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Capítulo 15
Azufre Y Sal
Traducido SOS por Apolineah17, Meghan Fray y Sarah5
Corregido por Kalubame
—Por favor, no me quites esa mano —dijo Magnus—. Me gusta esa
mano. Necesito esa mano.
—Calla —dijo Raphael, arrodillado junto a él, sus manos sobre la cadena
que mantenía esposada la mano derecha de Magnus y la lanza de adamas
hundida profundamente en el suelo—. Sólo estoy tratando de ayudar. —Tiró
fuerte de la cadena, Magnus gritó de dolor y lo miró. Raphael tenía manos
delgadas y juveniles, pero eso era engañoso: tenía la fuerza de un vampiro y
estaba actualmente lanzando su poder con el propósito de liberar las cadenas de
Magnus de raíz.
La celda en la que estaban era circular. El piso estaba hecho de baldosas
de granitos sobrepuestas, con bancas de piedra alrededor de las paredes. No
había ninguna puerta discernible, aunque había ventanas estrechas, tan
estrechas como hendiduras. No había cristal en ellas, y era posible ver desde su
profundidad que las paredes eran por lo menos de un pie de espesor.
Magnus se había despertado en esta habitación, un círculo rojo de
Cazadores de Sombras de pie a su alrededor, fijando sus cadenas en el piso.
Antes de que la puerta se hubiera cerrado detrás de ellos, había visto a
Sebastian de pie en el pasillo, sonriéndole como una calavera.
Ahora Luke estaba situado en una de las ventanas mirando hacia afuera.
A ninguno de ellos le habían dado un cambio de ropa, y él todavía llevaba los
pantalones de vestir y la camisa que había vestido en la cena en Alicante. La
parte de enfrente de su camisa estaba salpicada con manchas oxidadas. Magnus
tuvo que seguir recordándose a sí mismo que era vino. Luke parecía
demacrado, con el cabello despeinado, uno de los lentes de sus gafas estaba
roto.
—¿Ves algo? —preguntó Magnus en ese momento, mientras Raphael se
movía al otro lado para ver si la cadena de la mano izquierda sería más fácil de
zafar, ya que él era el único encadenado. En el momento en que se despertó,
Luke y Raphael ya se habían despertado, Raphael reclinado contra una de las
bancas mientras Luke llamaba a Jocelyn hasta quedarse ronco.
—No —dijo Luke rápidamente. Raphael levantó una ceja hacia Magnus.
Se veía despeinado y joven, los dientes clavándose en su labio inferior mientras
sus nudillos palidecían alrededor de los eslabones de la cadena. Eran lo
suficientemente largos para permitir que Magnus se sentara, pero no para que
se pusiera de pie—. Sólo niebla. Niebla gris-amarillenta. Quizás montañas a la
distancia. Es difícil de decir.
—¿Crees que todavía estamos en Idris? —preguntó Raphael.
—No —dijo Magnus rápidamente—. No estamos en Idris. Lo puedo
sentir en mi sangre.
Luke lo miró.
—¿Dónde estamos?
Magnus podía sentir el ardor en su sangre, el comienzo de la fiebre. Se
erizaba a lo largo de sus nervios, secando su boca, haciendo que su garganta
doliera.
—Estamos en Edom —dijo—. Una dimensión demoníaca.
Raphael dejó caer la cadena y maldijo en español.
—No puedo liberarte —dijo, claramente frustrado—. ¿Por qué los siervos
de Sebastian sólo te encadenaron a ti y no a ninguno de nosotros?
—Porque Magnus necesita sus manos para hacer magia —dijo Luke.
Raphael miró a Magnus, sorprendido. Magnus movió las cejas.
—¿No sabías eso, vampiro? —dijo—. Hubiera pensado que ya lo habrías
descubierto a estas alturas, has estado con vida el tiempo suficiente.
—Tal vez. —Raphael se sentó sobre sus talones—. Pero nunca he tenido
muchos negocios con los brujos.
Magnus le echo un vistazo, una mirada que decía: los dos sabemos que eso
no es verdad. Raphael apartó la mirada.
—Es una lástima —dijo Magnus—. Si Sebastian hubiera hecho su
investigación, habría sabido que no puedo hacer magia en este reino. No hay
necesidad de esto. —Sacudió sus cadenas como el fantasma de Marley.
—Así que aquí es donde Sebastian ha estado escondiéndose todo este
tiempo —dijo Luke—. Es por eso que no podíamos rastrearlo. Esta es la base de
sus operaciones.
—O —dijo Raphael—, este sólo es algún lugar en el que nos ha
abandonado para morir y pudrirnos.
—Él no se molestaría —dijo Luke—. Si nos quisiera muertos, ya
estaríamos muertos, los tres. Tiene un plan más grande. Siempre lo tiene. Es
sólo que no sé por qué… —Se interrumpió, bajando la mirada hacia sus manos,
y Magnus lo recordó de repente mucho más joven, con el cabello suelto, con
miradas de preocupación y con el corazón en la mano.
—No va a hacerle daño —dijo Magnus—. A Jocelyn, quiero decir.
—Él podría —dijo Raphael—. Está muy loco.
—¿Por qué no iba a hacerle daño? —Luke sonaba como si estuviera
conteniendo un miedo que amenazaba con explotar—. ¿Porque ella es su
madre? No funciona de esa manera. Sebastian no funciona de esa manera.
—No porque ella sea su madre —dijo Magnus—. Sino porque ella es la
madre de Clary. La manipulará. Y no va a renunciar a eso fácilmente.
Habían estado caminando por lo que ahora parecían horas, y Clary
estaba agotada.
El terreno irregular hacía el caminar difícil. Ninguna de las colinas eran
muy altas, pero no había caminos, y estaban cubiertas de esquisto y rocas
escarpadas. A veces había llanuras pegajosas, campos de alquitrán que cruzar, y
sus pies se hundían casi hasta los tobillos, arrastrando sus pasos hacia abajo.
Hicieron una pausa para ponerse runas, para tener pasos firmes, fuerza y
para beber agua. Era un lugar seco, todo humo y cenizas, con el ocasional brillo
del río de roca fundida formando sedimentos por la tierra quemada. Sus rostros
ya estaban manchados de tierra y ceniza, sus posesiones llenas de polvo.
—Racionad el agua —advirtió Alec, tapando se botella de plástico. Se
habían detenido en la sombra de una pequeña montaña. Su escarpada cima
levantada en picos y almenas lo hacía parecerse a una corona—. No sabemos
cuánto tiempo estaremos viajando.
Jace tocó el brazalete en su muñeca y después su runa de rastreo. Frunció
el ceño ante el patrón trazado en el dorso de su mano.
—Las runas que acabamos de ponernos —dijo—. Que alguien me
muestre una.
Isabelle hizo un ruido impaciente, luego sacó su muñeca, donde Alec
había tatuado la runa de velocidad antes. Parpadeó hacia ella.
—Se está desvaneciendo —dijo, con una súbita incertidumbre en su voz.
—Mi runa de rastreo también, y las demás —dijo Jace, mirando por
encima de su piel—. Creo que las runas se desvanecen más rápido aquí. Vamos
a tener que tener cuidado al usarlas. Revisarlas para saber cuándo debemos
hacerlas otra vez.
—Nuestras runas de velocidad están desapareciendo —dijo Isabelle,
sonando frustrada—. Eso podría hacer la diferencia entre dos días de caminata
y tres. Sebastian podría estarles haciendo cualquier cosa a los prisioneros.
Alec hizo una mueca.
—No lo hará —dijo Jace—. Son su seguro de que la Clave nos entregará a
él. No les hará nada a menos que esté seguro de que eso no va a suceder.
—Podríamos caminar toda la noche —dijo Isabelle—. Podríamos usar
runas de vigilia. Seguir aplicándolas.
Jace miró a su alrededor. Había manchas de suciedad bajo sus ojos, en
sus mejillas y su frente, por donde había frotado la palma de su mano. El cielo
se había profundizado de un amarillo a un naranja oscuro, manchado con
turbulenta nubes negras. Clary supuso que significaba que la noche estaba
cerca. Se preguntó si los días y las noches eran lo mismo en este lugar, si las
horas eran diferentes o si las rotaciones de este planeta estarían sutilmente
desalineadas.
—Cuando las runas de vigilia se desvanecen, caes estrepitosamente —
dijo Jace—. Entonces estaremos enfrentando a Sebastian básicamente con
resaca, no es una buena idea.
Alec siguió la mirada de Jace alrededor del paisaje mortífero.
—Entonces vamos a tener que encontrar un lugar para descansar, para
dormir. ¿No es así?
Clary no escuchó lo que sea que Jace dijo después. Ya se había alejado de
la conversación, trepando por un lado de la empinada cresta de roca. El
esfuerzo la hizo toser; el aire era fétido, lleno de humo y cenizas, pero no se
sentía como para mantener un argumento. Estaba exhausta, su cabeza
palpitaba, y seguía viendo a su madre, una y otra vez, en su cabeza. Su madre y
Luke, de pie en el balcón, juntos, tomados de la mano, mirándola con cariño.
Se arrastró hasta la parte superior de la pendiente y se detuvo allí.
Descendía abruptamente al otro lado, terminando en una meseta de roca gris
que se extendía hasta el horizonte, apilada aquí y allá con montones de
desechos y esquisto. El sol estaba bajo en el cielo, a pesar de que seguía siendo
del mismo color naranja quemado.
—¿Qué estás viendo? —dijo una voz a su lado, se sobresaltó, y se dio la
vuelta para encontrar a Simon allí. Él no estaba tan sucio como el resto de ellos,
lo sucio nunca parecía quedar con los vampiros, pero su cabello estaba lleno de
polvo.
Ella señaló los agujeros negros que aguardaban a un lado de la colina
cercana como heridas de bala.
—Esas son las entradas a las cuevas, creo —dijo.
—Parece algo salido del Mundo de Warcraft, ¿no? —dijo él, señalando a
su alrededor, hacia el maldito paisaje, el cielo rasgado de cenizas—. Solo que no
puedes simplemente apagarlo y escapar.
—No he sido capaz de apagarlo durante mucho tiempo. —Clary pudo
ver a Jace y a los otros Lightwood a cierta distancia, todavía discutiendo.
—¿Estás bien? —preguntó Simon—. No he tenido oportunidad de hablar
contigo desde todo lo que pasó con tu madre y Luke…
—No —dijo Clary—. No estoy bien. Pero tengo que seguir adelante. Si
sigo adelante, no podré pensar en ello.
—Lo siento. —Simon metió sus manos dentro de sus bolsillos,
agachando la cabeza. Su cabello castaño caía sobre su frente, al otro lado del
lugar donde la Marca de Caín había estado.
—¿Estás bromeando? Yo soy la que lo siente. Por todo. El hecho de que
te hayas convertido en un vampiro, la Marca de Caín…
—Eso me protegió —protestó Simon—. Eso fue un milagro. Fue algo que
sólo tú podías hacer.
—Eso es lo que me da miedo —susurró Clary.
—¿Qué?
—Que ya no tenga más milagros en mí —dijo ella y presionó sus labios
juntos mientras los demás se unían a ellos, Jace mirando con curiosidad de
Simon a Clary como si se preguntara de qué habían estado hablando.
Isabelle miró por encima de la llanura, a las hectáreas de desolación por
delante, la vista llena de polvo.
—¿Viste algo?
—¿Qué hay de esas cuevas? —preguntó Simon, señalando hacia las
oscuras entradas de los túneles en las laderas de la montaña—. Son un
refugio…
—Buena idea —dijo Jace—. Estamos en una dimensión demoníaca, Dios
sabe lo que vive aquí, y quieres meterte en un agujero estrecho y oscuro y…
—Muy bien —interrumpió Simon—. Sólo era una sugerencia. No
necesitas molestarte…
Jace, que claramente estaba de un humor, le dio una mirada fría.
—Eso no me molestó, vampiro…
Una oscura pieza de nube se separó del cielo y se lanzó de repente hacia
abajo, tan rápido que ninguno pudo seguirla con la mirada. Clary captó un solo
vistazo de horribles alas, dientes y docenas de ojos rojos, y luego Jace se elevaba
en el aire, atrapado en las garras de un demonio aéreo.
Isabelle gritó. La mano de Clary fue a su cinturón, pero el demonio ya se
había disparado de regreso hacia el cielo, un torbellino de alas curtidas,
emitiendo un chillido agudo de victoria. Jace no hizo ningún ruido en absoluto;
Clary podía ver sus botas colgando, inmóviles. ¿Estaba muerto?
Su visión se volvió blanca. Clary se volvió hacia Alec, quien ya tenía su
arco fuera, con una flecha en la mira, listo.
—¡Dispara! —gritó.
Se dio la vuelta como un bailarín, escudriñando el cielo.
—No puedo conseguir un tiro limpio, está demasiado oscuro, podría
golpear a Jace…
El látigo de Isabelle se desenrolló de su mano, alambre brillando
tenuemente, extendiéndose hacia arriba, imposiblemente hacia arriba. Su
brillante luz iluminó el cielo nublado, y Clary oyó el gritó del demonio de
nuevo, esta vez era un agudo grito de dolor. La criatura estaba girando en el
aire, cayendo una y otra vez, con Jace atrapado en su agarre. Sus garras estaban
hundidas profundamente en su espalda, ¿o estaba enredado en ella? Clary creyó
ver el brillo de un cuchillo serafín o simplemente podría haber sido el brillo del
látigo que Izzy mientras éste se extendía hacia arriba y luego caía de regreso a
la tierra en un espiral de humo.
Alec maldijo, y dejó volar una flecha. Disparó hacia arriba, atravesando
la oscuridad, un segundo después, una jadeante masa oscura se desplomó en la
tierra y golpeó el suelo con un ruido sordo que levantó una nube de polvo de
cenizas.
Todos miraron. Extendido, el demonio era grande, casi del tamaño de un
caballo, de un color verde oscuro, con un cuerpo parecido a una tortuga.
Flácido, con alas curtidas, seis extremidades con garras parecidas a ciempiés y
un largo tallo de un cuello que terminaba en un círculo de ojos y dientes
afilados e irregulares. El eje de la flecha de Alec sobresalía a un lado.
Jace estaba de rodillas sobre su espalda, con un cuchillo serafín en su
mano. La hundió en la parte posterior del viscoso cuello de la criatura, una y
otra vez, enviando pequeños géiseres de icor negro que salpicaban su ropa y
rostro. El demonio dio un gorjeo chirriante y se desplomó, sus múltiples ojos
rojos sin luz y en blanco.
Jace de rodillas sobre su espalda, respirando con dificultad. El cuchillo
serafín ya se había empezado a deformar y a retorcerse con el icor; lo arrojó a
un lado y miró estoicamente al pequeño grupo de sus amigos, todos mirándolo
con expresiones de asombro.
—Eso —dijo—, fue lo que me molestó.
Alec hizo un sonido entre mitad quejido mitad insulto, y bajó su arco. Su
cabello negro estaba pegado a su frente con sudor.
—No tienen que lucir todos preocupados —dijo Jace—. Lo estaba
haciendo bien.
Clary, mareada, se quedó sin aliento.
—¿Bien? Si tu definición de “bien” de repente incluye convertirse en el
aperitivo de una tortuga muerta voladora, entonces vamos a intercambiar unas
palabras, Jace Lightwood…
—No desapareció —interrumpió Simon, luciendo tan aturdido como el
resto de ellos—. El demonio. No desapareció cuando lo mataste.
—No —dijo Isabelle—. Lo que significa que la dimensión de su hogar
está aquí. —Su cabeza estaba echada hacia atrás, analizando el cielo. Clary
podía ver el destello de la runa de clarividencia recién aplicada en su cuello—.
Y al parecer estos demonios pueden salir a la luz del día. Probablemente porque
el sol aquí está casi bloqueado. Tenemos que salir de esta zona.
Simon tosió ruidosamente.
—¿Qué estaban diciendo todos acerca de que refugiarse en las cuevas era
una mala idea?
—En realidad sólo fue Jace —dijo Alec—. Parece una buena idea para mí.
Jace los miró a ambos, y se pasó una mano por el rostro, manchando su
mejilla de icor negro.
—Vamos a revisar las cuevas. Encontraremos una pequeña, y la
exploraremos a fondo antes de que descansemos. Tomaré la primera guardia.
Alec asintió y comenzó a moverse hacia la entrada de la cueva más
cercana. El resto de ellos lo siguió; Clary caminó al lado de Jace. Él estaba
callado, perdido en sus pensamientos, bajo la espesa capa de nubes, su cabello
brillaba en un oro opaco, y pudo ver las masivas rasgaduras en la parte
posterior de su chaqueta ajustada donde las garras del demonio lo habían
sostenido. La comisura de su boca se arqueó de repente.
—¿Qué? —demandó Clary—. ¿Es algo divertido?
—¿Tortuga muerta voladora? —dijo él—. Sólo tú dirías eso.
—¿Sólo yo? ¿Es bueno o malo? —preguntó mientras llegaban a la
entrada de la cueva, alzándose ante ellos como una oscura boca abierta.
Incluso en las sombras su sonrisa era caprichosa.
—Es perfecto.
Avanzaron sólo unos pocos metros dentro del túnel antes de que
encontraran el camino bloqueado con una puerta de metal. Alec maldijo,
mirando hacia atrás por encima de su hombro. La entrada de la cueva estaba
justo detrás de ellos, y a través de ella Clary podía ver el cielo naranja y negro,
rodeado de formas.
—No, esto es bueno —dijo Jace, dando un paso más cerca de la puerta—.
Miren, runas.
Las runas estaban indudablemente trabajadas en las curvas del metal:
algunas eran familiares, otras no las conocía Clary. Aun así, le hablaban de
protección, de defenderse de las fuerzas demoniacas, como un susurro en la
parte posterior de su cabeza.
—Son runas de protección —dijo—. Protección contra los demonios.
—Bien —dijo Simon, echando otra mirada ansiosa hacia atrás sobre su
hombro—. Porque los demonios están llegando y rápido.
Jace lanzó una mirada detrás de ellos, y luego se apoderó de la puerta y
le dio un tirón. La cerradura estalló, derramando láminas de óxido. Tiró de
nuevo, más fuerte, y la puerta se abrió; las manos de Jace relucían con una luz
contenida, y el metal donde la había tocado parecía ennegrecido.
Se sumergió más allá de la oscuridad, y los otros lo siguieron, Isabelle
buscando su piedra de luz mágica. Simon entró después y Alec fue el último,
estirándose para cerrar la puerta de golpe detrás de ellos. Clary se tomó un
momento para añadir una runa de bloqueo, sólo para estar más seguros.
La piedra de luz mágica de Izzy se encendió, iluminando el hecho de que
estaban de pie en un túnel que serpenteaba hacia la oscuridad. Las paredes eran
lisas, de mármol gneis, talladas una y otra vez con runas de protección,
santidad y defensa. El piso era de piedra pulida, fácil para caminar. El aire se
hizo más claro a medida que se abrían paso más dentro de la montaña, la
impureza de la niebla y de demonios lentamente retrocedió hasta que Clary
estaba respirando con más facilidad de lo que lo había hecho desde que habían
llegado a este reino.
Salieron por fin a un gran espacio circular, claramente elaborado por
manos humanas. Lucía como el interior de una cúpula de una catedral:
redonda, con un enorme techo abovedado. Había un viejo fogón de piedra en el
centro de la sala. Blancas gemas de piedra se habían fijado en el techo. Brillaban
suavemente, iluminando la habitación con una luz tenue. Isabelle bajó la luz
mágica, dejando que se apagase en su mano.
—Creo que este lugar fue un escondite —dijo Alec en voz baja—. Una
especie de albergue para quien se refugiase aquí, estuviera a salvo de los
demonios.
—Quien vivió aquí conocía las runas mágicas —dijo Clary—. No las
reconozco todas, pero puedo sentir lo que significan. Son runas sagradas, como
las de Raziel.
Jace se descolgó la mochila de los hombros y dejó que se deslizara hasta
el suelo.
—Dormiremos aquí esta noche.
Alec parecía dubitativo.
—¿Crees que es seguro?
—Exploraremos el túnel —dijo Jace—. Clary, ven conmigo. Isabelle y
Simon, tomen el corredor este. —Él frunció el ceño—. Bueno, vamos a llamarlo
el corredor este. Esperemos que esto siga funcionando en los reinos
demoníacos. —Golpeó la runa de orientación en su antebrazo, una de las
primeras Marcas que la mayoría de los Cazadores de Sombras recibían.
Isabelle dejó caer su mochila, sacó dos cuchillos serafines y los deslizó en
fundas a su espalda.
—Bien.
—Iré con vosotros —dijo Alec, mirando a Isabelle y Simon con ojos
suspicaces.
—Si deseas hacerlo —dijo Isabelle, con exagerada indiferencia—. Te
advierto que estaremos besándonos en la oscuridad. Pondremos fin a la
abstinencia de besos.
Simon la miró sorprendida.
—Estaremos… —empezó a decir Simon, pero Isabelle le pisoteó el pie y
se calló.
—¿“Abstinencia de besos”? —preguntó Clary.
Alec parecía enfermo.
—Supongo que me quedaré aquí.
Jace sonrió y le lanzó una estela.
—Enciende el fuego —dijo—. Cocina un pastel o algo. Esta caza
demoníaca te deja hambriento.
Alec llevó la estela a la arena del fogón de piedra y comenzó a dibujar la
runa de fuego. Parecía estar murmurando algo acerca de cómo no le gustaría a
Jace despertarse por la mañana con todo su pelo afeitado.
Jace sonrió a Clary. Bajo el icor y la sangre, era un fantasma de su vieja y
pícara sonrisa, pero con eso bastaba. Clary sacó a Eósforo. Simon e Isabelle ya
habían desaparecido por el túnel orientado al este, ella y Jace tomaron el otro
camino, el cual se inclinaba ligeramente hacia abajo.
A medida que bajaron simultáneamente, Clary oyó a Alec gritar detrás
de ellos:
—¡Y las cejas, también!
Jace rio secamente.
Maia no estaba segura de lo que había pensado sobre cómo sería ser el
líder de una manada, pero no se lo imaginaba así.
Estaba sentada en la gran recepción del vestíbulo del edificio del
segundo distrito policial, con Bat en la silla giratoria detrás de ella,
pacientemente explicándole los diversos aspectos de la administración de la
manada de lobos: cómo se comunican con los miembros restantes del Praetor
Lupus en Inglaterra, el envío de mensajes a Idris, e incluso cómo se las
arreglaban con los pedidos hechos en el restaurante Jade Wolf. Ambos
levantaron la vista cuando las puertas se abrieron de golpe y una mujer bruja de
piel azul en un uniforme de enfermera entró en la habitación, seguida por un
hombre alto con un magnífico abrigo negro.
—Catarina Loss —dijo Bat, a modo de presentación—. Nuestra nueva
líder de la manada, Maia Roberts…
Catarina le despidió con un gesto. Ella era demasiado azul, casi de color
zafiro y tenía el brillante cabello blanco en un moño. Su uniforme tenía diseños
de camiones en él.
—Él es Malcolm Fade —dijo, señalando al hombre alto a su lado—. Brujo
Mayor de Los Ángeles.
Malcolm Fade inclinó la cabeza. Tenía rasgos angulosos, el pelo del color
del papel y sus ojos eran de color púrpura. Realmente eran de color púrpura, un
color que ningún humano poseía. Era atractivo, pensó Maia, si te gustaba ese
tipo de cosas.
—¡Magnus Bane ha desaparecido! —anunció, como si fuera el título de
un libro de ilustraciones.
—Luke también —dijo Catarina con gravedad.
—¿Desaparecidos? —repitió Maia—. ¿Qué quiere decir con que han
desaparecido?
—Bueno, no están desaparecidos exactamente. Fueron secuestrados —
dijo Malcolm y Maia dejó caer la pluma que sostenía—. ¿Quién sabe dónde
podrían estar? —Lo dijo como si todo el asunto fuera más bien fascinante, triste
por no poder ser parte de ello.
—¿Sebastian Morgenstern es el responsable? —preguntó Maia a
Caterina.
—Sebastian ha capturado a todos los representantes Subterráneos:
Meliorn, Magnus, Raphael y Luke. Y Jocelyn, también. Dice que los retendrá a
menos que la Clave se comprometa a entregarle a Clary y Jace.
—¿Y si ellos no acceden? —preguntó Leila. La dramática entrada de
Catarina atrajo la atención de la manada y fueron llenando la habitación,
apiñándose en el hueco de la escalera, acurrucándose junto al escritorio en la
curiosa forma de licántropos.
—Entonces matará a los representantes —dijo Maia—. ¿Cierto?
—La Clave debe saber que si Sebastian hace eso, entonces los
Subterráneos se rebelarán —dijo Bat—. Sería equivalente a decir que las vidas
de cuatro Subterráneos valen menos que la seguridad de dos Cazadores de
Sombras.
No sólo eran dos Cazadores de Sombras, pensó Maia. Jace era difícil e
irritable, y Clary se había sido reservada en un principio, pero había luchado
con ella y por ella, habían salvado su vida y ella había salvado la de ellos.
—Entregando a Jace y Clary podría significarles la muerte —dijo Maia—.
Y no hay garantía que tengamos de vuelta a Luke. Sebastian miente.
Los ojos de Catarina brillaron.
—Si la Clave al menos no tiene un plan para rescatar a Magnus y a los
otros, no sólo perderán los Subterráneos de su Concejo. También perderán los
Acuerdos.
Maia se quedó callada por un momento; era consciente que todos los ojos
estaban puestos en ella. Los otros lobos observaban su reacción. La reacción de
su líder.
Ella se enderezó.
—¿Qué han dicho los brujos? ¿Qué están haciendo? ¿Qué pasa con las
Hadas y los Hijos de la Noche?
—La mayoría de los Subterráneos no lo sé —dijo Malcolm—. Resulta que
tengo un informante y compartí la noticia con Catarina por Magnus. Pensé que
ella debería saberlo. Quiero decir, este tipo de cosas no sucede todos los días.
¡Secuestro! ¡Rescates! ¡Amor, escindido por la tragedia!
—Cállate, Malcolm —dijo Catarina—. Es por eso que nadie te toma en
serio.
Se volvió hacia Maia.
—Mira. La mayoría de los Submundos sabe que los Cazadores de
Sombras hicieron sus maletas y se fueron a Idris, por supuesto; sin embargo, lo
que no saben es por qué. Están esperando noticias de sus representantes, que por
supuesto no han llegado.
—Pero esa situación no será así por siempre —dijo Maia—. Los
Submundos se enterarán.
—Sí, lo harán —dijo Malcolm, luciendo como si estuviera tratando duro
de ser serio—. Pero conoces a los Cazadores de Sombras, se reservan las cosas
para sí mismos. Todo el mundo sabe sobre Sebastian Morgenstern, por
supuesto, y del Nefilim Oscuro, pero los ataques a los Institutos se han
mantenido en secreto.
—Tienen a los brujos del Laberinto en Espiral trabajando en una cura
para los efectos de la Copa Infernal, pero incluso ellos no saben qué tan urgente
es la situación, o lo que está ocurriendo en Idris —dijo Catarina—. Me temo que
los Cazadores de Sombras se destruirán con su propio secreto. —Se veía aún
más azul que antes, el color parecía cambiar con su estado de ánimo.
—Entonces ¿por qué acudieron ante nosotros, ante mí? —preguntó Maia.
—Porque Sebastian ya te envió su mensaje por medio del ataque contra
el Praetor —respondió Catarina—. Y sabemos que eres cercana a los Cazadores
de Sombras, el Inquisidor y la propia hermana de Sebastian, por ejemplo. Sabes
tanto como nosotros, tal vez más, sobre lo que está pasando.
—No sé mucho —admitió Maia—. Con las protecciones alrededor de
Idris ha sido difícil que pasen los mensajes.
—Podemos ayudar con eso —dijo Catarina—. ¿Cierto, Malcolm?
—¿Humm? —Malcolm estaba de brazos cruzados, vagando alrededor de
la estación, deteniéndose a mirar las cosas que Maia veía todos los días: una
barandilla, una teja agrietada en la pared, un panel de la ventana de cristal,
como si esas cosas le diesen una revelación. La manada lo observó con
perplejidad.
Catarina suspiró.
—No le hagas caso —le dijo a Maia en voz baja—. Es muy poderoso,
pero algo le sucedió a principios del siglo pasado y nunca se ha recuperado del
todo desde entonces. Es bastante inofensivo.
—¿Ayudaremos? Por supuesto que podemos ayudar —dijo Malcolm,
dándose la vuelta para enfrentarlos—. ¿Necesitas entregar un mensaje? Siempre
hay gatitos mensajeros.
—¿Te refieres a las palomas? —dijo Bat—. Palomas mensajeras.
Malcolm negó con la cabeza.
—Gatitos mensajeros. Son tan lindos, nadie puede negarlo. Arreglan
problemas con ratones también.
—No tenemos un problema con ratones —dijo Maia—. Tenemos un
problema megalómano. —ella miró a Catarina—. Sebastian está decidido a
plantar discordias entre los Subterráneos y los Cazadores de Sombras . No se
detendrá con secuestrar a los representantes y atacar el Praetor. Todos los
Submundos sabrán muy pronto lo que está pasando. La pregunta es, ¿qué
sucederá después?
—¡Pelearemos con valentía junto a ti! —anunció Malcolm. Catarina lo
miró sombríamente y él se acobardó—. Bueno, pelearemos con valentía cerca de
ti. O por lo menos, al alcance del oído.
Maia le dio una mirada dura.
—¿Así que no hay garantías básicamente?
Malcolm se encogió de hombros.
—Los brujos son independientes. Y difícil de convencer. Al igual que los
gatos, pero sin colas. Bueno, hay algunos con colas. Yo no tengo una…
—Malcolm —dijo Catarina.
—El problema es —dijo Maia—, o bien los Cazadores de Sombras ganan
o Sebastian, y si él lo hace, vendrá por nosotros, por todos los Subterráneos.
Todo lo que quiere es convertir este mundo en un páramo de cenizas y huesos.
Ninguno de nosotros sobrevivirá.
Malcolm parecía ligeramente alarmado, aunque ni de lejos tan alarmado,
pensó Maia, como debería estarlo. Su aspecto abrumador era de una inocente
alegría infantil, él no tenía el aspecto de sabiduría picara de Magnus. Se
preguntó cuántos años tendría.
—No creo que podamos entrar en Idris para luchar al lado de ellos, como
lo hicimos antes —Maia continuó—. Pero podemos tratar de hacer correr la voz.
Llegar a otros Submundos antes que Sebastian. Él tratará de reclutarlos,
tenemos que hacerles entender lo que al unirse a él significaría.
—La destrucción de este mundo —dijo Bat.
—Hay altos brujos en varias ciudades, probablemente considerarían el
asunto. Pero somos seres solitarios, como dijo Malcolm —respondió Catarina—.
Es poco probable que pueda llegar a hablar con alguno de nosotros, las Hadas,
nunca lo hacen.
—¿Y a quién le importa lo que hagan los vampiros? —espetó Leila—.
Ellos son leales a ellos mismo, de todos modos.
—No —dijo Maia después de un momento—. No, pueden ser leales.
Tenemos que encontrarnos con ellos. Es hora de que los líderes de la manada de
Nueva York y el clan vampiro formen una alianza.
Un murmullo corrió por la habitación. Hombres lobo y vampiros no
dialogaban a menos que fuese por una fuerza mayor exterior, como la Clave.
Alargó la mano hacia Bat.
—Pluma y papel —dijo ella, y él se lo tendió. Ella garabateó una nota
rápida, arrancó una hoja de papel y se la entregó a uno de los lobos más
jóvenes—. Llévale esto a Lily al Dumort —dijo ella—. Dile que la quiero
conocer con Maureen Brown. Ella puede elegir un lugar neutral, lo
aprobaremos antes de la reunión. Diles que debe ser lo más pronto posible. Las
vidas de nuestro representante y la de ellos puede depender de ello.
—Quiero estar enojada contigo —dijo Clary. Estaban caminando por el
túnel serpenteante, Jace estaba sosteniendo su luz mágica, con su luz
guiándolos. Recordó la primera vez que él le entregó una de las suaves piedras
lisas en su mano. Todos los Cazadores de Sombras tienen una piedra-runa de luz
mágica.
—¿Ah, sí? —dijo Jace, echando una mirada cautelosa hacia ella. El suelo
bajo sus pies estaba pulido suavemente y las paredes del corredor se curvaban
hacia el interior admirablemente. Cada pocos metros una nueva runa estaba
tallada en la piedra—. ¿Por qué?
—Por arriesgar tu vida —dijo—. Excepto que no tenía intención de
hacerlo. Estabas ahí parado y el demonio te agarró. Admítelo, fue porque
estabas siendo odioso con Simon.
—Si un demonio me agarrase cada vez que estoy siendo odioso con
Simon, habría muerto el día que me conociste.
—Es solo que... —Ella negó con la cabeza. Su visión estaba borrosa por el
cansancio y su pecho le dolía de añoranza por su madre, por Luke. Por su
hogar—. No sé cómo me metí en esto.
—Probablemente podríamos regresar —dijo Jace—. Directamente al
corredor de las Hadas, a la izquierda en el pueblo diezmado, a la derecha de la
llanura maldita de los condenados, dando un giro en U a la pila de demonios
muertos…
—Sabes lo que quiero decir. No sé cómo llegué aquí. Mi vida era normal.
Yo era normal…
—Nunca has sido normal —dijo Jace, con voz muy tranquila. Clary se
preguntó si alguna vez dejaría de marearse por sus repentinas transformaciones
de sentido del humor a la seriedad y viceversa.
—Yo quería serlo. Quería tener una vida normal. —Ella se miró a sí
misma, botas polvorientas, su traje manchado y sus armas relucientes en su
cinturón—. Ir a la escuela de arte.
—¿Y casarte con Simon? ¿Tener seis hijos? —Hubo un ligero filo en la
voz de Jace ahora. El corredor tenía un giro brusco a la derecha y él desapareció
en él. Clary apretó el paso para alcanzarlo…
Y jadeó. Habían salido del túnel para llegar a una enorme caverna, medio
llena de agua por un lago subterráneo. La caverna se extendía hacia las
sombras. Era hermosa, la primera cosa hermosa que Clary había visto desde
que habían entrado en el reino demoníaco. El techo de la cueva estaba lleno de
estalactitas, formadas por años de agua goteando, y éstas brillaban por el
intenso resplandor azul del musgo bio-luminiscente. El agua era tan azul, del
color de un profundo crepúsculo resplandeciente, con pilares de cuarzo
sobresaliendo aquí y allá como varas de cristal.
El camino se abría en una playa poco profunda de arena fina, muy fina,
casi tan suave como la ceniza, que llegaba hasta el agua. Jace se dirigió a la
playa y se agachó al lado del agua, metiendo sus manos en ella. Clary se puso
detrás de él, con las botas levantando nubes de arena y se arrodilló mientras él
se echaba agua en la cara y en el cuello, fregando las manchas del icor negro.
—Ten cuidado… —Ella le tomó del brazo—. El agua podría estar
envenenada.
Él negó con la cabeza.
—No lo está. Mira debajo de la superficie.
El lago estaba claro, como el cristal. El fondo era de piedra lisa, tallado
por todas partes con runas que emitían un débil resplandor. Eran runas que
hablaban de pureza, curación y protección.
—Lo siento —dijo Jace, sacándola de su ensimismamiento. Tenía el pelo
mojado, pegado a las curvas cerradas de los pómulos y las sienes—. No debería
haber dicho lo de Simon.
Clary puso las manos en el agua. Pequeñas ondulaciones se extendieron
a partir del movimiento de sus dedos.
—Debes saber que no me arrepiento por una vida diferente —dijo—.
Porque esta vida me llevó a ti. —Ella ahuecó sus manos, llevando el agua a la
boca. El agua estaba fría y dulce, reviviendo su decaída energía.
Él le dedicó una de sus sonrisas reales, no sólo una sonrisita a medias.
—Esperemos que no sea sólo por mí.
Clary buscó las palabras.
—Esta es la vida real —dijo—. La otra vida fue una mentira. Un sueño.
Es sólo eso...
—No has dibujado —dijo—. No desde que comenzaste a entrenar. No en
serio.
—No —dijo ella en voz baja, porque era cierto.
—A veces me pregunto —dijo—. Mi padre, Valentine, amaba la música.
Él me enseñó a tocar. Bach, Chopin, Ravel. Y recuerdo una vez haberle
preguntado por qué los compositores eran mundanos. No había Cazadores de
Sombras que hubieran compuesto música. Y él dijo que en sus almas, los
mundanos tienen una chispa creativa, pero en nuestras almas tenemos la chispa
de un guerrero, y que ambas chispas no pueden existir en el mismo lugar, o una
extingue a la otra.
—¿Entonces piensas que el Cazador de Sombras que hay en mí... está
extinguiendo el artista que hay en mí? —dijo Clary—. Pero mi madre pintó…
quiero decir, pinta. —Ignoró el dolor ante la idea de pensar en Jocelyn en
tiempo pasado, aunque fuese brevemente.
—Valentine dijo que eso era lo que el Cielo le había dado a los
mundanos, el arte y el don de la creación —dijo Jace—. Que eso los hacía
valiosos para ser protegidos. No sé si hay algo de verdad en todo eso —
agregó—. Pero si la gente tiene una chispa en ellos, entonces tu chispa es la más
brillante que conozco. Sé que puedes luchar y dibujar. Y lo harás.
Impulsivamente Clary se inclinó para darle un beso. Los labios de él
estaban fríos. Él sabía a agua dulce y a Jace; habría hecho el beso más duradero,
pero una corriente incómoda, como la electricidad estática, pasó entre ellos; ella
se echó hacia atrás, con los labios heridos.
—Auch —dijo con tristeza, él se veía miserable. Extendió la mano para
tocarle el cabello húmedo.
—Antes, en la puerta. Vi las chispas en tus manos. El fuego celestial…
—No tengo todo bajo control aquí, no como lo tenía en casa —dijo Jace—
. Hay algo en este mundo. Se siente como que está empujando el fuego cerca de
la superficie. —Miró sus manos, donde el brillo se desvanecía—. Creo que
ambos tenemos que tener cuidado. Este lugar nos va a afectar más que a los
otros. Una mayor concentración de sangre de ángel.
—Vamos a ser cuidadosos. Puedes controlarlo. Recuerda los ejercicios
que Jordan hizo contigo…
—Jordan está muerto. —Su voz era tensa mientras se levantaba,
sacudiéndose la arena de la ropa. Le tendió una mano para ayudarla a
levantarse del suelo.
—Vamos —dijo—. Volvamos con Alec antes de que decida que Isabelle y
Simon están teniendo relaciones sexuales afuera de las cuevas y empiece a
volverse loco.
—Sabes que todo el mundo estará pensando que estamos afuera
teniendo sexo —dijo Simon—. Probablemente se estarán volviendo locos.
—Ajá —dijo Isabelle. El brillo de su luz mágica rebotó en las paredes con
runas de la cueva.
—Como si nos gustara tener relaciones sexuales en una cueva rodeada
de hordas de demonios. Ésta es la realidad, Simon, no tu afiebrada imaginación.
—Hubo un tiempo en mi vida en que la idea de poder tener sexo algún
día parecía más probable que estar rodeado por hordas de demonios, tendrías
que saberlo —dijo, maniobrando en torno a un montón de piedras destruidas.
Todo el lugar le recordaba a un viaje que había tomado con su madre y Rebecca
a las Cavernas Luray en Virginia, en la escuela media. Podía ver el brillo del
mineral en las rocas con su vista de vampiro; no necesitaba la luz mágica de
Isabelle para guiarlo, pero se imaginó que ella sí, así que no dijo nada al
respecto.
Isabelle murmuró algo, no estaba seguro de qué, pero tenía la sensación
de que no era halagador.
—Izzy —dijo—. ¿Hay alguna razón por la que estés tan enojada
conmigo?
Sus siguientes palabras salieron en un rápido suspiro que sonó como:
—No se suponía que estuvieras aquí.
Incluso con su oído amplificado, no podía tener sentido.
—¿Qué?
Ella se dio la vuelta.
—¡No se suponía que estuvieras aquí! —dijo ella, su voz rebotando en las
paredes del túnel—. Cuando te dejamos en Nueva York, fue para que estuvieras
seguro…
—No quiero estar a salvo —dijo—. Quiero estar contigo.
—Tú quieres estar con Clary.
Simon hizo una pausa. Estaban uno frente al otro en medio del túnel,
ambos inmóviles ahora, las manos de Isabelle en puños.
—¿De eso se trata? ¿Clary?
Ella se quedó en silencio.
—No amo a Clary de esa manera —dijo—. Ella fue mi primer amor, mi
primer desamor. Pero lo que siento por ti es totalmente diferente… —Levantó
una mano cuando ella empezó a negar con la cabeza—. Escúchame, Isabelle —
dijo. —Si me pides que elija entre tú y mi mejor amiga, entonces sí, no voy a
elegir. Porque nadie que me ame me obligaría a mí a hacer esa elección sin
sentido; sería como pedirte que eligieras entre tú y Alec. ¿Me molesta ver a Jace
y Clary juntos? No, no en absoluto. A su manera increíblemente rara son únicos
para cada uno. Ellos se pertenecen. Yo no pertenezco a Clary, no de esa forma.
Yo te pertenezco.
—¿Tú quieres decir eso? —dijo ruborizada, el color subiendo a sus
mejillas.
Él asintió con la cabeza.
—Ven aquí —dijo ella, dejándola tirar de él hacia ella, la rigidez de la
pared de la cueva detrás de ellos le obligaba a curvar su cuerpo contra el suyo.
Sintió deslizar su mano por debajo de la parte posterior de su camiseta, sus
cálidos dedos golpeando suavemente sobre las protuberancias de su columna
vertebral. Su respiración agitó su pelo, y su cuerpo se agitó, sólo por estar tan
cerca de ella.
—Isabelle, te am…
Ella le dio una palmada en el brazo, pero no fue una bofetada enojada.
—Ahora no.
Él le acarició hacia abajo por el cuello, sintiendo el dulce olor de su piel y
de su sangre.
—Entonces, ¿cuándo?
De repente, se echó hacia atrás, haciéndole sentir una desagradable
sensación, como haber tenido un vendaje y que se arrancara sin ninguna
contemplación.
—¿Has oído eso?
Estaba a punto de sacudir la cabeza, cuando lo oyó, sonaba como un
susurro y un grito, que venía de la parte del túnel que no habían explorado.
Isabelle echó a correr, su luz mágica rebotando violentamente contra las
paredes, y Simon maldiciendo el hecho de que los Cazadores de Sombras eran
Cazadores de Sombras por encima de todo, la siguió.
El túnel tenía sólo una curva más, antes de que terminara en los restos de
una puerta de metal destrozada. Más allá de lo que quedaba de la puerta, había
una meseta de piedra que descendía hasta un paisaje arruinado. La meseta era
áspera, cubierta de grava con rocas y montones de piedra erosionada. Cuando
se encontró con la arena de allí abajo, el desierto comenzaba de nuevo,
salpicado aquí y allá con árboles retorcidos, de color negro. Algunas de las
nubes se habían despejado, e Isabelle, mirando hacia arriba, hizo un pequeño
ruido jadeante.
—Mira la Luna —dijo.
Simon miró y se estremeció. No era tanto una luna sino lunas, como si la
propia luna se hubiese agrietado en tres pedazos. Flotando, con bordes
irregulares, como dientes de tiburón dispersos en el cielo. Cada uno con un
brillo opaco, y en la luz de esa luna rota, la visión vampira de Simon observó
los movimientos circulares de unas criaturas. Algunas parecían como la cosa
voladora que se había apoderado de Jace antes; otros tenían un aspecto
claramente más de insecto. Todos eran horribles. Tragó saliva.
—¿Qué ves? —preguntó Isabelle, sabiendo que incluso una runa de vista
a larga distancia no le daría una mejor visión que a Simon, especialmente aquí,
donde las runas se desvanecían tan rápidamente.
—Hay demonios por doquier. Muchos. Sobre todo demonios voladores.
El tono de Isabelle era sombrío.
—Así que ellos pueden salir durante el día, pero son más activos durante
la noche.
—Sí —Simon forzó la vista. —Hay más. Hay una meseta de piedra que
va en esa dirección, y luego desciende y hay algo detrás de ello, algo brillante.
—¿Un lago tal vez?
—Tal vez —dijo Simon—. Casi parece como…
—¿Cómo qué?
—Como una ciudad —dijo a regañadientes—. Al igual que una ciudad
de demonios.
—Oh. —Vio las consecuencias de esto golpear a Isabelle, y por un
momento se puso pálida; entonces, siendo Izzy, se enderezó y asintió con la
cabeza, dándole la espalda, lejos de las ruinas destrozadas y rotas de aquel
mundo—. Será mejor volver y decírselo a los demás.
Estrellas talladas en granito estaban colgadas del techo con cadenas de
plata. Jocelyn yacía en el camastro de piedra que servía de cama y miró hacia
ellas.
Había gritado hasta quedarse ronca, arañó la puerta gruesa, hecha de
roble con bisagras y tornillos de acero, hasta que sus manos sangraban; buscó
entre sus cosas la estela, y golpeó su puño contra la pared con tanta fuerza que
tenía moretones por todo su antebrazo.
No había ocurrido nada. Casi lo había esperado. Si Sebastian no fuera
nada parecido a su padre, y Jocelyn esperaba que él tuviera un gran parecido a
su padre, entonces él no hubiera sido tan minucioso.
Minucioso y creativo. Había encontrado los pedazos de su estela en un
montón en una de las esquinas, destrozada e inutilizable. Todavía llevaba la
misma ropa que había usado en la parodia de cena de Meliorn, pero habían
tomado sus zapatos. Su cabello había sido cortado hasta justo debajo de los
hombros, con los extremos irregulares, como si hubiera sido cortado con una
navaja sin filo.
Las pequeñas y coloridas crueldades que hablaban de su naturaleza
terrible. Al igual que Valentine, Sebastian esperaría para conseguir lo que
quería, pero él alargaría el dolor.
La puerta se sacudió y se abrió. Jocelyn se puso de pie, pero Sebastian ya
estaba en la habitación. La puerta se cerró firmemente detrás de él con el
chasquido del seguro. Él le sonrió.
—¿Finalmente despierta, madre?
—He estado despierta —dijo ella. Puso un pie cuidadosamente detrás del
otro, dándose equilibrio y apalancamiento.
Él soltó un bufido.
—No te molestes —dijo—. No tengo ninguna intención de atacarte.
Ella no dijo nada, sólo lo observó mientras se paseaba cerca. La luz que
inundaba a través de las estrechas ventanas era lo suficientemente brillante
como para reflejar su pelo blanco pálido, para iluminar los planos de su rostro.
Pudo ver un poco de sí misma allí. Él era todo Valentine. La cara de Valentine,
los ojos negros, los gestos de un bailarín o de un asesino. Sólo su cuerpo, alto y
delgado, era de ella.
—Tu hombre lobo está seguro —dijo—. Por ahora.
Jocelyn ignoró resueltamente el rápido salto que hizo su corazón. No
debía mostrar nada en su cara. Las emociones son debilidad… había sido la
lección de Valentine.
—Y Clary —dijo—. Clary también está segura. Si te preocupa, por
supuesto. —Se paseó a su alrededor, lentamente, dando un círculo—. Nunca
podría estar completamente seguro. Después de todo, con una madre lo
suficientemente despiadada como para abandonar a uno de sus hijos…
—¡No eres mi hijo! —le espetó, y luego cerró la boca bruscamente. No se
lo pongas fácil, pensó. No vuelvas a mostrar debilidad. No le des lo que quiere.
—Y sin embargo, guardaste la caja —dijo—. Sabes a qué caja me refiero.
La dejé en la cocina de Amatis para ti; un pequeño regalo, algo que te recuerde
a mí. ¿Cómo te sentiste cuando te enteraste de eso? —Sonrió, y no había nada
en su sonrisa de Valentine, tampoco. Valentine había sido humano, él había
sido un monstruo humano. Sebastian era otra cosa.
»Sé que la sacabas todos los años, que llorabas sobre ella —dijo—. ¿Por
qué hacías eso?
Ella no dijo nada, y él alcanzó por encima del hombro la empuñadura de
la espada Morgenstern, atada a su espalda.
—Te sugiero que me contestes —dijo—. No tengo ningún reparo en
cortarte los dedos, uno por uno, y utilizarlos como el borde de una pequeña
alfombra.
Tragó saliva.
—Lloré sobre la caja, porque mi hijo me fue robado.
—Un niño que nunca te importó.
—Eso no es verdad —dijo—. Antes de que nacieras, yo te amaba, a la
idea de ti. Te amé cuando sentí los latidos de tu corazón en mi interior.
Entonces naciste y eras…
—¿Un monstruo?
—Tú alma estaba muerta —dijo—. Pude verlo en tus ojos cuando te miré.
—Cruzó los brazos sobre el pecho, reprimiendo el impulso de temblar—. ¿Por
qué estoy aquí?
Sus ojos brillaban.
—Dímelo tú, ya que me conoces tan bien, madre.
—Meliorn nos drogó —dijo—. Deduzco que a partir de sus acciones las
Hadas son tus aliados. Lo han sido durante algún tiempo. Ellos creen que vas a
ganar la guerra contra los Cazadores de Sombras y desean estar en el lado
ganador; además, han estado resentidos con los Nefilim durante más tiempo y
con más fuerza que cualquier otro subterráneo. Ellos han ayudado en los
ataques a los Institutos; han incrementado sus filas, mientras que tú has
reclutado nuevos Cazadores de Sombras con la Copa Infernal. Al final, cuando
hayas crecido lo suficiente, los traicionaras y destruirás, porque los desprecias
de corazón. —Hubo una larga pausa, mientras lo miraba
desapasionadamente—. ¿Estoy en lo cierto?
Ella vio el salto del pulso en su garganta mientras exhalaba, y supo que
había acertado.
—¿Cuándo has adivinado todo eso? —dijo entre dientes.
—No me lo imagino. Te conozco. Conocí a tu padre, y eres como él, es su
crianza, no tu naturaleza.
Él todavía la estaba mirando, sus ojos insondables y negros.
—Si no hubieras pensado que estaba muerto —dijo—, si hubieras sabido
que estaba vivo, ¿te hubieses preocupado por mí? ¿Me habrías protegido?
—Yo quería tenerte —dijo—. Quería intentar criarte, enseñarte las cosas
correctas, cambiarte. Me culpo a mí misma por lo que eres. Siempre lo hago.
—¿Me habrías criado? —parpadeó, casi somnoliento—. ¿Me criarías aún
odiándome?
Ella asintió con la cabeza.
—¿Crees que yo habría sido diferente, entonces? ¿Más como ella?
Le tomó un momento antes de darse cuenta.
—Clary —dijo ella—. ¿Te refieres a Clary? —le hizo daño decir el
nombre de su hija; echaba mucho de menos a Clary, y al mismo tiempo estaba
aterrorizada por ella. Sebastian la amaba, pensó, si él amaba a alguien. Amaba a
su hermana, y si había alguien que sabía lo mortal que era ser amado por
alguien como Sebastian, era Jocelyn—. Nunca lo sabremos —dijo finalmente—.
Valentine te alejó de nosotras.
—Deberías haberme amado —dijo, y ahora sonaba petulante—. Yo soy
tu hijo. Tú me tienes que amar ahora, no importa lo que yo diga, si soy como
ella o no…
—¿En serio? —a Jocelyn se le entrecorto el aliento—. ¿Me amas? ¿Sólo
porque soy tu madre?
—Tú no eres mi madre —dijo, con una mueca en sus labios—. Ven. Mira
esto. Te voy a enseñar lo que mi verdadera madre me ha dado el poder de hacer.
Tomó una estela de su cinturón. Eso envió una sacudida a través de
Jocelyn, se olvidaba, a veces, que era un Cazador de Sombras , y podría usar las
herramientas de uno de ellos. Con la estela dibujó en la pared de piedra de la
sala. Runas, un diseño que reconoció. Algo que todos los Cazadores de Sombras
sabían hacer. La piedra empezó a volverse transparente, y Jocelyn se preparó
para ver lo que estaba más allá de las paredes.
En cambio, vio la habitación del Cónsul en el Gard, en Alicante. Jia
estaba sentada detrás de su enorme escritorio cubierto de montones de
archivos. Parecía exhausta, con el pelo negro generosamente salpicado de
hebras de color blanco. Tenía un expediente abierto sobre la mesa delante de
ella. Jocelyn podía ver fotografías de una playa: arena, el cielo azul grisáceo.
—Jia Penhallow —dijo Sebastian.
La cabeza de Jia se alzó. Ella se puso en pie, el archivo se deslizó al suelo
formando un lio de papeles
—¿Quién es? ¿Quién está ahí?
—¿No me reconoces? —dijo Sebastian, con una sonrisa en su voz.
Jia miró desesperadamente delante de ella. Era obvio que cualquier cosa
que estuviese viendo, la imagen no era clara.
—Sebastian —suspiró ella—. Pero no han pasado dos días todavía.
Jocelyn pasó junto a él.
—Jia —dijo—. Jia, no hagas caso a nada de lo que dice. Es un
mentiroso…
—Es demasiado pronto —dijo Jia, como si Jocelyn no hubiese hablado, y
ella se dio cuenta, para su horror, que Jia no podía verla o escucharla. Era como
si no estuviera allí.
—Puede que no tenga una respuesta para ti, Sebastian.
—Oh, yo creo que sí —dijo Sebastian—. ¿No es así?
Jia enderezó los hombros.
—Si insistes —dijo ella con frialdad—. La Clave ha discutido tu solicitud.
No te entregaremos ni a Jace Lightwood ni a Clarissa Fairchild…
—Clarissa Morgenstern —dijo Sebastian, con un espasmo en el musculo
de su mejilla—. Ella es mi hermana.
—Yo la llamo por el nombre que ella prefiera, así como a ti —dijo Jia—.
No vamos a hacer un trato de sangre contigo. No porque creamos que sea más
valiosa que la sangre de un subterráneo. No porque no queramos a nuestros
prisioneros de vuelta. Es porque no podemos tolerar tus tácticas de terror.
—Como si yo buscara tu aprobación —Sebastian se burló—. ¿Entiendes
lo que significa? Te podría mandar la cabeza de Luke Garroway en un palo.
Jocelyn sintió como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el
estómago.
—Lo harías —dijo Jia—. Pero si le haces daño a cualquiera de los
prisioneros, será una guerra a muerte. Y créeme que tienes tanto que temer de
una guerra con nosotros como nosotros de una guerr
—Oh, hubiera sido más conveniente si hubieras decidido entregarlos —
dijo Sebastian—. Menos problemas para mí. Menos problemas para todos
nosotros. Pero es demasiado tarde ahora, ya ves… ya se han ido.
Hizo girar su estela, y la ventana que se había abierto al mundo de
Alicante se cerró en la cara asombrada de Jia. La pared era un suave lienzo de
piedra blanca una vez más.
—Bueno —dijo, deslizando la estela en el cinturón de armas—. Eso fue
divertido, ¿no crees?
Jocelyn tragó contra su garganta seca.
—Si Jace y Clary no se encuentran en Alicante, ¿dónde están? ¿Dónde
están, Sebastian?
Él la miró por un momento, y luego se echó a reír: una risa tan pura y fría
como el agua helada. Él seguía riendo cuando fue a la puerta y salió de ella,
dejándola bloqueada detrás de él
Azufre Y Sal
Traducido SOS por Apolineah17, Meghan Fray y Sarah5
Corregido por Kalubame
—Por favor, no me quites esa mano —dijo Magnus—. Me gusta esa
mano. Necesito esa mano.
—Calla —dijo Raphael, arrodillado junto a él, sus manos sobre la cadena
que mantenía esposada la mano derecha de Magnus y la lanza de adamas
hundida profundamente en el suelo—. Sólo estoy tratando de ayudar. —Tiró
fuerte de la cadena, Magnus gritó de dolor y lo miró. Raphael tenía manos
delgadas y juveniles, pero eso era engañoso: tenía la fuerza de un vampiro y
estaba actualmente lanzando su poder con el propósito de liberar las cadenas de
Magnus de raíz.
La celda en la que estaban era circular. El piso estaba hecho de baldosas
de granitos sobrepuestas, con bancas de piedra alrededor de las paredes. No
había ninguna puerta discernible, aunque había ventanas estrechas, tan
estrechas como hendiduras. No había cristal en ellas, y era posible ver desde su
profundidad que las paredes eran por lo menos de un pie de espesor.
Magnus se había despertado en esta habitación, un círculo rojo de
Cazadores de Sombras de pie a su alrededor, fijando sus cadenas en el piso.
Antes de que la puerta se hubiera cerrado detrás de ellos, había visto a
Sebastian de pie en el pasillo, sonriéndole como una calavera.
Ahora Luke estaba situado en una de las ventanas mirando hacia afuera.
A ninguno de ellos le habían dado un cambio de ropa, y él todavía llevaba los
pantalones de vestir y la camisa que había vestido en la cena en Alicante. La
parte de enfrente de su camisa estaba salpicada con manchas oxidadas. Magnus
tuvo que seguir recordándose a sí mismo que era vino. Luke parecía
demacrado, con el cabello despeinado, uno de los lentes de sus gafas estaba
roto.
—¿Ves algo? —preguntó Magnus en ese momento, mientras Raphael se
movía al otro lado para ver si la cadena de la mano izquierda sería más fácil de
zafar, ya que él era el único encadenado. En el momento en que se despertó,
Luke y Raphael ya se habían despertado, Raphael reclinado contra una de las
bancas mientras Luke llamaba a Jocelyn hasta quedarse ronco.
—No —dijo Luke rápidamente. Raphael levantó una ceja hacia Magnus.
Se veía despeinado y joven, los dientes clavándose en su labio inferior mientras
sus nudillos palidecían alrededor de los eslabones de la cadena. Eran lo
suficientemente largos para permitir que Magnus se sentara, pero no para que
se pusiera de pie—. Sólo niebla. Niebla gris-amarillenta. Quizás montañas a la
distancia. Es difícil de decir.
—¿Crees que todavía estamos en Idris? —preguntó Raphael.
—No —dijo Magnus rápidamente—. No estamos en Idris. Lo puedo
sentir en mi sangre.
Luke lo miró.
—¿Dónde estamos?
Magnus podía sentir el ardor en su sangre, el comienzo de la fiebre. Se
erizaba a lo largo de sus nervios, secando su boca, haciendo que su garganta
doliera.
—Estamos en Edom —dijo—. Una dimensión demoníaca.
Raphael dejó caer la cadena y maldijo en español.
—No puedo liberarte —dijo, claramente frustrado—. ¿Por qué los siervos
de Sebastian sólo te encadenaron a ti y no a ninguno de nosotros?
—Porque Magnus necesita sus manos para hacer magia —dijo Luke.
Raphael miró a Magnus, sorprendido. Magnus movió las cejas.
—¿No sabías eso, vampiro? —dijo—. Hubiera pensado que ya lo habrías
descubierto a estas alturas, has estado con vida el tiempo suficiente.
—Tal vez. —Raphael se sentó sobre sus talones—. Pero nunca he tenido
muchos negocios con los brujos.
Magnus le echo un vistazo, una mirada que decía: los dos sabemos que eso
no es verdad. Raphael apartó la mirada.
—Es una lástima —dijo Magnus—. Si Sebastian hubiera hecho su
investigación, habría sabido que no puedo hacer magia en este reino. No hay
necesidad de esto. —Sacudió sus cadenas como el fantasma de Marley.
—Así que aquí es donde Sebastian ha estado escondiéndose todo este
tiempo —dijo Luke—. Es por eso que no podíamos rastrearlo. Esta es la base de
sus operaciones.
—O —dijo Raphael—, este sólo es algún lugar en el que nos ha
abandonado para morir y pudrirnos.
—Él no se molestaría —dijo Luke—. Si nos quisiera muertos, ya
estaríamos muertos, los tres. Tiene un plan más grande. Siempre lo tiene. Es
sólo que no sé por qué… —Se interrumpió, bajando la mirada hacia sus manos,
y Magnus lo recordó de repente mucho más joven, con el cabello suelto, con
miradas de preocupación y con el corazón en la mano.
—No va a hacerle daño —dijo Magnus—. A Jocelyn, quiero decir.
—Él podría —dijo Raphael—. Está muy loco.
—¿Por qué no iba a hacerle daño? —Luke sonaba como si estuviera
conteniendo un miedo que amenazaba con explotar—. ¿Porque ella es su
madre? No funciona de esa manera. Sebastian no funciona de esa manera.
—No porque ella sea su madre —dijo Magnus—. Sino porque ella es la
madre de Clary. La manipulará. Y no va a renunciar a eso fácilmente.
Habían estado caminando por lo que ahora parecían horas, y Clary
estaba agotada.
El terreno irregular hacía el caminar difícil. Ninguna de las colinas eran
muy altas, pero no había caminos, y estaban cubiertas de esquisto y rocas
escarpadas. A veces había llanuras pegajosas, campos de alquitrán que cruzar, y
sus pies se hundían casi hasta los tobillos, arrastrando sus pasos hacia abajo.
Hicieron una pausa para ponerse runas, para tener pasos firmes, fuerza y
para beber agua. Era un lugar seco, todo humo y cenizas, con el ocasional brillo
del río de roca fundida formando sedimentos por la tierra quemada. Sus rostros
ya estaban manchados de tierra y ceniza, sus posesiones llenas de polvo.
—Racionad el agua —advirtió Alec, tapando se botella de plástico. Se
habían detenido en la sombra de una pequeña montaña. Su escarpada cima
levantada en picos y almenas lo hacía parecerse a una corona—. No sabemos
cuánto tiempo estaremos viajando.
Jace tocó el brazalete en su muñeca y después su runa de rastreo. Frunció
el ceño ante el patrón trazado en el dorso de su mano.
—Las runas que acabamos de ponernos —dijo—. Que alguien me
muestre una.
Isabelle hizo un ruido impaciente, luego sacó su muñeca, donde Alec
había tatuado la runa de velocidad antes. Parpadeó hacia ella.
—Se está desvaneciendo —dijo, con una súbita incertidumbre en su voz.
—Mi runa de rastreo también, y las demás —dijo Jace, mirando por
encima de su piel—. Creo que las runas se desvanecen más rápido aquí. Vamos
a tener que tener cuidado al usarlas. Revisarlas para saber cuándo debemos
hacerlas otra vez.
—Nuestras runas de velocidad están desapareciendo —dijo Isabelle,
sonando frustrada—. Eso podría hacer la diferencia entre dos días de caminata
y tres. Sebastian podría estarles haciendo cualquier cosa a los prisioneros.
Alec hizo una mueca.
—No lo hará —dijo Jace—. Son su seguro de que la Clave nos entregará a
él. No les hará nada a menos que esté seguro de que eso no va a suceder.
—Podríamos caminar toda la noche —dijo Isabelle—. Podríamos usar
runas de vigilia. Seguir aplicándolas.
Jace miró a su alrededor. Había manchas de suciedad bajo sus ojos, en
sus mejillas y su frente, por donde había frotado la palma de su mano. El cielo
se había profundizado de un amarillo a un naranja oscuro, manchado con
turbulenta nubes negras. Clary supuso que significaba que la noche estaba
cerca. Se preguntó si los días y las noches eran lo mismo en este lugar, si las
horas eran diferentes o si las rotaciones de este planeta estarían sutilmente
desalineadas.
—Cuando las runas de vigilia se desvanecen, caes estrepitosamente —
dijo Jace—. Entonces estaremos enfrentando a Sebastian básicamente con
resaca, no es una buena idea.
Alec siguió la mirada de Jace alrededor del paisaje mortífero.
—Entonces vamos a tener que encontrar un lugar para descansar, para
dormir. ¿No es así?
Clary no escuchó lo que sea que Jace dijo después. Ya se había alejado de
la conversación, trepando por un lado de la empinada cresta de roca. El
esfuerzo la hizo toser; el aire era fétido, lleno de humo y cenizas, pero no se
sentía como para mantener un argumento. Estaba exhausta, su cabeza
palpitaba, y seguía viendo a su madre, una y otra vez, en su cabeza. Su madre y
Luke, de pie en el balcón, juntos, tomados de la mano, mirándola con cariño.
Se arrastró hasta la parte superior de la pendiente y se detuvo allí.
Descendía abruptamente al otro lado, terminando en una meseta de roca gris
que se extendía hasta el horizonte, apilada aquí y allá con montones de
desechos y esquisto. El sol estaba bajo en el cielo, a pesar de que seguía siendo
del mismo color naranja quemado.
—¿Qué estás viendo? —dijo una voz a su lado, se sobresaltó, y se dio la
vuelta para encontrar a Simon allí. Él no estaba tan sucio como el resto de ellos,
lo sucio nunca parecía quedar con los vampiros, pero su cabello estaba lleno de
polvo.
Ella señaló los agujeros negros que aguardaban a un lado de la colina
cercana como heridas de bala.
—Esas son las entradas a las cuevas, creo —dijo.
—Parece algo salido del Mundo de Warcraft, ¿no? —dijo él, señalando a
su alrededor, hacia el maldito paisaje, el cielo rasgado de cenizas—. Solo que no
puedes simplemente apagarlo y escapar.
—No he sido capaz de apagarlo durante mucho tiempo. —Clary pudo
ver a Jace y a los otros Lightwood a cierta distancia, todavía discutiendo.
—¿Estás bien? —preguntó Simon—. No he tenido oportunidad de hablar
contigo desde todo lo que pasó con tu madre y Luke…
—No —dijo Clary—. No estoy bien. Pero tengo que seguir adelante. Si
sigo adelante, no podré pensar en ello.
—Lo siento. —Simon metió sus manos dentro de sus bolsillos,
agachando la cabeza. Su cabello castaño caía sobre su frente, al otro lado del
lugar donde la Marca de Caín había estado.
—¿Estás bromeando? Yo soy la que lo siente. Por todo. El hecho de que
te hayas convertido en un vampiro, la Marca de Caín…
—Eso me protegió —protestó Simon—. Eso fue un milagro. Fue algo que
sólo tú podías hacer.
—Eso es lo que me da miedo —susurró Clary.
—¿Qué?
—Que ya no tenga más milagros en mí —dijo ella y presionó sus labios
juntos mientras los demás se unían a ellos, Jace mirando con curiosidad de
Simon a Clary como si se preguntara de qué habían estado hablando.
Isabelle miró por encima de la llanura, a las hectáreas de desolación por
delante, la vista llena de polvo.
—¿Viste algo?
—¿Qué hay de esas cuevas? —preguntó Simon, señalando hacia las
oscuras entradas de los túneles en las laderas de la montaña—. Son un
refugio…
—Buena idea —dijo Jace—. Estamos en una dimensión demoníaca, Dios
sabe lo que vive aquí, y quieres meterte en un agujero estrecho y oscuro y…
—Muy bien —interrumpió Simon—. Sólo era una sugerencia. No
necesitas molestarte…
Jace, que claramente estaba de un humor, le dio una mirada fría.
—Eso no me molestó, vampiro…
Una oscura pieza de nube se separó del cielo y se lanzó de repente hacia
abajo, tan rápido que ninguno pudo seguirla con la mirada. Clary captó un solo
vistazo de horribles alas, dientes y docenas de ojos rojos, y luego Jace se elevaba
en el aire, atrapado en las garras de un demonio aéreo.
Isabelle gritó. La mano de Clary fue a su cinturón, pero el demonio ya se
había disparado de regreso hacia el cielo, un torbellino de alas curtidas,
emitiendo un chillido agudo de victoria. Jace no hizo ningún ruido en absoluto;
Clary podía ver sus botas colgando, inmóviles. ¿Estaba muerto?
Su visión se volvió blanca. Clary se volvió hacia Alec, quien ya tenía su
arco fuera, con una flecha en la mira, listo.
—¡Dispara! —gritó.
Se dio la vuelta como un bailarín, escudriñando el cielo.
—No puedo conseguir un tiro limpio, está demasiado oscuro, podría
golpear a Jace…
El látigo de Isabelle se desenrolló de su mano, alambre brillando
tenuemente, extendiéndose hacia arriba, imposiblemente hacia arriba. Su
brillante luz iluminó el cielo nublado, y Clary oyó el gritó del demonio de
nuevo, esta vez era un agudo grito de dolor. La criatura estaba girando en el
aire, cayendo una y otra vez, con Jace atrapado en su agarre. Sus garras estaban
hundidas profundamente en su espalda, ¿o estaba enredado en ella? Clary creyó
ver el brillo de un cuchillo serafín o simplemente podría haber sido el brillo del
látigo que Izzy mientras éste se extendía hacia arriba y luego caía de regreso a
la tierra en un espiral de humo.
Alec maldijo, y dejó volar una flecha. Disparó hacia arriba, atravesando
la oscuridad, un segundo después, una jadeante masa oscura se desplomó en la
tierra y golpeó el suelo con un ruido sordo que levantó una nube de polvo de
cenizas.
Todos miraron. Extendido, el demonio era grande, casi del tamaño de un
caballo, de un color verde oscuro, con un cuerpo parecido a una tortuga.
Flácido, con alas curtidas, seis extremidades con garras parecidas a ciempiés y
un largo tallo de un cuello que terminaba en un círculo de ojos y dientes
afilados e irregulares. El eje de la flecha de Alec sobresalía a un lado.
Jace estaba de rodillas sobre su espalda, con un cuchillo serafín en su
mano. La hundió en la parte posterior del viscoso cuello de la criatura, una y
otra vez, enviando pequeños géiseres de icor negro que salpicaban su ropa y
rostro. El demonio dio un gorjeo chirriante y se desplomó, sus múltiples ojos
rojos sin luz y en blanco.
Jace de rodillas sobre su espalda, respirando con dificultad. El cuchillo
serafín ya se había empezado a deformar y a retorcerse con el icor; lo arrojó a
un lado y miró estoicamente al pequeño grupo de sus amigos, todos mirándolo
con expresiones de asombro.
—Eso —dijo—, fue lo que me molestó.
Alec hizo un sonido entre mitad quejido mitad insulto, y bajó su arco. Su
cabello negro estaba pegado a su frente con sudor.
—No tienen que lucir todos preocupados —dijo Jace—. Lo estaba
haciendo bien.
Clary, mareada, se quedó sin aliento.
—¿Bien? Si tu definición de “bien” de repente incluye convertirse en el
aperitivo de una tortuga muerta voladora, entonces vamos a intercambiar unas
palabras, Jace Lightwood…
—No desapareció —interrumpió Simon, luciendo tan aturdido como el
resto de ellos—. El demonio. No desapareció cuando lo mataste.
—No —dijo Isabelle—. Lo que significa que la dimensión de su hogar
está aquí. —Su cabeza estaba echada hacia atrás, analizando el cielo. Clary
podía ver el destello de la runa de clarividencia recién aplicada en su cuello—.
Y al parecer estos demonios pueden salir a la luz del día. Probablemente porque
el sol aquí está casi bloqueado. Tenemos que salir de esta zona.
Simon tosió ruidosamente.
—¿Qué estaban diciendo todos acerca de que refugiarse en las cuevas era
una mala idea?
—En realidad sólo fue Jace —dijo Alec—. Parece una buena idea para mí.
Jace los miró a ambos, y se pasó una mano por el rostro, manchando su
mejilla de icor negro.
—Vamos a revisar las cuevas. Encontraremos una pequeña, y la
exploraremos a fondo antes de que descansemos. Tomaré la primera guardia.
Alec asintió y comenzó a moverse hacia la entrada de la cueva más
cercana. El resto de ellos lo siguió; Clary caminó al lado de Jace. Él estaba
callado, perdido en sus pensamientos, bajo la espesa capa de nubes, su cabello
brillaba en un oro opaco, y pudo ver las masivas rasgaduras en la parte
posterior de su chaqueta ajustada donde las garras del demonio lo habían
sostenido. La comisura de su boca se arqueó de repente.
—¿Qué? —demandó Clary—. ¿Es algo divertido?
—¿Tortuga muerta voladora? —dijo él—. Sólo tú dirías eso.
—¿Sólo yo? ¿Es bueno o malo? —preguntó mientras llegaban a la
entrada de la cueva, alzándose ante ellos como una oscura boca abierta.
Incluso en las sombras su sonrisa era caprichosa.
—Es perfecto.
Avanzaron sólo unos pocos metros dentro del túnel antes de que
encontraran el camino bloqueado con una puerta de metal. Alec maldijo,
mirando hacia atrás por encima de su hombro. La entrada de la cueva estaba
justo detrás de ellos, y a través de ella Clary podía ver el cielo naranja y negro,
rodeado de formas.
—No, esto es bueno —dijo Jace, dando un paso más cerca de la puerta—.
Miren, runas.
Las runas estaban indudablemente trabajadas en las curvas del metal:
algunas eran familiares, otras no las conocía Clary. Aun así, le hablaban de
protección, de defenderse de las fuerzas demoniacas, como un susurro en la
parte posterior de su cabeza.
—Son runas de protección —dijo—. Protección contra los demonios.
—Bien —dijo Simon, echando otra mirada ansiosa hacia atrás sobre su
hombro—. Porque los demonios están llegando y rápido.
Jace lanzó una mirada detrás de ellos, y luego se apoderó de la puerta y
le dio un tirón. La cerradura estalló, derramando láminas de óxido. Tiró de
nuevo, más fuerte, y la puerta se abrió; las manos de Jace relucían con una luz
contenida, y el metal donde la había tocado parecía ennegrecido.
Se sumergió más allá de la oscuridad, y los otros lo siguieron, Isabelle
buscando su piedra de luz mágica. Simon entró después y Alec fue el último,
estirándose para cerrar la puerta de golpe detrás de ellos. Clary se tomó un
momento para añadir una runa de bloqueo, sólo para estar más seguros.
La piedra de luz mágica de Izzy se encendió, iluminando el hecho de que
estaban de pie en un túnel que serpenteaba hacia la oscuridad. Las paredes eran
lisas, de mármol gneis, talladas una y otra vez con runas de protección,
santidad y defensa. El piso era de piedra pulida, fácil para caminar. El aire se
hizo más claro a medida que se abrían paso más dentro de la montaña, la
impureza de la niebla y de demonios lentamente retrocedió hasta que Clary
estaba respirando con más facilidad de lo que lo había hecho desde que habían
llegado a este reino.
Salieron por fin a un gran espacio circular, claramente elaborado por
manos humanas. Lucía como el interior de una cúpula de una catedral:
redonda, con un enorme techo abovedado. Había un viejo fogón de piedra en el
centro de la sala. Blancas gemas de piedra se habían fijado en el techo. Brillaban
suavemente, iluminando la habitación con una luz tenue. Isabelle bajó la luz
mágica, dejando que se apagase en su mano.
—Creo que este lugar fue un escondite —dijo Alec en voz baja—. Una
especie de albergue para quien se refugiase aquí, estuviera a salvo de los
demonios.
—Quien vivió aquí conocía las runas mágicas —dijo Clary—. No las
reconozco todas, pero puedo sentir lo que significan. Son runas sagradas, como
las de Raziel.
Jace se descolgó la mochila de los hombros y dejó que se deslizara hasta
el suelo.
—Dormiremos aquí esta noche.
Alec parecía dubitativo.
—¿Crees que es seguro?
—Exploraremos el túnel —dijo Jace—. Clary, ven conmigo. Isabelle y
Simon, tomen el corredor este. —Él frunció el ceño—. Bueno, vamos a llamarlo
el corredor este. Esperemos que esto siga funcionando en los reinos
demoníacos. —Golpeó la runa de orientación en su antebrazo, una de las
primeras Marcas que la mayoría de los Cazadores de Sombras recibían.
Isabelle dejó caer su mochila, sacó dos cuchillos serafines y los deslizó en
fundas a su espalda.
—Bien.
—Iré con vosotros —dijo Alec, mirando a Isabelle y Simon con ojos
suspicaces.
—Si deseas hacerlo —dijo Isabelle, con exagerada indiferencia—. Te
advierto que estaremos besándonos en la oscuridad. Pondremos fin a la
abstinencia de besos.
Simon la miró sorprendida.
—Estaremos… —empezó a decir Simon, pero Isabelle le pisoteó el pie y
se calló.
—¿“Abstinencia de besos”? —preguntó Clary.
Alec parecía enfermo.
—Supongo que me quedaré aquí.
Jace sonrió y le lanzó una estela.
—Enciende el fuego —dijo—. Cocina un pastel o algo. Esta caza
demoníaca te deja hambriento.
Alec llevó la estela a la arena del fogón de piedra y comenzó a dibujar la
runa de fuego. Parecía estar murmurando algo acerca de cómo no le gustaría a
Jace despertarse por la mañana con todo su pelo afeitado.
Jace sonrió a Clary. Bajo el icor y la sangre, era un fantasma de su vieja y
pícara sonrisa, pero con eso bastaba. Clary sacó a Eósforo. Simon e Isabelle ya
habían desaparecido por el túnel orientado al este, ella y Jace tomaron el otro
camino, el cual se inclinaba ligeramente hacia abajo.
A medida que bajaron simultáneamente, Clary oyó a Alec gritar detrás
de ellos:
—¡Y las cejas, también!
Jace rio secamente.
Maia no estaba segura de lo que había pensado sobre cómo sería ser el
líder de una manada, pero no se lo imaginaba así.
Estaba sentada en la gran recepción del vestíbulo del edificio del
segundo distrito policial, con Bat en la silla giratoria detrás de ella,
pacientemente explicándole los diversos aspectos de la administración de la
manada de lobos: cómo se comunican con los miembros restantes del Praetor
Lupus en Inglaterra, el envío de mensajes a Idris, e incluso cómo se las
arreglaban con los pedidos hechos en el restaurante Jade Wolf. Ambos
levantaron la vista cuando las puertas se abrieron de golpe y una mujer bruja de
piel azul en un uniforme de enfermera entró en la habitación, seguida por un
hombre alto con un magnífico abrigo negro.
—Catarina Loss —dijo Bat, a modo de presentación—. Nuestra nueva
líder de la manada, Maia Roberts…
Catarina le despidió con un gesto. Ella era demasiado azul, casi de color
zafiro y tenía el brillante cabello blanco en un moño. Su uniforme tenía diseños
de camiones en él.
—Él es Malcolm Fade —dijo, señalando al hombre alto a su lado—. Brujo
Mayor de Los Ángeles.
Malcolm Fade inclinó la cabeza. Tenía rasgos angulosos, el pelo del color
del papel y sus ojos eran de color púrpura. Realmente eran de color púrpura, un
color que ningún humano poseía. Era atractivo, pensó Maia, si te gustaba ese
tipo de cosas.
—¡Magnus Bane ha desaparecido! —anunció, como si fuera el título de
un libro de ilustraciones.
—Luke también —dijo Catarina con gravedad.
—¿Desaparecidos? —repitió Maia—. ¿Qué quiere decir con que han
desaparecido?
—Bueno, no están desaparecidos exactamente. Fueron secuestrados —
dijo Malcolm y Maia dejó caer la pluma que sostenía—. ¿Quién sabe dónde
podrían estar? —Lo dijo como si todo el asunto fuera más bien fascinante, triste
por no poder ser parte de ello.
—¿Sebastian Morgenstern es el responsable? —preguntó Maia a
Caterina.
—Sebastian ha capturado a todos los representantes Subterráneos:
Meliorn, Magnus, Raphael y Luke. Y Jocelyn, también. Dice que los retendrá a
menos que la Clave se comprometa a entregarle a Clary y Jace.
—¿Y si ellos no acceden? —preguntó Leila. La dramática entrada de
Catarina atrajo la atención de la manada y fueron llenando la habitación,
apiñándose en el hueco de la escalera, acurrucándose junto al escritorio en la
curiosa forma de licántropos.
—Entonces matará a los representantes —dijo Maia—. ¿Cierto?
—La Clave debe saber que si Sebastian hace eso, entonces los
Subterráneos se rebelarán —dijo Bat—. Sería equivalente a decir que las vidas
de cuatro Subterráneos valen menos que la seguridad de dos Cazadores de
Sombras.
No sólo eran dos Cazadores de Sombras, pensó Maia. Jace era difícil e
irritable, y Clary se había sido reservada en un principio, pero había luchado
con ella y por ella, habían salvado su vida y ella había salvado la de ellos.
—Entregando a Jace y Clary podría significarles la muerte —dijo Maia—.
Y no hay garantía que tengamos de vuelta a Luke. Sebastian miente.
Los ojos de Catarina brillaron.
—Si la Clave al menos no tiene un plan para rescatar a Magnus y a los
otros, no sólo perderán los Subterráneos de su Concejo. También perderán los
Acuerdos.
Maia se quedó callada por un momento; era consciente que todos los ojos
estaban puestos en ella. Los otros lobos observaban su reacción. La reacción de
su líder.
Ella se enderezó.
—¿Qué han dicho los brujos? ¿Qué están haciendo? ¿Qué pasa con las
Hadas y los Hijos de la Noche?
—La mayoría de los Subterráneos no lo sé —dijo Malcolm—. Resulta que
tengo un informante y compartí la noticia con Catarina por Magnus. Pensé que
ella debería saberlo. Quiero decir, este tipo de cosas no sucede todos los días.
¡Secuestro! ¡Rescates! ¡Amor, escindido por la tragedia!
—Cállate, Malcolm —dijo Catarina—. Es por eso que nadie te toma en
serio.
Se volvió hacia Maia.
—Mira. La mayoría de los Submundos sabe que los Cazadores de
Sombras hicieron sus maletas y se fueron a Idris, por supuesto; sin embargo, lo
que no saben es por qué. Están esperando noticias de sus representantes, que por
supuesto no han llegado.
—Pero esa situación no será así por siempre —dijo Maia—. Los
Submundos se enterarán.
—Sí, lo harán —dijo Malcolm, luciendo como si estuviera tratando duro
de ser serio—. Pero conoces a los Cazadores de Sombras, se reservan las cosas
para sí mismos. Todo el mundo sabe sobre Sebastian Morgenstern, por
supuesto, y del Nefilim Oscuro, pero los ataques a los Institutos se han
mantenido en secreto.
—Tienen a los brujos del Laberinto en Espiral trabajando en una cura
para los efectos de la Copa Infernal, pero incluso ellos no saben qué tan urgente
es la situación, o lo que está ocurriendo en Idris —dijo Catarina—. Me temo que
los Cazadores de Sombras se destruirán con su propio secreto. —Se veía aún
más azul que antes, el color parecía cambiar con su estado de ánimo.
—Entonces ¿por qué acudieron ante nosotros, ante mí? —preguntó Maia.
—Porque Sebastian ya te envió su mensaje por medio del ataque contra
el Praetor —respondió Catarina—. Y sabemos que eres cercana a los Cazadores
de Sombras, el Inquisidor y la propia hermana de Sebastian, por ejemplo. Sabes
tanto como nosotros, tal vez más, sobre lo que está pasando.
—No sé mucho —admitió Maia—. Con las protecciones alrededor de
Idris ha sido difícil que pasen los mensajes.
—Podemos ayudar con eso —dijo Catarina—. ¿Cierto, Malcolm?
—¿Humm? —Malcolm estaba de brazos cruzados, vagando alrededor de
la estación, deteniéndose a mirar las cosas que Maia veía todos los días: una
barandilla, una teja agrietada en la pared, un panel de la ventana de cristal,
como si esas cosas le diesen una revelación. La manada lo observó con
perplejidad.
Catarina suspiró.
—No le hagas caso —le dijo a Maia en voz baja—. Es muy poderoso,
pero algo le sucedió a principios del siglo pasado y nunca se ha recuperado del
todo desde entonces. Es bastante inofensivo.
—¿Ayudaremos? Por supuesto que podemos ayudar —dijo Malcolm,
dándose la vuelta para enfrentarlos—. ¿Necesitas entregar un mensaje? Siempre
hay gatitos mensajeros.
—¿Te refieres a las palomas? —dijo Bat—. Palomas mensajeras.
Malcolm negó con la cabeza.
—Gatitos mensajeros. Son tan lindos, nadie puede negarlo. Arreglan
problemas con ratones también.
—No tenemos un problema con ratones —dijo Maia—. Tenemos un
problema megalómano. —ella miró a Catarina—. Sebastian está decidido a
plantar discordias entre los Subterráneos y los Cazadores de Sombras . No se
detendrá con secuestrar a los representantes y atacar el Praetor. Todos los
Submundos sabrán muy pronto lo que está pasando. La pregunta es, ¿qué
sucederá después?
—¡Pelearemos con valentía junto a ti! —anunció Malcolm. Catarina lo
miró sombríamente y él se acobardó—. Bueno, pelearemos con valentía cerca de
ti. O por lo menos, al alcance del oído.
Maia le dio una mirada dura.
—¿Así que no hay garantías básicamente?
Malcolm se encogió de hombros.
—Los brujos son independientes. Y difícil de convencer. Al igual que los
gatos, pero sin colas. Bueno, hay algunos con colas. Yo no tengo una…
—Malcolm —dijo Catarina.
—El problema es —dijo Maia—, o bien los Cazadores de Sombras ganan
o Sebastian, y si él lo hace, vendrá por nosotros, por todos los Subterráneos.
Todo lo que quiere es convertir este mundo en un páramo de cenizas y huesos.
Ninguno de nosotros sobrevivirá.
Malcolm parecía ligeramente alarmado, aunque ni de lejos tan alarmado,
pensó Maia, como debería estarlo. Su aspecto abrumador era de una inocente
alegría infantil, él no tenía el aspecto de sabiduría picara de Magnus. Se
preguntó cuántos años tendría.
—No creo que podamos entrar en Idris para luchar al lado de ellos, como
lo hicimos antes —Maia continuó—. Pero podemos tratar de hacer correr la voz.
Llegar a otros Submundos antes que Sebastian. Él tratará de reclutarlos,
tenemos que hacerles entender lo que al unirse a él significaría.
—La destrucción de este mundo —dijo Bat.
—Hay altos brujos en varias ciudades, probablemente considerarían el
asunto. Pero somos seres solitarios, como dijo Malcolm —respondió Catarina—.
Es poco probable que pueda llegar a hablar con alguno de nosotros, las Hadas,
nunca lo hacen.
—¿Y a quién le importa lo que hagan los vampiros? —espetó Leila—.
Ellos son leales a ellos mismo, de todos modos.
—No —dijo Maia después de un momento—. No, pueden ser leales.
Tenemos que encontrarnos con ellos. Es hora de que los líderes de la manada de
Nueva York y el clan vampiro formen una alianza.
Un murmullo corrió por la habitación. Hombres lobo y vampiros no
dialogaban a menos que fuese por una fuerza mayor exterior, como la Clave.
Alargó la mano hacia Bat.
—Pluma y papel —dijo ella, y él se lo tendió. Ella garabateó una nota
rápida, arrancó una hoja de papel y se la entregó a uno de los lobos más
jóvenes—. Llévale esto a Lily al Dumort —dijo ella—. Dile que la quiero
conocer con Maureen Brown. Ella puede elegir un lugar neutral, lo
aprobaremos antes de la reunión. Diles que debe ser lo más pronto posible. Las
vidas de nuestro representante y la de ellos puede depender de ello.
—Quiero estar enojada contigo —dijo Clary. Estaban caminando por el
túnel serpenteante, Jace estaba sosteniendo su luz mágica, con su luz
guiándolos. Recordó la primera vez que él le entregó una de las suaves piedras
lisas en su mano. Todos los Cazadores de Sombras tienen una piedra-runa de luz
mágica.
—¿Ah, sí? —dijo Jace, echando una mirada cautelosa hacia ella. El suelo
bajo sus pies estaba pulido suavemente y las paredes del corredor se curvaban
hacia el interior admirablemente. Cada pocos metros una nueva runa estaba
tallada en la piedra—. ¿Por qué?
—Por arriesgar tu vida —dijo—. Excepto que no tenía intención de
hacerlo. Estabas ahí parado y el demonio te agarró. Admítelo, fue porque
estabas siendo odioso con Simon.
—Si un demonio me agarrase cada vez que estoy siendo odioso con
Simon, habría muerto el día que me conociste.
—Es solo que... —Ella negó con la cabeza. Su visión estaba borrosa por el
cansancio y su pecho le dolía de añoranza por su madre, por Luke. Por su
hogar—. No sé cómo me metí en esto.
—Probablemente podríamos regresar —dijo Jace—. Directamente al
corredor de las Hadas, a la izquierda en el pueblo diezmado, a la derecha de la
llanura maldita de los condenados, dando un giro en U a la pila de demonios
muertos…
—Sabes lo que quiero decir. No sé cómo llegué aquí. Mi vida era normal.
Yo era normal…
—Nunca has sido normal —dijo Jace, con voz muy tranquila. Clary se
preguntó si alguna vez dejaría de marearse por sus repentinas transformaciones
de sentido del humor a la seriedad y viceversa.
—Yo quería serlo. Quería tener una vida normal. —Ella se miró a sí
misma, botas polvorientas, su traje manchado y sus armas relucientes en su
cinturón—. Ir a la escuela de arte.
—¿Y casarte con Simon? ¿Tener seis hijos? —Hubo un ligero filo en la
voz de Jace ahora. El corredor tenía un giro brusco a la derecha y él desapareció
en él. Clary apretó el paso para alcanzarlo…
Y jadeó. Habían salido del túnel para llegar a una enorme caverna, medio
llena de agua por un lago subterráneo. La caverna se extendía hacia las
sombras. Era hermosa, la primera cosa hermosa que Clary había visto desde
que habían entrado en el reino demoníaco. El techo de la cueva estaba lleno de
estalactitas, formadas por años de agua goteando, y éstas brillaban por el
intenso resplandor azul del musgo bio-luminiscente. El agua era tan azul, del
color de un profundo crepúsculo resplandeciente, con pilares de cuarzo
sobresaliendo aquí y allá como varas de cristal.
El camino se abría en una playa poco profunda de arena fina, muy fina,
casi tan suave como la ceniza, que llegaba hasta el agua. Jace se dirigió a la
playa y se agachó al lado del agua, metiendo sus manos en ella. Clary se puso
detrás de él, con las botas levantando nubes de arena y se arrodilló mientras él
se echaba agua en la cara y en el cuello, fregando las manchas del icor negro.
—Ten cuidado… —Ella le tomó del brazo—. El agua podría estar
envenenada.
Él negó con la cabeza.
—No lo está. Mira debajo de la superficie.
El lago estaba claro, como el cristal. El fondo era de piedra lisa, tallado
por todas partes con runas que emitían un débil resplandor. Eran runas que
hablaban de pureza, curación y protección.
—Lo siento —dijo Jace, sacándola de su ensimismamiento. Tenía el pelo
mojado, pegado a las curvas cerradas de los pómulos y las sienes—. No debería
haber dicho lo de Simon.
Clary puso las manos en el agua. Pequeñas ondulaciones se extendieron
a partir del movimiento de sus dedos.
—Debes saber que no me arrepiento por una vida diferente —dijo—.
Porque esta vida me llevó a ti. —Ella ahuecó sus manos, llevando el agua a la
boca. El agua estaba fría y dulce, reviviendo su decaída energía.
Él le dedicó una de sus sonrisas reales, no sólo una sonrisita a medias.
—Esperemos que no sea sólo por mí.
Clary buscó las palabras.
—Esta es la vida real —dijo—. La otra vida fue una mentira. Un sueño.
Es sólo eso...
—No has dibujado —dijo—. No desde que comenzaste a entrenar. No en
serio.
—No —dijo ella en voz baja, porque era cierto.
—A veces me pregunto —dijo—. Mi padre, Valentine, amaba la música.
Él me enseñó a tocar. Bach, Chopin, Ravel. Y recuerdo una vez haberle
preguntado por qué los compositores eran mundanos. No había Cazadores de
Sombras que hubieran compuesto música. Y él dijo que en sus almas, los
mundanos tienen una chispa creativa, pero en nuestras almas tenemos la chispa
de un guerrero, y que ambas chispas no pueden existir en el mismo lugar, o una
extingue a la otra.
—¿Entonces piensas que el Cazador de Sombras que hay en mí... está
extinguiendo el artista que hay en mí? —dijo Clary—. Pero mi madre pintó…
quiero decir, pinta. —Ignoró el dolor ante la idea de pensar en Jocelyn en
tiempo pasado, aunque fuese brevemente.
—Valentine dijo que eso era lo que el Cielo le había dado a los
mundanos, el arte y el don de la creación —dijo Jace—. Que eso los hacía
valiosos para ser protegidos. No sé si hay algo de verdad en todo eso —
agregó—. Pero si la gente tiene una chispa en ellos, entonces tu chispa es la más
brillante que conozco. Sé que puedes luchar y dibujar. Y lo harás.
Impulsivamente Clary se inclinó para darle un beso. Los labios de él
estaban fríos. Él sabía a agua dulce y a Jace; habría hecho el beso más duradero,
pero una corriente incómoda, como la electricidad estática, pasó entre ellos; ella
se echó hacia atrás, con los labios heridos.
—Auch —dijo con tristeza, él se veía miserable. Extendió la mano para
tocarle el cabello húmedo.
—Antes, en la puerta. Vi las chispas en tus manos. El fuego celestial…
—No tengo todo bajo control aquí, no como lo tenía en casa —dijo Jace—
. Hay algo en este mundo. Se siente como que está empujando el fuego cerca de
la superficie. —Miró sus manos, donde el brillo se desvanecía—. Creo que
ambos tenemos que tener cuidado. Este lugar nos va a afectar más que a los
otros. Una mayor concentración de sangre de ángel.
—Vamos a ser cuidadosos. Puedes controlarlo. Recuerda los ejercicios
que Jordan hizo contigo…
—Jordan está muerto. —Su voz era tensa mientras se levantaba,
sacudiéndose la arena de la ropa. Le tendió una mano para ayudarla a
levantarse del suelo.
—Vamos —dijo—. Volvamos con Alec antes de que decida que Isabelle y
Simon están teniendo relaciones sexuales afuera de las cuevas y empiece a
volverse loco.
—Sabes que todo el mundo estará pensando que estamos afuera
teniendo sexo —dijo Simon—. Probablemente se estarán volviendo locos.
—Ajá —dijo Isabelle. El brillo de su luz mágica rebotó en las paredes con
runas de la cueva.
—Como si nos gustara tener relaciones sexuales en una cueva rodeada
de hordas de demonios. Ésta es la realidad, Simon, no tu afiebrada imaginación.
—Hubo un tiempo en mi vida en que la idea de poder tener sexo algún
día parecía más probable que estar rodeado por hordas de demonios, tendrías
que saberlo —dijo, maniobrando en torno a un montón de piedras destruidas.
Todo el lugar le recordaba a un viaje que había tomado con su madre y Rebecca
a las Cavernas Luray en Virginia, en la escuela media. Podía ver el brillo del
mineral en las rocas con su vista de vampiro; no necesitaba la luz mágica de
Isabelle para guiarlo, pero se imaginó que ella sí, así que no dijo nada al
respecto.
Isabelle murmuró algo, no estaba seguro de qué, pero tenía la sensación
de que no era halagador.
—Izzy —dijo—. ¿Hay alguna razón por la que estés tan enojada
conmigo?
Sus siguientes palabras salieron en un rápido suspiro que sonó como:
—No se suponía que estuvieras aquí.
Incluso con su oído amplificado, no podía tener sentido.
—¿Qué?
Ella se dio la vuelta.
—¡No se suponía que estuvieras aquí! —dijo ella, su voz rebotando en las
paredes del túnel—. Cuando te dejamos en Nueva York, fue para que estuvieras
seguro…
—No quiero estar a salvo —dijo—. Quiero estar contigo.
—Tú quieres estar con Clary.
Simon hizo una pausa. Estaban uno frente al otro en medio del túnel,
ambos inmóviles ahora, las manos de Isabelle en puños.
—¿De eso se trata? ¿Clary?
Ella se quedó en silencio.
—No amo a Clary de esa manera —dijo—. Ella fue mi primer amor, mi
primer desamor. Pero lo que siento por ti es totalmente diferente… —Levantó
una mano cuando ella empezó a negar con la cabeza—. Escúchame, Isabelle —
dijo. —Si me pides que elija entre tú y mi mejor amiga, entonces sí, no voy a
elegir. Porque nadie que me ame me obligaría a mí a hacer esa elección sin
sentido; sería como pedirte que eligieras entre tú y Alec. ¿Me molesta ver a Jace
y Clary juntos? No, no en absoluto. A su manera increíblemente rara son únicos
para cada uno. Ellos se pertenecen. Yo no pertenezco a Clary, no de esa forma.
Yo te pertenezco.
—¿Tú quieres decir eso? —dijo ruborizada, el color subiendo a sus
mejillas.
Él asintió con la cabeza.
—Ven aquí —dijo ella, dejándola tirar de él hacia ella, la rigidez de la
pared de la cueva detrás de ellos le obligaba a curvar su cuerpo contra el suyo.
Sintió deslizar su mano por debajo de la parte posterior de su camiseta, sus
cálidos dedos golpeando suavemente sobre las protuberancias de su columna
vertebral. Su respiración agitó su pelo, y su cuerpo se agitó, sólo por estar tan
cerca de ella.
—Isabelle, te am…
Ella le dio una palmada en el brazo, pero no fue una bofetada enojada.
—Ahora no.
Él le acarició hacia abajo por el cuello, sintiendo el dulce olor de su piel y
de su sangre.
—Entonces, ¿cuándo?
De repente, se echó hacia atrás, haciéndole sentir una desagradable
sensación, como haber tenido un vendaje y que se arrancara sin ninguna
contemplación.
—¿Has oído eso?
Estaba a punto de sacudir la cabeza, cuando lo oyó, sonaba como un
susurro y un grito, que venía de la parte del túnel que no habían explorado.
Isabelle echó a correr, su luz mágica rebotando violentamente contra las
paredes, y Simon maldiciendo el hecho de que los Cazadores de Sombras eran
Cazadores de Sombras por encima de todo, la siguió.
El túnel tenía sólo una curva más, antes de que terminara en los restos de
una puerta de metal destrozada. Más allá de lo que quedaba de la puerta, había
una meseta de piedra que descendía hasta un paisaje arruinado. La meseta era
áspera, cubierta de grava con rocas y montones de piedra erosionada. Cuando
se encontró con la arena de allí abajo, el desierto comenzaba de nuevo,
salpicado aquí y allá con árboles retorcidos, de color negro. Algunas de las
nubes se habían despejado, e Isabelle, mirando hacia arriba, hizo un pequeño
ruido jadeante.
—Mira la Luna —dijo.
Simon miró y se estremeció. No era tanto una luna sino lunas, como si la
propia luna se hubiese agrietado en tres pedazos. Flotando, con bordes
irregulares, como dientes de tiburón dispersos en el cielo. Cada uno con un
brillo opaco, y en la luz de esa luna rota, la visión vampira de Simon observó
los movimientos circulares de unas criaturas. Algunas parecían como la cosa
voladora que se había apoderado de Jace antes; otros tenían un aspecto
claramente más de insecto. Todos eran horribles. Tragó saliva.
—¿Qué ves? —preguntó Isabelle, sabiendo que incluso una runa de vista
a larga distancia no le daría una mejor visión que a Simon, especialmente aquí,
donde las runas se desvanecían tan rápidamente.
—Hay demonios por doquier. Muchos. Sobre todo demonios voladores.
El tono de Isabelle era sombrío.
—Así que ellos pueden salir durante el día, pero son más activos durante
la noche.
—Sí —Simon forzó la vista. —Hay más. Hay una meseta de piedra que
va en esa dirección, y luego desciende y hay algo detrás de ello, algo brillante.
—¿Un lago tal vez?
—Tal vez —dijo Simon—. Casi parece como…
—¿Cómo qué?
—Como una ciudad —dijo a regañadientes—. Al igual que una ciudad
de demonios.
—Oh. —Vio las consecuencias de esto golpear a Isabelle, y por un
momento se puso pálida; entonces, siendo Izzy, se enderezó y asintió con la
cabeza, dándole la espalda, lejos de las ruinas destrozadas y rotas de aquel
mundo—. Será mejor volver y decírselo a los demás.
Estrellas talladas en granito estaban colgadas del techo con cadenas de
plata. Jocelyn yacía en el camastro de piedra que servía de cama y miró hacia
ellas.
Había gritado hasta quedarse ronca, arañó la puerta gruesa, hecha de
roble con bisagras y tornillos de acero, hasta que sus manos sangraban; buscó
entre sus cosas la estela, y golpeó su puño contra la pared con tanta fuerza que
tenía moretones por todo su antebrazo.
No había ocurrido nada. Casi lo había esperado. Si Sebastian no fuera
nada parecido a su padre, y Jocelyn esperaba que él tuviera un gran parecido a
su padre, entonces él no hubiera sido tan minucioso.
Minucioso y creativo. Había encontrado los pedazos de su estela en un
montón en una de las esquinas, destrozada e inutilizable. Todavía llevaba la
misma ropa que había usado en la parodia de cena de Meliorn, pero habían
tomado sus zapatos. Su cabello había sido cortado hasta justo debajo de los
hombros, con los extremos irregulares, como si hubiera sido cortado con una
navaja sin filo.
Las pequeñas y coloridas crueldades que hablaban de su naturaleza
terrible. Al igual que Valentine, Sebastian esperaría para conseguir lo que
quería, pero él alargaría el dolor.
La puerta se sacudió y se abrió. Jocelyn se puso de pie, pero Sebastian ya
estaba en la habitación. La puerta se cerró firmemente detrás de él con el
chasquido del seguro. Él le sonrió.
—¿Finalmente despierta, madre?
—He estado despierta —dijo ella. Puso un pie cuidadosamente detrás del
otro, dándose equilibrio y apalancamiento.
Él soltó un bufido.
—No te molestes —dijo—. No tengo ninguna intención de atacarte.
Ella no dijo nada, sólo lo observó mientras se paseaba cerca. La luz que
inundaba a través de las estrechas ventanas era lo suficientemente brillante
como para reflejar su pelo blanco pálido, para iluminar los planos de su rostro.
Pudo ver un poco de sí misma allí. Él era todo Valentine. La cara de Valentine,
los ojos negros, los gestos de un bailarín o de un asesino. Sólo su cuerpo, alto y
delgado, era de ella.
—Tu hombre lobo está seguro —dijo—. Por ahora.
Jocelyn ignoró resueltamente el rápido salto que hizo su corazón. No
debía mostrar nada en su cara. Las emociones son debilidad… había sido la
lección de Valentine.
—Y Clary —dijo—. Clary también está segura. Si te preocupa, por
supuesto. —Se paseó a su alrededor, lentamente, dando un círculo—. Nunca
podría estar completamente seguro. Después de todo, con una madre lo
suficientemente despiadada como para abandonar a uno de sus hijos…
—¡No eres mi hijo! —le espetó, y luego cerró la boca bruscamente. No se
lo pongas fácil, pensó. No vuelvas a mostrar debilidad. No le des lo que quiere.
—Y sin embargo, guardaste la caja —dijo—. Sabes a qué caja me refiero.
La dejé en la cocina de Amatis para ti; un pequeño regalo, algo que te recuerde
a mí. ¿Cómo te sentiste cuando te enteraste de eso? —Sonrió, y no había nada
en su sonrisa de Valentine, tampoco. Valentine había sido humano, él había
sido un monstruo humano. Sebastian era otra cosa.
»Sé que la sacabas todos los años, que llorabas sobre ella —dijo—. ¿Por
qué hacías eso?
Ella no dijo nada, y él alcanzó por encima del hombro la empuñadura de
la espada Morgenstern, atada a su espalda.
—Te sugiero que me contestes —dijo—. No tengo ningún reparo en
cortarte los dedos, uno por uno, y utilizarlos como el borde de una pequeña
alfombra.
Tragó saliva.
—Lloré sobre la caja, porque mi hijo me fue robado.
—Un niño que nunca te importó.
—Eso no es verdad —dijo—. Antes de que nacieras, yo te amaba, a la
idea de ti. Te amé cuando sentí los latidos de tu corazón en mi interior.
Entonces naciste y eras…
—¿Un monstruo?
—Tú alma estaba muerta —dijo—. Pude verlo en tus ojos cuando te miré.
—Cruzó los brazos sobre el pecho, reprimiendo el impulso de temblar—. ¿Por
qué estoy aquí?
Sus ojos brillaban.
—Dímelo tú, ya que me conoces tan bien, madre.
—Meliorn nos drogó —dijo—. Deduzco que a partir de sus acciones las
Hadas son tus aliados. Lo han sido durante algún tiempo. Ellos creen que vas a
ganar la guerra contra los Cazadores de Sombras y desean estar en el lado
ganador; además, han estado resentidos con los Nefilim durante más tiempo y
con más fuerza que cualquier otro subterráneo. Ellos han ayudado en los
ataques a los Institutos; han incrementado sus filas, mientras que tú has
reclutado nuevos Cazadores de Sombras con la Copa Infernal. Al final, cuando
hayas crecido lo suficiente, los traicionaras y destruirás, porque los desprecias
de corazón. —Hubo una larga pausa, mientras lo miraba
desapasionadamente—. ¿Estoy en lo cierto?
Ella vio el salto del pulso en su garganta mientras exhalaba, y supo que
había acertado.
—¿Cuándo has adivinado todo eso? —dijo entre dientes.
—No me lo imagino. Te conozco. Conocí a tu padre, y eres como él, es su
crianza, no tu naturaleza.
Él todavía la estaba mirando, sus ojos insondables y negros.
—Si no hubieras pensado que estaba muerto —dijo—, si hubieras sabido
que estaba vivo, ¿te hubieses preocupado por mí? ¿Me habrías protegido?
—Yo quería tenerte —dijo—. Quería intentar criarte, enseñarte las cosas
correctas, cambiarte. Me culpo a mí misma por lo que eres. Siempre lo hago.
—¿Me habrías criado? —parpadeó, casi somnoliento—. ¿Me criarías aún
odiándome?
Ella asintió con la cabeza.
—¿Crees que yo habría sido diferente, entonces? ¿Más como ella?
Le tomó un momento antes de darse cuenta.
—Clary —dijo ella—. ¿Te refieres a Clary? —le hizo daño decir el
nombre de su hija; echaba mucho de menos a Clary, y al mismo tiempo estaba
aterrorizada por ella. Sebastian la amaba, pensó, si él amaba a alguien. Amaba a
su hermana, y si había alguien que sabía lo mortal que era ser amado por
alguien como Sebastian, era Jocelyn—. Nunca lo sabremos —dijo finalmente—.
Valentine te alejó de nosotras.
—Deberías haberme amado —dijo, y ahora sonaba petulante—. Yo soy
tu hijo. Tú me tienes que amar ahora, no importa lo que yo diga, si soy como
ella o no…
—¿En serio? —a Jocelyn se le entrecorto el aliento—. ¿Me amas? ¿Sólo
porque soy tu madre?
—Tú no eres mi madre —dijo, con una mueca en sus labios—. Ven. Mira
esto. Te voy a enseñar lo que mi verdadera madre me ha dado el poder de hacer.
Tomó una estela de su cinturón. Eso envió una sacudida a través de
Jocelyn, se olvidaba, a veces, que era un Cazador de Sombras , y podría usar las
herramientas de uno de ellos. Con la estela dibujó en la pared de piedra de la
sala. Runas, un diseño que reconoció. Algo que todos los Cazadores de Sombras
sabían hacer. La piedra empezó a volverse transparente, y Jocelyn se preparó
para ver lo que estaba más allá de las paredes.
En cambio, vio la habitación del Cónsul en el Gard, en Alicante. Jia
estaba sentada detrás de su enorme escritorio cubierto de montones de
archivos. Parecía exhausta, con el pelo negro generosamente salpicado de
hebras de color blanco. Tenía un expediente abierto sobre la mesa delante de
ella. Jocelyn podía ver fotografías de una playa: arena, el cielo azul grisáceo.
—Jia Penhallow —dijo Sebastian.
La cabeza de Jia se alzó. Ella se puso en pie, el archivo se deslizó al suelo
formando un lio de papeles
—¿Quién es? ¿Quién está ahí?
—¿No me reconoces? —dijo Sebastian, con una sonrisa en su voz.
Jia miró desesperadamente delante de ella. Era obvio que cualquier cosa
que estuviese viendo, la imagen no era clara.
—Sebastian —suspiró ella—. Pero no han pasado dos días todavía.
Jocelyn pasó junto a él.
—Jia —dijo—. Jia, no hagas caso a nada de lo que dice. Es un
mentiroso…
—Es demasiado pronto —dijo Jia, como si Jocelyn no hubiese hablado, y
ella se dio cuenta, para su horror, que Jia no podía verla o escucharla. Era como
si no estuviera allí.
—Puede que no tenga una respuesta para ti, Sebastian.
—Oh, yo creo que sí —dijo Sebastian—. ¿No es así?
Jia enderezó los hombros.
—Si insistes —dijo ella con frialdad—. La Clave ha discutido tu solicitud.
No te entregaremos ni a Jace Lightwood ni a Clarissa Fairchild…
—Clarissa Morgenstern —dijo Sebastian, con un espasmo en el musculo
de su mejilla—. Ella es mi hermana.
—Yo la llamo por el nombre que ella prefiera, así como a ti —dijo Jia—.
No vamos a hacer un trato de sangre contigo. No porque creamos que sea más
valiosa que la sangre de un subterráneo. No porque no queramos a nuestros
prisioneros de vuelta. Es porque no podemos tolerar tus tácticas de terror.
—Como si yo buscara tu aprobación —Sebastian se burló—. ¿Entiendes
lo que significa? Te podría mandar la cabeza de Luke Garroway en un palo.
Jocelyn sintió como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el
estómago.
—Lo harías —dijo Jia—. Pero si le haces daño a cualquiera de los
prisioneros, será una guerra a muerte. Y créeme que tienes tanto que temer de
una guerra con nosotros como nosotros de una guerr
—Oh, hubiera sido más conveniente si hubieras decidido entregarlos —
dijo Sebastian—. Menos problemas para mí. Menos problemas para todos
nosotros. Pero es demasiado tarde ahora, ya ves… ya se han ido.
Hizo girar su estela, y la ventana que se había abierto al mundo de
Alicante se cerró en la cara asombrada de Jia. La pared era un suave lienzo de
piedra blanca una vez más.
—Bueno —dijo, deslizando la estela en el cinturón de armas—. Eso fue
divertido, ¿no crees?
Jocelyn tragó contra su garganta seca.
—Si Jace y Clary no se encuentran en Alicante, ¿dónde están? ¿Dónde
están, Sebastian?
Él la miró por un momento, y luego se echó a reír: una risa tan pura y fría
como el agua helada. Él seguía riendo cuando fue a la puerta y salió de ella,
dejándola bloqueada detrás de él
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