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Capítulo 3
Pajaros a la Montaña
Traducido por Edward Park, SOS katiliz94 y Agoss
Corregido por Nanami27
Clary dejó el bolso en la puerta y miró a su alrededor.
Podía oír a su madre y a Luke moviéndose alrededor de ella, bajando sus
valijas, prendiendo las luces mágicas que iluminaban la casa de Amatis. Clary
se abrazó a sí misma. Aún tenían una pequeña idea de cómo Amatis había sido
tomada por Sebastian. Aunque el lugar ya había sido examinado por los
miembros del Concejo en busca de materiales peligrosos, Clary conocía a su
hermano. Si su temperamento lo hubiera dominado, habría destruido todo en la
casa, solo para demostrar que podía —habría convertido los sofás en astillas,
destrozado el cristal de los espejos, volado las ventanas en pedazos.
Escuchó a su madre dar un pequeño exhalo de alivio y supo que Jocelyn
debió haber estado pensando lo mismo que Clary: lo que sea que había pasado,
la casa lucía bien. No había nada que indicara que el daño había llegado a
Amatis. Los libros estaban apilados sobre la mesa de café, los suelos estaban
sucios pero ordenados, las fotografías sobre las paredes estaban derechas. Clary
vio, con una punzada, que había una fotografía reciente cerca de la chimenea,
Luke y Jocelyn en Coney Island8
, abrazados y sonriendo.
Pensó en la última vez que había visto a la hermana de Luke, en
Sebastian forzándola a beber de la Copa Infernal mientras ella gritaba en
protesta. La forma en que la personalidad se había desvanecido de sus ojos
después de que hubo bebido su contenido. Clary se preguntó si eso era como

8Coney Island: Parque de atracciones ubicado en una península del mismo nombre, antaño una
isla, en el extremo sur de Brooklyn, Nueva York, con una gran playa sobre el Océano Atlántico.
ver a alguien morir. No es que ella no hubiera visto la muerte, también.
Valentine había muerto en frente suyo. Seguramente era muy joven para tener
demasiados fantasmas.
Luke se había movido para mirar a la chimenea, y las fotos que colgaban
a su alrededor. Extendió la mano para tocar la que mostraba a dos niños de ojos
azules. Uno de ellos, el más joven, estaba dibujando, mientras su hermana
miraba con expresión cariñosa.
Luke parecía agotado. Su viaje por el Portal los había llevado al Gard y
habían caminado a través de la ciudad hacia la casa de Amatis. Luke todavía, a
menudo, hacia una mueca por el dolor de la herida en su costado que aún no
había sanado completamente, pero Clary dudaba de que la lesión fuera lo que
le estaba afectando. El silencio en la casa de Amatis, las alfombras hogareñas de
trapo sobre el suelo, los recuerdos personales cuidadosamente organizados…
todo hablaba de una vida ordinaria interrumpida en la más terrible manera
posible.
Jocelyn se movió para poner su mano sobre el hombro de Luke,
murmurando suavemente. Él se dio la vuelta en el círculo los brazos de ella,
poniendo la cabeza contra su hombro. Era más confortante que de alguna
manera romántica, pero Clary aún sentía como si se hubiera topado con un
momento privado. Sin hacer ruido, recogió su bolso de viaje y se dirigió a las
escaleras.
La habitación de invitados no había cambiado. Pequeña; las paredes
pintadas de blanco; las ventanas circulares como faroles —ahí estaba la ventana
por la que Jace había trepado una noche— y la misma colcha colorida sobre la
cama. Dejó caer su bolso al suelo, cerca de la mesita de noche. La mesita de
noche, donde Jace había dejado una carta en la mañana, diciéndole que se iba y
que no volvería.
Se sentó al borde de la cama, intentando quitarse de encima la red de
recuerdos. No se había dado cuenta de lo difícil que sería estar de vuelta en
Idris. Nueva York era un hogar, normal. Idris era guerra y devastación. En Idris
ella había visto la muerte por primera vez.
Su sangre estaba zumbando, latiendo con fuerza en sus oídos. Quería ver
a Jace, ver a Alec e Isabelle—ellos la rodearían, dándole una sensación de
normalidad. Ella fue capaz, muy débilmente, de escuchar a su madre y a Luke
moviéndose abajo, posiblemente el tintineo de las copas en la cocina incluso. Se
balanceó fuera de la cama y fue al pie, donde descansaba una maleta. Era la
maleta que Amatis había traído para ella cuando había estado ahí antes,
diciéndole que buscara en ella para encontrar ropa.
Se arrodilló y la abrió. Las mismas ropas, cuidadosamente empacadas
entre las capas de papel: uniformes escolares, suéteres y jeans prácticos, camisas
y faldas más formales y debajo de eso un vestido, que Clary había pensado que
era un vestido de novia la primera vez. Ella lo sacó. Ahora estaba más
familiarizada con los Cazadores de Sombras y su mundo, lo reconocía por lo
que era.
Ropa de luto. Un vestido blanco, simple, y una chaqueta ceñida al
cuerpo, con las runas de luto trabajadas en el material—y ahí, en los puños, un
diseño casi invisible de pájaros.
Garzas. Clary puso las ropas cuidadosamente sobre la cama. Pudo ver,
en el ojo de su mente, a Amatis usando esas ropas cuando Stephen Herondale
había muerto. Poniéndoselos cuidadosamente, suavizando la tela,
abrochándose el cierre de la chaqueta, todo para hacer luto por un hombre con
quien ella no había estado casada. Ropas de viuda para alguien que no había
sido capaz de llamarse viuda.
—¿Clary? —Era su madre, apoyada sobre la puerta, mirándola—. Qué
son esos… Oh. —Cruzó la habitación, tocó la tela del vestido y suspiró—. Oh,
Amatis.
—Nunca superó lo de Stephen, ¿no? —Preguntó Clary.
—A veces la gente no lo hace. —La mano de Jocelyn se movió del vestido
al cabello de Clary, metiéndolo detrás con gran rapidez y precisión maternal—.
Y los Nefilim…. tendemos a amar muy abrumadoramente. Nos enamoramos
solo una vez, morimos de pena por amor. Mi antiguo tutor solía decir que el
corazón de los Nefilim era como el corazón de los Ángeles: Sienten cada dolor
humano, y nunca sanan.
—Pero tú lo hiciste. Amaste a Valentine, pero ahora amas a Luke.
—Lo sé. —La mirada de Jocelyn era lejana—. No fue hasta que pasé más
tiempo en el mundo mundano que empecé a darme cuenta de que así no era
como la mayoría de los seres humanos piensan del amor. Me di cuenta que
podías tener más de uno, que tu corazón podía sanar, que podías amar una y
otra vez. Y siempre amé a Luke. Podría no haberlo sabido, pero siempre lo amé.
—Joselyn apuntó a la ropa sobre la cama—. Deberías ponerte la chaqueta de
luto —dijo ella—. Mañana.
Sobresaltada, Clary dijo:
—¿Para la reunión?
—Cazadores de Sombras han muerto y sido convertidos a Cazadores
Oscuros —dijo Jocelyn—. Cada Cazador de Sombra perdido es el hijo de
alguien, hermano, hermana, primo. Los Nefilim son una familia. Una familia
disfuncional, pero… —Tocó el rostro de su hija, su propia expresión oculta en
las sombras—. Duerme un poco, Clary —dijo—. Mañana será un largo día.
Después de que la puerta se cerró detrás de su madre, Clary se puso su
camisón y luego trepó obedientemente hacia la cama. Cerró los ojos e intentó
dormir, pero el sueño no llegaba. Las imágenes seguían estallando detrás de sus
párpados como fuegos artificiales: ángeles cayendo del cielo; sangre dorada;
Ithuriel en sus cadenas, con ojos ciegos, contándole de las imágenes de runas
que él le había dado a lo largo de su vida, las visiones y sueños del futuro.
Recordó sus sueños de su hermano con alas negras que derramaban sangre,
caminando por un lago congelado…
Ella destapó la colcha. Se sentía caliente y ansiosa, demasiado inquieta
para dormir. Después de salir de la cama, caminó hacia abajo en busca de un
vaso de agua. El vestíbulo estaba iluminado a medias, la tenue luz mágica se
derramaba por el corredor. Murmullos venían de detrás de una puerta. Alguien
estaba despierto, y hablando en la cocina. Clary se movió con cautela por el
pasillo, hasta que oyó los suaves susurros que comenzaron a tomar forma y
familiaridad. Reconoció la voz de su madre primero, con tensa angustia.
—Pero simplemente no entiendo cómo pudo haber estado en el armario
—estaba diciendo—. No lo he visto desde que… desde que Valentine tomó todo
lo que nos pertenecía, allá en Nueva York.
Luke habló:
—¿No dijo Clary que Jonathan lo tenía?
—Sí, pero entonces habría sido destruido con ese asqueroso
apartamento, ¿no? —La voz de Jocelyn se elevó mientras Clary se movía para
pararse en la puerta de la cocina—. Aquel con toda la ropa que Valentine
compró para mí. Como si fuera a volver.
Clary se paró muy quita. Su madre y Luke estaban sentados en la mesa
de la cocina; su madre tenía la cabeza abajo sobre una mano, y Luke estaba
frotando su espalda. Clary le había contado a su madre todo sobre el
apartamento, sobre cómo Valentine lo había mantenido con todas las cosas de
Jocelyn allí dentro, determinado a que un día su esposa volvería y viviría con él.
Su madre había escuchado calmadamente, pero claramente la historia la había
alterado mucho más de lo que Clary había notado.
—Él se ha ido ahora, Jocelyn —dijo Luke—. Sé que parece medio
imposible. Valentine siempre fue una gran presencia, incluso cuando estaba en
la clandestinidad. Pero en verdad está muerto.
—Sin embargo, mi hijo no —dijo Jocelyn—. ¿Sabes que solía sacar esta
caja y llorar sobre ella, cada año, en su cumpleaños? A veces sueño, con un niño
de ojos verdes, un niño que no fue envenenado con sangre de demonio, un niño
que puede reír, amar y ser humano, y ese es el niño que lloraba, pero ese niño
nunca existió. —Sácala y llora sobre ella, pensó Clary. Ella sabía a cuál caja se
refería su madre. Una caja que era un monumento a un niño que había muerto,
aunque seguía vivo. La caja contenía rizos del cabello de su bebé, fotografías y
un pequeño zapato. La última vez que Clary la había visto, había estado en
posesión de su hermano. Valentine debía de habérselo dado, aunque ella nunca
pudo entender por qué Sebastian tenía que conservarlo. Él no era del tipo
sentimental.
—Vas a tener que contárselo a la Clave —dijo Luke—. Si es algo que
tiene que ver con Sebastian, ellos van a querer saberlo.
Clary sintió que su estómago se enfriaba.
—Desearía no tener que hacerlo —dijo Jocelyn—. Desearía poder tirar
todo al fuego. Odio que esto sea mi culpa —estalló—. Y todo lo que siempre
quise fue proteger a Clary. Pero la cosa de la que más temo por ella, por todos
nosotros, es alguien que ni siquiera estaría vivo si no fuera por mí. —La voz de
Jocelyn se había vuelto plana y amarga—. Debí haberlo matado cuando era un
bebé. —dijo, y se inclinó hacia atrás, lejos de Luke, de manera que Clary pudo
ver lo que estaba sobre la superficie de la mesa de la cocina. Era la caja plateada,
justo como la recordaba. Pesada, con una tapa sencilla, y las iniciales J.C.
grabadas a un lado.
El sol de la mañana brillaba en frente de las nuevas puertas del Gard. Las
viejas, adivinó Clary, habían sido destruidas en la batalla que había arrasado
gran parte del Gard y chamuscado los árboles a lo largo de la ladera. Más allá
de las puertas pudo ver debajo de Alicante, agua brillante en los canales, las
torres de los demonios que se levantaba hasta donde llegaba la luz del sol que
las hacía brillar como espumosa mica en piedra.
El Gard había sido restaurado. El fuego no había destruido los muros de
piedra o las torres. Un muro aún corría alrededor, y las nuevas puertas estaban
hechas de las duras y claras Adamas9 que formaban las torres de los demonios.
Parecían haber sido forjadas a mano, sus líneas curvándose en un círculo
alrededor del símbolo de Concejo—cuatro C’s en un cuadrado, puestas para el
Concejo, el Convenio, la Clave y el Cónsul. La curvatura de cada C contenía un
símbolo de una de las ramas de los Subterráneos. Una luna creciente para los

9Adamas: es el metal celestial regalado a los Cazadores de Sombras, para su aprovechamiento,
por el Ángel Raziel. Él metal tiene un brillo plateado-blanco, traslucido y brilla tenuemente (el
brillo no se llega a notar en la luz del día).
lobos, un libro de hechizos para los brujos, una flecha de elfo para las Hadas, y
para los vampiros, una estrella.
Una estrella. Ella no había sido capaz de pensar en nada que simbolizara
a los vampiros. ¿Sangre? ¿Colmillos? Pero había algo elegante y simple acerca la
estrella. Era brillante en la oscuridad, una oscuridad que nunca sería iluminada,
y era solitaria en la manera que solo las cosas que jamás podían morir lo eran.
Clary extrañaba a Simon con un fuerte dolor. Estaba agotada después de
una noche de poco sueño, y sus recursos emocionales estaban bajos. No
ayudaba que se sintiera como si fuera el centro de un centenar de hostiles
miradas. Había docenas de Cazadores de Sombras moviéndose alrededor de las
puertas, la mayoría de ellos desconocidos para ella. Muchos estaban disparando
miradas encubiertas a Jocelyn y a Luke; algunos viniendo a saludarlos, mientras
que otros se quedaron atrás mirando de forma curiosa. Jocelyn parecía estar
manteniendo la calma con cierta cantidad de esfuerzo.
Más Cazadores de Sombras venían a lo largo del camino de la Colina del
Gard. Con alivio, Clary reconoció a los Lightwood —Maryse en frente, con
Robert al lado de ella; Isabelle, Alec, y Jace la seguían. Estaban usando ropa
blanca de luto. Maryse lucía especialmente sombría. Clary no pudo evitar el
notar que ella y Robert estaban caminando lado a lado, pero separados, sin
tocarse las manos siquiera.
Jace se alejó del grupo y se dirigió hacia ella. Miradas lo siguieron
mientras iba, aunque parecía no notarlo. Era famoso en una extraña forma entre
los Nefilim —el hijo de Valentine, quien no había sido realmente su hijo.
Secuestrado por Sebastian, rescatado por la espada del Cielo. Clary sabía la
historia completa, como cualquiera cercano a Jace, pero los rumores habían
crecido como coral, agregándole capas y colores a la historia.
—….sangre de ángel...
—…poderes especiales…
—…Valentine le enseñó sus trucos…
—…fuego en su sangre…
—….no adecuado para un Nefilim…
Ella pudo oír los susurros, incluso mientras Jace se movía entre ellos.
Era un luminoso día de invierno, frío pero soleado, y la luz hacía resaltar
el oro y plata enhebrándose en su cabello y la hizo entrecerrar los ojos mientras
se acercaba a ella en la puerta.
—¿Ropas de luto? —Dijo él, tocando la manga de su chaqueta.
—Tú las estás usando —señaló.
—No sabía que tuvieras alguna.
—Es de Amatis —dijo ella—. Escucha… tengo que decirte algo.
Él la dejó atraerlo a un lado. Clary describió la conversación que había
oído entre su madre y Luke acerca de la caja.
—Definitivamente es la caja que recuerdo. Es la que mi madre tenía
cuando estaba creciendo, y la que estaba en el apartamento de Sebastian cuando
estuve ahí.
Jace se pasó una mano a través de las hebras de luz de su cabello.
—Pensé que había algo —dijo él—. Maryse recibió un mensaje de tu
madre esta mañana. —Su mirada fue más interiormente—. Sebastian Convirtió
a la hermana de Luke —añadió—. Lo hizo a propósito, para lastimar a Luke y
lastimar a tu madre a través de Luke. Él la odia. Debe haber venido a Alicante
para obtener a Amatis, esa noche que peleamos en el Burren. Tanto como me
dijo iba a hacerlo, cuando estábamos atados. Dijo que iba a secuestrar a un
Cazador de Sombras de Alicante, solo que no a uno cualquiera.
Clary asintió. Siempre era extraño escuchar a Jace hablar sobre la persona
que había sido, el Jace que había sido amigo de Sebastian—más que su amigo,
su aliado. El Jace que había vestido la piel y rostro de Jace pero que había sido
alguien más por completo.
—Entonces debe haber traído la caja con él, y dejado en casa de Amatis
—añadió Jace—. Debe haber sabido que tu familia la encontraría un día. Haber
pensado en ella como un mensaje, o una firma.
—¿Es eso lo que cree la Clave? —Preguntó Clary.
—Es lo que yo creo —dijo Jace, centrándose en ella—. Y sabes que ambos
podemos leer a Sebastian mejor de lo que ellos pueden, o harán alguna vez. No
lo entienden para nada.
—No son afortunados. —El sonido de las campanas hizo eco a través del
aire, y las puertas se abrieron. Clary y Jace se unieron a los Lightwood, Luke, y
Jocelyn entre la corriente de Cazadores de Sombras desplegándose. Pasaron por
los jardines exteriores de la fortaleza, subieron un conjunto de escaleras,
después atravesaron otro conjunto de puertas a lo largo del corredor que
terminaba en la cámara del Concejo.
Jia Penhallow, en las batas del Cónsul, permanecía de pie en la entrada
de la cámara mientras Cazador de Sombras tras Cazador de Sombras iba
dentro. Era un edificio como un anfiteatro: un medio círculo de banquillos
apilados haciendo frente a una tarima rectangular elevada en frente de la sala.
Había dos atriles en la tarima, uno para el Cónsul y otro para el Inquisidor, y
detrás de los banquillos dos ventanas, solidos rectángulos, que daban vista a
Alicante.
Clary se movió para sentarse con los Lightwood y su madre, mientras
Robert Lightwood se apartaba de ellos y se dirigía hacia el centro del pasillo
para aceptar el lugar del Inquisidor. En la tarima, detrás de los atriles, habían
cuatro sillas altas, el respaldo de cada una inscrito con un símbolo: libro de
hechizos, luna, flecha, estrella. Los asientos para los Subterráneos del Concejo.
Luke miró el suyo pero se sentó al lado de Jocelyn. Esta no era una reunión
completa del Concejo, con la asistencia de los Subterráneos. Luke no estaba aquí
en una capacidad oficial. En frente de los asientos una mesa había sido
levantada, guarnecida con terciopelo azul. En lo alto del terciopelo, yacía algo
largo y afilado, algo que brillaba en la luz de las ventanas. La Espada Mortal.
Clary miró alrededor. La inundación de Cazadores de Sombras había
disminuido hasta un goteo; la sala estaba de cerca atiborrada por sus tejados
haciendo eco. Había habido, una vez, más entradas que esa al Gard. La Abadía
de Westminster10 había tenido una, supo ella, como lo tuvieron la Sagrada
Familia11 y San Basilio el Bendito12, pero habían sido selladas cuando los
Portales fueron inventados. No pudo evitar más que preguntarse si algún tipo
de magia evitaría que el Concejo se desbordara. Estaba más lleno de lo que
nunca lo había visto, pero todavía había asientos vacíos cuando Jia Penhallow
subió al escenario y dio palmadas con las manos bruscamente.
—Por favor, Concejo, a prestar atención —dijo ella.
El silencio cayó con rapidez; muchos de los Cazadores de Sombras
estaban extendiéndose. Los rumores habían estado volando por los alrededores
como pájaros asustados, y había electricidad en la sala, el actual chasquido de
personas desesperadas por información.
—Bangkok, Buenos Aires, Oslo, Berlín, Moscú, Los Ángeles —dijo Jia—.
Atacados en rápida sucesión, antes de que los ataques pudiesen ser reportados.
Antes de que las advertencias pudiesen ser dadas. Cada Cónclave en estas
ciudades ha tenido a sus Cazadores de Sombras capturados y Convertidos.
Unos pocos, lamentablemente pocos, los mayores o menores, simplemente
fueron asesinados, sus cuerpos se nos dejaron para quemarlos, para añadir las
voces de los Cazadores de Sombras perdidos a la Ciudad Silenciosa.
Una voz habló desde una de las filas delanteras. Una mujer con el cabello
negro, el diseño plateado de un pez koi13 de pie en la oscura piel de su mejilla.
Clary raramente veía a Cazadores de Sombras con tatuajes que no fueran
Marcas, pero eso no era inaudito.

10Abadía de Westminster: La Abadía de Westminster o Iglesia colegiata de San Pedro de
Westminster es una iglesia gótica anglicana del tamaño de una catedral. Está localizada en
Westminster, Londres, al lado del Palacio de Westminster.
11Sagrada Familia: Originalmente en español.
12San Basilio el Bendito: conocido también como Vasily Blazhenny o Basilio, loco en Cristo es
un santo ortodoxo, venerado en la Iglesia ortodoxa.
13Pez koi: es un pez de agua dulce, emparentado con la carpa dorada, con la cual puede incluso
tener descendencia híbrida.
—Dijiste “Convertido” —dijo ella—. ¿Pero no querrás decir,
“asesinados”?
La boca de Jia se endureció.
—No quiero decir “asesinados” —dijo ella—. Me refiero a
“Convertidos.” Hablamos de los Cazadores Oscuros, a los que Jonathan
Morgenstern o Sebastian, como prefiere ser conocido, los Convirtió de su
propósito como Nefilim al usar la Copa Infernal. En cada Instituto fueron
reportados los informes de lo que ocurrió en el Burren. La existencia de los
Cazadores Oscuros es algo que hemos sabido ahora desde algún tiempo,
incluso si había, tal vez, aquellos que no querían creerlo.
Un murmuro fue alrededor de la sala. Clary apenas lo escuchó. Era
consciente de que la mano de Jace estaba alrededor de la suya, pero estaba
escuchando el viento en el Burren, y viendo a los Cazadores de Sombras
levantarse por la Copa Infernal para hacer frente a Sebastian, las Marcas del
Libro Gris ya desapareciendo de su piel…
—Los Cazadores de Sombras no luchan contra Cazadores de Sombras —
dijo un anciano en una de las filas de en frente. Jace murmuró en su oído que
era el líder del Instituto de Reikiavik—. Es blasfemia.
—Esto es blasfemia —estuvo de acuerdo Jia—. Blasfemia es la fe de
Sebastian Morgenstern. Su padre quería limpiar el mundo de Subterráneos.
Sebastian quiere algo muy diferente. Quiere a los Nefilim reducidos a cenizas, y
quiere usar a los Nefilim para hacerlo.
—Si fue capaz de convertir a los Nefilim en… monstruos, sin duda
debemos ser capaces de encontrar una forma de deshacerlo —dijo Nasreen
Choudhury, la líder del Instituto de Mumbai, majestuosa en su sari14 blanco
decorado de runas—. Y sin duda no deberíamos rendirnos con tanta facilidad
en los nuestros.
—El cuerpo de uno de los Cazadores Oscuros fue encontrado en el lugar
de Berlín —dijo Robert—. Estaba herido, probablemente dejado para morir. Los

14Sari: tipo de vestido tradicional hindú.
Hermanos Silenciosos están examinándolo en estos instantes para ver si pueden
recoger alguna información que pueda conducir a una cura.
—¿Cuál Cazador Oscuro? —Exigió la mujer con el tatuaje koi—. Tenía
un nombre antes de que fuese un Convertido. Un nombre de Cazador de
Sombras.
—Amalric Kriegsmesser —dijo Robert, después de un momento de
duda—. Su familia ya ha sido informada.
Los brujos del Laberinto en Espiral también están trabajando en una cura. La
susurrada voz omnidireccional de un Hermano Silencioso hizo eco en la
habitación. Clary lo reconoció como el Hermano Zachariah, de pie con las
manos dobladas cerca de la tarima. A su lado estaba Helen Blackthorn, vestida
con ropas de luto blancas, pareciendo ansiosa.
—Son brujos —dijo alguien más en un tono despectivo—. Sin duda no lo
harán mejor que nuestros Hermanos Silenciosos.
—¿No puede Kriegsmesser ser interrogado? —Interrumpió una mujer
alta con cabello blanco—. Tal vez sepa el siguiente movimiento de Sebastian, o
incluso una forma de curar su condición…
Amalric Kriegsmesser apenas está consciente, y además, es un sirviente de la
Copa Infernal, dijo el Hermano Zachariah. La Copa Infernal lo controla por completo.
No tiene voluntad de sí mismo y por lo tanto no cederá.
La mujer con el tatuaje de koi habló de nuevo:
—¿Es verdad que ahora Sebastian Morgenstern es invulnerable? ¿Que no
puede ser asesinado?
Hubo un murmullo en la sala. Jia habló, levantando la voz:
—Como dije, no hubo Nefilim sobreviviente del primero de los ataques.
Pero el último ataque fue en el Instituto de Los Ángeles, y seis sobrevivieron.
Seis niños. —Se dio la vuelta—. Helen Blackthorn, si lo permites, trae a los
testigos.
Clary vio a Helen asentir, y desaparecer a través de una puerta lateral.
Un momento después regresó; ahora caminaba lenta y cuidadosamente, su
mano en la espalda de un niño delgado con un mechón de ondulado cabello
castaño. No podía haber sido mayor de doce años. Clary lo reconoció de
inmediato. Lo había visto en el auditorio del Instituto la primera vez que había
conocido a Helen, la muñeca de él estrechada en el agarre de su hermana
mayor, sus manos cubiertas en cera donde había estado jugando con las astillas
que decoraban el interior de la catedral. Había tenido una sonrisa pícara y los
mismos ojos verde-azulados que su hermana.
Julian, lo había llamado Helen. Su hermano pequeño.
La pícara sonrisa ahora se había ido. Parecía cansado, sucio y asustado.
Las delgadas muñecas atoradas en los puños de una chaqueta blanca de luto,
las mangas de las cuales eran demasiado pequeñas para él. En los brazos estaba
llevando a un niño pequeño, probablemente de no más de tres años, con
enredados rizos castaños; parecía ser una característica familiar. El resto de los
niños vestían similares ropas de luto prestadas. Siguiendo a Julian había una
niña de alrededor de diez años, su mano firmemente estrechada en el agarre de
un niño de la misma edad. El pelo de la chica era marrón oscuro, pero el del
chico tenía enredados rizos negros que casi oscurecían su rostro. Mellizos,
imaginó Clary. Después de ellos llegó una chica que podría haber tenido ocho o
diez años, su cara redonda y muy pálida entre las trenzas marrones. Todos los
Blackthorn —por el parecido familiar que era notable— parecían
desconcertados y aterrorizados, excepto quizás Helen, cuya expresión era una
mezcla de furia y dolor.
La pena en sus rostros cortó el corazón de Clary. Pensó en su poder con
las runas, deseando que pudiese crear una que suavizaría el golpe de la
pérdida. Las runas de luto existían, pero solo para honrar al muerto, de la
misma forma que las runas de amor existían, como los añillos de boda, para
simbolizar el vínculo de amor. No podías hacer que alguien te amase con una
runa, y tampoco podías aliviar el dolor con ella. Tanta magia, pensó Clary, y
nada para arreglar un corazón destrozado.
—Julian Blackthorn, —dijo Jia Penhallow, y su voz fue suave—. Da un
paso adelante, por favor.
Julian tragó y asintió, tendiendo al niño pequeño que estaba sujetando a
su hermana mayor. Dio un paso adelante, sus ojos corriendo a toda velocidad
alrededor del estrado. Estaba claramente registrando el espacio en busca de
alguien. Sus hombros habían empezado a desplomarse cuando otra figura
corrió a toda velocidad al estrado. Una niña, también de alrededor de doce
años, con un enredado pelo rubio que le colgaba alrededor de los hombros. Ella
vestía pantalones vaqueros y una camiseta que no se adaptaba bien, y su cabeza
estaba abajo, como si no pudiese soportar tantas personas mirándola. Estaba
claro que ella no quería estar ahí —en el estrado o tal vez ni siquiera en Idris—
pero en el momento que la vio, Julian pareció relajarse. La aterrorizada mirada
se desvaneció de su expresión mientras ella se movía para permanecer al lado
de Helen, su rostro escondido y lejos de la multitud.
—Julian —dijo Jia, en el mismo tono suave—, ¿querrías hacer algo por
nosotros? ¿Querrías coger la Espada Mortal?
Clary se sentó erguida. Ella había sostenido la Espada Mortal; había
sentido el peso de ésta. El frio, como ganchos en la piel, sacaba la verdad de ti.
No podías mentir sosteniendo la Espada Mortal, pero la verdad, incluso una
verdad que querías contar, era una agonía.
—No pueden —susurró ella—. Es solo un niño…
—Es el mayor de los niños que escaparon del Instituto de Los Ángeles —
dijo Jace en voz baja—. No tienen opción.
Julian asintió, sus delgados hombros rectos.
—La cogeré.
Entonces Robert Lightwood pasó detrás del atril y fue hasta la mesa.
Cogió la Espada y regresó para ponerse de pie frente a Julian. El contraste entre
ellos era casi divertido —el gran hombre de pecho fuerte y el desgarbado niño
de pelo salvaje.
Julian extendió la mano para tomar la Espada. Cuando sus dedos se
cerraron alrededor de la empuñadura, tembló, una onda de dolor que fue
rápidamente forzada abajo. La chica rubia detrás de él comenzó a avanzar, y
Clary captó un destello de la mirada en su rostro —pura furia— antes de que
Helen la cogiese y tirase de ella hacia atrás.
Jia se arrodilló. Era una visión extraña, el chico con la Espada, colocado a
un lado por el Cónsul, sus batas extendiéndose sobre ella, y al otro por el
Inquisidor.
—Julian —dijo Jia, y a pesar de que su voz que era baja, llegó a través de
la sala del Concejo—. ¿Puedes decirnos quien está hoy en el estrado aquí
contigo?
En su clara voz de niño Julian dijo:
—Usted. El Inquisidor. Mi familia… mi hermana Helen, Tiberius, Livia,
Drusilla y Tavvy. Octavian. Y mi mejor amiga, Emma Carstairs.
—¿Y estuvisteis todos contigo cuando el Instituto fue atacado?
Julian sacudió la cabeza.
—Helen no —dijo—. Ella estaba aquí.
—¿Puedes decirnos lo que viste, Julian? ¿Sin omitir nada?
Julian tragó. Estaba pálido. Clary podía imaginar el dolor que estaba
sintiendo, el peso de la Espada.
—Fue por la tarde —dijo—. Estábamos practicando en la sala de
entrenamiento. Katerina nos estaba enseñado. Mark estaba observando. Los
padres de Emma estaban en una patrulla de rutina en la playa. Vimos un
destello de luz; pensé que era un rayo, o fuegos artificiales. Pero… no lo era.
Katerina y Mark nos dejaron y bajaron a la planta de abajo. Nos dijeron que nos
quedásemos en la sala de entrenamiento.
—Pero no lo hicisteis —dijo Jia.
—Podíamos escuchar los sonidos de lucha. Nos separamos… Emma fue
a coger a Drussilla y Octavian, y yo fui a la oficina con Livia y Tiberius para
llamar a la Clave. Tuvimos que escurrirnos por la entrada principal para llegar
ahí. Cuando lo hicimos, le vi a él.
—¿A él?
—Sabía que era un Cazador de Sombras, pero no. Estaba llevando una
gabardina roja, cubierta con runas.
—¿Qué runas?
—No las conocía, pero había algo mal con ellas. No como las runas del
Libro Gris. Me dieron un tipo de sensación enfermiza al mirarlas. Y se quitó la
capucha… tenía el pelo blanco, así que al principio pensé que era un anciano.
Entonces me di cuenta de que era Sebastian Morgenstern. Estaba sosteniendo
una espada.
—¿Puedes describir la espada?
—Plateada, con un patrón de estrellas negras en la hoja y en el mango. Él
la sacó y… —la respiración de Julian se escabulló, y Clary casi pudo sentirlo,
sentir su miedo ante el recuerdo enfrentado con la coacción a decirlo, revivirlo.
Ella estaba inclinándose adelante, sus manos en puños, apenas consciente de
que sus uñas estaban clavándose en sus palmas—. La sostuvo en la garganta de
mi padre —continuó Julian—. Había otros con Sebastian. También estaban
vistiendo de rojo…
—¿Cazadores de Sombras? —Dijo Jia.
—No lo sé. —La respiración de Julian estaba volviéndose corta—.
Algunos llevaban gabardinas negras. Otros llevaban herramientas, pero sus
herramientas eran rojas. Nunca he visto herramientas rojas. Había una mujer,
con el cabello castaño, y estaba sosteniendo una copa que se parecía a la Copa
Mortal. Hizo a mi padre beber de ella. Él cayó al suelo y gritó. También pude
escuchar a mi hermano gritando.
—¿Qué hermano? —Preguntó Robert Lightwood.
—Mark —dijo Julian—. Los vi comenzar a moverse en el recibidor, y
Mark se giró y gritó hacia nosotros, que corriésemos escaleras arriba y
saliésemos. Caí en el escalón superior, y cuando miré abajo, estaban lanzándose
todos sobre él… —Julian hizo un sonido atragantado—. Y mi padre, estaba
comenzando a ponerse de pie, y sus ojos eran negros también, y comenzó a
moverse hacia Mark como el resto de ellos, como si ni siquiera lo conociese…
La voz de Julian sonó resquebrajada, justo cuando la chica rubia escapó
de las manos de Helen y se precipitó hacia adelante, lanzándose entre Julian y
el Cónsul.
—¡Emma! —Dijo Helen, dando un paso adelante, pero Jia alargó su
mano para mantenerla atrás. Emma estaba con el rostro pálido y sin aliento.
Clary pensó que nunca había visto tanta ira contenida en una forma tan
pequeña.
—¡Déjadlo en paz! —Gritó Emma, abriendo sus brazos de par en par,
como si pudiera proteger a Julian detrás suyo, aunque ella era una cabeza más
baja—. ¡Lo estáis torturando! ¡Déjadlo en paz!
—Está bien, Emma —dijo Julian, el color estaba comenzando a volver a
su rostro ahora que ya no lo estaban interrogando—. Tienen que hacerlo.
Ella se volvió hacia él.
—No, no lo tienen que hacer. Yo estaba allí también. Vi lo que pasó.
Hácedmelo a mí. —Tendió las manos, como si estuviera rogando que la Espada
fuera puesta en ellas—. Yo soy la que apuñaló a Sebastian en el corazón. Fui la
que vio que no murió. ¡Deberían estar interrogándome a mí!
—No —comenzó Julian, y luego Jia dijo, aun con suavidad:
—Emma, nosotros vamos a interrogarte, eres la siguiente. La Espada es
dolorosa, pero no es dañina…
—Detenedlo —dijo Emma—. Simplemente detenedlo. —Y caminó hacia
Julian, que sostenía la Espada con fuerza. Estaba claro que no tenía intención de
tratar de entregarla. Él estaba sacudiendo la cabeza a Emma, incluso cuando
ella puso sus manos sobre las suyas, por lo que ambos sostenían la Espada
juntos.
—Yo apuñalé a Sebastian —dijo Emma, con una voz que resonó por toda
la sala—. Y él sacó el puñal y se rió. Dijo: “Es una pena que no vayas a vivir.
Vivir para contarle a la Clave que Lilith me ha fortalecido más allá de toda
medida. Quizá Gloriosa pueda acabar con mi vida. Una lástima que los Nefilim
no tengan más favores que pedirle a los Cielos, y que ninguno de los
Instrumentos insignificantes de guerra que se forjan en la Ciudadela de las
Hermanas de Hierro puedan hacerme daño ahora.”
Clary se estremeció. Oyó a Sebastian a través de las palabras de Emma, y
casi podía verlo, de pie delante de ella. La charla se había desatado entre la
Clave, ahogando lo que Jace le dijo a ella luego.
—¿Estás segura de que no fallaste en darle al corazón? —Demandó
Robert, sus cejas oscuras dibujándose juntas.
Fue Julian quien respondió.
—Emma no falla —dijo, sonando tan ofendido como si acabara de ser
insultado.
—Sé dónde está el corazón —dijo Emma, retrocediendo lejos de Julian y
echando una mirada de ira, más que ira de dolor, al Cónsul y al Inquisidor—.
Pero no creo que ustedes lo sepan.
Su voz se levantó y ella se giró y salió corriendo fuera de los atriles,
prácticamente dándole un codazo a Robert mientras huía. Ella desapareció a
través de la puerta por la que había llegado, y Clary oyó su propia respiración
salir presurosa a través de sus dientes. ¿Nadie iba a ir detrás de ella? Julian
claramente quería, pero, atrapado entre el Cónsul y el Inquisidor, llevando el
peso de la Espada Mortal, él no podía moverse. Helen estaba mirándola con
una expresión de crudo dolor, sus brazos acunando al niño más joven, Tavvy.
Y entonces Clary estaba de pie. Su madre intentó alcanzarla, pero ya
estaba corriendo por el pasillo en bajada entre las filas de asientos. El pasillo se
convirtió en escalones de madera; Clary los repiqueteó, dejando atrás al Cónsul
y el Inquisidor, pasado a Helen, y atravesó la puerta lateral siguiendo a Emma.
Ella casi derribó a Aline, que estaba rondando cerca de la puerta abierta,
mirando lo que pasaba en la sala del Concejo y frunciendo el ceño. El ceño
desapareció cuando vio a Clary, y fue reemplazado por una mirada de sorpresa.
—¿Qué estás haciendo?
—La niña —dijo Clary sin aliento—. Emma. Corrió de vuelta aquí.
—Lo sé. Traté de detenerla, pero se apartó de mí. Ella solo... —Aline
suspiró y miró hacia la sala del Concejo, donde Jia había comenzado a
cuestionar a Julian de nuevo—. Ha sido tan duros para ellos, Helen y los otros.
Sabes que su madre murió, hace tan sólo unos años. Todo lo que tienen ahora es
un tío en Londres.
—¿Eso significa que van a hacer a los niños mudarse a Londres? Ya
sabes, cuando todo esto haya terminado —dijo Clary.
Aline negó con la cabeza.
—A su tío le han ofrecido la dirección del Instituto de Los Ángeles. Creo
que la esperanza es que él tome el trabajo y críe a los niños. Yo no creo que él
esté de acuerdo todavía, sin embargo. Él esta probablemente en estado de
shock. Quiero decir, perdió a su sobrino, su cuñado, Andrew Blackthorn no está
muerto, sin embargo él bien podría estarlo. En cierto modo, es peor. —Su voz
era amarga.
—Lo sé —dijo Clary—. Sé exactamente lo que es eso.
Aline la miró más de cerca.
—Supongo que lo sabes —dijo ella—. Está solo… Helen. Me gustaría
poder hacer más por ella. Se está carcomiendo a sí misma con la culpa, porque
ella estaba aquí conmigo y no en Los Ángeles cuando el Instituto fue atacado. Y
está tratando muy duro, pero no puede ser una madre para todos esos niños, y
su tío no ha llegado aquí todavía, y luego está Emma, que el Ángel la ayude.
Ella ni siquiera tiene un trozo de familia viva…
—Me gustaría hablar con ella. Con Emma.
Aline metió un rizo detrás de su oreja; el anillo Blackthorn brillaba en su
mano derecha.
—Ella no hablará con nadie a excepción de Julian.
—Déjame tratar —instó Clary—. Por favor.
Aline miró la expresión determinada en el rostro de Clary y suspiró.
—Al final del pasillo, la primera habitación a la izquierda.
El pasillo doblaba lejos de la sala del Concejo. Clary podía oír las voces
de los Cazadores de Sombras desvaneciéndose mientras caminaba. Las paredes
eran de piedra lisa, llena de tapices que representaban diversas escenas
gloriosas de la historia de los Cazadores de Sombras. La primera puerta que
apareció a su izquierda era de madera, muy sencilla. Estaba entreabierta, pero
ella golpeó rápidamente antes de abrir, para no sorprender a quien estuviera
dentro.
Esta era una habitación sencilla, con revestimiento de madera y un
revoltijo de sillas, ordenadas apresuradamente. Clary se sentía como en la sala
de espera de un hospital. Tenía esa sensación pesada en el aire, de un lugar
inestable donde la gente gastaba su preocupación y pena rodeada de cosas
desconocidas.
En el rincón de la habitación había una silla apoyada contra una pared, y
en la silla estaba Emma. Parecía más pequeña de lo que era desde la distancia.
Ella sólo llevaba puesta una camiseta de manga corta y en sus brazos desnudos
había Marcas, la runa de la Visión estaba en su mano izquierda —de manera
que era zurda como Jace— la que se encontraba sobre la empuñadura de una
espada corta desenvainada, descansando en su regazo. Más cerca, Clary pudo
ver que su cabello era de un rubio pálido, pero enredado y sucio, lo suficiente
para que se viera más oscuro. De entre las marañas la niña fulminó con una
mirada desafiante a Clary.
—¿Qué? —Dijo—. ¿Qué quieres?
—Nada —dijo Clary, empujando la puerta y cerrándola detrás de ella—.
Sólo quiero hablar contigo.
Los ojos de Emma se estrecharon con desconfianza.
—¿Quieres utilizar la Espada Mortal en mí? ¿Interrogarme?
—No. La han usado sobre mí, y es horrible. Siento que la estén utilizando
en tu amigo. Creo que deberían buscar otro camino.
—Creo que deberían confiar en él —dijo Emma—. Julian no miente. —
Miró a Clary desafiante, como si la retara a estar en desacuerdo.
—Por supuesto que no —dijo Clary, y dio un paso al centro de la
habitación. Sentía como si estuviera tratando de no asustar a algún tipo de
criatura salvaje en el bosque—. Julian es tu mejor amigo, ¿no es cierto?
Emma asintió.
—Mi mejor amigo es un chico también. Su nombre es Simon.
—Entonces, ¿dónde está? —Los ojos de Emma se movieron detrás de
Clary, como si esperara que Simon se materializara de pronto.
—Él está en Nueva York —dijo Clary—. Lo extraño mucho.
Parecía como si Emma le diera un enorme sentido a eso.
—Julian fue a Nueva York una vez —dijo—. Lo extrañé, así que cuando
regresó, le hice prometer que no iría a ninguna parte sin mí otra vez.
Clary sonrió, y se acercó a Emma.
—Tu espada es hermosa —dijo, señalando a la hoja en el regazo de la
muchacha.
La expresión de Emma se suavizó mínimamente. Ella tocó la hoja, la cual
tenía grabada un delicado patrón de hojas y runas. La empuñadura era de oro,
y en la hoja estaban talladas las palabras: Soy Cortana, del mismo acero y molde que
Joyeuse y Durandal.
—Era de mi padre. Ha sido transmitida a través de la familia Carstairs.
Es una espada famosa —agregó con orgullo—. Fue hecha hace mucho tiempo.
—“Del mismo acero y molde que Joyeuse y Durandal” —dijo Clary—.
Esas son dos espadas famosas. ¿Sabes a quiénes pertenecen esas famosas
espadas?
—¿A quiénes?
—Héroes —dijo Clary, arrodillada en el suelo para poder mirar el rostro
de la chica.
Emma frunció el ceño.
—No soy un héroe —dijo ella—. No hice nada para salvar al padre de
Julian, o a Mark.
—Lo siento mucho —dijo Clary—. Yo sé lo que es ver a alguien que te
importa convertirse en un Cazador Oscuro. Llegándose a convertir en alguien
más.
Pero Emma estaba negando con la cabeza.
—Mark no se convirtió en un Cazador Oscuro. A él se lo llevaron.
Clary frunció el ceño.
—¿Se lo llevaron?
—Ellos no querían que bebiera de la Copa por su sangre de Hada —dijo
Emma, y Clary recordó a Alec diciendo que había un antepasado de Hada en el
árbol genealógico de los Blackthorn. Como anticipando la siguiente pregunta de
Clary, Emma dijo cansadamente—: Sólo Mark y Helen tienen sangre de Hadas.
Tenían la misma madre, pero ella los dejó con el Señor Blackthorn cuando eran
pequeños. Julian y los otros tenían una madre diferente.
—Oh —dijo Clary, no queriendo presionar demasiado, porque no quería
que esta chica dañada pensara que ella era simplemente otra adulta que veía a
Emma como fuente de respuestas a sus preguntas, y nada más—. Conozco a
Helen. ¿Mark se parecerse a ella?
—Sí… Helen y Mark tienen las orejas un poco puntiagudas, y el cabello
claro. Ninguno del resto de los Blackthorn son rubios. Todos ellos tienen el
cabello castaño excepto Ty, y nadie sabe por qué tiene el cabello negro. Livvy
no lo tiene, y ella es su gemela. —Un poco de color y animación habían vuelto
al rostro de Emma; estaba claro que le gustaba hablar de los Blackthorn.
—¿Entonces, por qué no querían que Mark bebiera de la Copa? —Dijo
Clary. Personalmente ella se sorprendió de que a Sebastian le importara de un
modo u otro. Él nunca había tenido la obsesión de Valentine con los
Subterráneos, aunque no era como si a él le gustaran—. Tal vez no funciona si
tienes sangre de Subterráneo.
—Tal vez —dijo Emma. Clary alargó su mano y la puso sobre las de
Emma. Temía la respuesta, pero no pudo evitar hacer la pregunta—. Él no
Convirtió a tus padres, ¿no?
—No-no —dijo Emma, y ahora su voz temblaba—. Están muertos. Ellos
no estaban en el Instituto; estaban investigando un reporte de actividad
demoníaca. Sus cuerpos fueron arrastrados hasta la playa después del ataque.
Podría haber ido con ellos, pero quería quedarme en el Instituto. Yo quería
entrenar con Jules. Si hubiera ido con ellos…
—Si lo hubieras hecho, estarías muerta también —dijo Clary.
—¿Cómo lo sabes? —Exigió Emma, pero había algo en sus ojos, algo que
quería creer en ello.
—Puedo ver cuán grandiosa Cazadora de Sombras eres —dijo Clary—.
Veo tus Marcas. Veo tus cicatrices. Y cómo sostienes tu espada. Si eres tan
grandiosa, sólo puedo imaginar que ellos eran realmente grandiosos también. Y
algo que pudo haberlos matado a ambos, no es algo de lo que los podrías haber
salvado. —Ella tocó la espada ligeramente—. Los héroes no siempre son los que
ganan —dijo—. Ellos son los que pierden, a veces. Pero siguen luchando, siguen
regresando. No se dan por vencidos. Eso es lo que los convierte en héroes.
Emma respiró temblorosa, mientras un ruido de golpeteo sonó en la
puerta. Clary se volvió a medias cuando se abrió, dejando entrar la luz del
corredor exterior, y a Jace. Él la encontró con la mirada y le sonrió, apoyándose
en la puerta. Tenía el cabello dorado muy oscuro, con los ojos de un tono más
claro. Clary a veces pensaba que podía ver el fuego dentro de él, alumbrando
sus ojos, su piel y sus venas, moviéndose justo por debajo de la superficie.
—Clary —dijo él.
Clary creyó oír un pequeño chillido detrás de ella. Emma estaba
agarrando su espada, mirando entre Clary y Jace con ojos muy grandes.
—El Concejo ha terminado —dijo—. Y no creo que Jia esté demasiado
contenta por el modo que viniste corriendo hacia aquí.
—Así que estoy en problemas —dijo Clary.
—Como siempre —dijo Jace, pero su sonrisa no tenía ni piza de burla en
ella—. Todos estamos yéndonos. ¿Estás lista para irte?
Ella negó con la cabeza.
—Te veré en tu casa. Podrás informarme de lo sucedido en el Concejo
entonces.
Él vaciló.
—Haz que Aline o Helen vayan contigo —dijo finalmente—. La casa del
Cónsul está justo bajando la calle de la del Inquisidor. —Subió la cremallera de
su chaqueta y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de él.
Clary se volvió hacia Emma, que seguía mirándola.
—¿Conoces a Jace Lightwood? —Dijo Emma.
—Yo… ¿Qué?
—Es famoso —dijo Emma, con asombro evidente—. Él es el mejor
Cazador de Sombras. El mejor.
—Él es mi amigo —dijo Clary, y notó que la conversación había tomado
un giro inesperado.
Emma le dirigió una mirada de superioridad.
—Es tu novio.
—¿Cómo es que tú…?
—Vi la forma en que te miraba —dijo Emma—, y de todos modos, todo
el mundo sabe que Jace Lightwood tiene una novia y que ella es Clary Fairchild.
¿Por qué no me dijiste tu nombre?
—Supongo que no pensé que lo conocieras —dijo Clary, tambaleándose.
—No soy estúpida —dijo Emma, con un aire de molestia que hizo
enderezarse rápidamente a Clary antes de que se pudiera reír.
—No, no lo eres. Eres muy inteligente —dijo Clary—. Y me alegro de que
sepas quién soy, porque quiero que sepas que puedes venir a hablar conmigo
en cualquier momento. No sólo por lo que pasó en el Instituto… de lo que
quieras. Y puedes hablar con Jace, también. ¿Necesitas saber dónde
encontrarnos?
Emma negó con la cabeza.
—No —dijo ella, con voz suave de nuevo—. Sé dónde está la casa del
Inquisidor.
—Bien. —Clary cruzó las manos, sobre todo para contenerse a sí misma
estirarse y abrazar a la chica. No creía que Emma lo agradeciera. Clary se volvió
hacia la puerta.
—Si eres la novia de Jace Lightwood, deberías tener una mejor espada —
dijo Emma de repente, y Clary echó un vistazo a la hoja que se había atado esa
mañana, una vieja, que había empacado con sus pertenencias de Nueva York.
Ella tocó la empuñadura.
—¿Esta no es buena?
Emma negó con la cabeza.
—No es buena en absoluto.
Sonaba tan seria que Clary sonrió.
—Gracias por el consejo

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