Sé que no puedes mentir. Jura que no le dirás nada de nosotros a Sebastian, ni
permitirás que nadie de tu corte lo haga.
—Lo juro —dijo la Reina—. Juro que nadie de mi corte de forma oral o
escrita le dirá que han venido.
Jace se apartó de la Reina, bajando su espada a su lado.
—Sé que piensas que nos estás enviando a nuestros muertes —dijo—.
Pero no moriremos tan fácilmente. No perderemos esta guerra. Y cuando
seamos los vencedores, haremos que tú y tu gente sangren por lo que has hecho.
La sonrisa de la Reina dejó su cara. Ellos se apartaron de ella y
comenzaron su viaje al camino por Edom, en silencio; Clary miró sobre su
hombro una vez que se fueron, y sólo vio el contorno de la Reina, inmóvil,
viendo cómo se alejaban, con los ojos ardiendo.
El pasillo se curvaba lejos a la distancia, parecía como si la roca que lo
rodeaba se hubo fundido por el fuego. A medida que los cinco de ellos
avanzaban, moviéndose en silencio total, las paredes de piedra clara que los
rodean se oscurecieron, manchadas aquí y allá de manchas negritas, como si la
roca misma se hubiera quemado. El suelo liso comenzó a dar paso a otro más
rocoso, con la arena crujiendo bajo los tacones de las botas. La fosforescencia en
las paredes comenzó a apagarse y Alec sacó su luz mágica del bolsillo y la
elevó.
Con la luz brillando de los dedos de Alec, Clary sintió Simon, junto a
ella, se ponía rígido.
—¿Qué pasa? —susurró.
—Algo se mueve. —Señaló con el dedo en dirección de las sombras por
delante—. Allá arriba.
Clary miró, pero no alcanzó a ver algo, la visión vampira de Simon era
incluso mejor que la de un Cazador de Sombras. Tan silenciosamente como
pudo sacó a Eósforo de su cinturón y caminó unos pasos por delante,
manteniéndose en las sombras en los lados del túnel. Jace y Alec estaban
enfrascados en una conversación. Clary le dio un golpecito a Izzy en el hombro
y le susurró:
—Hay alguien aquí. O algo.
Isabelle no respondió, sólo se volvió hacia su hermano e hizo un
movimiento complicado con los dedos hacia él. Los ojos de Alec mostraron su
comprensión, y se volvió de inmediato a Jace. Clary recordó la primera vez que
los había visto, en el Pandemonium, años de práctica para fusionarse en una
unidad de pensar juntos, ir juntos, respirar juntos, luchar juntos. No podía dejar
de preguntarse si, pasara lo que pasara, no importa lo dedicada Cazadora de
Sombras en la que se convirtiera, siempre estaría al margen...
Alec bajó su mano de repente, sofocando la luz. En un abrir y cerrar de
ojos, Isabelle se había ido del lado de Clary. Ésta giró, sosteniendo a Eósforo, y
escuchó sonidos de una pelea: un golpe, y luego un grito muy humano de
dolor.
—¡Alto! —gritó Simon, y la luz estalló. Era como el flash de una cámara.
Tardó un momento para que sus ojos se adaptaran al nuevo brillo. La escena
paso lentamente: Jace sosteniendo su luz mágica, el resplandor irradiaba a su
alrededor como la luz de un pequeño sol. Alec, con su arco levantado y
apuntando. Isabelle, con el mango de su látigo apretado en una mano, el propio
látigo sujetando los tobillos de una pequeña figura encorvada contra la pared
de la cueva... un muchacho, con el pelo rubio pálido que se rizaba ligeramente
sobre sus orejas puntiagudas...
—Oh, Dios mío —susurró Clary, guardando su arma de nuevo a su
cinturón y caminando hacia adelante—. Isabelle... para. Todo está bien —dijo
ella, moviéndose hacia el muchacho. Su ropa estaba sucia y rota, con los pies
desnudos y ennegrecidos de mugre. Sus brazos estaban desnudos, también, y
sobre ellos había marcas de runas. Runas de Cazadores de Sombras.
—Por el Ángel. —El látigo de Izzy aflojó su agarre. El arco de Alec cayó a
su lado. El chico levantó la cabeza y frunció el ceño.
—¿Eres un Cazador de Sombras? —dijo Jace con tono de incredulidad.
El muchacho frunció el ceño de nuevo, con más ferocidad. Había ira en
su mirada, pero había más que eso, había dolor y miedo. No había duda de
quién era. Tenía los mismos rasgos finos que su hermana, el mismo mentón
anguloso y el cabello como trigo blanqueado, enroscándose en las puntas. Tenía
unos dieciséis años, recordaba Clary. Parecía más joven.
—Es Mark Blackthorn —dijo Clary—. Es el hermano de Helen. Mira su
cara. Mira su mano.
Por un momento, Mark pareció confundido. Clary se tocó el dedo anular,
y sus ojos del chico se iluminaron con comprensión. Le tendió la mano delgada
derecha a Clary. En el cuarto dedo se hallaba el anillo brillando de la familia
Blackthorn, con su diseño de espinas entrelazadas.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —dijo Jace—. ¿Cómo sabías dónde
encontrarnos?
—Estaba con los Cazadores —dijo Mark en voz baja—. Escuché a Gwyn
hablar con algunos sobre cómo os habíais mostrado en la cámara de la Reina.
Me escabullí de los Cazadores, que no estaban prestándome atención. Estaba
buscándoles y terminé... aquí. —Hizo un gesto hacia el túnel que los rodeaba—.
Tengo que hablar con vosotros. Tengo que saber sobre mi familia. —Su rostro
estaba oculto en las sombras, pero Clary vio sus rasgos tensarse—. Las Hadas
me dijeron que estaban todos muertos. ¿Es cierto?
Hubo un silencio conmocionado, y Clary leyó el pánico en la expresión
de Mark mientras sus ojos iban de la mirada baja de Isabelle, a la expresión en
blanco de Jace, hasta la postura tensa de Alec.
—Es cierto —dijo Mark entonces—, ¿verdad? Mi familia...
—Tu padre fue Convertido. Pero tus hermanos y hermanas están vivos
—dijo Clary—. Están en Idris. Se escaparon. Están bien.
Si ella había esperado que Mark se aliviara, estaría decepcionada. Él se
puso blanco.
—¿Qué?
—Julian, Helen, los otros... están todos vivos. —Clary puso su mano
sobre su hombro; él se apartó—. Ellos están vivos, y están preocupados por ti.
—Clary —dijo Jace, con una advertencia en su voz.
Clary echó una ojeada por encima del hombro, ¿no era lo más importante
decirle a Mark que sus hermanos estaban vivos?
—¿Has comido o bebido algo del reino de las Hadas? —preguntó Jace,
moviéndose para mirar la cara de Mark. Mark se apartó, pero no antes de que
Clary oyera la brusca respiración de Jace.
—¿Qué pasa? —exigió Isabelle.
—Sus ojos —dijo Jace, alzando la luz mágica e iluminando la cara de
Mark. Mark frunció el ceño de nuevo, pero permitió que Jace lo examinara.
Sus ojos eran grandes, con pestañas largas, al igual que Helen; a
diferencia de ella, los suyos no coincidían. Uno era del azul de los Blackthorn,
del color del agua. El otro era de color oro, escondido en las sombras, una
versión más oscura de los propios ojos de Jace.
Jace tragó visiblemente.
—La Caza Salvaje —dijo—. Tú eres uno de ellos ahora.
Jace estaba escaneando al muchacho con los ojos, como si Mark fuera un
libro que podía leer.
—Dame tus manos —dijo Jace finalmente, y Mark lo hizo. Jace las cogió y
se las volteó, dejando al descubierto las muñecas del chico. Clary sintió un nudo
en la garganta. Mark sólo llevaba una camiseta, y sus antebrazos desnudos
estaban rayados con marcas de latigazos. Clary pensó en la forma en que ella
había tocado el hombro de Mark y como él se había alejado. Dios sabía dónde
eran sus otras lesiones bajo su ropa.
—¿Cuando pasó esto?
Mark apartó las manos. Estaba temblando.
—Meliorn lo hizo —dijo—. La primera vez que me llevó. Dijo que
pararía si comía y bebía de su comida, así que lo hice. No me importaba si mi
familia estaba muerta. Pensé que las Hadas no podían mentir.
—Meliorn sí puede —dijo Alec con gravedad—. O al menos, podía.
—¿Cuando sucedió todo esto? —exigió Isabelle—. Las Hadas te tomaron
menos de una semana
Mark negó con la cabeza.
—He estado con las Hadas durante mucho tiempo —dijo—. No podría
decir cuánto tiempo.
—El tiempo corre de manera diferente en el reino de las Hadas —dijo
Alec—. A veces rápido, a veces más lento.
Mark dijo:
—Gwyn me dijo que pertenecía a la Caza y no podía salir de ella a menos
que me lo permitieran. ¿Es eso cierto?
—Es cierto —dijo Jace.
Mark se desplomó contra la pared de la cueva. Volvió su cabeza hacia
Clary.
—Tú los viste. Viste a mis hermanos y hermanas. ¿Y Emma?
—Están bien, todos ellos, Emma también —dijo Clary. Se preguntó si le
ayudaba saberlo. Había jurado permanecer en con las Hadas, porque pensaba
que su familia había muerto, a pesar que la promesa se basaba en una mentira.
¿Sería mejor pensar que había perdido todo y volver a empezar? ¿O sería más
fácil saber que la gente que amaba estaban vivos, incluso si nunca podrías
verlos de nuevo?
Pensó en su madre, en algún lugar en el mundo más allá del final del
túnel. Es mejor saber que están vivos, pensó. Era mejor que su madre y Luke
estuvieran bien y vivos, y que ella no volviera a verlos otra vez, que estuvieran
muertos.
—Helen no puede hacerse cargo de ellos. No ella sola —dijo Mark un
poco desesperado—. Y Jules, es demasiado joven. No puede hacerse cargo de
Ty, no sabe las cosas que necesita. No sabe cómo hablar con él. —Tomó un
suspiro tembloroso—. Debería dejarme ir con vosotros.
—Sabes que no puedes —dijo Jace, aunque no podía mirar a Mark a la
cara, estaba mirando el suelo—. Si has jurado lealtad a la Caza Salvaje, eres uno
de ellos.
—Llevadme con vosotros —repitió Mark. Tenía la mirada aturdida, el
aspecto desconcertado que alguien tenía cuando había sido herido de muerte,
pero todavía no se había dado cuenta de la gravedad de la lesión—. No quiero
ser uno de ellos. Quiero estar con mi familia…
—Vamos al Infierno —dijo Clary—. No podríamos llevarte con nosotros,
incluso si pudieras dejar a las Hadas con seguridad.
—Y no puedes —dijo Alec—. Si intentas salir, morirás.
—Prefiero morir —dijo Mark, y Jace de un tirón levantó la cabeza. Sus
ojos eran de oro brillante, casi demasiado brillantes, como si el fuego dentro de
él se derramaba a través de ellos.
—No sólo te tomaron porque tienes sangre de Hada, sino también
porque tienes sangre de Cazador de Sombras. Quiere castigar a los Nefilim —
dijo Jace, contemplándolo con mirada—. Muéstrales que eres un Cazador de
Sombras, que no tienes miedo. Puedes soportarlo.
En la iluminación vacilante de la luz mágica, Mark miró a Jace. Las
lágrimas habían hecho su camino sobre de la suciedad de su cara, pero sus ojos
estaban secos.
—No sé qué hacer —dijo—. ¿Qué hago?
—Encontrar una manera de advertir a los Nefilim —dijo Jace—. Vamos a
entrar al Infierno, como dijo Clary. Tal vez nunca podríamos volver. Alguien
tiene que decirle a los Cazadores de Sombras que las Hadas no son nuestros
aliados.
—Los Cazadores me cogerán si trato de enviar un mensaje. —Los ojos
del muchacho brillaron—. Me matarán.
—No si eres rápido e inteligente —dijo Jace—. Puede hacerlo. Sé que
puedes.
—Jace —dijo Alec, con el arco a su lado—. Jace, tiene que irse antes que
se enteren que se ha huido.
—Bien —dijo Jace, y vaciló. Clary le vio tomar la mano de Mark,
presionó su luz mágica en la palma del niño, donde brilló, y luego reanudó su
resplandor constante—. Llévate esto —dijo Jace—. Puede ser oscuro en la tierra
debajo de la colina, y los años muy largos.
Mark se detuvo un momento, con piedra-runa en la mano. Se veía tan
frágil a la luz vacilante que el corazón de Clary dio un vuelco de incredulidad,
seguramente ellos podían ayudarlo, ellos eran Nefilim, no dejaban a su propia
gente atrás, luego él se volvió y corrió alejándose de ellos, con los pies descalzos
sin hacer sonido.
—Mark... —susurró Clary, y se interrumpió; él se había ido. Las sombras
se lo tragaron, sólo el hilillo de luz de la piedra-runa era visible, hasta que
también se mezcló con la oscuridad. Miró a Jace—. ¿Qué quieres decir con “la
tierra debajo de la colina”? —preguntó—. ¿Por qué lo dijiste?
Jace no le respondió, lucía atónito. Se preguntó si Mark, frágil, huérfano
y solo, le recordó de alguna manera a sí mismo.
—La tierra debajo de la colina es el reino de las Hadas —dijo Alec—. Un
viejo y antiguo nombre. Estará bien —le dijo a Jace—. Lo estará.
—Le diste tu luz mágica —dijo Isabelle—. Siempre has tenido esa luz
mágica...
—Al diablo la luz mágica —dijo Jace violentamente y golpeó su mano
contra la pared de la cueva; hubo un breve destello de luz, y bajó su brazo. La
marca de su mano estaba impresa en negro en la piedra del túnel, y la palma de
su mano todavía brillaba, como si la sangre en sus dedos fuese un fósforo. Dio
una risa ahogada—. No es exactamente lo que necesito escuchar, de todos
modos.
—Jace —dijo Clary, y puso su mano sobre su brazo. Él no hizo amago de
alejarse, pero él no reaccionó, tampoco. Ella bajó la voz—. No puedes salvar a
todos —dijo.
—Tal vez no —dijo mientras la luz en la mano se atenuaba—. Pero sería
bueno salvar a alguien.
—Chicos —dijo Simon. Había estado extrañamente tranquilo durante el
encuentro con Mark, y Clary se sorprendió al oírle hablar ahora—. No sé si lo
pueden ver, pero hay algo, algo que al final del túnel.
—¿Luz? —dijo Jace, su voz afilada con sarcasmo. Sus ojos brillaban.
—Todo lo contrario. —Simon se movió hacia adelante, y después de un
momento indeciso Clary le tomó la mano a Jace, y lo siguió. El túnel era
derecho y luego se curvaba ligeramente; en la curva vio lo que Simon debía de
haber visto y se detuvo en seco.
Oscuridad. El túnel terminaba en un remolino de oscuridad. Algo se
movió en ella, dándole forma a la oscuridad como nubes de viento. Podía oír
también el ronroneo y el estruendo de la oscuridad, al igual que el sonido de los
motores a reacción.
Los demás se unieron a ella. Juntos se pararon en fila, mirando la
oscuridad. Observando los movimientos. Una cortina de sombra, y más allá lo
desconocido.
Fue Alec quien habló, mirando, asombrado, a las sombras en
movimiento. El aire que soplaba por el pasillo era de un escozor caliente, como
pimienta arrojada en el corazón de un incendio.
—Esto —dijo—, es la cosa más loca que hemos hecho.
—¿Y si no podemos volver? —dijo Isabelle. El rubí alrededor de su cuello
latía, brillando como un semáforo, iluminando su rostro.
—Entonces, al menos estaremos juntos —dijo Clary, y miró a sus
compañeros. Extendió la mano y tomó la mano de Jace, la mano de Simon en el
otro lado de ella, y les dio un apretón—. Atravesaremos esto juntos y nos
quedaremos juntos —dijo—. ¿Está bien?
Ninguno de ellos respondió, pero Isabelle tomó la otra mano de Simon, y
Alec tomó la de Jace. Todos se quedaron así por un momento, mirando
fijamente. Clary sintió la mano de Jace apretar sobre la de ella, una presión casi
imperceptible.
Ellos dieron un paso adelante, y las sombras los tragaron.
—Espejo, mi espejo —dijo la Reina, colocando su mano sobre el espejo—.
Muéstrame mi estrella de la mañana.
El espejo colgado en la pared del dormitorio de la Reina estaba rodeado
de coronas de flores: rosas que nadie había cortado sus espinas.
La niebla en el interior del espejo disminuyó y rostro anguloso de
Sebastian se mostró.
—Mi hermosa —dijo. Su voz estaba tranquila y serena, aunque había
sangre en su cara y ropa. Tenía en la mano la espada, y las estrellas a lo largo de
la cuchilla se atenuaban con el color escarlata—. Estoy... un poco ocupado en
este momento.
—Pensé que podrías desear saber que tu hermana y hermano adoptivo
acaban de salir de este lugar —dijo la Reina—. Encontraron el camino a Edom.
Van a por ti.
Su cara se transformó en una sonrisa lobuna.
—¿Y no hicieron jurarte que no me dirías de su llegada a tu corte?
—Sí —dijo la Reina—. Pero no dijeron nada sobre decirte su partida de la
corte.
Sebastian se rio.
—Mataron a uno de mis caballeros —dijo la Reina—. Se ha derramos
sangre ente mi trono. Están más allá de mi alcance ahora. Sabes que mi gente no
puede sobrevivir en tierras envenenadas. Tendrás que tomar venganza por mí.
La luz en los ojos de él cambió. La Reina siempre había sabido lo que
Sebastian sentía por su hermana, y Jace, bueno, era algo así como un misterio,
pero entonces Sebastian era el mayor misterio. Antes de que él le hiciera su
oferta, ella nunca habría considerado una verdadera alianza con los Cazadores
de Sombras. Su peculiar sentido del honor los hacía poco fiables. Era la mucha
falta de honor de Sebastian que le hacía confiar en él. El arte fino de la traición
era una segunda naturaleza para las Hadas, y Sebastian era un artista de la
mentira.
—Serviré a sus intereses en todas las formas, mi Reina —dijo—. En un
corto tiempo tu gente y la mía llevarán las riendas del mundo, y cuando lo
hagamos, es posible que quieras vengarte de cualquiera que alguna vez te haya
ofendido.
Ella le sonrió. La sangre todavía manchaba la nieve en el salón del trono
y todavía sentía el pinchazo de la hoja de Jace Lightwood contra su garganta.
No era una sonrisa de verdad, pero sabía lo suficiente como para dejar que su
belleza hiciera su trabajo por ella, a veces.
—Te adoro —dijo.
—Sí —dijo Sebastian, y sus ojos brillaron, su color como nubes oscuras.
La Reina se preguntó ociosamente si pensaba en los dos de la manera en que
ella lo hacía: amantes que, incluso tras acogerse, cada uno ponían un cuchillo en
la espalda del otro, listo para apuñalarlo y traicionarlo—.Y me gusta serY me gusta ser adorado —sonrió—. Me alegra que estén llegando. Los espero.
Lleno de Buenas Intenciones
Traducido por VicHerondale
Corregido por Lucero
Jace estaba caminando de un lado a otro por la habitación como un gato.
Los demás lo miraban, Simon especialmente con una ceja levantada.
—¿No hay otra manera de entrar? —preguntó Jace—. ¿No podemos
Transportarnos?
—No somos demonios. Podemos Transportarnos sólo dentro de una
dimensión —dijo Alec.
—Ya lo sé, pero si Clary experimenta con las runas Transportadoras...
—No voy a hacerlo —lo interrumpió Clary, poniendo su mano de forma
protectora sobre el bolsillo donde su estela descansaba—. No os pondré en
peligro. Me Transporté con Luke a Idris y casi nos matamos. No os arriesgaré.
Jace siguió caminando. Era lo que hacía cuando estaba pensando, Clary
lo sabía, pero igual le miró con preocupación. Jace estaba cerrando y abriendo
sus manos y murmurando entre dientes. Finalmente se detuvo.
—Clary —dijo—. Puedes hacer un Portal a la Corte Seelie, ¿no?
—Sí —dijo ella—. Eso lo puedo hacer... he estado allí, lo recuerdo. ¿Pero
estaríamos seguros? No hemos sido invitados, y a las Hadas no les gustan las
invasiones en su territorio...
—Nadie más que yo irá —dijo Jace—. Haré esto solo.
Alec se puso en pie.
—Lo sabía. ¡Maldición, lo sabía! Y absolutamente no irás solo. No es una
opción.
Jace enarcó una ceja hacia él; estaba tranquilo por fuera, pero Clary pudo
ver la tensión en la postura de sus hombros y la forma en que se mecía
ligeramente hacia adelante sobre las puntas de sus pies.
—¿Desde cuándo dices “maldición”?
—Dado que la maldita situación lo amerita. —Alec cruzó los brazos sobre
el pecho—. ¿Pensé que íbamos a discutir si hablaríamos con la Clave o no?
—No podemos hacerlo —dijo Jace—. No si entraremos a los reinos
demonio a través de la Corte Seelie. No es como si la mitad de la Clave pudiera
ir a la Corte; eso parecería un acto de guerra contra las Hadas.
—¿Y tu plan es que nosotros cinco podemos engatusarlos para dejarnos
pasar? —Isabelle levantó una ceja.
—Hemos hablado con la Reina antes —dijo Jace—. Fueron con la Reina
cuando... cuando estaba con Sebastian.
—Y nos engañó con sus anillos walkie-talkie para poder escucharnos —
dijo Simon—. Yo no confiaría en ella más de lo que podría confiar en un
elefante de tamaño medio.
—No he dicho nada de confiar en ella. Hará lo que sea de su interés en el
momento. Sólo tenemos que hacer que sea de su interés dejarnos acceder a la
carretera de Edom.
—Todavía somos Cazadores de Sombras —dijo Alec—. Aún
representamos a la Clave. Hagamos lo que hagamos en el reino de las Hadas, se
lo tomarán de manera personal.
—Entonces procederemos con tacto e inteligencia —dijo Jace—. Me
encantaría que la Clave se encargase de la Reina y su corte por nosotros. Pero se
nos agota el tiempo. Luke, Jocelyn, Magnus y Raphael... A ellos se les agota el
tiempo. Sebastian se está preparando, está acelerando sus planes, su sed de
sangre. No saben en lo que se convierte cuando se pone así, pero yo sí. Yo sí lo
sé. —Jace contuvo el aliento, había una fina capa de sudor sobre sus pómulos—.
Es la razón por la quiero hacer esto solo. El Hermano Zachariah dijo que yo soy
el fuego celestial. No podemos conseguir a Gloriosa otra vez. No podemos
invocar a otro ángel, no hay alternativa.
—Bien —dijo Clary—, pero incluso si eres la única fuente de fuego
celestial, no significa que solo tú debes hacerlo.
—Tiene razón —dijo Alec—. Sabemos que el fuego celestial puede
hacerle daño a Sebastian. Pero no sabemos si es lo único que puede hacerle
daño.
—Y también no significa que eres el único en matar a los Cazadores
Oscuros que trabajan con Sebastian —señaló Clary—. O que puedes ir a la
Corte Seelie por cuenta propia o, después de eso, atravesar algún reino
demonio abandonado donde debes encontrar Sebastian...
—No podemos rastrearlo porque no estamos en la misma dimensión —
dijo Jace. Levantó la muñeca donde la pulsera de plata de Sebastian brillaba—.
Una vez que esté en su mundo podré rastrearlo. Ya lo he hecho antes...
—Juntos podemos rastrearlo —dijo Clary—. Jace, esto no se trata sobre
encontrarlo, esto es lo más grande y enorme que hemos hecho. No es sobre
matar a Sebastian, es sobre sus liberar a sus prisioneros. Es una misión de
rescate. Sus vidas están en juego, así como la nuestra. —Su voz se quebró.
Jace había detenido su andar y miró a cada uno de sus amigos, casi
suplicante.
—Es sólo que no quiero que nada les suceda —respondió él.
—Sí, bueno, ninguno de nosotros desea que algo te pase tampoco —dijo
Simon—. Pero piensa en las consecuencias, ¿qué sucedería si tú vas y nosotros
no? Sebastian quiere a Clary, la quiere más de lo que te quiere a ti y puede
encontrarla aquí en Alicante. Nada lo detendrá de regresar de nuevo, excepto
su promesa de que esperará dos días en regresar, ¿y desde cuándo sus
promesas valen la pena? Podía venir por cualquiera de nosotros en cualquier
momento, ya lo demostró con los representantes de Subterráneos. Ahora mismo
somos un blanco fácil. Lo mejor será ir donde él no lo espere o nos encontrará.
—No me quedaré aquí en Alicante mientras Magnus está en peligro —
dijo Alec, con una voz adulta sorprendentemente fría—. Ve sin mí y
menosprecia nuestros juramentos parabiatai, me faltas el respeto como un
Cazador de Sombras y me faltas el respeto por el hecho de que esta es mi batalla
también.
Jace lo miró sorprendido.
—Alec, nunca menospreciaría nuestro juramento. Eres uno de los
mejores Cazadores de Sombras que conozco...
—Por eso vamos contigo —dijo Isabelle—. Nos necesitas. Necesitas de
Alec y de mí para apoyarte en el camino como siempre hemos hecho siempre.
Necesitas los poderes rúnicos de Clary y la fuerza vampírica de Simon. Esta no
es sólo tu pelea. Si nos respetas como Cazadores de Sombras y como tus
amigos, entonces estamos contigo. Es así de simple.
—Lo sé —dijo Jace, en voz baja—. Yo sé que los necesito. —Miró a Clary,
y ésta oyó la voz de Isabelle diciendo «necesitas los poderes rúnicos de Clary» y
recordó la primera vez que había visto a Jace en su vida, con Alec e Isabelle a su
lado, y de lo peligroso que pensó que él era.
Nunca se le había ocurrido que era igual a él, que era peligrosa.
—Gracias —dijo él, y se aclaró la garganta—. Está bien. Todo el mundo
en marcha y empaquen sus cosas. Empaquen lo necesario: agua, todos los
alimentos que puedan tomar, estelas extras y mantas. Y tú —agregó a Simon—,
no creo que necesites comida, pero si has embotellado sangre, llévala. Puede
que no haya nada que puedas... comer a dónde vamos.
—Pero puedo comer de unos de vosotros —dijo Simon, pero sonrió un
poco, y Clary sabía que era porque Jace lo había incluido entre ellos, sin
dudarlo ni un instante. Finalmente Jace había aceptado que donde ellos fueran,
Simon también lo haría, fuera él un Cazador de Sombras o no.
—Muy bien —dijo Alec—. Nos encontraremos aquí dentro de diez
minutos. Clary, prepárate para crear un Portal. Y, ¿Jace?
—¿Sí?
—Será mejor que tengas una estrategia para lo haremos cuando
lleguemos a la Corte de las Hadas. Porque la vamos a necesitar.
El torbellino dentro del Portal fue casi un alivio. Clary fue la última en
pasar por la puerta brillante, después que los demás la habían atravesado, y
dejó que la fría oscuridad la sumergiera como si fuera agua, arrastrándola más
y más profundo y robando el aire de sus pulmones, haciéndola olvidar todo
excepto el clamor y la caída.
Acabó muy rápido, el Portal la liberó con torpeza en el suelo de tierra de
un túnel y su mochila crujió debajo de ella. Contuvo la respiración y se levantó,
usando una raíz larga que colgaba erguida.
Alec, Isabel, Jace y Simon estaban levantándose a su alrededor,
sacudiéndose la ropa. No fue sobre tierra que habían caído, fue sobre una
alfombra de musgo. Más musgo se propagaba a lo largo de las paredes marrón
suave del túnel, que brillaba como luces fosforescente. Pequeñas flores
brillantes, como margaritas eléctricas, crecían en medio del musgo,
contrastando el verde con el blanco. Raíces colgaban desde el techo del túnel,
Clary se preguntó por qué exactamente estaba creciendo por encima del suelo.
Varios túneles más pequeños se ramificaban del principal, algunos de ellos
demasiados pequeños para un humano.
Isabelle cogió un trozo de musgo de su cabello y frunció el ceño.
—¿Exactamente dónde estamos?
—Nos transporté a las afueras de la sala del trono —dijo Clary—. Hemos
estado aquí. Simplemente siempre se ve diferente.
Jace ya se había trasladado al pasillo principal. Incluso sin la runa
Silenciosa, era tan silencioso como un gato sobre el suave musgo. Los otros lo
siguieron, Clary con la mano en la empuñadura de su espada. Estaba un poco
sorprendida del poco tiempo que le había tomado acostumbrarse a un arma a
su lado; si un día llegase coger a Eósforo y descubría que no estaba, pensó,
entraría en pánico.
—Por aquí —dijo Jace en voz baja, haciendo un gesto al resto de ellos en
guardar silencio. Estaban en un arco, una cortina los separaba de una habitación
más grande. La última vez que Clary había estado allí, la cortina había estado
hecha de mariposas vivas y le habían susurrado.
Hoy era de espinas, como las espinas que rodeaban el castillo de la Bella
Durmiente, espinas entretejidas en otras para formar una hoja colgando. Clary
solo podía ver atisbos de la habitación al otro lado... un destello de blanco y
plata, pero todos podían oír el sonido de las voces riendo procedentes de los
corredores a su alrededor.
Las runas Glamour no funcionaban con las Hadas, no había manera de
ocultarse de sus vistas. Jace estaba alerta, todo su cuerpo en tensión. Levantó
cuidadosamente una daga y separó la hoja de espinas tan silenciosamente como
pudo. Todos ellos se inclinaron para mirar.
La habitación delante de ellos parecía un cuento de Hadas de invierno,
del tipo que Clary rara vez había visto, excepto en las visitas a la granja de
Luke. Las paredes estaban hechas de láminas de cristal blanco con vetas de
plata incrustadas y la Reina estaba reclinada sobre su diván, el cual era de
cristal blanco para coincidir con la habitación. El suelo estaba cubierto de nieve,
y largos carámbanos colgaban del techo, cada uno atado con cuerdas de espinas
en oro y plata. Ramos de rosas blancas se amontonaban alrededor de la
habitación, esparcidas al pie del diván de la Reina, como si fueran una corona
en su pelo rojo. Su vestido era blanco y plateado también, como una diáfana con
una capa de hielo, se podía vislumbrar su cuerpo a través del material, aunque
no con claridad. El hielo, las rosas y la Reina. El efecto fue cegador.
Estaba recostada en su sofá, con la cabeza inclinada hacia arriba,
hablando con un caballero Hada fuertemente blindada. Su armadura era de
color marrón oscuro, el color del tronco de un árbol; uno de sus ojos era negro,
el otro azul pálido, casi blanco. Por un momento Clary pensó que tenía la
cabeza de un ciervo escondido bajo su gran brazo, pero al mirar más de cerca,
se dio cuenta de que se trataba de un casco, adornado con cuernos.
—¿Y cómo va la Caza Salvaje, Gwyn? —la Reina estaba preguntando—.
¿Hubo muertos? Supongo que hubo ricas ganancias para ti en la Ciudadela de
Adamant la otra noche. He oído que los aullidos de los Nefilim rasgaron el cielo
al morir.
Clary sintió que los Cazadores de Sombras a su alrededor se tensaron.
Recordó estar tumbada junto a Jace en un barco en Venecia, viendo la Caza
Salvaje por encima de sus cabezas; un torbellino de gritos y gritos de batalla,
caballos cuyos cascos brillaban de color escarlata en el cielo.
—Eso he oído, mi señora —dijo Gwyn con una voz tan ronca que apenas
era comprensible. Sonaba como el roce de una hoja contra la áspera corteza—.
La Caza Salvaje llega cuando los cuervos de la batalla gritan por sangre: nos
reunimos a nuestros corredores entre los moribundos. Pero no estábamos en la
Ciudadela de Adamant. Los juegos de guerra entre los Nefilim y los Cazadores
Oscuros son demasiado potentes para nuestra sangre. El Pueblo de las Hadas
no se mezcla con los demonios y los ángeles.
—Me decepcionas, Gwyn —dijo la Reina, haciendo un mohín—. Este es
el momento de poder para las Hadas, ganamos, nos levantamos y dominamos
el mundo. Pertenecemos al tablero de ajedrez del poder, al igual como los
Nefilim. Agradecería tu Concejo.
—Perdóname, señora —dijo Gwyn—. El ajedrez es un juego demasiado
delicado para nosotros. No le puedo aconsejar.
—Pero te daré un regalo. —La Reina puso mala cara—. El muchacho
Blackthorn. La sangre de un Cazador de Sombras y la de un Hada junta son
raras. Cabalgará a tu espalda y los demonios te temerán. Un regalo mío y de
Sebastian.
Sebastian. Lo dijo con comodidad y familiaridad. Había cariño en su voz,
si podría decirse que la Reina de Hadas fuese una persona cariñosa. Clary podía
oír la respiración de Jace a su lado: superficial y rápida; los otros estaban tensos
también, por el pánico en sus rostros las palabras de la Reina surtieron efecto.
Clary sintió a Eósforo enfriarse en el apretón de su mano. Un camino hacia
los reinos de los demonios es atravesando las tierras de las Hadas. La tierra donde
Sebastian se escondía. Sebastian presumiendo que tenía aliados.
La Reina y Sebastian, dando como regalo a un niño Nefilim capturado.
Juntos.
—Los demonios ya me temen, mi hermosa —dijo Gwyn, y él sonrió.
Mi hermosa. La sangre en las venas de Clary era como un río helado
avanzando hacia su corazón. Bajó la mirada y vio a Simon moviendo su mano
para cubrir la de Isabelle en un rápido gesto tranquilizador, Isabelle se había
puesto blanca y parecía enferma, al igual que Alec y Jace. Simon tragó; el anillo
de oro en su dedo brillaba y oyó la voz de Sebastian en su cabeza: «¿De verdad
crees que ella sería capaz de darte algo te que permitiera comunicarte con tus pequeños
amigos sin que no fuera capaz de escucharte? Desde que te quité el anillo, he hablado
con ella y ella ha hablado conmigo... eres un tonta al confiar en ella, hermanita. A la
Reina Seelie ella le gusta estar en el bando ganador. Y ese lado será el nuestro, Clary. El
nuestro.
—Me debes un favor, entonces, Gwyn, a cambio del muchacho —dijo la
Reina—. Sé que la Caza Salvaje tiene sus propias leyes, pero me gustaría
solicitar su presencia en la próxima batalla.
Gwyn frunció el ceño.
—No estoy seguro de que un niño valga tal promesa. Como he dicho, la
Caza tiene un pequeño deseo de involucrarse en el negocio de los Nefilim.
—No tienen que luchar —dijo la Reina, con una voz como la seda—. Les
pido su ayuda sólo con los cuerpos que quedarán. Y habrá cuerpos. Los Nefilim
pagarán por sus crímenes, Gwyn. Todo el mundo tiene que pagar.
Antes de que Gwyn pudiera responder, otra figura entró en la habitación
desde el túnel oscuro que se curvaba detrás del trono de la Reina. Era Meliorn,
en su armadura blanca, con su pelo negro recogido en una trenza por la
espalda. Sus botas estaban manchadas con lo que parecía alquitrán negruzco. Él
frunció el ceño cuando vio Gwyn.
—Un Cazador nunca trae buenas noticias —dijo Meliorn.
—Cálmate, Meliorn —dijo la Reina—. Gwyn y sólo hablábamos de un
intercambio de favores.
Meliorn inclinó la cabeza.
—Yo soporto noticias, mi señora, pero me gustaría tener que hablar con
usted en privado.
Se volvió hacia Gwyn.
—¿Estamos de acuerdo?
Gwyn vaciló y luego asintió con la cabeza, de manera cortante, y con una
mirada de disgusto en dirección a Meliorn, desapareció por el oscuro túnel por
el que el caballero Hada había venido.
La Reina se sentó en su diván, sus dedos eran pálidos como el mármol
contra su vestido.
—Muy bien, Meliorn. ¿De qué es lo que deseas hablar? ¿Es sobre los
prisioneros Subterráneos?
Prisioneros Subterráneos. Clary oyó el brusco aliento de Alec detrás de ella,
y la cabeza de Meliorn de repente giró. Le vio entrecerrar sus ojos.
—Si no me equivoco —dijo, cogiendo la espada a su lado—, mi señora,
tenemos visitas....
Jace ya estaba bajando su mano a su lado, susurrando: «Gabriel.» El
cuchillo serafín se encendió, e Isabelle se puso de pie, con un azote del látigo
separó la cortina de espinas, que se derrumbó hasta el suelo.
Jace se lanzó más allá de las espinas y avanzó en la sala del trono, con
Gabriel ardiendo en su mano. Clary de un tirón liberó su espada.
Entraron en la habitación, posicionados en un semicírculo detrás de Jace:
Alec con su arco ya tenso, Isabelle con su látigo brillando, Clary con su espada,
y Simon... Simon no tenía mejor arma que sí mismo, pero él permanecía
inmutable y le dio una sonrisa a Meliorn.
La Reina se irguió con un siseo rápidamente, era la única vez que Clary
la había visto nerviosa.
—¿Cómo osan en entrar al terreno de la Corte sin permiso? —preguntó
la Reina—. Este es el mayor de los crímenes, una ruptura de la Alianza...
—¡Cómo te atreves a hablar de romper la Alianza! —gritó Jace, y el
cuchillo serafín ardió en su mano. Clary pensó en como Jonathan Cazador de
Sombras debió de haberse visto hace muchos siglos, cuando expulsó a los
demonios y resguardó un mundo ignorante de la destrucción—. Haz asesinado,
mentido y tomado como prisioneros a los Subterráneos del Concejo. Te has
aliado con las fuerzas del mal y tendrás que pagar por ello.
—La Reina de la Corte Seelie no paga —dijo la Reina.
—Todo el mundo paga —dijo Jace, y de repente estaba de pie en el
diván, sobre la Reina, y la punta de su espada estaba en contra de su garganta.
Ella se echó hacia atrás, pero quedó atrapada en su lugar, con Jace de pie junto a
ella y sus pies apoyados en el sofá—. ¿Cómo lo hiciste? —exigió—. Meliorn juró
que estabas del lado de los Nefilim. Las Hadas no pueden mentir. Es por eso
que el Concejo confió en...
—Meliorn es mitad Hada. Puede mentir —dijo la Reina, dándole una
mirada divertida a Isabelle, quien parecía sorprendida. Sólo la Reina podía
divertirse con una cuchilla a su garganta, pensó Clary—. A veces la respuesta
más simple es la correcta, Cazador de Sombras.
—Es por eso que lo querías a él en el Concejo —dijo Clary, recordando el
favor que la Reina le había pedido, lo que ahora parecía hace mucho tiempo—.
Porque puede mentir.
—Fue una traición planeada desde hace mucho tiempo —Jace estaba
respirando con dificultad—. Debería cortarte la garganta en estos momentos.
—No te atreverías —dijo la Reina, sin moverse, con la punta de la espada
de Jace en su garganta—. Si tocas la Reina de la Corte Seelie, las Hadas se verán
en tu contra para siempre.
Jace estaba respirando con dificultad mientras hablabla y su cara estaba
brillando totalmente.
—¿Qué harás ahora entonces? —exigió—. Te hemos escuchamos.
Hablaste de Sebastian como un aliado. La Ciudadela de Adamant se encuentra
en las líneas de Ley. Las líneas de Ley son las provincias de las Hadas. Lo
llevaste allí, le enseñaste el camino y lo dejas emboscarnos. ¿Cómo no has
dudado en ponerte en nuestra contra?
Una mirada despreciable apareció en el rostro de Meliorn.
—Es posible que nos hayas oído hablar, Nefilim —dijo—. Pero si te
matamos antes de regresar a la Clave para decirle tus cuentos, nadie lo podrá
saber...
El caballero se adelantó. Alec dejó volar una flecha y se hundió en la
pierna de Meliorn. El caballero cayó hacia atrás con un grito.
Alec se adelantó, ya poniendo otra flecha en su arco. Meliorn estaba en el
suelo, gimiendo, la nieve a su alrededor se puso roja. Alec se puso sobre él con
arco en mano.
—Dinos cómo llegar a Magnus... cómo llegar a los prisioneros —dijo—.
Hazlo, o te convierto en un alfiletero.
Meliorn escupió. Su armadura blanca parecía fundirse en la nieve a su
alrededor.
—No te diré nada —dijo—. Torturarme, mátame, no voy a traicionar a
mi Reina.
—No importa lo que diga, de todas formas —dijo Isabelle—. Puede
mentir, ¿recuerdas?
La cara de Alec se contrajo.
—Cierto —dijo—. Muere, entonces, mentiroso. —Y tiró la siguiente
flecha.
Se hundió en el pecho de Meliorn, y el caballero Hada cayó hacia atrás, la
fuerza de la flecha envió a su cuerpo patinando en la nieve. Su cabeza golpeó la
pared de la cueva con un golpe seco.
La Reina lanzó un grito. El sonido perforó los oídos de Clary, sacándola
de su estado de shock. Podía oír el sonido de los gritos de las Hadas y de pies
corriendo en los pasillos exteriores.
—¡Simon! —gritó, y él se dio la vuelta—. ¡Ven aquí!
Metió a Eósforo de nuevo en su cinturón, se apoderó de su estela y se
lanzó hacia la puerta principal, ahora despojada de su cortina andrajosa de
espinas. Simon estaba a sus talones.
—Levántame —ella jadeó, y sin preguntar, él puso sus manos alrededor
de su cintura y la levantó, su fuerza de vampiro casi enviándola a toda
velocidad al techo.
Ella se agarró con fuerza al arco de la puerta con su mano libre y bajó la
mirada. Simon la estaba, obviamente desconcertado, pero su agarre sobre ella se
mantenía estable.
—Espera —dijo, y comenzó a dibujar. Era lo contrario de la runa que
había dibujado en el barco de Valentine: esta era una runa para cerrar y
bloquear, para mantener alejado todas las cosas, para dar refugio y seguridad.
Líneas negras se desprendían de la punta de la estela mientras dibujaba,
y oyó a Simon decir: «Date prisa. Ya vienen,» justo cuando terminó y bajó la
estela.
El suelo debajo de ellos se sacudió. Cayeron juntos, Clary aterrizó en
Simon, no en la posición más cómoda, y rodaron a un lado cuando un muro de
tierra comenzó a caer del arco que crujió, como una cortina de teatro
dibujándose. Había sombras que corrían hacia la puerta, sombras que
comenzaban a tomar la forma de Hadas, Simon puso de pie a Clary cuando la
puerta que daba al corredor desapareció con un estruendo final, impidiendo
que las Hadas en el otro lado pasaran.
—Por el Ángel —dijo Isabelle con voz asombrada.
Clary se dio la vuelta, estela en mano. Jace se puso de pie, la Reina Seelie
frente a él, con la espada apuntando a su corazón. Alec se puso de pie sobre el
cadáver de Meliorn; miró a Clary sin expresión y luego a su parabatai. Detrás de
él se abrió el conducto por el cual Meliorn había llegado y se había ido Gwyn.
—¿Vas a cerrar el túnel? —le preguntó Simon a Clary.
Ella negó con la cabeza.
—Meliorn tenía brea en sus zapatos —dijo—. ''Y los arroyos de Edom se
convertirán en brea'' ¿te acuerdas? Creo que él vino de los reinos demonio. Creo
que es por ese camino.
—Jace —dijo Alec—. Dile a la Reina lo que queremos, y que si lo acepta,
la dejaremos vivir.
La Reina se rio, un sonido estridente.
—El pequeño chico arquero —dijo—. Te subestimé. Son intensas las
flechas de un corazón roto.
El rostro de Alec se contrajo.
—Subestimaste a todos nosotros; siempre lo haces. Tú y tu arrogancia. El
Pueblo de las Hadas son ancianos y gentiles. No eres apta para guiarlos. Bajo tu
regla todos ellos terminarán como éste —dijo, señalando con la barbilla hacia el
cadáver de Meliorn.
—Tú eres el que lo mató —dijo la Reina—, no yo.
—Todo el mundo paga —dijo Alec, sus ojos sobre ella eran azules,
constantes y duros.
—Queremos el retorno seguro de los rehenes que Sebastian Morgenstern
ha tomado —dijo Jace.
La Reina extendió las manos.
—Ellos no están en este mundo, ni aquí en el reino de las Hadas, ni en
cualquier terreno sobre el que tengo jurisdicción. No hay nada que pueda hacer
para ayudarte a rescatarlos, nada de nada.
—Muy bien —dijo Jace, Clary tenía la sensación de que había esperado
esa respuesta—. Hay algo que puedes hacer, una cosa que puedes
demostrarnos, que hará salvarte la vida.
La Reina se quedó inmóvil.
—¿Qué deseas, Cazador de Sombras ?
—El camino al reino demonio de Edom —dijo Jace—. Queremos viajar
seguros. Tomaremos ese camino y nos alejaremos de tu reino.
Para sorpresa de Clary la Reina pareció relajarse. Relajó su postura y una
pequeña sonrisa tiró de la comisura de la boca... una sonrisa que a Clary no le
gustó.
—Muy bien. Los llevaré al camino del reino demonio. —La Reina levantó
con sus manos el vestido diáfano para bajar con facilidad las escaleras que
rodeaban su diván. Sus pies, blancos como la nieve, estaban descalzos.
Comenzó a caminar por la habitación hacia el pasillo oscuro que se extendía
detrás de su trono.
Alec se puso a caminar detrás de Jace e Isabelle detrás de él; Clary y
Simon les siguieron, haciendo una extraña procesión.
—En realidad odio decir esto —dijo Simon en voz baja mientras salía de
la sala del trono y entraban a la oscura sombra del paso subterráneo—. Pero me
pareció demasiado fácil.
—No fue fácil —dijo Clary en un susurro.
—Lo sé, pero la Reina es inteligente. Podría haber encontrado una
manera de salir de esto si hubiera querido. No tiene que dejarnos ir los reinos
demonio.
—Pero quiere hacerlo —dijo Clary—. Piensa que vamos a morir allí.
Simon le lanzó una mirada de reojo.
—¿Moriremos?
—No lo sé —dijo Clary y aceleró el paso para alcanzar a los demás.
El corredor no era tan largo como Clary había pensado. La oscuridad
había hecho que la distancia pareciese imposible, pero sólo habían estado
caminando por una media hora o algo así cuando irrumpieron de entre las
sombras en un espacio más grande e iluminado.
Habían estado caminando en silencio en la oscuridad, Clary se perdió en
sus pensamientos... recuerdos de la casa que Sebastian, Jace y ella habían
compartido, el sonido de la Caza Salvaje rugiendo a través del cielo, el trozo de
papel con las palabras ''mi hermosa'' en él. Pero el elogio no era por romance,
era por respeto. La Reina Seelie, la hermosa. «A la Reina le gusta estar en el bando
ganador, Clary, y ese lado será el nuestro», le había dicho Sebastian una vez,
incluso cuando ella se lo había informado a la Clave, Clary lo había tomado
como parte de sus bravatas.
Había creído, junto con el Concejo, en la palabra de las Hadas, que la
Reina por lo menos esperaría a ver en qué dirección soplaba el viento antes de
romper alguna alianza. Pensó en las palabras de Jace cuando dijo que fue una
traición planificada. Tal vez ninguno de ellos lo había considerado porque no
habían podido soportar tener en cuenta de que la Reina estaba tan segura que la
victoria final sería de Sebastian, al punto de esconderlo en su reino para no ser
rastreado. Que ella lo ayudaría en las batallas. Clary pensó en la abertura de la
tierra por donde Sebastian y a los Cazadores de Sombras Oscuros habían
escapado en la Ciudadela de Adamant, había sido magia de las Hadas: la Corte
estaba bajo tierra, después de todo. ¿Quién sino los Cazadores Oscuros habían
atacado el Instituto Los Ángeles llevándose con ellos a Mark Blackthorn? Todo
el mundo había asumido que Sebastian tenía miedo de la venganza de las
Hadas, pero estaban equivocados. Él era aliado de ellos. Se había llevado a
Mark porque tenía sangre de Hadas, y debido a la sangre pensaron que Mark
les pertenecía.
En toda su vida nunca había pensado tanto como lo había hecho en los
últimos seis meses sobre la sangre y lo que significaba. La casta y verdadera
sangre Nefilim; ella era un Cazador de Sombras. La sangre del Ángel: eso la
hizo lo que era, dotada con el poder de las runas. Hizo a Jace lo que era, lo hizo
fuerte, rápido y brillante. La sangre Morgenstern: la tenía, y también Sebastian,
y que por eso él la quería a ella. ¿Eso le daba un corazón oscuro también, o no?
¿Fue la sangre de Sabastian —Morgenstern y demonio mezclada—, que lo había
convertido en un monstruo, o podría haber cambiado, mejorado, si se le hubiese
enseñado en ser alguien mejor, como los Lightwood lo habían hecho con Jace?
—Aquí estamos —dijo la Reina Seelie, y su voz tenía un deje de
diversión—. ¿Conocen el camino correcto?
Estaban de pie en una enorme cueva, el techo se perdía en las sombras.
Las paredes relucían con un brillo fosforescente, y cuatro caminos se bifurcaba
de donde se encontraban: el que está detrás de ellos, y los otros tres. Uno, el que
estaba delante de ellos, era claro, amplio y húmedo. El de la izquierda brillaba
con hojas verdes y flores brillantes, y Clary creyó ver el brillo del cielo azul a la
distancia. Su corazón anheló ir en esa dirección. Y la última, el camino más
oscuro, era un estrecho túnel, la entrada era un metal con púas, y los espinos
bordeaban los lados. Clary pensó que podía ver la oscuridad y las estrellas al
final.
Alec rio brevemente.
—Somos Cazadores de Sombras —dijo—. Conocemos las leyendas. Se
trata de los tres caminos —ante la mirada perpleja de Clary dijo—: A las Hadas
no les gusta que sus secretos salga a la luz, pero a veces los músicos humanos
han sido capaces de codificar los secretos de las Hadas en viejas baladas. Hay
una llamada “Tomás el Rimador” trata de un hombre que fue secuestrado por la
Reina de las Hadas...
—Apenas secuestrado —se opuso la Reina—. Vino de buena gana.
—Y ella lo llevó a un lugar donde los tres caminos se cruzaban, y le dijo
que uno iba al Cielo, otro a las Tierras de las Hadas, y otro al Infierno. «¿No ves
ese camino estrecho, tan espeso, plagado de espinas y zarzas? Ese es el camino de la
justicia, aunque después de él hay pocas preguntas». —señaló Alec hacia el estrecho
túnel.
—Lleva al mundo terrenal —dijo la Reina con dulzura—. A su gente les
resulta lo suficiente celestial ir allí.
—Así es como Sebastian llegó a la Ciudadela de Adamant con guerreros
respaldándolo que la Clave no podría ver —dijo Jace con disgusto—. Usó este
túnel. Tenía guerreros aquí en el pueblo de las Hadas, donde no podían ser
rastreados. Vino por ellos cuando los necesitaba. —Le dio a la Reina una mirada
llena de ira—. Muchos Nefilim están muertos por tu culpa.
—Mortales —dijo la Reina—. Ellos mueren.
Alec no le hizo caso.
—No —dijo, señalando el túnel frondoso—. Ese va más allá del reino de
la Hadas. Y ese —señaló al que tenía delante—. Es el camino al Infierno. Ahí es
a dónde vamos.
—Siempre he oído que estaba pavimentado con buenas intenciones —
dijo Simon.
—Coloca tus pies en el camino y averígualo, vampiro diurno —dijo la
Reina.
Jace hizo girar la punta de la hoja de su espalda.
—¿Qué te detendrá de decirle a Sebastian que vamos tras él en el
momento de dejarte?
La Reina no hizo ningún ruido del dolor; sólo sus labios se apretaron.
Lucía vieja en ese momento, a pesar de la juventud y la belleza de su rostro.
—Haces una buena pregunta. E incluso si me matas, están aquellos en mi
Corte que hablará con él de vosotros, y adivinará sus intenciones, porque él es
inteligente. No pueden evitarlo, salvo matando a todas Hadas en mi Corte.
Jace se detuvo. Sostuvo el cuchillo serafín en su mano, la punta
presionando la espalda de la Reina. Su luz iluminó el rostro de él, tallando su
belleza en picos y valles, la acentuación de sus pómulos y el ángulo de su
mandíbula. La luz alcanzó las puntas de su cabello y prendieron en fuego, como
si llevara una corona de espinas ardientes.
Clary lo miró, y los otros también, en silencio, depositando sus
confianzas en él. Cualquiera que sea la decisión que Jace tomase, ellos lo
apoyarían.
—No lo harás —dijo la Reina—. No tienes el estómago para tanta
matanza. Siempre fuiste el niño más dulce de Valentine. —Sus ojos se
detuvieron un momento en Clary. Tienes un corazón oscuro en ti, hija de Valentine.
—Júralo —dijo Jace—. Sé lo que las promesas significan para tu pueblo.
Sé que no puedes mentir. Jura que no le dirás nada de nosotros a Sebastian, ni
permitirás que nadie de tu corte lo haga.
—Lo juro —dijo la Reina—. Juro que nadie de mi corte de forma oral o
escrita le dirá que han venido.
Jace se apartó de la Reina, bajando su espada a su lado.
—Sé que piensas que nos estás enviando a nuestros muertes —dijo—.
Pero no moriremos tan fácilmente. No perderemos esta guerra. Y cuando
seamos los vencedores, haremos que tú y tu gente sangren por lo que has hecho.
La sonrisa de la Reina dejó su cara. Ellos se apartaron de ella y
comenzaron su viaje al camino por Edom, en silencio; Clary miró sobre su
hombro una vez que se fueron, y sólo vio el contorno de la Reina, inmóvil,
viendo cómo se alejaban, con los ojos ardiendo.
El pasillo se curvaba lejos a la distancia, parecía como si la roca que lo
rodeaba se hubo fundido por el fuego. A medida que los cinco de ellos
avanzaban, moviéndose en silencio total, las paredes de piedra clara que los
rodean se oscurecieron, manchadas aquí y allá de manchas negritas, como si la
roca misma se hubiera quemado. El suelo liso comenzó a dar paso a otro más
rocoso, con la arena crujiendo bajo los tacones de las botas. La fosforescencia en
las paredes comenzó a apagarse y Alec sacó su luz mágica del bolsillo y la
elevó.
Con la luz brillando de los dedos de Alec, Clary sintió Simon, junto a
ella, se ponía rígido.
—¿Qué pasa? —susurró.
—Algo se mueve. —Señaló con el dedo en dirección de las sombras por
delante—. Allá arriba.
Clary miró, pero no alcanzó a ver algo, la visión vampira de Simon era
incluso mejor que la de un Cazador de Sombras. Tan silenciosamente como
pudo sacó a Eósforo de su cinturón y caminó unos pasos por delante,
manteniéndose en las sombras en los lados del túnel. Jace y Alec estaban
enfrascados en una conversación. Clary le dio un golpecito a Izzy en el hombro
y le susurró:
—Hay alguien aquí. O algo.
Isabelle no respondió, sólo se volvió hacia su hermano e hizo un
movimiento complicado con los dedos hacia él. Los ojos de Alec mostraron su
comprensión, y se volvió de inmediato a Jace. Clary recordó la primera vez que
los había visto, en el Pandemonium, años de práctica para fusionarse en una
unidad de pensar juntos, ir juntos, respirar juntos, luchar juntos. No podía dejar
de preguntarse si, pasara lo que pasara, no importa lo dedicada Cazadora de
Sombras en la que se convirtiera, siempre estaría al margen...
Alec bajó su mano de repente, sofocando la luz. En un abrir y cerrar de
ojos, Isabelle se había ido del lado de Clary. Ésta giró, sosteniendo a Eósforo, y
escuchó sonidos de una pelea: un golpe, y luego un grito muy humano de
dolor.
—¡Alto! —gritó Simon, y la luz estalló. Era como el flash de una cámara.
Tardó un momento para que sus ojos se adaptaran al nuevo brillo. La escena
paso lentamente: Jace sosteniendo su luz mágica, el resplandor irradiaba a su
alrededor como la luz de un pequeño sol. Alec, con su arco levantado y
apuntando. Isabelle, con el mango de su látigo apretado en una mano, el propio
látigo sujetando los tobillos de una pequeña figura encorvada contra la pared
de la cueva... un muchacho, con el pelo rubio pálido que se rizaba ligeramente
sobre sus orejas puntiagudas...
—Oh, Dios mío —susurró Clary, guardando su arma de nuevo a su
cinturón y caminando hacia adelante—. Isabelle... para. Todo está bien —dijo
ella, moviéndose hacia el muchacho. Su ropa estaba sucia y rota, con los pies
desnudos y ennegrecidos de mugre. Sus brazos estaban desnudos, también, y
sobre ellos había marcas de runas. Runas de Cazadores de Sombras.
—Por el Ángel. —El látigo de Izzy aflojó su agarre. El arco de Alec cayó a
su lado. El chico levantó la cabeza y frunció el ceño.
—¿Eres un Cazador de Sombras? —dijo Jace con tono de incredulidad.
El muchacho frunció el ceño de nuevo, con más ferocidad. Había ira en
su mirada, pero había más que eso, había dolor y miedo. No había duda de
quién era. Tenía los mismos rasgos finos que su hermana, el mismo mentón
anguloso y el cabello como trigo blanqueado, enroscándose en las puntas. Tenía
unos dieciséis años, recordaba Clary. Parecía más joven.
—Es Mark Blackthorn —dijo Clary—. Es el hermano de Helen. Mira su
cara. Mira su mano.
Por un momento, Mark pareció confundido. Clary se tocó el dedo anular,
y sus ojos del chico se iluminaron con comprensión. Le tendió la mano delgada
derecha a Clary. En el cuarto dedo se hallaba el anillo brillando de la familia
Blackthorn, con su diseño de espinas entrelazadas.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —dijo Jace—. ¿Cómo sabías dónde
encontrarnos?
—Estaba con los Cazadores —dijo Mark en voz baja—. Escuché a Gwyn
hablar con algunos sobre cómo os habíais mostrado en la cámara de la Reina.
Me escabullí de los Cazadores, que no estaban prestándome atención. Estaba
buscándoles y terminé... aquí. —Hizo un gesto hacia el túnel que los rodeaba—.
Tengo que hablar con vosotros. Tengo que saber sobre mi familia. —Su rostro
estaba oculto en las sombras, pero Clary vio sus rasgos tensarse—. Las Hadas
me dijeron que estaban todos muertos. ¿Es cierto?
Hubo un silencio conmocionado, y Clary leyó el pánico en la expresión
de Mark mientras sus ojos iban de la mirada baja de Isabelle, a la expresión en
blanco de Jace, hasta la postura tensa de Alec.
—Es cierto —dijo Mark entonces—, ¿verdad? Mi familia...
—Tu padre fue Convertido. Pero tus hermanos y hermanas están vivos
—dijo Clary—. Están en Idris. Se escaparon. Están bien.
Si ella había esperado que Mark se aliviara, estaría decepcionada. Él se
puso blanco.
—¿Qué?
—Julian, Helen, los otros... están todos vivos. —Clary puso su mano
sobre su hombro; él se apartó—. Ellos están vivos, y están preocupados por ti.
—Clary —dijo Jace, con una advertencia en su voz.
Clary echó una ojeada por encima del hombro, ¿no era lo más importante
decirle a Mark que sus hermanos estaban vivos?
—¿Has comido o bebido algo del reino de las Hadas? —preguntó Jace,
moviéndose para mirar la cara de Mark. Mark se apartó, pero no antes de que
Clary oyera la brusca respiración de Jace.
—¿Qué pasa? —exigió Isabelle.
—Sus ojos —dijo Jace, alzando la luz mágica e iluminando la cara de
Mark. Mark frunció el ceño de nuevo, pero permitió que Jace lo examinara.
Sus ojos eran grandes, con pestañas largas, al igual que Helen; a
diferencia de ella, los suyos no coincidían. Uno era del azul de los Blackthorn,
del color del agua. El otro era de color oro, escondido en las sombras, una
versión más oscura de los propios ojos de Jace.
Jace tragó visiblemente.
—La Caza Salvaje —dijo—. Tú eres uno de ellos ahora.
Jace estaba escaneando al muchacho con los ojos, como si Mark fuera un
libro que podía leer.
—Dame tus manos —dijo Jace finalmente, y Mark lo hizo. Jace las cogió y
se las volteó, dejando al descubierto las muñecas del chico. Clary sintió un nudo
en la garganta. Mark sólo llevaba una camiseta, y sus antebrazos desnudos
estaban rayados con marcas de latigazos. Clary pensó en la forma en que ella
había tocado el hombro de Mark y como él se había alejado. Dios sabía dónde
eran sus otras lesiones bajo su ropa.
—¿Cuando pasó esto?
Mark apartó las manos. Estaba temblando.
—Meliorn lo hizo —dijo—. La primera vez que me llevó. Dijo que
pararía si comía y bebía de su comida, así que lo hice. No me importaba si mi
familia estaba muerta. Pensé que las Hadas no podían mentir.
—Meliorn sí puede —dijo Alec con gravedad—. O al menos, podía.
—¿Cuando sucedió todo esto? —exigió Isabelle—. Las Hadas te tomaron
menos de una semana
Mark negó con la cabeza.
—He estado con las Hadas durante mucho tiempo —dijo—. No podría
decir cuánto tiempo.
—El tiempo corre de manera diferente en el reino de las Hadas —dijo
Alec—. A veces rápido, a veces más lento.
Mark dijo:
—Gwyn me dijo que pertenecía a la Caza y no podía salir de ella a menos
que me lo permitieran. ¿Es eso cierto?
—Es cierto —dijo Jace.
Mark se desplomó contra la pared de la cueva. Volvió su cabeza hacia
Clary.
—Tú los viste. Viste a mis hermanos y hermanas. ¿Y Emma?
—Están bien, todos ellos, Emma también —dijo Clary. Se preguntó si le
ayudaba saberlo. Había jurado permanecer en con las Hadas, porque pensaba
que su familia había muerto, a pesar que la promesa se basaba en una mentira.
¿Sería mejor pensar que había perdido todo y volver a empezar? ¿O sería más
fácil saber que la gente que amaba estaban vivos, incluso si nunca podrías
verlos de nuevo?
Pensó en su madre, en algún lugar en el mundo más allá del final del
túnel. Es mejor saber que están vivos, pensó. Era mejor que su madre y Luke
estuvieran bien y vivos, y que ella no volviera a verlos otra vez, que estuvieran
muertos.
—Helen no puede hacerse cargo de ellos. No ella sola —dijo Mark un
poco desesperado—. Y Jules, es demasiado joven. No puede hacerse cargo de
Ty, no sabe las cosas que necesita. No sabe cómo hablar con él. —Tomó un
suspiro tembloroso—. Debería dejarme ir con vosotros.
—Sabes que no puedes —dijo Jace, aunque no podía mirar a Mark a la
cara, estaba mirando el suelo—. Si has jurado lealtad a la Caza Salvaje, eres uno
de ellos.
—Llevadme con vosotros —repitió Mark. Tenía la mirada aturdida, el
aspecto desconcertado que alguien tenía cuando había sido herido de muerte,
pero todavía no se había dado cuenta de la gravedad de la lesión—. No quiero
ser uno de ellos. Quiero estar con mi familia…
—Vamos al Infierno —dijo Clary—. No podríamos llevarte con nosotros,
incluso si pudieras dejar a las Hadas con seguridad.
—Y no puedes —dijo Alec—. Si intentas salir, morirás.
—Prefiero morir —dijo Mark, y Jace de un tirón levantó la cabeza. Sus
ojos eran de oro brillante, casi demasiado brillantes, como si el fuego dentro de
él se derramaba a través de ellos.
—No sólo te tomaron porque tienes sangre de Hada, sino también
porque tienes sangre de Cazador de Sombras. Quiere castigar a los Nefilim —
dijo Jace, contemplándolo con mirada—. Muéstrales que eres un Cazador de
Sombras, que no tienes miedo. Puedes soportarlo.
En la iluminación vacilante de la luz mágica, Mark miró a Jace. Las
lágrimas habían hecho su camino sobre de la suciedad de su cara, pero sus ojos
estaban secos.
—No sé qué hacer —dijo—. ¿Qué hago?
—Encontrar una manera de advertir a los Nefilim —dijo Jace—. Vamos a
entrar al Infierno, como dijo Clary. Tal vez nunca podríamos volver. Alguien
tiene que decirle a los Cazadores de Sombras que las Hadas no son nuestros
aliados.
—Los Cazadores me cogerán si trato de enviar un mensaje. —Los ojos
del muchacho brillaron—. Me matarán.
—No si eres rápido e inteligente —dijo Jace—. Puede hacerlo. Sé que
puedes.
—Jace —dijo Alec, con el arco a su lado—. Jace, tiene que irse antes que
se enteren que se ha huido.
—Bien —dijo Jace, y vaciló. Clary le vio tomar la mano de Mark,
presionó su luz mágica en la palma del niño, donde brilló, y luego reanudó su
resplandor constante—. Llévate esto —dijo Jace—. Puede ser oscuro en la tierra
debajo de la colina, y los años muy largos.
Mark se detuvo un momento, con piedra-runa en la mano. Se veía tan
frágil a la luz vacilante que el corazón de Clary dio un vuelco de incredulidad,
seguramente ellos podían ayudarlo, ellos eran Nefilim, no dejaban a su propia
gente atrás, luego él se volvió y corrió alejándose de ellos, con los pies descalzos
sin hacer sonido.
—Mark... —susurró Clary, y se interrumpió; él se había ido. Las sombras
se lo tragaron, sólo el hilillo de luz de la piedra-runa era visible, hasta que
también se mezcló con la oscuridad. Miró a Jace—. ¿Qué quieres decir con “la
tierra debajo de la colina”? —preguntó—. ¿Por qué lo dijiste?
Jace no le respondió, lucía atónito. Se preguntó si Mark, frágil, huérfano
y solo, le recordó de alguna manera a sí mismo.
—La tierra debajo de la colina es el reino de las Hadas —dijo Alec—. Un
viejo y antiguo nombre. Estará bien —le dijo a Jace—. Lo estará.
—Le diste tu luz mágica —dijo Isabelle—. Siempre has tenido esa luz
mágica...
—Al diablo la luz mágica —dijo Jace violentamente y golpeó su mano
contra la pared de la cueva; hubo un breve destello de luz, y bajó su brazo. La
marca de su mano estaba impresa en negro en la piedra del túnel, y la palma de
su mano todavía brillaba, como si la sangre en sus dedos fuese un fósforo. Dio
una risa ahogada—. No es exactamente lo que necesito escuchar, de todos
modos.
—Jace —dijo Clary, y puso su mano sobre su brazo. Él no hizo amago de
alejarse, pero él no reaccionó, tampoco. Ella bajó la voz—. No puedes salvar a
todos —dijo.
—Tal vez no —dijo mientras la luz en la mano se atenuaba—. Pero sería
bueno salvar a alguien.
—Chicos —dijo Simon. Había estado extrañamente tranquilo durante el
encuentro con Mark, y Clary se sorprendió al oírle hablar ahora—. No sé si lo
pueden ver, pero hay algo, algo que al final del túnel.
—¿Luz? —dijo Jace, su voz afilada con sarcasmo. Sus ojos brillaban.
—Todo lo contrario. —Simon se movió hacia adelante, y después de un
momento indeciso Clary le tomó la mano a Jace, y lo siguió. El túnel era
derecho y luego se curvaba ligeramente; en la curva vio lo que Simon debía de
haber visto y se detuvo en seco.
Oscuridad. El túnel terminaba en un remolino de oscuridad. Algo se
movió en ella, dándole forma a la oscuridad como nubes de viento. Podía oír
también el ronroneo y el estruendo de la oscuridad, al igual que el sonido de los
motores a reacción.
Los demás se unieron a ella. Juntos se pararon en fila, mirando la
oscuridad. Observando los movimientos. Una cortina de sombra, y más allá lo
desconocido.
Fue Alec quien habló, mirando, asombrado, a las sombras en
movimiento. El aire que soplaba por el pasillo era de un escozor caliente, como
pimienta arrojada en el corazón de un incendio.
—Esto —dijo—, es la cosa más loca que hemos hecho.
—¿Y si no podemos volver? —dijo Isabelle. El rubí alrededor de su cuello
latía, brillando como un semáforo, iluminando su rostro.
—Entonces, al menos estaremos juntos —dijo Clary, y miró a sus
compañeros. Extendió la mano y tomó la mano de Jace, la mano de Simon en el
otro lado de ella, y les dio un apretón—. Atravesaremos esto juntos y nos
quedaremos juntos —dijo—. ¿Está bien?
Ninguno de ellos respondió, pero Isabelle tomó la otra mano de Simon, y
Alec tomó la de Jace. Todos se quedaron así por un momento, mirando
fijamente. Clary sintió la mano de Jace apretar sobre la de ella, una presión casi
imperceptible.
Ellos dieron un paso adelante, y las sombras los tragaron.
—Espejo, mi espejo —dijo la Reina, colocando su mano sobre el espejo—.
Muéstrame mi estrella de la mañana.
El espejo colgado en la pared del dormitorio de la Reina estaba rodeado
de coronas de flores: rosas que nadie había cortado sus espinas.
La niebla en el interior del espejo disminuyó y rostro anguloso de
Sebastian se mostró.
—Mi hermosa —dijo. Su voz estaba tranquila y serena, aunque había
sangre en su cara y ropa. Tenía en la mano la espada, y las estrellas a lo largo de
la cuchilla se atenuaban con el color escarlata—. Estoy... un poco ocupado en
este momento.
—Pensé que podrías desear saber que tu hermana y hermano adoptivo
acaban de salir de este lugar —dijo la Reina—. Encontraron el camino a Edom.
Van a por ti.
Su cara se transformó en una sonrisa lobuna.
—¿Y no hicieron jurarte que no me dirías de su llegada a tu corte?
—Sí —dijo la Reina—. Pero no dijeron nada sobre decirte su partida de la
corte.
Sebastian se rio.
—Mataron a uno de mis caballeros —dijo la Reina—. Se ha derramos
sangre ente mi trono. Están más allá de mi alcance ahora. Sabes que mi gente no
puede sobrevivir en tierras envenenadas. Tendrás que tomar venganza por mí.
La luz en los ojos de él cambió. La Reina siempre había sabido lo que
Sebastian sentía por su hermana, y Jace, bueno, era algo así como un misterio,
pero entonces Sebastian era el mayor misterio. Antes de que él le hiciera su
oferta, ella nunca habría considerado una verdadera alianza con los Cazadores
de Sombras. Su peculiar sentido del honor los hacía poco fiables. Era la mucha
falta de honor de Sebastian que le hacía confiar en él. El arte fino de la traición
era una segunda naturaleza para las Hadas, y Sebastian era un artista de la
mentira.
—Serviré a sus intereses en todas las formas, mi Reina —dijo—. En un
corto tiempo tu gente y la mía llevarán las riendas del mundo, y cuando lo
hagamos, es posible que quieras vengarte de cualquiera que alguna vez te haya
ofendido.
Ella le sonrió. La sangre todavía manchaba la nieve en el salón del trono
y todavía sentía el pinchazo de la hoja de Jace Lightwood contra su garganta.
No era una sonrisa de verdad, pero sabía lo suficiente como para dejar que su
belleza hiciera su trabajo por ella, a veces.
—Te adoro —dijo.
—Sí —dijo Sebastian, y sus ojos brillaron, su color como nubes oscuras.
La Reina se preguntó ociosamente si pensaba en los dos de la manera en que
ella lo hacía: amantes que, incluso tras acogerse, cada uno ponían un cuchillo en
la espalda del otro, listo para apuñalarlo y traicionarlo—.Y me gusta serY me gusta ser adorado —sonrió—. Me alegra que estén llegando. Los espero.
Comentarios
Publicar un comentario