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Capítulo 21
Las Llaves de la Muerte y el
Infierno
Traducido por BarrazaFanny y AngelineHerondale
Corregido por Pily
—Dios, mi cabeza —dijo Alec mientras él y Jace se arrodillaron al lado de
la cúspide de roca que coronaba la cima de una colina gris. La roca los cubría, y
más allá de ella, usando las runas con visión de futuro, podían ver la fortaleza
medio en ruinas, y todo alrededor, los Cazadores Oscuros agrupados como
hormigas.
Era como un espejo deformado de la Colina del Gard de Alicante. La
estructura se asemejaba a la Colina del Gard que ellos conocían, pero con un
enorme muro alrededor de ella, la fortaleza se encerraba dentro como un jardín
en un claustro.
—Tal vez no deberías haber bebido tanto la noche anterior —dijo Jace,
inclinándose hacia adelante y entrecerrando los ojos. Todo alrededor de la
pared de los Cazadores Oscuros se situaba en anillos concéntricos, un grupo
apretado delante de las puertas que conducían dentro. Había pequeños grupos
de ellos en puntos estratégicos por toda la colina. Alec pudo ver a Jace calcular
los números del enemigo, considerando y descartando las estrategias en su
cabeza.
—Tal vez deberías intentar verte un poco menos petulante acerca de lo
que hiciste anoche —dijo Alec.
Jace casi se cayó de la cresta.
—No me veo como un petulante. Bueno… —se corrigió—… No más de
lo habitual.
—Por favor —dijo Alec, sacando su estela—. Puedo leer tu cara como un
muy abierto libro pornográfico. Ojalá no pudiera.
—¿Es esa tu manera de decirme que cambie mi cara? —inquirió Jace.
—¿Recuerdas cuando te burlaste de mí por andar a escondidas con
Magnus y me preguntaste si había caído en eso? —preguntó Alec, colocando la
punta de la estela contra su antebrazo y empiezando a dibujar una iratze—. Esta
es la revancha.
Jace rió y agarró la estela de Alec.
—Dame eso —dijo, salió a buscar la iratze para él, con su habitual
ademán desordenado. Alec sintió la patada adormecedora cuando su dolor de
cabeza comenzaba a retroceder. Jace volvió su atención de nuevo a la colina.
—¿Sabes qué es interesante? —dijo—. He visto un par de demonios que
vuelan, pero se están quedando bien lejos del Gard Oscuro...
Alec levantó la ceja.
—¿El Gard Oscuro?
—¿Tienes un nombre mejor? —Jace se encogió de hombros—. De todos
modos, se están quedando fuera del Gard Oscuro y la colina. Sirven a Sebastian,
pero parece que están respetando su espacio.
—Bueno, no pueden estar muy lejos —dijo Alec—. Llegaron al Salón de
los Acuerdos bastante rápido cuando activaste la alarma.
—Podrían estar dentro de la fortaleza —dijo Jace, expresando lo que
ambos estaban pensando.
—Ojalá hubieras conseguido el skeptron —dijo Alec, en voz baja—. Me da
la sensación de que podría llevar a fuera una gran cantidad de demonios. Si
todavía funcionara, después de todos estos años. —Jace tenía una extraña
expresión en el rostro. Alec se apresuró a añadir—: No es que alguien podría
haberlo conseguido. Has intentado...
—No estoy muy seguro —dijo Jace, su expresión calculadora y lejana—.
Vamos. Volvamos con los demás.
No había tiempo para responder; Jace ya se estaba retirando. Alec lo
siguió, arrastrándose hacia atrás, fuera del alcance de la vista del Gard Oscuro.
Una vez que hubieron ido bastante lejos, se enderezaron y medio se deslizaron
por la pendiente rocosa hacia donde los otros estaban esperando. Simon estaba
junto a Izzy, Clary tenía su cuaderno de dibujo y una pluma, estaba dibujando
runas. Por la forma en que negaba con la cabeza, arrancando las páginas y
arrugándolas en su mano, no iba tan bien como a ella le hubiera gustado.
—¿Estás arrojando basura? —preguntó Jace mientras él y Alec corrieron
hasta detenerse junto a los otros tres.
Clary le dio lo que probablemente estaba destinado a ser una mirada
fulminante, pero que salió bastante sensiblera. Jace se la devolvió al igual con
una sentimental. Alec se preguntó qué pasaría si hacía un sacrificio a los dioses
de los demonios oscuros de este mundo, a cambio de que no se recordara
constantemente que era soltero. Y no solo soltero. No solo extrañaba a Magnus;
estaba aterrorizado por él, con un profundo dolor constante que nunca se fue
del todo.
—Jace, este mundo se ha quemado a cenizas, y todo ser viviente está
muerto —dijo Clary—. Estoy bastante segura de que no queda nadie para
reciclar.
—Entonces, ¿qué visteis? —exigió Isabelle. Ella no había estado del todo
contenta con quedarse atrás mientras Alec y Jace hacían el reconocimiento, pero
Alec había insistido en que conservara sus fuerzas. Ella le escuchaba más en
estos días, pensó Alec, de esa manera que Izzy solo escuchaba a la gente cuyas
opiniones respetaba. Era muy agradable.
—Aquí. —Jace sacó su estela de su bolsillo y se arrodilló, quitándose la
chaqueta. Los músculos de su espalda se movían debajo de su camisa mientras
usaba la punta afilada de la estela para dibujar en el polvo amarillento—. Aquí
está el Gard Oscuro. Hay una manera de entrar, y eso es a través de la puerta de
la muralla exterior. Está cerrada, pero una runa abierta debe hacerse cargo de
eso. La pregunta es cómo llegar a la puerta. Las posiciones más defendibles son
aquí, aquí, y aquí. —Su estela hizo golpes rápidos en la tierra—. Así que vamos
por ahí y hasta la parte de atrás. Si la geografía de aquí es como en nuestro
Alicante, y parece que lo es, es un camino natural, hasta el fondo de la colina.
Una vez que nos acerquemos, nos separamos aquí y aquí. —La estela hizo
remolinos y patrones mientras dibujaba, y una mancha de sudor oscuro se notó
entre los omóplatos—. Y tratamos de arrear cualquier demonio o Cazador
Oscuro hacia el centro. —Se echó hacia atrás, mordiéndose el labio—. Puedo
sacar un montón de ellos, pero voy a necesitar mantenerlos contenidos mientras
lo hago. ¿Entendéis el plan?
Todos se miraron durante unos momentos de silencio. Entonces Simon
señaló:
—¿Qué es esa cosa tambaleante? —dijo—. ¿Es un árbol?
—Esas son las puertas —dijo Jace.
—Ohh —dijo Isabelle, complacida—. Entonces, ¿qué son los pedazos
arremolinados? ¿Hay un foso?
—Esas son las líneas de trayectoria… Sinceramente, ¿soy la única
persona que alguna vez haya visto un mapa de estrategia? —preguntó Jace
lanzando su estela hacia abajo y pasándose la mano por el pelo rubio—.
¿Entendeis algo de lo que acabo de decir?
—No —dijo Clary—. Tu estrategia es, probablemente, impresionante,
pero tus habilidades de dibujo son terribles; todo los Cazadores Oscuros se ven
como árboles, y la fortaleza se ve como una rana. Tiene que haber una mejor
manera de explicar.
Jace se dejó caer sobre sus talones y se cruzó de brazos.
—Bueno, me encantaría escucharlo.
—Tengo una idea —dijo Simon—. ¿Recordais que antes estaba hablando
de Dragones y Mazmorras?
—Vívidamente —dijo Jace—. Fue una época oscura.
Simon lo ignoró.
—Todos los Cazadores Oscuros se visten de armadura roja —dijo—. Y
no son enormemente brillantes o auto conducidos. Sus voluntades parecen estar
subsumidas, al menos en parte, por Sebastian. ¿Cierto?
—Cierto —dijo Isabelle, y le dio una mirada de reproche a Jace.
—En D&D, mi primer movimiento, cuando estoy tratando con un
ejército enemigo como ese, sería el de atraer a distancia a un grupo de ellos…
digamos de cinco… y quitarles la ropa.
—¿Es esto para que ellos tengan que volver a la fortaleza desnudos y su
vergüenza afecte negativamente a su moral? —dijo Jace—. Porque parece
complicado.
—Estoy bastante segura de que se refiere a tomar su ropa y llevarlas
como disfraces —dijo Clary—. Para que podamos colarnos hasta las puertas sin
ser observados. Si los otros Cazadores Oscuros no son muy perceptivos, no
podrían notarnos. —Jace la miró con sorpresa. Ella se encogió de hombros—.
Está en cada película.
—No vemos películas —dijo Jace.
—Creo que la pregunta es si Sebastian ve películas —dijo Isabelle—. ¿Será
nuestra estrategia cuando veamos la de “todavía confía en mí,” por cierto?
—Es “todavía, confía en mí” —dijo Jace.
—Oh, bueno —dijo Isabelle—. Por un segundo me preocupaba que iba a
ser un plan real con, como, pasos que podríamos seguir. Ya sabes, algo
tranquilizador.
—Hay un plan. —Jace deslizó su estela en el cinturón y se levantó de
manera fluida sobre sus pies—. La idea de Simon de cómo entrar en la fortaleza
de Sebastian. Vamos a hacerlo.
Simon lo miró fijamente.
—¿En serio?
Jace recuperó su chaqueta.
—Es una buena idea.
—Pero es mi idea —dijo Simon.
—Y fue buena, así que vamos a hacerlo. Felicitaciones. Vamos a subir la
colina de la manera que describí, y luego vamos a probar tu plan cuando
lleguemos hacia la parte superior. Y cuando lleguemos allí… —se volvió hacia
Clary—. Esa cosa que hiciste en la Corte de la Luz. La forma en que levantaste y
señalaste a la runa en la pared; ¿podrías hacerlo de nuevo?
—No veo por qué no —dijo Clary—. ¿Por qué?
Jace comenzó a sonreír.
Emma se sentó en la cama en su pequeña habitación en el ático, rodeada
de papeles.
Por fin los había sacado de la carpeta que había cogido de la oficina del
Cónsul. Estaban esparcidos por su manta, iluminados por la luz del sol que
entraba por la pequeña ventana, a pesar de que casi no se atrevía a tocarlos.
Había fotografías granuladas, tomadas bajo un cielo brillante de Los
Ángeles, de los cuerpos de sus padres. Podía ver ahora por qué no habían sido
capaces de llevar los cuerpos a Idris. Habían sido despojados, su piel gris como
la ceniza, excepto donde fueron marcados por todas partes con feos garabatos
negros, no como Marcas en absoluto, sino repugnantes. La arena alrededor de
ellos estaba mojada, como si hubiera llovido; estaban lejos de la línea de marea.
Emma luchó contra las ganas de vomitar mientras intentaba obligarse a
absorber la información: cuando se habían encontrado los cuerpos, cuando
habían sido identificados, y cómo se habían derrumbado en grupos cuando los
Cazadores de Sombras habían tratado de levantarlos…
—Emma.
Era Helen, de pie en el umbral. La luz que se derramaba por la ventana
se volvió a los bordes de su cabello con el color de plata, como siempre habían
tenido los Marcados. Ella se parecía más a un Marcado que nunca; De hecho, el
estrés la había hecho más delgada y revelado con mayor claridad los delicados
arcos de sus pómulos, los puntos en la parte superior de las orejas.
—¿De dónde sacaste esto?
Emma levantó la barbilla desafiante.
—Los tomé de la oficina del Cónsul.
Helen se sentó en el borde de la cama.
—Emma, tienes que ponerlos de nuevo.
Emma señaló con el dedo a los papeles.
—No van a mirar para saber lo que le pasó a mis padres —dijo—. Están
diciendo que es solo un ataque al azar por los Cazadores Oscuros, pero no fue
así. Sé que no lo fue.
—Emma, los Cazadores Oscuros y sus aliados no solo mataron a los
Cazadores de Sombras del Instituto. Acabaron con la Clave de Los Ángeles.
Tiene sentido que fueran después hacia tus padres, también.
—¿Por qué no habrían de convertirlos a ellos? —exigió Emma—.
Necesitaban todos los guerreros que podían conseguir. Cuando dijiste que
acabaron con la Clave, no abandonaron los cuerpos. Todos se convirtieron.
—Excepto los jóvenes y los muy viejos.
—Bueno, mis padres no eran ninguna de esas cosas.
—¿Preferirías que los hubieran Convertido? —dijo Helen en voz baja, y
Emma sabía que estaba pensando en su propio padre.
—No —dijo—. Pero, ¿estás realmente diciendo que no importa quién los
mató? ¿Es que ni siquiera debería saber el por qué?
—¿Por qué? —Tiberius estaba de pie en la puerta, su mata de rizos
negros rebeldes cayendo a los ojos. Parecía más joven de los diez años, una
impresión ayudada por el hecho de que su abeja de peluche colgaba de una
mano. Su delicado rostro estaba manchado por el cansancio—. ¿Dónde está
Julian?
—Está abajo, en la cocina consiguiendo comida —dijo Helen—. ¿Tienes
hambre?
—¿Está enfadado conmigo? —preguntó Ty, mirando a Emma.
—No, pero tú sabes que él se enfada cuando le gritas, o lo lastimas —dijo
Emma con cuidado. Era difícil saber lo que podría asustar a Ty o enviarlo a una
rabieta. En su experiencia era mejor siempre decirle la verdad sin tapujos. El
tipo de mentiras que la gente dice sistemáticamente a los niños, de las de "Esta
inyección no va a doler un poco," fueron desastrosas cuando se le dijo a Ty.
Ayer, Julian había pasado un poco de tiempo para recoger los vidrios
rotos de los pies ensangrentados de su hermano y le había explicado más
severamente que si alguna vez caminaba sobre vidrios rotos de nuevo, Julian se
lo diría a los adultos, y él tendría que tomar cualquier castigo que recibiera. Ty
le había dado una patada en respuesta, dejando una huella de sangre en la
camisa de Jules.
—Jules quiere que estés bien —dijo Emma ahora—. Eso es todo lo que
quiere.
Helen extendió los brazos para Ty... Emma no la culpó. Ty parecía
pequeño y se acurrucó, y la forma en que se aferraba a su abeja la hizo
preocuparse por él. Habría querido abrazarlo también. Pero no le gustaba que
lo tocasen, no nadie más que Livvy. Él se apartó de su media hermana y se
acercó a la ventana. Después de un momento, Emma se le unió, con cuidado
para darle espacio.
—Sebastian puede entrar y salir de la ciudad —dijo Ty.
—Sí, pero es solo una persona, y no está tan interesado en nosotros.
Además, creo que la Clave tiene un plan para mantenernos a salvo.
—Creo que es lo mismo —murmuró Ty, mirando hacia abajo y hacia
fuera de la ventana. Señaló—: Es solo que no sé si funcionará.
Le tomó a Emma un momento darse cuenta de lo que estaba indicando.
Las calles estaban llenas, y no con los peatones. Nefilim en los uniformes del
Gard, y algunos en marcha, se movían adelante y atrás en las calles, llevando
los martillos y los clavos y cajas de objetos que hicieron a Emma mirar... Tijeras
y herraduras, cuchillos y dagas y armas de diversos tipos, incluso cajas de lo
que parecía tierra. Un hombre llevaba varios sacos de arpillera marcados con
SALT.
Cada caja y bolsa tenían un símbolo estampado en él: una espiral. Emma
lo había visto antes en su Codex: el sigilo del Laberinto en Espiral de los brujos.
—Hierro frío. —dijo Ty pensativo—. Forjado, no calentado y con forma.
Sal, y grabados sucios.
Había una mirada en el rostro de Helen, esa mirada que ponen los
adultos cuando sabían algo pero no querían decirte lo qué era. Emma examinó
a Ty, silencioso y sereno, sus serios ojos grises rastreando arriba y abajo las
calles afuera. A su lado estaba Helen, quien se había levantado de la cama, su
expresión inquieta.
—Enviaron municiones mágicas—dijo Ty—. Desde el Laberinto en
Espiral. O quizás fue idea de los brujos. Es difícil de saber.
Emma empezó a mirar a través del vidrio y luego de vuelta a Ty, que
levantó la mirada a través de sus largas pestañas.
—¿Qué significa eso? —preguntó.
Ty sonrió con su sonrisa rara, sin práctica.
—Eso significa que lo que Mark decía en su nota era verdad —respondió.
Clary no había pensado nunca que había estado tan llena de runas, o que
nunca había visto a los Lightwood cubiertos en tantos sellos mágicos como lo
estaban ahora. Había hecho todo por sí misma, poniendo todo lo que tenía en
ellos —todo su deseo de que ellos estuvieran a salvo, todo su anhelo de
encontrar a su madre y a Luke.
Los brazos de Jace lucían como un mapa: runas esparcidas hacia abajo
desde la clavícula y el pecho hasta la parte de atrás de sus manos. La piel de
Clary lucía extraña para ella cuando la veía. Recordó que una vez había visto a
un chico que tenía una trabajada musculatura del cuerpo humano tatuada sobre
su piel, y pensó que se había convertido en vidrio. Ahora era algo como eso,
pensó, mirando alrededor a sus acompañantes a medida que subían por la
colina hacia el Gard Oscuro, el mapa de la ruta de su valentía y esperanza, sus
sueños y deseos, marcado claramente en sus cuerpos. Los Cazadores de
Sombras no eran siempre los más abiertos a las personas, pero sus pieles eran
sinceras.
Clary se había cubierto con runas curativas, pero no eran suficientes para
proteger a sus pulmones del constante polvo. Recordó lo que Jace le había dicho
sobre los dos sufriendo más que los demás debido a la mayor concentración de
sangre de ángel en ellos. Se detuvo para toser y se alejó, escupiendo en color
negro. Se secó la boca con la mano rápidamente, antes de que Jace pudiera
voltear y verla.
Las habilidades de dibujante de Jace podían haber sido pobres, pero su
estrategia era impecable. Estaban haciendo su camino hacia arriba en una
especie de formación en zigzag, saltando de un montón de piedras a otro. Sin
todo el follaje, las rocas eran la única cubierta que la montaña mostraba. La
montaña carecía de árboles en su mayoría, solo unos cuantos muertos por aquí
y por allá. Se habían encontrado solo a una Cazadora Oscura, que había sido
rápidamente asesinada, su sangre derramada sobre la tierra cubierta de cenizas.
Clary recordó el camino hacia el Gard en Alicante, verde y agradable, y le
dedicó una mirada llena de desprecio al páramo alrededor de ella.
El aire era caliente y pesado, como si el sol ardiente y naranja estuviera
presionándolos. Clary se unió a los demás detrás de un gran montón de
piedras. Habían vuelto a llenar sus botellas con agua esa mañana en el lago de
la cueva y Alec estaba compartiéndola alrededor, con su rostro sombrío lleno de
polvo.
—Esto es lo último —dijo y se la pasó a Isabelle. Ella dio un pequeño
sorbo y se lo pasó a Simon, quien sacudió la cabeza —pues no necesitaba
agua— y se lo pasó a Clary.
Jace la miró. Pudo verse reflejada en sus ojos, luciendo pequeña, pálida y
sucia. Se preguntaba si había lucido diferente para él luego de la noche anterior.
Había esperado que al menos él hubiera lucido diferente para ella cuando se
levantó en la mañana por los restos fríos del fuego, con su mano en las de ella.
Pero era el mismo Jace, el Jace que ella siempre había amado. Y la miraba cada
vez que podía, como si fuera un pequeño espejo, del tipo que se lleva cerca al
corazón.
Clary dio una bocanada de agua y le pasó el termo a Jace, quien echó la
cabeza hacia atrás y tragó. Ella miraba los músculos de su garganta con una
breve fascinación y luego volteó la mirada antes de que pudiera sonrojarse —
bien, quizás algunas cosas había cambiado, pero realmente no había tiempo
para pensar en eso.
—Eso es todo —dijo Jace, soltando el termo ahora vacío. Todos lo vieron
rodar entre las rocas—. No más agua. Una cosa menos que cargar —añadió,
tratando de sonar ligero, pero su voz vino con un sonido tan seco como el polvo
a su alrededor.
Sus labios estaban agrietados y sangrando un poco a pesar de las iratzes.
Alec tenía sombras bajo los ojos y un tic nervioso en la mano izquierda. Los ojos
de Isabelle estaban rojos por el polvo, y parpadeaba y se los frotaba cuando
pensaba que nadie la veía. Todos lucían terriblemente mal, pensó Clary, quizás
a excepción de Simon, que mayormente tenía el mismo aspecto. Estaba parado
cerca al montón de piedras, sus dedos apoyados levemente sobre una cornisa
de piedra.
—Estas son tumbas —dijo de pronto.
Jace levantó la mirada.
—¿Qué?
—Esta pila de rocas. Son tumbas, muy antiguas. Las personas murieron
en batallas y los enterraron cubriendo sus cuerpos con piedras.
—Cazadores de Sombras, —dijo Alec—. ¿Quién más pudo morir
defendiendo la Colina del Gard?
Jace tocó las piedras con su mano cubierta por un guante de cuero y
frunció el ceño.
—Quemamos nuestros cuerpos al morir.
—Quizás no en este mundo —dijo Isabelle—. Las cosas son diferentes.
Quizás no tuvieron tiempo. Quizás fue su última batalla…
—Detente —dijo Simon. Tenía una mirada congelada de intensa
concentración en el rostro—. Alguien viene. Alguien humano.
—¿Cómo sabes que son humanos? —Clary bajó la voz.
—Sangre —resumió—. La sangre de los demonios huele diferente. Estas
personas… Nefilim, pero no…
Jace hizo un rápido movimiento con la mano y todos se callaron. Pegó su
espalda a las piedras y se asomó por el costado. Clary vio su mandíbula
apretarse.
—Cazadores Oscuros —dijo en voz baja—. Cinco de ellos.
—El número perfecto —dijo Alec con una sorprendente sonrisa lobuna.
Tomó el arco en sus manos casi sin que Clary pudiera ver el movimiento y
avanzó lateralmente fuera del refugio de rocas. Y lanzó una de sus flechas.
Vio la expresión sorprendida de Jace, él no había esperado que Alec
hiciera el primer movimiento, luego agarró una de las piedras del montón y se
lanzó por encima. Isabelle saltó después de él como un gato, y Simon la siguió,
rápido y certero, sin nada en las manos. Era como si este mundo fuera para
aquellos que ya estaban muertos, pensó Clary, y luego escuchó un largo grito
como un gorgoteo, que fue cortado abruptamente.
Alcanzó a Eósforo, esperando lo mejor, y tomó una daga de su cinturón
de armas antes de lanzarse alrededor del costado del montón de piedras. Detrás
de esto había una pendiente, el Gard Oscuro negro y arruinado asomándose
por encima de ellos. Cuatro Cazadores de Sombras vestidos de rojo estaban
mirando alrededor sorprendidos y con sorpresa. Uno de ellos, una mujer rubia,
estaba tirada en el suelo, su cuerpo señalando hacia arriba, una flecha saliendo
de su cuello.
Eso explica el sonido de gorgoteo, pensó Clary algo mareada cuando Alec
tomó su arco de nuevo y disparó otra flecha. Un segundo hombre, con cabello
oscuro y panzudo, retrocedió lanzando un grito, la flecha en su pierna; Isabelle
estuvo sobre él en un instante, su látigo apretando su cuello. A medida que el
hombre caía, Jace saltó y dirigió su cuerpo hacia el suelo, usando la fuerza de la
caída para lanzar su propio cuerpo hacia adelante. Sus hojas brillaron con un
movimiento de tijeras, cortando la cabeza de un hombre calvo cuyo traje rojo
estaba manchado con sangre seca. Los montones de sangre mojando el traje
escarlata con otro tipo de rojo como el del cadáver del hombre sin cabeza, se
deslizaba en el suelo. Hubo un chillido, y la mujer que había estado parada
detrás de él levantó una hoja curva para atacar a Jace; Clary batió su daga hacia
adelante y la lanzó. Se enterró en la frente de la mujer y se dobló
silenciosamente sobre el suelo sin ningún quejido más.
El último de los Cazadores Oscuros empezó a correr, tropezando en la
pendiente. Simon pasó rápidamente al lado de Clary, un movimiento
demasiado rápido para ver, y saltó como un gato. El Cazador Oscuro calló con
un gesto de terror, y Clary vio a Simon rugir sobre él y morderlo como una
serpiente. Hubo un sonido como el de rasgar papel.
Todos voltearon la mirada. Después de un largo momento Simon se
levantó del cuerpo inerte y bajó la montaña hacia ellos. Había sangre en su
camisa, en sus manos y en su cara. Volteó la cara hacia un costado, tosió y
escupió, luciendo enfermo.
—Amarga —dijo—. La sangre. Parece la de Sebastian.
La expresión de Isabelle lucía enferma, en una manera distinta a la que
había tenido mientras cortaba el cuello del Cazador Oscuro.
—Lo odio —dijo de pronto—. Sebastian. Lo que les hace a ellos es peor
que matarlos. Ellos ya no son más personas. Cuando mueren, no pueden ser
enterrados en la Ciudad Silenciosa, y nadie se pone de duelo por ellos. Ya han
estado de duelo de cualquier forma. Si alguien que yo amo se volviera así…
estaría feliz si estuviera muerto.
Estaba respirando con dificultad; nadie dijo nada. Finalmente Jace
levantó la mirada hacia el cielo, sus ojos dorados brillando en su sucia y
manchada cara.
—Mejor empecemos a caminar. El sol se está ocultando, además alguien
podría escucharnos.
Les quitaron los trajes a los cuerpos en silencio y con rapidez. Había algo
enfermizo en el trabajo, algo que no había parecido tan horrible cuando Simon
había descrito la estrategia pero que ahora parecía muy horrible. Ella había
matado demonios y renegados; hubiera matado a Sebastian si hubiera sido
capaz de hacerlo sin dañar a Jace. Pero había algo siniestro y sanguinario en
quitar las ropas de los cuerpos muertos de Cazadores de Sombras, incluso si
estos estaban marcados con runas de la muerte y del Infierno. No podía parar
de mirar a uno de los Cazadores de Sombras muertos, un hombre con el cabello
marrón, e imaginar que podría ser el padre de Julian.
Se puso la chaqueta y los pantalones de la más pequeña de las mujeres,
pero estas seguían siendo aún muy grandes. Algo de trabajo rápido con su
cuchillo cortando las mangas y los dobladillos, y su cinturón de armas sostuvo
sus pantalones. No había mucho que Alec pudiera hacer. Estaba luchando con
la chaqueta del Cazador de Sombras más grande y lo hacía ver abultado. Las
mangas de Simon eran muy cortas y apretadas; cortó las costuras de los
hombros para que le permitieran mayor movimiento. Jace e Isabelle se las
arreglaron para que la ropa les quedase, aunque lo que Isabelle llevaba estaba
manchado con sangre seca. Jace se las había arreglado para lucir atractivo aún
en rojo oscuro, lo cual no era para nada fastidioso.
Escondieron los cuerpos detrás del montón de rocas y empezaron su
regreso a lo alto de la colina. Jace no se había equivocado, el sol se estaba
ocultando, bañando el campo del color del fuego y la sangre. Cayeron en el
paso entre sí a medida que se acercaban a la gran silueta del Gard Oscuro.
La pendiente hacia arriba de pronto se estabilizó, y ahí estaban, en la
meseta frente a la fortaleza. Era como ver una foto en negativo superpuesta
sobre otra. Clary podía ver en el ojo de su mente el Gard que estaba en su
mundo, la montaña cubierta de árboles y verdor, los jardines rodeando las
torres, el resplandor de la luz mágica iluminando todo el lugar. El sol brillando
durante el día, y las estrellas en la noche.
Ahí en lo alto de la colina todo era estéril y árido con un viento frío
suficiente para traspasar la chaqueta robada de Clary. El horizonte era una línea
roja como una garganta cortada. Todo estaba bañado en esa luz sangrienta,
desde la multitud de Cazadores Oscuros que estaban alrededor de la meseta
hasta el mismo Gard Oscuro. Ahora que estaban cerca, podían ver el muro que
lo rodeaba y las resistentes puertas.
—Será mejor que os levanteis la capucha —dijo Jace detrás de ella,
tomando su capucha y poniéndola sobre su cabeza—. Tu pelo es reconocible.
—¿Para los Cazadores Oscuros? —dijo Simon, que lucía increíblemente
extraño para Clary en su traje rojo. Nunca se había imaginado a Simon en traje.
—Para Sebastian —dijo Jace cortante, poniéndose su propia capucha.
Habían sacado sus armas. El látigo de Isabelle brillaba en la luz roja, y el arco de
Alec estaba en sus manos. Jace miraba hacia el Gard Oscuro. Clary al menos
esperaba que dijera algo, que hiciera un discurso, que marcara la ocasión. No lo
hizo. Pudo ver los ángulos afilados de los huesos de su mejilla debajo de su
capucha, la forma apretada de su mandíbula. Estaba listo. Todos ellos lo
estaban.
—Vamos a ir a las puertas —dijo y se movió hacia adelante.
Clary sintió frío por todo —frío por la batalla, manteniendo su columna
recta, incluso su respiración. La suciedad aquí era diferente, algo que se podía
ver de lejos. Distinta al resto de la arena del mundo desierto, que había sido
batida por sus pasos. Un guerrero vestido de rojo pasó a continuación, un
hombre de piel marrón, alto y musculoso. No les prestó atención. Parecía que
caminara siguiendo un ritmo, como varios de los otros Cazadores Oscuros, una
especie de ruta asignada de ida y vuelta. Una mujer blanca con cabello
encanecido estaba unos pasos detrás de él. Clary sintió como sus músculos se
apretaban —¿Amatis?— pero cuando la mujer pasó cerca de ella, estaba claro
que su rostro no era familiar. Clary pensó que su mirada se había fijado en ellos
de la misma manera, pero lo olvidó cuando pasaron fuera de su vista.
El Gard se asomaba en frente de ellos ahora, las puertas enormes hechas
de hierro. Estaban talladas con un patrón hecho a mano de un arma —Skeptron.
Estaba claro que las puertas se habían sometido a años de decoración. Su
superficie estaba llena de astillas y cicatrices, manchada en varios lugares con
icor y que lucía tan perturbador como sangre humana seca.
Clary se adelantó para poner su estela sobre las puertas, lista con una
runa de Apertura en su mente… pero las puertas oscilaron ante su toque. Lanzó
una mirada de sorpresa hacia los otros. Jace estaba mordiendose el labio; ella
levantó una ceja interrogativa hacia él, pero solo se encogió de hombros, como
si dijera: Seguiremos adelante. ¿Qué más podemos hacer?
Entraron. Pasado el umbral había un puente sobre un barranco estrecho.
La oscuridad se agitaba en el fondo del abismo, más gruesa que la niebla o el
humo. Isabelle cruzó primero con su látigo, y Alec la siguió, dándoles la
espalda con su arco y flechas. Al mismo tiempo que ellos llegaban al final del
puente en una sola fila, Clary casualmente miró hacia abajo dentro de la grieta,
y casi se estremeció de nuevo —la oscuridad tenía ramas, largas y curvadas
como las patas de una araña, y algo que lucía como brillantes ojos amarillos.
—No mires —dijo Jace en voz baja, y Clary fijó los ojos en el látigo de
Isabelle, dorado y brillante frente a ellos. Iluminaba la oscuridad para que
cuando ellos llegaran a las puertas de la fortaleza, Jace fuera capaz de encontrar
la perilla fácilmente, y para mover las puertas abiertas.
Se abrieron a la oscuridad. Todos se miraron el uno del otro, un breve
segundo de parálisis que ninguno podría romper. Clary se encontró con que
estaba mirando a los demás, tratando de memorizarlos; los ojos marrones de
Simon, la curva del cuello de Jace debajo de la chaqueta roja, las cejas arqueadas
de Alec, el ceño preocupado de Isabelle.
Alto, se dijo. Este no es el final. Los verás de nuevo.
Miró hacia atrás. Pasando el puente estaban las puertas, de par en par, y
el pasado que eran los Cazadores Oscuros, de pie, inmóvil. Clary tenía la
sensación de que estaban viendo también, todo lo capturado en la quietud en
este momento sin aliento antes de la caída.
Ahora. Ella dio un paso hacia adelante, hacia la oscuridad. Oyó a Jace
decir su nombre, muy bajo, casi en un susurro, y luego se fue por encima del
umbral, y la luz era todo lo que la rodeaba, cegándola en su brusquedad. Oyó el
murmurar de los demás, y luego la sensación de frío del aire cuando la puerta
se cerró tras ellos.
Alzó los ojos. Estaban de pie en una enorme puerta de entrada, el tamaño
de la parte interior del Salón de los Acuerdos. Una espiral doble masiva de la
escalera de piedra llevada hacia arriba, girando y sinuosa, dos juegos de
escaleras entretejidas uno con el otro, pero nunca se reunieron. Cada una era
flanqueada a cada lado por una balaustrada de piedra, y Sebastian estaba
apoyado en una sonriéndoles.
Era una sonrisa positiva feral: encantada y anticipatoria. Llevaba una
túnica escarlata impecable, y sus cabellos brillaban como el hierro. Sacudió la
cabeza.
—Clary, Clary —dijo—. Realmente pensé que eras más inteligente que
esto.
Clary se aclaró la garganta. Se sentía coagulada del polvo y del miedo.
Su piel era blanca como si se hubiera tragado la adrenalina.
—¿Más inteligente que qué? —dijo, y casi se estremeció ante el eco de su
propia voz, fuera de las paredes de piedra. No hubo tapices, pinturas, nada
para suavizar la dureza.
A pesar de que no sabía qué más podría esperar de un mundo de
demonios. Por supuesto, no había arte.
—Estamos aquí —dijo—. Dentro de tu fortaleza prima. Hay cinco de
nosotros, y uno de vosotros.
—Oh, bien —dijo— ¿Se supone que debo parecer sorprendido? —Torció
la boca arriba en una burlona mueca de falsa sorpresa que hizo que se le
revolviera el estómago a Clary—. ¿Quién podría creerlo? —dijo en tono
burlón—. Quiero decir, no importa que, obviamente, me enteré por la Reina que
vendrías aquí, pero desde que llegasteis, han establecido un enorme fuego,
trataron de robar un artefacto protegido; significa que habeis hecho todo lo que
sea para poner una enorme flecha intermitente apuntando directamente en
vuestra ubicación. —Suspiró—. Siempre he sabido que erais terriblemente
estúpidos. Incluso Jace, bueno, eres guapo, pero no demasiado brillante,
¿verdad? Tal vez si Valentine hubiera pasado algunos años más con vosotros,
pero no, probablemente ni siquiera entonces. Los Herondale habeis sido
siempre una familia más apreciada por el físico que por la inteligencia. En
cuanto a los Lightwood, cuanto menos se diga, mejor. Generaciones de idiotas.
Pero Clary…
―Me has olvidado —dijo Simon.
Sebastian arrastró su mirada hacia Simon, como si fuera de mal gusto.
—Tú te mantienes como una moneda falsa —dijo—. Aburrido pequeño
vampiro. He matado a la persona que te convirtió ¿sabías? Pensé que los
vampiros podían sentir ese tipo de cosas, pero al parecer eres indiferente.
Terriblemente insensible.
Clary sintió tensarse a Simon minuciosamente junto a ella, se acordó de
él en la cueva, doblándose como si le doliera. Diciendo que se sentía como si
alguien le hubiera clavado un cuchillo en el pecho.
—Raphael —susurró Simon; junto a él Alec había palidecido
notablemente.
—¿Qué pasa con los otros? —Exigió con una voz áspera—. Magnus,
Luke…
—Nuestra madre —dijo Clary—. Sin duda, no le harías daño.
La sonrisa de Sebastian se volvió quebradiza.
—Ella no era mi madre —dijo, y luego se encogió de hombros con una
especie de exasperación exagerada—. Está viva —dijo—. En cuanto al brujo y el
hombre lobo, no podría decirlo. No lo he comprobado por un tiempo. El brujo
no tenía tan buen aspecto la última vez que le vi —agregó—. No creo que esta
dimensión haya sido buena para él. Podría estar muerto por ahora. Pero no
puedes esperar que yo prevea eso.
Alec levantó su arco en un solo rápido movimiento.
—Prevé esto —dijo, y dejó una flecha volar.
La disparó directamente hacia Sebastian, quien se movió como un
relámpago, arrancando la flecha del aire, cerrando los dedos alrededor de ella, y
quebrándola en sus manos. Clary oyó a Isabelle parar repentinamente de
respirar, sintió la ráfaga de sangre y terror en sus propias venas.
Sebastian señaló hacia Alec como si fuera un maestro empuñando, un
gobernante, e hizo un ruido de cacareo implicando desaprobación.
—Travieso —dijo— ¿Intentando hacerme daño aquí, en mi propia
fortaleza, en el corazón de mi poder? Como ya he dicho, eres un tonto. Todos
vosotros sois tontos. —Hizo un gesto súbito, un giro de la muñeca, y la flecha
espetó el sonido como un disparo.
Las puertas dobles en ambos extremos de la entrada se abrieron de
golpe, y los demonios entraron. Clary se lo esperaba, se había preparado, pero
hay verdadero refuerzo para uno mismo de algo como esto. Había visto a los
demonios, cantidades de ellos, y sin embargo, como la inundación vertida
desde ambos lados, criaturas con cuerpos venenosos, sin piel, humanos,
monstruos chorreando sangre; cosas con garras y dientes, masivas mantis
religiosas con mandíbulas que caían abiertas como si fueran desquiciadas, su
piel se sentía como si hubieran querido arrastrarla lejos de su cuerpo. Se obligó
a permanecer quieta, con la mano en Eósforo, y miró a su hermano. Él encontró
su mirada con la suya oscura, y recordó al niño en su visión, el que tiene los
ojos verdes como los de ella. Vio a un surco aparecer entre sus ojos.
Él levantó la mano; chasqueó los dedos.
—Deteneos —dijo.
Los demonios se congelaron, a ambos lado de Clary y los demás. Podía
oír la respiración agitada de Jace, lo sintió presionando sus dedos contra la
mano que sostenía su espalda. Una señal de silencio. Los demás estaban
rígidos, rodeándola.
—Mi hermana —dijo Sebastian—. No le hagais daño a ella. Traedla a mí,
aquí. Matad a los otros. —Entrecerró los ojos a Jace—. Si podeis.
Los demonios se lanzaron hacia delante. El collar de Isabelle latía como
una luz estroboscópica, el envío de ardientes lenguas de rojo y oro, y en la luz
ardiente Clary vio los otros a su vez mantener a los demonios fuera.
Era su oportunidad. Giró y se lanzó hacia la pared, sintiendo la runa
agilidad en su brazo quemando mientras se lanzaba hacia arriba, atrapando la
piedra en bruto con la mano izquierda, y girado hacia adelante, golpeando la
punta de la estela en el granito como si fuera un hacha en la corteza del árbol.
Sintió el estremecimiento de la piedra: pequeñas fisuras aparecieron, pero ella
se aferró sombríamente, arrastrando la estela a través de la pared de la
superficie, rápida y rozando. Sintió la runa. Todo parecía haber retrocedido,
incluso el chillido y la lucha detrás de ella, el olor y el aullido de demonios. Solo
podía sentir el poder de las runas familiares haciendo eco a través de ella
cuando dibujó, y dibujó, y señaló.
Algo la agarró del tobillo y tiró. El dolor se disparó en la pierna; echó un
vistazo hacia abajo y vio a un tentáculo viscoso envuelto alrededor de la bota,
arrastrándola hacia abajo. Estaba unido a un demonio que parecía un loro
mudo con tentáculos en vez de alas. Se aferró más fuerte a la pared, que azotaba
su estela de ida y vuelta, la roca temblando cuando las líneas negras comieron
en la piedra. La presión en el tobillo aumentó. Con un grito Clary dejó su estela
caer cuando cayó, golpeando el suelo. Jadeó y rodó a un lado al igual que una
flecha pasó cerca de su cabeza y se hundió profundamente en la carne del
demonio. Ella giró la cabeza y vio a Alec, que se remontaba a otra flecha, al
igual que las runas en la pared. Le ardía como un mapa de fuego celestial. Jace
estaba junto a Alec, con la espada en su mano, con los ojos fijos en Clary.
Ella asintió con la cabeza, minuciosamente. Hazlo.
El demonio había celebrado con un rugido; el tentáculo soltó sus garras,
y Clary se tambaleó y se puso de pie. No había sido capaz de dibujar una puerta
rectangular, así que la entrada garabateada en la pared estaba ardiendo en un
círculo irregular, como la puerta relativa a un túnel. En el incendio pudo ver el
reflejo del Portal, que ondulaba como agua de plata.
Jace se precipitó a su lado y se lanzó a ella. Captó un breve vistazo de lo
que estaba más allá, los Acuerdos, el Hall, la estatua de Jonathan Cazador de
Sombras27, antes de que ella se arrojara hacia delante, apretando su mano al
Portal, manteniéndolo abierto para que Sebastian no pudiera cerrarlo. Jace
necesitaba solo unos pocos segundos.
Podía oír a Sebastian detrás de ella, gritando en un idioma que no
conocía. El hedor de los demonios era todo; escuchó un silbido y un sonajero y
se volvió para ver un demonio echarse a pique hacia ella, con su cola de
escorpión levantada. Se echó hacia atrás, justo cuando caía en dos piezas, el
látigo de metal de Isabelle como una tijera cortándolo por la mitad. Y el
hediondo icor inundaba el suelo; Simon agarró a Clary, al tiempo que el Portal
se hinchó de repente, con una increíble luz y Jace entró por él. Clary contuvo el
aliento.
Nunca había visto a Jace así, se parecía tanto a un ángel vengador, herido
través de la nube y el fuego. Su pelo brillante parecía arder mientras aterrizaba
ligeramente y levantaba el arma que tenía en la mano. Era el skeptron de
Jonathan Cazador de Sombras. El orbe en el centro brillaba. A través del Portal
detrás de Jace, justo antes de que se cerrara, Clary vio las formas oscuras de
vuelo de demonios, oyeron sus gritos de decepción y rabia cuando empezaron a
buscar el arma y el ladrón no estaba en ningún lado.

27 Aquí Cazador de Sombras hace referencia al apellido de Jonathan. Próximamente podréis
verlo en el Códice de Cazadores de Sombras.
Mientras Jace levantaba la skepton, los demonios alrededor de ellos
comenzaron a echarse por tierra hacia atrás. Sebastian estaba inclinado sobre la
barandilla, sus manos apretadas sobre la misma, pálidas. Mirando a Jace.
—Jonathan —dijo, y su voz se elevó—, Jonathan, te prohíbo…
Jace empujó el skeptron hacia el cielo, y el orbe estalló en llamas. Fue una
brillante contenida llama helada, más luz que calor, pero una luz penetrante
que disparó a través de la totalidad del ambiente, iluminando todo. Clary vio a
los demonios que volvieron a ser siluetas flameantes antes de que se
estremecieran y explotaran en cenizas. Los más cercanos a Jace se
desmoronaron primero, pero la luz se fue por todos ellos como una apertura,
una fisura en la tierra, y uno por uno chillaban y se disolvían, dejando una
gruesa capa de ceniza gris—negro en el suelo. La luz se intensificó, quemaba
más brillante que Clary cerró los ojos, aún viendo la explosión de último
resplandor a través de sus párpados. Cuando los volvió a abrir, la puerta de
entrada estaba vacía. Solo ella y sus compañeros se mantenían. Los demonios se
habían ido y Sebastian estaba allí, inmóvil, de pie pálido y sorprendido en la
escalera.
—No —gruñó a través de sus dientes apretados.
Jace seguía de pie con skeptron en su mano; el orbe se había vuelto negro
y muerto, como una bombilla que se había quemado. Miró a Sebastian, su
pecho subiendo y cayendo rápidamente.
—Pensaste que no sabíamos que nos estabas esperando —dijo—. Pero
estábamos contando con ello. —Dio un paso hacia adelante—. Te conozco —dijo,
todavía sin aliento, su salvaje cabello y sus ojos dorados ardiendo—. Tomaste
todo de mí, tomaste el control de mí, me obligaste a hacer lo que querías, pero
aprendí de ti. Estabas en mi cabeza. Recuerdo cómo piensas, cómo planeas.
Recuerdo todo. Sabía que nos subestimabas, pensabas que no suponíamos que
era una trampa, que no nos habíamos preparado para esto. Te olvidas de que te
conozco; hasta el último rincón de tu mente arrogante. Te conozco…
—Cállate —silbó Sebastian. Señaló con una mano temblorosa—. Pagarás
con sangre por esto —dijo, y luego se volvió y corrió escaleras arriba,
desapareciendo tan rápidamente que incluso la flecha de Alec, volando tras él,
no podría alcanzarlo. En cambio golpeó la curva de la escalera y se rompió en el
impacto con la piedra, y luego cayó al suelo en dos piezas.
—Jace —dijo Clary. Le tocó el brazo. Él parecía congelado en su lugar—.
Jace, cuando dice que vamos a pagar en sangre, no significa nuestra sangre. Lo
que quiere decir es la suya. Luke y Magnus y mamá. Tenemos que encontrarlos.
—Estoy de acuerdo. —Alec había bajado su arco; su chaqueta de
engranajes de color rojo había sido arrancada de él en la lucha y el brazalete en
su brazo estaba manchado de sangre—. Cada escalera conduce a un diferente
nivel. Vamos a tener que dividirnos. Jace, Clary, tomad la escalera este; el resto
de nosotros la otra.
Nadie protestó. Clary sabía que Jace nunca hubiera aceptado separarse
de ella, y Alec no habría dejado a su hermana, o Isabelle y Simon no se hubieran
dejado entre sí. Si se hubieran tenido que separar, esta era la única manera de
hacerlo.
—Jace —dijo Alec, de nuevo, y esta vez la palabra parecía complementar
a Jace fuera de su fuga. Arrojó el skeptron muerta un lado, con un fuerte
estrépito, y miró hacia arriba asintiendo.
—Correcto —dijo, y la puerta detrás de ellos se abrió de golpe.
Cazadores Oscuros comenzaron a entrar en la habitación. Jace agarró la muñeca
de Clary y corrieron, Alec y los otros dieron golpes a lo largo de su lado hasta
que llegaron a la escalera y se separaron.
Clary creyó oír Simon decir su nombre mientras Jace y ella se lanzaban
por la escalera hacia allá. Ella se dio la vuelta para mirarlo, pero él había
desaparecido. La habitación estaba llena de Cazadores Oscuros, varios de ellos
levantando armamento, ballestas, catapultas incluso apuntando. Agachó la
cabeza y continuó corriendo.
Jia Penhallow se encontraba en el balcón del Gard y miraba hacia abajo
sobre la ciudad de Alicante.
Se utilizaba muy poco el balcón. Hacía tiempo que el Cónsul a menudo
hablaba con la población de este lugar por encima de ellos, pero el hábito había
caído en desgracia en el siglo XIX, cuando el Cónsul Fairchild había decidido
que la acción se parecía demasiado a la conducta de un papa o un rey.
El crepúsculo había llegado, y las luces de Alicante habían empezado a
arder, luz mágica en las ventanas de cada casa y tienda, luz mágica que
iluminaba la estatua de la calle del Ángel, luz mágica que brotaba de las
Basilias. Jia respiró hondo, manteniendo la nota de Maia Roberts que hablaba
de esperanza en su mano izquierda mientras se preparaba.
Las torres de los demonios estallaron en azul, y Jia comenzó a hablar. Su
voz hizo eco en la torre, dispersándose por la ciudad. Podía ver la gente en la
calle, sus cabezas se inclinaron hacia atrás para mirar las torres, las personas
detenidas en las puertas de sus casas, escuchando sus palabras rodaban sobre
ellos como una marea.
—Nefilim —dijo—. Hijos del Ángel, guerreros, esta noche nos
prepararemos, porque esta noche Sebastian Morgenstern traerá sus fuerzas
contra nosotros. —El viento que viajaba a través de las colinas que rodeaban
Alicante estaba helado; Jia se estremeció—. Sebastian Morgenstern está tratando
de destruir lo que somos —dijo—. Él traerá contra nosotros los guerreros que
visten nuestras propias caras, pero no son Nefilim. No podemos vacilar.
Cuando nos enfrentemos a ellos, cuando miremos un Cazador Oscuro, no
podemos ver a un hermano o madre, hermana o esposa, sino una criatura en
tormento. Un ser humano de quien toda la humanidad ha sido despojada.
Somos lo que somos, nuestra voluntad es libre. Somos libres de elegir. Elegimos
resistir y luchar. Escogemos derrotar a las fuerzas de Sebastian. Ellos tienen la
oscuridad; nosotros tenemos la fuerza del Ángel. Pruebas de fuego de oro. En
este fuego nos pondremos a prueba, y vamos a brillar. Conoceis el Protocolo;
sabeis qué hacer. Salid fuera, hijos del Ángel.
Id y enciended las luces de guerra.

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