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Capítulo 22
Las Cenizas de Nuestros
Padres
Traducido por Sarah5, Gabbii y SOS Auroo_J
Corregido por VicSibet
El repentino sonido de una sirena atravesó el aire, y Emma se levantó de
golpe de la cama, esparciendo los papeles por el suelo. El corazón le latía con
fuerza.
A través de la ventana abierta de su dormitorio, podía ver las torres de
los demonios, el parpadeo de oro y rojo. Los colores de la guerra.
Se tambaleó sobre sus pies, buscando su equipo, que estaba en un gancho
junto a la cama. Solo se había deslizado en el y se había inclinado para atar las
botas cuando la puerta de su habitación se abrió de golpe. Era Julian. Él se
deslizó en el interior, hasta la mitad, antes de alcanzarla. Miró los papeles en el
suelo, y luego a ella.
—Emma… ¿no has oído el anuncio?
—Estaba durmiendo la siesta —Sus palabras eran cortantes mientras se
ataba el arnés que sujetaba a Cortana a su espalda, y luego deslizó la hoja en la
vaina.
—La ciudad está bajo ataque —dijo—. Tenemos que llegar al Salón de los
Acuerdos. Van a encerrarnos dentro a todos los niños… es el lugar más seguro
de la ciudad.
—No voy a ir —dijo Emma.
Julian la miró fijamente. Vestía pantalones vaqueros y una chaqueta y
zapatillas de deporte; había una espada corta atada en su cinturón. Sus suaves
rizos castaños eran salvajes y sin cepillar.
—¿Qué quieres decir?
—No quiero esconderme en el Salón de los Acuerdos. Quiero pelear.
Jules metió sus manos por el cabello enredado.
—Si luchas, yo lucho —dijo—. Y eso significa que nadie llevará a Tavvy
al Salón de los Acuerdos, y nadie protegerá a Livvy o Ty o Dru.
—¿Qué pasa con Helen y Aline? —exigió Emma—. Los Penhallow…
—Helen nos está esperando. Todos los Penhallow han subido al Gard,
Aline incluida. No hay nadie en casa, solo Helen y nosotros —dijo Julian,
tendiéndole una mano a Emma—. Helen no nos puede proteger por su cuenta y
llevar al bebé, también; ella es solo una persona. —Él la miró, y ella pudo ver el
miedo en sus ojos, el miedo que por lo general trataba de no mostrar para
proteger a los niños más pequeños.
—Emma —dijo—. Eres la mejor, la mejor luchadora de todos nosotros.
No eres solo mi amiga, y yo no soy solo su hermano mayor. Soy su padre, o lo
más cercano a eso, y me necesitan, y te necesito —La mano que sostenía estaba
temblando. Sus ojos color mar… eran enormes en su rostro pálido: Él no se veía
como el padre de nadie—. Por favor, Emma.
Lentamente Emma extendió la mano y le cogió la suya, envolviendo sus
dedos alrededor de los suyos. Vio que dejó salir un suspiro de alivio, y sintió un
nudo en el pecho. Detrás de él, a través de la puerta abierta, podía
vislumbrarlos: Tavvy y Dru, Livia y Tiberius. Su responsabilidad.
—Vamos —dijo ella.
En la parte superior de las escaleras Jace soltó la mano de Clary. Se aferró
a la barandilla, tratando de no toser, aunque sus pulmones se sentían como si
quisieran salir de su pecho. La miró —¿Qué está mal?— Pero luego se puso
rígido. Era audible detrás de ellos el sonido de pies corriendo. El Cazador
Oscuro estaba pisándoles los talones.
—Vamos —dijo Jace, y echó a correr de nuevo.
Clary se obligó a ir detrás de él. Jace parecía saber a dónde iba,
infaliblemente; suponía que estaba usando el mapa del Gard de Alicante que él
tenía en su cabeza, excavando hacia el centro de la torre del homenaje.
Se volvieron hacia un largo pasillo; hasta la mitad donde Jace se detuvo
frente a un conjunto de puertas de metal. Runas desconocidas borraron su paso.
Clary había esperado runas de muerte, algo que hablase del infierno y de la
oscuridad, pero éstas eran runas de duelo y dolor por un mundo destruido.
¿Quién las había grabado aquí, se preguntó, y por qué el exceso de duelo?
Había visto las runas de dolor antes. Cazadores de Sombras las usaban como
escudos cuando alguien que amaban moría, a pesar de que no hacían nada para
aliviar el sufrimiento. Pero había una diferencia entre la pena por una persona y
el dolor por un mundo.
Jace bajó la cabeza, la besó con fuerza y rapidez.
—¿Estás lista?
Asintió, y él abrió la puerta y entró. Ella le siguió.
La habitación contigua era tan grande como la sala del Concejo en el
Gard de Alicante, o incluso mayor. El techo se elevaba por encima de ellos,
aunque en lugar de filas de asientos un suelo de mármol ancho y desnudo se
expandía hacia un estrado al final de la sala. Detrás del estrado había dos
ventanas separadas. La luz de la puesta de sol se vertía a través de cada una de
ellas, aunque una puesta de sol era del color del oro, y esta era del color de la
sangre.
En la sangrienta luz dorada Sebastian estaba arrodillado en el centro de
la habitación. Estaba grabando runas en el suelo, un círculo oscuro de sellos
conectados. Al darse cuenta de lo que estaba haciendo, Clary se dirigió hacia
él… y luego se tambaleó hacia atrás con un grito cuando una forma gris y
enorme se alzó frente a ella.
Se veía como un enorme gusano, la única brecha en su resbaladizo
cuerpo gris era su boca llena de dientes afilados. Clary lo reconoció. Había visto
uno antes en Alicante, rodando su cuerpo resbaladizo sobre un montón de
sangre, vidrio y azúcar glas. Un demonio Behemoth28
.
Buscó su daga, pero Jace ya estaba saltando, espada en mano. Voló por el
aire y aterrizó en la parte posterior del demonio, apuñalándolo a través de su
cabeza sin ojos. Clary retrocedió mientras el demonio Behemoth golpeaba el
suelo, rociando icor, con un ruidoso gemido ululante que venía de su garganta
abierta. Jace se aferró a su espalda, icor esparciéndose a lo largo de él mientras
hundía la espada hacia abajo, y hacia abajo, y hacia abajo hasta que el demonio,
con un grito de gorgoteo, cayó al suelo con un ruido sordo. Jace cabalgó hacia
abajo, las rodillas sujetas a los lados, hasta el último momento. Salió y golpeó el
suelo con los pies.
Por un momento se hizo el silencio. Jace miró a su alrededor como si
esperara que otro demonio arremetiese contra ellos desde las sombras, pero no
había nada, solo Sebastian, que se había puesto en pie en el centro de su círculo
ya finalizadas las runas.
Él comenzó a aplaudir lentamente.
—Un trabajo excelente —dijo—. Realmente una excelente exterminación
demoniaca. Apuesto a que tu padre te habría dado una estrella de oro. Ahora.

28 El Behemoth es una monstruosidad sin forma de un demonio. Es más o menos rectangular
y podría ser descrito como una babosa por sus movimientos, pero con menos coherencia de esa
forma. Es grande, mucho más grande que un ser humano, y viscoso. Tiene una doble fila de
dientes que se alinean a lo largo de su cuerpo. El Behemoth devora todo a su paso, incluyendo a
las personas. (Información proporcionada por el Codex)
¿Debemos prescindir de las bromas? Reconoces donde nos encontramos, ¿no es
así?
Los ojos de Jace se movieron alrededor de la habitación, y Clary siguió su
mirada. La luz fuera de las ventanas se había atenuado un poco, y ella podía ver
la tarima con mayor claridad. En ella se situaban dos inmensos… bueno, la
única palabra para ellos era “tronos.” Eran de marfil y oro, con marcas de oro
dirigiéndose hacia ellos. Cada uno tenía una espalda curvada en relieve con una
sola clave.
—Soy el que está vivo, y estuve muerto —dijo Sebastian—, viviré por los siglos
de los siglos, tengo las llaves del infierno y de la muerte —Hizo un gesto hacia las
dos sillas, y Clary se dio cuenta con una sacudida repentina de que había
alguien arrodillado al lado de la silla más a la izquierda, un Cazador Oscuro
con el equipo rojo. Una mujer de rodillas, con las manos cruzadas delante de
ella—. Estas son las claves, realizadas a lo largo de los tronos que me han dado
los demonios que gobiernan este mundo, Lilith y Asmodeo.
Sus ojos oscuros se movieron a Clary, y ella sintió su mirada como dedos
fríos caminando por su espalda.
—No sé por qué me estás mostrando esto —dijo—. ¿Qué esperas?
¿Admiración? No vas a conseguirlo. Puedes amenazarme si quieres; sabes que
no me importa. No puedes amenazar a Jace, ya que tiene el fuego celestial en
sus venas; no le puedes dañar.
—¿No puedo? —dijo—. ¿Quién sabe cuánto de fuego celestial todavía
tiene en sus venas, después de los fuegos artificiales de la otra noche? Ese
demonio llego a ti, ¿verdad, hermano? Sabía que nunca podrías tener suficiente
conocimiento de ello, que habrías matado a tu propia especie.
—Tú me obligaste a asesinarla —dijo Jace—. No fue mi mano la que
sostenía el cuchillo que mató a la hermana Magdalena; era la tuya.
—Si tú lo dices —La sonrisa de Sebastian se volvió fría—. De todos
modos, hay otros que puedo poner en peligro. Amatis, levántate, y trae a
Jocelyn aquí.
Clary sintió diminutos puñales de hielo disparando a través de sus
venas; trató de mantener su cara sin ninguna expresión mientras la mujer de
rodillas al lado del trono se levantó. Era, en efecto Amatis, con sus
desconcertantes ojos azules de Luke. Ella sonrió.
—Con mucho gusto —dijo, y salió de la habitación, con el dobladillo de
su abrigo largo de color rojo barriendo detrás de ella.
Jace dio un paso adelante con un gruñido inarticulado… y se detuvo en
seco, a varios pies de Sebastian. Puso sus manos, parecía a punto de chocar
contra algo traslúcido, un muro invisible.
Sebastian soltó un bufido.
—Como si fuera a dejar que llegases cerca de mí, tú, con ese fuego que
arde en ti. Una vez fue suficiente, gracias.
—Así que ya sabes que puedo matarte —dijo Jace, frente a él, Clary no
podía dejar de pensar en lo parecidos y diferentes que eran… cómo el hielo y el
fuego, Sebastian todo blanco y negro, y Jace ardiendo de color rojo y oro—. No
puedes ocultarte en ella para siempre. Vas a morir de hambre.
Sebastian hizo un rápido gesto con los dedos, la forma en la que Clary
había visto hacer el gesto a Magnus al lanzar un hechizo y Jace voló hacia arriba
y atrás, y se estrelló contra la pared detrás de ellos. Se quedó sin aliento en un
suspiro mientras giraba a verlo estrellarse en el suelo, una herida sangrienta a
través del lado de su cabeza.
Sebastian canturreaba de deleite y bajó la mano.
—No te preocupes —dijo conversacionalmente, y volvió su mirada a
Clary—. Va a estar bien. Con el tiempo. Si no cambio de opinión acerca de qué
hacer con él. Estoy seguro de que entiendes, ahora que has visto lo que puedo
hacer.
Clary se mantuvo quieta. Sabía lo importante que era mantener su rostro
en blanco, no mirar a Jace con pánico, no mostrar a Sebastian ira o miedo. En el
fondo de su corazón sabía lo que quería, mejor que nadie; ella sabía cómo era él,
y era la mejor arma que tenía.
Bueno, tal vez la segunda mejor.
—Siempre he sabido que tenías poder —dijo ella, deliberadamente, no
mirando hacia Jace, deliberadamente, no analizando su inmovilidad, o el grueso
hilo de sangre que se abría paso por el lado de su cara. Esto era algo que
siempre supo que ocurriría; siempre iba a ser ella frente Sebastian con nadie
más, ni siquiera Jace, a su lado.
—Poder —se hizo eco, como si fuera un insulto—. ¿Eso así como lo
llamas? Aquí tengo más que poder, Clary. Aquí, en esta fortaleza puedo dar
forma a lo que es real —Había empezado a pasearse por el interior del círculo
que había dibujado, con las manos aseguradas casualmente detrás de la
espalda, como un profesor dando una conferencia—. Este mundo está
conectado solo por los hilos más delgados de aquel en el que nacimos. El
camino a través del Mundo de las Hadas es un hilo. Estas ventanas son otro.
Pasas a través de uno… —señaló hacia la ventana de la derecha, por la cual
Clary podía ver el cielo crepuscular azul y oscuro, y las estrellas—, y volverás a
Idris. Pero no es así de simple —Observó las estrellas a través de la ventana—.
Yo vine a este mundo porque era un lugar donde esconderse. Y entonces
empecé a darme cuenta. Estoy seguro de que nuestro padre te citó estas
palabras muchas veces —hablaba con Jace, como si Jace pudiese oírle—, es
mejor reinar en el infierno que servir en el cielo. Y aquí mando yo. Tengo mis
Seres Oscuros y mis demonios. Tengo mi fortaleza y ciudadela. Y cuando se
sellen los bordes de este mundo, todo lo de aquí será mi arma. Rocas, árboles
muertos, la propia tierra vendrá a mi mano y ejercerá su poder para mí. Y los
grandes, y viejos demonios, miraran mi trabajo, y me recompensarán. Me
levantaré en la gloria, y gobernaré los abismos entre los mundos y los espacios
entre todas las estrellas.
—Y los regirás con vara de hierro —dijo Clary, recordando las palabras de
Alec en el Salón de los Acuerdos—, y le daré la Estrella del Mañana.
Sebastian se volvió hacia ella, con los ojos brillantes.
—¡Sí! —dijo—. Sí, muy bien, estás entendiéndolo ahora. Pensé que quería
nuestro mundo, para llevarlo en la sangre, pero quiero más que eso. Quiero el
legado del nombre Morgenstern.
—¿Quieres ser el diablo? —dijo Clary, medio desconcertada y medioaterrorizada—.
¿Quieres gobernar el infierno? —Extendió las manos—.
Adelante, entonces —dijo ella—. Ninguno de nosotros te detendrá. Nos iremos
a casa, prometes dejar nuestro mundo solo, y podrás tener el Infierno.
—Por desgracia —dijo Sebastian—. He descubierto una cosa que tal vez
me distingue de Lucifer. No quiero gobernar solo —Extendió el brazo, un gesto
elegante, e indicó los dos grandes tronos en el estrado—. Uno de ellos es para
mí. Y el otro… el otro es para ti.
Las calles de Alicante se volvían y revolvían de nuevo sobre sí mismas
como las corrientes del mar; si Emma no hubiera estado siguiendo a Helen, que
llevaba una luz mágica en una mano y la ballesta en la otra, se habría perdido
irremediablemente.
El último rayo de sol desapareció del cielo, y las calles se quedaron a
oscuras. Julian llevaba a Tavvy, los brazos del bebé se cerraron alrededor de su
cuello; Emma tenía a Dru de la mano, y los gemelos se aferraban juntos en
silencio.
Dru no era rápida, y siguió tropezándose; se cayó varias veces, y Emma
tuvo que arrastrarla hasta sus pies. Julian le dijo a Emma que tuviese cuidado, y
estaba tratando de ser cuidadosa. No podía imaginar cómo Julian lo hacía,
sosteniendo a Tavvy tan cuidadosamente, murmurando palabras
tranquilizadoras ya que el niño ni siquiera lloraba. Dru sollozaba en silencio;
Emma sacudió las lágrimas de las mejillas de la chica más joven cuando la
ayudó a levantarse por cuarta vez, murmurando palabras de consuelo sin
sentido de la forma en que su madre lo hacía con ella cuando había sido una
niña y se había caído.
Nunca había echado de menos a sus padres tan angustiosamente como
ahora; se sentía como un cuchillo debajo de sus costillas.
—Dru —empezó a decir, y luego el cielo se iluminó de color rojo. Las
torres de los demonios se habían flameado al color de la grana pura, todo el oro
de advertencia se había ido.
—Los muros de la ciudad están rotos —dijo Helen, mirando hacia el
Gard. Emma sabía que ella estaba pensando en Aline. El resplandor rojo de las
torres volvía su cabello pálido al color de la sangre—. Vamos…rápido.
Emma no estaba segura de que pudiesen ir más rápido; tenía un estricto
agarre de la muñeca de Drusilla y tiró de la niña casi a sus pies, murmurando
disculpas mientras iba. Los gemelos, de la mano, eran más rápidos, incluso
mientras corrían por un conjunto irregular de escaleras hacia la Plaza del Ángel,
liderados por Helen.
Ya casi estaban al final de las escaleras cuando Julian jadeó:
—¡Helen, detrás de nosotros!
Y Emma giró para ver a un caballero de las Hadas acercándose al pie de
las escaleras. Llevaba un arco hecho de una rama torcida y su cabello era largo y
oscuro como la madera.
Por un momento su mirada se juntó con la de Helen. La expresión en su
cara cambió, y Emma no podía dejar de preguntarse si reconocía seres
fantásticos en su sangre y luego Helen levantó su brazo derecho y disparó la
ballesta directamente hacia él.
Se apartó. La flecha golpeó la pared de atrás de él. Sonrió y pisó el primer
paso, luego el segundo y gritó. Emma miró con sorpresa mientras sus piernas se
bloqueaban debajo de él; se calló y aulló mientras su piel tenia contacto con el
filo del escalón. Por primera vez, Emma notó los sacacorchos, clavos y otros
trozos de hierro que habían sido clavados en los bordes de los escalones. El
guerrero Hada se tambaleó hacia atrás, y Helen disparó de nuevo. La flecha fue
a través de su armadura y en el pecho. Se tambaleó.
—Son a prueba de Hadas —dijo Emma, recordando mirar fuera de la
ventana al Penhallow con Ty y Helen—. Todos de metal y hierro. —Apuntó al
edificio más cercano, donde una gran fila de tijeras colgaban de cordones
conectados a la orilla del techo—. Eso es lo que los guardianes hicieron…
De repente Dru chilló. Otra figura corrió por la calle. Un segundo
caballero faerie, ésta vez una mujer con armadura de color verde pálido, llevaba
un escudo de la superposición de hojas talladas.
Emma sacó un cuchillo de su cinturón y lo lanzó. Instintivamente el
Hada levantó un escudo para bloquear el cuchillo, el cual pasó por su cabeza y
cortó el cordón con un par de tijeras que colgaban del techo. Las tijeras cayeron,
y se desplomaron entre los hombros de la mujer Hada. Se cayó al suelo
gritando, su cuerpo con espasmos.
—Buen trabajo, Emma —dijo Helen con voz dura—. Vamos, todos para
ti… —Interrumpió con un grito mientras tres Cazadores Oscuros surgieron de
una calle lateral. Llevaban el mecanismo rojo que había aparecido tantas veces
en las pesadillas de Emma, teñidos aún más rojo por la luz de las torres de los
demonios.
Los niños estaban tan silenciosos como fantasmas. Helen levantó la
ballesta y disparó. Golpeó a uno de los Cazadores Oscuros en el hombro, y él
dio media vuelta, tambaleándose pero no cayendo. Buscó para cargar el arco;
Julian luchó para mantener a Tavvy, mientras llegaba la cuchilla a su lado.
Emma puso la mano en Cortana.
Un círculo de luz giró precipitándose por el aire y se clavó en la garganta
del primer Cazador Oscuro, sangre salpicando la pared detrás de él. Se arañó la
garganta, una vez, y se cayó. Dos círculos más volaron, uno tras otro, y cortaron
el pecho de otro Nefilim Oscuro. Se encogieron en silencio, más sangre
esparcida en una piscina a lo largo de los adoquines.
Emma giró y miró hacia arriba. Alguien se puso de pie en la parte
superior de las escaleras: un Cazador de Sombras joven con el pelo oscuro, un
chakram brillando aún en la mano derecha. Otros varios estaban enganchados en
el cinturón armas. A la luz roja de las torres de los demonios parecían brillar,
una figura alta y delgada en marcha, oscura contra el negro más oscuro de la
noche, el Salón de los Acuerdos levantándose como una pálida luna detrás de
él.
—¿Hermano Zachariah? —dijo Helen asombrada.
—¿Qué está pasando? —preguntó Magnus con voz ronca. Ya no era
capaz de sentarse, y estaba acostado, medio apoyado en los codos, en el suelo
de la celda. Luke estaba pegado a la ventana con forma de flecha con una
hendidura en su rostro. Sus hombros estaban tensos, y apenas se movieron
desde que los primeros gritos habían comenzado.
—Luz —dijo Luke, por fin—. Hay una especie de luz que salía para
seguir… quemando la niebla a lo lejos. Puedo ver la meseta de abajo, y a
algunos de los Cazadores Oscuros corriendo. Simplemente no sé lo que lo
causó.
Magnus se rió entre dientes, y tenía un sabor metálico en la boca.
—Vamos —dijo—. ¿Quién crees?
Luke lo miró.
—¿La Clave?
—¿La Clave? —dijo Magnus—. Odio decírtelo, pero no se preocupan lo
suficiente por nosotros para venir aquí —Echó la cabeza hacia atrás. Se sentía
peor de lo que podía recordar haber sentido, bueno, tal vez no siempre. Había
habido el incidente con las ratas y las arenas movedizas en torno al cambio de
siglo—. Tu hija, sin embargo —dijo—. Ella lo hace.
Luke pareció horrorizado.
—Clary. No. Ella no debería estar aquí.
—¿No que siempre está donde se supone que no debe? —dijo Magnus
con una voz razonable. Al menos, pensó que sonaba razonable. Era difícil decir
cuando se sentía tan mareado—. Y el resto de ellos. Sus compañeros constantes.
Mi...
La puerta se abrió de golpe. Magnus intentó incorporarse, pero no podía,
y cayó sobre sus codos. Sintió una sensación embotada de molestia. Si Sebastian
había venido a matarlos, prefería morir en sus pies que en sus codos. Oyó
voces: Luke, exclamando, y luego otros, y luego una cara nadó a la vista,
cerniéndose sobre sus ojos como estrellas en un cielo pálido.
Magnus exhaló, por un momento ya no se sentía enfermo, o con miedo
de morir, o incluso enojado o amargado. El alivio se apoderó de él, tan
profundo como la tristeza, y alzó la mano para acariar la mejilla del muchacho
que se inclinaba sobre él con el dorso de los nudillos magullados. Los ojos de
Alec eran enormes y azules y llenos de angustia.
—Oh, mi Alec —dijo—. Has estado tan triste. No lo sabía
A medida que se forjaron su camino más hacia el centro de la ciudad, la
multitud se espesaba: más Nefilim, más Cazadores Oscuros, más guerreros
Hadas, aunque las Hadas se movieron lentamente, dolorosamente, muchos de
ellos debilitados por el contacto con el hierro, el acero, la madera de serbal, y la
sal que había sido generosamente desplegada alrededor de la ciudad como
protección contra ellos. El poder de los soldados Hadas era legendario, pero
Emma vio a muchos de ellos, quienes podrían haber sido victoriosos, cayendo
por debajo de las destellantes espadas de los Nefilim, su sangre corriendo por
las losas blancas de la Plaza del Ángel.
Los Cazadores Oscuros, sin embargo, no se debilitaron. Parecían
indiferentes con los problemas de sus compañeros Hadas, robando y trazando
su camino a través de los Nefilim con indiferencia hacia la Plaza del Ángel.
Julian tenía a Tavvy en la cremallera de la chaqueta; el niño ahora estaba
gritando, sus gritos perdiéndose entre los gritos de batalla.
—¡Tenemos que parar! —gritó Julian—. ¡Nos vamos a separar! ¡Helen!
Helen estaba pálida y con mal aspecto. Cuanto más se acercaban al Salón
de los Acuerdos, que ahora se cernía sobre ellos, era el grueso de las
agrupaciones de hechizos de protección de Hadas; incluso Helen, con su
herencia parcial, empezaba a sentirlo. Era el ermano Zachariah —solo
Zacharariah ahora se recordó Emma a sí misma, un Cazador de Sombras como
ellos— en el extremo quien les trasladó a la elite a todos en una línea,
Blackthorns y Carstairs, todos de la mano. Emma se aferró a la correa de Julian,
en su otra mano estaba apoyando a Tavvy. Incluso Ty se vio obligado a tomarse
de las manos con Drusilla, aunque frunció el ceño cuando lo hizo, trayendo
nuevas lágrimas a sus ojos.
Hicieron su camino hacia el Salón, aferrándose juntos, Zachariah delante
de ellos; él estaba fuera de arrojar hojas y había sacado una lanza de hoja larga.
Recorrió la multitud con ella mientras abría, de manera eficiente y con frialdad
la piratería de una vía a través de los Cazadores Oscuros.
Emma ardía por liberar a Cortana fuera de su vaina, correr hacia
adelante y apuñalar y rozar a los enemigos que habían asesinado a sus padres,
los que habían torturado y cambiado al padre de Julian, los que se habían
llevado lejos de ellos a Mark. Pero eso habría significado dejar ir a Julian y
Livvy, y eso no lo haría. Se lo debía demasiado a los Blackthorn, especialmente
a Jules, Jules quien la había mantenido con vida, quien le había traído a Cortana
cuando había pensado que iba a morir de pena.
Finalmente se toparon con los escalones de la entrada del Salón detrás de
Helen y Zachariah, y llegaron a las gigantes puertas dobles de la entrada. Había
un guardia a cada lado, uno sosteniendo una enorme barra de madera. Emma
reconoció a uno de ellos como la mujer con el tatuaje koi que a veces hablaba en
las reuniones: Diana Wrayburn.
—Estamos a punto de cerrar las puertas —dijo sosteniendo la barra—.
Vosotros dos, vais a tener que dejarlos aquí; solo se permiten niños dentro.
—Helen —dijo Dru con una vocecita temblorosa. La palabra se rompió
en pedazos y luego, con los niños Blackthorn que se arremolinaban alrededor
de Helen; Julian de pie un poco de lado, con el rostro blanco y pálido, su mano
libre acariciaba los rizos de Tavvy.
—Está bien —Helen estaba diciendo con voz ahogada—. Este es el lugar
más seguro de Alicante. Mirad, hay sal y suciedad a lo largo de los pasos para
mantener a las Hadas fuera.
—Y el hierro frío bajo las losas —dijo Diana—. Las instrucciones del
Laberinto en Espiral fueron seguidas al pie de la letra.
Ante la mención del Laberinto en Espiral, Zachariah tomó una bocanada
de aire y se arrodilló, con lo que sus ojos estaban a la altura de Emma.
—Emma Cordelia Carstairs —dijo. Se veía muy joven y muy viejo al
mismo tiempo. Había sangre en su garganta donde su runa desvanecida
destacaba, pero no era esa. Él parecía estar buscando su rostro, aunque por qué,
no podía decirlo—. Quédate con tu parabatai, —dijo finalmente, en voz tan baja
que nadie más podía oírlos—. A veces es valiente no luchar. Protegerlos, y
guardar su venganza para otro día.
Emma sintió que sus ojos se abrían.
—Pero no tengo un parabatai, ¿y cómo…?
Uno de los guardias gritó y cayó, una flecha de color rojo lo atravesó en
el pecho.
—¡Entrad! —gritó Diana, tomando a los niños y medio tirándolos en el
Salón. Emma se sintió atrapada y tirada en el interior; se dio la vuelta para
conseguir una última mirada a Zachariah y Helen, pero ya era demasiado tarde.
Las puertas dobles se habían cerrado de un portazo tras ella, el picaporte de
madera cayó en su lugar con un sonido de eco.
—No —dijo Clary, mirando al trono aterrador de Sebastian y viceversa.
En blanco tu mente, se dijo. Céntrate en Sebastian, en lo que está pasando aquí, en lo
que puedes hacer para detenerlo. No pienses en Jace—. Debes saber que no me
quedaré aquí. Tal vez prefieras gobernar el Infierno que servir en el cielo, pero
yo quiero, solo quiero ir a casa y vivir mi vida.
—Eso no es posible. Ya he sellado el camino que te trajo aquí. Nadie
puede volver a través de el. Esto es todo lo que queda —hizo un gesto hacia la
ventana—, y en un corto período de tiempo también será sellada. No habrá casa
para regresar, no para ti. Perteneces aquí, conmigo.
—¿Por qué? —susurró—. ¿Por qué yo?
―Porque te amo —dijo Sebastian. Parecía incómodo. Rígido y tenso,
como si estuviera llegando a algo con lo que él no podía realmente—. No quiero
que te lastimen.
—Tú no… Tú me has lastimado. Has intentado…
—No importa si yo te hago daño —dijo—. Porque tú me perteneces.
Puedo hacer lo que quiera contigo. Pero no quiero que otros te toquen o se
adueñen de ti o te hagan daño. Quiero que estés cerca, que me admires y veas
lo que he hecho, lo que he logrado. Eso es amor, ¿no es así?
—No —dijo Clary, en una triste voz suave—. No, no lo es —Ella dio un
paso hacia él, y su bota golpeó contra el campo de fuerza invisible de su círculo
de runas. Ella no podía ir más lejos—. Si amas a alguien, entonces quieres que te
amen de regreso.
Los ojos de Sebastian se estrecharon.
—No seas condescendiente conmigo. Sé lo que crees que es el amor,
Clarissa; Se me ocurre pensar que estás equivocada. Vas a ascender al trono, y
reinarás junto a mí. Tienes un corazón oscuro en ti, y es una oscuridad que
compartimos. Cuando sea todo lo que hay en tu mundo, cuando sea todo lo que
queda, tú me amaras de regreso.
—No lo entiendo.
—No me puedo imaginar que lo hicieras —Sebastian sonrió—. No estás
exactamente en posesión de toda la información. Déjame adivinar, ¿no sabes
nada de lo que ha pasado en Alicante desde que saliste?
Una sensación de frío comenzó a extenderse en el estómago de Clary.
—Estamos en otra dimensión —dijo—. No hay forma de saberlo.
—No exactamente —dijo Sebastian, y su voz era rica con deleite, como si
hubiera caído en la trampa, como precisamente, él había querido—. Mira por la
ventana sobre el trono oriental. Mira, y ve Alicante ahora.
Clary miró. Cuando había entrado en la habitación, solo había visto lo
que parecía el cielo nocturno estrellado a través de la ventana del este, pero
ahora, mientras se concentraba, la superficie del vidrio brillaba y ondulado.
Pensó en la historia de Blancanieves de repente, el espejo mágico, su brillante
superficie y el cambio de revelar al mundo exterior...
Ella estaba mirando el interior del Salón de los Acuerdos. Estaba lleno de
niños. Niños Cazadores de Sombras sentados, de pie y abrazados. Allí estaban
los Blackthorns, los niños se acurrucaban bien en un grupo, Julian sentado con
el bebé en su regazo, con el brazo libre se estiró como si pudiera abarcar el resto
de sus hermanos, podría tirar a todos y protegerlos. Emma se sentó junto a él,
su expresión pétrea, su espada de oro brillando detrás de su hombro…
La escena resuelta en la Plaza del Ángel. Todo alrededor del Salón de los
Acuerdos era una masa hirviente de Nefilim, y oscilando en su contra estaban
los Cazadores Oscuros en su equipo grana, erizado de armas, y no solo los
Cazadores Oscuros sino que había figuras que Clary reconoció con el corazón
encogido como guerreros Hadas. Un Hada alto con el cabello de hebras azules y
verdes mixtos luchaba contra Aline Penhallow, que estaba de pie delante de su
madre, su espada desplegada como si estuviera listo para luchar hasta la
muerte. Al otro lado de la plaza Helen estaba tratando de abrirse paso entre la
multitud hacia Aline, pero la aglomeración era demasiado grande. El combate
acorraló su espalda, pero también lo hicieron los cuerpos, cuerpos de guerreros
Nefilim, caídos y muertos, muchos más de armadura negra que roja. Estaban
perdiendo la batalla, perdiendo…
Clary se giró hacia Sebastian cuando la escena empezó a desvanecerse.
—¿Qué está pasando?
—Se acabó —dijo—. Solicité que la Clave te entregara a mí; no lo
hicieron. Es cierto que debido a que habías huido, pero, sin embargo, no servían
más para mí. Mis fuerzas han invadido la ciudad. Los niños Nefilim se
esconden en el Salón de los Acuerdos, pero cuando todos los demás estén
muertos, el Salón se tomará. Alicante será mía. Todo Idris será mío. Los
Cazadores de Sombras han perdido la guerra, no es que hubo mucho de ella.
Realmente pensé que pondrían más de una pelea.
—Esos no son todos los Cazadores de Sombras que existen —dijo
Clary—. Esos son solo que estaban en Alicante. Todavía hay Nefilim repartidos
por todo el mundo.
—Todos los Cazadores de Sombras que se ven allí beberán de la Copa
Infernal pronto. Entonces serán mis siervos, y los enviaré a buscar a sus
hermanos en el mundo, y los que quedan se convertirán o serán asesinados.
Voy a matar a las Hermanas de hierro y los Hermanos Silenciosos en sus
ciudadelas de piedra y silencio. Dentro de un mes la raza de Jonathan Cazador
de Sombras será borrada del mundo. Y entonces... —Él sonrió con una sonrisa
terrible, e hizo un gesto hacia la ventana occidental, que daba al mundo muerto
y maldito de Edom—. Ya has visto lo que le pasa a un mundo sin protectores —
se enorgulleció—. Tu mundo va a morir. Muerte en la muerte, y la sangre en las
calles.
Clary pensó en Magnus. Vi una ciudad toda de sangre, con torres hechas de
hueso y la sangre corría por las calles como el agua.
—No puedes imaginar —dijo en una voz muerta—, que si haces esto, si
lo que me está diciendo que va a suceder en realidad sucede, que hay alguna
posibilidad de que me sentaré en un trono al lado tuyo. Prefiero ser torturada
hasta la muerte.
—Oh, no creo eso —dijo alegremente—. Es por eso que he esperado, ya
ves. Para que hagas una elección. Todos aquellos seres fantásticos que son mis
aliados, todo los Cazadores Oscuros que ves allí, esperan mis órdenes. Si les
doy la señal, se retirarán. Tu mundo estará a salvo. Nunca serás capaz de volver
allí, por supuesto. Voy a cerrar las fronteras entre este mundo y ese, y nunca
más nadie, demonio o humano, viajara entre ellos. Pero va a ser seguro.
—Una elección —dijo Clary—. ¿Dijiste que me estabas dando una
elección?
—Por supuesto —dijo—. Gobierna a mi lado, y perdonaré tu mundo.
Niégate, y voy a dar la orden de aniquilarlo. Elíjeme, y puedes salvar millones,
miles de millones de vidas, mi hermana. Podrías salvar un mundo entero
condenando a una sola alma. La tuya. Así que dime, ¿cuál es tu decisión?
—Magnus —dijo Alec con desesperación, llegando a sentir las cadenas
de Adamas, hundidas profundamente en el suelo, que conectaban a las esposas
en las muñecas del brujo—. ¿Estás bien? ¿Estás herido?
Isabelle y Simon estaban revisando a Lule por lesiones. Isabelle no dejaba
de mirar hacia atrás a Alec, con el rostro ansioso; Alec deliberadamente no se
encontró con su mirada, no deseaba de ver el miedo en sus ojos. Se tocó la parte
de atrás de su mano con la cara de Magnus.
Magnus lo miró, sus labios, sombras de ceniza seca hundida y pálida por
debajo de sus ojos.
Mi Alec, había dicho Magnus, has estado tan triste. Yo no sabía. Y entonces
él se había hundido de vuelta contra el suelo, como si el esfuerzo de hablar lo
agotara.
—No te muevas —dijo ahora Alec, y sacó un cuchillo serafín de su
cinturón. Abrió la boca para nombrarlo, y sintió un toque repentino en su
muñeca. Magnus había envuelto sus finos dedos en la muñeca de Alec.
—Llámala Raphael —dijo Magnus, y cuando Alec lo miró con
perplejidad, Magnus miró hacia la hoja en la mano de Alec. Tenía los ojos
entrecerrados, y Alec recordó lo que Sebastian había dicho en la entrada, a
Simon: Yo maté a la persona que te hizo. La boca de Magnus se arqueó en la
esquina—. Es el nombre de un ángel —dijo.
Alec asintió.
—Raphael —dijo en voz baja, y cuando la hoja se encendió, lo llevó con
mano dura a la cadena adamas, que se astilló bajo el toque de la navaja. Las
cadenas se cayeron, y Alec, dejando caer el cuchillo en el suelo, se inclinó hacia
delante para tomar Magnus por los hombros y ayudarle a levantarse.
Magnus llegó a Alec, pero en lugar de subir de un salto, arrastró a Alec
contra él, su mano deslizándose por su espalda a un nudo en el cabello. Magnus
tiró de Alec y contra él, y lo besó, duro, fuerte y determinado, y Alec se congeló
por un momento y luego se abandonó a él, a besar a Magnus, algo que había
pensado que nunca iba a llegar a hacer de nuevo. Alec pasó las manos por los
hombros de Magnus a los lados de su cuello y ahuecó sus manos allí,
sosteniendo a Magnus en su lugar mientras lo besó completamente sin aliento.
Finalmente Magnus retrocedió; sus ojos brillaban. Dejó caer la cabeza
sobre el hombro de Alec, sus brazos rodeándolo, manteniéndolos firmemente
juntos.
—Alec... —Empezó en voz baja.
—¿Sí? —dijo Alec, desesperado por saber qué quería preguntarle
Magnus.
—¿Estás siendo perseguido?
—Yo… ah… algunos de los Cazadores Oscuros están buscándonos —
dijo Alec con cuidado.
—Es una pena —dijo Magnus, cerrando los ojos de nuevo—. Sería bueno
si pudieras acostarte conmigo aquí. Solo... por un rato.
—Bueno, no se puede —dijo Isabelle, sin amabilidad—. Tenemos que
salir de aquí. Los Cazadores Oscuros estarán aquí en cualquier momento, y
tenemos lo que vinimos a buscar.
—Jocelyn —Luke se apartó de la pared, enderezándose—. Te estás
olvidando de Jocelyn.
Isabelle abrió la boca, luego la cerró de nuevo.
—Tienes razón —dijo ella. Se llevó la mano a su cinturón de armas, y se
desató una espada; dando un paso al otro lado de la habitación, ella se la
entregó a Luke, y luego se inclinó para recoger el cuchillo serafín todavía
ardiente de Alec.
Luke tomó la espada y la sostuvo con la competencia descuidad de
alguien que había manejado las cuchillas toda su vida; a veces era difícil para
Alec recordar que Luke había sido un Cazador de Sombras una vez, pero
recordaba ahora.
—¿Puedes levantarte? —le dijo Alec a Magnus suavemente, y Magnus
asintió, y dejó que Alec le levantara de un salto.
Duró casi diez segundos antes de que sus rodillas se doblaran y se
desplomara hacia adelante, tosiendo.
—Magnus —exclamó Alec, y se tiró al suelo al lado del brujo, pero
Magnus le despidió con un gesto y luchó hasta ponerse de rodillas.
—Teneis que iros sin mí —dijo, con una voz gruesa hecha por la
ronquera—. Voy a reducir la velocidad.
—No entiendo —Alec sintió como si un tornillo le comprimiera el
corazón—. ¿Qué pasó? ¿Qué te hicieron?
Magnus sacudió la cabeza; fue Luke quien respondió.
—Esta dimensión está matando a Magnus —dijo, con voz plana—. Hay
algo en él, sobre su padre, que lo está destruyendo.
Alec miró a Magnus, pero Magnus se limitó a sacudir la cabeza. Alec
reprimió una explosión irracional de la ira, todavía reteniéndola, incluso ahora, y
respiró hondo.
—El resto de vosotros id a buscar a Jocelyn —dijo—. Me quedaré con
Magnus. Nos dirigiremos hacia el centro de la torre del homenaje. Cuando la
encuentren, vamos a vernos allí.
Isabelle parecía miserable.
—Alec.
—Por favor, Izzy —dijo Alec, y vio a Simon poner la mano en la espalda
de Isabelle, y susurrarle algo al oído. Ella asintió, por fin, y se volvió hacia la
puerta; Luke y Simon la siguieron, ambos haciendo una pausa para mirar a
Alec antes de irse, pero era la imagen de Izzy que se pegó en su mente, llevando
a su cuchillo serafín resplandeciente delante de ella como una estrella.
—Aquí —le dijo a Magnus tan suavemente como pudo, y se agachó para
levantarlo. Magnus se puso en pie, y Alec logró que uno de los brazos largos
del brujo colgara de su hombro. Magnus era más delgado de lo que había sido
antes; su camisa se aferraba a sus costillas, y los espacios bajo los pómulos
lucían hundidos, pero todavía había un montón de brujo con el que lidiar: un
montón de brazos y piernas y largos, columna ósea flacas.
—Agárrate a mí —dijo Alec y Magnus le dio la clase de sonrisa que hacía
que Alec se sintiera como si alguien hubiera tomado un descorazonador de
manzanas a su corazón y tratado de desenterrar el centro.
—Siempre lo hago, Alexander —dijo—. Siempre lo hago.
El bebé se había quedado dormido en el regazo de Julian. Tenía la mano
Tavvy con fuerza, con cuidado, grandes huecos oscuros bajo los ojos. Livvy y
Ty estaban agrupados en un lado de él, Dru se acurrucó contra él por el otro.
Emma se sentó detrás de él, con la espalda contra la suya, dándole algo
en que apoyarse para equilibrar el peso del bebé. No hubo pilares gratuitos para
sentarse en contra, no había espacio desnudo en pared; decenas, cientos de
niños fueron aprisionado en el Salón.
Emma inclinó la cabeza hacia atrás contra Jules. Olía de la forma en que
siempre lo hacía: jabón, sudor y el olor del mar, como si lo llevara en sus venas.
Era reconfortante y no reconfortante en su familiaridad.
—He oído algo —susurró—. ¿Y tú?
Los ojos de Julian se posaron de inmediato en sus hermanos y hermanas.
Livvy estaba medio dormido, con la barbilla apoyada en su mano. Dru buscaba
por toda la habitación, sus grandes ojos azul verdosos tomando todo. Ty estaba
dando golpecitos con el dedo contra el suelo de mármol, obsesivamente
contando desde uno hasta cien y hacia atrás de nuevo. Había pateado y gritado
cuando Julian había tratado de ver una roncha en el brazo donde había caído.
Jules lo había dejado ir, y permitió que Ty para volver a su conteo y balanceo.
Le tranquilizó el silencio, que era lo que importaba.
—¿Qué oyes? —preguntó Jules, y la cabeza de Emma cayó en ese
entonces cuando el sonido se elevó, un sonido como un gran viento o el crepitar
de una fogata enorme. La gente empezó a moverse y gritar, mirando hacia el
techo de cristal de la sala.
A través de ella las nubes eran visibles, moviéndose a través de la cara de
la luna, y luego de las nubes estallaron una variedad salvaje de jinetes: los
jinetes de caballos negros, cuyos cascos eran de llama, jinetes de perros negros
masivos con ojos de color naranja-quemado. Las formas más modernas de
transporte se mezclaron con carruajes negros tirados por caballos esqueléticos y
motocicletas relucientes con cromo, hueso y ónice.
—La Caza Salvaje —susurró Jules.
El viento era un ser vivo, azotando las nubes en los picos y valles que los
jinetes se precipitaban hacia arriba y abajo, sus gritos audibles incluso por
encima de la tormenta, sus manos erizadas en las armas: espadas y mazas,
lanzas y ballestas. Las puertas de entrada de la sala comenzaron a temblar y
temblar; la barra de madera que había sido colocada a través de ellas explotó en
pedazos. Los Nefilim miraron hacia la puerta con ojos aterrorizados. Emma
escuchó la voz de uno de los guardias entre la multitud, hablando en un
susurro ronco:
—La Caza Salvaje está ahuyentando a nuestros guerreros fuera de la sala
—dijo—. Los Cazadores Oscuros están limpiando el hierro y la tierra de la
tumba. ¡Romperán las puertas si los guardias no se deshacen de ellos!
—El Invitado Oscilante ha llegado —dijo Ty, interrumpiendo su conteo
brevemente—. Los recolectores de los muertos.
—Pero el Concejo protegió la ciudad contra las Hadas —Emma
protestó—. ¿Por qué...?
—No son Hadas comunes —dijo Ty—. La sal, la tierra de tumba, el
hierro frío; no va a funcionar con La Caza Salvaje.
Dru rodó y miró hacia arriba.
—¿La Caza Salvaje? —dijo—. ¿Significa eso que Mark está aquí? ¿Él ha
venido a salvarnos?
—No seas tonta —dijo Ty mordaz—. Mark ahora está con la Caza, y La
Caza Salvaje quiere que haya batallas. Vienen a recoger a los muertos cuando
todo ha terminado, y los muertos les sirven.
Dru hizo una mueca de confusión. Las puertas del Salón
estremeciéndose violentamente ahora, las bisagras amenazaban con desgarrarse
de las paredes.
—Pero si Mark no viene a salvarnos, entonces ¿quién lo hará?
—Nadie —dijo Ty, y solo el golpeteo nervioso de los dedos sobre el
mármol mostró que la idea le molestaba en absoluto—. Nadie va a venir a
salvarnos. Vamos a morir.
Jocelyn se lanzó una vez más contra la puerta. Su hombro ya estaba
magullado y ensangrentado, sus uñas desgarradas donde había excavado en la
cerradura. Había estado escuchando los sonidos de la lucha por un cuarto de
hora, ahora, el inconfundible sonido de pies que corrían, de demonios
gritando...
El pomo de la puerta empezó a girar. Se arrastró hacia atrás, y paralizó el
ladrillo que había conseguido aflojar de la pared. No podía matar a Sebastian;
sabía eso, pero si podía hacerle daño, podía ralentizarlo.
La puerta se abrió, y el ladrillo voló de su mano. La figura del umbral se
agachó; el ladrillo golpeó la pared, y Luke se enderezó y la miró con curiosidad.
—Espero que cuando nos casemos, esa no sea la forma en que me
saludarás todos los días cuando llegue a casa —dijo.
Jocelyn se lanzó hacia él. Estaba sucio, sangriento y polvoriento, con la
camisa rota, una espada en su mano derecha, pero su brazo izquierdo llegó
alrededor de ella y la abrazó.
—Luke —dijo en su cuello, y por un momento pensó que podría sacudir
al margen de alivio y felicidad, el delirio y el miedo, la forma en que había
sacudido aparte en sus brazos cuando ella se enteró de que había sido mordido.
Si tan solo hubiera sabido entonces, se hubiera dado cuenta entonces, que la
forma en que ella lo amaba era la forma en que amaba a alguien con quien
quería pasar su vida, todo habría sido diferente.
Pero entonces nunca habría tenido a Clary. Se echó hacia atrás, mirando
a su cara, con los ojos azules constante en los de ella.
—¿Nuestra hija? —preguntó.
—Está aquí —dijo, y dio un paso atrás para que pudiera ver más allá de
él hacia donde Isabelle y Simon esperaban en el pasillo. Ambos parecían muy
incómodos, como si ver a dos adultos abrazarse era lo peor que se podía
vislumbrar, incluso en los reinos demoníacos—. Ven con nosotros… vamos a
encontrarla.
—No es seguro —dijo Clary desesperadamente—. Los Cazadores de
Sombras podrían no perder. Podrían reunirse.
Sebastian sonrió.
—Esa es una posibilidad que podría tomar —dijo—. Pero escucha. Ellos
ahora han llegado a Alicante, los que montan los vientos entre los mundos. Se
sienten atraídos por los lugares de masacre. ¿Puedes verlo?
Hizo un gesto hacia la ventana que daba a Alicante. A través de ella
Clary podía ver el Salón de los Acuerdos bajo la luz de la luna, las nubes se
movían sin cesar de aquí para allá en el fondo, y luego las nubes se resuelven a
sí mismas, y se convierten en algo más. Algo que había visto una vez antes, con
Jace, situada en la parte inferior de un barco en Venecia. Los Cazadores
Oscuros, corriendo por el cielo: los guerreros oscuros vestidos y harapientos,
erizados de armas, aullando mientras sus caballos fantasmales golpeaban a
través del cielo.
—Los Cazadores Oscuros —dijo ella, entumecida, y se acordó de Mark
Blackthorn de repente, las marcas de latigazos en su cuerpo, sus ojos rotos.
—Los recolectores de muertos —dijo Sebastian—. Los cuervos de la
magia, van donde hay una gran masacre. Una masacre que solo tú puedes
evitar.
Clary cerró los ojos. Se sentía como si estuviera a la deriva, flotando en el
agua oscura, viendo las luces de la costa alejarse y alejarse en la distancia.
Pronto se quedaría sola en el océano, el cielo helado encima de ella y a ocho
millas de la oscuridad vacía debajo.
—Ve y toma el trono —dijo—. Si lo haces, puedes salvarlos a todos.
Ella lo miró.
—¿Cómo sé que mantendrás tu palabra?
Él se encogió de hombros.
—Yo sería un tonto si no. Sabría de inmediato que te he mentido, y luego
pelearías conmigo, lo que no quiero. Además. Para llegar la plenitud en mi
poder aquí, tengo que sellar la frontera entre nuestro mundo y éste. Una vez
que las fronteras están cerradas, los Cazadores Oscuros en tu mundo se verán
debilitados, sin mí, su fuente. Los Nefilim serán capaces de derrotarlos. —
Sonrió, y blanco hielo la cegó—. Va a ser un milagro. Un milagro realizado para
ellos, por nosotros, por mí. Irónico, ¿no te parece? ¿Qué debería ser su ángel
salvador?
—¿Qué pasa con todos los que están aquí? ¿Jace? ¿Mi madre? ¿Mis
amigos?
—Todos ellos pueden vivir. No hace ninguna diferencia para mí —dijo
Sebastian—. No me pueden hacer daño, ahora no, y por partida doble no
cuando selle los bordes.
—Y todo lo que tengo que hacer es subir a ese trono —dijo Clary.
—Y la promesa de permanecer a mi lado todo el tiempo que yo viva. Lo
cual, sin duda, va a ser un largo tiempo. Cuando cierre este mundo, yo no voy a
ser solo invulnerable; Voy a vivir para siempre. “Y he aquí que vivo por los siglos
de los siglos, y tengo las llaves del infierno y de la muerte.”
—¿Estás dispuesto a hacer esto? ¿Renunciar a todo el mundo de la Tierra,
los Cazadores Oscuros, tu venganza?
—Estaba empezando a aburrirme —dijo Sebastian—. Esto es más
interesante. Para ser honesto, que estás empezando a aburrirme un poco
también. Decide si vas a subir al trono o no, ¿lo harás? ¿O necesitas persuasión?
Clary conocía los métodos de persuasión de Sebastian. Cuchillos bajo las
uñas de las manos, una mano a la garganta. Una parte de ella deseaba que él la
matara, tomando esta decisión lejos de ella. Nadie podía ayudarla. En esto,
estaba completamente sola.
—No voy a ser el único que viva para siempre —dijo Sebastian, y para su
sorpresa, su voz era casi amable—. Desde que descubriste el Mundo de las
Sombras, ¿no es cierto que en secreto querías ser una heroína? ¿Ser la más
especial de un pueblo especial? A nuestra manera cada uno de nosotros
queremos ser el héroe de nuestra especie.
—Los héroes salvan mundos —dijo Clary—. No los destruyen.
—Y te estoy ofreciendo esa oportunidad —dijo Sebastian—. Cuando
asciendas a ese trono, salvarás al mundo. Salvaras a tus amigos. Tienes un
poder ilimitado. Te estoy dando un gran regalo, porque te amo. Puedes abrazar
tu propia oscuridad y sin embargo siempre decirte que hiciste lo correcto.
¿Cómo es eso para conseguir todo lo que quieres?
Clary cerró los ojos por un instante, y luego otro. Solo el tiempo
suficiente para ver las caras flashear detrás de sus párpados: Jace, su madre,
Luke, Simon, Isabelle, Alec. Y así muchos más: Maia, Raphael y los Blackthorn,
la pequeña Emma Carstairs, los elfos de la Corte de la Luz, los rostros de la
Clave, hasta el recuerdo fantasmal de su padre.
Abrió los ojos, y se dirigió hacia el trono. Oyó a Sebastian, detrás de ella,
dar un profundo suspiro. Por lo tanto, por toda la confianza de su voz, había
dudado, ¿no lo había hecho? Él no estaba seguro de ella. Detrás de los tronos las
dos ventanas parpadeaban como pantallas de vídeo: una que muestra la
desolación, la otra Alicante bajo ataque. Ella vislumbró el interior del Salón de
Acuerdos al llegar a las escaleras y caminó hacia ellos. Se movió
constantemente. Había tomado una decisión; no hubo vacilación ahora. El trono
era enorme; era como subir a una plataforma. El oro era frío como el hielo a su
tacto. Llegó al último escalón, se volvió y se sentó.
Parecía estar mirando hacia abajo en kilómetros desde la cima de un pico
de la montaña. Vio el Salón del Concejo que se extendía ante ella; Jace, inmóvil
junto a la pared. Sebastian, mirándola con una sonrisa extendiéndose por su
rostro.
—Bien hecho —dijo—. Mi hermana, mi Reina

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