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Capítulo 19
En la Tierra en Silencio
Traducido por Alisson* y Auroo_J
Corregido por Emi Rose
La mujer Nefilim Oscura tenía la piel pálida y el pelo largo y cobrizo.
Podría haber sido atractiva una vez, pero ahora enredada con tierra y ramas, no
parecía importante, acababa de colocar el alimento en los platos, avena, y un
caldo de aspecto gris, para Magnus y Luke, y una botella de sangre para
Raphael, en el suelo y se alejó de los prisioneros.
Ni Luke ni Magnus se movieron hacia su comida. Magnus se sentía
demasiado enfermo como para tener apetito. Además, él vagamente sospechaba
que Sebastian hubiera envenenado la avena, drogado o ambas cosas. Raphael,
sin embargo, tomó la botella y bebió con avidez, tragando hasta que la sangre
corría por la comisura de sus labios.
—Ahora, ahora, Raphael —dijo una voz desde las sombras, y Sebastian
Morgenstern apareció en la puerta abierta. La Nefilim oscura inclinó la cabeza y
se apresuró a salir por delante de él, cerrando la puerta detrás de ella.
Realmente se veía asombrosamente igual a su padre cuando tenía su
edad, pensó Magnus. Esos extraños ojos negros, totalmente negros sin una
pizca de color marrón o avellana, el tipo de característica que es hermosa
porque es inusual. La misma sonrisa fanática al contraerse. Jace nunca había
tenido esa imprudencia y alegría anárquica de auto aniquilación que él se había
imaginado, mucho menos un fanático. Lo cual, Magnus pensó, era precisamente
la razón por lo que Valentine lo había despedido. Para aplastar a su oposición,
se necesitaba un martillo, y Jace era un arma mucho más delicada que eso.
—¿Dónde está Jocelyn? —dijo Luke, por supuesto, su voz era un
gruñido, con las manos en puños a los costados. Magnus se preguntaba cómo
era que Luke podía mirar a Sebastian, si era tan parecido a Valentine, él había
sido una vez su parabatai, debió ser doloroso, o esa era una pérdida que había
desaparecido hace mucho tiempo—. ¿Dónde está ella?
Sebastian se rió, y eso era algo diferente en él; Valentine nunca había sido
un hombre que se reía fácilmente. El humor sarcástico de Jace parecía haber
nacido en su sangre, un rasgo claramente Herondale.
—Ella está bien —dijo—. Muy bien, y me refiero a que aún está viva. Qué
es lo que mejor se puede esperar, ¿verdad?
—Quiero verla —dijo Luke.
—Uhmm… —dijo Sebastian, como si lo considerara—. No. No veo como
eso me beneficie.
—Es tu madre —dijo Luke—. Podrías ser amable con ella.
—No es tu asunto, perro —por primera vez, había una sombra de
juventud en la voz de Sebastian, un borde de petulancia—. Tú, pusiste tus
manos sobre mi madre, por lo que Clary cree que eres su familia.
—Soy más familia de la que tú eres —dijo Luke, y Magnus le lanzó una
mirada de advertencia cuando Sebastian se volteó, sus dedos se retorcieron
hacia su cinturón, la empuñadura de la espada Morgenstern era visible.
—No —dijo Magnus en voz baja, y luego, más fuerte—: ¿Sabes que si
tocas a Luke, Clary te odiará? Jocelyn, también.
Sebastian sacó su mano de la espada con un esfuerzo visible.
—Dije que no tengo la intención de hacerles daño.
—No, simplemente se resiste el rehén —dijo Magnus—. ¿Quieres algo…
algo de la Clave, o algo de Clary y Jace. Yo diría que de este último; la Clave
nunca te ha interesado mucho, pero te importa lo que piense tu hermana. Ella y
yo somos muy cercanos, por cierto —añadió.
—No tan cercanos —el tono de Sebastian fue marchito—. Tú casi siempre
intentas salvar la vida de todas las personas que conoces. No estoy tan loco.
—Tu pareces muy loco —dijo Raphael, que había permanecido en
silencio hasta este momento.
—Raphael —dijo Magnus en tono de advertencia, pero Sebastian no
parecía enojado. Fue hacia Raphael con una mirada de consideración.
—Raphael Santiago —dijo—. Líder del clan de Nueva York ¿O ya no?
No, fue Camille quien ocupó esa posición, y ahora es la niña loca. Eso debe ser
muy frustrante para ti. Realmente me parece que los Cazadores de Sombras de
Manhattan deberían haber intervenido antes. Ni Camille ni la pobre Maureen
Brown eran aptas para ser líderes. Rompieron los Acuerdos no les importaba
nada de la ley. Pero lo hacían. Me parece que de todas las razas de Submundos,
los vampiros han sido los más maltratados por los Cazadores de Sombras. Uno
solo tiene que mirar su situación.
—Raphael —dijo Magnus otra vez, y trató de inclinarse hacia adelante,
para captar la atención del vampiro, pero las cadenas de Magnus se estiraron,
haciéndolas vibrar. Hizo una mueca de dolor por sus muñecas.
Raphael estaba sentado sobre sus talones, con las mejillas sonrojadas por
su reciente alimentación. Su cabello estaba despeinado; se veía tan joven como
cuando lo había conocido.
—No veo por qué tú me estás diciendo esto —dijo.
—No puedes decir que te he maltratado más que tus líderes vampiros —
dijo Sebastian—. Te he alimentado. No te he puesto en una jaula. Sabes que voy
a ganar; todos lo saben. Y ese día voy a ser feliz para asegurarme de que,
Raphael, gobiernes todos los vampiros en Nueva York, de hecho, todos los
vampiros en América del Norte. Eres bienvenido a ello. Todo lo que necesito es
que traigas Hijos de la Noche a mi lado. La Reina de las Hadas ya se ha unido a
mí. La Corte siempre escoge el lado ganador. ¿Y cuando no es así?
Raphael se puso de pie. Había sangre en sus manos; frunció el ceño hacia
ellos. Raphael se veía fastidiado.
—Eso parece razonable —dijo—. Me reuniré contigo.
Luke dejó caer su rostro entre sus manos. A través de sus dientes
Magnus dijo:
—Raphael, lo que hemos vivido, las expectativas que tenía de ti se han
caído.
—Magnus, no importa —dijo Luke; él se estaba protegiendo, Magnus lo
sabía. Raphael ya se había ido al lado de Sebastian—. Que se vaya. No es una
pérdida.
Raphael resopló.
—No hay pérdida, tú lo has dicho —dijo—. Estaré bien deja de ser idiota,
dejándote caer sobre esta celda, quejándote de tus amigos y amantes. Eres débil
y siempre has sido débil.
—Debería haber dejado que entrara la luz del día —dijo Magnus, y su
voz era como el hielo.
Raphael se estremeció, era apenas un movimiento, pero Magnus lo vio.
No es que le trajera mucha satisfacción.
Sebastian vio el estremecimiento, sin embargo, la mirada de sus ojos
oscuros se intensificó. De su cinturón sacó un cuchillo delgado, con una hoja
estrecha. Misericordia, una “muerte misericordiosa," el tipo de hoja que estaba
destinada a perforar a través de los huecos en la armadura y entregar un golpe
mortal.
Raphael, al ver el destello del metal, retrocedió rápidamente, pero
Sebastian solo sonrió y volteó la hoja en la mano. Se la ofreció a Raphael,
empuñándola primero.
—Toma —dijo.
Raphael extendió una mano, con una mirada sospechosa. Tomó el
cuchillo y lo sostuvo, apretándolo débilmente, los vampiros tenían poca
utilidad para las armas. Eran sus propias armas.
—Muy bien —dijo Sebastian—. Ahora vamos a sellar nuestro acuerdo
con sangre. Mata al brujo.
La hoja cayó de la mano de Raphael y tocó al suelo. Con una mirada de
irritación Sebastian se inclinó y la cogió, volviéndola a colocar en la mano del
vampiro.
—Nosotros no matamos con cuchillos —dijo Raphael, mirando desde la
hoja hasta la fría expresión de Sebastian.
—Ahora sí —dijo Sebastian—. No quiero que le arranques la garganta;
demasiado asqueroso, fácilmente puedes hacerlo mal. Haz lo que te digo. Ve
donde el brujo y apuñálalo hasta la muerte. Cortarle la garganta, perfora su
corazón, como tú quieras.
Raphael se volvió hacia Magnus. Luke dio un paso adelante; Magnus
levantó una mano para advertirle.
—Luke —dijo—. No lo hagas.
—Raphael, si tú haces esto, no habrá paz entre el Clan y los Hijos de la
Noche, ni ahora ni nunca más —dijo Luke, con los ojos destellando con un
brillo verde.
Sebastian se rió.
—No te podrás imaginar nunca lo que es tener un Clan nuevo, ¿Verdad,
Lucian Graymark? Cuando gane esta guerra, y lo haré, voy a gobernar con mi
hermana a mi lado, y te mantendré en una jaula para que ella te lance huesos
cuando la divierta.
Raphael dio otro paso hacia Magnus. Sus ojos eran enormes. Su garganta
había sido besada tantas veces por el crucifijo que llevaba que la cicatriz nunca
se iría. La hoja brillaba en su mano.
—Si piensas que Clary toleraría… —comenzó Luke, y luego dio media
vuelta. Se acercó a Raphael, pero Sebastian ya estaba frente a él, bloqueando su
camino con la hoja Morgenstern.
Con una extraña indiferencia Magnus miró como Raphael se le acercaba.
El corazón de Magnus le latía en su pecho, era consciente de que había pasado
mucho, pero que no sentía miedo. Había estado cerca de la muerte muchas
veces; tantas, que la idea ya no le asustaba. A veces pensaba, una parte de él
deseaba que ese país desconocido, fuera un lugar al que nunca hubiera ido, una
experiencia aún no vivida.
La punta del cuchillo tocó el cuello. La mano de Raphael estaba
temblando; Magnus sintió el pinchazo cuando la hoja tocó el hueco de su
garganta.
—Así es —dijo Sebastian con una sonrisa salvaje—. Córtale la garganta.
Deja que la sangre corra por el suelo. Él ha vivido demasiados años.
Magnus entonces pensó en Alec, sus ojos azules y su sonrisa constante.
Pensó en cuando se alejó de Alec en los túneles debajo de Nueva York. Pensó en
qué lo había hecho. Sí, ver a Alec con Camille le había enfurecido, pero era más
que eso.
Recordó a Tessa llorando en sus brazos, en París, pensando que nunca
había conocido la pérdida que ella sentía, porque nunca había querido lo que
ella tenía, y que tenía miedo de que algún día iba como Tessa a perder su amor
mortal. Y que era mejor ser el que murió, que el que vivió sucesivamente.
Lo había descartado, más tarde, como una fantasía mórbida, y no se
había acordado de nuevo de Alec. Había roto con él para alejarse. Porque para
un inmortal amar a un mortal había sido la destrucción de los Dioses, y si los
Dioses se habían destruido por él, Magnus apenas podía esperar lo mejor. Miró
a Raphael a través de sus pestañas.
—¿Te acuerdas? —dijo en voz baja, tan baja que dudaba que Sebastian
pudiera oírlo—. ¿Sabes lo que me debes?
—Tú me salvaste la vida —dijo Raphael, pero su voz era insensible—.
Una vida que nunca quise.
—Muéstrame que lo dices en serio, Santiago —dijo Sebastian—. Mata al
brujo.
La mano de Raphael se tensó sobre la empuñadura del cuchillo. Sus
nudillos estaban blancos. Habló con Magnus:
—No tengo alma —dijo—. Pero te hice una promesa en la puerta de mi
madre, y ella era sagrada para mí.
—Santiago —comenzó Sebastian.
—Yo era un niño entonces. Ya no lo soy ahora —el cuchillo cayó al suelo.
Raphael se volvió y miró a Sebastian, sus grandes ojos oscuros muy claros—.
No puedo —dijo—. No lo haré. Le debo una deuda de hace muchos años.
Sebastian estaba muy quieto.
—Me decepcionas, Raphael —dijo, y envainó la espada Morgenstern. Dio
un paso adelante y cogió el cuchillo a los pies de Raphael, dándole vueltas en su
mano. Un poco de luz salió a lo largo de la hoja, el canto de una lágrima de
fuego—. Me decepcionas mucho —dijo, y luego demasiado rápido para que el
ojo lo siguiera, clavó la hoja en el corazón de Raphael.
Hacía mucho frío en el interior de la morgue del hospital. Maia no estaba
temblando, pero podía sentirlo, como agujas contra su piel.
Catarina estaba de pie contra el banco de los compartimentos de acero
que sostenían los cadáveres, que se extendían a lo largo de una pared. Las luces
fluorescentes amarillas hicieron su mirada descolorida, una mancha restregada
de color azul claro en verde. Ella estaba murmurando en voz baja en un idioma
extraño que hizo correr escalofríos por la columna vertebral de Maia.
—¿Dónde está? —preguntó Bat. Tenía un cuchillo de caza de aspecto
siniestro en una mano y una jaula de la perrera de gran tamaño en la otra. Él la
dejo caer con un sonido estruendoso, su mirada barrió la habitación.
Dos mesas de acero desnudas de pie en el centro de la morgue. Como
miraba fijamente a Maia, uno de ellos comenzó avanzando poco a poco. Sus
ruedas arrastrándose por el suelo de baldosas.
Catarina señaló:
—No —dijo. Su mirada estaba en la jaula; ella hizo un gesto con los
dedos y la jaula pareció vibrar y chispar—. Debajo de la mesa.
—¡No me digas! —dijo Lily arrastrando las palabras, chasqueando sus
talones delante del otro. Se inclinó para mirar por debajo de la mesa, luego saltó
hacia atrás con un grito. Voló por los aires y aterrizó en uno de los mostradores,
donde se alzó como un murciélago, con el pelo negro cayéndole debajo de su
cola de caballo—. Es horrible —dijo.
—Es un demonio —dijo Catarina. La mesa había dejado de moverse—.
Probablemente un Dantalion o algún otro tipo de ghoul. Se alimentan de los
muertos.
—Oh, por el amor de Dios —dijo Maia, dando un paso hacia adelante;
antes de llegar a la mesa, Bat pateó con una bota. Se acercó con un ruidoso
sonido, revelando a la criatura de debajo.
Lily tenía razón: era horrible. Era aproximadamente del tamaño de un
perro grande, pero se parecía a una bola de color grisáceo, sus intestinos
pulsaban, tenía incrustaciones de riñones malformados y nodos de pus y
sangre. Un solo ojo amarillo lloroso miró de entre el amasijo de órganos.
—Ew —dijo Bat.
—Te lo dije —dijo Lily, mientras que una larga cuerda de intestino salía
disparada del demonio y se envolvía alrededor del tobillo de Bat, tirando con
fuerza. Él estrepitosamente cayó al suelo con una mueca de dolor.
—¡Bat! —gritó Maia, pero antes de poder moverse, él dio media vuelta y
cortó con su cuchillo a través de la pulsante materia que lo sostenía. Se volvió al
mismo tiempo que el demonio esparcía su veneno a través del suelo.
—Muy asqueroso —dijo Lily. Ahora estaba sentada en el mostrador,
apropiándose de un rectangular objeto de metal, su teléfono, como si fuera a
alejar al demonio.
Bat se puso de pie mientras el demonio se deslizaba hacia Maia. Ella lo
pateó fuera, y se deshizo con un ruido enojado. Bat miró el cuchillo. El metal se
estaba derritiendo, disuelto por el icor. Lo dejó caer con un ruido de disgusto.
—Armas —dijo, buscando alrededor—. Necesito un arma.
Maia cogió un bisturí de una mesa cercana y lo arrojó. Se hundió en la
criatura con un ruido viscoso. El demonio chilló. Un momento después, el
bisturí replicó fuera de él, como si hubiera sido expulsado de una
particularmente poderosa tostadora. Se deslizó por el suelo, fundiéndose y
chisporreando.
—¡Las armas normales no funcionan en ellos! —Catarina dio un paso
adelante, levantando su mano derecha. Estaba rodeada por la llama azul—. Solo
cuchillas con runas.
—¡Entonces vamos a conseguir algunas de esas! —jadeó Bat y retrocedió
mientras la criatura pulsante se deslizaba hacia él.
—¡Solo los Cazadores de Sombras pueden usarlas! —gritó Catarina, y un
rayo azul de fuego se disparó de su mano. Golpeando a la criatura en un ángulo
recto, enviándolo a rodar una y otra vez. Bat se apoderó de la jaula y la golpeó
en frente del demonio, tirando hacia arriba de la escotilla mientras que el
demonio entraba en el interior.
Maia cerró de golpe la escotilla y arrojó el perno, bloqueó al demonio
dentro. Todos se echaron atrás, mirando con horror como silbaba y se lanzaba
en torno a los límites de su prisión mágicamente reforzada. Todos excepto Lily,
que seguía con su teléfono.
—¿Estás grabando esto? —exigió Maia.
—Tal vez —dijo Lily.
Catarina se sacó la manga de la frente. —Gracias por la ayuda —dijo—.
Incluso la magia del brujo no puede matar Dantalions; son resistentes.
—¿Por qué estás filmando esto?—dijo Maia a Lily.
La chica vampiro se encogió de hombros.
—Cuando el gato no está, los ratones se divierten… Siempre es bueno
recordar los ratones en este caso, cuando el gato no está, los ratones serán todos
consumidos por los demonios. Voy a enviar el archivo de video a cada uno de
nuestros contactos Submundo de todo el mundo. Solo un recordatorio de que
hay demonios y que necesitamos a los Cazadores de Sombras para destruirlos.
Por eso es que existen.
—No van a existir por mucho tiempo —susurró el demonio Dantalion.
Bat gritó y saltó hacia atrás con otro pie. Maia no lo culpaba. La boca de la cosa
se había abierto. Se veía como un túnel negro manchado con alineados
dientes—. Mañana por la noche es el ataque. Mañana por la noche es la guerra.
—¿Qué guerra ? —exigió Catarina—. Dinos criatura o cuando llegue a
casa, te torturaré con todo lo que puedas imaginar.
—Sebastian Morgenstern —dijo el demonio—. Mañana por la noche
atacara Alicante. Mañana por la noche los Cazadores de Sombras dejarán de
existir.
Un fuego ardía en el centro de la cueva, el humo se enrollaba hacia lo
alto del techo abovedado, perdiéndose en la sombra. Simon podía sentir el calor
del fuego, un crepitar tenso contra su piel más que una verdadera sensación de
calidez. Supuso que hacía frío en la cueva por el hecho de que Alec hubiera
incluido para sí mismo un suéter abultado y cuidadosamente envuelto en una
manta a Isabelle, que dormía tendida sobre el suelo, con la cabeza en el regazo
de su hermano. Pero Simon no podía sentirlo, no realmente.
Clary y Jace habían ido a comprobar los túneles y asegurarse de que
estaban todavía libres de demonios y otra posible desagradable sorpresa
callejera. Alec no había querido dejar a Isabelle y Simon había estado
demasiado débil y mareado para poder moverse mucho. No es que él hubiera
dejado que se supiera, de hecho. Técnicamente él estaba de guardia, atento a
cualquier cosa que pueda venir contra ellos desde las sombras.
Alec estaba mirando a las llamas. La luz amarilla le daba un aspecto
cansado, más viejo.
—Gracias —dijo, de repente.
Simon casi saltó. Alec no le había dicho ni una palabra desde ¿Qué estás
haciendo?
—¿Por qué?
—Salvaste a mi hermana —dijo Alec. Pasó una mano por el cabello
oscuro de Isabelle—. Lo sabía —dijo, un poco vacilante—. Quiero decir, yo
sabía, cuando vinimos aquí, que esto podría ser una misión suicida. Sé que es
peligroso. Sé que no puedo esperar que todos nosotros sobrevivamos. Pero
pensé que podría ser yo, no Izzy…
—¿Por qué? —dijo Simon. Su cabeza le latía, su boca estaba seca.
—Porque preferiría ser yo —dijo Alec—. Ella es Isabelle. Es inteligente,
fuerte y una buena luchadora. Mejor que yo. Merece estar bien, ser feliz —miró
a Simon a través del fuego—. Tú tienes una hermana, ¿verdad?
Simon fue sacudido por la pregunta. Nueva York parecía un mundo, una
vida en la distancia.
—Rebecca —dijo—. Ese es su nombre.
—¿Y qué harías con alguien que la hiciera infeliz?
Simon miró a Alec con cautela.
—Razonaría con ellos —dijo—. Hablar sobre el tema. Tal vez un abrazo
de entendimiento.
Alec resopló y pareció a punto de responder; a continuación, su cabeza
giró bruscamente, como si hubiera oído algo. Simon levantó una ceja. No era a
menudo que un hombre escuchara algo antes que un vampiro lo hiciera. Un
momento después reconoció el sonido, y entendió: Era la voz de Jace. La
Iluminación bailaba al final del túnel, y Clary y Jace aparecieron, Clary llevaba
una luz mágica en la mano.
Incluso con sus botas Clary apenas le llegaba al hombro a Jace. Ellos no
se estaban tocando, pero se quedaron juntos en el fuego. Simon pensó que, si
bien habían parecido una pareja desde el primer momento en que volvieron de
Idris, se veían como algo más ahora. Parecían un equipo.
—¿Algo interesante? —preguntó Alec a Jace cuando vino a sentarse junto
al fuego.
—Clary puso runas de glamour en las entradas de las cuevas. Nadie
debería ser capaz de ver que hay algo aquí.
—¿Cuánto tiempo durarán?
—Toda la noche, probablemente hasta mañana —dijo Clary, mirando a
Izzy—. Puede que las runas desaparezcan más rápido aquí, voy a tener que
comprobar más tarde.
—Y yo tengo una mejor idea de donde estamos posicionados en términos
de Alicante. Estoy bastante seguro de que la rocosa tierra baldía donde
estábamos anoche —Jace señaló el túnel de la derecha—, se ve a lo largo de lo
que creo que solía ser el Bosque Brocelind.
Alec medio cerró los ojos.
—Eso es deprimente. El bosque era hermoso.
—Ya no más —negó Jace con la cabeza—. Solo un páramo, por lo que se
puede ver —se inclinó y tocó el cabello de Isabelle y Simon sintió una pequeña
llamarada sin sentido de celos de que podía tocarla tan descuidadamente,
mostrando su afecto sin pensar—. ¿Cómo está?
—Bueno. Durmiendo.
—¿Crees que va a estar lo suficientemente bien como para irnos por la
mañana? —la voz de Jace sonaba ansiosa—. No podemos quedarnos. Hemos
enviado suficientes avisos de que estamos aquí. Si no llegamos a Sebastian, él
nos encontrará a nosotros primero. Y nos estamos quedando sin comida.
Simon se perdió la respuesta que murmuró Alec; un dolor punzante
repentino se disparó a través de él, y se dobló. Se sentía despojado de su aliento,
salvo que él no respiraba. No obstante su pecho se sentía herido, como si algo
hubiera sido arrancado de él.
—Simon. ¡Simon! —dijo Clary bruscamente, con la mano en su hombro,
y él la miró, sus ojos llenos de lágrimas teñidas de sangre—. Dios, Simon, ¿qué
pasa? —preguntó, frenética.
Él se incorporó lentamente. El dolor ya estaba empezando a menguar.
—No lo sé. Era como si alguien hubiese clavado un cuchillo en mi pecho.
Jace se puso rápidamente de rodillas delante de él, sus dedos debajo de la
barbilla de Simon. Su mirada dorado pálido examinó su rostro.
—Raphael —dijo Jace finalmente, en una voz plana—. Él es tu padre,
aquel cuya sangre te ha hecho un vampiro.
Simon asintió.
—¿Y?
Jace negó con la cabeza.
—Nada —murmuró—. ¿Cuándo fue la última vez que comiste?
—Estoy bien —dijo Simon, pero Clary ya había cogido su mano derecha
y la levantó; el anillo dorado de Hadas brillaba en su dedo. Su mano en sí era
blanco muerto, las venas bajo la piel luciendo negras, como una red de grietas
en el mármol—. No estás bien; ¿no te has alimentado? ¡Perdiste toda esa sangre!
—Clary…
—¿Dónde están las botellas que trajiste? —se lanzó a su alrededor, en
busca de su bolsa, y la encontró empujada contra la pared. Tiró de ella—.
Simon, si no empiezas a cuidar mejor de ti mismo…
—No —él agarró la correa de la bolsa lejos de ella; ella lo miró—. Se
rompieron —dijo—. Las botellas se rompieron, cuando estábamos luchando
contra los demonios en el Salón de los Acuerdos. La sangre se ha ido.
Clary se puso de pie.
—Simon Lewis —dijo ella con furia—. ¿Por qué no dijiste algo?
—¿Decir algo sobre qué? —Jace se apartó de Simon.
—Simon muere de hambre —explicó Clary—. Perdió sangre curando a
Izzy, y su suministro naufragó en el Salón.
—¿Por qué no dijiste algo? —preguntó Jace, levantándose y empujando
hacia atrás un mechón de pelo rubio.
—Porque —dijo Simon—, no es como que haya animales de los que
pueda alimentarme aquí.
—Estamos nosotros —dijo Jace.
—No quiero alimentarme de la sangre de mis amigos.
—¿Por qué no? —Jace dio un paso más allá del fuego y miró a Simon; su
expresión era abierta y curiosa—. Hemos estado aquí antes, ¿no? La última vez
que te morías de hambre, yo te di mi sangre. Fue un poco homoerótico, tal vez,
pero estoy seguro de mi sexualidad.
Simon suspiró internamente; se daba cuenta de que bajo la frivolidad,
Jace era completamente serio en su oferta. Probablemente menos porque era
sexy que porque Jace tenía un deseo de muerte del tamaño de Brooklyn.
—No voy a morder a alguien cuyas venas están llenas de fuego celestial
—dijo Simon—. No tengo ningún deseo de ser tostado de adentro hacia afuera.
Clary apartó su pelo hacia atrás, dejando al descubierto su garganta.
—Mira, bebe mi sangre. Siempre dije que eras bienvenido a ello.
—No —dijo Jace de inmediato, y Simon lo vio recordando la bodega del
barco de Valentine, la forma en que Simon había dicho Te habría matado, y Jace
había respondido, con asombro, Te habría dejado.
—Oh, por el amor de Dios. Yo lo haré —Alec se puso de pie,
reposicionando cuidadosamente a Izzy en la manta. Metió el borde alrededor
de ella y se enderezó.
Simon dejó caer la cabeza hacia atrás contra la pared de la cueva.
— Ni siquiera te agrado. ¿Y ahora estas ofreciéndome tu sangre?
—Salvaste a mi hermana. Te lo debo —Alec se encogió de hombros, su
sombra larga y oscura a la luz de las llamas.
—Así es —Simon tragó torpemente—. Está bien.
Clary le acercó su mano. Después de un momento Simon la tomó y dejó
que lo transportara a sus pies. No podía dejar de mirar a través de la habitación
a Isabelle, dormida, medio envuelta en una manta azul de Alec. Ella respiraba,
lento y constante. Izzy, respirando todavía, a causa de él.
Simon dio un paso hacia Alec, y tropezó. Alec lo atrapó y lo estabilizó. Su
apretón en el hombro de era fuerte. Podía sentir la tensión de Alec en ello, y de
repente se dio cuenta de lo extraña que era la situación: Jace y Clary
sorprendidos abiertamente frente a ellos, Alec luciendo como si estuviera
preparándose para tener un cubo de agua helada vertida sobre su cabeza.
Alec volvió un poco la cabeza hacia la izquierda, dejando al descubierto
su garganta. Él estaba mirando fijamente a la pared de enfrente. Simon decidió
que se parecía menos a alguien que estaba a punto de tener agua helada
descargada en la cabeza y más como alguien a punto de sufrir un examen
vergonzoso en el consultorio del médico.
—No estoy haciendo esto frente a todos —anunció Simon.
—No es el juego de la botella, Simon —dijo Clary—. Es solo la comida.
No es que seas comida, Alec —añadió cuando él miró. Ella levantó las manos—.
No importa.
—Oh, por el Ángel —comenzó Alec, y cerró la mano alrededor del brazo
de Simon—. Vamos —dijo, y lo arrastró hasta la mitad del túnel que conducía
hacia la puerta, justo lo suficiente para que los otros desaparecieran de la vista,
desapareciendo detrás de una saliente rocosa.
Aunque Simon escuchó lo último que dijo Jace, justo antes de que se
desvanecieron del alcance del oído.
—¿Qué? Necesitan privacidad. Es un momento íntimo.
—Creo que deberías dejar que me muera —dijo Simon.
—Cállate —dijo Alec, y lo empujó contra la pared de la cueva. Miró a
Simon pensativamente—. ¿Tiene que ser mi cuello?
—No —dijo Simon, sintiéndose como si se hubiera extraviado en un
sueño extraño—. Las muñecas están bien también.
Alec comenzó a empujar hacia arriba la manga de su suéter. Su brazo
estaba desnudo y pálido, salvo por las marcas, y Simon podía ver las venas bajo
la piel. A su pesar, sintió el aguijón del hambre, despertándolo del agotamiento:
Podía oler la sangre, suave y salada, rica con la espiga de la luz del día. Sangre
de Cazador de Sombras, como Izzy. Se pasó la lengua por los dientes superiores
y solo se sorprendió un poco al sentir sus caninos endureciéndose y afilándose
en colmillos.
—Solo quiero que sepas —dijo Alec mientras sostenía su muñeca hacia
fuera—, que me doy cuenta de que para vosotros los vampiros este negocio de
alimentarse a veces es igual a momentos sexys.
Los ojos de Simon se agrandaron.
—Mi hermana me ha dicho más de lo que quería saber —admitió Alec—.
De todos modos, mi punto es que no me siento atraído hacia ti en lo más
mínimo.
—Correcto —dijo Simon, y tomó la mano de Alec. Trató una especie de
agarre fraternal, pero no funcionó del todo, teniendo en cuenta que tenía que
doblar la mano de Alec hacia atrás para dejar al descubierto la parte vulnerable
de su muñeca—. Bueno, no es que suenes mis campanas tampoco, así que
supongo que estamos a mano. Aunque, podrías haber fingido por cinco…
—No, no podía —dijo Alec—. Odio cuando los hombres heterosexuales
piensan que todos los gays se sienten atraídos por ellos. No me siento atraído a
todos los hombres más de lo que te sientes atraído por todas las chicas.
Simon tomó una respiración profunda y determinada. Siempre era una
sensación extraña, respirar cuando él no lo necesitaba, pero era tranquilizador.
—Alec —dijo—. Tranquilízate. No creo que estés enamorado de mí. De
hecho, la mayoría de las veces creo que me odias.
Alec se detuvo.
—No te odio. ¿Por qué iba a odiarte?
—¿Porque soy un Subterráneo? ¿Porque soy un vampiro que está
enamorado de tu hermana y crees que es demasiado buena para mí?
—¿Tú no lo crees? —dijo Alec, pero era sin rencor; después de un
momento, sonrió un poco, esa sonrisa Lightwood que iluminaba su rostro e
hizo a Simon pensar en Izzy—. Ella es mi hermana pequeña. Creo que es
demasiado buena para todos. Pero tú, eres una buena persona, Simon. Sin
importar si eres un vampiro, también. Eres leal y eres inteligente y haces a
Isabelle feliz. No sé por qué, pero lo haces. Sé que no me agradabas cuando te
conocí. Pero eso cambió. Y difícilmente juzgaría a mi hermana por salir con un
Subterráneo.
Simon se quedó muy quieto. Alec estaba bien con los brujos, pensó. Eso
era bastante obvio. Pero los brujos nacieron de lo que eran. Alec era el más
conservador de los chicos Lightwood, no era caótico y amoroso o tomando
riesgos como Jace e Isabelle, y Simon siempre había sentido en él, esa sensación
de que un vampiro era un ser humano transformado en algo malo.
—No estarías de acuerdo en ser un vampiro —dijo Simon—. Ni siquiera
para estar con Magnus siempre. ¿Cierto? Tú no quieres vivir para siempre;
querías quitarle su inmortalidad. Es por eso que él rompió contigo.
Alec se estremeció.
—No —dijo—. No, no quiero ser un vampiro.
—Así que crees que soy menos que tú —dijo Simon.
La voz de Alec se agrietó.
—Estoy tratando —dijo, y Simon lo sintió, sintió cuánto Alec quería
decirlo, tal vez incluso lo decía en serio un poco. Y después de todo, si Simon no
hubiera sido un vampiro, él todavía habría sido un mundano, todavía inferior.
Sintió el pulso de Alec en la muñeca que sostenía—. Adelante —dijo, exhalando
sus palabras, claramente en agonía por la espera—. Solo hazlo.
—Prepárate —dijo Simon, y levantó la muñeca de Alec a su boca. A
pesar de la tensión entre ellos, su cuerpo, el hambre y la privación, respondió.
Sus músculos se tensaron y sus colmillos salieron por propia voluntad. Vio los
ojos de Alec oscurecerse con la sorpresa y el miedo. El hambre se extendió como
un incendio por el cuerpo de Simon, y habló de las profundidades del
ahogamiento, luchando por tratar de decir algo humano a Alec. Esperaba que
fuera lo suficientemente audible para entenderse en torno a sus colmillos—.
Siento lo de Magnus.
—Yo también. Ahora muerde —dijo Alec, y Simon lo hizo, sus colmillos
perforando rápido y limpio a través de la piel, la sangre explotando en su boca.
Oyó a Alec jadear, y Simon lo agarró involuntariamente con más fuerza,
como si quisiera evitar que Alec tratara de alejarse. Pero Alec no lo intentó. Su
latido del corazón salvaje era audible para Simon, golpeando a través de sus
venas como el tañido de una campana. Junto con la sangre de Alec, Simon
podía saborear el metal del miedo, la chispa de dolor, y la ansiosa llama de algo
más, algo que había probado la primera vez que bebió la sangre de Jace en el
suelo de metal sucio del barco de Valentine. Tal vez todos los Cazadores de
Sombras tenían un deseo de muerte, después de todo
En la Tierra en Silencio
Traducido por Alisson* y Auroo_J
Corregido por Emi Rose
La mujer Nefilim Oscura tenía la piel pálida y el pelo largo y cobrizo.
Podría haber sido atractiva una vez, pero ahora enredada con tierra y ramas, no
parecía importante, acababa de colocar el alimento en los platos, avena, y un
caldo de aspecto gris, para Magnus y Luke, y una botella de sangre para
Raphael, en el suelo y se alejó de los prisioneros.
Ni Luke ni Magnus se movieron hacia su comida. Magnus se sentía
demasiado enfermo como para tener apetito. Además, él vagamente sospechaba
que Sebastian hubiera envenenado la avena, drogado o ambas cosas. Raphael,
sin embargo, tomó la botella y bebió con avidez, tragando hasta que la sangre
corría por la comisura de sus labios.
—Ahora, ahora, Raphael —dijo una voz desde las sombras, y Sebastian
Morgenstern apareció en la puerta abierta. La Nefilim oscura inclinó la cabeza y
se apresuró a salir por delante de él, cerrando la puerta detrás de ella.
Realmente se veía asombrosamente igual a su padre cuando tenía su
edad, pensó Magnus. Esos extraños ojos negros, totalmente negros sin una
pizca de color marrón o avellana, el tipo de característica que es hermosa
porque es inusual. La misma sonrisa fanática al contraerse. Jace nunca había
tenido esa imprudencia y alegría anárquica de auto aniquilación que él se había
imaginado, mucho menos un fanático. Lo cual, Magnus pensó, era precisamente
la razón por lo que Valentine lo había despedido. Para aplastar a su oposición,
se necesitaba un martillo, y Jace era un arma mucho más delicada que eso.
—¿Dónde está Jocelyn? —dijo Luke, por supuesto, su voz era un
gruñido, con las manos en puños a los costados. Magnus se preguntaba cómo
era que Luke podía mirar a Sebastian, si era tan parecido a Valentine, él había
sido una vez su parabatai, debió ser doloroso, o esa era una pérdida que había
desaparecido hace mucho tiempo—. ¿Dónde está ella?
Sebastian se rió, y eso era algo diferente en él; Valentine nunca había sido
un hombre que se reía fácilmente. El humor sarcástico de Jace parecía haber
nacido en su sangre, un rasgo claramente Herondale.
—Ella está bien —dijo—. Muy bien, y me refiero a que aún está viva. Qué
es lo que mejor se puede esperar, ¿verdad?
—Quiero verla —dijo Luke.
—Uhmm… —dijo Sebastian, como si lo considerara—. No. No veo como
eso me beneficie.
—Es tu madre —dijo Luke—. Podrías ser amable con ella.
—No es tu asunto, perro —por primera vez, había una sombra de
juventud en la voz de Sebastian, un borde de petulancia—. Tú, pusiste tus
manos sobre mi madre, por lo que Clary cree que eres su familia.
—Soy más familia de la que tú eres —dijo Luke, y Magnus le lanzó una
mirada de advertencia cuando Sebastian se volteó, sus dedos se retorcieron
hacia su cinturón, la empuñadura de la espada Morgenstern era visible.
—No —dijo Magnus en voz baja, y luego, más fuerte—: ¿Sabes que si
tocas a Luke, Clary te odiará? Jocelyn, también.
Sebastian sacó su mano de la espada con un esfuerzo visible.
—Dije que no tengo la intención de hacerles daño.
—No, simplemente se resiste el rehén —dijo Magnus—. ¿Quieres algo…
algo de la Clave, o algo de Clary y Jace. Yo diría que de este último; la Clave
nunca te ha interesado mucho, pero te importa lo que piense tu hermana. Ella y
yo somos muy cercanos, por cierto —añadió.
—No tan cercanos —el tono de Sebastian fue marchito—. Tú casi siempre
intentas salvar la vida de todas las personas que conoces. No estoy tan loco.
—Tu pareces muy loco —dijo Raphael, que había permanecido en
silencio hasta este momento.
—Raphael —dijo Magnus en tono de advertencia, pero Sebastian no
parecía enojado. Fue hacia Raphael con una mirada de consideración.
—Raphael Santiago —dijo—. Líder del clan de Nueva York ¿O ya no?
No, fue Camille quien ocupó esa posición, y ahora es la niña loca. Eso debe ser
muy frustrante para ti. Realmente me parece que los Cazadores de Sombras de
Manhattan deberían haber intervenido antes. Ni Camille ni la pobre Maureen
Brown eran aptas para ser líderes. Rompieron los Acuerdos no les importaba
nada de la ley. Pero lo hacían. Me parece que de todas las razas de Submundos,
los vampiros han sido los más maltratados por los Cazadores de Sombras. Uno
solo tiene que mirar su situación.
—Raphael —dijo Magnus otra vez, y trató de inclinarse hacia adelante,
para captar la atención del vampiro, pero las cadenas de Magnus se estiraron,
haciéndolas vibrar. Hizo una mueca de dolor por sus muñecas.
Raphael estaba sentado sobre sus talones, con las mejillas sonrojadas por
su reciente alimentación. Su cabello estaba despeinado; se veía tan joven como
cuando lo había conocido.
—No veo por qué tú me estás diciendo esto —dijo.
—No puedes decir que te he maltratado más que tus líderes vampiros —
dijo Sebastian—. Te he alimentado. No te he puesto en una jaula. Sabes que voy
a ganar; todos lo saben. Y ese día voy a ser feliz para asegurarme de que,
Raphael, gobiernes todos los vampiros en Nueva York, de hecho, todos los
vampiros en América del Norte. Eres bienvenido a ello. Todo lo que necesito es
que traigas Hijos de la Noche a mi lado. La Reina de las Hadas ya se ha unido a
mí. La Corte siempre escoge el lado ganador. ¿Y cuando no es así?
Raphael se puso de pie. Había sangre en sus manos; frunció el ceño hacia
ellos. Raphael se veía fastidiado.
—Eso parece razonable —dijo—. Me reuniré contigo.
Luke dejó caer su rostro entre sus manos. A través de sus dientes
Magnus dijo:
—Raphael, lo que hemos vivido, las expectativas que tenía de ti se han
caído.
—Magnus, no importa —dijo Luke; él se estaba protegiendo, Magnus lo
sabía. Raphael ya se había ido al lado de Sebastian—. Que se vaya. No es una
pérdida.
Raphael resopló.
—No hay pérdida, tú lo has dicho —dijo—. Estaré bien deja de ser idiota,
dejándote caer sobre esta celda, quejándote de tus amigos y amantes. Eres débil
y siempre has sido débil.
—Debería haber dejado que entrara la luz del día —dijo Magnus, y su
voz era como el hielo.
Raphael se estremeció, era apenas un movimiento, pero Magnus lo vio.
No es que le trajera mucha satisfacción.
Sebastian vio el estremecimiento, sin embargo, la mirada de sus ojos
oscuros se intensificó. De su cinturón sacó un cuchillo delgado, con una hoja
estrecha. Misericordia, una “muerte misericordiosa," el tipo de hoja que estaba
destinada a perforar a través de los huecos en la armadura y entregar un golpe
mortal.
Raphael, al ver el destello del metal, retrocedió rápidamente, pero
Sebastian solo sonrió y volteó la hoja en la mano. Se la ofreció a Raphael,
empuñándola primero.
—Toma —dijo.
Raphael extendió una mano, con una mirada sospechosa. Tomó el
cuchillo y lo sostuvo, apretándolo débilmente, los vampiros tenían poca
utilidad para las armas. Eran sus propias armas.
—Muy bien —dijo Sebastian—. Ahora vamos a sellar nuestro acuerdo
con sangre. Mata al brujo.
La hoja cayó de la mano de Raphael y tocó al suelo. Con una mirada de
irritación Sebastian se inclinó y la cogió, volviéndola a colocar en la mano del
vampiro.
—Nosotros no matamos con cuchillos —dijo Raphael, mirando desde la
hoja hasta la fría expresión de Sebastian.
—Ahora sí —dijo Sebastian—. No quiero que le arranques la garganta;
demasiado asqueroso, fácilmente puedes hacerlo mal. Haz lo que te digo. Ve
donde el brujo y apuñálalo hasta la muerte. Cortarle la garganta, perfora su
corazón, como tú quieras.
Raphael se volvió hacia Magnus. Luke dio un paso adelante; Magnus
levantó una mano para advertirle.
—Luke —dijo—. No lo hagas.
—Raphael, si tú haces esto, no habrá paz entre el Clan y los Hijos de la
Noche, ni ahora ni nunca más —dijo Luke, con los ojos destellando con un
brillo verde.
Sebastian se rió.
—No te podrás imaginar nunca lo que es tener un Clan nuevo, ¿Verdad,
Lucian Graymark? Cuando gane esta guerra, y lo haré, voy a gobernar con mi
hermana a mi lado, y te mantendré en una jaula para que ella te lance huesos
cuando la divierta.
Raphael dio otro paso hacia Magnus. Sus ojos eran enormes. Su garganta
había sido besada tantas veces por el crucifijo que llevaba que la cicatriz nunca
se iría. La hoja brillaba en su mano.
—Si piensas que Clary toleraría… —comenzó Luke, y luego dio media
vuelta. Se acercó a Raphael, pero Sebastian ya estaba frente a él, bloqueando su
camino con la hoja Morgenstern.
Con una extraña indiferencia Magnus miró como Raphael se le acercaba.
El corazón de Magnus le latía en su pecho, era consciente de que había pasado
mucho, pero que no sentía miedo. Había estado cerca de la muerte muchas
veces; tantas, que la idea ya no le asustaba. A veces pensaba, una parte de él
deseaba que ese país desconocido, fuera un lugar al que nunca hubiera ido, una
experiencia aún no vivida.
La punta del cuchillo tocó el cuello. La mano de Raphael estaba
temblando; Magnus sintió el pinchazo cuando la hoja tocó el hueco de su
garganta.
—Así es —dijo Sebastian con una sonrisa salvaje—. Córtale la garganta.
Deja que la sangre corra por el suelo. Él ha vivido demasiados años.
Magnus entonces pensó en Alec, sus ojos azules y su sonrisa constante.
Pensó en cuando se alejó de Alec en los túneles debajo de Nueva York. Pensó en
qué lo había hecho. Sí, ver a Alec con Camille le había enfurecido, pero era más
que eso.
Recordó a Tessa llorando en sus brazos, en París, pensando que nunca
había conocido la pérdida que ella sentía, porque nunca había querido lo que
ella tenía, y que tenía miedo de que algún día iba como Tessa a perder su amor
mortal. Y que era mejor ser el que murió, que el que vivió sucesivamente.
Lo había descartado, más tarde, como una fantasía mórbida, y no se
había acordado de nuevo de Alec. Había roto con él para alejarse. Porque para
un inmortal amar a un mortal había sido la destrucción de los Dioses, y si los
Dioses se habían destruido por él, Magnus apenas podía esperar lo mejor. Miró
a Raphael a través de sus pestañas.
—¿Te acuerdas? —dijo en voz baja, tan baja que dudaba que Sebastian
pudiera oírlo—. ¿Sabes lo que me debes?
—Tú me salvaste la vida —dijo Raphael, pero su voz era insensible—.
Una vida que nunca quise.
—Muéstrame que lo dices en serio, Santiago —dijo Sebastian—. Mata al
brujo.
La mano de Raphael se tensó sobre la empuñadura del cuchillo. Sus
nudillos estaban blancos. Habló con Magnus:
—No tengo alma —dijo—. Pero te hice una promesa en la puerta de mi
madre, y ella era sagrada para mí.
—Santiago —comenzó Sebastian.
—Yo era un niño entonces. Ya no lo soy ahora —el cuchillo cayó al suelo.
Raphael se volvió y miró a Sebastian, sus grandes ojos oscuros muy claros—.
No puedo —dijo—. No lo haré. Le debo una deuda de hace muchos años.
Sebastian estaba muy quieto.
—Me decepcionas, Raphael —dijo, y envainó la espada Morgenstern. Dio
un paso adelante y cogió el cuchillo a los pies de Raphael, dándole vueltas en su
mano. Un poco de luz salió a lo largo de la hoja, el canto de una lágrima de
fuego—. Me decepcionas mucho —dijo, y luego demasiado rápido para que el
ojo lo siguiera, clavó la hoja en el corazón de Raphael.
Hacía mucho frío en el interior de la morgue del hospital. Maia no estaba
temblando, pero podía sentirlo, como agujas contra su piel.
Catarina estaba de pie contra el banco de los compartimentos de acero
que sostenían los cadáveres, que se extendían a lo largo de una pared. Las luces
fluorescentes amarillas hicieron su mirada descolorida, una mancha restregada
de color azul claro en verde. Ella estaba murmurando en voz baja en un idioma
extraño que hizo correr escalofríos por la columna vertebral de Maia.
—¿Dónde está? —preguntó Bat. Tenía un cuchillo de caza de aspecto
siniestro en una mano y una jaula de la perrera de gran tamaño en la otra. Él la
dejo caer con un sonido estruendoso, su mirada barrió la habitación.
Dos mesas de acero desnudas de pie en el centro de la morgue. Como
miraba fijamente a Maia, uno de ellos comenzó avanzando poco a poco. Sus
ruedas arrastrándose por el suelo de baldosas.
Catarina señaló:
—No —dijo. Su mirada estaba en la jaula; ella hizo un gesto con los
dedos y la jaula pareció vibrar y chispar—. Debajo de la mesa.
—¡No me digas! —dijo Lily arrastrando las palabras, chasqueando sus
talones delante del otro. Se inclinó para mirar por debajo de la mesa, luego saltó
hacia atrás con un grito. Voló por los aires y aterrizó en uno de los mostradores,
donde se alzó como un murciélago, con el pelo negro cayéndole debajo de su
cola de caballo—. Es horrible —dijo.
—Es un demonio —dijo Catarina. La mesa había dejado de moverse—.
Probablemente un Dantalion o algún otro tipo de ghoul. Se alimentan de los
muertos.
—Oh, por el amor de Dios —dijo Maia, dando un paso hacia adelante;
antes de llegar a la mesa, Bat pateó con una bota. Se acercó con un ruidoso
sonido, revelando a la criatura de debajo.
Lily tenía razón: era horrible. Era aproximadamente del tamaño de un
perro grande, pero se parecía a una bola de color grisáceo, sus intestinos
pulsaban, tenía incrustaciones de riñones malformados y nodos de pus y
sangre. Un solo ojo amarillo lloroso miró de entre el amasijo de órganos.
—Ew —dijo Bat.
—Te lo dije —dijo Lily, mientras que una larga cuerda de intestino salía
disparada del demonio y se envolvía alrededor del tobillo de Bat, tirando con
fuerza. Él estrepitosamente cayó al suelo con una mueca de dolor.
—¡Bat! —gritó Maia, pero antes de poder moverse, él dio media vuelta y
cortó con su cuchillo a través de la pulsante materia que lo sostenía. Se volvió al
mismo tiempo que el demonio esparcía su veneno a través del suelo.
—Muy asqueroso —dijo Lily. Ahora estaba sentada en el mostrador,
apropiándose de un rectangular objeto de metal, su teléfono, como si fuera a
alejar al demonio.
Bat se puso de pie mientras el demonio se deslizaba hacia Maia. Ella lo
pateó fuera, y se deshizo con un ruido enojado. Bat miró el cuchillo. El metal se
estaba derritiendo, disuelto por el icor. Lo dejó caer con un ruido de disgusto.
—Armas —dijo, buscando alrededor—. Necesito un arma.
Maia cogió un bisturí de una mesa cercana y lo arrojó. Se hundió en la
criatura con un ruido viscoso. El demonio chilló. Un momento después, el
bisturí replicó fuera de él, como si hubiera sido expulsado de una
particularmente poderosa tostadora. Se deslizó por el suelo, fundiéndose y
chisporreando.
—¡Las armas normales no funcionan en ellos! —Catarina dio un paso
adelante, levantando su mano derecha. Estaba rodeada por la llama azul—. Solo
cuchillas con runas.
—¡Entonces vamos a conseguir algunas de esas! —jadeó Bat y retrocedió
mientras la criatura pulsante se deslizaba hacia él.
—¡Solo los Cazadores de Sombras pueden usarlas! —gritó Catarina, y un
rayo azul de fuego se disparó de su mano. Golpeando a la criatura en un ángulo
recto, enviándolo a rodar una y otra vez. Bat se apoderó de la jaula y la golpeó
en frente del demonio, tirando hacia arriba de la escotilla mientras que el
demonio entraba en el interior.
Maia cerró de golpe la escotilla y arrojó el perno, bloqueó al demonio
dentro. Todos se echaron atrás, mirando con horror como silbaba y se lanzaba
en torno a los límites de su prisión mágicamente reforzada. Todos excepto Lily,
que seguía con su teléfono.
—¿Estás grabando esto? —exigió Maia.
—Tal vez —dijo Lily.
Catarina se sacó la manga de la frente. —Gracias por la ayuda —dijo—.
Incluso la magia del brujo no puede matar Dantalions; son resistentes.
—¿Por qué estás filmando esto?—dijo Maia a Lily.
La chica vampiro se encogió de hombros.
—Cuando el gato no está, los ratones se divierten… Siempre es bueno
recordar los ratones en este caso, cuando el gato no está, los ratones serán todos
consumidos por los demonios. Voy a enviar el archivo de video a cada uno de
nuestros contactos Submundo de todo el mundo. Solo un recordatorio de que
hay demonios y que necesitamos a los Cazadores de Sombras para destruirlos.
Por eso es que existen.
—No van a existir por mucho tiempo —susurró el demonio Dantalion.
Bat gritó y saltó hacia atrás con otro pie. Maia no lo culpaba. La boca de la cosa
se había abierto. Se veía como un túnel negro manchado con alineados
dientes—. Mañana por la noche es el ataque. Mañana por la noche es la guerra.
—¿Qué guerra ? —exigió Catarina—. Dinos criatura o cuando llegue a
casa, te torturaré con todo lo que puedas imaginar.
—Sebastian Morgenstern —dijo el demonio—. Mañana por la noche
atacara Alicante. Mañana por la noche los Cazadores de Sombras dejarán de
existir.
Un fuego ardía en el centro de la cueva, el humo se enrollaba hacia lo
alto del techo abovedado, perdiéndose en la sombra. Simon podía sentir el calor
del fuego, un crepitar tenso contra su piel más que una verdadera sensación de
calidez. Supuso que hacía frío en la cueva por el hecho de que Alec hubiera
incluido para sí mismo un suéter abultado y cuidadosamente envuelto en una
manta a Isabelle, que dormía tendida sobre el suelo, con la cabeza en el regazo
de su hermano. Pero Simon no podía sentirlo, no realmente.
Clary y Jace habían ido a comprobar los túneles y asegurarse de que
estaban todavía libres de demonios y otra posible desagradable sorpresa
callejera. Alec no había querido dejar a Isabelle y Simon había estado
demasiado débil y mareado para poder moverse mucho. No es que él hubiera
dejado que se supiera, de hecho. Técnicamente él estaba de guardia, atento a
cualquier cosa que pueda venir contra ellos desde las sombras.
Alec estaba mirando a las llamas. La luz amarilla le daba un aspecto
cansado, más viejo.
—Gracias —dijo, de repente.
Simon casi saltó. Alec no le había dicho ni una palabra desde ¿Qué estás
haciendo?
—¿Por qué?
—Salvaste a mi hermana —dijo Alec. Pasó una mano por el cabello
oscuro de Isabelle—. Lo sabía —dijo, un poco vacilante—. Quiero decir, yo
sabía, cuando vinimos aquí, que esto podría ser una misión suicida. Sé que es
peligroso. Sé que no puedo esperar que todos nosotros sobrevivamos. Pero
pensé que podría ser yo, no Izzy…
—¿Por qué? —dijo Simon. Su cabeza le latía, su boca estaba seca.
—Porque preferiría ser yo —dijo Alec—. Ella es Isabelle. Es inteligente,
fuerte y una buena luchadora. Mejor que yo. Merece estar bien, ser feliz —miró
a Simon a través del fuego—. Tú tienes una hermana, ¿verdad?
Simon fue sacudido por la pregunta. Nueva York parecía un mundo, una
vida en la distancia.
—Rebecca —dijo—. Ese es su nombre.
—¿Y qué harías con alguien que la hiciera infeliz?
Simon miró a Alec con cautela.
—Razonaría con ellos —dijo—. Hablar sobre el tema. Tal vez un abrazo
de entendimiento.
Alec resopló y pareció a punto de responder; a continuación, su cabeza
giró bruscamente, como si hubiera oído algo. Simon levantó una ceja. No era a
menudo que un hombre escuchara algo antes que un vampiro lo hiciera. Un
momento después reconoció el sonido, y entendió: Era la voz de Jace. La
Iluminación bailaba al final del túnel, y Clary y Jace aparecieron, Clary llevaba
una luz mágica en la mano.
Incluso con sus botas Clary apenas le llegaba al hombro a Jace. Ellos no
se estaban tocando, pero se quedaron juntos en el fuego. Simon pensó que, si
bien habían parecido una pareja desde el primer momento en que volvieron de
Idris, se veían como algo más ahora. Parecían un equipo.
—¿Algo interesante? —preguntó Alec a Jace cuando vino a sentarse junto
al fuego.
—Clary puso runas de glamour en las entradas de las cuevas. Nadie
debería ser capaz de ver que hay algo aquí.
—¿Cuánto tiempo durarán?
—Toda la noche, probablemente hasta mañana —dijo Clary, mirando a
Izzy—. Puede que las runas desaparezcan más rápido aquí, voy a tener que
comprobar más tarde.
—Y yo tengo una mejor idea de donde estamos posicionados en términos
de Alicante. Estoy bastante seguro de que la rocosa tierra baldía donde
estábamos anoche —Jace señaló el túnel de la derecha—, se ve a lo largo de lo
que creo que solía ser el Bosque Brocelind.
Alec medio cerró los ojos.
—Eso es deprimente. El bosque era hermoso.
—Ya no más —negó Jace con la cabeza—. Solo un páramo, por lo que se
puede ver —se inclinó y tocó el cabello de Isabelle y Simon sintió una pequeña
llamarada sin sentido de celos de que podía tocarla tan descuidadamente,
mostrando su afecto sin pensar—. ¿Cómo está?
—Bueno. Durmiendo.
—¿Crees que va a estar lo suficientemente bien como para irnos por la
mañana? —la voz de Jace sonaba ansiosa—. No podemos quedarnos. Hemos
enviado suficientes avisos de que estamos aquí. Si no llegamos a Sebastian, él
nos encontrará a nosotros primero. Y nos estamos quedando sin comida.
Simon se perdió la respuesta que murmuró Alec; un dolor punzante
repentino se disparó a través de él, y se dobló. Se sentía despojado de su aliento,
salvo que él no respiraba. No obstante su pecho se sentía herido, como si algo
hubiera sido arrancado de él.
—Simon. ¡Simon! —dijo Clary bruscamente, con la mano en su hombro,
y él la miró, sus ojos llenos de lágrimas teñidas de sangre—. Dios, Simon, ¿qué
pasa? —preguntó, frenética.
Él se incorporó lentamente. El dolor ya estaba empezando a menguar.
—No lo sé. Era como si alguien hubiese clavado un cuchillo en mi pecho.
Jace se puso rápidamente de rodillas delante de él, sus dedos debajo de la
barbilla de Simon. Su mirada dorado pálido examinó su rostro.
—Raphael —dijo Jace finalmente, en una voz plana—. Él es tu padre,
aquel cuya sangre te ha hecho un vampiro.
Simon asintió.
—¿Y?
Jace negó con la cabeza.
—Nada —murmuró—. ¿Cuándo fue la última vez que comiste?
—Estoy bien —dijo Simon, pero Clary ya había cogido su mano derecha
y la levantó; el anillo dorado de Hadas brillaba en su dedo. Su mano en sí era
blanco muerto, las venas bajo la piel luciendo negras, como una red de grietas
en el mármol—. No estás bien; ¿no te has alimentado? ¡Perdiste toda esa sangre!
—Clary…
—¿Dónde están las botellas que trajiste? —se lanzó a su alrededor, en
busca de su bolsa, y la encontró empujada contra la pared. Tiró de ella—.
Simon, si no empiezas a cuidar mejor de ti mismo…
—No —él agarró la correa de la bolsa lejos de ella; ella lo miró—. Se
rompieron —dijo—. Las botellas se rompieron, cuando estábamos luchando
contra los demonios en el Salón de los Acuerdos. La sangre se ha ido.
Clary se puso de pie.
—Simon Lewis —dijo ella con furia—. ¿Por qué no dijiste algo?
—¿Decir algo sobre qué? —Jace se apartó de Simon.
—Simon muere de hambre —explicó Clary—. Perdió sangre curando a
Izzy, y su suministro naufragó en el Salón.
—¿Por qué no dijiste algo? —preguntó Jace, levantándose y empujando
hacia atrás un mechón de pelo rubio.
—Porque —dijo Simon—, no es como que haya animales de los que
pueda alimentarme aquí.
—Estamos nosotros —dijo Jace.
—No quiero alimentarme de la sangre de mis amigos.
—¿Por qué no? —Jace dio un paso más allá del fuego y miró a Simon; su
expresión era abierta y curiosa—. Hemos estado aquí antes, ¿no? La última vez
que te morías de hambre, yo te di mi sangre. Fue un poco homoerótico, tal vez,
pero estoy seguro de mi sexualidad.
Simon suspiró internamente; se daba cuenta de que bajo la frivolidad,
Jace era completamente serio en su oferta. Probablemente menos porque era
sexy que porque Jace tenía un deseo de muerte del tamaño de Brooklyn.
—No voy a morder a alguien cuyas venas están llenas de fuego celestial
—dijo Simon—. No tengo ningún deseo de ser tostado de adentro hacia afuera.
Clary apartó su pelo hacia atrás, dejando al descubierto su garganta.
—Mira, bebe mi sangre. Siempre dije que eras bienvenido a ello.
—No —dijo Jace de inmediato, y Simon lo vio recordando la bodega del
barco de Valentine, la forma en que Simon había dicho Te habría matado, y Jace
había respondido, con asombro, Te habría dejado.
—Oh, por el amor de Dios. Yo lo haré —Alec se puso de pie,
reposicionando cuidadosamente a Izzy en la manta. Metió el borde alrededor
de ella y se enderezó.
Simon dejó caer la cabeza hacia atrás contra la pared de la cueva.
— Ni siquiera te agrado. ¿Y ahora estas ofreciéndome tu sangre?
—Salvaste a mi hermana. Te lo debo —Alec se encogió de hombros, su
sombra larga y oscura a la luz de las llamas.
—Así es —Simon tragó torpemente—. Está bien.
Clary le acercó su mano. Después de un momento Simon la tomó y dejó
que lo transportara a sus pies. No podía dejar de mirar a través de la habitación
a Isabelle, dormida, medio envuelta en una manta azul de Alec. Ella respiraba,
lento y constante. Izzy, respirando todavía, a causa de él.
Simon dio un paso hacia Alec, y tropezó. Alec lo atrapó y lo estabilizó. Su
apretón en el hombro de era fuerte. Podía sentir la tensión de Alec en ello, y de
repente se dio cuenta de lo extraña que era la situación: Jace y Clary
sorprendidos abiertamente frente a ellos, Alec luciendo como si estuviera
preparándose para tener un cubo de agua helada vertida sobre su cabeza.
Alec volvió un poco la cabeza hacia la izquierda, dejando al descubierto
su garganta. Él estaba mirando fijamente a la pared de enfrente. Simon decidió
que se parecía menos a alguien que estaba a punto de tener agua helada
descargada en la cabeza y más como alguien a punto de sufrir un examen
vergonzoso en el consultorio del médico.
—No estoy haciendo esto frente a todos —anunció Simon.
—No es el juego de la botella, Simon —dijo Clary—. Es solo la comida.
No es que seas comida, Alec —añadió cuando él miró. Ella levantó las manos—.
No importa.
—Oh, por el Ángel —comenzó Alec, y cerró la mano alrededor del brazo
de Simon—. Vamos —dijo, y lo arrastró hasta la mitad del túnel que conducía
hacia la puerta, justo lo suficiente para que los otros desaparecieran de la vista,
desapareciendo detrás de una saliente rocosa.
Aunque Simon escuchó lo último que dijo Jace, justo antes de que se
desvanecieron del alcance del oído.
—¿Qué? Necesitan privacidad. Es un momento íntimo.
—Creo que deberías dejar que me muera —dijo Simon.
—Cállate —dijo Alec, y lo empujó contra la pared de la cueva. Miró a
Simon pensativamente—. ¿Tiene que ser mi cuello?
—No —dijo Simon, sintiéndose como si se hubiera extraviado en un
sueño extraño—. Las muñecas están bien también.
Alec comenzó a empujar hacia arriba la manga de su suéter. Su brazo
estaba desnudo y pálido, salvo por las marcas, y Simon podía ver las venas bajo
la piel. A su pesar, sintió el aguijón del hambre, despertándolo del agotamiento:
Podía oler la sangre, suave y salada, rica con la espiga de la luz del día. Sangre
de Cazador de Sombras, como Izzy. Se pasó la lengua por los dientes superiores
y solo se sorprendió un poco al sentir sus caninos endureciéndose y afilándose
en colmillos.
—Solo quiero que sepas —dijo Alec mientras sostenía su muñeca hacia
fuera—, que me doy cuenta de que para vosotros los vampiros este negocio de
alimentarse a veces es igual a momentos sexys.
Los ojos de Simon se agrandaron.
—Mi hermana me ha dicho más de lo que quería saber —admitió Alec—.
De todos modos, mi punto es que no me siento atraído hacia ti en lo más
mínimo.
—Correcto —dijo Simon, y tomó la mano de Alec. Trató una especie de
agarre fraternal, pero no funcionó del todo, teniendo en cuenta que tenía que
doblar la mano de Alec hacia atrás para dejar al descubierto la parte vulnerable
de su muñeca—. Bueno, no es que suenes mis campanas tampoco, así que
supongo que estamos a mano. Aunque, podrías haber fingido por cinco…
—No, no podía —dijo Alec—. Odio cuando los hombres heterosexuales
piensan que todos los gays se sienten atraídos por ellos. No me siento atraído a
todos los hombres más de lo que te sientes atraído por todas las chicas.
Simon tomó una respiración profunda y determinada. Siempre era una
sensación extraña, respirar cuando él no lo necesitaba, pero era tranquilizador.
—Alec —dijo—. Tranquilízate. No creo que estés enamorado de mí. De
hecho, la mayoría de las veces creo que me odias.
Alec se detuvo.
—No te odio. ¿Por qué iba a odiarte?
—¿Porque soy un Subterráneo? ¿Porque soy un vampiro que está
enamorado de tu hermana y crees que es demasiado buena para mí?
—¿Tú no lo crees? —dijo Alec, pero era sin rencor; después de un
momento, sonrió un poco, esa sonrisa Lightwood que iluminaba su rostro e
hizo a Simon pensar en Izzy—. Ella es mi hermana pequeña. Creo que es
demasiado buena para todos. Pero tú, eres una buena persona, Simon. Sin
importar si eres un vampiro, también. Eres leal y eres inteligente y haces a
Isabelle feliz. No sé por qué, pero lo haces. Sé que no me agradabas cuando te
conocí. Pero eso cambió. Y difícilmente juzgaría a mi hermana por salir con un
Subterráneo.
Simon se quedó muy quieto. Alec estaba bien con los brujos, pensó. Eso
era bastante obvio. Pero los brujos nacieron de lo que eran. Alec era el más
conservador de los chicos Lightwood, no era caótico y amoroso o tomando
riesgos como Jace e Isabelle, y Simon siempre había sentido en él, esa sensación
de que un vampiro era un ser humano transformado en algo malo.
—No estarías de acuerdo en ser un vampiro —dijo Simon—. Ni siquiera
para estar con Magnus siempre. ¿Cierto? Tú no quieres vivir para siempre;
querías quitarle su inmortalidad. Es por eso que él rompió contigo.
Alec se estremeció.
—No —dijo—. No, no quiero ser un vampiro.
—Así que crees que soy menos que tú —dijo Simon.
La voz de Alec se agrietó.
—Estoy tratando —dijo, y Simon lo sintió, sintió cuánto Alec quería
decirlo, tal vez incluso lo decía en serio un poco. Y después de todo, si Simon no
hubiera sido un vampiro, él todavía habría sido un mundano, todavía inferior.
Sintió el pulso de Alec en la muñeca que sostenía—. Adelante —dijo, exhalando
sus palabras, claramente en agonía por la espera—. Solo hazlo.
—Prepárate —dijo Simon, y levantó la muñeca de Alec a su boca. A
pesar de la tensión entre ellos, su cuerpo, el hambre y la privación, respondió.
Sus músculos se tensaron y sus colmillos salieron por propia voluntad. Vio los
ojos de Alec oscurecerse con la sorpresa y el miedo. El hambre se extendió como
un incendio por el cuerpo de Simon, y habló de las profundidades del
ahogamiento, luchando por tratar de decir algo humano a Alec. Esperaba que
fuera lo suficientemente audible para entenderse en torno a sus colmillos—.
Siento lo de Magnus.
—Yo también. Ahora muerde —dijo Alec, y Simon lo hizo, sus colmillos
perforando rápido y limpio a través de la piel, la sangre explotando en su boca.
Oyó a Alec jadear, y Simon lo agarró involuntariamente con más fuerza,
como si quisiera evitar que Alec tratara de alejarse. Pero Alec no lo intentó. Su
latido del corazón salvaje era audible para Simon, golpeando a través de sus
venas como el tañido de una campana. Junto con la sangre de Alec, Simon
podía saborear el metal del miedo, la chispa de dolor, y la ansiosa llama de algo
más, algo que había probado la primera vez que bebió la sangre de Jace en el
suelo de metal sucio del barco de Valentine. Tal vez todos los Cazadores de
Sombras tenían un deseo de muerte, después de todo
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