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Parte 2
Ese Mundo Al Revés
Traducido por Aldara
Corregido por Kalubame
Azufre y sal abrasa toda la tierra. No será sembrada, ni producirá, ni crecerá en ella
ninguna hierba.
—Deuteronomio 29:23
Capítulo 14
El Sueño de la Razón
Traducido por Drys, Lore Tucholke y Key
Corregido por Kalubame
Clary se puso de pie en un césped sombreado situado en una colina
inclinada. El cielo era perfectamente azul, salpicado aquí y allá con nubes
blancas. A sus pies un camino de piedra llegaba hasta la puerta principal de
una gran casa señorial construida de suave piedra dorada.
Estiró el cuello hacia atrás, mirando hacia arriba. La casa era preciosa: las
piedras eran del color de la mantequilla en el sol de la primavera, cubierto de
celosías de rosas trepadoras en rojo, oro y naranja. Balcones de hierro forjado
curvados hacia fuera de la fachada y había dos grandes puertas de arco de
madera de color bronce, sus superficies forjadas con delicados diseños de alas.
«Alas para los Fairchild», dijo una voz suave y tranquilizadora en el fondo de su
mente. «Esta es la mansión de los Fairchild. Ha permanecido en pie durante
cuatrocientos años y se mantendrá así durante cuatrocientos años más.»
—¡Clary! —Su madre apareció en uno de los balcones, vistiendo un
elegante vestido de color champán, su pelo rojo estaba suelto y se veía joven y
hermosa. Sus brazos estaban desnudos, rodeados con runas negras—. ¿Qué te
parece? ¿No te parece magnífico?
Clary siguió la mirada de su madre hacia el lugar donde el césped se
encontraba aplanado. Había un arco de rosas situado en el extremo del pasillo,
y a cada lado de él, filas de bancos de madera. Las flores blancas se dispersaban
a lo largo del mismo: las flores blancas que crecían sólo en Idris. El aire cargado
con su rico aroma de miel.
Volvió a mirar a su madre, que ya no estaba sola en el balcón. Luke
estaba de pie detrás de ella, con un brazo alrededor de su cintura. Estaba con las
mangas de su camisa remangadas y con pantalones formales, como si estuviera
medio vestido para una fiesta. Sus brazos también poseían runas: runas de la
buena suerte, de visión, de fuerza y de amor.
—¿Estás lista? —le preguntó a Clary.
—¿Lista para qué? —respondió, pero no parecía escucharla. Sonriendo,
desapareció de nuevo en la casa. Clary dio unos pocos pasos a lo largo del
camino.
—¡Clary!
Se dio vuelta. Él se iba acercando a través de la hierba, delgado, con un
pálido pelo blanco que brillaba con la luz del sol, vestido de negro formal con
runas de oro en el cuello y en los puños. Estaba sonriendo, con una mancha de
suciedad en su mejilla y levantando una mano para bloquear el brillo del sol.
Sebastian.
Era completamente el mismo y sin embargo, completamente diferente:
claramente seguía estando igual, y sin embargo, toda la forma y el conjunto de
sus facciones parecían haber cambiado: sus huesos menos nítidos, su piel más
pálida y sus ojos…
Sus ojos brillaban, tan verdes como la hierba de la primavera.
«Él siempre ha tenido los ojos verdes» dijo la voz en su cabeza. «La gente a
menudo se maravilla de cuán iguales son él, tu madre y tú misma. Su nombre es
Jonathan y él es tu hermano. Siempre te ha protegido.»
—Clary —dijo de nuevo—, no vas a creer…
—Jonathan —una pequeña voz trinó, y Clary volvió sus ojos
maravillados para ver a una pequeña chica corriendo por la hierba. Tenía el
pelo rojo, del mismo tono que Clary y salió hondeándose detrás de ella como
una bandera. Iba descalza, con un vestido de encaje verde que había sido
completamente desgarrado en cintas en las mangas y en la cintura, dándole el
aspecto de una lechuga picada. Parecía tener entre cuatro o cinco años de edad,
con la cara sucia y adorable. Al llegar a Jonathan, levantó los brazos y él la
sostuvo en el aire.
La niña gritó de placer cuando la sostuvo sobre su cabeza.
—Auch, auch, para de hacer eso pequeño demonio —dijo él, mientras
ella le daba un tirón a su pelo—. Val, dije que pares, te bajaré. Lo digo en serio.
—¿Val? —la voz de Clary hizo eco. Pero por supuesto, su nombre es
Valentina, dijo el susurro de la voz en la parte posterior de su cabeza. Valentine
Morgenstern fue un gran héroe en la guerra, murió en la batalla contra Hodge
Starkweather, pero no antes de que hubiera salvado la Copa Mortal, y a la Clave junto
con él. Cuando Luke se casó con tú madre, honraron su memoria dándole su nombre a
su hija.
—Clary, consigue que me deje ir, haz que… ¡oowwww! —gritó Val
cuando Jonathan la hizo girar en el aire. Luego estalló en risas mientras la
sentaba sobre la hierba y dirigió un par de ojos del mismo color azul que los de
Luke hacía Clary. —Tú vestido es lindo —dijo con total naturalidad.
—Gracias —dijo Clary, aun medio aturdida. Miró a Jonathan, que estaba
sonriendo hacia su pequeña hermana—.¿Es eso barro en tu cara?
Jonathan se acercó y se tocó la mejilla.
—Chocolate —dijo—. Nunca sé lo que Val estará haciendo. Tenía los
puños en el pastel de bodas, voy a tener que ir a limpiarla. —Miró a Clary—.
Está bien, tal vez no debería haber mencionado eso. Parece como si te fueras a
desmayar.
—Estoy bien —dijo Clary, tirando nerviosamente de un mechón de su
cabello.
Jonathan levantó las manos como para protegerse de ella.
—Mira, lo arreglaré. Nadie será capaz de decir que alguien se comió la
mitad de las rosas. —Se quedó pensativo—. Podría comerme la otra mitad de
las rosas, sólo por si acaso.
—¡Sí! —dijo Val desde su lugar en la hierba a sus pies. Estaba ocupada
tirando en el aire dientes de león, con sus capullos blancos llevándoselos el
viento.
—Además —añadió él—, no me gusta hablar de esto, pero quizá
deberías ponerte unos zapatos antes de la boda.
Se miró a sí misma. Tenía razón, iba descalza. Descalza y con un vestido
de oro pálido. El dobladillo flotaba alrededor de sus tobillos como una nube al
atardecer.
—Yo… ¿Qué boda?
Los ojos verdes de su hermano se abrieron.
—¿Tú boda ? Ya sabes, ¿con Jace Herondale? El chico alto, rubio que
todas las chicas lo aaaaman…—se interrumpió—. ¿Te estás arrepintiendo? ¿Eso
es lo que es esto? —Se inclinó con complicidad—. Porque si es así, puedo
meterte de contrabando por la frontera hacia Francia. Y no le diré a nadie dónde
fuiste. Aunque me peguen los brotes de bambú debajo de las uñas.
—Yo no…—Clary lo miró fijamente—. ¿Brotes de bambú?
Se encogió de hombros con elocuencia.
—Todo por mi única hermana, sin contar a la criatura que actualmente
está sentada en mi pie. —Val gritó—. Lo haría. Incluso si eso significa no llegar
a ver a Isabelle Lightwood en un vestido de dama de honor.
—¿Isabelle? ¿Te gusta Isabelle? —Clary sintió como si estuviera
corriendo una maratón y no pudiera recuperar el aliento.
Él entrecerró los ojos hacia ella.
—¿Es eso un problema? ¿Ella una criminal o algo así? —Se quedó
pensativo—. Eso sería algo sexy, en realidad.
—Está bien, no necesito saber lo que piensas que es sexi —dijo Clary
automáticamente—. Ugh.
Jonathan sonrió. Fue una feliz sonrisa despreocupada; la sonrisa de
alguien que nunca realmente tenía mucho de qué preocuparse, más allá de
chicas guapas y si una de sus hermanitas habían comido pastel de boda de su
otra hermana. En algún lugar en el fondo de la mente de Clary, vio los ojos
negros y las marcas de látigo, pero no sabía por qué. «Él es tu hermano. Es tu
hermano, y él siempre se ha preocupado por ti.»
—Cierto —dijo—. Como si yo no hubiera tenido que sufrir todos estos
años con: “Ohhh Jace es tan guapo, ¿Crees que le gusto?”
—Yo…—dijo Clary, y se interrumpió, sintiéndose un poco mareada—.
Simplemente no lo recuerdo proponiéndomelo.
Jonathan se arrodilló y tiró de los cabellos de Val. Ella tarareaba para sí
misma, juntando margaritas en una pila. Clary parpadeó, había estado tan
segura de que eran dientes de león.
—Ah, no sé si alguna vez lo hizo —dijo casualmente—. Todos nosotros
sólo sabíamos que terminarían juntos. Era inevitable.
—Pero debería haber podido elegir —dijo, casi en un susurro—. Debería
haber llegado a decir sí.
—Bueno, lo habrías hecho ¿no? —dijo, mirando las margaritas
moviéndose por el viento a través de la hierba—. Hablando de eso, ¿crees que
Isabelle saldría conmigo si se lo pido?
Clary mantuvo el aliento.
—Pero, ¿qué pasa con Simon?
Levantó la vista hacia ella, el sol brillaba en sus ojos.
—¿Quién es Simon?
Clary sintió que la tierra se desmoronaba bajo ella. Extendió la mano,
como si fuera a coger a su hermano, pero su mano lo atravesó, era tan
insustancial como el aire. El césped verde y la mansión dorada y el niño y la
niña en la hierba volaron lejos de ella. Tropezó, golpeando el duro suelo,
sacudiendo sus codos con un dolor que estalló a través de su brazo.
Rodó a un lado, sintiendo asfixiarse. Estaba tumbada en un trozo de
tierra sombría. Adoquines rotos sobresalían sobre la tierra, y las casas
quemadas de piedra se alzaban sobre ella. El cielo era gris-blanco lleno de
nubes negras, como las venas de un vampiro.
Era un mundo muerto, un mundo donde todo el color se había perdido y
toda la vida también. Clary estaba acurrucada en el suelo, viendo hacia el
frente, no a la ciudad destruida, sino el hermano y la hermana que nunca
tendría.
Simon se puso de pie junto a la ventana, disfrutando de la vista de la
ciudad de Manhattan.
Era un espectáculo impresionante. Desde el ático de Carolina, se podía
ver a través de Central Park, el museo Met, y los rascacielos de la ciudad. Caía
la noche, y las luces de la ciudad comenzaban a brillar una por una, como una
cama de flores eléctricas.
Flores eléctricas. Miró a su alrededor, frunciendo el ceño, pensativo. Era
una agradable frase; tal vez debería escribirlo. Parecía nunca tener tiempo en
estos días para realmente trabajar en las canciones; el tiempo era absorbido por
otras cosas: promoción, giras, fichajes, apariencias. Era difícil recordar a veces
que su trabajo principal era hacer música.
Aun así le parecía que era un buen problema. El oscuro cielo convirtió la
ventana en un espejo. Simon le sonrió a su reflejo. Despeinado, pantalones
vaqueros, camiseta vintage; pudo ver la habitación detrás de él, varias hectáreas
de suelo de madera, acero reluciente, muebles de cuero, con una sola pintura
elegante en un marco dorado en la pared: un Chagall25, el favorito de Clary,
ramos de rosas de color azul y verde, que parecían fuera de lugar con la
modernidad del apartamento.

25 Marc Chagall: 1887-1985, pintor e ilustrador francés, nació en Rusia, conocido por la riqueza
de colores en sus pinturas.
Había un jarrón con hortensias en la isla de la cocina, un regalo de su
madre, felicitándolo por tocar en un concierto con Stepping Razor la semana
anterior. Te quiero, decía la nota adjunta. Estoy orgullosa de ti.
Parpadeó ante ellas, hortensias, eso era extraño. Si tenía una flor favorita,
eran las rosas y su madre lo sabía. Se apartó de la ventana y miró más de cerca
el jarrón. Eran rosas. Sacudió la cabeza para despejarse. Rosas blancas. Siempre
lo fueron. Estaba en lo cierto.
Oyó el ruido de las llaves y la puerta se abrió, y entró una chica de baja
estatura con el pelo largo de color rojo y una sonrisa brillante.
—Oh, Dios mío —dijo Clary, medio riendo, medio sin respiración. Cerró
la puerta tras ella apoyándose en la misma—. El vestíbulo es un zoológico.
Prensa, fotógrafos. Va a ser una locura salir esta noche.
La chica vino a través del cuarto, dejando caer las llaves sobre la mesa.
Llevaba un vestido largo, de seda amarilla impresa con mariposas de colores y
un clip de mariposa en su pelo largo rojo. Parecía cálida, abierta y amorosa,
mientras se acercaba a él, levantó sus brazos y fue a besarla.
Al igual que lo hacía todos los días cuando llegaba a casa.
Olía a Clary, a su perfume y a tiza, con sus dedos manchados de color.
Hundió sus dedos en su cabello mientras se besaban, tirando de él hacia abajo,
riendo contra su boca mientras casi perdía el equilibrio.
—Vas a tener que empezar a usar tacones, Fray —dijo él, con los labios
contra su mejilla.
—Odio los tacones. Ya sea que te conformes con esto o me compras una
escalera portátil —dijo ella, soltándolo—. A menos que quieras dejarme por una
groupie muy alta.
—Nunca —dijo él, metiendo un mechón de pelo detrás de la oreja. —
¿Acaso una fan de alta estatura conoce todas mis comidas favoritas? ¿Recordará
cuando tenía una cama con forma de coche de carreras? ¿Sabrá cómo vencerme
sin piedad en el Scrabble? ¿Estará dispuesta a aguantar a Matt, Kirk y Eric?
—Una groupie se pondría al día con Matt, Kirk y Eric.
—Sé buena —dijo, y le sonrió—. Estás atrapada conmigo.
—Sobreviviré —dijo ella, arrancando sus gafas y poniéndolas sobre la
mesa. Los ojos que volvió hacia él eran oscuros y amplios. Esta vez el beso fue
subiendo de tono. Terminó con sus brazos alrededor de ella, atrayéndola más
hacia sí mismo mientras ella le susurraba:
— Te amo. Siempre te he amado.
—Yo también te amo —dijo—. Dios, te amo, Isabelle.
Sintió que se ponía rígida en sus brazos, y entonces el mundo que le
rodeaba parecía brotar de líneas negras como el vidrio roto. Oyó un ruido
agudo en los oídos y se tambaleó hacia atrás, tropezando, cayendo, sin tocar el
suelo, sino girando siempre a través de la oscuridad.
—No mires, no mires. . .
Isabelle se echó a reír.
—No estoy mirando.
Había manos sobre sus ojos: las manos de Simon, delgadas y flexibles.
Tenía los brazos alrededor de ella, y estaban arrastrando los pies, riendo. Él la
había agarrado en el momento en que había entrado por la puerta principal,
envolviendo sus brazos alrededor de ella mientras sus bolsas de compras caían
de sus manos.
—Tengo una sorpresa para ti —le había dicho, sonriendo—. Cierra los
ojos. No tienes que mirar. No, es en serio. No estoy bromeando.
—Odio las sorpresas —protestó Isabelle ahora—. Tú lo sabes. —Ella sólo
podía ver el borde de la alfombra bajo las manos de Simon. La había escogido
ella misma, gruesa, de color rosa brillante y esponjosa. Su apartamento era
pequeño y acogedor, una mezcolanza de ellos dos: guitarras y katanas, carteles
vintage y colchas en caliente color rosa. Simon había traído a su gato, Yossarian,
cuando se habían mudado a vivir juntos, Ella había protestado pero en su
interior le gustaba: extrañaba a Iglesia después de haber dejado el Instituto.
La alfombra de color rosa se desvaneció, y ahora los talones de Isabelle
hacían clic en el suelo de baldosas de la cocina.
—Está bien —dijo Simon, y retiró sus manos—. ¡Sorpresa!
—¡Sorpresa! —la cocina estaba llena de gente: su madre y su padre, Jace,
Alec, Max, Clary, Jordan y Maia, Kirk, Matt y Eric. Magnus tenía en la mano
una bengala plateada y guiñando un ojo, la movió hacia atrás y hacia adelante
haciendo que volaran chispas por todas partes, que aterrizaban en la mesada de
piedra y en la camiseta de Jace, haciéndole saltar. Clary estaba sosteniendo un
cartel con letras torpes que decía: FELIZ CUMPLEAÑOS, ISABELLE. Lo
levantó y saludó.
Isabelle se volvió hacia Simon en tono acusador.
—¡Tú planeaste esto!
—Por supuesto que sí —dijo, tirando de ella hacia él—. Los Cazadores de
Sombras pueden no preocuparse por los cumpleaños, pero yo sí. —La besó en
la oreja, murmurando—: Debes tenerlo todo, Izzy —le dijo antes de dejarla ir y
que su familia descendiera sobre ella.
Hubo un remolino de abrazos, regalos y pastel horneado por Eric, que en
realidad tenía algo de talento para la elaboración de pasteles y decorado por
Magnus con un glaseado luminoso que sabía mejor de lo que parecía. Robert
tenía sus brazos alrededor de Maryse, quien a su vez se apoyada contra él,
mirando con orgullo y satisfacción. Mientras que Magnus con una mano
alborotaba el cabello de Alec y con la otra trataba de convencer a Max de
ponerse un sombrero de fiesta. Y Max, con todo el aplomo que podría tener un
niño de nueve años de edad, no quería nada de eso. Se alejó de la mano de
Magnus con impaciencia y dijo:
—Izzy, yo hice el cartel. ¿Has visto el cartel?
Ella miró el letrero escrito a mano, ahora generosamente untado con
crema de vainilla, sobre la mesa. Clary le guiñó un ojo.
—Es increíble, Max, gracias.
—Iba a poner qué cumpleaños era en el cartel —dijo—, pero Jace me dijo
que después de los veinte años, solo te haces más vieja, así que no importaba de
todos modos.
Jace se detuvo con el tenedor a medio camino de su boca.
—¿Yo dije eso?
—Qué manera de hacernos sentir ancianos —dijo Simon, empujando el
pelo hacia atrás para sonreírle a Isabelle. Sintió un poco de dolor dentro de su
pecho, ella lo amaba mucho, por hacer todo esto en su honor, porque siempre
pensaba en ella. No podía recordar un momento en que no lo había amado o
confiado en él, y él nunca le había dado una razón para no hacerlo tampoco.
Se bajó del taburete donde había estado sentada, y se arrodilló delante de
su hermano pequeño. Podía ver su propio reflejo en el acero de la nevera: su
cabello oscuro, con un corte que le llegaba hasta los hombros; todavía podía
recordarlo vagamente de hace unos años atrás, cuando le había llegado a la
cintura y vio las gafas y rizos marrones de Max.
—¿Sabes cuántos años tengo? —dijo.
—Veintidós años —dijo Max, en el tono de voz que indicaba que no
estaba seguro de por qué le estaba haciendo una pregunta tan estúpida.
Veintidós, pensó. Ella siempre había sido siete años mayor que Max; Max
la sorpresa; Max, el pequeño hermano que no había sido esperado.
Max, que debía de tener de quince ahora.
Tragó saliva, de repente sintiendo frío por todas partes. Todo el mundo
seguía hablando y riendo a su alrededor, pero la risa sonaba distante y
haciendo eco, como si viniera de muy lejos. Podía ver a Simon, apoyado en la
barra, con los brazos cruzados sobre su pecho, con sus oscuros ojos ilegibles
mientras la miraba.
—¿Y cuántos años tienes?—dijo Isabelle.
—Nueve —dijo Max—. Siempre he tenido nueve.
Isabelle volvió a mirar. La cocina alrededor de ella vacilaba. Podía ver a
través de ésta, como si estuviera mirando a través de una tela impresa: todo
volviéndose transparente, tan mutable como el agua.
—Bebé —susurró—. Mi Max, mi hermanito, por favor, por favor,
quédate.
—Siempre voy a tener nueve —dijo, y le tocó la cara. Sus dedos pasaron
a través de ella, como si estuviera pasando la mano por humo—. ¿Isabelle? —
dijo en una voz débil y desapareció.
Isabelle sintió que sus rodillas se doblaban, dejándose caer al suelo. No
había risas en torno ella, ni una cocina con baldosas, sólo ceniza gris y piedra
ennegrecida. Alzó sus manos para detener las lágrimas.
El Salón de los Acuerdos estaba decorado con banderas azules, cada una
con la llama dorada de la familia Lightwood. Cuatro largas mesas habían sido
dispuestas una frente a otra. En el centro había un atril de orador, cubierto con
espadas y flores.
Alec se sentó en la mesa más larga, en la más alta de las sillas. A su
izquierda estaba Magnus, y a su derecha su familia se sentaba junto a él:
Isabelle y Max; Robert y Maryse; Jace y al lado de éste, Clary. Había primos de
la familia Lightwood allí también, algunos de los cuales no había visto desde
que era un niño; todos ellos sonriendo con orgullo, pero ninguna sonrisa
brillaba tanto como la de su padre.
—Mi hijo —continuó diciendo, a quien quisiera escucharlo, ahora había
enganchado al Cónsul, quién había estado pasando por su mesa con un vaso de
vino en la mano—. Mi hijo ganó la batalla, ese es mi hijo. Sangre Lightwood.
Nuestra familia siempre ha sido de guerreros.
El Cónsul rió.
—Guárdalo para el discurso, Robert —dijo, guiñándole un ojo a Alec
sobre el borde del vaso.
—Oh, Dios, el discurso —dijo Alec con horror, ocultando su rostro en sus
manos.
Magnus frotó sus nudillos suavemente a través de la espina dorsal de
Alec, como si estuviera acariciando a un gato.
Jace miró hacia ellos, y alzó las cejas.
—Como si todos nosotros no hubiésemos estado antes en una sala llena
de gente, en la que no nos hayan dicho lo increíble que somos —dijo, y cuando
Alec lo miró de reojo, sonrió—. Ah, sólo a mí, entonces.
—Deja a mi novio tranquilo —dijo Magnus—. Sé de algunos hechizos
que podrían cerrar tus oídos.
Jace se tocó los oídos con preocupación mientras Robert se ponía de pie,
con su silla raspando el suelo hacia atrás, tocando con el tenedor el costado de
su vaso. El sonido resonó en la sala, y los Cazadores de Sombras quedaron en
silencio, mirando hacia la mesa de los Lightwood expectantes.
—Nos reunimos aquí hoy —dijo Robert, extendiendo sus brazos—, para
honrar a mi hijo, Alexander Gideon Lightwood, pues él solo ha destruido las
fuerzas de los Cazadores Oscuros y quien derrotó en la batalla al hijo de
Valentine Morgenstern. Alec salvó la vida de nuestro tercer hijo, Max, junto con
la de su parabatai, Jace Herondale; estoy orgulloso de decir que mi hijo es uno de
los más grandes guerreros que jamás he conocido. —Se dio la vuelta y le sonrió
a Alec y a Magnus. —Se necesita más que un brazo fuerte para ser un gran
guerrero —prosiguió—. Se necesitan tener una gran mente y un gran corazón.
Mi hijo tiene ambas cosas. Él es fuerte en valor, y fuerte en el amor. Es por eso
que también quiero compartir otra buena noticia con vosotros. Ayer, mi hijo se
comprometió en matrimonio con su pareja, Magnus Bane…
Un coro de aplausos estalló. Magnus los aceptó con un modesto gesto del
tenedor. Alec se deslizó en su silla, con las mejillas ardiendo. Jace le miró
pensativo.
—Felicidades —dijo—. Siento como que perdí la oportunidad.
—¿Q…qué? —Alec tartamudeó.
Jace se encogió de hombros.
—Siempre supe que estabas enamorado de mí y yo de alguna manera
tenía un flechazo contigo, también. Pensé que deberías saberlo.
—¿Qué? —dijo Alec de nuevo.
Clary se sentó con la espalda recta.
—Ya sabes —ella dijo—, ¿creéis que habría alguna posibilidad de que los
dos pudieras…? —hizo un gesto entre Jace y Alec—. Sería de algo sexy.
—No —dijo Magnus—. Soy un brujo muy celoso.
—Somos parabatai —dijo Alec, recuperando su voz—. Para la Clave sería,
quiero decir, es ilegal.
—Oh, vamos —dijo Jace—. La Clave te permitiría hacer lo que quisieras.
Mira, todo el mundo te ama. —Hizo un gesto obvio hacia la sala llena de
Cazadores de Sombras. Todos estaban aclamando como Robert dijo, algunos de
ellos secándose las lágrimas. Una chica en una de las mesas más pequeñas
levantó un letrero que decía: ALEC LIGHTWOOD, TE AMAMOS.
—Creo que deberías tener una boda en invierno —dijo Isabelle, mirando
con nostalgia al centro de flores blanco—. Nada demasiado grande. Cinco o seis
centenares de personas.
—Isabelle —dijo Alec con voz ronca.
Ella se encogió de hombros.
—Tienes un montón de fans.
—Oh, por el amor de Dios —dijo Magnus, y chasqueó los dedos delante
de la cara de Alec. Su pelo negro se levantó en puntas, y sus ojos verdes
dorados brillaron con fastidio—. ESTO NO ESTÁ PASANDO.
—¿Qué? —Alec lo miró.
—Es una alucinación —dijo Magnus—, provocada por tu entrada en los
reinos demoníacos. Probablemente un demonio que se esconde cerca de la
entrada al mundo y se alimenta de los sueños de los viajeros. Los deseos tienen
mucho poder —añadió, examinando su reflejo—. Sobre todo los deseos más
profundos de nuestros corazones.
Alec miró alrededor de la habitación.
—¿Éste es el deseo más profundo de mi corazón?
—Claro —dijo Magnus—. Tu padre, orgulloso de ti. Tú, el héroe del
momento. Yo, amándote. Todo el mundo admirándote.
Alec miró a Jace.
—Está bien, ¿qué pasa con Jace?
Magnus se encogió de hombros.
—No lo sé. Esa parte es simplemente extraña.
—Así que tengo que despertar. —Alec puso las manos planas, sobre la
mesa; el anillo Lightwood brillaba en su dedo. Todo parecía real, se sentía real,
pero no podía recordar lo que su padre estaba hablando. No podía recordar la
derrota de Sebastian, o ganar una guerra. No podía recordar la salvación de
Max.
—Max—susurró.
Los ojos de Magnus se oscurecieron.
—Lo siento—dijo—. Los deseos de nuestro corazón son armas que se
pueden utilizar contra nosotros. Lucha, Alec. —Le tocó la cara—. Esto no es lo
que quieres, éste sueño. Los demonios no entienden los corazones humanos, no
del todo. Ellos ven como a través de un cristal distorsionado y te muestran lo
que tú deseas, pero deformado y erróneo. Utiliza esa maldad para despertarte
del sueño. La vida es sobre pérdidas, Alexander, pero es mejor que esto.
—Dios —dijo Alec, y cerró los ojos. Sintió que el mundo que le rodeaba
se quebraba, como si estuviera golpeando su propio camino fuera de una
concha. Las voces que lo rodeaban desaparecieron, junto con la sensación de la
silla debajo de él, el olor de la comida, el clamor de los aplausos, y por último, el
toque de la mano de Magnus en su rostro.
Sus rodillas golpearon el suelo. Abrió la boca y sus ojos se abrieron de
golpe. Todo a su alrededor era un paisaje gris. El hedor de la basura golpeó su
nariz, y se echó hacia atrás instintivamente cuando sintió algo sobre él, una
masa creciente de humo incipiente, un grupo de brillantes ojos amarillos
brillaban en la oscuridad. Lo fulminaron con la mirada mientras él buscaba su
arco y lo desenvainaba.
La cosa rugió, y se precipitó hacia delante, subiendo hacia él como una
ola rompiendo. Alec disparó la flecha runada, voló en el aire y se hundió
profundamente en el demonio de humo. Un grito estridente rompió el aire, el
demonio palpitando en torno a la flecha enterrada profundamente dentro de él,
zarcillos de humo agitándose hacia afuera, arañando el cielo…
Y se desvaneció. Alec se puso de pie, buscando a tientas otra flecha en la
misma posición. Se dio la vuelta, escudriñando el paisaje. Se parecían a las
imágenes que había visto de la superficie de la luna, con cráteres y ceniza, y por
encima había un cielo quemado, gris y amarillo, sin nubes. El sol colgaba
naranja y bajo, como un bloque muerto. No había ni rastro de los otros.
Luchando contra el pánico, trotó hasta la subida de la colina más cercana,
y miró al otro lado. El alivio lo golpeó como una ola. Había una depresión entre
dos aumentos de cenizas y rocas, y agazapada en él estaba Isabelle, luchando
por ponerse en pie. Alec trepó por la ladera empinada de la colina y la atrapó
en un abrazo con un solo brazo.
—Iz —dijo.
Hizo un sonido que se parecía sospechosamente a un resfriado y se alejó
de él.
—Estoy bien —dijo ella. Había rastros de lágrimas en su rostro. Se
preguntó qué era lo que había visto. Los deseos de nuestro corazón son armas que se
pueden utilizar contra nosotros.
—¿Max? —preguntó él.
Ella asintió con la cabeza, con los ojos brillantes por las lágrimas
contenidas y la ira. Por supuesto que Isabelle se enojaría. Odiaba llorar.
—Yo también —dijo, y luego se dio la vuelta ante el sonido de unos
pasos, medio empujando a Isabelle detrás de él.
Era Clary, y junto a ella, Simon. Los dos los miraron en shock. Isabelle
salió de detrás de Alec.
—¿Ustedes dos…?
—Estamos bien —dijo Simon—. Nosotros… vimos cosas. Cosas raras. —
No quería encontrarse con la mirada de Isabelle, y Alec se preguntó lo que él
había imaginado. ¿Cuáles eran los sueños y deseos de Simon? Él nunca se había
puesto a pensar mucho en ello.
—Era un demonio —dijo Alec—. El tipo del que se alimenta de sueños y
deseos. Lo maté. —Miró de ellos a Isabelle—. ¿Dónde está Jace?
Clary palideció bajo la mugre en su rostro.
—Pensamos que estaría contigo.
Alec sacudió la cabeza.
—Él está bien—dijo—. Lo sabría si él no estuviera…
Pero Clary ya se había dado la vuelta y había comenzado a medio correr
por donde había venido. Después de un momento Alec la siguió, y lo mismo
hicieron los demás. Se arrastró hacia una subida, y luego hacia otra. Se dio
cuenta de que se dirigía a tierras más altas, donde la vista sería mejor. La oyó
toser, sus propios pulmones se sentían recubiertos con ceniza.
«Muerto, pensó él. Todo en este mundo está muerto, quemado y hecho polvo.
¿Qué ha pasado aquí?»
En la cima de la colina había un montículo de piedras, un círculo de
piedras lisas, como si fuera un pozo desecado. Sentado en el borde del
montículo estaba Jace, mirando al suelo.
—¡Jace! —Clary patinó hasta detenerse frente a él, se puso de rodillas y
sacudió sus hombros. Él la miró sin comprender—. Jace —dijo de nuevo, con
urgencia—. Jace, sal de ahí. No es real. Es un demonio, que nos hace ver las
cosas que queremos. Alec lo mató. ¿De acuerdo? No es real.
—Lo sé. —Miró hacia arriba, y Alec sintió su mirada como una bofetada.
Jace lo miró como si hubiese estado sangrando, aunque era obvio que estaba
ileso.
—¿Qué viste? —dijo Alec—. ¿A Max?
Jace negó con la cabeza.
—No vi nada.
—Todo está bien, cualquier cosa que hayas visto. Todo está bien —dijo
Clary. Se inclinó y tocó la cara de Jace. Alec recordó vivamente los dedos de
Magnus en su mejilla en el sueño. Había dicho que lo amaba, alguien que
podría no estar vivo ahora.
—Vi a Sebastian —dijo ella—. Estaba en Idris. La casa Fairchild aún
estaba en pie. Mi mamá estaba con Luke. Yo… iba a haber una boda. —tragó—.
Tenía una hermana pequeña, también. Llevaba el nombre de Valentine. Él era
un héroe y Sebastian estaba allí, pero se encontraba bien, era normal. Me
amaba, como un hermano verdadero.
—Nada bueno —dijo Simon. Se acercó a Isabelle, y se pusieron hombro
con hombro. Jace alargó la mano y pasó un dedo con cuidado por uno de los
rizos de Clary, dejando que se enrollara alrededor de su mano. Alec recordó la
primera vez que se dio cuenta que Jace estaba enamorado de ella: había estado
observando a su parabatai en la habitación, mirando los ojos de Jace rastrear
todos los movimientos de ella. Recordaba haber pensado: «Ella es todo lo que ve.»
—Todos tenemos sueños —dijo Clary—. Eso no quiere decir nada.
¿Recuerdas lo que dije antes? Permaneceremos juntos.
Jace la besó en la frente y se puso de pie, tendiéndole una mano, después
de un momento Clary la tomó, y se puso de pie junto a él.
—No he visto nada —dijo suavemente—. ¿Todo bien?
Ella vaciló, claramente no le estaba creyendo, y no obstante no quería
seguir presionándolo.
—Está bien.
—No me gusta hablar de esto —dijo Isabelle—, pero ¿alguien vio un
camino de regreso?
Alec pensó en su precipitada carrera sobre las colinas del desierto, en
busca de los demás, con los ojos barriendo el horizonte. Vio a sus compañeros
palidecer mientras miraba a su alrededor.
—Creo —dijo—, que no hay vuelta atrás. No por aquí, ni por el túnel.
Creo que se cerró después de nosotros.
—Así que este era un viaje sin retorno —dijo Clary, con un ligero temblor
en su voz.
—No necesariamente —dijo Simon—. Tenemos que llegar a Sebastian,
siempre supimos eso. Y una vez que lleguemos allí, Jace puede tratar de hacer
lo suyo con el fuego celestial, sea lo que eso sea, sin ánimos de ofender.
—No me ofendo —dijo Jace, dirigiendo sus ojos hacia el cielo.
—Y una vez que rescatemos a los prisioneros —dijo Alec—. Magnus
puede ayudarnos a volver. O podemos averiguar cómo Sebastian consigue ir y
venir, ésta no puede ser la única manera.
—Eso es ser optimista —dijo Isabelle—. ¿Y si no podemos rescatar a los
prisioneros, o no podemos matar a Sebastian?
—Entonces él nos va a matar —dijo Jace—. Y no importará que no
sepamos cómo volver.
Clary cuadró sus hombros pequeños.
—Entonces será mejor encontrarlo, ¿o no?
Jace tiró de la estela libre de su bolsillo, y se sacó el brazalete de
Sebastian de la muñeca. Cerró los dedos alrededor de ella, usando la estela para
dibujar una runa de seguimiento en el dorso de la mano. Pasó un momento, y
luego otro; una mirada de intensa concentración pasó sobre el rostro de Jace,
como una nube. Luego levantó la cabeza.
—Él no está tan lejos —dijo—. Un día, tal vez dos días de distancia
caminando. —Se deslizó el brazalete de nuevo en la muñeca. Alec miró el
brazalete fijamente, y luego a Jace. Si no puedo llegar al Cielo, levantaré el Infierno.
—Usarlo me impedirá perderlo —dijo Jace, y cuando Alec no dijo nada,
Jace se encogió de hombros y echó a andar colina abajo—. Debemos ponernos
en marcha —habló por encima del hombro—. Tenemos un largo camino por
recorrer.

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