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Capítulo 5
Medida de Venganza
Traducido por Drys y Jane
Corregido por Meghan Fray
Maia alzó la vista mientras la puerta del apartamento de Jordan se abría
de golpe y él corrió dentro, casi patinando en el suelo de madera resbaladiza.
—¿Alguna cosa nueva? —preguntó.
Ella negó con la cabeza. El rostro de Jordan se ensombreció. Después de
que hubieron matado al Cazador Oscuro, había llamado a la manada para que
les ayudaran a lidiar con el desastre. A diferencia de los demonios, los
Cazadores Oscuros no se limitaban a evaporarse cuando los mataban. Se
requiere eliminarlos. Normalmente habrían convocado a los Cazadores de
Sombras y a los Hermanos Silenciosos, pero las puertas del Instituto y la
Ciudad de Hueso estaban cerradas ahora. En su lugar Bat y el resto de la
manada se había presentado con una bolsa para cadáveres, mientras que
Jordan, todavía sangrando por la lucha con el Cazadores Oscuros, había ido a
buscar a Simon.
No había vuelto durante horas, y cuando volvió, la mirada en sus ojos le
había dicho Maia toda la historia. Había encontrado el teléfono de Simon hecho
pedazos y abandonado en la parte inferior de la escalera de incendios como una
nota burlona. De lo contrario, no habría habido ni rastro de él.
Ninguno de ellos había dormido después de eso, por supuesto. Maia
había vuelto a la manada con Bat, que había prometido, aunque un poco
vacilante, contárselo a los lobos para que ayudaran a buscar a Simon, y tratar
(énfasis en tratar) de encontrar a los Cazadores de Sombras en Alicante. Había
líneas abiertas hacia la capital de los Cazadores de Sombras, líneas que sólo los
jefes de manadas y clanes podían usar.
Maia había regresado al apartamento de Jordan en la madrugada,
desesperada y agotada. Estaba de pie en la cocina, cuando él entró, con una
toalla de papel húmeda apretando contra su frente. Se la quitó mientras Jordan
la miró, y sintió que el agua le corría por la cara como lágrimas.
—No —dijo ella—.No hay noticias.
Jordan se dejó caer contra la pared. Llevaba sólo una camiseta de manga
corta, y los diseños intricados de líneas de los Upanishads15 eran oscuramente
visibles alrededor de sus bíceps. Su pelo sudoroso, estaba pegado a la frente, y
había una línea roja en el cuello donde la correa de su paquete de armas le
había cortado en la piel. Se veía miserable.
—No puedo creer esto —dijo, por lo que sintió Maia como la
millonésima vez—. Lo he perdido. Era responsable de él y lo he malditamente
perdido.
—No es tu culpa. —Sabía que no lo iba a hacer que se sienta mejor, pero
ella no pudo evitar decirlo—. Mira, no puedes luchar contra todos los vampiros
y malos que hay en la zona, y el Praetor no debería haberte pedido que lo
intentaras. Cuando Simon perdió la Marca, solicitaste ayuda para su seguridad,
¿no es así? Y ellos no enviaron a nadie. Hiciste lo que pudiste.
Jordan miró sus manos, y le dijo algo en voz baja.
—No fue lo suficiente.
Maia sabía que debía dejarle tranquilo, puso sus brazos alrededor de él,
para confortarlo. Decirle que no tenía la culpa.
Pero ella no pudo hacerlo. El peso de la culpa era tan pesado en su pecho
como una barra de hierro, las palabras no dichas asfixiaban su garganta. Había
sido así durante semanas. Jordan, tengo que decirte algo. Jordan, tengo que hacerlo.
Jordan, Yo.
15 Upanishad: Designa a cada uno de los más de 200 libros sagrados hinduistas.
Jordan…
El sonido de un teléfono rompió por el silencio entre ellos. Casi
frenéticamente Jordan buscó en su bolsillo y sacó su móvil, lo abrió mientras lo
ponía en su oreja.
—¿Hola?
Maia lo miró, inclinándose tan hacia delante que la encimera le cortaba
en su caja torácica. Podía oír sólo murmullos al otro lado del teléfono, sin
embargo, y estuvo a punto de gritar con impaciencia en el momento en que
Jordan cerró el teléfono y se volvió hacia ella, con una chispa de esperanza en
sus ojos.
—Ese fue el Teal Waxelbaum, segundo al mando en los Praetores —
dijo—. Me quieren en la sede de inmediato. Creo que van a ayudar a buscar a
Simon. ¿Quieres venir? Si salimos ahora, deberíamos estar allí a mediodía.
Había súplica en su voz, debajo de la corriente de la ansiedad por Simon.
Él no era estúpido, pensó Maia. Sabía que algo estaba mal. Sabía…
Ella respiró hondo. Las palabras llenaban su garganta Jordan, tenemos que
hablar pero ella obligó a ignorar esas palabras. Simon era la prioridad en estos
momentos.
—Por supuesto —dijo—. Por supuesto que iré.
Lo primero que vio Simon fue el papel de la pared, que no era tan malo.
Un poco anticuado. Definitivamente se estaba descamando. Había un grave
problema de moho. Pero en general, no era lo peor que alguna vez hubiera
visto. Parpadeó una y luego dos veces, centrándose en las rayas que rompían el
patrón floral. Le tomó un segundo darse cuenta de que esas rayas eran, de
hecho, rejas. Se encontraba en una jaula.
Rápidamente se dio la vuelta y se puso de pie, comprobando lo alto que
era la jaula. Su cráneo entró en contacto con las barras en la parte superior,
golpeándolo y haciendo bajar su mirada mientras maldecía en voz alta.
Y entonces se vio a sí mismo.
Llevaba una camisa blanca bombacha y ancha. Aún más preocupante era
el hecho de que también parecía llevar un par de pantalones de cuero muy
ajustados.
Muy apretados.
De cuero.
Simon se miró a sí mismo y comprobó todo su aspecto. El profundo
escote en forma de V exponiendo su pecho. El ajuste del cuero.
—¿Por qué… —dijo después de un momento—, cada vez que creo que
me ha ocurrido la cosa más terrible que me puede ocurrir, siempre estoy
equivocado?
Como si fuera una señal se abrió la puerta, y una figura pequeña se
precipitó en la habitación. Una forma oscura, cerró la puerta detrás de ella al
instante, como si fuera el Servicio Secreto, con gran velocidad.
Se acercó de puntillas hasta la jaula y apretó la cara entre dos barras.
—¡Siiimon! —gritó.
Maureen.
Simon normalmente hubiera al menos intentado pedirle que lo dejara
salir, que encontrara una llave, para que le ayudara. Pero algo en la apariencia
de Maureen le dijo que sería inútil.
Especialmente en la corona los huesos que llevaba. Huesos de dedos. Tal
vez huesos del pie. Y la corona de huesos estaba enjoyada, posiblemente para
deslumbrar. Y luego estaba el desigual vestido de fiesta rosa y gris, ampliado en
las caderas en un estilo que le recordaba a los de vestuarios dramáticos que se
establecieron en el siglo XVIII. No era el tipo de traje que inspiraba confianza.
—Hola, Maureen —dijo con cautela.
Maureen sonrió y apretó la cara más fuerte en la abertura.
—¿Te gusta tu traje? —preguntó—. Tengo unas cuantos para ti. Te tengo
una levita y una falda escocesa y todo tipo de cosas, pero quería que usaras este
primero. Yo te puse el maquillaje también. Esa fui yo.
Simon no necesitaba un espejo para saber que él estaba usando
delineador de ojos. El conocimiento fue instantáneo y completo.
—Maureen…
—Te estoy haciendo un collar —dijo, interrumpiéndolo—. Quiero que te
pongas más joyería. Quiero que te pongas más pulseras. Quiero cosas alrededor
de las muñecas.
—Maureen, ¿dónde estoy?
—Conmigo.
—Está bien. ¿Dónde estamos?
—El hotel, el hotel, el hotel…
El Hotel Dumort. Al menos eso tenía algo de sentido.
—Está bien —dijo—. ¿Y por qué estoy… en una jaula?
Maureen comenzó a tararear una canción para ella y pasó la mano por
los barrotes de la jaula, perdida en su propio mundo.
—Juntos, juntos, juntos... Ahora que estamos juntos. Tú y yo. Simon y
Maureen. Por fin.
—Maureen…
—Esta será tu habitación —dijo—. Y una vez que estés listo, puedes salir.
Tengo cosas para ti. Tengo una cama. Y otras cosas. Algunas sillas. Cosas que te
gusta. ¡Y la banda puede tocar!
Se giró, casi perdiendo el equilibrio ante el peso extraño del vestido.
Simon sintió que probablemente debería elegir sus siguientes palabras
con mucho cuidado. Sabía que él tenía una voz calmante. Él podría ser sensible.
Tranquilizador.
—Maureen... sabes... me gustas...
Sobre esto, Maureen le detuvo y se apoderó de las barras de nuevo.
—Sólo necesitas tiempo —dijo con una amabilidad aterradora en su
voz—. Tiempo. Vas a aprender. Te enamoraras. Ahora estamos juntos. Y vamos
a reinar. Tú y yo. Nosotros gobernaremos mi reino. Ahora que soy la Reina.
—¿Reina?
—Reina. Reina Maureen. Maureen, la Reina de la Noche. La Reina
Maureen de la Oscuridad. Reina Maureen. Reina Maureen. La Reina Maureen
de los muertos.
Ella tomó una vela que ardía en un aplique en la pared y de repente la
asomó entre las barras y en dirección de Simon. Ella se inclinó muy ligeramente
y sonrió mientras la cera blanca caía en forma de lágrimas a los restos podridos
de la alfombra escarlata en el suelo. Se mordió el labio inferior en concentración,
girando la muñeca suavemente, poniendo juntas las gotas de cera.
—¿Eres... una Reina ? —dijo Simon débilmente. Había sabido que
Maureen era el líder del clan de los vampiros de Nueva York. Había matado a
Camille, después de todo, y tomado su lugar. Pero en el clan los líderes no eran
llamados reyes o reinas. Se vestían con normalidad, como Raphael lo hacía, no
con disfraces. Eran figuras importantes en la comunidad de los Hijos de la
Noche.
Pero Maureen, por supuesto, era diferente. Maureen era una niña, una
niña no-muerta. Simon recordó sus calentadores del brazo de colores, su
vocecita entrecortada y sus grandes ojos. Había sido una niña inocente cuando
Simon le había mordido, cuando Camille y Lilith la habían tomado y cambiado,
la inyección del mal en sus venas había hecho desaparecer esa inocencia y la
corrompió hasta la locura.
Era su culpa, Simon lo sabía. Si Maureen no lo hubiera conocido, no lo
habría seguido y nada de esto le habría sucedido.
Maureen asintió y sonrió, concentrándose en su montón de cera, que
ahora estaba formando como un pequeño volcán.
—Lo que necesito... es hacer cosas —dijo bruscamente y dejó caer la vela,
aún ardiendo. Se apagó por sí sola, ya que cayó al suelo, y ella se apresuró hacia
la puerta. La misma figura oscura abrió el instante en que ella se acercó. Y
entonces Simon estaba solo otra vez, con los restos humeantes de la vela y sus
nuevos pantalones de cuero y el horrible peso de su culpa.
Maia había permanecido en silencio todo el camino hasta el Praetor,
cuando el sol se había elevado más alto en el cielo y los alrededores llenos de
gente y con altos edificios de Manhattan y de tráfico obstruido de Long Island
Expressway, dio lugar a los pequeños pueblos pastorales y granjas del North
Fork. Estaban cerca del Praetor ahora, y pudieron ver las aguas azul-hielo del
Sound a su izquierda, ondeando en el viento fresco. Maia imaginó sumergirse
en ellos, y se estremeció ante la idea del frío.
—¿Estás bien? —Jordan apenas había hablado en todo el camino. Hacía
frío dentro de su camión y llevaba guantes de conducir de cuero, pero no ocultó
sus nudillos blancos por el agarre en el volante. Maia podía sentir la ansiedad
que salía de él en oleadas.
—Estoy bien, —dijo ella. No era cierto. Estaba preocupada por Simon, y
ella seguía luchando contra las palabras que no podía decir y que le ahogaban
la garganta. Ahora no era el momento adecuado para decirlas, no con Simon
desaparecido, y sin embargo, cada momento que no lo decía que se sentía como
una mentira.
Giraron hacia el largo camino blanco que se extendía a lo lejos, hacia el
Sound. Jordan se aclaró la garganta.
—Sabes que te quiero, ¿verdad?
—Lo sé —dijo Maia en voz baja, y luchó contra el impulso de decir
“Gracias.” Se supone que no debes decir "gracias" cuando alguien dice que te
amaba. Se suponía que debías decir lo que Jordan estaba esperando,
claramente…
Ella miró por la ventana y se sacudió de su ensoñación.
—Jordan, ¿está nevando?
—No creo. —Pero copos blancos iban a la deriva por las ventanas de la
camioneta, acumulándose en el parabrisas. Jordan paró el camión y bajó una de
las ventanas, sacando la mano para coger un copo. La retiró, con su expresión
oscureciéndose—. Eso no es nieve —dijo—. Es ceniza.
El corazón de Maia dio un vuelco mientras él empujaba el coche de
nuevo en marcha y avanzaba, girando hacia la esquina. Por delante de ellos,
donde la sede del Praetor Lupus debería alzarse, de oro contra el cielo gris,
había una cortina de humo gris. Jordan juró y viró el volante hacia la izquierda;
el camión chocó contra una zanja y se detuvo. Le dio una patada para abrir la
puerta y bajó de un salto; Maia le siguió un segundo más tarde.
La sede Praetor Lupus había sido construida sobre una enorme parcela
de tierra verde que se inclinaba hacia el Sound. El edificio central fue construido
de piedra dorada, una románica casa solariega rodeada de pórticos con arcos. O
lo había sido. Ahora era una masa chamuscada de madera y piedra ahora, como
los huesos en un crematorio. Polvo blanco y cenizas volaron a través de los
jardines, y Maia se atragantó con el aire punzante, con lo que levantó una mano
para protegerse la cara.
El pelo castaño de Jordan estaba densamente cubierto con ceniza. Miró a
su alrededor, su expresión conmocionada y sin comprender.
—Yo no…
Algo llamó la atención de Maia, un destello de movimiento a través del
humo. Ella agarró la manga de Jordan.
—Mira, hay alguien allí.
Se movió, bordeando la ruina humeante del edificio del Praetor. Maia le
siguió, aunque ella no pudo evitar quedarse atrás para mirar con horror los
restos carbonizados de la estructura que sobresalía de la tierra, las paredes que
sostinían un techo que ya no existía, las ventanas que se habían fundido,
vislumbra aquí y allá algo blanco que podría haber sido por el ladrillo o
huesos...
Jordan se detuvo delante de ella. Maia se trasladó para ponerse a su
lado. La ceniza se aferraba a sus zapatos, el polvo de la misma en uno de los
cordones. Ella y Jordan estaban en el cuerpo principal de los edificios
quemados. Ella podía ver el agua en la distancia. El fuego no se había
extendido, aunque había carbonizadas hojas muertas y ceniza volando, también
y, en medio de los setos recortados, había cuerpos.
Lobos, de todas las edades, aunque en su mayoría jóvenes, yacían por los
senderos bien cuidados, sus cuerpos siendo cubiertos por la ceniza lentamente
como si fueran tragados por una tormenta de nieve.
Los hombres lobo tenían un instinto de rodearse de otros de su especie,
de vivir en manadas, sacar fuerzas de los otros. Estos muchos licántropos
muertos se sentían como un dolor desgarrador, un agujero de pérdida en el
mundo. Ella recordó las palabras de Kipling, escritas en las paredes del
Praetor. La fuerza de la manada es el lobo, y la fuerza del lobo es la manada.
Jordan miraba alrededor, moviendo los labios mientras murmuraba los
nombres de los muertos, Andrea, Teal, Amon, Kurosh, Mara. En el borde del agua
Maia de repente vio que algo se movía, un cuerpo, medio sumergido. Ella echó
a correr, Jordan la siguió. Ella se deslizó a través de la ceniza, a donde la hierba
daba paso a la arena, y se dejó caer junto al cadáver.
Era Praetor Scott, el cadáver flotando boca abajo, con el pelo gris y rubio
empapado, el agua a su alrededor manchada rojo rosado. Maia se inclinó para
darle la vuelta y casi se atragantó. Tenía los ojos abiertos, mirando sin ver el
cielo, con la garganta rebanada de par en par.
—Maia. —Ella sintió una mano en su espalda, la de Jordan—. No…
Su sentencia fue interrumpida por un grito de asombro, y ella se dio la
vuelta, sólo para sentir una sensación de terror tan intenso que casi se
desmayó. Jordan se encontraba detrás de ella, con una mano extendida y una
mirada de estupefacción en el rostro.
Desde el centro de su pecho sobresalía la hoja de una espada, el metal
estampado con estrellas negras. Parecía totalmente extraño, como si alguien las
hubiera dejado allí, o como si se tratara de algún tipo de decorado teatral.
La sangre comenzó a extenderse en un círculo alrededor de ella,
manchando la parte delantera de la chaqueta de él. Jordan dio otro suspiro y se
deslizó sobre sus rodillas, la espada se retrajo, su cuerpo deslizándose mientras
se desplomaba en el suelo y revelando lo que estaba detrás de él.
Un muchacho que llevaba una maciza espada negra y plateada se quedó
mirando a Maia sobre el cuerpo arrodillado de Jordan. La empuñadura estaba
manchada con sangre, de hecho, él se encontraba todo ensangrentado, desde su
cabello pálido a sus botas, salpicadas de sangre como si hubiera estado de pie
delante de un ventilador soplando pintura escarlata. Había una sonrisa en su
rostro.
—Maia Roberts y Jordan Kyle —dijo—. He oído hablar mucho
de vosotros.
Maia se puso de rodillas, mientras Jordan se desplomaba hacia un
lado. Ella lo agarró, llevándolo a su regazo. Se sentía entumecida por todas
partes con horror, como si se encontrara en el frío fondo de Sound. Jordan se
estremecía en sus brazos, y ella los puso a su alrededor mientras la sangre
corría por las comisuras de los labios.
Levantó la mirada hacia el chico de pie sobre ella. Por un momento
pensó, mareada, que había salido de una de sus pesadillas de su hermano,
Daniel. Era hermoso, al igual que Daniel había sido, a pesar de que no podría
haberse visto más diferentes. La piel de Daniel había sido del mismo marrón
como la de ella, mientras que este chico parecía haber sido tallado en hielo. Piel
blanca, pómulos pálidos afilados, cabello salpicado de blanco le caía sobre la
frente. Sus ojos eran negros, ojos de tiburón, planos y fríos.
—Sebastian —dijo—. Eres el hijo de Valentine.
—Maia —susurró Jordan. Tenía las manos sobre su pecho, y ellas estaban
empapadas de sangre. Así como su camisa, y la arena debajo de ellos, los
granos de esta agrupándose por la pegajosa escarlata—. No te quedes, corre.
—Chist. —Ella lo besó en la mejilla—. Vas a estar bien.
—No, no —dijo Sebastian, sonando aburrido—. Él va a morir.
Maia levantó la cabeza.
—Cállate —dijo entre dientes—. Cállate, tu… tu cosa…
Su muñeca hizo movimientos rápido, nunca había visto a nadie moverse
tan rápido, excepto tal vez Jace y la punta de su espada estuvo contra su
garganta.
—Tranquila, Subterránea —dijo—. Mira cuántos muertos se encuentran a
tu alrededor. ¿Crees que dudaría en matar a uno más?
Ella tragó saliva, pero no se alejó.
—¿Por qué? Pensé que tu guerra era con los Cazadores de Sombras…
—Es una historia muy larga —dijo arrastrando las palabras—. Basta con
decir que el Instituto de Londres está molestamente bien protegido, y el Praetor
ha pagado el precio. Iba a matar a alguien hoy. Simplemente no estaba seguro de
quién cuando desperté esta mañana. Adoro las mañanas. Tan llenas de
posibilidades.
—El Praetor no tiene nada que ver con el Instituto de Londres…
—Oh, te equivocas en eso. Hay toda una historia. Pero es poco
importante. Tienes razón en que mi guerra es con los Nefilim, lo que significa
que también estoy en guerra con sus aliados. Este —y movió su mano libre
hacia atrás para indicar las ruinas quemadas detrás de él—, es mi mensaje. Y tú
lo entregarás por mí.
Maia empezó a negarse, pero sintió algo agarrar su mano, eran los dedos
de Jordan. Ella lo miró. Se veía de color blanco hueso, sus ojos buscando los de
ella. Por favor, parecían decir. Haz lo que te pide.
—¿Qué mensaje? —susurró.
—Que deben recordar a su Shakespeare —dijo—. Nunca haré una pausa de
nuevo, nunca me detendré, hasta que ya sea la muerte la que cierre estos ojos míos, o la
fortuna dándome su muestra de venganza. —Las pestañas rozaron su sangrienta
mejilla mientras le guiñaba un ojo. —Dile a todos los subterráneos —dijo—.
Busco venganza, y la tendré. Lidiaré de esta manera con cualquiera que se alíe a
los Cazadores de Sombras. No tengo ningún problema con tu especie, a menos
que sigas a los Nefilim en batalla, en cuyo caso serás atravesada por mi espada
y las espadas de mi ejército, hasta que el último de los suyos sea arrancado de la
superficie de este mundo. —Bajó la punta de su espada, para que rozara los
botones de la camisa de ella, como si quisiera cortarla de su cuerpo. Él seguía
sonriendo cuando apartó la espada de nuevo—. ¿Crees que puedes recordar
eso, chica lobo?
—Yo...
—Por supuesto que sí —dijo, y bajó la mirada hacia el cuerpo de Jordan,
que seguía quieto en sus brazos—. Tu novio está muerto, por cierto —
agregó. Deslizó su espada en la vaina en su cintura y se alejó, sus botas
levantando nubes de cenizas a su paso.
Magnus no había estado en el interior de La Luna del Cazador desde que
había sido una taberna clandestina durante los años de la Ley Seca, un lugar
donde los mundanos se reunían calladamente a emborracharse hasta perder la
conciencia. En algún momento de la década de 1940 esta había sido tomada por
propietarios del Submundo, y habían atendido a la clientela —principalmente
hombres lobo— desde entonces. Habían sido cutre entonces y era cutre ahora,
el suelo cubierto con una capa de aserrín pegajoso. Había una barra de madera
con una encimera moteada, marcada con décadas de anillos que dejaban los
vasos húmedos y arañazos de garras largas. Sneaky Pete, el barman, estaba a
mitad de servir una Coca-Cola a Bat Velásquez, jefe temporal de la manada de
lobos de Manhattan de Luke. Magnus lo miró fijamente, pensativo.
—¿Estás mirando al nuevo líder de la manada de lobos? —preguntó
Catarina, que se encontraba metida en la cabina, a la sombra, junto a Magnus,
sus dedos azules alrededor de un Long Island Iced Tea—. Pensé evitabas a los
hombres lobo después de Woolsey Scott.
—No lo estoy mirando —dijo Magnus con altanería. Bat no era mal
parecido, si te gustaban de mandíbula cuadrada y anchos hombros, pero
Magnus estaba sumido en sus pensamientos—. Mi mente estaba en otras cosas.
—¡Sea lo que sea, no lo hagas! —dijo Catarina—. Es una mala idea.
—¿Y por qué dices eso?
—Debido a que son las únicas que tienes —dijo ella—. Te conozco desde
hace mucho tiempo, y estoy absolutamente segura sobre eso. Si estás pensando
en convertirte en un pirata de nuevo, es una mala idea.
—Yo no repito mis errores —dijo Magnus, ofendido.
—Tienes razón. Cometes errores nuevos e incluso peores —le dijo
Catarina—. No lo hagas, sea lo que sea. No dirijas un levantamiento de
hombres lobo, no hagas nada que pueda contribuir accidentalmente al
Apocalipsis, y no inicies tu propia línea de brillo y trates de venderlo en
Sephora.
—Esa última idea tiene mérito real —comentó Magnus—. Pero no estoy
contemplando cambiar de carrera. Pensaba en...
—¿Alec Lightwood? —Catarina sonrió—. Nunca he visto a nadie meterse
debajo de tu piel como ese chico.
—No me has conocido por mucho tiempo —murmuró Magnus, pero era
poco entusiasta.
—Por favor. Me hiciste tomar el Portal al Instituto para que no tuvieras
que verlo, y luego apareces de todos modos, sólo para decir adiós. No lo
niegues, te vi.
—Yo no niego nada. Me presenté para decir adiós; lo que fue un
error. No debería haberlo hecho. —Magnus bebió un trago de su bebida.
—Oh, por el amor de Dios —dijo Catarina—. ¿Qué es esto, de verdad,
Magnus? Nunca te he visto tan feliz como lo eras con Alec. Normalmente,
cuando estás enamorado, eres miserable. Mira a Camille. La odiaba. Ragnor la
odiaba…
Magnus puso su cabeza sobre la mesa.
—Todo el mundo la odiaba —continuó Catarina sin piedad—. Era
retorcida y mala. Y porque tu pobre dulce novio fue engañado por ella; bueno,
en realidad, ¿es esa razón para poner fin a una relación perfectamente
buena? Es como dejar suelta a una pitón con un conejo y luego enojarte cuando
el conejo pierde.
—Alec no es un conejo. Es un Cazador de Sombras.
—Y nunca has salido con un Cazador de Sombras antes. ¿De eso se trata?
Magnus se apartó de la mesa, lo cual fue un alivio, ya que olía a cerveza.
—En cierto sentido —dijo—. El mundo está cambiando. ¿No lo sientes,
Catarina?
Ella lo miró por encima del borde de su copa.
—No puedo decir que sí.
—Los Nefilim han perdurado durante miles de años —dijo Magnus—.
Pero algo viene, un gran cambio. Siempre los hemos aceptado como un hecho
de nuestra existencia. Pero hay brujos con edad suficiente para recordar cuando
los Nefilim no caminaban sobre la tierra. Podrían ser borrados tan pronto como
llegaron.
—Pero en realidad no piensas…
—He soñado con esto —dijo—. Sabes que tengo sueños reales a veces.
—Debido a tu padre. —Bajó la bebida. Su expresión era decidida ahora,
sin ningún humor—. Él sólo podría estar tratando de asustarte.
Catarina era una de las pocas personas en el mundo que sabía quién era
realmente el padre de Magnus; Ragnor Fell había sido otro. No era algo que a
Magnus le gustara decir a la gente. Una cosa era tener un demonio como
padre. Otra cosa era cuando tu padre era dueño de una parte significativa de las
propiedades inmobiliarias del Infierno.
—¿Para qué? —Magnus se encogió de hombros—. No soy el centro de
cual sea el torbellino que está por venir.
—Pero tienes miedo de que Alec lo sea —dijo Catarina—. Y quieres
alejarlo antes de perderlo.
—Dijiste que no debía hacer nada que pudiera contribuir
accidentalmente al apocalipsis —dijo Magnus—. Sé que bromeabas. Pero es
menos divertido cuando no puedo librarme de la sensación de que el
apocalipsis se acerca, de alguna manera. Valentine Morgenstern casi acabó con
los Cazadores de Sombras, y su hijo es dos veces más inteligente y seis veces
malvado. Y no vendrá solo. Tiene ayuda, de los demonios mayores de mi
padre, de los demás
—¿Cómo sabes eso? —La voz de Catarina era aguda.
—Lo he investigado.
—Pensé que habías terminado de ayudar a los Cazadores de Sombras —
dijo Catarina, y luego levantó una mano antes de que él pudiera decir algo—.
No importa. Te he oído decir ese tipo de cosas suficientes veces como para
saber que nunca hablas realmente en serio.
—Ese es el problema —dijo Magnus—. He investigado, pero no he
encontrado nada. Donde sea que los aliados de Sebastian van, él no deja huellas
de su alianza. Sigo sintiendo que estoy a punto de descubrir algo, y luego me
encuentro sosteniendo el aire. No creo que pueda ayudarles, Catarina. No sé si
alguien puede.
Magnus miró hacia otro lado por su expresión de repente compasiva, al
otro lado de la barra. Bat se apoyaba contra el mostrador, jugando con su
teléfono, la luz de las sombras de pantalla a través de su rostro. Sombras que
Magnus veía en cada cara mortal, cada ser humano, cada Cazador de Sombras,
cada criatura condenada a morir.
—Los mortales mueren —dijo Catarina—. Siempre has sabido eso, y sin
embargo, los has amado antes.
—No —dijo Magnus—, de esta manera.
Catarina inhaló por la sorpresa.
—Oh —dijo ella—. Oh... —Cogió su copa—. Magnus —dijo ella con
ternura—. Eres increíblemente estúpido.
Él entrecerró los ojos hacia ella.
—¿Lo soy?
—Si eso es lo que sientes, debes estar con él —dijo—. Piensa en
Tessa. ¿No aprendiste nada de ella? ¿Sobre qué amores valen la pena el dolor de
perderlos?
—Él está en Alicante.
—¿Y? —dijo Catarina—. Se suponía que tú eres el representante de
brujos en el Concejo y descargaste esa responsabilidad sobre mí. Estoy
descargándola ti. Ve a Alicante. A mí me suena como que tendrás más que decir
al Concejo de lo que yo jamás podría, de todos modos —Metió la mano en el
bolsillo del traje de enfermera que llevaba puesto, había venido directamente de
su trabajo en el hospital—. Ah, y toma esto.
Magnus arrancó el trozo de papel arrugado de sus dedos.
—¿Una invitación a cenar? —dijo con incredulidad.
—Meliorn de las Hadas desea que todos los Subterráneos del Concejo se
unan para la cena antes del gran Concilio —dijo ella—. Una especie de gesto de
paz y buena voluntad, o tal vez sólo quiere molestar a todo el mundo con
acertijos. De cualquier manera debe ser interesante.
—Comida faérica —dijo Magnus con tristeza—. No me gusta la comida
de las Hadas. Quiero decir, incluso la de tipo seguro que no significa que
estarás atrapado bailando por el próximo siglo. Todas esas verduras crudas y
escarabajos. —Se interrumpió. Al otro lado de la sala de Bat tenía su teléfono
pegado a la oreja. Su otra mano agarraba la barra del bar.
—Pasa algo malo —dijo Magnus—. Relacionado con la manada.
Catarina dejó el vaso en la mesa. Ella estaba muy acostumbrada a
Magnus, y sabía cuándo probablemente tenía razón. Miró a Bat, que había
cerrado su teléfono. Había palidecido, su cicatriz destacándose, lívida en su
mejilla. Se inclinó para decirle algo a Sneaky Pete detrás de la barra, a
continuación, puso dos dedos en su boca y silbó.
Sonó como el silbido de un tren de vapor, y cortó el murmullo de voces
en el bar. En momentos cada licántropo se encontraba de pie, ascendiendo hacia
Bat. Magnus se levantó también, aunque Catarina atrapó su manga.
—No…
—Voy a estar bien. —Él la ignoró, y se abrió paso entre la multitud, hacia
Bat. El resto de la manada se encontraba de pie en un anillo móvil en torno a
él. Ellos se tensaron con desconfianza al ver al brujo en medio de ellos,
empujando para acercarse al líder de la manada. Una mujer lobo rubia se movió
para bloquear a Magnus, pero Bat levantó una mano.
—Está bien, Amabel —dijo. Su voz no era amable, pero era educada—.
Magnus Bane, ¿verdad? ¿Brujo Mayor de Brooklyn? Maia Roberts dice que
puedo confiar en ti.
—Puedes hacerlo.
—Está bien, pero tenemos asuntos urgentes de la manada aquí. ¿Qué
quieres?
—Te llamaron. —Magnus hizo un gesto hacia el teléfono de Bat—. ¿Era
Luke? ¿Ocurrió algo en Alicante?
Bat negó con la cabeza, con una expresión indescifrable.
—¿Otro ataque al Instituto, entonces? —dijo Magnus. Estaba
acostumbrado a ser el que tenía todas las respuestas, y odiaba no saber nada. Y
mientras que el Instituto de Nueva York estaba vacío, eso no significaba que los
otros Institutos estuvieran sin protección, que no se hubiese dado una batalla,
una en la que Alec podría haber decidido involucrarse…
—No es un Instituto —dijo Bat—. Esa era Maia en el teléfono. La sede
Praetor Lupus fue quemada hasta los cimientos. Al menos un centenar de
hombres lobo han muerto, incluyendo Praetor Scott y Jordan Kyle. Sebastian
Morgenstern ha llevado su batalla contra nosotros.
Medida de Venganza
Traducido por Drys y Jane
Corregido por Meghan Fray
Maia alzó la vista mientras la puerta del apartamento de Jordan se abría
de golpe y él corrió dentro, casi patinando en el suelo de madera resbaladiza.
—¿Alguna cosa nueva? —preguntó.
Ella negó con la cabeza. El rostro de Jordan se ensombreció. Después de
que hubieron matado al Cazador Oscuro, había llamado a la manada para que
les ayudaran a lidiar con el desastre. A diferencia de los demonios, los
Cazadores Oscuros no se limitaban a evaporarse cuando los mataban. Se
requiere eliminarlos. Normalmente habrían convocado a los Cazadores de
Sombras y a los Hermanos Silenciosos, pero las puertas del Instituto y la
Ciudad de Hueso estaban cerradas ahora. En su lugar Bat y el resto de la
manada se había presentado con una bolsa para cadáveres, mientras que
Jordan, todavía sangrando por la lucha con el Cazadores Oscuros, había ido a
buscar a Simon.
No había vuelto durante horas, y cuando volvió, la mirada en sus ojos le
había dicho Maia toda la historia. Había encontrado el teléfono de Simon hecho
pedazos y abandonado en la parte inferior de la escalera de incendios como una
nota burlona. De lo contrario, no habría habido ni rastro de él.
Ninguno de ellos había dormido después de eso, por supuesto. Maia
había vuelto a la manada con Bat, que había prometido, aunque un poco
vacilante, contárselo a los lobos para que ayudaran a buscar a Simon, y tratar
(énfasis en tratar) de encontrar a los Cazadores de Sombras en Alicante. Había
líneas abiertas hacia la capital de los Cazadores de Sombras, líneas que sólo los
jefes de manadas y clanes podían usar.
Maia había regresado al apartamento de Jordan en la madrugada,
desesperada y agotada. Estaba de pie en la cocina, cuando él entró, con una
toalla de papel húmeda apretando contra su frente. Se la quitó mientras Jordan
la miró, y sintió que el agua le corría por la cara como lágrimas.
—No —dijo ella—.No hay noticias.
Jordan se dejó caer contra la pared. Llevaba sólo una camiseta de manga
corta, y los diseños intricados de líneas de los Upanishads15 eran oscuramente
visibles alrededor de sus bíceps. Su pelo sudoroso, estaba pegado a la frente, y
había una línea roja en el cuello donde la correa de su paquete de armas le
había cortado en la piel. Se veía miserable.
—No puedo creer esto —dijo, por lo que sintió Maia como la
millonésima vez—. Lo he perdido. Era responsable de él y lo he malditamente
perdido.
—No es tu culpa. —Sabía que no lo iba a hacer que se sienta mejor, pero
ella no pudo evitar decirlo—. Mira, no puedes luchar contra todos los vampiros
y malos que hay en la zona, y el Praetor no debería haberte pedido que lo
intentaras. Cuando Simon perdió la Marca, solicitaste ayuda para su seguridad,
¿no es así? Y ellos no enviaron a nadie. Hiciste lo que pudiste.
Jordan miró sus manos, y le dijo algo en voz baja.
—No fue lo suficiente.
Maia sabía que debía dejarle tranquilo, puso sus brazos alrededor de él,
para confortarlo. Decirle que no tenía la culpa.
Pero ella no pudo hacerlo. El peso de la culpa era tan pesado en su pecho
como una barra de hierro, las palabras no dichas asfixiaban su garganta. Había
sido así durante semanas. Jordan, tengo que decirte algo. Jordan, tengo que hacerlo.
Jordan, Yo.
15 Upanishad: Designa a cada uno de los más de 200 libros sagrados hinduistas.
Jordan…
El sonido de un teléfono rompió por el silencio entre ellos. Casi
frenéticamente Jordan buscó en su bolsillo y sacó su móvil, lo abrió mientras lo
ponía en su oreja.
—¿Hola?
Maia lo miró, inclinándose tan hacia delante que la encimera le cortaba
en su caja torácica. Podía oír sólo murmullos al otro lado del teléfono, sin
embargo, y estuvo a punto de gritar con impaciencia en el momento en que
Jordan cerró el teléfono y se volvió hacia ella, con una chispa de esperanza en
sus ojos.
—Ese fue el Teal Waxelbaum, segundo al mando en los Praetores —
dijo—. Me quieren en la sede de inmediato. Creo que van a ayudar a buscar a
Simon. ¿Quieres venir? Si salimos ahora, deberíamos estar allí a mediodía.
Había súplica en su voz, debajo de la corriente de la ansiedad por Simon.
Él no era estúpido, pensó Maia. Sabía que algo estaba mal. Sabía…
Ella respiró hondo. Las palabras llenaban su garganta Jordan, tenemos que
hablar pero ella obligó a ignorar esas palabras. Simon era la prioridad en estos
momentos.
—Por supuesto —dijo—. Por supuesto que iré.
Lo primero que vio Simon fue el papel de la pared, que no era tan malo.
Un poco anticuado. Definitivamente se estaba descamando. Había un grave
problema de moho. Pero en general, no era lo peor que alguna vez hubiera
visto. Parpadeó una y luego dos veces, centrándose en las rayas que rompían el
patrón floral. Le tomó un segundo darse cuenta de que esas rayas eran, de
hecho, rejas. Se encontraba en una jaula.
Rápidamente se dio la vuelta y se puso de pie, comprobando lo alto que
era la jaula. Su cráneo entró en contacto con las barras en la parte superior,
golpeándolo y haciendo bajar su mirada mientras maldecía en voz alta.
Y entonces se vio a sí mismo.
Llevaba una camisa blanca bombacha y ancha. Aún más preocupante era
el hecho de que también parecía llevar un par de pantalones de cuero muy
ajustados.
Muy apretados.
De cuero.
Simon se miró a sí mismo y comprobó todo su aspecto. El profundo
escote en forma de V exponiendo su pecho. El ajuste del cuero.
—¿Por qué… —dijo después de un momento—, cada vez que creo que
me ha ocurrido la cosa más terrible que me puede ocurrir, siempre estoy
equivocado?
Como si fuera una señal se abrió la puerta, y una figura pequeña se
precipitó en la habitación. Una forma oscura, cerró la puerta detrás de ella al
instante, como si fuera el Servicio Secreto, con gran velocidad.
Se acercó de puntillas hasta la jaula y apretó la cara entre dos barras.
—¡Siiimon! —gritó.
Maureen.
Simon normalmente hubiera al menos intentado pedirle que lo dejara
salir, que encontrara una llave, para que le ayudara. Pero algo en la apariencia
de Maureen le dijo que sería inútil.
Especialmente en la corona los huesos que llevaba. Huesos de dedos. Tal
vez huesos del pie. Y la corona de huesos estaba enjoyada, posiblemente para
deslumbrar. Y luego estaba el desigual vestido de fiesta rosa y gris, ampliado en
las caderas en un estilo que le recordaba a los de vestuarios dramáticos que se
establecieron en el siglo XVIII. No era el tipo de traje que inspiraba confianza.
—Hola, Maureen —dijo con cautela.
Maureen sonrió y apretó la cara más fuerte en la abertura.
—¿Te gusta tu traje? —preguntó—. Tengo unas cuantos para ti. Te tengo
una levita y una falda escocesa y todo tipo de cosas, pero quería que usaras este
primero. Yo te puse el maquillaje también. Esa fui yo.
Simon no necesitaba un espejo para saber que él estaba usando
delineador de ojos. El conocimiento fue instantáneo y completo.
—Maureen…
—Te estoy haciendo un collar —dijo, interrumpiéndolo—. Quiero que te
pongas más joyería. Quiero que te pongas más pulseras. Quiero cosas alrededor
de las muñecas.
—Maureen, ¿dónde estoy?
—Conmigo.
—Está bien. ¿Dónde estamos?
—El hotel, el hotel, el hotel…
El Hotel Dumort. Al menos eso tenía algo de sentido.
—Está bien —dijo—. ¿Y por qué estoy… en una jaula?
Maureen comenzó a tararear una canción para ella y pasó la mano por
los barrotes de la jaula, perdida en su propio mundo.
—Juntos, juntos, juntos... Ahora que estamos juntos. Tú y yo. Simon y
Maureen. Por fin.
—Maureen…
—Esta será tu habitación —dijo—. Y una vez que estés listo, puedes salir.
Tengo cosas para ti. Tengo una cama. Y otras cosas. Algunas sillas. Cosas que te
gusta. ¡Y la banda puede tocar!
Se giró, casi perdiendo el equilibrio ante el peso extraño del vestido.
Simon sintió que probablemente debería elegir sus siguientes palabras
con mucho cuidado. Sabía que él tenía una voz calmante. Él podría ser sensible.
Tranquilizador.
—Maureen... sabes... me gustas...
Sobre esto, Maureen le detuvo y se apoderó de las barras de nuevo.
—Sólo necesitas tiempo —dijo con una amabilidad aterradora en su
voz—. Tiempo. Vas a aprender. Te enamoraras. Ahora estamos juntos. Y vamos
a reinar. Tú y yo. Nosotros gobernaremos mi reino. Ahora que soy la Reina.
—¿Reina?
—Reina. Reina Maureen. Maureen, la Reina de la Noche. La Reina
Maureen de la Oscuridad. Reina Maureen. Reina Maureen. La Reina Maureen
de los muertos.
Ella tomó una vela que ardía en un aplique en la pared y de repente la
asomó entre las barras y en dirección de Simon. Ella se inclinó muy ligeramente
y sonrió mientras la cera blanca caía en forma de lágrimas a los restos podridos
de la alfombra escarlata en el suelo. Se mordió el labio inferior en concentración,
girando la muñeca suavemente, poniendo juntas las gotas de cera.
—¿Eres... una Reina ? —dijo Simon débilmente. Había sabido que
Maureen era el líder del clan de los vampiros de Nueva York. Había matado a
Camille, después de todo, y tomado su lugar. Pero en el clan los líderes no eran
llamados reyes o reinas. Se vestían con normalidad, como Raphael lo hacía, no
con disfraces. Eran figuras importantes en la comunidad de los Hijos de la
Noche.
Pero Maureen, por supuesto, era diferente. Maureen era una niña, una
niña no-muerta. Simon recordó sus calentadores del brazo de colores, su
vocecita entrecortada y sus grandes ojos. Había sido una niña inocente cuando
Simon le había mordido, cuando Camille y Lilith la habían tomado y cambiado,
la inyección del mal en sus venas había hecho desaparecer esa inocencia y la
corrompió hasta la locura.
Era su culpa, Simon lo sabía. Si Maureen no lo hubiera conocido, no lo
habría seguido y nada de esto le habría sucedido.
Maureen asintió y sonrió, concentrándose en su montón de cera, que
ahora estaba formando como un pequeño volcán.
—Lo que necesito... es hacer cosas —dijo bruscamente y dejó caer la vela,
aún ardiendo. Se apagó por sí sola, ya que cayó al suelo, y ella se apresuró hacia
la puerta. La misma figura oscura abrió el instante en que ella se acercó. Y
entonces Simon estaba solo otra vez, con los restos humeantes de la vela y sus
nuevos pantalones de cuero y el horrible peso de su culpa.
Maia había permanecido en silencio todo el camino hasta el Praetor,
cuando el sol se había elevado más alto en el cielo y los alrededores llenos de
gente y con altos edificios de Manhattan y de tráfico obstruido de Long Island
Expressway, dio lugar a los pequeños pueblos pastorales y granjas del North
Fork. Estaban cerca del Praetor ahora, y pudieron ver las aguas azul-hielo del
Sound a su izquierda, ondeando en el viento fresco. Maia imaginó sumergirse
en ellos, y se estremeció ante la idea del frío.
—¿Estás bien? —Jordan apenas había hablado en todo el camino. Hacía
frío dentro de su camión y llevaba guantes de conducir de cuero, pero no ocultó
sus nudillos blancos por el agarre en el volante. Maia podía sentir la ansiedad
que salía de él en oleadas.
—Estoy bien, —dijo ella. No era cierto. Estaba preocupada por Simon, y
ella seguía luchando contra las palabras que no podía decir y que le ahogaban
la garganta. Ahora no era el momento adecuado para decirlas, no con Simon
desaparecido, y sin embargo, cada momento que no lo decía que se sentía como
una mentira.
Giraron hacia el largo camino blanco que se extendía a lo lejos, hacia el
Sound. Jordan se aclaró la garganta.
—Sabes que te quiero, ¿verdad?
—Lo sé —dijo Maia en voz baja, y luchó contra el impulso de decir
“Gracias.” Se supone que no debes decir "gracias" cuando alguien dice que te
amaba. Se suponía que debías decir lo que Jordan estaba esperando,
claramente…
Ella miró por la ventana y se sacudió de su ensoñación.
—Jordan, ¿está nevando?
—No creo. —Pero copos blancos iban a la deriva por las ventanas de la
camioneta, acumulándose en el parabrisas. Jordan paró el camión y bajó una de
las ventanas, sacando la mano para coger un copo. La retiró, con su expresión
oscureciéndose—. Eso no es nieve —dijo—. Es ceniza.
El corazón de Maia dio un vuelco mientras él empujaba el coche de
nuevo en marcha y avanzaba, girando hacia la esquina. Por delante de ellos,
donde la sede del Praetor Lupus debería alzarse, de oro contra el cielo gris,
había una cortina de humo gris. Jordan juró y viró el volante hacia la izquierda;
el camión chocó contra una zanja y se detuvo. Le dio una patada para abrir la
puerta y bajó de un salto; Maia le siguió un segundo más tarde.
La sede Praetor Lupus había sido construida sobre una enorme parcela
de tierra verde que se inclinaba hacia el Sound. El edificio central fue construido
de piedra dorada, una románica casa solariega rodeada de pórticos con arcos. O
lo había sido. Ahora era una masa chamuscada de madera y piedra ahora, como
los huesos en un crematorio. Polvo blanco y cenizas volaron a través de los
jardines, y Maia se atragantó con el aire punzante, con lo que levantó una mano
para protegerse la cara.
El pelo castaño de Jordan estaba densamente cubierto con ceniza. Miró a
su alrededor, su expresión conmocionada y sin comprender.
—Yo no…
Algo llamó la atención de Maia, un destello de movimiento a través del
humo. Ella agarró la manga de Jordan.
—Mira, hay alguien allí.
Se movió, bordeando la ruina humeante del edificio del Praetor. Maia le
siguió, aunque ella no pudo evitar quedarse atrás para mirar con horror los
restos carbonizados de la estructura que sobresalía de la tierra, las paredes que
sostinían un techo que ya no existía, las ventanas que se habían fundido,
vislumbra aquí y allá algo blanco que podría haber sido por el ladrillo o
huesos...
Jordan se detuvo delante de ella. Maia se trasladó para ponerse a su
lado. La ceniza se aferraba a sus zapatos, el polvo de la misma en uno de los
cordones. Ella y Jordan estaban en el cuerpo principal de los edificios
quemados. Ella podía ver el agua en la distancia. El fuego no se había
extendido, aunque había carbonizadas hojas muertas y ceniza volando, también
y, en medio de los setos recortados, había cuerpos.
Lobos, de todas las edades, aunque en su mayoría jóvenes, yacían por los
senderos bien cuidados, sus cuerpos siendo cubiertos por la ceniza lentamente
como si fueran tragados por una tormenta de nieve.
Los hombres lobo tenían un instinto de rodearse de otros de su especie,
de vivir en manadas, sacar fuerzas de los otros. Estos muchos licántropos
muertos se sentían como un dolor desgarrador, un agujero de pérdida en el
mundo. Ella recordó las palabras de Kipling, escritas en las paredes del
Praetor. La fuerza de la manada es el lobo, y la fuerza del lobo es la manada.
Jordan miraba alrededor, moviendo los labios mientras murmuraba los
nombres de los muertos, Andrea, Teal, Amon, Kurosh, Mara. En el borde del agua
Maia de repente vio que algo se movía, un cuerpo, medio sumergido. Ella echó
a correr, Jordan la siguió. Ella se deslizó a través de la ceniza, a donde la hierba
daba paso a la arena, y se dejó caer junto al cadáver.
Era Praetor Scott, el cadáver flotando boca abajo, con el pelo gris y rubio
empapado, el agua a su alrededor manchada rojo rosado. Maia se inclinó para
darle la vuelta y casi se atragantó. Tenía los ojos abiertos, mirando sin ver el
cielo, con la garganta rebanada de par en par.
—Maia. —Ella sintió una mano en su espalda, la de Jordan—. No…
Su sentencia fue interrumpida por un grito de asombro, y ella se dio la
vuelta, sólo para sentir una sensación de terror tan intenso que casi se
desmayó. Jordan se encontraba detrás de ella, con una mano extendida y una
mirada de estupefacción en el rostro.
Desde el centro de su pecho sobresalía la hoja de una espada, el metal
estampado con estrellas negras. Parecía totalmente extraño, como si alguien las
hubiera dejado allí, o como si se tratara de algún tipo de decorado teatral.
La sangre comenzó a extenderse en un círculo alrededor de ella,
manchando la parte delantera de la chaqueta de él. Jordan dio otro suspiro y se
deslizó sobre sus rodillas, la espada se retrajo, su cuerpo deslizándose mientras
se desplomaba en el suelo y revelando lo que estaba detrás de él.
Un muchacho que llevaba una maciza espada negra y plateada se quedó
mirando a Maia sobre el cuerpo arrodillado de Jordan. La empuñadura estaba
manchada con sangre, de hecho, él se encontraba todo ensangrentado, desde su
cabello pálido a sus botas, salpicadas de sangre como si hubiera estado de pie
delante de un ventilador soplando pintura escarlata. Había una sonrisa en su
rostro.
—Maia Roberts y Jordan Kyle —dijo—. He oído hablar mucho
de vosotros.
Maia se puso de rodillas, mientras Jordan se desplomaba hacia un
lado. Ella lo agarró, llevándolo a su regazo. Se sentía entumecida por todas
partes con horror, como si se encontrara en el frío fondo de Sound. Jordan se
estremecía en sus brazos, y ella los puso a su alrededor mientras la sangre
corría por las comisuras de los labios.
Levantó la mirada hacia el chico de pie sobre ella. Por un momento
pensó, mareada, que había salido de una de sus pesadillas de su hermano,
Daniel. Era hermoso, al igual que Daniel había sido, a pesar de que no podría
haberse visto más diferentes. La piel de Daniel había sido del mismo marrón
como la de ella, mientras que este chico parecía haber sido tallado en hielo. Piel
blanca, pómulos pálidos afilados, cabello salpicado de blanco le caía sobre la
frente. Sus ojos eran negros, ojos de tiburón, planos y fríos.
—Sebastian —dijo—. Eres el hijo de Valentine.
—Maia —susurró Jordan. Tenía las manos sobre su pecho, y ellas estaban
empapadas de sangre. Así como su camisa, y la arena debajo de ellos, los
granos de esta agrupándose por la pegajosa escarlata—. No te quedes, corre.
—Chist. —Ella lo besó en la mejilla—. Vas a estar bien.
—No, no —dijo Sebastian, sonando aburrido—. Él va a morir.
Maia levantó la cabeza.
—Cállate —dijo entre dientes—. Cállate, tu… tu cosa…
Su muñeca hizo movimientos rápido, nunca había visto a nadie moverse
tan rápido, excepto tal vez Jace y la punta de su espada estuvo contra su
garganta.
—Tranquila, Subterránea —dijo—. Mira cuántos muertos se encuentran a
tu alrededor. ¿Crees que dudaría en matar a uno más?
Ella tragó saliva, pero no se alejó.
—¿Por qué? Pensé que tu guerra era con los Cazadores de Sombras…
—Es una historia muy larga —dijo arrastrando las palabras—. Basta con
decir que el Instituto de Londres está molestamente bien protegido, y el Praetor
ha pagado el precio. Iba a matar a alguien hoy. Simplemente no estaba seguro de
quién cuando desperté esta mañana. Adoro las mañanas. Tan llenas de
posibilidades.
—El Praetor no tiene nada que ver con el Instituto de Londres…
—Oh, te equivocas en eso. Hay toda una historia. Pero es poco
importante. Tienes razón en que mi guerra es con los Nefilim, lo que significa
que también estoy en guerra con sus aliados. Este —y movió su mano libre
hacia atrás para indicar las ruinas quemadas detrás de él—, es mi mensaje. Y tú
lo entregarás por mí.
Maia empezó a negarse, pero sintió algo agarrar su mano, eran los dedos
de Jordan. Ella lo miró. Se veía de color blanco hueso, sus ojos buscando los de
ella. Por favor, parecían decir. Haz lo que te pide.
—¿Qué mensaje? —susurró.
—Que deben recordar a su Shakespeare —dijo—. Nunca haré una pausa de
nuevo, nunca me detendré, hasta que ya sea la muerte la que cierre estos ojos míos, o la
fortuna dándome su muestra de venganza. —Las pestañas rozaron su sangrienta
mejilla mientras le guiñaba un ojo. —Dile a todos los subterráneos —dijo—.
Busco venganza, y la tendré. Lidiaré de esta manera con cualquiera que se alíe a
los Cazadores de Sombras. No tengo ningún problema con tu especie, a menos
que sigas a los Nefilim en batalla, en cuyo caso serás atravesada por mi espada
y las espadas de mi ejército, hasta que el último de los suyos sea arrancado de la
superficie de este mundo. —Bajó la punta de su espada, para que rozara los
botones de la camisa de ella, como si quisiera cortarla de su cuerpo. Él seguía
sonriendo cuando apartó la espada de nuevo—. ¿Crees que puedes recordar
eso, chica lobo?
—Yo...
—Por supuesto que sí —dijo, y bajó la mirada hacia el cuerpo de Jordan,
que seguía quieto en sus brazos—. Tu novio está muerto, por cierto —
agregó. Deslizó su espada en la vaina en su cintura y se alejó, sus botas
levantando nubes de cenizas a su paso.
Magnus no había estado en el interior de La Luna del Cazador desde que
había sido una taberna clandestina durante los años de la Ley Seca, un lugar
donde los mundanos se reunían calladamente a emborracharse hasta perder la
conciencia. En algún momento de la década de 1940 esta había sido tomada por
propietarios del Submundo, y habían atendido a la clientela —principalmente
hombres lobo— desde entonces. Habían sido cutre entonces y era cutre ahora,
el suelo cubierto con una capa de aserrín pegajoso. Había una barra de madera
con una encimera moteada, marcada con décadas de anillos que dejaban los
vasos húmedos y arañazos de garras largas. Sneaky Pete, el barman, estaba a
mitad de servir una Coca-Cola a Bat Velásquez, jefe temporal de la manada de
lobos de Manhattan de Luke. Magnus lo miró fijamente, pensativo.
—¿Estás mirando al nuevo líder de la manada de lobos? —preguntó
Catarina, que se encontraba metida en la cabina, a la sombra, junto a Magnus,
sus dedos azules alrededor de un Long Island Iced Tea—. Pensé evitabas a los
hombres lobo después de Woolsey Scott.
—No lo estoy mirando —dijo Magnus con altanería. Bat no era mal
parecido, si te gustaban de mandíbula cuadrada y anchos hombros, pero
Magnus estaba sumido en sus pensamientos—. Mi mente estaba en otras cosas.
—¡Sea lo que sea, no lo hagas! —dijo Catarina—. Es una mala idea.
—¿Y por qué dices eso?
—Debido a que son las únicas que tienes —dijo ella—. Te conozco desde
hace mucho tiempo, y estoy absolutamente segura sobre eso. Si estás pensando
en convertirte en un pirata de nuevo, es una mala idea.
—Yo no repito mis errores —dijo Magnus, ofendido.
—Tienes razón. Cometes errores nuevos e incluso peores —le dijo
Catarina—. No lo hagas, sea lo que sea. No dirijas un levantamiento de
hombres lobo, no hagas nada que pueda contribuir accidentalmente al
Apocalipsis, y no inicies tu propia línea de brillo y trates de venderlo en
Sephora.
—Esa última idea tiene mérito real —comentó Magnus—. Pero no estoy
contemplando cambiar de carrera. Pensaba en...
—¿Alec Lightwood? —Catarina sonrió—. Nunca he visto a nadie meterse
debajo de tu piel como ese chico.
—No me has conocido por mucho tiempo —murmuró Magnus, pero era
poco entusiasta.
—Por favor. Me hiciste tomar el Portal al Instituto para que no tuvieras
que verlo, y luego apareces de todos modos, sólo para decir adiós. No lo
niegues, te vi.
—Yo no niego nada. Me presenté para decir adiós; lo que fue un
error. No debería haberlo hecho. —Magnus bebió un trago de su bebida.
—Oh, por el amor de Dios —dijo Catarina—. ¿Qué es esto, de verdad,
Magnus? Nunca te he visto tan feliz como lo eras con Alec. Normalmente,
cuando estás enamorado, eres miserable. Mira a Camille. La odiaba. Ragnor la
odiaba…
Magnus puso su cabeza sobre la mesa.
—Todo el mundo la odiaba —continuó Catarina sin piedad—. Era
retorcida y mala. Y porque tu pobre dulce novio fue engañado por ella; bueno,
en realidad, ¿es esa razón para poner fin a una relación perfectamente
buena? Es como dejar suelta a una pitón con un conejo y luego enojarte cuando
el conejo pierde.
—Alec no es un conejo. Es un Cazador de Sombras.
—Y nunca has salido con un Cazador de Sombras antes. ¿De eso se trata?
Magnus se apartó de la mesa, lo cual fue un alivio, ya que olía a cerveza.
—En cierto sentido —dijo—. El mundo está cambiando. ¿No lo sientes,
Catarina?
Ella lo miró por encima del borde de su copa.
—No puedo decir que sí.
—Los Nefilim han perdurado durante miles de años —dijo Magnus—.
Pero algo viene, un gran cambio. Siempre los hemos aceptado como un hecho
de nuestra existencia. Pero hay brujos con edad suficiente para recordar cuando
los Nefilim no caminaban sobre la tierra. Podrían ser borrados tan pronto como
llegaron.
—Pero en realidad no piensas…
—He soñado con esto —dijo—. Sabes que tengo sueños reales a veces.
—Debido a tu padre. —Bajó la bebida. Su expresión era decidida ahora,
sin ningún humor—. Él sólo podría estar tratando de asustarte.
Catarina era una de las pocas personas en el mundo que sabía quién era
realmente el padre de Magnus; Ragnor Fell había sido otro. No era algo que a
Magnus le gustara decir a la gente. Una cosa era tener un demonio como
padre. Otra cosa era cuando tu padre era dueño de una parte significativa de las
propiedades inmobiliarias del Infierno.
—¿Para qué? —Magnus se encogió de hombros—. No soy el centro de
cual sea el torbellino que está por venir.
—Pero tienes miedo de que Alec lo sea —dijo Catarina—. Y quieres
alejarlo antes de perderlo.
—Dijiste que no debía hacer nada que pudiera contribuir
accidentalmente al apocalipsis —dijo Magnus—. Sé que bromeabas. Pero es
menos divertido cuando no puedo librarme de la sensación de que el
apocalipsis se acerca, de alguna manera. Valentine Morgenstern casi acabó con
los Cazadores de Sombras, y su hijo es dos veces más inteligente y seis veces
malvado. Y no vendrá solo. Tiene ayuda, de los demonios mayores de mi
padre, de los demás
—¿Cómo sabes eso? —La voz de Catarina era aguda.
—Lo he investigado.
—Pensé que habías terminado de ayudar a los Cazadores de Sombras —
dijo Catarina, y luego levantó una mano antes de que él pudiera decir algo—.
No importa. Te he oído decir ese tipo de cosas suficientes veces como para
saber que nunca hablas realmente en serio.
—Ese es el problema —dijo Magnus—. He investigado, pero no he
encontrado nada. Donde sea que los aliados de Sebastian van, él no deja huellas
de su alianza. Sigo sintiendo que estoy a punto de descubrir algo, y luego me
encuentro sosteniendo el aire. No creo que pueda ayudarles, Catarina. No sé si
alguien puede.
Magnus miró hacia otro lado por su expresión de repente compasiva, al
otro lado de la barra. Bat se apoyaba contra el mostrador, jugando con su
teléfono, la luz de las sombras de pantalla a través de su rostro. Sombras que
Magnus veía en cada cara mortal, cada ser humano, cada Cazador de Sombras,
cada criatura condenada a morir.
—Los mortales mueren —dijo Catarina—. Siempre has sabido eso, y sin
embargo, los has amado antes.
—No —dijo Magnus—, de esta manera.
Catarina inhaló por la sorpresa.
—Oh —dijo ella—. Oh... —Cogió su copa—. Magnus —dijo ella con
ternura—. Eres increíblemente estúpido.
Él entrecerró los ojos hacia ella.
—¿Lo soy?
—Si eso es lo que sientes, debes estar con él —dijo—. Piensa en
Tessa. ¿No aprendiste nada de ella? ¿Sobre qué amores valen la pena el dolor de
perderlos?
—Él está en Alicante.
—¿Y? —dijo Catarina—. Se suponía que tú eres el representante de
brujos en el Concejo y descargaste esa responsabilidad sobre mí. Estoy
descargándola ti. Ve a Alicante. A mí me suena como que tendrás más que decir
al Concejo de lo que yo jamás podría, de todos modos —Metió la mano en el
bolsillo del traje de enfermera que llevaba puesto, había venido directamente de
su trabajo en el hospital—. Ah, y toma esto.
Magnus arrancó el trozo de papel arrugado de sus dedos.
—¿Una invitación a cenar? —dijo con incredulidad.
—Meliorn de las Hadas desea que todos los Subterráneos del Concejo se
unan para la cena antes del gran Concilio —dijo ella—. Una especie de gesto de
paz y buena voluntad, o tal vez sólo quiere molestar a todo el mundo con
acertijos. De cualquier manera debe ser interesante.
—Comida faérica —dijo Magnus con tristeza—. No me gusta la comida
de las Hadas. Quiero decir, incluso la de tipo seguro que no significa que
estarás atrapado bailando por el próximo siglo. Todas esas verduras crudas y
escarabajos. —Se interrumpió. Al otro lado de la sala de Bat tenía su teléfono
pegado a la oreja. Su otra mano agarraba la barra del bar.
—Pasa algo malo —dijo Magnus—. Relacionado con la manada.
Catarina dejó el vaso en la mesa. Ella estaba muy acostumbrada a
Magnus, y sabía cuándo probablemente tenía razón. Miró a Bat, que había
cerrado su teléfono. Había palidecido, su cicatriz destacándose, lívida en su
mejilla. Se inclinó para decirle algo a Sneaky Pete detrás de la barra, a
continuación, puso dos dedos en su boca y silbó.
Sonó como el silbido de un tren de vapor, y cortó el murmullo de voces
en el bar. En momentos cada licántropo se encontraba de pie, ascendiendo hacia
Bat. Magnus se levantó también, aunque Catarina atrapó su manga.
—No…
—Voy a estar bien. —Él la ignoró, y se abrió paso entre la multitud, hacia
Bat. El resto de la manada se encontraba de pie en un anillo móvil en torno a
él. Ellos se tensaron con desconfianza al ver al brujo en medio de ellos,
empujando para acercarse al líder de la manada. Una mujer lobo rubia se movió
para bloquear a Magnus, pero Bat levantó una mano.
—Está bien, Amabel —dijo. Su voz no era amable, pero era educada—.
Magnus Bane, ¿verdad? ¿Brujo Mayor de Brooklyn? Maia Roberts dice que
puedo confiar en ti.
—Puedes hacerlo.
—Está bien, pero tenemos asuntos urgentes de la manada aquí. ¿Qué
quieres?
—Te llamaron. —Magnus hizo un gesto hacia el teléfono de Bat—. ¿Era
Luke? ¿Ocurrió algo en Alicante?
Bat negó con la cabeza, con una expresión indescifrable.
—¿Otro ataque al Instituto, entonces? —dijo Magnus. Estaba
acostumbrado a ser el que tenía todas las respuestas, y odiaba no saber nada. Y
mientras que el Instituto de Nueva York estaba vacío, eso no significaba que los
otros Institutos estuvieran sin protección, que no se hubiese dado una batalla,
una en la que Alec podría haber decidido involucrarse…
—No es un Instituto —dijo Bat—. Esa era Maia en el teléfono. La sede
Praetor Lupus fue quemada hasta los cimientos. Al menos un centenar de
hombres lobo han muerto, incluyendo Praetor Scott y Jordan Kyle. Sebastian
Morgenstern ha llevado su batalla contra nosotros.
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