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Capítulo 2
Aguantar o Caer
Traducido por Edward Cullen
Corregido por Nanami27
Caminar era como ser sumergido en un baño de agua helada. Emma se
irguió, arrancada del sueño, su broca abriéndose en un grito.
—¡Jules! ¡Jules!
Hubo un movimiento en la oscuridad, una mano en su brazo, y una
repentina luz que hizo arder sus ojos. Emma jadeó y gateó hacia atrás,
empujándose entre los almohadones. Se dio cuenta que estaba acostada en la
cama, las almohadas apiladas detrás de su espalda, las sábanas retorcidas
alrededor de su cuerpo en una sudorosa enredadera. Parpadeó en la oscuridad
fuera de sus ojos, tratando de concentrarse.
Helen Blackthorn estaba inclinada sobre ella, con preocupados ojos
verdes azulados y una luz mágica brillando en su mano. Estaban en una
habitación con un abrupto tejado a dos aguas, inclinándose con fuerza al otro
lado, como en una cabaña de cuento de Hadas. Una gran cama de madera con
dosel estaba en el centro de la habitación, y en las sombras detrás de Helen,
Emma podía ver muebles asomándose: un gran armario cuadrado, un largo
sofá, una mesa con patas delgadas.
—¿D-Dónde estoy? —Jadeó Emma.
—Idris —dijo Helen, acariciando su brazo de manera tranquilizadora—.
Lograste llegar a Idris, Emma. Estamos en el ático de la casa de los Penhallow.
—M-Mis padres. —Los dientes de Emma castañeaban—. ¿Dónde están
mis padres?
—Llegaste a través del Portal con Julian —dijo Helen gentilmente, sin
responder su pregunta—. De algún modo todos lo hicisteis; es un milagro, ya
sabes. La Clave abrió el camino, pero el viaje a través del Portal es difícil. Dru
llegó aferrándose a Tavvy, y por supuesto, los gemelos vinieron juntos. Y luego,
cuando casi habíamos perdido la esperanza, vosotros dos. Estabas inconsciente,
Em. —Ella cepilló el cabello de Emma fuera de su frente—. Estábamos tan
preocupados. Deberías haber visto a Jules.
—¿Qué está pasando? —Demandó Emma. Se apartó del toque de Helen,
no porque no le agradara Helen sino porque su corazón estaba latiendo con
fuerza—. Qué sucedió con Mark y el Señor Blackthorn…
Helen vaciló.
—Sebastian Morgenstern ha atacado seis Institutos en los últimos días. O
bien los asesinó a todos o los Convirtió. Puede usar la Copa Infernal para hacer
que los Cazadores de Sombras no sean más ellos mismos.
—Lo vi hacerlo —murmuró Emma—. A Katerina. Y Convirtió a tu padre
también. Lo iban a hacer con Mark, pero Sebastian no lo quiso porque tenía
sangre de Hadas.
Helen se estremeció.
—Tenemos razones para pensar que Mark aún está vivo. —Dijo ella—.
Fueron capaces de rastrearlo hasta el punto donde desapareció, pero las runas
indican que no está muerto. Es posible que Sebastian lo tenga como rehén.
—Mis… mis padres —dijo Emma de nuevo, con la garganta seca esta
vez. Sabía lo que significaba que Helen no hubiera respondido su pregunta la
primera vez que la había hecho—. ¿Dónde están? No estaban en el Instituto, así
que Sebastian no pudo haberlos lastimado.
—Em… —exhaló Helen. De repente parecía joven, casi tan joven como
Jules—. Sebastian no solo ataca los Institutos; él asesina o toma miembros de la
Cónclave de sus propias casas. Tus padres… la Clave trató de localizarlos, pero
no pudieron. Entonces sus cuerpos aparecieron en Marina del Rey6
, sobre la
playa, esta mañana. La Clave no sabe que pasó exactamente, pero…
La voz de Helen se fue apagando en una cadena de palabras sin sentido,
palabras tales como “identificación positiva” y “cicatrices y marcas en los
cuerpos” y “no hay evidencia recuperada.” Cosas como “en el agua por horas”
y “no hay forma de trasladar los cadáveres” y “fueron dados todos los rituales
funerarios adecuados, fueron quemados en la playa como ambos lo habían
pedido, entiende que…”
Emma gritó. Primero fue un grito sin palabras, aumentando más y más,
un grito que desgarraba su garganta y traía el sabor del metal a su boca. Era un
grito de pérdida tan inmenso que no había forma de explicarlo. Era un llanto
sin palabras, como si el cielo por encima de tu cabeza, el aire en tus pulmones
fuera arrancado de ti para siempre. Ella gritó y gritó otra vez, y desgarró el
colchón con sus mano hasta escarbo a través de él y hubieran plumas y sangre
debajo de sus uñas. Helen estaba sollozando, tratando de sostenerla, diciendo:
—Emma, Emma, por favor, Emma, por favor.
Y luego más iluminación. Alguien había prendido una linterna en la
habitación, y Emma escuchó su nombre, en una urgente y familiar voz suave,
así que Helen la dejó ir y ahí estaba Jules, apoyado al borde de la cama y
sosteniendo algo frente suyo, algo que brillaba dorado en la nueva luz severa.
Era Cortana. Desenvainada, tendida desnuda en sus palmas como una
ofrenda. Emma pensó que aún estaba gritando, pero agarró la espada, las
palabras parpadeando a través de la hoja, ardiendo a través de sus ojos: Soy una
Cortana, del mismo acero y molde que Joyeuse y Durandal.
Escuchó la voz de su padre en su cabeza. Los Carstairs han portado esta
espada por generaciones. La inscripción nos recuerda que los Cazadores de Sombres son
armas de los Ángeles. Moldéanos en el fuego, y nos hacemos más fuertes. Cuando
sufrimos, sobrevivimos.
Emma se atragantó, empujando de regreso los gritos, forzándolos a caer
y silenciarse. Esto es lo que su padre quería decir: Como Cortana, tenía acero en
6Marina del Rey: Puerto ubicado en el condado de Los Ángeles, California.
sus venas y estaba destinada a ser fuerte. Incluso si sus padres no estuvieran ahí
para verlo, sería fuerte por ellos.
Abrazó la espada contra su pecho. Como desde una distancia escuchó a
Helen exclamar e intentar llegar a ella, pero Julian, quien siempre sabía lo que
Emma necesitaba, tiró de la mano de Helen. Los dedos de Emma estaban
alrededor de la hoja y la sangre corría por su pecho y brazos, donde la punta
laceraba su clavícula. No lo sentía. Meciéndose de atrás hacia adelante, se aferró
a la espada como si fuera la única cosa que alguna vez había amado y dejó que
la sangre se derramara en vez de las lágrimas.
Simon no podía sacarse la sensación de déjá vu.
Había estado aquí antes, parado justo afuera del Instituto, viendo a los
Lightwood desaparecer a través de un brillante Portal. Aunque, para ese
entonces había llevado la Marca de Caín y el Portal había sido creado por
Magnus, y esta vez estaba bajo la supervisión de una bruja de piel azul llamada
Catarina Loss. En ese momento, había sido llamado porque Jace quería hablar
con él sobre Clary antes de que desapareciera a otro país.
Esta vez, Clary estaba desapareciendo con ellos.
Él sintió la mano de ella en la suya, sus dedos rodeando ligeramente su
muñeca. Todo el Cónclave —cerca de cada Cazador de Sombra en la ciudad
Nueva York— había atravesado las puertas del Instituto y pasado a través del
brillante Portal. Los Lightwood, como guardianes del Instituto, irían últimos.
Simon había estado aquí desde que comenzó el crepúsculo, las barras del cielo
rojo deslizándose por detrás de los edificios de la ciudad de Nueva York y
ahora la luz mágica iluminaba la escena en frente de él, cogiendo los pequeños
detalles vislumbrantes: el látigo de Isabelle, la chispa de fuego que saltaba del
anillo familiar de Alec mientras hacia un gesto, los destellos del pálido cabello
de Jace.
—Luce diferente —dijo Simon.
Clary lo miró. Como el resto de los Cazadores de Sombras, ella estaba
vestida en lo que Simon únicamente podría describir como una capa. Parecía
ser que la forjaron durante el clima frio del invierno, hecha de un fuerte y
aterciopelado material negro que se abrochaba en el pecho. Se preguntó dónde
la había obtenido. Tal vez solo se lo facilitaron.
—¿Qué sucede?
—El Portal —dijo él. —Parece diferente a cuando Magnus lo hizo. Más…
azul.
—¿Tal vez todos tienen diferentes estilos?
Simon miró en dirección a Catarina. Parecía enérgicamente eficiente,
como una enfermera o una maestra de jardín. Definitivamente no como
Magnus.
—¿Cómo está Izzy?
—Preocupada, creo. Todos están preocupados.
Hubo un corto silencio. Clary exhaló, su respiración flotando blanca en el
aire frio.
—No me gusta que te vayas —dijo Simon, exactamente al mismo tiempo
que Clary dijo—: No me gusta el irme y dejarte aquí.
—Estaré bien —dijo Simon—. Tengo a Jordan cuidándome. —En efecto,
Jordan estaba ahí, sentado en la cima del muro que corría alrededor del
Instituto y parecía alerta—. Y nadie intentó matarme en al menos dos semanas.
—No es divertido. —Clary frunció el entrecejo. El problema, reflexionó
Simon, se cernía en que era difícil tranquilizar a alguien con que estarías bien
cuando eras un Vampiro Diurno. Algunos vampiros querían a Simon de su
lado, impacientes por beneficiarse de sus poderes inusuales. Camille había
intentado reclutarlo, y los otros lo intentarían, pero Simon tenía la clara
impresión de que la gran mayoría de los vampiros quería matarlo.
—Estoy seguro de que Maureen aún espera poner sus manos en mí —
dijo Simon. Maureen era la líder del clan de los vampiros de Nueva York y creía
que estaba enamorada de Simon. Lo cual hubiera sido menos incomodo si no
tuviera trece años—. Sé que la Clave advirtió a la gente que no me tocara,
pero…
—Maureen quiere tocarte —dijo Clary con una sonrisa de lado—. Tocarte
mal.
—Silencio, Fray.
—Jordan la mantendrá lejos de ti.
Simon miró inmediatamente hacia adelante. Había estado intentando no
mirar a Isabelle, quien le había saludado solo con un breve hola desde que él
había llegado al Instituto. Estaba ayudando a su madre, su cabello negro volaba
en el fuerte viento.
—Podrías simplemente subir y hablar con ella —dijo Clary—. En vez de
mirarla como un acechador.
—No la estoy mirando como un acechador. La estoy mirando sutilmente.
—Me di cuenta —señaló Clary—. Mira, sabes cómo lo toma Isabelle.
Cuando está enojada, se aleja. No hablará con nadie excepto Jace o Alec, porque
difícilmente confía en cualquiera. Pero si vas a ser su novio, tienes que
demostrarle que eres una de esas personas en las que puede confiar.
—No soy su novio. Al menos, no creo que sea su novio. Ella nunca usa la
palabra “novio” de todas maneras.
Clary lo pateó en el tobillo.
—Vosotros dos necesitais DLR más que cualquier persona que haya
conocido alguna vez.
—¿Definiendo relaciones por aquí? —Dijo una voz detrás de ellos. Simon
se dio vuelta y vio a Magnus, muy alto en contra del cielo oscuro detrás de
ellos. Estaba vestido discretamente, jeans y una camisa negra, el cabello oscuro
parcialmente en sus ojos—. Veo que aun cuando el mundo se hunde en la
oscuridad y el peligro, vostros dos estais de pie discutiendo vuestras vidas
amorosas. Adolescentes.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Dijo Simon, demasiado sorprendido para
una respuesta inteligente.
—Vine para ver a Alec —dijo Magnus.
Clary levantó sus cejas hacia él.
—¿Qué fue eso de adolescentes?
Magnus levantó un dedo en advertencia.
—No te pases, galletita —dijo, y se alejó de ellos, despareciendo entre la
multitud alrededor del Portal.
—¿Galletita? —Dijo Simon.
—Créelo o no, me ha llamado así antes —dijo Clary—. Simon, mira. —Se
volvió hacia él, tirando de su mano fuera de los bolsillos de sus jeans. La miró y
sonrió—. El anillo —dijo ella—. Hábil cuando funcionó, ¿no?
Simon miró también. Un anillo bañado en oro, en forma de hoja, rodeaba
su dedo anular derecho. Una vez había sido una conexión hacia Clary. Ahora,
con el de ella destruido, había solo un anillo, pero lo mantenía a pesar de todo.
Él sabía que era un poco cercano a tener la mitad de un collar de BFF7
, pero no
podía evitarlo. Era un objeto hermoso, y todavía un símbolo de la conexión
entre ellos.
Ella apretó su mano con fuerza, alzando los ojos a los suyos. Las sombras
se movían en el verde de su iris; él podía decir que estaba asustada.
—Sé que es solo una reunión del Concejo… —comenzó a decir Clary.
—Pero te quedarás en Idris.
—Solo hasta que averigüen qué pasó con los Institutos, y cómo
protegerlos —dijo Clary—. Entonces volveremos. Sé que los telefonos, mensajes
de texto y todo eso no funciona en Idris, pero si necesitas hablar conmigo,
diselo a Magnus. Él encontrará la manera de hacerme llegar el mensaje.
Simon sintió su garganta apretada.
7BBF: Siglas para Best Friends Forever. En español, Mejores Amigos Para Siempre.
—Clary…
—Te quiero —dijo ella—. Eres mi mejor amigo. —Le soltó la mano, sus
ojos brillando—. No, no digas nada, no quiero que digas nada. —Se dio la
vuelta y casi corrió de regreso hacia el Portal, donde Jocelyn y Luke estaban
esperándola, tres bolsas de lona llenas a sus pies. Luke miró a través del patio a
Simon, con una expresión pensativa.
Pero, ¿dónde estaba Isabelle? El grupo de los Cazadores de Sombras
había disminuido. Jace se había movido para estar al lado de Clary, su mano
sobre su hombro; Maryse estaba cerca del Portal, pero Isabelle, quien había
estado con ella…
—Simon —dijo una voz en su hombro, y él se dio la vuelta para ver a
Izzy, su rostro una mancha pálida entre el cabello oscuro y la capa oscura, lo
miraba con una expresión medio enojada, medio triste—. ¿Supongo que esta es
la parte donde decimos adiós?
—Muy bien —dijo Magnus—. Querías hablar conmigo. Así que habla.
Alec lo miró, con los ojos abiertos. Se habían ido por el lado de la iglesia
y estaban parados en un pequeño jardín quemado por el invierno, entre setos
sin hojas. Las enredaderas cubrían la pared de piedra y la cerca oxidada, ahora
tan desnuda por el invierno que Alec podía ver la calle mundana por las
rendijas de la puerta de hierro. Un banco de piedra estaba cerca, su superficie
áspera cubierta con hielo.
—Yo quería… ¿Qué?
Magnus lo miró oscuramente, como si hubiera hecho algo estúpido. Alec
sospechaba que lo había hecho. Sus nervios estaban tintineado juntos como
campanas de viento y tenía una sensación de malestar en la boca del estómago.
La última vez que había visto a Magnus, el brujo se había alejado de él,
desapareciendo en un túnel de metro en desuso, haciéndose cada vez más y
más pequeño hasta que desapareció. Aku cinta kamu, le había dicho a Alec. “Te
amo,” en indonesio.
Eso le había dado a Alec una chispa de esperanza, suficiente para que
llamara a Magnus docenas de veces, lo suficiente para hacerlo revisar su
celular, revisar su correo, incluso revisar las ventanas de su habitación —la cual
parecía extraña, vacía y desconocida sin Magnus en ella, para nada su
habitación— por notas o mensajes entregados por arte de magia.
Y ahora Magnus estaba parado en frente de él, con su andrajoso cabello
negro y sus ojos de gato, su voz como la oscura melaza y su perfilado y
hermoso rostro que no daba absolutamente nada de distancia, y Alec se sentía
como si hubiera tragado pegamento.
—Querías hablar conmigo —dijo Magnus—. Asumí que ése era el
significado de todas esas llamadas. Y, ¿por qué enviaste a todos tus estúpidos
amigos a mi departamento? ¿O simplemente haces eso a todo el mundo?
Alec tragó en contra de la sequedad de su garganta y dijo la primera cosa
que se le vino a la cabeza.
—¿No vas a perdonarme alguna vez?
—Yo… —Magnus se interrumpió y miró a otro lado, sacudiendo la
cabeza—. Alec. Ya te he perdonado.
—No parece así. Pareces enfadado.
Cuando Magnus lo volvió a mirar, fue con una expresión más suave.
—Estoy preocupado por ti —dijo—. Los ataques en los Institutos. Acabo
de escucharlos.
Alec se sentía mareado. Magnus lo había perdonado; Magnus estaba
preocupado por él.
—¿Sabías que nos íbamos a Idris?
—Catarina me dijo que había sido convocada para hacer un Portal. Lo
supuse —dijo Magnus irónicamente—. Estaba un poco sorprendido que no me
hubieras llamado o mandado un mensaje para decirme que te ibas.
—Nunca respondes mis mensajes o llamadas —dijo Alec.
—Eso no te ha detenido antes.
—Todos se rinden eventualmente —dijo Alec—. Además, Jace me
rompió el telefono.
Magnus resopló de risa.
—Oh, Alexander.
—¿Qué? —Preguntó Alec, honestamente perplejo.
—Eres solo… eres tan… en verdad quiero besarte —dijo Magnus
abruptamente, y luego sacudió su cabeza—. ¿Ves? Es por esto que no he estado
dispuesto a verte.
—Pero ahora estás aquí —dijo Alec. Él recordó la primera vez que
Magnus lo había besado, contra la pared fuera de su departamento, y todos sus
huesos se habían convertido en líquido y había pensado, Oh, cierto, así es como se
supone que debe ser. Ahora lo entiendo—. Podrías…
—No puedo —dijo Magnus—. No funciona, no estaba funcionando.
Tienes que verlo, ¿no? —sus manos estaban sobre los hombros de Alec; Alec
pudo sentir el pulgar de Magnus contra su cuello, sobre su clavícula, y todo su
cuerpo saltó—. ¿No? —Dijo Magnus y lo besó.
Alec se inclinó hacia el beso. Estaba absolutamente silencioso. Escuchó el
crujido de sus botas en el suelo nevoso, mientras se movía hacia adelante, la
mano de Magnus se deslizó para aferrar la parte posterior de su cuello. Magnus
sabía como siempre, dulce, amargo y familiar, y Alec separó sus labios para
jadear o respirar o respirar de Magnus, pero fue demasiado tarde porque
Magnus se separó de él con fuerza, dio un paso atrás y se había terminado.
—Qué —dijo Alec, sintiéndose aturdido y extrañamente disminuido—.
Magnus, ¿qué?
—No debería haber hecho eso —dijo Magnus, todo de un tirón. Estaba
claramente agitado, en una forma que Alec raramente lo había visto, con un
rubor en lo alto de sus pómulos—. Te perdono, pero no puedo estar contigo. No
puedo. No funciona. Voy a vivir para siempre, o al menos hasta que alguien
finalmente me mate, y tú no, y es demasiado para que lo aceptes.
—No me digas lo que es demasiado para mí —dijo Alec, con mortal
monotonía.
Magnus raramente lucía sorprendido, tanto que esa expresión casi
parecía extranjera en su rostro.
—Es demasiado para la mayoría de la gente —dijo él—. La mayoría de
los mortales. Y no es fácil para nosotros, tampoco. Ver a alguien que amas
envejecer y morir. Una vez conocí una chica, inmortal como yo…
—¿Y ella estuvo con alguien mortal? —Dijo Alec—. ¿Qué sucedió?
—Él murió —dijo Magnus. Había una finalidad en la forma que lo dijo,
que hablaba de un dolor tan profundo que las palabras no podían describirlo.
Sus ojos de gato brillaron en la oscuridad—. No sé por qué alguna vez pensé
que funcionaría. —dijo él—. Lo siento, Alec. No debí haber venido.
—No —dijo Alec—. No debiste.
Magnus miraba a Alec con cierta cautela, como si se hubiera acercado a
alguien familiar en la calle, solo para descubrir que eran un desconocido.
—No sé porque lo hiciste —dijo Alec—. Ahora sé que me he estado
torturando por semanas debido a ti, y lo que hice, y cómo no debí haberlo
hecho, que no debí haber hablado con Camille. Lo he estado lamentando y lo he
entendido y me he disculpado y disculpado, y tú ni siquiera has estado ahí. Lo
hice todo sin ti. Así que eso hace que me pregunte qué más puedo hacer, sin ti.
—Miró a Magnus meditativamente—. Lo que ocurrió fue mi culpa. Pero fue tu
culpa también. Podría haber aprendido a no preocuparme de que eres inmortal
y yo mortal. Todos llegan al momento en que están juntos y luego no más. Tal
vez no somos tan diferentes en ese sentido. ¿Pero sabes lo que no puedo dejar
pasar? Que nunca me dices nada. No sé cuándo naciste. No sé nada sobre tu
vida… cuál es tu verdadero nombre, o sobre tu familia, o cuál fue el primer
rostro que amaste, o la primera vez que tu corazón se rompió. Sabes todo sobre
mí, y yo nada de ti. Ese es el verdadero problema.
—Te lo dije —dijo Magnus suavemente—, en nuestra primera cita, que
tendrías que tomarme como llegué, sin preguntas…
Alec hizo un gesto.
—No es algo justo de pedir, y tú sabes… sabías…. que no entendía
demasiado del amor para entender eso entonces. Actúas como si fueras la parte
perjudicada, pero tienes parte en esto, Magnus.
—Sí —dijo Magnus después de una pausa—. Sí, supongo que la tengo.
—Pero, ¿eso no cambia nada? —Dijo Alec, sintiendo el aire frio
deslizándose bajo su caja torácica—. Nunca importa contigo.
—No puedo cambiar —dijo Magnus—. Ha pasado mucho tiempo. Nos
petrificamos ya sabes, los inmortales, como fósiles que se convierten en piedras.
Pensé, cuando te conocí, que tenías toda esta maravilla, toda esta alegría y todo
era nuevo para ti, y pensé que eso me cambiaría, pero…
—Cambia —dijo Alec, pero no enojado o severo, como lo había previsto,
sino suave como una súplica.
Pero Magnus solo sacudió la cabeza.
—Alec —dijo él—. Conoces mi sueño. El que es sobre la ciudad hecha
sangre, y sangre en las calles, y torres de huesos. Si Sebastian obtiene lo que
quiere, eso será este mundo. La sangre, será sangre Nefilim. Ve a Idris. Estás a
salvo ahí, pero no te confíes, y no bajes la guardia. Te necesito vivo —respiró, y
se dio la vuelta muy abruptamente, y se alejó.
Te necesito vivo.
Alec se sentó en el banco de piedra congelado y puso el rostro en sus
manos.
—No un adiós para siempre —protestó Simon, pero Isabelle
simplemente frunció el ceño.
—Ven aquí —dijo ella, y tiró de su manga. Estaba usando guantes de
terciopelo rojo oscuro y sus manos parecían como una salpicadura de sangre
contra la tela azul marino de la chaqueta de él.
Simon alejó el pensamiento. Deseaba no pensar en sangre en momentos
inoportunos.
—¿A dónde?
Isabelle rodó los ojos y tiró de él a un lado, hacia un rincón sombrío cerca
de las puertas delanteras del Instituto. El espacio no era grande, y Simon podía
sentir el calor del cuerpo de Isabelle, el frio y el calor no le afectaban desde que
se había convertido en vampiro, a menos que fuera el calor de la sangre. No
sabía si era porque había bebido la sangre de Isabelle antes, o si era algo más
profundo, pero estaba consciente del pulso de sangre a través de sus venas
como de nadie más.
—Desearía ir contigo a Idris —dijo él, sin preámbulos.
—Estás a salvo aquí —dijo ella, aunque sus ojos oscuros se suavizaron—.
Además, no nos vamos para siempre. Los únicos Subterráneos que pueden ir a
Alicante son los miembros del Concejo porque van a tener una reunión para
averiguar lo que todos vamos a hacer y posiblemente nos envíen de vuelta. No
podemos ocultarnos en Idris mientras Sebastian destroza todo afuera. Los
Cazadores de Sombras no hacen eso.
Él acarició su mejilla con un dedo.
—Pero, ¿tú quieres que me oculte aquí?
—Tienes a Jordan para que te vigile —dijo ella—. Tu guardaespaldas
personal. Eres el mejor amigo de Clary —agregó—. Sebastian sabe eso. Eres un
adecuado rehén. Deberías estar donde él no está.
—Nunca ha mostrado ningún interés en mí antes. No veo por qué lo
haría ahora.
Ella se encogió de hombros, apretando su capa alrededor de sí misma.
—Nunca muestra ningún interés en nadie excepto Clary y Jace, pero eso
no quiere decir que no empezará a hacerlo. No es estúpido. —Dijo de mala
gana, como si odiara darle mucho crédito a Sebastian—. Clary haría cualquier
cosa por ti.
—Ella haría cualquier cosa por ti también, Izzy. —Y ante la mirada
dudosa de Isabelle, él ahuecó su mejilla—. Bueno, si no te irás por mucho
tiempo, ¿de qué se trata todo esto entonces?
Ella hizo una cara. Su boca y mejillas estaban rosadas, el frio traía el rojo
a la superficie. Deseó poder presionar sus fríos labios con los de ella, tan llenos
de sangre, vida y calor, pero estaba consciente que sus padres miraban.
—Escuché a Clary cuando se estaba despidiendo. Dijo que te quería.
Simon la miró fijamente.
—Sí, pero ella no lo quiso decir de esa manera… Izzy.
—Lo sé —protestó Isabelle—. Por favor, lo sé. Pero es solo que lo dijo tan
fácilmente, y tú se lo dijiste tan fácilmente, y yo nunca se lo he dicho a nadie. Ni
a nadie que no estuviera relacionado conmigo.
—Pero si lo dices —dijo él—, podrías resultar herida. Por eso no lo haces.
—Tú también podrías. —Sus ojos estaban grandes y negros, reflejando
las estrellas—. Resultar herido. Yo podría herirte.
—Lo sé —dijo Simon—. Lo sé y no me importa. Jace me dijo una vez que
caminarías sobre mi corazón con botas de tacón alto, y eso no me ha detenido.
Isabelle dio un pequeño jadeo por la sorpresiva risa.
—¿Dijo eso? ¿Y te quedaste?
Se inclinó hacia ella, si tuviera respiración, hubiera movido su cabello.
—Lo considero un honor.
Ella giró la cabeza y sus labios se rozaron juntos. Los de ella estaban
dolorosamente calientes. Estaba haciendo algo con sus manos. Desabrochando
su capa, pensó él por un momento, ¿pero seguramente Isabelle no estaba a
punto de sacarse la ropa delante de toda su familia? No era que Simon estuviera
seguro que tendría la fortaleza para detenerla. Era Isabelle, después de todo, y
ella casi —casi— había dicho que lo amaba.
Sus labios se movieron contra la piel de él mientras hablaba.
—Toma esto —susurró ella, y él sintió algo frio detrás de su cuello, el
suave deslizamiento del terciopelo mientras ella se echaba atrás y sus guantes
rozaban su garganta.
Él bajó la mirada. Contra su pecho brillaba un cuadrado de color rojo
sangre. El pendiente rubí de Isabelle. Era una reliquia de los Cazadores de
Sombras, encantada para detectar la presencia de energías demoniacas.
—No puedo tomarlo —dijo conmocionado—. Iz, esto debe valer una
fortuna.
Ella enderezó sus hombros.
—Es un préstamo, no un regalo. Consérvalo hasta que te vea de nuevo.
—Pasó los dedos enguantados alrededor del rubí—. Hay una vieja historia de
que llegó a nuestra familia por medio de un vampiro. Así que es apropiado.
—Isabelle, yo…
—No —dijo ella, interrumpiéndolo, aunque él no sabía exactamente lo
que iba a decir—. No lo digas, no ahora. —Se estaba alejando de él. Podía ver a
su familia detrás de ella, todo lo que quedaba del Cónclave. Luke había cruzado
el Portal, y Jocelyn estaba en medio de seguirlo. Alec salía del lado del Instituto
con las manos en los bolsillos, miró por encima a Isabelle y Simon, levantó una
ceja y continuó caminando—. Solo no… no salgas con nadie más mientras no
estoy, ¿de acuerdo?
La siguió con la mirada.
—¿Eso significa que estamos saliendo? —Dijo, pero ella solo arqueó una
sonrisa y luego se dio vuelta y corrió hacia el Portal. Él la vio tomar la mano de
Alec, y ellos cruzaron juntos. Siguió Maryse, y luego Jace, y finalmente Clary
era la última, parada al lado de Catarina, enmarcada por la chisporroteante luz
azul.
Ella le guiñó un ojo a Simon y pasó a través. Él vio el torbellino del Portal
mientras la atrapaba, y luego se había ido.
Simon puso la mano en el rubí en su garganta. Pensó que podía sentir un
latido adentro de la piedra, un pulso cambiante. Era casi como tener un corazón
de nuevo
Aguantar o Caer
Traducido por Edward Cullen
Corregido por Nanami27
Caminar era como ser sumergido en un baño de agua helada. Emma se
irguió, arrancada del sueño, su broca abriéndose en un grito.
—¡Jules! ¡Jules!
Hubo un movimiento en la oscuridad, una mano en su brazo, y una
repentina luz que hizo arder sus ojos. Emma jadeó y gateó hacia atrás,
empujándose entre los almohadones. Se dio cuenta que estaba acostada en la
cama, las almohadas apiladas detrás de su espalda, las sábanas retorcidas
alrededor de su cuerpo en una sudorosa enredadera. Parpadeó en la oscuridad
fuera de sus ojos, tratando de concentrarse.
Helen Blackthorn estaba inclinada sobre ella, con preocupados ojos
verdes azulados y una luz mágica brillando en su mano. Estaban en una
habitación con un abrupto tejado a dos aguas, inclinándose con fuerza al otro
lado, como en una cabaña de cuento de Hadas. Una gran cama de madera con
dosel estaba en el centro de la habitación, y en las sombras detrás de Helen,
Emma podía ver muebles asomándose: un gran armario cuadrado, un largo
sofá, una mesa con patas delgadas.
—¿D-Dónde estoy? —Jadeó Emma.
—Idris —dijo Helen, acariciando su brazo de manera tranquilizadora—.
Lograste llegar a Idris, Emma. Estamos en el ático de la casa de los Penhallow.
—M-Mis padres. —Los dientes de Emma castañeaban—. ¿Dónde están
mis padres?
—Llegaste a través del Portal con Julian —dijo Helen gentilmente, sin
responder su pregunta—. De algún modo todos lo hicisteis; es un milagro, ya
sabes. La Clave abrió el camino, pero el viaje a través del Portal es difícil. Dru
llegó aferrándose a Tavvy, y por supuesto, los gemelos vinieron juntos. Y luego,
cuando casi habíamos perdido la esperanza, vosotros dos. Estabas inconsciente,
Em. —Ella cepilló el cabello de Emma fuera de su frente—. Estábamos tan
preocupados. Deberías haber visto a Jules.
—¿Qué está pasando? —Demandó Emma. Se apartó del toque de Helen,
no porque no le agradara Helen sino porque su corazón estaba latiendo con
fuerza—. Qué sucedió con Mark y el Señor Blackthorn…
Helen vaciló.
—Sebastian Morgenstern ha atacado seis Institutos en los últimos días. O
bien los asesinó a todos o los Convirtió. Puede usar la Copa Infernal para hacer
que los Cazadores de Sombras no sean más ellos mismos.
—Lo vi hacerlo —murmuró Emma—. A Katerina. Y Convirtió a tu padre
también. Lo iban a hacer con Mark, pero Sebastian no lo quiso porque tenía
sangre de Hadas.
Helen se estremeció.
—Tenemos razones para pensar que Mark aún está vivo. —Dijo ella—.
Fueron capaces de rastrearlo hasta el punto donde desapareció, pero las runas
indican que no está muerto. Es posible que Sebastian lo tenga como rehén.
—Mis… mis padres —dijo Emma de nuevo, con la garganta seca esta
vez. Sabía lo que significaba que Helen no hubiera respondido su pregunta la
primera vez que la había hecho—. ¿Dónde están? No estaban en el Instituto, así
que Sebastian no pudo haberlos lastimado.
—Em… —exhaló Helen. De repente parecía joven, casi tan joven como
Jules—. Sebastian no solo ataca los Institutos; él asesina o toma miembros de la
Cónclave de sus propias casas. Tus padres… la Clave trató de localizarlos, pero
no pudieron. Entonces sus cuerpos aparecieron en Marina del Rey6
, sobre la
playa, esta mañana. La Clave no sabe que pasó exactamente, pero…
La voz de Helen se fue apagando en una cadena de palabras sin sentido,
palabras tales como “identificación positiva” y “cicatrices y marcas en los
cuerpos” y “no hay evidencia recuperada.” Cosas como “en el agua por horas”
y “no hay forma de trasladar los cadáveres” y “fueron dados todos los rituales
funerarios adecuados, fueron quemados en la playa como ambos lo habían
pedido, entiende que…”
Emma gritó. Primero fue un grito sin palabras, aumentando más y más,
un grito que desgarraba su garganta y traía el sabor del metal a su boca. Era un
grito de pérdida tan inmenso que no había forma de explicarlo. Era un llanto
sin palabras, como si el cielo por encima de tu cabeza, el aire en tus pulmones
fuera arrancado de ti para siempre. Ella gritó y gritó otra vez, y desgarró el
colchón con sus mano hasta escarbo a través de él y hubieran plumas y sangre
debajo de sus uñas. Helen estaba sollozando, tratando de sostenerla, diciendo:
—Emma, Emma, por favor, Emma, por favor.
Y luego más iluminación. Alguien había prendido una linterna en la
habitación, y Emma escuchó su nombre, en una urgente y familiar voz suave,
así que Helen la dejó ir y ahí estaba Jules, apoyado al borde de la cama y
sosteniendo algo frente suyo, algo que brillaba dorado en la nueva luz severa.
Era Cortana. Desenvainada, tendida desnuda en sus palmas como una
ofrenda. Emma pensó que aún estaba gritando, pero agarró la espada, las
palabras parpadeando a través de la hoja, ardiendo a través de sus ojos: Soy una
Cortana, del mismo acero y molde que Joyeuse y Durandal.
Escuchó la voz de su padre en su cabeza. Los Carstairs han portado esta
espada por generaciones. La inscripción nos recuerda que los Cazadores de Sombres son
armas de los Ángeles. Moldéanos en el fuego, y nos hacemos más fuertes. Cuando
sufrimos, sobrevivimos.
Emma se atragantó, empujando de regreso los gritos, forzándolos a caer
y silenciarse. Esto es lo que su padre quería decir: Como Cortana, tenía acero en
6Marina del Rey: Puerto ubicado en el condado de Los Ángeles, California.
sus venas y estaba destinada a ser fuerte. Incluso si sus padres no estuvieran ahí
para verlo, sería fuerte por ellos.
Abrazó la espada contra su pecho. Como desde una distancia escuchó a
Helen exclamar e intentar llegar a ella, pero Julian, quien siempre sabía lo que
Emma necesitaba, tiró de la mano de Helen. Los dedos de Emma estaban
alrededor de la hoja y la sangre corría por su pecho y brazos, donde la punta
laceraba su clavícula. No lo sentía. Meciéndose de atrás hacia adelante, se aferró
a la espada como si fuera la única cosa que alguna vez había amado y dejó que
la sangre se derramara en vez de las lágrimas.
Simon no podía sacarse la sensación de déjá vu.
Había estado aquí antes, parado justo afuera del Instituto, viendo a los
Lightwood desaparecer a través de un brillante Portal. Aunque, para ese
entonces había llevado la Marca de Caín y el Portal había sido creado por
Magnus, y esta vez estaba bajo la supervisión de una bruja de piel azul llamada
Catarina Loss. En ese momento, había sido llamado porque Jace quería hablar
con él sobre Clary antes de que desapareciera a otro país.
Esta vez, Clary estaba desapareciendo con ellos.
Él sintió la mano de ella en la suya, sus dedos rodeando ligeramente su
muñeca. Todo el Cónclave —cerca de cada Cazador de Sombra en la ciudad
Nueva York— había atravesado las puertas del Instituto y pasado a través del
brillante Portal. Los Lightwood, como guardianes del Instituto, irían últimos.
Simon había estado aquí desde que comenzó el crepúsculo, las barras del cielo
rojo deslizándose por detrás de los edificios de la ciudad de Nueva York y
ahora la luz mágica iluminaba la escena en frente de él, cogiendo los pequeños
detalles vislumbrantes: el látigo de Isabelle, la chispa de fuego que saltaba del
anillo familiar de Alec mientras hacia un gesto, los destellos del pálido cabello
de Jace.
—Luce diferente —dijo Simon.
Clary lo miró. Como el resto de los Cazadores de Sombras, ella estaba
vestida en lo que Simon únicamente podría describir como una capa. Parecía
ser que la forjaron durante el clima frio del invierno, hecha de un fuerte y
aterciopelado material negro que se abrochaba en el pecho. Se preguntó dónde
la había obtenido. Tal vez solo se lo facilitaron.
—¿Qué sucede?
—El Portal —dijo él. —Parece diferente a cuando Magnus lo hizo. Más…
azul.
—¿Tal vez todos tienen diferentes estilos?
Simon miró en dirección a Catarina. Parecía enérgicamente eficiente,
como una enfermera o una maestra de jardín. Definitivamente no como
Magnus.
—¿Cómo está Izzy?
—Preocupada, creo. Todos están preocupados.
Hubo un corto silencio. Clary exhaló, su respiración flotando blanca en el
aire frio.
—No me gusta que te vayas —dijo Simon, exactamente al mismo tiempo
que Clary dijo—: No me gusta el irme y dejarte aquí.
—Estaré bien —dijo Simon—. Tengo a Jordan cuidándome. —En efecto,
Jordan estaba ahí, sentado en la cima del muro que corría alrededor del
Instituto y parecía alerta—. Y nadie intentó matarme en al menos dos semanas.
—No es divertido. —Clary frunció el entrecejo. El problema, reflexionó
Simon, se cernía en que era difícil tranquilizar a alguien con que estarías bien
cuando eras un Vampiro Diurno. Algunos vampiros querían a Simon de su
lado, impacientes por beneficiarse de sus poderes inusuales. Camille había
intentado reclutarlo, y los otros lo intentarían, pero Simon tenía la clara
impresión de que la gran mayoría de los vampiros quería matarlo.
—Estoy seguro de que Maureen aún espera poner sus manos en mí —
dijo Simon. Maureen era la líder del clan de los vampiros de Nueva York y creía
que estaba enamorada de Simon. Lo cual hubiera sido menos incomodo si no
tuviera trece años—. Sé que la Clave advirtió a la gente que no me tocara,
pero…
—Maureen quiere tocarte —dijo Clary con una sonrisa de lado—. Tocarte
mal.
—Silencio, Fray.
—Jordan la mantendrá lejos de ti.
Simon miró inmediatamente hacia adelante. Había estado intentando no
mirar a Isabelle, quien le había saludado solo con un breve hola desde que él
había llegado al Instituto. Estaba ayudando a su madre, su cabello negro volaba
en el fuerte viento.
—Podrías simplemente subir y hablar con ella —dijo Clary—. En vez de
mirarla como un acechador.
—No la estoy mirando como un acechador. La estoy mirando sutilmente.
—Me di cuenta —señaló Clary—. Mira, sabes cómo lo toma Isabelle.
Cuando está enojada, se aleja. No hablará con nadie excepto Jace o Alec, porque
difícilmente confía en cualquiera. Pero si vas a ser su novio, tienes que
demostrarle que eres una de esas personas en las que puede confiar.
—No soy su novio. Al menos, no creo que sea su novio. Ella nunca usa la
palabra “novio” de todas maneras.
Clary lo pateó en el tobillo.
—Vosotros dos necesitais DLR más que cualquier persona que haya
conocido alguna vez.
—¿Definiendo relaciones por aquí? —Dijo una voz detrás de ellos. Simon
se dio vuelta y vio a Magnus, muy alto en contra del cielo oscuro detrás de
ellos. Estaba vestido discretamente, jeans y una camisa negra, el cabello oscuro
parcialmente en sus ojos—. Veo que aun cuando el mundo se hunde en la
oscuridad y el peligro, vostros dos estais de pie discutiendo vuestras vidas
amorosas. Adolescentes.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Dijo Simon, demasiado sorprendido para
una respuesta inteligente.
—Vine para ver a Alec —dijo Magnus.
Clary levantó sus cejas hacia él.
—¿Qué fue eso de adolescentes?
Magnus levantó un dedo en advertencia.
—No te pases, galletita —dijo, y se alejó de ellos, despareciendo entre la
multitud alrededor del Portal.
—¿Galletita? —Dijo Simon.
—Créelo o no, me ha llamado así antes —dijo Clary—. Simon, mira. —Se
volvió hacia él, tirando de su mano fuera de los bolsillos de sus jeans. La miró y
sonrió—. El anillo —dijo ella—. Hábil cuando funcionó, ¿no?
Simon miró también. Un anillo bañado en oro, en forma de hoja, rodeaba
su dedo anular derecho. Una vez había sido una conexión hacia Clary. Ahora,
con el de ella destruido, había solo un anillo, pero lo mantenía a pesar de todo.
Él sabía que era un poco cercano a tener la mitad de un collar de BFF7
, pero no
podía evitarlo. Era un objeto hermoso, y todavía un símbolo de la conexión
entre ellos.
Ella apretó su mano con fuerza, alzando los ojos a los suyos. Las sombras
se movían en el verde de su iris; él podía decir que estaba asustada.
—Sé que es solo una reunión del Concejo… —comenzó a decir Clary.
—Pero te quedarás en Idris.
—Solo hasta que averigüen qué pasó con los Institutos, y cómo
protegerlos —dijo Clary—. Entonces volveremos. Sé que los telefonos, mensajes
de texto y todo eso no funciona en Idris, pero si necesitas hablar conmigo,
diselo a Magnus. Él encontrará la manera de hacerme llegar el mensaje.
Simon sintió su garganta apretada.
7BBF: Siglas para Best Friends Forever. En español, Mejores Amigos Para Siempre.
—Clary…
—Te quiero —dijo ella—. Eres mi mejor amigo. —Le soltó la mano, sus
ojos brillando—. No, no digas nada, no quiero que digas nada. —Se dio la
vuelta y casi corrió de regreso hacia el Portal, donde Jocelyn y Luke estaban
esperándola, tres bolsas de lona llenas a sus pies. Luke miró a través del patio a
Simon, con una expresión pensativa.
Pero, ¿dónde estaba Isabelle? El grupo de los Cazadores de Sombras
había disminuido. Jace se había movido para estar al lado de Clary, su mano
sobre su hombro; Maryse estaba cerca del Portal, pero Isabelle, quien había
estado con ella…
—Simon —dijo una voz en su hombro, y él se dio la vuelta para ver a
Izzy, su rostro una mancha pálida entre el cabello oscuro y la capa oscura, lo
miraba con una expresión medio enojada, medio triste—. ¿Supongo que esta es
la parte donde decimos adiós?
—Muy bien —dijo Magnus—. Querías hablar conmigo. Así que habla.
Alec lo miró, con los ojos abiertos. Se habían ido por el lado de la iglesia
y estaban parados en un pequeño jardín quemado por el invierno, entre setos
sin hojas. Las enredaderas cubrían la pared de piedra y la cerca oxidada, ahora
tan desnuda por el invierno que Alec podía ver la calle mundana por las
rendijas de la puerta de hierro. Un banco de piedra estaba cerca, su superficie
áspera cubierta con hielo.
—Yo quería… ¿Qué?
Magnus lo miró oscuramente, como si hubiera hecho algo estúpido. Alec
sospechaba que lo había hecho. Sus nervios estaban tintineado juntos como
campanas de viento y tenía una sensación de malestar en la boca del estómago.
La última vez que había visto a Magnus, el brujo se había alejado de él,
desapareciendo en un túnel de metro en desuso, haciéndose cada vez más y
más pequeño hasta que desapareció. Aku cinta kamu, le había dicho a Alec. “Te
amo,” en indonesio.
Eso le había dado a Alec una chispa de esperanza, suficiente para que
llamara a Magnus docenas de veces, lo suficiente para hacerlo revisar su
celular, revisar su correo, incluso revisar las ventanas de su habitación —la cual
parecía extraña, vacía y desconocida sin Magnus en ella, para nada su
habitación— por notas o mensajes entregados por arte de magia.
Y ahora Magnus estaba parado en frente de él, con su andrajoso cabello
negro y sus ojos de gato, su voz como la oscura melaza y su perfilado y
hermoso rostro que no daba absolutamente nada de distancia, y Alec se sentía
como si hubiera tragado pegamento.
—Querías hablar conmigo —dijo Magnus—. Asumí que ése era el
significado de todas esas llamadas. Y, ¿por qué enviaste a todos tus estúpidos
amigos a mi departamento? ¿O simplemente haces eso a todo el mundo?
Alec tragó en contra de la sequedad de su garganta y dijo la primera cosa
que se le vino a la cabeza.
—¿No vas a perdonarme alguna vez?
—Yo… —Magnus se interrumpió y miró a otro lado, sacudiendo la
cabeza—. Alec. Ya te he perdonado.
—No parece así. Pareces enfadado.
Cuando Magnus lo volvió a mirar, fue con una expresión más suave.
—Estoy preocupado por ti —dijo—. Los ataques en los Institutos. Acabo
de escucharlos.
Alec se sentía mareado. Magnus lo había perdonado; Magnus estaba
preocupado por él.
—¿Sabías que nos íbamos a Idris?
—Catarina me dijo que había sido convocada para hacer un Portal. Lo
supuse —dijo Magnus irónicamente—. Estaba un poco sorprendido que no me
hubieras llamado o mandado un mensaje para decirme que te ibas.
—Nunca respondes mis mensajes o llamadas —dijo Alec.
—Eso no te ha detenido antes.
—Todos se rinden eventualmente —dijo Alec—. Además, Jace me
rompió el telefono.
Magnus resopló de risa.
—Oh, Alexander.
—¿Qué? —Preguntó Alec, honestamente perplejo.
—Eres solo… eres tan… en verdad quiero besarte —dijo Magnus
abruptamente, y luego sacudió su cabeza—. ¿Ves? Es por esto que no he estado
dispuesto a verte.
—Pero ahora estás aquí —dijo Alec. Él recordó la primera vez que
Magnus lo había besado, contra la pared fuera de su departamento, y todos sus
huesos se habían convertido en líquido y había pensado, Oh, cierto, así es como se
supone que debe ser. Ahora lo entiendo—. Podrías…
—No puedo —dijo Magnus—. No funciona, no estaba funcionando.
Tienes que verlo, ¿no? —sus manos estaban sobre los hombros de Alec; Alec
pudo sentir el pulgar de Magnus contra su cuello, sobre su clavícula, y todo su
cuerpo saltó—. ¿No? —Dijo Magnus y lo besó.
Alec se inclinó hacia el beso. Estaba absolutamente silencioso. Escuchó el
crujido de sus botas en el suelo nevoso, mientras se movía hacia adelante, la
mano de Magnus se deslizó para aferrar la parte posterior de su cuello. Magnus
sabía como siempre, dulce, amargo y familiar, y Alec separó sus labios para
jadear o respirar o respirar de Magnus, pero fue demasiado tarde porque
Magnus se separó de él con fuerza, dio un paso atrás y se había terminado.
—Qué —dijo Alec, sintiéndose aturdido y extrañamente disminuido—.
Magnus, ¿qué?
—No debería haber hecho eso —dijo Magnus, todo de un tirón. Estaba
claramente agitado, en una forma que Alec raramente lo había visto, con un
rubor en lo alto de sus pómulos—. Te perdono, pero no puedo estar contigo. No
puedo. No funciona. Voy a vivir para siempre, o al menos hasta que alguien
finalmente me mate, y tú no, y es demasiado para que lo aceptes.
—No me digas lo que es demasiado para mí —dijo Alec, con mortal
monotonía.
Magnus raramente lucía sorprendido, tanto que esa expresión casi
parecía extranjera en su rostro.
—Es demasiado para la mayoría de la gente —dijo él—. La mayoría de
los mortales. Y no es fácil para nosotros, tampoco. Ver a alguien que amas
envejecer y morir. Una vez conocí una chica, inmortal como yo…
—¿Y ella estuvo con alguien mortal? —Dijo Alec—. ¿Qué sucedió?
—Él murió —dijo Magnus. Había una finalidad en la forma que lo dijo,
que hablaba de un dolor tan profundo que las palabras no podían describirlo.
Sus ojos de gato brillaron en la oscuridad—. No sé por qué alguna vez pensé
que funcionaría. —dijo él—. Lo siento, Alec. No debí haber venido.
—No —dijo Alec—. No debiste.
Magnus miraba a Alec con cierta cautela, como si se hubiera acercado a
alguien familiar en la calle, solo para descubrir que eran un desconocido.
—No sé porque lo hiciste —dijo Alec—. Ahora sé que me he estado
torturando por semanas debido a ti, y lo que hice, y cómo no debí haberlo
hecho, que no debí haber hablado con Camille. Lo he estado lamentando y lo he
entendido y me he disculpado y disculpado, y tú ni siquiera has estado ahí. Lo
hice todo sin ti. Así que eso hace que me pregunte qué más puedo hacer, sin ti.
—Miró a Magnus meditativamente—. Lo que ocurrió fue mi culpa. Pero fue tu
culpa también. Podría haber aprendido a no preocuparme de que eres inmortal
y yo mortal. Todos llegan al momento en que están juntos y luego no más. Tal
vez no somos tan diferentes en ese sentido. ¿Pero sabes lo que no puedo dejar
pasar? Que nunca me dices nada. No sé cuándo naciste. No sé nada sobre tu
vida… cuál es tu verdadero nombre, o sobre tu familia, o cuál fue el primer
rostro que amaste, o la primera vez que tu corazón se rompió. Sabes todo sobre
mí, y yo nada de ti. Ese es el verdadero problema.
—Te lo dije —dijo Magnus suavemente—, en nuestra primera cita, que
tendrías que tomarme como llegué, sin preguntas…
Alec hizo un gesto.
—No es algo justo de pedir, y tú sabes… sabías…. que no entendía
demasiado del amor para entender eso entonces. Actúas como si fueras la parte
perjudicada, pero tienes parte en esto, Magnus.
—Sí —dijo Magnus después de una pausa—. Sí, supongo que la tengo.
—Pero, ¿eso no cambia nada? —Dijo Alec, sintiendo el aire frio
deslizándose bajo su caja torácica—. Nunca importa contigo.
—No puedo cambiar —dijo Magnus—. Ha pasado mucho tiempo. Nos
petrificamos ya sabes, los inmortales, como fósiles que se convierten en piedras.
Pensé, cuando te conocí, que tenías toda esta maravilla, toda esta alegría y todo
era nuevo para ti, y pensé que eso me cambiaría, pero…
—Cambia —dijo Alec, pero no enojado o severo, como lo había previsto,
sino suave como una súplica.
Pero Magnus solo sacudió la cabeza.
—Alec —dijo él—. Conoces mi sueño. El que es sobre la ciudad hecha
sangre, y sangre en las calles, y torres de huesos. Si Sebastian obtiene lo que
quiere, eso será este mundo. La sangre, será sangre Nefilim. Ve a Idris. Estás a
salvo ahí, pero no te confíes, y no bajes la guardia. Te necesito vivo —respiró, y
se dio la vuelta muy abruptamente, y se alejó.
Te necesito vivo.
Alec se sentó en el banco de piedra congelado y puso el rostro en sus
manos.
—No un adiós para siempre —protestó Simon, pero Isabelle
simplemente frunció el ceño.
—Ven aquí —dijo ella, y tiró de su manga. Estaba usando guantes de
terciopelo rojo oscuro y sus manos parecían como una salpicadura de sangre
contra la tela azul marino de la chaqueta de él.
Simon alejó el pensamiento. Deseaba no pensar en sangre en momentos
inoportunos.
—¿A dónde?
Isabelle rodó los ojos y tiró de él a un lado, hacia un rincón sombrío cerca
de las puertas delanteras del Instituto. El espacio no era grande, y Simon podía
sentir el calor del cuerpo de Isabelle, el frio y el calor no le afectaban desde que
se había convertido en vampiro, a menos que fuera el calor de la sangre. No
sabía si era porque había bebido la sangre de Isabelle antes, o si era algo más
profundo, pero estaba consciente del pulso de sangre a través de sus venas
como de nadie más.
—Desearía ir contigo a Idris —dijo él, sin preámbulos.
—Estás a salvo aquí —dijo ella, aunque sus ojos oscuros se suavizaron—.
Además, no nos vamos para siempre. Los únicos Subterráneos que pueden ir a
Alicante son los miembros del Concejo porque van a tener una reunión para
averiguar lo que todos vamos a hacer y posiblemente nos envíen de vuelta. No
podemos ocultarnos en Idris mientras Sebastian destroza todo afuera. Los
Cazadores de Sombras no hacen eso.
Él acarició su mejilla con un dedo.
—Pero, ¿tú quieres que me oculte aquí?
—Tienes a Jordan para que te vigile —dijo ella—. Tu guardaespaldas
personal. Eres el mejor amigo de Clary —agregó—. Sebastian sabe eso. Eres un
adecuado rehén. Deberías estar donde él no está.
—Nunca ha mostrado ningún interés en mí antes. No veo por qué lo
haría ahora.
Ella se encogió de hombros, apretando su capa alrededor de sí misma.
—Nunca muestra ningún interés en nadie excepto Clary y Jace, pero eso
no quiere decir que no empezará a hacerlo. No es estúpido. —Dijo de mala
gana, como si odiara darle mucho crédito a Sebastian—. Clary haría cualquier
cosa por ti.
—Ella haría cualquier cosa por ti también, Izzy. —Y ante la mirada
dudosa de Isabelle, él ahuecó su mejilla—. Bueno, si no te irás por mucho
tiempo, ¿de qué se trata todo esto entonces?
Ella hizo una cara. Su boca y mejillas estaban rosadas, el frio traía el rojo
a la superficie. Deseó poder presionar sus fríos labios con los de ella, tan llenos
de sangre, vida y calor, pero estaba consciente que sus padres miraban.
—Escuché a Clary cuando se estaba despidiendo. Dijo que te quería.
Simon la miró fijamente.
—Sí, pero ella no lo quiso decir de esa manera… Izzy.
—Lo sé —protestó Isabelle—. Por favor, lo sé. Pero es solo que lo dijo tan
fácilmente, y tú se lo dijiste tan fácilmente, y yo nunca se lo he dicho a nadie. Ni
a nadie que no estuviera relacionado conmigo.
—Pero si lo dices —dijo él—, podrías resultar herida. Por eso no lo haces.
—Tú también podrías. —Sus ojos estaban grandes y negros, reflejando
las estrellas—. Resultar herido. Yo podría herirte.
—Lo sé —dijo Simon—. Lo sé y no me importa. Jace me dijo una vez que
caminarías sobre mi corazón con botas de tacón alto, y eso no me ha detenido.
Isabelle dio un pequeño jadeo por la sorpresiva risa.
—¿Dijo eso? ¿Y te quedaste?
Se inclinó hacia ella, si tuviera respiración, hubiera movido su cabello.
—Lo considero un honor.
Ella giró la cabeza y sus labios se rozaron juntos. Los de ella estaban
dolorosamente calientes. Estaba haciendo algo con sus manos. Desabrochando
su capa, pensó él por un momento, ¿pero seguramente Isabelle no estaba a
punto de sacarse la ropa delante de toda su familia? No era que Simon estuviera
seguro que tendría la fortaleza para detenerla. Era Isabelle, después de todo, y
ella casi —casi— había dicho que lo amaba.
Sus labios se movieron contra la piel de él mientras hablaba.
—Toma esto —susurró ella, y él sintió algo frio detrás de su cuello, el
suave deslizamiento del terciopelo mientras ella se echaba atrás y sus guantes
rozaban su garganta.
Él bajó la mirada. Contra su pecho brillaba un cuadrado de color rojo
sangre. El pendiente rubí de Isabelle. Era una reliquia de los Cazadores de
Sombras, encantada para detectar la presencia de energías demoniacas.
—No puedo tomarlo —dijo conmocionado—. Iz, esto debe valer una
fortuna.
Ella enderezó sus hombros.
—Es un préstamo, no un regalo. Consérvalo hasta que te vea de nuevo.
—Pasó los dedos enguantados alrededor del rubí—. Hay una vieja historia de
que llegó a nuestra familia por medio de un vampiro. Así que es apropiado.
—Isabelle, yo…
—No —dijo ella, interrumpiéndolo, aunque él no sabía exactamente lo
que iba a decir—. No lo digas, no ahora. —Se estaba alejando de él. Podía ver a
su familia detrás de ella, todo lo que quedaba del Cónclave. Luke había cruzado
el Portal, y Jocelyn estaba en medio de seguirlo. Alec salía del lado del Instituto
con las manos en los bolsillos, miró por encima a Isabelle y Simon, levantó una
ceja y continuó caminando—. Solo no… no salgas con nadie más mientras no
estoy, ¿de acuerdo?
La siguió con la mirada.
—¿Eso significa que estamos saliendo? —Dijo, pero ella solo arqueó una
sonrisa y luego se dio vuelta y corrió hacia el Portal. Él la vio tomar la mano de
Alec, y ellos cruzaron juntos. Siguió Maryse, y luego Jace, y finalmente Clary
era la última, parada al lado de Catarina, enmarcada por la chisporroteante luz
azul.
Ella le guiñó un ojo a Simon y pasó a través. Él vio el torbellino del Portal
mientras la atrapaba, y luego se había ido.
Simon puso la mano en el rubí en su garganta. Pensó que podía sentir un
latido adentro de la piedra, un pulso cambiante. Era casi como tener un corazón
de nuevo
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