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Capítulo 4
Más Oscuro Que Dorado
Traducido por Apolineah17, Isellie y Agoss
Corregido por Meghan Fray
Cuando Clary tocó la puerta de la casa del Inquisidor, ésta fue abierta
por Robert Lightwood.
Por un momento se quedó inmóvil, sin saber qué decir. Nunca había
tenido una conversación con el padre adoptivo de Jace y nunca lo había
conocido muy bien en absoluto. Él había sido una sombra en el fondo, por lo
general detrás de Maryse con la mano sobre la silla de ella. Era un hombre
corpulento, de cabello oscuro y de barba recién cortada, aunque ella sabía que
había estado en el Círculo de Valentine. Había demasiadas líneas en su rostro y
demasiada dureza asentada en su mandíbula para que ella lo imaginara joven.
Cuando él la miró, vio que sus ojos eran de un azul muy oscuro, tan
oscuros que siempre había pensado que eran negros. Su expresión no cambió,
podía sentir la desaprobación irradiando de él. Sospechaba que Jia no era la
única persona molesta de su partida de la reunión del Concejo en busca de
Emma.
—Si buscas a mis hijos, están arriba —fue todo lo que dijo—. En el último
piso.
Clary dio un paso al interior de la extremadamente grande habitación
principal. La casa, oficialmente designada al Inquisidor y su familia, era grande
en su ámbito, con techos altos y mueles pesados y de aspecto caro. Era un
espacio lo suficientemente grande para tener arcos interiores, una enorme
escalera y una lámpara de araña colgando del techo, brillando con una tenue
luz mágica. Se preguntó dónde estaba Maryse, y si le gustaba la casa.
—Gracias —dijo Clary.
Robert Lightwood se encogió de hombros y desapareció en las sombras
sin decir nada más. Clary subió las escaleras de dos en dos, pasando varios
descansillos antes de llegar al último piso, en el cual se subía un tramo de
escaleras empinadas que conducían al ático para llegar a un pasillo. Una puerta
al final del pasillo estaba entreabierta, podía oír las voces provenientes del otro
lado.
Dándole un golpecito a la puerta entró. Las paredes del ático estaban
pintadas de blanco, y había un enorme armario en la esquina, con ambas
puertas abiertas. La ropa de Alec, práctica y un poco desgastada, colgaba de un
lado, y la de Jace, totalmente de colores negros o grises, en el otro.
Clary casi sonrió, no estaba completamente segura de por qué. Había
algo sobre Alec y Jace compartiendo una habitación que encontraba adorable.
Se preguntó si se mantenían despiertos entre sí hablando por la noche, de la
forma en que ella y Simon siempre lo hacían.
Alec e Isabelle estaban en el alféizar de la ventana. Detrás de ellos Clary
podía ver los colores de la puesta del sol iluminando el agua del canal de abajo.
Jace estaba tumbado sobre una de las camas individuales, con las botas
desafiantemente plantadas sobre la colcha de terciopelo.
—Pienso que ellos no desean esperar que Sebastian ataque a más
Institutos —estaba diciendo Alec—. Eso implicaría esconderse. Los Cazadores
de Sombras no se esconden.
Jace se frotó la mejilla contra su hombro, se le veía cansado con su pálido
cabello despeinado.
—Se siente como esconderse —dijo—. Sebastian está allí afuera, nosotros
estamos aquí custodiados. Todos los Institutos están vacíos. Nadie protege al
mundo de los demonios. ¿Quién protegerá a los vigilantes?
Alec suspiró y frotó una mano por su rostro.
—Con suerte no será por mucho tiempo.
—Es difícil imaginar lo que ocurriría —dijo Isabelle—. Un mundo sin
Cazadores de Sombras. Demonios por todas partes, subterráneos atacándose
entre sí.
—Si yo fuera Sebastian… —comenzó Jace.
—Pero no lo eres. No eres Sebastian —dijo Clary.
Todos la miraron. Alec y Jace no se parecían absolutamente en nada,
pensó Clary, pero de vez en cuando había una similitud en la forma en que
miraban o gesticulaban que le recordaba que habían sido criados juntos. Ambos
parecían curiosos y un poco preocupados. Isabelle lucía más cansada y molesta.
—¿Estás bien? —dijo Jace a modo de saludo, dándole una sonrisa
torcida—. ¿Cómo está Emma?
—Destrozada —dijo Clary—. ¿Qué sucedió después de que dejé la
reunión?
—El interrogatorio casi había terminado —dijo Jace—. Sebastian está,
obviamente, detrás de los ataques, y tiene una fuerza considerable de
Cazadores Oscuros respaldándolo. Nadie sabe exactamente cuántos, pero
tenemos que asumir que todos los desaparecidos han sido Convertidos.
—Aun así tenemos un número mayor, por mucho —dijo Alec—. Él tiene
sus fuerzas originales, y los seis Cónclaves que convirtió; nosotros contamos
con todos los demás.
Había algo en los ojos de Jace que los volvió más oscuros que dorados.
—Sebastian lo sabe —murmuró él—. Conoce sus fuerzas, hasta el último
guerrero. Sabrá exactamente lo que puede enfrentar y lo que no puede.
—Tenemos a los Subterráneos de nuestro lado —dijo Alec—. Ese es el
punto central de la reunión de mañana, ¿no? Hablar con los representantes,
fortalecer nuestras alianzas. Ahora que sabemos lo que Sebastian está haciendo,
podemos trazar estrategias, vencerlo con los Hijos de la Noche, los Tribunales,
los brujos…
Los ojos de Clary se encontraron con los de Jace en una comunicación
silenciosa. Ahora que sabemos lo que está haciendo Sebastian, él hará algo más. Algo
que aún no esperamos.
—Y luego todo el mundo habló sobre Jace —dijo Isabelle—. Ya sabes, lo
de siempre.
—¿Sobre Jace? —Clary se apoyó contra el pie de la cama de Jace—. ¿Qué
hablaron sobre él?
—Si Sebastian es básicamente invulnerable ahora, y si hay forma de
herirlo o matarlo. Gloriosa podría haberlo hecho debido al fuego celestial, pero
actualmente la única fuente de fuego celestial es…
—Jace —dijo Clary gravemente—. Pero los Hermanos Silenciosos han
intentado todo para separar a Jace del fuego celestial, y no pueden hacerlo. Está
en su alma. ¿Y cuál es su plan, Jace golpeando la cabeza de Sebastian hasta que
se desmaye?
—El Hermano Zachariah dijo más o menos lo mismo —dijo Jace—. Tal
vez con menos sarcasmo.
—De todos modos, terminaron hablando de formas de capturar a
Sebastian sin matarlo, si pueden destruir a todos los Cazadores Oscuros, si
Sebastian puede ser atrapado en algún lugar o de alguna manera, puede ser que
no importe tanto si no puede ser asesinado —dijo Alec.
—Ponerlo en un ataúd de adamas y lanzarlo al mar —dijo Isabelle—. Esa
es mi sugerencia.
—De todas formas, cuando terminaron de hablar de mí, lo cual por su
puesto fue la mejor parte —dijo Jace—, volvieron bastante rápido a hablar de
formas de curar a los Cazadores Oscuros. Le están pagando al Laberinto en
Espiral una fortuna para tratar de desentrañar el hechizo que Sebastian usó
para crear la Copa Infernal y recrear el ritual.
—Tienen que dejar de obsesionarse con la cura de los Cazadores Oscuros
y empezar a pensar en la manera de derrotarlos —dijo Isabelle con voz dura.
—Muchos de ellos conocen a personas que fueron Convertidas, Isabelle
—dijo Alec—. Por supuesto que los quieren de regreso.
—Pues yo quiero a mi hermanito de vuelta —dijo Isabelle, alzando la
voz—. ¿Es que no entienden lo que Sebastian hizo? Los mató. Mató lo que era
humano en ellos y los convirtió en demonios luciendo como las personas que
solíamos conocer, eso es todo…
—Baja la voz —dijo Alec, en su tono determinado de hermano mayor.
¿Entiendes que mamá y papá están en casa? Subirán.
—Ajá —dijo Isabelle—. Tan lejos uno del otro, en la misma habitación,
como podrían estar, pero están aquí.
—No es de nuestra incumbencia dónde duermen, Isabelle.
—Son nuestros padres.
—Pero tienen sus propias vidas —dijo Alec—. Y tenemos que respetarlo
y mantener el margen. —Su expresión se ensombreció—. Mucha gente se
separa cuando uno de sus hijos muere.
Isabelle dio un pequeño grito ahogado.
—¿Izzy? —Alec pareció darse cuenta de que había ido demasiado lejos.
Las menciones de Max parecían devastar más a Isabelle que a cualquiera de los
otros Lightwood, incluso Maryse.
Isabelle se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación, cerrando la
puerta de golpe detrás de ella.
Alec se pasó los dedos por su cabello, haciendo que se le crispara.
—Maldita sea —maldijo, y luego se sonrojó. Alec casi nunca maldecía, y
por lo general cuando lo hacía, lo hacía en voz baja. Le disparó a Jace una
mirada casi de disculpa y fue detrás de su hermana.
Jace suspiró y con un balanceo sacó los pies de la cama y se puso de pie.
Se estiró como un gato, haciendo crujir sus hombros.
—Supongo que esa es mi señal de acompañarte a casa.
—Puedo encontrar mi camino de regreso…
Él negó con la cabeza, agarrando su chaqueta del poste de la cama. Había
algo de impaciencia e inquietud en sus movimientos que hizo que a Clary se le
pusieran los pelos de punta.
—Quiero salir de aquí de todos modos. Vamos.
—Ha pasado una hora. Al menos una hora. Lo juro —dijo Maia. Estaba
tumbada en el sofá del apartamento de Jordan y Simon, con los pies descalzos
sobre el regazo de Jordan.
—No deberíamos haber ordenado comida tailandesa —dijo Simon con
aire ausente. Estaba sentado en el suelo, jugueteando con el controlador de
Xbox. No había estado funcionando durante varios días. La chimenea estaba
encendida. Como todo lo demás en el apartamento, la chimenea estaba
descuidada, y la mitad del tiempo la habitación se llenaba de humo cuando la
usaban. Jordan siempre se quejaba del frío, de las grietas en las ventanas y
paredes, y del desinterés de los propietarios en arreglar algo—. Nunca la
entregan a tiempo.
Jordan sonrió de buena gana.
—¿Y por qué te importa? No puedes comer
—Puedo beber ahora —puntualizó Simon. Era cierto. Había entrenado su
estómago para aceptar más líquidos (leche, café, té) aunque los alimentos
sólidos todavía le provocaban arcadas. Dudaba que las bebidas hicieran gran
cosa por él en el asunto de la nutrición; sólo la sangre parecía hacer eso, pero le
hacía sentirse más humano ser capaz de consumir algo en público que no
enviara a todo el mundo gritando. Con un suspiró dejó caer el controlador—.
Creo que esta cosa está rota. Permanentemente. Lo cual es genial, porque no
tengo dinero para reemplazarla.
Jordan lo miró con curiosidad. Simon había traído todos sus ahorros de
su casa cuando se había mudado, pero no había sido mucho. Afortunadamente,
sus gastos no eran muchos. El apartamento fue un préstamo del Praetor Lupus,
quien también proveía a Simon de sangre.
—Tengo dinero —dijo Jordan—. Vamos a estar bien.
—Es tu dinero, no el mío. No estarás conmigo para siempre —dijo
Simon, con la mirada fija en las llamas azules de la chimenea—. ¿Y luego qué?
Estaría aplicando en la escuela de música pronto si todo esto no hubiera
pasado. Hubiera aprendido y conseguido un trabajo. Nadie va a emplearme
ahora. Parezco de dieciséis años, siempre lo seré.
—Humm —dijo Maia—. Supongo que los vampiros no consiguen
trabajos, ¿verdad? Quiero decir, algunos hombres lobo trabajan: Bat es un DJ, y
Luke posee una librería. Pero todos los vampiros están en clanes. No hay
vampiros científicos.
—O vampiros músicos —dijo Simon—. Seamos realistas. Mi carrera
ahora es ser un vampiro profesional.
—Estoy realmente sorprendida de que los vampiros no hayan
desmantelado las calles y comiéndose turistas, con Maureen liderándolos —dijo
Maia—. Siempre está sedienta de sangre.
Simon hizo una mueca.
—Asumo que alguien del clan está tratando de controlarla. Raphael,
probablemente. Lily es una de las más inteligentes del clan de los vampiros. Lo
sabe todo. Ella y Raphael siempre fueron uña y mugre. Pero no tengo
exactamente amigos vampiros. Teniendo en cuenta el blanco fácil que soy, a
veces me sorprendo de tener algún amigo.
Escuchó la amargura en su propia voz y miró al otro lado de la
habitación hacia las imágenes que Jordan había clavado en la pared, imágenes
de él con sus amigos, en la playa, con Maia. Simon había pensado en colgar sus
propias fotos. A pesar de que no tomó ninguna fotografía de su casa, Clary sí
tenía algunas. Podría haberlas pedido prestadas, haber hecho el apartamento
más suyo. Pero a pesar de que le gustaba vivir con Jordan y se sentía cómodo
allí, no era su casa. No sentía como si pudiera hacer una vida permanente allí.
—Ni siquiera tengo una cama —dijo en voz alta.
Maia volteó su cabeza hacia él.
—Simon, ¿qué sucede? ¿Es porque Isabelle se fue?
Simon se encogió de hombros.
—No lo sé. Quiero decir, sí, extraño a Izzy, pero Clary dice que los dos
necesitamos DLR.
—Ah, definir la relación —dijo Maia por la mirada desconcertada de
Jordan—. Ya sabes, cuando decides si realmente son novios o no. Lo cual
deberías hacer, por cierto.
—¿Por qué todo el mundo conoce ese acrónimo, excepto yo? —se
preguntó Simon en voz alta—. ¿Isabelle quiere ser mi novia?
—No te lo puedo decir —dijo Maia—. Código de chicas. Pregúntale.
—Ella está en Idris.
—Pregúntale cuando regrese. —Simon se quedó en silencio, y Maia
añadió, suavemente—: Volverá y Clary también. Es sólo una reunión.
—No lo sé. Los Institutos no están a salvo.
—Ni tú —dijo Jordan—. Por eso me tienes a mí.
Maia miró a Jordan. Había algo extraño en la mirada, algo que Simon no
pudo identificar. Sucedía algo entre Maia y Jordan desde hace algún tiempo,
una distancia por parte Maia, una pregunta en sus ojos cuando miraba a su
novio. Simon había estado esperando que Jordan le dijera algo a él, pero Jordan
no lo había hecho. Simon se preguntó si Jordan había notado la lejanía de Maia
—era algo obvio— o si Jordan estaba obstinadamente en negación.
—¿Seguirás siendo un Vampiro Diurno? —preguntó Maia, volviendo su
atención a Simon—. ¿Si pudieras cambiarlo?
—No lo sé. —Simon se había hecho la misma pregunta, y luego la
descartaba, no tenía sentido obsesionarse con cosas que no podía cambiar. Ser
un Vampiro Diurno significaba a tener oro en tus venas. Otros vampiros lo
querían, porque si bebían de tu sangre, también podrían caminar en el sol. Pero
igualmente muchos otros querían destruirte, pues era la creencia entre la
mayoría de los vampiros de que los Vampiros Diurnos eran una abominación
que debería ser erradicada. Recordó las palabras que Raphael le dijo en la
azotea del hotel de Manhattan. Será mejor que reces en no perder esa Marca antes
que la guerra llegue, Vampiro Diurno. Porque si llega a suceder, habrá una línea de
enemigos esperando su turno para matarte. Y yo seré el primero.
—Extrañaría el sol —dijo—. Me mantiene humano, creo.
La luz del fuego brillo en los ojos de Jordan mientras miraban a Simon.
—Ser humano está sobrevalorado —dijo con una sonrisa.
Maia quitó sus pies de las piernas de él bruscamente. Jordan la miró
preocupado, justo cuando el timbre sonó.
Simon se puso de pie rápidamente.
—Llegó la comida —anunció—. Yo atiendo, además —añadió por
encima del hombro mientras se dirigía por el pasillo hasta la puerta principal—.
Nadie ha intentado matarme en dos semanas. Tal vez se aburrieron y se dieron
por vencidos.
Oyó el murmullo de voces detrás de él, pero no escuchó lo que decían.
Alargó la mano hacia el pomo y abrió la puerta, mientras buscaba a tientas su
billetera.
Sintió que algo palpitaba sobre su pecho. Bajó la mirada para ver el
colgante de Isabelle destellando una brillante luz escarlata y se echó hacia atrás,
esquivando mano que se abrió paso para agarrarlo. Gritó en voz alta, en la
puerta principal había una figura amenazante vestida en ropa deportiva roja,
un Cazador de Sombras con salpicaduras desagradables de runas en ambas
mejillas, con una nariz aguileña y una amplia y pálida frente. Gruñó hacia
Simon y avanzó.
—¡Simon, al suelo! —gritó Jordan y Simon se tiró y rodó a un lado al
mismo tiempo que una flecha de ballesta volaba a lo largo del pasillo. El
Cazador Oscuro giró de lado a una velocidad casi increíble, el perno se incrustó
en la puerta. Simon escuchó a Jordan maldecir de frustración y luego Maia en
forma de lobo saltó por delante de él, abalanzándose hacia el Cazador Oscuro.
Hubo un aullido de satisfacción de dolor mientras sus dientes se
hundieron en su garganta. La sangre empezó a brotar, llenando el aire con una
niebla roja salada, Simon lo inhaló, saboreando el amargo sabor de la sangre
contaminada demoníaca cuando se levantó de un salto. Dio un paso delante
justo en el momente que el Cazador Oscuro agarró a Maia y la tiró por el
pasillo, una destrozada bola de dientes y garras aullando.
Jordan gritó. Simon estaba haciendo un pequeño ruido en su garganta,
una especie de silbido vampiro, y pudo sentir la presión de sus colmillos. El
Cazador Oscuro dio un paso adelante, derramando sangre, pero aun así su
andar era firme. Simon sintió una punzada de miedo en sus entrañas. Había
visto a luchar a los soldados de Sebastian en el Burren y sabía que eran más
fuertes, más rápidos y más difíciles de matar que los Cazadores de Sombras. No
había pensado en que eran mucho más difíciles de matar que los vampiros.
—¡Fuera de mi camino! —Jordan agarró Simon por los hombros y lo
medio tiró después de Maia, que se había puesto de pie. Había sangre en su
collar y sus ojos de loba estaban oscuros de rabia—. ¡Fuera, Simon! Déjanos
enfrentarnos a esto. ¡Fuera!
Simon se mantuvo firme.
—No me iré… él está aquí por mí…
—¡Ya lo sé! —gritó Jordan—. ¡Yo soy tu protector Praetor Lupus! ¡Ahora
déjame hacer mi trabajo!
Jordan giró, levantando su ballesta de nuevo. Esta vez, el perno se
hundió en el hombro del Cazador Oscuro. Éste se tambaleó hacia atrás y dijo
una serie de maldiciones en un idioma que Simon no conocía. Alemán, pensó.
El Instituto de Berlín había sido atacado…
Maia saltó pasando a Simon, y ella y Jordan se acercaron al Cazador
Oscuro.
Jordan miró hacia atrás posando la mirada en Simon, sus ojos color
avellana estaban feroces y salvajes. Simon asintió y se precipitó de regreso a la
sala de estar. Abrió de golpe la ventana, que con un chillido feroz la madera
explotó en pedazos de astillas, y saltó a la escalera de incendios, donde estaban
las plantas acónitas de Jordan, marchitas por el aire del invierno, apiñadas en el
borde del metal.
Cada parte de él gritaba que no debería de irse, pero le había prometido
a Isabelle que dejaría a Jordan hacer su trabajo como protector, prometiendo
que no se haría a sí mismo un blanco. Con su mano apretó el colgante de Izzy,
estaba cálido bajo sus dedos como si hubiera permanecido recientemente contra
su garganta, y bajó las escaleras metálicas. Eran un tanto ruidosas y
resbaladizas por la nieve, casi se cayó varias veces antes de llegar al último
peldaño y bajó al sombrío pavimento.
Y fue inmediatamente rodeado por los vampiros. Simon tuvo tiempo de
reconocer sólo a dos de ellos, como parte del clan del Hotel Dumort, el delicado
cabello oscuro de Lily y el rubio de Zeke, ambos sonriendo como demonios,
antes de que algo fuera arrojado sobre su cabeza. La tela se tensó alrededor de
su garganta y lo asfixiaba, no porque le faltara aire, sino por el dolor de tener la
garganta comprimida.
—Maureen envía saludos —le dijo Zeke al oído.
Simon abrió la boca para gritar, pero la oscuridad lo reclamó antes de
que pudiera hacer un sonido.
—No me había dado cuenta de que eras un tanto famoso —dijo Clary
mientras ella y Jace se abrían paso por la acera estrecha que corría junto al canal
Oldway. Estaba anocheciendo, la oscuridad apenas acababa de caer y las calles
estaban llenas de gente caminando apresuradamente ida y venida, vestidas en
capas gruesas, con las caras frías y contraidas.
Las estrellas estaban empezando a salir, un destello suave de luz sobre el
cielo oriental. Ellas iluminaron los ojos de Jace mientras miraba a Clary con
curiosidad.
—Todo el mundo conoce al hijo de Valentine.
—Lo sé, pero cuando Emma te vio, actuó como si fueras su celebridad
favorita. Como si estuvieras en la portada de Cazadores de Sombras Semanal todos
los meses.
—Sabes, cuando me pidieron posar, me dijeron que sería de buen
gusto…
—Siempre y cuando estuvieras sosteniendo un cuchillo serafín colocados
estratégicamente, no veo el problema —dijo Clary, y Jace se echó a reír, un
sonido corto indicó que había logrado divertirlo. Era su risa favorita de él. Jace
siempre era tan controlado, todavía era un deleite ser una de las pocas personas
que podían entrar bajo esa armadura que él había construido cuidadosamente y
sorprenderlo.
—A ti te agradó, ¿verdad? —dijo Jace.
Confusa, Clary dijo:
—¿Quién? —Pasaban por una plaza que ella la recordaba empedrada,
con un pozo en centro ahora cubierto con un círculo de piedra, probablemente
para evitar que el agua se enfriase.
—Esa chica. Emma.
—Tenía algo —Clary reconoció—. La forma en que defendió al hermano
de Helen, tal vez. Julian. Ella haría cualquier cosa por él. En realidad ama a los
Blackthorn, y que también ha perdido a todos los que...
—Ella te recuerda a ti.
—No lo creo —dijo Clary—. Creo que tal vez ella me recuerda a ti.
—¿Porque soy pequeño, rubio y me veré bien en coletas?
Clary le golpeó con el hombro. Habían llegado a la cima de una calle
llena de tiendas. Las tiendas estaban cerradas ahora, aunque la luz mágica
brillaba a través de las ventanas enrejadas. Clary tuvo la sensación de estar en
un cuento de Hadas o en un sueño, una sensación que Alicante nunca dejaba de
darle, el extenso cielo sobre ella, los antiguos edificios tallados con escenas de
leyendas, y sobre todo las torres de los demonio que dieron a Alicante su
nombre común: Ciudad de Cristal.
—Porque —dijo ella mientras pasaban una tienda con barras de pan
apiladas en la ventana—. Perdió a su familia de sangre. Pero ahora su familia es
los Blackthorns. No tiene a nadie más, no tiene tías o tíos, nadie que la cuide,
pero los Blackthorn lo harán. Así que tendrá que aprender lo que mismo que tú:
que la familia no es sangre. Es la gente que te quiere. Las personas que te
cuidan la espalda. Como los Lightwood hicieron por ti.
Jace se detuvo. Clary se dio la vuelta para mirarlo. La multitud de
peatones se separaban alrededor de ellos. Él estaba de pie en frente de la
entrada de un callejón estrecho de una tienda. El viento que soplaba en la calle
le revolvió el pelo rubio y la chaqueta desabrochada, podía ver el pulso en su
garganta.
—Ven aquí —dijo, y su voz era áspera.
Clary dio un paso hacia él cautelosamente. ¿Había dicho algo que le
había molestado? Aunque, Jace raramente se enojaba con ella, y cuando lo
estaba se lo decía. Extendiendo el brazo la tomó de la mano con suavidad, y la
condujo detrás de él mientras él se dirigía a la esquina del edificio y entre las
sombras de un estrecho paso que extendía hacia un canal a la distancia.
No había nadie más en el callejón con ellos y su estrecha entrada
bloqueaba la vista de la calle. El rostro de Jace se percibía de todos los ángulos
en la penumbra: los pómulos afilados, su boca suave, los ojos dorados como los
de un león.
—Te amo —dijo—. No suelo decirlo con frecuencia. Te amo.
Ella se apoyó contra la pared. La piedra estaba fría. En otras
circunstancias podría haber sido incómodo, pero no le importaba en ese
momento. Ella tiró de él con cuidado hasta que ambos cuerpos estaban
alineados, no muy conmovedoramente, pero tan cerca que podía sentir el calor
que él irradiaba. Por supuesto que Jace no tenía necesidad de cerrar su
chaqueta, no con el fuego que ardía en sus venas. El aroma de pimienta negra,
jabón y el aire frío se aferraba a él mientras ella apretaba la cara contra su
hombro e inhaló.
—Clary —dijo. Su voz era un susurro y una advertencia. Podía oír la
aspereza del deseo en ella, anhelando la tranquilidad física de cercanía, de
cualquier contacto en absoluto. Con cuidado, la rodeó para colocar las palmas
de las manos contra la pared de piedra, enjaulándola en el espacio hecho por los
brazos. Ella sintió su aliento en su cabello, el roce de su cuerpo contra el suyo.
Cada centímetro de su cuerpo parecía súper sensibilizada, en todas partes lo
que tocaba se sentía como si pequeñas agujas de placer-dolor fueran
arrastrándose por su piel.
—Por favor, no me digas que me trajiste a un callejón y me estás tocando
y no planeas besarme, porque no creo que podría soportarlo —dijo en voz baja.
Él cerró sus ojos. Podía ver sus pestañas oscuras tocando sus mejillas,
recordando la sensación de la forma de su cara bajo sus dedos, de todo el peso
de su cuerpo sobre el de ella, la forma en que su piel se sentía contra su piel.
—No —le dijo, y ella podía oír la aspereza oscura bajo la tranquilidad
habitual de su voz. Miel sobre agujas. Estaban lo bastante cerca que cuando él
respiraba, ella sentía la expansión de su pecho—. No podemos.
Ella puso sus manos sobre su pecho, sentí bajo sus manos que el corazón
le latía como si fueran alas atrapadas.
—Llévame a casa, entonces —susurró ella y se inclinó hasta rozar sus
labios contra la comisura de su boca. O por lo menos quiso que fuese como una
rozadura, un pequeño toque de los labios en labios, pero él se inclinó hacia ella
y su movimiento cambió el ángulo con rapidez, se presionó contra él más fuerte
de lo que había querido y sus labios se deslizaron hasta centrarse en los suyos.
Lo sintió exhalar de sorpresa sobre su boca, y luego ellos se estaban besando,
realmente besando, exquisitamente lento, abrasador e intenso.
Llévame a casa. Pero este era su hogar, los brazos de Jace que la rodeaban,
el viento frío de Alicante en su ropa, sus dedos clavándose en la parte posterior
del cuello de Jace, el lugar donde su cabello ondulado de él roza con suavidad
su piel. Sus palmas estaban todavía completamente presionadas contra la
piedra detrás de ella, pero movió su cuerpo contra el de ella, presionándola
suavemente contra la pared; ella podía oír el áspero tono de su respiración de
él. No la tocaría con sus manos, pero ella sí podía tocarle y dejó que sus manos
libremente vagaran sobre la musculatura de sus brazos, se posaran en su pecho
y trazaran el contorno de los músculos, presionando hacia afuera para agarrar
los costados de su camiseta, la cual fue arrugándose bajo sus dedos. Sus dedos
tocaron la piel desnuda, y entonces deslizó sus manos por debajo de la
camiseta, y no lo había tocado así en mucho tiempo, casi había olvidado cómo
de suave era su piel cuando no estaba llena de cicatrices, cómo los músculos de
su espalda saltaban bajo su toque. Jace jadeó en su boca, él sabía cómo a té,
chocolate y sal.
Ella había tomado el control del beso. Ahora él tenía las riendas,
mordiéndole el labio inferior hasta que ella se estremeció, pellizcando la
comisura de su boca, besándola a lo largo de su mandíbula para chupar el
punto donde el pulso latía en su cuello, tragando su ritmo cardíaco acelerado.
La piel de Jace quemaba bajo las manos de ella, quemaba…
Él se apartó, tambaleándose hacia atrás casi borracho, golpeando la
pared opuesta. Sus ojos estaban muy abiertos, y por un momento Clary pensó
que podía ver las llamas en ellos, como incendios gemelos en la oscuridad.
Luego la luz se apagó de ellos y él jadeaba como si hubiera estado corriendo,
apretando las palmas de sus manos contra su cara.
—Jace —dijo ella.
Dejó caer sus manos.
—Mira la pared detrás de ti —dijo con una voz plana.
Se dio la vuelta y miró fijamente. Detrás de ella, donde las manos de Jace
habían estado apoyadas, había dos marcas gemelas quemadas en la piedra, de
la forma exacta de sus manos.
La Reina Seelie yacía sobre su cama y miró al techo de piedra de su
dormitorio. Estaba decorado con una enredadera de rosas, con sus espinas
intactas, cada una de las rosas era perfecta y de color rojo sangre. Todas las
noches se marchitaban y morían, y cada mañana eran reemplazadas, tan frescas
como el día anterior.
Las Hadas dormían poco y rara vez soñaban, pero a la Reina le gustaba
su cama para estar cómoda. Había un amplio sillón de piedra, con un colchón
de plumas colocado en la parte superior, y cubierto con gruesas franjas de
terciopelo y satín resbaladizo.
—¿Alguna vez… —dijo el muchacho en la cama junto a ella—, se ha
pinchado con una de sus espinas, Su Majestad?
Se volvió para mirar a Jonathan Morgenstern tendido entre las sábanas.
A pesar de que él le había pedido que le llamase Sebastian, algo que ella
respetaba, ningún Hada permitiría a otra tratarles por su verdadero nombre
tampoco. Él estaba boca abajo, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados, e
incluso en la penumbra las viejas marcas del látigo en su espalda eran visibles.
La Reina siempre había estado fascinada por los Cazadores de Sombras,
eran parte ángel, al igual que las Hadas. Ciertamente debe haber un parentesco
entre ellos, pero nunca había pensado que encontraría uno con una
personalidad que podía soportar por más de cinco minutos, hasta que conoció a
Sebastian. Todos eran tan terriblemente santurrones. Pero no Sebastian. Él era el
más inusual para un ser un humano, y para un Cazador de Sombras
especialmente.
—No tan a menudo como tú te cortas tu ingenio, mi querido —dijo ella—
, Sabes que no deseo ser llamada “Su Majestad”, sólo “Señora” o “Mi Señora”, si
es necesario,
—No parece molestarte cuando te llamo "hermosa" o "mi bella dama.” —Su
tono no era de arrepentimiento.
—Humm —dijo ella, peinando con sus delgados dedos la masa de su
pelo plateado. Tenía una preciosa coloración para un mortal: el pelo como una
cuchilla, los ojos como el ónix. Recordó a su hermana, tan diferente y no tan
elegante—. ¿Fue refrescante tu sueño? ¿Estás cansado?
Rodó sobre su espalda y le sonrió.
—No muy cansado, creo.
Ella se inclinó para darle un beso y él extendió la mano a hasta que sus
dedos quedaron entrelazadas en su pelo rojo. Miró un rizo escarlata de ella,
contra la piel con cicatrices de sus nudillos y rozó el rizo en su mejilla. Antes
que ella pudiera hablar una palabra más, alguien llamó a la puerta de su
dormitorio.
La Reina gritó:
—¿Quién es? Si no es un asunto de importancia, quédate afuera, o tendré
que alimentar a la nixies del río contigo.
La puerta se abrió, y una de las damas de la Corte más jóvenes entró,
Kaelie Whitewillow. Una pixie. Hizo una reverencia y dijo:
—Mi señora, Meliorn está aquí, y quiere hablar con usted.
Sebastian arqueó una ceja pálida.
—El trabajo de una reina nunca termina.
La Reina suspiró y rodó fuera de la cama.
—Tráelo —dijo ella—, y tráeme una de mis batas también, el aire está
frío.
Kaelie asintió y salió de la habitación. Un momento después Meliorn
entró y bajó la cabeza. Si a Sebastian le pareció extraño que la Reina saludara a
sus cortesanos de pie desnuda en medio de su dormitorio, él no lo demostró de
ninguna manera expresiva. Una mujer mortal se hubiera sentido avergonzada,
podría haber tratado de cubrirse, pero la Reina era la Reina, eterna y orgullosa,
y sabía que era tan gloriosa tanto fuera de la ropa como en ella.
—Meliorn, —dijo ella—. ¿Tienes noticias de los Nefilim?
Él se enderezó. Meliorn llevaba, como era su costumbre, armadura
blanca en un diseño de escamas superpuestas. Sus ojos eran verdes y su cabello
era muy largo y negro.
—Mi señora —dijo, y miró hacia atrás a Sebastian, que estaba sentado en
la cama, la colcha enredada alrededor de su cintura—. Tengo muchas noticias.
Nuestras nuevas fuerzas de Cazadores Oscuros se han situado en la fortaleza de
Edom. Esperan nuevas órdenes.
—¿Y los Nefilim? —preguntó la Reina mientras Kaelie volvió a entrar en
la habitación con una bata tejida de los pétalos de lirios. La sostuvo en alto, y la
Reina se la puso, envolviendo la blancura sedosa sobre sí.
—Los chicos que escaparon del Instituto de Los Ángeles han transmitido
la información que Sebastian está detrás de los ataques —dijo Meliorn con
bastante amargura.
—Lo habrían adivinado que de todos modos —dijo Sebastian—. Tienen
un hábito lamentable de echarme la culpa por todo.
—La pregunta es, ¿identificaron a nuestro pueblo? —exigió la Reina.
—No lo hicieron —dijo Meliorn con satisfacción—. Los chicos asumieron
que todos los atacantes eran de Cazadores Oscuros.
—Es impresionante, teniendo en cuenta la presencia de la sangre Hada
en ese muchacho Blackthorn —dijo Sebastian—. Alguien podría haber hecho la
conexión. ¿Qué piensas hacer con él, de todos modos?
—Tiene sangre de Hadas, es nuestro —dijo Meliorn—. Gwyn ha
reclamado que se uniera a la Caza Salvaje, se le enviará allí. —Se volvió hacia la
Reina—. Tenemos necesidad de más soldados —dijo—. Los Institutos se están
vaciando: Los Nefilim están huyendo a Idris.
—¿Y del Instituto de Nueva York? —exigió bruscamente Sebastian—.
¿Qué hay de mi hermano y hermana?
—Clary Fray y Jace Lightwood han sido enviados a Idris —dijo
Meliorn—. No podemos tratar de recuperarlos sin mostrar nuestra presencia.
Sebastian tocó el brazalete de su muñeca. Era una costumbre que la
Reina había notado, algo que hacia cuando estaba enojado y tratando de no
mostrarlo. El metal estaba escrito en un antiguo lenguaje de los humanos: si no
puedo llegar al Cielo, yo levantaré el Infierno.
—Los quiero a ellos —dijo.
—Y los tendrás —dijo la Reina—. No he olvidado que eran parte de
nuestro trato. Pero hay que tener paciencia.
Sebastian sonrió, aunque no llegó a sus ojos.
—Nosotros, los mortales podemos llegar a ser apresurados.
—No eres un mortal común —dijo la Reina, y se volvió hacia Meliorn—.
Mi caballero —dijo—. ¿Qué le aconseja a su Reina?
—Necesitamos más soldados —dijo Meliorn—. Tenemos que tomar otro
Instituto. Más armas serían una gran ayuda también.
—Creí que habías dicho que todos los Cazadores de Sombras estaban en
Idris —dijo Sebastian.
—No todavía —dijo Meliorn—. Algunas ciudades han tardado más de lo
esperado en evacuar todos los Nefilim: los Cazadores de Sombras de Londres,
Río de Janeiro, El Cairo, Estambul y Taipéi. Debemos tener por lo menos un
Instituto más.
Sebastian sonrió. Era el tipo de sonrisa que transformaba su hermoso
rostro, no en algo más hermoso, sino en una máscara cruel, enseñando todos los
dientes, al igual que la sonrisa de una montícola.
—Entonces escojo Londres —dijo—. Si esto no va en contra de sus
deseos, mi Reina.
Ella no pudo evitar sonreír. Había pasado tantos siglos desde que un
amante mortal la había hecho sonreír. Se inclinó para darle un beso, y sintió que
las manos de él se deslizaban sobre los pétalos de su vestido.
—Toma Londres, mi amor, y transforma todo en sangre —dijo—. Mi
regalo para ti.
—¿Estás bien? —preguntó Jace a Clary por centésima vez. Ella estaba de
pie en el escalón de la entrada de la casa de Amatis, parcialmente iluminada por
las luces de las ventanas. Jace estaba justo debajo de ella, con las manos metidas
en los bolsillos, como si tuviera miedo de dejarlas libres.
Él había mirado la marca de la quemadura que había hecho en la pared
de la tienda por mucho tiempo, antes de bajar su camisa y casi tirando a Clary a
la calle llena de gente, como si ella no debiera estar a solas con él. Él había
estado taciturno el resto del camino a casa, con la boca fija en una línea tensa.
—Estoy bien —le aseguró—. Mira, quemaste la pared, no a mí. —Ella
hizo un giro exagerado, como si estuviera mostrando un nuevo conjunto—.
¿Ves?
Había sombras en sus ojos.
—Si te hecho daño…
—No lo hiciste —dijo—. No soy tan frágil.
—Pensé que estaba mejorando en controlar esto, que el trabajo con
Jordan estaba ayudando. —Su voz tenía un deje de frsutación.
—Y lo estás. Mira, fuiste capaz de concentrar el fuego en tus manos, eso
es un progreso. Yo te estaba tocando, besando y no estoy herida. —Ella puso su
mano en la mejilla—. Trabajamos en esto juntos, ¿recuerdas? No me dejes fuera.
Nada de malhumor épico.
—Calculaba que podría representar a Idris por la categoría del mal
humor en los próximos Juegos Olímpicos —dijo Jace, pero su voz ya se estaba
suavizando, con el sarcasmo y la diversión tomando su lugar.
—Tú y Alec podrían ir competir juntos en la categoría del mal humor —
dijo Clary con una sonrisa—. Ustedes conseguirían el oro.
Él volvió la cabeza y besó a Clary en la palma de su mano. Su pelo rozó
la parte superior de los dedos de ella. Todo a su alrededor parecía quieto y en
silencio, Clary casi podía creer que eran las únicas personas en Alicante.
—Me pregunto —dijo sobre su piel—, lo que el dueño de la tienda va a
pensar cuando vaya a trabajar por la mañana y vea dos huellas de manos
quemadas en su pared.
—¿“Espero tener un seguro para esto”?
Jace se rió, un pequeño soplo de aire contra su mano.
—Hablando de eso —dijo Clary—, la próxima reunión del Concejo es
mañana, ¿no?
Jace asintió.
—El concejo de guerra —dijo—. Sólo miembros selectos de la Clave. —
Movió los dedos con irritación. Clary sintió su molestia, Jace era un excelente
estratega y uno de los mejores peleadores de la Clave y se había resentido
enormemente al haber sido dejado fuera de cualquier reunión sobre batallas.
Especialmente, pensó, si iba a haber una discusión sobre el uso del fuego
celestial como un arma.
—Entonces tal vez me puedes ayudar con algo. Necesito ir a una tienda
de armamento. Quiero comprar una espada. Una muy buena.
Jace pareció sorprendido, luego divertido.
—¿Para qué?
—Oh, ya sabes. Para matar. —Clary hizo un gesto con la mano que
esperaba transmitiera sus intenciones asesinas hacia todas las cosas malas—.
Quiero decir, he sido una Cazadora de Sombras desde hace un tiempo. Debería
tener un arma adecuada, ¿no?
Una lenta sonrisa se extendió en su rostro.
—La mejor tienda de armas es de Diana en la calle Flintlock —dijo, con
los ojos brillantes—. Te recogeré mañana por la tarde.
—Es una cita —dijo Clary—. Una cita de armas.
—Mucho mejor que una cena y una película —dijo, y desapareció entre
Más Oscuro Que Dorado
Traducido por Apolineah17, Isellie y Agoss
Corregido por Meghan Fray
Cuando Clary tocó la puerta de la casa del Inquisidor, ésta fue abierta
por Robert Lightwood.
Por un momento se quedó inmóvil, sin saber qué decir. Nunca había
tenido una conversación con el padre adoptivo de Jace y nunca lo había
conocido muy bien en absoluto. Él había sido una sombra en el fondo, por lo
general detrás de Maryse con la mano sobre la silla de ella. Era un hombre
corpulento, de cabello oscuro y de barba recién cortada, aunque ella sabía que
había estado en el Círculo de Valentine. Había demasiadas líneas en su rostro y
demasiada dureza asentada en su mandíbula para que ella lo imaginara joven.
Cuando él la miró, vio que sus ojos eran de un azul muy oscuro, tan
oscuros que siempre había pensado que eran negros. Su expresión no cambió,
podía sentir la desaprobación irradiando de él. Sospechaba que Jia no era la
única persona molesta de su partida de la reunión del Concejo en busca de
Emma.
—Si buscas a mis hijos, están arriba —fue todo lo que dijo—. En el último
piso.
Clary dio un paso al interior de la extremadamente grande habitación
principal. La casa, oficialmente designada al Inquisidor y su familia, era grande
en su ámbito, con techos altos y mueles pesados y de aspecto caro. Era un
espacio lo suficientemente grande para tener arcos interiores, una enorme
escalera y una lámpara de araña colgando del techo, brillando con una tenue
luz mágica. Se preguntó dónde estaba Maryse, y si le gustaba la casa.
—Gracias —dijo Clary.
Robert Lightwood se encogió de hombros y desapareció en las sombras
sin decir nada más. Clary subió las escaleras de dos en dos, pasando varios
descansillos antes de llegar al último piso, en el cual se subía un tramo de
escaleras empinadas que conducían al ático para llegar a un pasillo. Una puerta
al final del pasillo estaba entreabierta, podía oír las voces provenientes del otro
lado.
Dándole un golpecito a la puerta entró. Las paredes del ático estaban
pintadas de blanco, y había un enorme armario en la esquina, con ambas
puertas abiertas. La ropa de Alec, práctica y un poco desgastada, colgaba de un
lado, y la de Jace, totalmente de colores negros o grises, en el otro.
Clary casi sonrió, no estaba completamente segura de por qué. Había
algo sobre Alec y Jace compartiendo una habitación que encontraba adorable.
Se preguntó si se mantenían despiertos entre sí hablando por la noche, de la
forma en que ella y Simon siempre lo hacían.
Alec e Isabelle estaban en el alféizar de la ventana. Detrás de ellos Clary
podía ver los colores de la puesta del sol iluminando el agua del canal de abajo.
Jace estaba tumbado sobre una de las camas individuales, con las botas
desafiantemente plantadas sobre la colcha de terciopelo.
—Pienso que ellos no desean esperar que Sebastian ataque a más
Institutos —estaba diciendo Alec—. Eso implicaría esconderse. Los Cazadores
de Sombras no se esconden.
Jace se frotó la mejilla contra su hombro, se le veía cansado con su pálido
cabello despeinado.
—Se siente como esconderse —dijo—. Sebastian está allí afuera, nosotros
estamos aquí custodiados. Todos los Institutos están vacíos. Nadie protege al
mundo de los demonios. ¿Quién protegerá a los vigilantes?
Alec suspiró y frotó una mano por su rostro.
—Con suerte no será por mucho tiempo.
—Es difícil imaginar lo que ocurriría —dijo Isabelle—. Un mundo sin
Cazadores de Sombras. Demonios por todas partes, subterráneos atacándose
entre sí.
—Si yo fuera Sebastian… —comenzó Jace.
—Pero no lo eres. No eres Sebastian —dijo Clary.
Todos la miraron. Alec y Jace no se parecían absolutamente en nada,
pensó Clary, pero de vez en cuando había una similitud en la forma en que
miraban o gesticulaban que le recordaba que habían sido criados juntos. Ambos
parecían curiosos y un poco preocupados. Isabelle lucía más cansada y molesta.
—¿Estás bien? —dijo Jace a modo de saludo, dándole una sonrisa
torcida—. ¿Cómo está Emma?
—Destrozada —dijo Clary—. ¿Qué sucedió después de que dejé la
reunión?
—El interrogatorio casi había terminado —dijo Jace—. Sebastian está,
obviamente, detrás de los ataques, y tiene una fuerza considerable de
Cazadores Oscuros respaldándolo. Nadie sabe exactamente cuántos, pero
tenemos que asumir que todos los desaparecidos han sido Convertidos.
—Aun así tenemos un número mayor, por mucho —dijo Alec—. Él tiene
sus fuerzas originales, y los seis Cónclaves que convirtió; nosotros contamos
con todos los demás.
Había algo en los ojos de Jace que los volvió más oscuros que dorados.
—Sebastian lo sabe —murmuró él—. Conoce sus fuerzas, hasta el último
guerrero. Sabrá exactamente lo que puede enfrentar y lo que no puede.
—Tenemos a los Subterráneos de nuestro lado —dijo Alec—. Ese es el
punto central de la reunión de mañana, ¿no? Hablar con los representantes,
fortalecer nuestras alianzas. Ahora que sabemos lo que Sebastian está haciendo,
podemos trazar estrategias, vencerlo con los Hijos de la Noche, los Tribunales,
los brujos…
Los ojos de Clary se encontraron con los de Jace en una comunicación
silenciosa. Ahora que sabemos lo que está haciendo Sebastian, él hará algo más. Algo
que aún no esperamos.
—Y luego todo el mundo habló sobre Jace —dijo Isabelle—. Ya sabes, lo
de siempre.
—¿Sobre Jace? —Clary se apoyó contra el pie de la cama de Jace—. ¿Qué
hablaron sobre él?
—Si Sebastian es básicamente invulnerable ahora, y si hay forma de
herirlo o matarlo. Gloriosa podría haberlo hecho debido al fuego celestial, pero
actualmente la única fuente de fuego celestial es…
—Jace —dijo Clary gravemente—. Pero los Hermanos Silenciosos han
intentado todo para separar a Jace del fuego celestial, y no pueden hacerlo. Está
en su alma. ¿Y cuál es su plan, Jace golpeando la cabeza de Sebastian hasta que
se desmaye?
—El Hermano Zachariah dijo más o menos lo mismo —dijo Jace—. Tal
vez con menos sarcasmo.
—De todos modos, terminaron hablando de formas de capturar a
Sebastian sin matarlo, si pueden destruir a todos los Cazadores Oscuros, si
Sebastian puede ser atrapado en algún lugar o de alguna manera, puede ser que
no importe tanto si no puede ser asesinado —dijo Alec.
—Ponerlo en un ataúd de adamas y lanzarlo al mar —dijo Isabelle—. Esa
es mi sugerencia.
—De todas formas, cuando terminaron de hablar de mí, lo cual por su
puesto fue la mejor parte —dijo Jace—, volvieron bastante rápido a hablar de
formas de curar a los Cazadores Oscuros. Le están pagando al Laberinto en
Espiral una fortuna para tratar de desentrañar el hechizo que Sebastian usó
para crear la Copa Infernal y recrear el ritual.
—Tienen que dejar de obsesionarse con la cura de los Cazadores Oscuros
y empezar a pensar en la manera de derrotarlos —dijo Isabelle con voz dura.
—Muchos de ellos conocen a personas que fueron Convertidas, Isabelle
—dijo Alec—. Por supuesto que los quieren de regreso.
—Pues yo quiero a mi hermanito de vuelta —dijo Isabelle, alzando la
voz—. ¿Es que no entienden lo que Sebastian hizo? Los mató. Mató lo que era
humano en ellos y los convirtió en demonios luciendo como las personas que
solíamos conocer, eso es todo…
—Baja la voz —dijo Alec, en su tono determinado de hermano mayor.
¿Entiendes que mamá y papá están en casa? Subirán.
—Ajá —dijo Isabelle—. Tan lejos uno del otro, en la misma habitación,
como podrían estar, pero están aquí.
—No es de nuestra incumbencia dónde duermen, Isabelle.
—Son nuestros padres.
—Pero tienen sus propias vidas —dijo Alec—. Y tenemos que respetarlo
y mantener el margen. —Su expresión se ensombreció—. Mucha gente se
separa cuando uno de sus hijos muere.
Isabelle dio un pequeño grito ahogado.
—¿Izzy? —Alec pareció darse cuenta de que había ido demasiado lejos.
Las menciones de Max parecían devastar más a Isabelle que a cualquiera de los
otros Lightwood, incluso Maryse.
Isabelle se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación, cerrando la
puerta de golpe detrás de ella.
Alec se pasó los dedos por su cabello, haciendo que se le crispara.
—Maldita sea —maldijo, y luego se sonrojó. Alec casi nunca maldecía, y
por lo general cuando lo hacía, lo hacía en voz baja. Le disparó a Jace una
mirada casi de disculpa y fue detrás de su hermana.
Jace suspiró y con un balanceo sacó los pies de la cama y se puso de pie.
Se estiró como un gato, haciendo crujir sus hombros.
—Supongo que esa es mi señal de acompañarte a casa.
—Puedo encontrar mi camino de regreso…
Él negó con la cabeza, agarrando su chaqueta del poste de la cama. Había
algo de impaciencia e inquietud en sus movimientos que hizo que a Clary se le
pusieran los pelos de punta.
—Quiero salir de aquí de todos modos. Vamos.
—Ha pasado una hora. Al menos una hora. Lo juro —dijo Maia. Estaba
tumbada en el sofá del apartamento de Jordan y Simon, con los pies descalzos
sobre el regazo de Jordan.
—No deberíamos haber ordenado comida tailandesa —dijo Simon con
aire ausente. Estaba sentado en el suelo, jugueteando con el controlador de
Xbox. No había estado funcionando durante varios días. La chimenea estaba
encendida. Como todo lo demás en el apartamento, la chimenea estaba
descuidada, y la mitad del tiempo la habitación se llenaba de humo cuando la
usaban. Jordan siempre se quejaba del frío, de las grietas en las ventanas y
paredes, y del desinterés de los propietarios en arreglar algo—. Nunca la
entregan a tiempo.
Jordan sonrió de buena gana.
—¿Y por qué te importa? No puedes comer
—Puedo beber ahora —puntualizó Simon. Era cierto. Había entrenado su
estómago para aceptar más líquidos (leche, café, té) aunque los alimentos
sólidos todavía le provocaban arcadas. Dudaba que las bebidas hicieran gran
cosa por él en el asunto de la nutrición; sólo la sangre parecía hacer eso, pero le
hacía sentirse más humano ser capaz de consumir algo en público que no
enviara a todo el mundo gritando. Con un suspiró dejó caer el controlador—.
Creo que esta cosa está rota. Permanentemente. Lo cual es genial, porque no
tengo dinero para reemplazarla.
Jordan lo miró con curiosidad. Simon había traído todos sus ahorros de
su casa cuando se había mudado, pero no había sido mucho. Afortunadamente,
sus gastos no eran muchos. El apartamento fue un préstamo del Praetor Lupus,
quien también proveía a Simon de sangre.
—Tengo dinero —dijo Jordan—. Vamos a estar bien.
—Es tu dinero, no el mío. No estarás conmigo para siempre —dijo
Simon, con la mirada fija en las llamas azules de la chimenea—. ¿Y luego qué?
Estaría aplicando en la escuela de música pronto si todo esto no hubiera
pasado. Hubiera aprendido y conseguido un trabajo. Nadie va a emplearme
ahora. Parezco de dieciséis años, siempre lo seré.
—Humm —dijo Maia—. Supongo que los vampiros no consiguen
trabajos, ¿verdad? Quiero decir, algunos hombres lobo trabajan: Bat es un DJ, y
Luke posee una librería. Pero todos los vampiros están en clanes. No hay
vampiros científicos.
—O vampiros músicos —dijo Simon—. Seamos realistas. Mi carrera
ahora es ser un vampiro profesional.
—Estoy realmente sorprendida de que los vampiros no hayan
desmantelado las calles y comiéndose turistas, con Maureen liderándolos —dijo
Maia—. Siempre está sedienta de sangre.
Simon hizo una mueca.
—Asumo que alguien del clan está tratando de controlarla. Raphael,
probablemente. Lily es una de las más inteligentes del clan de los vampiros. Lo
sabe todo. Ella y Raphael siempre fueron uña y mugre. Pero no tengo
exactamente amigos vampiros. Teniendo en cuenta el blanco fácil que soy, a
veces me sorprendo de tener algún amigo.
Escuchó la amargura en su propia voz y miró al otro lado de la
habitación hacia las imágenes que Jordan había clavado en la pared, imágenes
de él con sus amigos, en la playa, con Maia. Simon había pensado en colgar sus
propias fotos. A pesar de que no tomó ninguna fotografía de su casa, Clary sí
tenía algunas. Podría haberlas pedido prestadas, haber hecho el apartamento
más suyo. Pero a pesar de que le gustaba vivir con Jordan y se sentía cómodo
allí, no era su casa. No sentía como si pudiera hacer una vida permanente allí.
—Ni siquiera tengo una cama —dijo en voz alta.
Maia volteó su cabeza hacia él.
—Simon, ¿qué sucede? ¿Es porque Isabelle se fue?
Simon se encogió de hombros.
—No lo sé. Quiero decir, sí, extraño a Izzy, pero Clary dice que los dos
necesitamos DLR.
—Ah, definir la relación —dijo Maia por la mirada desconcertada de
Jordan—. Ya sabes, cuando decides si realmente son novios o no. Lo cual
deberías hacer, por cierto.
—¿Por qué todo el mundo conoce ese acrónimo, excepto yo? —se
preguntó Simon en voz alta—. ¿Isabelle quiere ser mi novia?
—No te lo puedo decir —dijo Maia—. Código de chicas. Pregúntale.
—Ella está en Idris.
—Pregúntale cuando regrese. —Simon se quedó en silencio, y Maia
añadió, suavemente—: Volverá y Clary también. Es sólo una reunión.
—No lo sé. Los Institutos no están a salvo.
—Ni tú —dijo Jordan—. Por eso me tienes a mí.
Maia miró a Jordan. Había algo extraño en la mirada, algo que Simon no
pudo identificar. Sucedía algo entre Maia y Jordan desde hace algún tiempo,
una distancia por parte Maia, una pregunta en sus ojos cuando miraba a su
novio. Simon había estado esperando que Jordan le dijera algo a él, pero Jordan
no lo había hecho. Simon se preguntó si Jordan había notado la lejanía de Maia
—era algo obvio— o si Jordan estaba obstinadamente en negación.
—¿Seguirás siendo un Vampiro Diurno? —preguntó Maia, volviendo su
atención a Simon—. ¿Si pudieras cambiarlo?
—No lo sé. —Simon se había hecho la misma pregunta, y luego la
descartaba, no tenía sentido obsesionarse con cosas que no podía cambiar. Ser
un Vampiro Diurno significaba a tener oro en tus venas. Otros vampiros lo
querían, porque si bebían de tu sangre, también podrían caminar en el sol. Pero
igualmente muchos otros querían destruirte, pues era la creencia entre la
mayoría de los vampiros de que los Vampiros Diurnos eran una abominación
que debería ser erradicada. Recordó las palabras que Raphael le dijo en la
azotea del hotel de Manhattan. Será mejor que reces en no perder esa Marca antes
que la guerra llegue, Vampiro Diurno. Porque si llega a suceder, habrá una línea de
enemigos esperando su turno para matarte. Y yo seré el primero.
—Extrañaría el sol —dijo—. Me mantiene humano, creo.
La luz del fuego brillo en los ojos de Jordan mientras miraban a Simon.
—Ser humano está sobrevalorado —dijo con una sonrisa.
Maia quitó sus pies de las piernas de él bruscamente. Jordan la miró
preocupado, justo cuando el timbre sonó.
Simon se puso de pie rápidamente.
—Llegó la comida —anunció—. Yo atiendo, además —añadió por
encima del hombro mientras se dirigía por el pasillo hasta la puerta principal—.
Nadie ha intentado matarme en dos semanas. Tal vez se aburrieron y se dieron
por vencidos.
Oyó el murmullo de voces detrás de él, pero no escuchó lo que decían.
Alargó la mano hacia el pomo y abrió la puerta, mientras buscaba a tientas su
billetera.
Sintió que algo palpitaba sobre su pecho. Bajó la mirada para ver el
colgante de Isabelle destellando una brillante luz escarlata y se echó hacia atrás,
esquivando mano que se abrió paso para agarrarlo. Gritó en voz alta, en la
puerta principal había una figura amenazante vestida en ropa deportiva roja,
un Cazador de Sombras con salpicaduras desagradables de runas en ambas
mejillas, con una nariz aguileña y una amplia y pálida frente. Gruñó hacia
Simon y avanzó.
—¡Simon, al suelo! —gritó Jordan y Simon se tiró y rodó a un lado al
mismo tiempo que una flecha de ballesta volaba a lo largo del pasillo. El
Cazador Oscuro giró de lado a una velocidad casi increíble, el perno se incrustó
en la puerta. Simon escuchó a Jordan maldecir de frustración y luego Maia en
forma de lobo saltó por delante de él, abalanzándose hacia el Cazador Oscuro.
Hubo un aullido de satisfacción de dolor mientras sus dientes se
hundieron en su garganta. La sangre empezó a brotar, llenando el aire con una
niebla roja salada, Simon lo inhaló, saboreando el amargo sabor de la sangre
contaminada demoníaca cuando se levantó de un salto. Dio un paso delante
justo en el momente que el Cazador Oscuro agarró a Maia y la tiró por el
pasillo, una destrozada bola de dientes y garras aullando.
Jordan gritó. Simon estaba haciendo un pequeño ruido en su garganta,
una especie de silbido vampiro, y pudo sentir la presión de sus colmillos. El
Cazador Oscuro dio un paso adelante, derramando sangre, pero aun así su
andar era firme. Simon sintió una punzada de miedo en sus entrañas. Había
visto a luchar a los soldados de Sebastian en el Burren y sabía que eran más
fuertes, más rápidos y más difíciles de matar que los Cazadores de Sombras. No
había pensado en que eran mucho más difíciles de matar que los vampiros.
—¡Fuera de mi camino! —Jordan agarró Simon por los hombros y lo
medio tiró después de Maia, que se había puesto de pie. Había sangre en su
collar y sus ojos de loba estaban oscuros de rabia—. ¡Fuera, Simon! Déjanos
enfrentarnos a esto. ¡Fuera!
Simon se mantuvo firme.
—No me iré… él está aquí por mí…
—¡Ya lo sé! —gritó Jordan—. ¡Yo soy tu protector Praetor Lupus! ¡Ahora
déjame hacer mi trabajo!
Jordan giró, levantando su ballesta de nuevo. Esta vez, el perno se
hundió en el hombro del Cazador Oscuro. Éste se tambaleó hacia atrás y dijo
una serie de maldiciones en un idioma que Simon no conocía. Alemán, pensó.
El Instituto de Berlín había sido atacado…
Maia saltó pasando a Simon, y ella y Jordan se acercaron al Cazador
Oscuro.
Jordan miró hacia atrás posando la mirada en Simon, sus ojos color
avellana estaban feroces y salvajes. Simon asintió y se precipitó de regreso a la
sala de estar. Abrió de golpe la ventana, que con un chillido feroz la madera
explotó en pedazos de astillas, y saltó a la escalera de incendios, donde estaban
las plantas acónitas de Jordan, marchitas por el aire del invierno, apiñadas en el
borde del metal.
Cada parte de él gritaba que no debería de irse, pero le había prometido
a Isabelle que dejaría a Jordan hacer su trabajo como protector, prometiendo
que no se haría a sí mismo un blanco. Con su mano apretó el colgante de Izzy,
estaba cálido bajo sus dedos como si hubiera permanecido recientemente contra
su garganta, y bajó las escaleras metálicas. Eran un tanto ruidosas y
resbaladizas por la nieve, casi se cayó varias veces antes de llegar al último
peldaño y bajó al sombrío pavimento.
Y fue inmediatamente rodeado por los vampiros. Simon tuvo tiempo de
reconocer sólo a dos de ellos, como parte del clan del Hotel Dumort, el delicado
cabello oscuro de Lily y el rubio de Zeke, ambos sonriendo como demonios,
antes de que algo fuera arrojado sobre su cabeza. La tela se tensó alrededor de
su garganta y lo asfixiaba, no porque le faltara aire, sino por el dolor de tener la
garganta comprimida.
—Maureen envía saludos —le dijo Zeke al oído.
Simon abrió la boca para gritar, pero la oscuridad lo reclamó antes de
que pudiera hacer un sonido.
—No me había dado cuenta de que eras un tanto famoso —dijo Clary
mientras ella y Jace se abrían paso por la acera estrecha que corría junto al canal
Oldway. Estaba anocheciendo, la oscuridad apenas acababa de caer y las calles
estaban llenas de gente caminando apresuradamente ida y venida, vestidas en
capas gruesas, con las caras frías y contraidas.
Las estrellas estaban empezando a salir, un destello suave de luz sobre el
cielo oriental. Ellas iluminaron los ojos de Jace mientras miraba a Clary con
curiosidad.
—Todo el mundo conoce al hijo de Valentine.
—Lo sé, pero cuando Emma te vio, actuó como si fueras su celebridad
favorita. Como si estuvieras en la portada de Cazadores de Sombras Semanal todos
los meses.
—Sabes, cuando me pidieron posar, me dijeron que sería de buen
gusto…
—Siempre y cuando estuvieras sosteniendo un cuchillo serafín colocados
estratégicamente, no veo el problema —dijo Clary, y Jace se echó a reír, un
sonido corto indicó que había logrado divertirlo. Era su risa favorita de él. Jace
siempre era tan controlado, todavía era un deleite ser una de las pocas personas
que podían entrar bajo esa armadura que él había construido cuidadosamente y
sorprenderlo.
—A ti te agradó, ¿verdad? —dijo Jace.
Confusa, Clary dijo:
—¿Quién? —Pasaban por una plaza que ella la recordaba empedrada,
con un pozo en centro ahora cubierto con un círculo de piedra, probablemente
para evitar que el agua se enfriase.
—Esa chica. Emma.
—Tenía algo —Clary reconoció—. La forma en que defendió al hermano
de Helen, tal vez. Julian. Ella haría cualquier cosa por él. En realidad ama a los
Blackthorn, y que también ha perdido a todos los que...
—Ella te recuerda a ti.
—No lo creo —dijo Clary—. Creo que tal vez ella me recuerda a ti.
—¿Porque soy pequeño, rubio y me veré bien en coletas?
Clary le golpeó con el hombro. Habían llegado a la cima de una calle
llena de tiendas. Las tiendas estaban cerradas ahora, aunque la luz mágica
brillaba a través de las ventanas enrejadas. Clary tuvo la sensación de estar en
un cuento de Hadas o en un sueño, una sensación que Alicante nunca dejaba de
darle, el extenso cielo sobre ella, los antiguos edificios tallados con escenas de
leyendas, y sobre todo las torres de los demonio que dieron a Alicante su
nombre común: Ciudad de Cristal.
—Porque —dijo ella mientras pasaban una tienda con barras de pan
apiladas en la ventana—. Perdió a su familia de sangre. Pero ahora su familia es
los Blackthorns. No tiene a nadie más, no tiene tías o tíos, nadie que la cuide,
pero los Blackthorn lo harán. Así que tendrá que aprender lo que mismo que tú:
que la familia no es sangre. Es la gente que te quiere. Las personas que te
cuidan la espalda. Como los Lightwood hicieron por ti.
Jace se detuvo. Clary se dio la vuelta para mirarlo. La multitud de
peatones se separaban alrededor de ellos. Él estaba de pie en frente de la
entrada de un callejón estrecho de una tienda. El viento que soplaba en la calle
le revolvió el pelo rubio y la chaqueta desabrochada, podía ver el pulso en su
garganta.
—Ven aquí —dijo, y su voz era áspera.
Clary dio un paso hacia él cautelosamente. ¿Había dicho algo que le
había molestado? Aunque, Jace raramente se enojaba con ella, y cuando lo
estaba se lo decía. Extendiendo el brazo la tomó de la mano con suavidad, y la
condujo detrás de él mientras él se dirigía a la esquina del edificio y entre las
sombras de un estrecho paso que extendía hacia un canal a la distancia.
No había nadie más en el callejón con ellos y su estrecha entrada
bloqueaba la vista de la calle. El rostro de Jace se percibía de todos los ángulos
en la penumbra: los pómulos afilados, su boca suave, los ojos dorados como los
de un león.
—Te amo —dijo—. No suelo decirlo con frecuencia. Te amo.
Ella se apoyó contra la pared. La piedra estaba fría. En otras
circunstancias podría haber sido incómodo, pero no le importaba en ese
momento. Ella tiró de él con cuidado hasta que ambos cuerpos estaban
alineados, no muy conmovedoramente, pero tan cerca que podía sentir el calor
que él irradiaba. Por supuesto que Jace no tenía necesidad de cerrar su
chaqueta, no con el fuego que ardía en sus venas. El aroma de pimienta negra,
jabón y el aire frío se aferraba a él mientras ella apretaba la cara contra su
hombro e inhaló.
—Clary —dijo. Su voz era un susurro y una advertencia. Podía oír la
aspereza del deseo en ella, anhelando la tranquilidad física de cercanía, de
cualquier contacto en absoluto. Con cuidado, la rodeó para colocar las palmas
de las manos contra la pared de piedra, enjaulándola en el espacio hecho por los
brazos. Ella sintió su aliento en su cabello, el roce de su cuerpo contra el suyo.
Cada centímetro de su cuerpo parecía súper sensibilizada, en todas partes lo
que tocaba se sentía como si pequeñas agujas de placer-dolor fueran
arrastrándose por su piel.
—Por favor, no me digas que me trajiste a un callejón y me estás tocando
y no planeas besarme, porque no creo que podría soportarlo —dijo en voz baja.
Él cerró sus ojos. Podía ver sus pestañas oscuras tocando sus mejillas,
recordando la sensación de la forma de su cara bajo sus dedos, de todo el peso
de su cuerpo sobre el de ella, la forma en que su piel se sentía contra su piel.
—No —le dijo, y ella podía oír la aspereza oscura bajo la tranquilidad
habitual de su voz. Miel sobre agujas. Estaban lo bastante cerca que cuando él
respiraba, ella sentía la expansión de su pecho—. No podemos.
Ella puso sus manos sobre su pecho, sentí bajo sus manos que el corazón
le latía como si fueran alas atrapadas.
—Llévame a casa, entonces —susurró ella y se inclinó hasta rozar sus
labios contra la comisura de su boca. O por lo menos quiso que fuese como una
rozadura, un pequeño toque de los labios en labios, pero él se inclinó hacia ella
y su movimiento cambió el ángulo con rapidez, se presionó contra él más fuerte
de lo que había querido y sus labios se deslizaron hasta centrarse en los suyos.
Lo sintió exhalar de sorpresa sobre su boca, y luego ellos se estaban besando,
realmente besando, exquisitamente lento, abrasador e intenso.
Llévame a casa. Pero este era su hogar, los brazos de Jace que la rodeaban,
el viento frío de Alicante en su ropa, sus dedos clavándose en la parte posterior
del cuello de Jace, el lugar donde su cabello ondulado de él roza con suavidad
su piel. Sus palmas estaban todavía completamente presionadas contra la
piedra detrás de ella, pero movió su cuerpo contra el de ella, presionándola
suavemente contra la pared; ella podía oír el áspero tono de su respiración de
él. No la tocaría con sus manos, pero ella sí podía tocarle y dejó que sus manos
libremente vagaran sobre la musculatura de sus brazos, se posaran en su pecho
y trazaran el contorno de los músculos, presionando hacia afuera para agarrar
los costados de su camiseta, la cual fue arrugándose bajo sus dedos. Sus dedos
tocaron la piel desnuda, y entonces deslizó sus manos por debajo de la
camiseta, y no lo había tocado así en mucho tiempo, casi había olvidado cómo
de suave era su piel cuando no estaba llena de cicatrices, cómo los músculos de
su espalda saltaban bajo su toque. Jace jadeó en su boca, él sabía cómo a té,
chocolate y sal.
Ella había tomado el control del beso. Ahora él tenía las riendas,
mordiéndole el labio inferior hasta que ella se estremeció, pellizcando la
comisura de su boca, besándola a lo largo de su mandíbula para chupar el
punto donde el pulso latía en su cuello, tragando su ritmo cardíaco acelerado.
La piel de Jace quemaba bajo las manos de ella, quemaba…
Él se apartó, tambaleándose hacia atrás casi borracho, golpeando la
pared opuesta. Sus ojos estaban muy abiertos, y por un momento Clary pensó
que podía ver las llamas en ellos, como incendios gemelos en la oscuridad.
Luego la luz se apagó de ellos y él jadeaba como si hubiera estado corriendo,
apretando las palmas de sus manos contra su cara.
—Jace —dijo ella.
Dejó caer sus manos.
—Mira la pared detrás de ti —dijo con una voz plana.
Se dio la vuelta y miró fijamente. Detrás de ella, donde las manos de Jace
habían estado apoyadas, había dos marcas gemelas quemadas en la piedra, de
la forma exacta de sus manos.
La Reina Seelie yacía sobre su cama y miró al techo de piedra de su
dormitorio. Estaba decorado con una enredadera de rosas, con sus espinas
intactas, cada una de las rosas era perfecta y de color rojo sangre. Todas las
noches se marchitaban y morían, y cada mañana eran reemplazadas, tan frescas
como el día anterior.
Las Hadas dormían poco y rara vez soñaban, pero a la Reina le gustaba
su cama para estar cómoda. Había un amplio sillón de piedra, con un colchón
de plumas colocado en la parte superior, y cubierto con gruesas franjas de
terciopelo y satín resbaladizo.
—¿Alguna vez… —dijo el muchacho en la cama junto a ella—, se ha
pinchado con una de sus espinas, Su Majestad?
Se volvió para mirar a Jonathan Morgenstern tendido entre las sábanas.
A pesar de que él le había pedido que le llamase Sebastian, algo que ella
respetaba, ningún Hada permitiría a otra tratarles por su verdadero nombre
tampoco. Él estaba boca abajo, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados, e
incluso en la penumbra las viejas marcas del látigo en su espalda eran visibles.
La Reina siempre había estado fascinada por los Cazadores de Sombras,
eran parte ángel, al igual que las Hadas. Ciertamente debe haber un parentesco
entre ellos, pero nunca había pensado que encontraría uno con una
personalidad que podía soportar por más de cinco minutos, hasta que conoció a
Sebastian. Todos eran tan terriblemente santurrones. Pero no Sebastian. Él era el
más inusual para un ser un humano, y para un Cazador de Sombras
especialmente.
—No tan a menudo como tú te cortas tu ingenio, mi querido —dijo ella—
, Sabes que no deseo ser llamada “Su Majestad”, sólo “Señora” o “Mi Señora”, si
es necesario,
—No parece molestarte cuando te llamo "hermosa" o "mi bella dama.” —Su
tono no era de arrepentimiento.
—Humm —dijo ella, peinando con sus delgados dedos la masa de su
pelo plateado. Tenía una preciosa coloración para un mortal: el pelo como una
cuchilla, los ojos como el ónix. Recordó a su hermana, tan diferente y no tan
elegante—. ¿Fue refrescante tu sueño? ¿Estás cansado?
Rodó sobre su espalda y le sonrió.
—No muy cansado, creo.
Ella se inclinó para darle un beso y él extendió la mano a hasta que sus
dedos quedaron entrelazadas en su pelo rojo. Miró un rizo escarlata de ella,
contra la piel con cicatrices de sus nudillos y rozó el rizo en su mejilla. Antes
que ella pudiera hablar una palabra más, alguien llamó a la puerta de su
dormitorio.
La Reina gritó:
—¿Quién es? Si no es un asunto de importancia, quédate afuera, o tendré
que alimentar a la nixies del río contigo.
La puerta se abrió, y una de las damas de la Corte más jóvenes entró,
Kaelie Whitewillow. Una pixie. Hizo una reverencia y dijo:
—Mi señora, Meliorn está aquí, y quiere hablar con usted.
Sebastian arqueó una ceja pálida.
—El trabajo de una reina nunca termina.
La Reina suspiró y rodó fuera de la cama.
—Tráelo —dijo ella—, y tráeme una de mis batas también, el aire está
frío.
Kaelie asintió y salió de la habitación. Un momento después Meliorn
entró y bajó la cabeza. Si a Sebastian le pareció extraño que la Reina saludara a
sus cortesanos de pie desnuda en medio de su dormitorio, él no lo demostró de
ninguna manera expresiva. Una mujer mortal se hubiera sentido avergonzada,
podría haber tratado de cubrirse, pero la Reina era la Reina, eterna y orgullosa,
y sabía que era tan gloriosa tanto fuera de la ropa como en ella.
—Meliorn, —dijo ella—. ¿Tienes noticias de los Nefilim?
Él se enderezó. Meliorn llevaba, como era su costumbre, armadura
blanca en un diseño de escamas superpuestas. Sus ojos eran verdes y su cabello
era muy largo y negro.
—Mi señora —dijo, y miró hacia atrás a Sebastian, que estaba sentado en
la cama, la colcha enredada alrededor de su cintura—. Tengo muchas noticias.
Nuestras nuevas fuerzas de Cazadores Oscuros se han situado en la fortaleza de
Edom. Esperan nuevas órdenes.
—¿Y los Nefilim? —preguntó la Reina mientras Kaelie volvió a entrar en
la habitación con una bata tejida de los pétalos de lirios. La sostuvo en alto, y la
Reina se la puso, envolviendo la blancura sedosa sobre sí.
—Los chicos que escaparon del Instituto de Los Ángeles han transmitido
la información que Sebastian está detrás de los ataques —dijo Meliorn con
bastante amargura.
—Lo habrían adivinado que de todos modos —dijo Sebastian—. Tienen
un hábito lamentable de echarme la culpa por todo.
—La pregunta es, ¿identificaron a nuestro pueblo? —exigió la Reina.
—No lo hicieron —dijo Meliorn con satisfacción—. Los chicos asumieron
que todos los atacantes eran de Cazadores Oscuros.
—Es impresionante, teniendo en cuenta la presencia de la sangre Hada
en ese muchacho Blackthorn —dijo Sebastian—. Alguien podría haber hecho la
conexión. ¿Qué piensas hacer con él, de todos modos?
—Tiene sangre de Hadas, es nuestro —dijo Meliorn—. Gwyn ha
reclamado que se uniera a la Caza Salvaje, se le enviará allí. —Se volvió hacia la
Reina—. Tenemos necesidad de más soldados —dijo—. Los Institutos se están
vaciando: Los Nefilim están huyendo a Idris.
—¿Y del Instituto de Nueva York? —exigió bruscamente Sebastian—.
¿Qué hay de mi hermano y hermana?
—Clary Fray y Jace Lightwood han sido enviados a Idris —dijo
Meliorn—. No podemos tratar de recuperarlos sin mostrar nuestra presencia.
Sebastian tocó el brazalete de su muñeca. Era una costumbre que la
Reina había notado, algo que hacia cuando estaba enojado y tratando de no
mostrarlo. El metal estaba escrito en un antiguo lenguaje de los humanos: si no
puedo llegar al Cielo, yo levantaré el Infierno.
—Los quiero a ellos —dijo.
—Y los tendrás —dijo la Reina—. No he olvidado que eran parte de
nuestro trato. Pero hay que tener paciencia.
Sebastian sonrió, aunque no llegó a sus ojos.
—Nosotros, los mortales podemos llegar a ser apresurados.
—No eres un mortal común —dijo la Reina, y se volvió hacia Meliorn—.
Mi caballero —dijo—. ¿Qué le aconseja a su Reina?
—Necesitamos más soldados —dijo Meliorn—. Tenemos que tomar otro
Instituto. Más armas serían una gran ayuda también.
—Creí que habías dicho que todos los Cazadores de Sombras estaban en
Idris —dijo Sebastian.
—No todavía —dijo Meliorn—. Algunas ciudades han tardado más de lo
esperado en evacuar todos los Nefilim: los Cazadores de Sombras de Londres,
Río de Janeiro, El Cairo, Estambul y Taipéi. Debemos tener por lo menos un
Instituto más.
Sebastian sonrió. Era el tipo de sonrisa que transformaba su hermoso
rostro, no en algo más hermoso, sino en una máscara cruel, enseñando todos los
dientes, al igual que la sonrisa de una montícola.
—Entonces escojo Londres —dijo—. Si esto no va en contra de sus
deseos, mi Reina.
Ella no pudo evitar sonreír. Había pasado tantos siglos desde que un
amante mortal la había hecho sonreír. Se inclinó para darle un beso, y sintió que
las manos de él se deslizaban sobre los pétalos de su vestido.
—Toma Londres, mi amor, y transforma todo en sangre —dijo—. Mi
regalo para ti.
—¿Estás bien? —preguntó Jace a Clary por centésima vez. Ella estaba de
pie en el escalón de la entrada de la casa de Amatis, parcialmente iluminada por
las luces de las ventanas. Jace estaba justo debajo de ella, con las manos metidas
en los bolsillos, como si tuviera miedo de dejarlas libres.
Él había mirado la marca de la quemadura que había hecho en la pared
de la tienda por mucho tiempo, antes de bajar su camisa y casi tirando a Clary a
la calle llena de gente, como si ella no debiera estar a solas con él. Él había
estado taciturno el resto del camino a casa, con la boca fija en una línea tensa.
—Estoy bien —le aseguró—. Mira, quemaste la pared, no a mí. —Ella
hizo un giro exagerado, como si estuviera mostrando un nuevo conjunto—.
¿Ves?
Había sombras en sus ojos.
—Si te hecho daño…
—No lo hiciste —dijo—. No soy tan frágil.
—Pensé que estaba mejorando en controlar esto, que el trabajo con
Jordan estaba ayudando. —Su voz tenía un deje de frsutación.
—Y lo estás. Mira, fuiste capaz de concentrar el fuego en tus manos, eso
es un progreso. Yo te estaba tocando, besando y no estoy herida. —Ella puso su
mano en la mejilla—. Trabajamos en esto juntos, ¿recuerdas? No me dejes fuera.
Nada de malhumor épico.
—Calculaba que podría representar a Idris por la categoría del mal
humor en los próximos Juegos Olímpicos —dijo Jace, pero su voz ya se estaba
suavizando, con el sarcasmo y la diversión tomando su lugar.
—Tú y Alec podrían ir competir juntos en la categoría del mal humor —
dijo Clary con una sonrisa—. Ustedes conseguirían el oro.
Él volvió la cabeza y besó a Clary en la palma de su mano. Su pelo rozó
la parte superior de los dedos de ella. Todo a su alrededor parecía quieto y en
silencio, Clary casi podía creer que eran las únicas personas en Alicante.
—Me pregunto —dijo sobre su piel—, lo que el dueño de la tienda va a
pensar cuando vaya a trabajar por la mañana y vea dos huellas de manos
quemadas en su pared.
—¿“Espero tener un seguro para esto”?
Jace se rió, un pequeño soplo de aire contra su mano.
—Hablando de eso —dijo Clary—, la próxima reunión del Concejo es
mañana, ¿no?
Jace asintió.
—El concejo de guerra —dijo—. Sólo miembros selectos de la Clave. —
Movió los dedos con irritación. Clary sintió su molestia, Jace era un excelente
estratega y uno de los mejores peleadores de la Clave y se había resentido
enormemente al haber sido dejado fuera de cualquier reunión sobre batallas.
Especialmente, pensó, si iba a haber una discusión sobre el uso del fuego
celestial como un arma.
—Entonces tal vez me puedes ayudar con algo. Necesito ir a una tienda
de armamento. Quiero comprar una espada. Una muy buena.
Jace pareció sorprendido, luego divertido.
—¿Para qué?
—Oh, ya sabes. Para matar. —Clary hizo un gesto con la mano que
esperaba transmitiera sus intenciones asesinas hacia todas las cosas malas—.
Quiero decir, he sido una Cazadora de Sombras desde hace un tiempo. Debería
tener un arma adecuada, ¿no?
Una lenta sonrisa se extendió en su rostro.
—La mejor tienda de armas es de Diana en la calle Flintlock —dijo, con
los ojos brillantes—. Te recogeré mañana por la tarde.
—Es una cita —dijo Clary—. Una cita de armas.
—Mucho mejor que una cena y una película —dijo, y desapareció entre
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