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Capítulo 6
Hermano de Plomo y
Hermana de Acero
Traducido por SOS Sandra289, SOS Drys y SOS Emi Rose
Corregido por Key
—No lo tires, por favor, por favor no lo tires. Oh Dios, él lo tiró —dijo
Julian con voz resignada cuando una cuña de patata voló a través de la
habitación, pasando cerca de su oreja.
—Nada se ha dañado —le tranquilizó Emma. Estaba sentada con la
espalda apoyada en la cuna de Tavvy, mirando a Julian darle a su hermano
pequeño su merienda de la tarde. Tavvy había llegado a la edad donde era muy
exigente sobre lo que le gustaba comer, y todo lo que no le gustaba era arrojado
al suelo—. La lámpara tiene un poco de patata, eso es todo.
Afortunadamente, aunque el resto de la casa Penhallow era bastante
elegante, el ático —dónde “los huérfanos de guerra”, el término colectivo
aplicado a los niños Blackthorn y Emma desde que habían llegado a Idris,
donde ahora vivían— era extremadamente sencillo, funcional y robusto en su
diseño. Ocupaba todo el piso superior de la casa: varias habitaciones
conectadas, una pequeña cocina y un baño, una caótica colección de camas y
pertenencias esparcidas por todos lados. Helen dormía abajo con Aline, aunque
ella subía todos los días; a Emma le habían dado su propia habitación y a Julian
también, aunque rara vez estaba en ella. Drusilla y Octavian seguían
despertándose cada noche gritando, y Julian tenía que dormir en el suelo de su
habitación, con una almohada y manta amontonada al lado de la cuna de
Tavvy. No había silla alta, por lo que Julian se sentaba en el suelo frente al niño
y sobre la manta que cubría la comida, con un plato en una mano y una mirada
desesperada en el rostro.
Emma se acercó y se sentó enfrente de él, poniendo a Tavvy en su
regazo. Su pequeño rostro estrujado de infelicidad.
—Memma —dijo él mientras ella lo levantaba.
—Haz el tren chú-chú —le aconsejó a Jules. Se preguntó si debía decirle
que tenía salsa de espagueti en el cabello. Pensándolo un segundo,
probablemente mejor no.
Ella vio como él hacía zumbar la comida a su alrededor antes de
acercarla a la boca de Tavvy. El niño estaba riendo ahora. Emma trató de
empujar hacia abajo su sensación de pérdida: recordaba a su propio padre
separar pacientemente la comida en el plato durante la fase en la que ella se
había negado a comer cualquier cosa que fuera verde.
—Él no está comiendo lo suficiente —dijo Jules en voz baja, mientras
hacía pedazos de pan y mantequilla para el tren y Tavvy lo alcanzaba con sus
manos pegajosas.
—Está triste. Es un bebé, pero aun así sabe que algo malo pasó —dijo
Emma—. Echa de menos a Mark y a tu padre.
Jules se frotó cansadamente los ojos, dejando una mancha de salsa de
tomate en una mejilla.
—No puedo remplazar a Mark o a mi padre. —Puso un tajo de manzana
en la boca de Tavvy. Tavvy lo escupió con una mirada de sombrío placer. Julian
suspiró—. Debería ir a ver a Dru y a los gemelos —dijo—. Estaban jugando
Monopolio en mi habitación, pero nunca sabes cómo eso puede acabar.
Era verdad. Tiberius, con su mente analítica, tendía a ganar la mayoría
de los juegos. A Livvy nunca le importaba, pero a Dru, que era más
competitivo, sí le importaba y a menudo cada juego solía terminar con un tirón
de pelo por ambas partes.
—Yo lo haré. —Emma devolvió a Tavvy y estaba a punto de ponerse de
pie cuando Helen entró en la habitación, luciendo sombría. Cuando los vio a los
dos, su mirada sombría pasó a ser una aprehensiva. Emma sintió los vellos de
detrás de su cuello ponerse de punta.
—Helen —dijo Julian—. ¿Qué sucede?
—Las fuerzas de Sebastian han atacado el Instituto de Londres.
Emma vio a Julian tensarse. Casi lo sentía, como si los nervios de él
fueran sus nervios, su pánico el suyo. Su rostro —ya demasiado delgado—
pareció endurecerse, aunque mantuvo el mismo cuidadoso y gentil agarre sobre
el bebé.
—¿El tío Arthur? —Preguntó.
—Él está bien —dijo Helen rápidamente—. Fue herido. Eso retrasará su
llegada a Idris, pero está todo bien. De hecho, todas las personas del Instituto de
Londres están bien. El ataque no tuvo éxito.
—¿Cómo? —La voz de Julian era apenas un susurro.
—No lo sabemos todavía, no exactamente —dijo Helen—. Voy al Gard
con Aline, el Cónsul y el resto para tratar de averiguar qué fue lo que pasó. —Se
arrodilló y acarició con su mano los rizos de Tavvy—. Son buenas noticias —le
dijo a Julian, que parecía más aturdido que otra cosa—. Sé que es aterrador que
Sebastian volviera a atacar, pero él no ganó.
Emma se encontró con la mirada de Julian. Sentía como si debiera estar
emocionada con las buenas noticias, pero tenía un sentimiento desgarrador
dentro—unos celos terribles. ¿Por qué los habitantes del Instituto de Londres
habían sobrevivido cuando su familia estaba muerta? ¿Cómo es que ellos
habían peleado mejor, habían hecho algo más?
—No es justo —dijo Julian.
—Jules —dijo Helen, levantándose—. Es una derrota. Eso significa algo.
Significa que nosotros podemos derrotar a Sebastian y sus fuerzas. Acabar con
ellas. Voltear el juego. Hará que la gente tenga menos miedo. Eso es importante.
—Espero que puedan cogerlo vivo —dijo Emma, sus ojos en los de
Julian—. Espero que lo maten en la Plaza del Ángel, de manera que todo el
mundo pueda verlo, y espero que lo hagan despacio.
—Emma —dijo Helen, sonando sorprendida, pero los ojos verde azulados
de Julian hicieron eco de la propia fiereza de Emma de regreso hacia ella, sin un
deje de desaprobación. Emma nunca lo había amado tanto como hizo en ese
momento, reflejando hacia ella los oscuros sentimientos de las profundidades
de su propio corazón.
La tienda de armas era maravillosa. Clary nunca pensó que describiría
una tiende de armas como maravillosa antes—tal vez una puesta de sol, o una
limpia vista nocturna del horizonte de Nueva York, pero no una tienda llena de
mazas, hachas y bastones-espada.
Esta lo era, sin embargo. El letrero de metal que colgaba fuera tenía la
forma de un carcaj, el nombre de la tienda —La flecha de Diana— inscrito en
letras cursiva. Dentro de la tienda había cuchillas presentadas en mortales
abanicos de oro, plata y acero. Una enorme araña colgaba de un techo pintado
con un diseño rococó de flechas de oro en vuelo. Flechas reales estaban
colocadas en un expositor de madera tallada. Espadas tibetanas con pomos
decorados en turquesa, plata y coral, colgados de las paredes junto a las
cuchillas birmanas dha con espigas de metal martilladas en cobre y latón.
—¿Entonces a qué viene esto? —Preguntó Jace con curiosidad,
descendiendo una naginata tallada con caracteres japoneses. Cuando la dejó en
el suelo, la hoja se elevó por encima de su cabeza, sus largos dedos curvándose
alrededor de la vara para mantenerla estable—. ¿Tu deseo por una espada?
—Cuando una niña de doce años te dice que el arma que tienes es un
asco, es el momento de cambiarla —dijo Clary.
La mujer del mostrador se rió. Clary la reconoció como la mujer con el
tatuaje del pez que había hablado en la reunión del Concejo.
—Bueno, has venido al lugar indicado.
—¿Es esta tu tienda? —Preguntó Clary, estirando una mano para probar
la punta de una larga espada con el puño de hierro.
La mujer sonrió.
—Soy Diana, sí. Diana Wrayburn.
Clary cogió el estoque, pero Jace, haciendo inclinar la naginata contra la
pared, negó con la cabeza hacia ella.
—Esa Claymore debe ser más alta que tú. No es que eso sea difícil.
Clary le sacó la lengua y cogió una espada corta de la pared. Había
arañazos a lo largo de la hoja—arañazos que en un examen más riguroso pudo
ver que eran letras en un idioma que ella no conocía.
—Esas son runas, pero no runas de Cazadores de Sombras —dijo
Diana—. Esa es una espada vikinga muy vieja. Y muy pesada.
—¿Sabes lo que dice?
—“Sólo el Valeroso” —dijo Diana—. Mi padre solía decir que podías
decir que era una gran arma si tenía un nombre o inscripción.
—Vi una ayer —recordó Clary—. Decía algo como: “Soy del mismo acero
y molde que Joyeuse y Durandal.”
—¡Cortana! —Los ojos de Diana se iluminaron—. La hoja de Ogier. Es
impresionante. Como poseer Excalibur16, o Kusanagi-no-Tsurugi17
. Cortana es la

16Excalibur: Es el nombre más aceptado de la espada legendaria del Rey Arturo, a la que se han
atribuido diferentes propiedades extraordinarias a lo largo de las numerosas versiones del mito
y las historias subsiguientes.
17Kusanagi-no-Tsurugi: es una espada legendaria japonesa.
espada de los Carstairs, creo. ¿Es Emma Carstairs, la chica que fue a la reunión
del Concejo ayer, la que la posee ahora?
Clary asintió.
Diana frunció los labios.
—Pobre niña —dijo ella—. Y los Blackthorn también. Haber perdido
tanto en un solo golpe. Me gustaría que hubiera algo que pudiera hacer por
ellos.
—A mí también —dijo Clary.
Diana le dirigió una mirada calculada y se agachó detrás del mostrador.
Se acercó un momento después con una espada de la longitud del antebrazo de
Clary.
—¿Qué piensas de esto?
Clary se quedó mirando la espada. Era, sin ninguna duda, hermosa. La
cruz de guardia, el agarre y la empuñadura eran de oro cincelado con
obsidiana, la hoja de plata tan oscura que estaba cerca de ser negra. La mente de
Clary corrió rápidamente a través de los tipos de armas que había estado
memorizando en sus lecciones —cuchillos, sables, espadas de respaldo, espadas
largas.
—¿Es una cinquedea? —Adivinó.
—Es una espada corta. Tal vez quieras mirar el otro lado —dijo Diana, y
volteó la espada a su revés. En el lado opuesto de la hoja, debajo de la cresta
central, corría un modelo de estrellas negras.
—Oh. —El corazón de Clary golpeó dolorosamente; dio un paso atrás y
casi tropezó con Jace, que estaba detrás de ella con el ceño fruncido—. Esta es
una espada Morgenstern.
—Sí, lo es. —Los ojos de Diana eran astutos—. Hace mucho que los
Morgenstern encargaron dos hojas del herrero Wayland the Smith, un juego
completo. Una grande y otra pequeña, para un padre y su hijo. Porque
Morgenstern significa “Estrella de la mañana,” cada uno fue nombrado con una
estrella de aspecto diferente. La pequeña, ésta de aquí, se llama Eósforo, que
significa portador del alba, mientras que la grande se llama Paésforo, o
portador de luz. Tú, sin duda, habrás visto ya a Paésforo, ya que Valentine la
llevaba, y ahora su hijo la lleva también.
—Sabes quiénes somos —dijo Jace. No era una pregunta—. Quién es
Clary.
—El mundo de los Cazadores de Sombras es pequeño —dijo Diana, y
miró de uno a otro—. Estoy en el Concejo. Te he visto dar testimonio, hija de
Valentine.
Clary miró dubitativamente la hoja.
—No lo entiendo —dijo ella—. Valentine jamás habría renunciado a una
espada Morgenstern. ¿Cómo es que la tienes?
—Su esposa la vendió —dijo Diana—. A mi padre, que era dueño de la
tienda en los días antes del Levantamiento. Era suya. Debería ser tuya ahora.
Clary se estremeció.
—He visto a dos hombres llevar la versión larga de la espada, y he
odiado a ambos. No hay Morgenstern en este mundo ahora que se dedique a
hacer otra cosa que el mal.
Jace dijo:
—Estás tú.
Ella lo miró, pero su expresión era indescifrable.
—No podría permitírmelo, de todos modos —dijo Clary—. Es de oro, y
oro negro, y adamas. No tengo dinero para este tipo de armas.
—Te la daré —dijo Diana—. Tienes razón en que la gente odia a los
Morgenstern; cuentan historias de cómo las espadas fueron creadas para
contener magia mortal, para matar a miles de un golpe. No son más que
historias, por supuesto, no hay verdad en ellas, pero aún no es el tipo de arma
que podría vender en otro sitio. O necesariamente quererla. Debería estar en
buenas manos.
—No la quiero —susurró Clary.
—Si tienes miedo de ella, le darás poder sobre ti —dijo Diana—. Cógela,
corta la garganta de tu hermano con ella, y recupera el honor de tu sangre.
Deslizó la espada a través del mostrador hacia Clary. Sin palabras Clary
la cogió, su mano curvándose alrededor de la empuñadura, encontrando que se
ajustaba a su agarre, encajaba exactamente, como si hubiera sido diseñada para
ella. A pesar del acero y los metales preciosos de la espada, se sentía ligera
como una pluma en su mano. La levantó, las estrellas negras a lo largo de la
hoja resplandeciendo ante ella, una luz como fuego corriendo, desatándose a lo
largo del acero.
Levantó la vista para ver a Diana coger algo en el aire: un rayo de luz que
dio lugar a una hoja de papel. Lo leyó, sus cejas tejidas juntas de preocupación.
—Por el Ángel —dijo—. El Instituto de Londres ha sido atacado.
Clary casi dejó caer la espada. Oyó a Jace coger aliento a su lado.
—¿Qué? —Exigió.
Diana levantó la vista.
—Todo está bien —dijo ella—. Aparentemente había algún tipo de
protección especial prevista en el Instituto de Londres, algo de lo que incluso el
Concejo no sabía. Hay algunos heridos, pero nadie ha muerto. Las fuerzas de
Sebastian fueron repelidas. Por desgracia, ninguno de los Cazadores Oscuros
resultó capturado o muerto. —Cuando Diana habló, Clary se dio cuenta de que
la dueña de la tienda estaba vistiendo ropa blanca de luto. ¿Había perdido a
alguien en la guerra de Valentine? ¿En los ataques a los Institutos de Sebastian?
¿Cuánta sangre había sido derramada por manos de los Morgestern?
—Yo… lo siento mucho —dijo Clary sin aliento. Podía ver a Sebastian,
verlo claramente en su cabeza, con roja armadura y sangre, la plata en su
cabello y en su espada. Se tambaleó hacia atrás.
De repente había una mano en su brazo, y se dio cuenta de que estaba
respirando aire frío. De alguna manera estaba fuera de la tienda de armas, en
una calle llena de gente, y Jace estaba a su lado.
—Clary —estaba diciendo—. Está bien. Todo está bien. Los Cazadores de
Sombras de Londres, todo ellos escaparon.
—Diana dijo que había heridos —dijo ella—. Más sangre derramada a
causa de los Morgenstern.
El echó un vistazo a la hoja, aún agarrada en su mano derecha, sus dedos
sin sangre en la empuñadura.
—No tienes que tomar la espada.
—No. Diana tenía razón. Estar asustada de todo lo Morgenstern, es… eso
le da a Sebastian poder sobre mí. Lo cual es exactamente lo que quiere.
—Estoy de acuerdo —dijo Jace—. Por eso te traje esto.
Le entregó una vaina de cuero oscuro, trabajada con un modelo de
estrellas de plata.
—No puedes caminar de arriba hacia abajo por la calle con un arma
desenfundada —agregó—. Quiero decir, puedes, pero es posible que nos den
algunas miradas extrañas.
Clary cogió la vaina, cubrió la espada y la metió dentro del cinturón,
cerrando su abrigo sobre él.
—¿Mejor?
Le apartó un mechón de cabello rojo de la cara.
—Es tu primera arma real, una que te pertenece a ti. El nombre
Morgenstern no está maldito, Clary. Es un glorioso y antiquísimo nombre de
Cazadores de Sombras que se remonta a cientos de años atrás. La estrella de la
mañana.
—La estrella de la mañana no es una estrella —dijo Clary de mal
humor—. Es un planeta. Aprendí eso en clase de astronomía.
—La educación mundana es lamentablemente prosaica —dijo Jace—.
Mira —dijo, y señaló hacia arriba. Clary miró, pero no al cielo. Lo miró a él, al
sol en su cabello claro, la curva de su boca cuando sonrió—. Mucho antes de
que nadie supiera sobre los planetas, sabían que había puntos brillantes en la
manta de la noche. Las estrellas. Y ellos sabían que había una que se levantaba
en el este, al salir el sol, y lo llamaron la estrella de la mañana, el portador de
luz, el heraldo del amanecer. ¿Es eso tan malo? ¿Traer luz al mundo?
Impulsivamente Clary se inclinó y le besó en la mejilla.
—Bueno, está bien —dijo ella—. Así que eso era más poético que clase de
astronomía.
Él dejó caer su mano y le sonrió.
—Bien —dijo—. Nosotros iremos a hacer algo más poético ahora. Vamos.
Quiero mostrarte algo.
Unos dedos fríos contra la sien de Simon lo despertaron.
—Abre los ojos, Vampiro Diurno —dijo una voz impaciente—. No
tenemos todo el día.
Simon se sentó con tanta rapidez que la persona frente a él se echó hacia
atrás con un siseo. Simon miró. Él todavía estaba rodeado por los barrotes de la
jaula de Maureen, todavía dentro de la putrefacta habitación en el Hotel
Dumort. Frente a él estaba Raphael. Llevaba una camisa blanca abotonada y
jeans, el brillo del oro visible en su garganta. Simon siempre lo había visto
arreglado y cuidado, como si fuera a una reunión de negocios. Ahora, su pelo
oscuro estaba despeinado, con la camisa blanca desgarrada y manchada con
suciedad.
—Buenos días, Vampiro Diurno —dijo Raphael.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Espetó Simon. Se sentía sucio, enfermo y
enfadado. Y todavía llevaba una camisa ceñida—. ¿Es realmente de mañana?
—Estabas dormido, ahora estás despierto. Es de mañana. —Raphael
parecía obscenamente alegre—. En cuanto a lo que estoy haciendo aquí: estoy
aquí por ti, por supuesto.
Simon se apoyó en los barrotes de la jaula.
—¿Qué quieres decir? ¿Y cómo lograste entrar aquí, de todos modos?
Raphael lo miró con lástima.
—La jaula abre desde el exterior. Ha sido fácil para mí entrar.
—¿Así que esto es únicamente la soledad y un deseo de compañerismo
del tiempo fraternal, o qué? —Inquirió Simon—. La última vez que te vi, me
pediste que fuera tu guardaespaldas, y cuando te dije que no, dejaste implícito
que si alguna vez perdía la Marca de Caín, me matarías.
Raphael le sonrió.
—¿Así que esta es la parte en que me matas? —Preguntó Simon—. Tengo
que decir que no es tan sutil. Probablemente quedarás atrapado.
—Sí. —Reflexionó Raphael—. Maureen sería muy infeliz con tu
desaparición. Una vez la abordé con el tema de venderte a los brujos sin
escrúpulos, y a ella no le hizo gracia. Es lamentable. Con tus poderes de
curación, la sangre de Vampiro Diurno conlleva un alto precio. —Él suspiró—.
Hubiera sido una gran oportunidad. Pero, Maureen es demasiado tonta como
para ver las cosas desde mi punto de vista. Ella preferiría mantenerte aquí
vestido como una muñeca. Pero entonces, está loca.
—¿Se supone que debas decir esas cosas sobre la Reina de los vampiros?
—Hubo un tiempo en que te quise muerto, Vampiro Diurno —respondió
Raphael conversacionalmente, como si estuviera diciéndole a Simon que hubo
una vez en que él había considerado comprarle a Simon una caja de
chocolates—. Pero tengo un enemigo mayor. Tú y yo, estamos en el mismo
lado.
Los barrotes de la jaula estaban presionando incómodamente en la
espalda de Simon. Él se movió.
—¿Maureen? —Supuso—. Siempre has querido ser el líder de los
vampiros, y ahora ella ha tomado tu lugar.
Raphael frunció los labios en una mueca.
—¿Crees que esto es sólo un juego de poder? —Dijo él—. No lo
entiendes. Antes de que Maureen fuera Convertida, fue aterrorizada y
torturada hasta el punto de la locura. Cuando ella se levantó, ella arañó su
camino fuera del ataúd. No había nadie para enseñarle. Nadie que le diera la
primera sangre. Como yo hice contigo.
Simon lo miró. Recordó el cementerio de repente, surgiendo de la tierra
en el frío del aire y polvo, y el hambre, el hambre desgarrador, y a Raphael
lanzándole una bolsa llena de sangre. Nunca había pensado en ello como un
favor o un servicio, pero habría matado a cualquier ser vivo que hubiera
encontrado si no hubiera tenido esa primera comida. Estuvo a punto de matar a
Clary. Fue Raphael quien había hecho que eso no sucediera.
Fue Raphael quien había llevado a Simon de Dumort al Instituto; lo
había cargado, sangrando, hasta los escalones de la entrada, cuando no podían
ir más lejos; y había explicado a los amigos de Simon lo que había sucedido.
Simon supuso que Raphael podía haber tratado de ocultarlo, podría haber
mentido a los Nefilim, pero había confesado y tomado las consecuencias.
Raphael nunca había sido particularmente amable con Simon, pero a su
manera, él tenía una extraña especie de honor.
—Yo te creé —dijo Raphael—. Mi sangre, en tus venas, te hizo un
vampiro.
—Siempre has dicho que era un terrible vampiro —señaló Simon.
—No espero tu gratitud —dijo Raphael—. Nunca has querido ser lo que
eres. Tampoco Maureen, uno puede adivinarlo. Ella se volvió loca por su
Conversión, y sigue estándolo. Asesina sin un pensamiento. No tiene en cuenta
el peligro al que nos expone ante el mundo humano por una descuidada
masacre. Ella no cree que tal vez, si los vampiros matan sin necesidad o
consideración, un día no habrá más alimentos.
—Seres humanos —corrigió Simon—. No habría más humanos.
—Eres un vampiro terrible—dijo Raphael—. Pero en esto estamos de
acuerdo. Tú quieres proteger a los seres humanos. Yo deseo proteger a los
vampiros. Nuestro objetivo es uno y el mismo.
—Entonces mátala —dijo Simon—. Mata a Maureen y asume el control
del clan.
—No puedo. —Raphael parecía sombrío—. Los otros niños del clan la
aman. No ven el largo camino, la oscuridad en el horizonte. Ellos ven solo tener
la libertad de matar y consumir a voluntad. No respetan los Acuerdos, no
siguen ni una regla. Ella les da toda la libertad del mundo, y van a acabar ellos
mismos por eso. —Su tono era amargo.
—Realmente te importa lo que sucede con el clan —dijo Simon,
sorprendido—. Serías un muy buen líder.
Raphael lo miró.
—Aunque no sé cómo te verías con una tiara de huesos —agregó
Simon—. Mira, entiendo lo que estás diciendo, pero ¿cómo puedo ayudarte? En
caso de que no lo hayas notado, estoy atrapado en una jaula. Si me liberas, serás
atrapado. Y si me voy, Maureen me encontrará.
—No en Alicante, ella no lo hará —dijo Raphael.
—¿Alicante? —Simon lo miró—. ¿Quieres decir… la capital de Idris,
Alicante?
—No eres muy inteligente —dijo Raphael—. Sí, ese es el Alicante al que
me refiero. —Ante la expresión de asombro de Simon, sonrió levemente—. Hay
un representante de los vampiros en la Concejo. Anselm Nightshade. Una
especie de retirado, el líder del clan de Los Ángeles, pero un hombre que
conoce ciertos… amigos míos. Brujos.
—¿Magnus? —Dijo Simon, sorprendido. Raphael y Magnus eran ambos
inmortales, ambos residentes de Nueva York y representantes de rango
bastante alto en sus respectivos grupos de Subterráneos. Y sin embargo, nunca
había considerado que podrían conocerse entre sí, o cómo de bien.
Raphael ignoró la pregunta de Simon.
—Nightshade ha accedido a enviarme como representante en su lugar, a
pesar de que Maureen no lo sabe. Así que debo ir a Alicante, y sentarme en el
Concejo para su gran reunión, pero necesito que vengas conmigo.
—¿Por qué?
—No confían en mí, los Cazadores de Sombras —dijo Raphael
simplemente—. Pero ellos confían en ti. Especialmente los Nefilim de Nueva
York. Mírate. Llevas el collar de Isabelle Lightwood. Ellos saben que eres más
como otro Cazador de Sombras que un Hijo de la Noche. Te creerán si les dices
que Maureen ha roto los Acuerdos y que debe ser detenida.
—Es cierto —dijo Simon—. Ellos confían en mí. —Raphael lo miró con
amplios e inocentes ojos—. Y esto no tiene nada que ver con que no quieras que
el clan sepa que estás contra Maureen, porque la adoran y si lo descubren se
volverán contra ti como comadrejas.
—Conoces a los hijos del Inquisidor —dijo él—. Puedes testificar
directamente con él.
—Claro —dijo Simon—. A nadie en el clan le importará que delate a su
Reina y la haga asesinar. Estoy seguro de que mi vida va a ser fantástica cuando
regrese.
Raphael se encogió de hombros.
—Tengo seguidores aquí —dijo—. Alguien me dejó entrar en esta
habitación. Una vez que Maureen sea detenida, es muy probable que podamos
volver a Nueva York con pocas consecuencias negativas.
—Con pocas consecuencias negativas. —Simon soltó un bufido—. Eres
de gran consuelo.
—De todos modos, estás en peligro aquí —dijo Raphael—. Si no tuvieras
a tu protector hombre lobo, o tus Cazadores de Sombras, te habrías reunido con
la muerte eterna muchas veces. Si no quieres venir conmigo a Alicante, estaré
feliz de dejarte aquí en esta jaula, para que puedas ser el juguete de Maureen. O
puedes unirte a tus amigos en la Ciudad de Cristal. Catarina Loss está
esperando en la planta baja para hacer un Portal para nosotros. Es tu elección.
Raphael estaba inclinado hacia atrás, una pierna doblada, la mano
colgando suelta sobre su rodilla como si estuviera descansando en el parque.
Detrás de él, a través de los barrotes de la jaula, Simon pudo ver el contorno de
otro vampiro de pie junto a la puerta, una chica de cabello oscuro, sus
características en la sombra. La que había dejado entrar a Raphael, supuso.
Pensó en Jordan. Tu protector hombre lobo. Pero esto, este choque de clanes y
lealtades, y sobretodo el asesino deseo de Maureen por sangre y muerte, era
demasiado para poner en la puerta de Jordan.
—No tengo elección, ¿verdad? —Dijo Simon.
Raphael sonrió.
—No, Vampiro Diurno. En absoluto.
La última vez que Clary había estado en el Salón de los Acuerdos, había
sido casi destruido—su techo de cristal roto, el suelo de mármol agrietado, la
fuente central secada.
Tenía que reconocer que los Cazadores de Sombras habían hecho un
trabajo impresionante reparándolo desde entonces. El techo estaba de nuevo en
una sola pieza, el suelo de mármol limpio, suave y veteado con oro. Los arcos se
situaban por encima, la luz que resplandecía a través del techo iluminaba las
runas talladas en ellos. La fuente central con la estatua de la sirena brillaba bajo
la tardía luz del sol, lo que convirtió el agua en bronce.
—Cuando obtienes tu primera arma real, es tradicional venir aquí y
bendecir la hoja en las aguas de la fuente —dijo Jace—. Los Cazadores de
Sombras han estado haciéndolo por generaciones. —Él se movió hacia adelante,
bajo la luz de oro mate, al borde de la fuente. Clary recordó el sueño de estar
bailando con él aquí. Miró por encima del hombro e hizo un gesto para que ella
se uniera a él—. Ven aquí.
Clary subió para pararse a su lado. La estatua central de la fuente, la
sirena, tenía escalas de colores hechas con superposición de bronce y cobre,
desde verde hasta verde grisáceo. La sirena portaba una jarra, de la que se
vertía el agua, y su rostro tenía una sonrisa guerrera.
—Pon la hoja en la fuente y repite después de mí —dijo Jace—. Deja que
las aguas de esta fuente limpien esta hoja. La consagren solo para mi uso. Me permitan
utilizarla solamente en la ayuda de las causas justas. Déjame agitarla por la justicia.
Permítele guiarme para ser un guerreo digno de Idris. Y que me proteja para que pueda
volver a esta fuente a bendecir a su metal de nuevo. En El nombre de Raziel.
Clary deslizó la hoja en el agua y repitió las palabras después de él. El
agua ondulaba y brillaba alrededor de la espada, y ella se acordó de otra fuente,
en otro lugar, y de Sebastian sentado detrás de ella, mirando a la imagen
distorsionada de su propio rostro. Tienes un corazón oscuro en ti, hija de Valentine.
—Bien —dijo Jace. Ella sintió su mano en su muñeca; el agua de la fuente
salpicó, haciendo su piel fría y húmeda donde tocó la de ella. Él atrajo su mano
aun sosteniendo la espada, y la liberó para que pudiera levantar la hoja. El sol
estaba más bajo ahora, pero era suficiente para que los rayos hicieran brillar la
obsidiana a lo largo de la superficie central—. Ahora dale a la espada un
nombre.
—Eósforo —dijo ella, deslizándola de nuevo en su vaina y metiendo la
vaina en el cinturón—. El portador del alba.
Él dejó escapar una risa, y se inclinó para dejar un beso en la comisura de
su boca.
—Debería llevarte a casa... —Él se enderezó.
—Has estado pensando en él —dijo ella.
—Es posible que tengas que ser más específica —dijo Jace, aunque
sospechaba que sabía lo que quería decir.
—Sebastian —dijo—. Quiero decir, más de lo habitual. Y algo te molesta.
¿Qué es?
—¿Qué no es? —Empezó a alejarse de ella, a través del suelo de mármol
hacia las grandes puertas dobles de la sala, que estaban un poco abiertas. Ella lo
siguió, salió a la amplia cornisa sobre la escalera que conducía a la Plaza del
Ángel. El cielo estaba oscurecido de cobalto, el color del vidrio del mar.
—No —dijo Clary—. No te encierres en ti mismo.
—No iba a hacerlo. —Exhaló con dureza—. Simplemente no es nada
nuevo. Sí, pienso en él. Pienso en él todo el tiempo. Ojalá no lo hiciera. No
puedo explicarlo, no a cualquiera sino a ti, porque tú estabas allí. Era como si yo
fuera él, y ahora, cuando me dices cosas como que dejó esa caja en la casa de
Amatis, sé exactamente por qué. Y odio saberlo.
—Jace…
—No me digas que no soy como él —dijo—. Lo soy. Criados por el
mismo padre, ambos tenemos los beneficios de la educación especial de
Valentine. Hablamos el mismo idioma. Aprendimos el mismo estilo de lucha.
Nos enseñaron la misma moral. Teníamos las mismas mascotas. Cambió, por
supuesto; todo cambió cuando cumplí diez años, pero los cimientos de tu
infancia se quedan contigo. A veces me pregunto si todo esto es mi culpa.
Eso sacudió a Clary.
—No puedes estar hablando en serio. Nada de lo que hiciste cuando
estabas con Sebastian fue tu elección…
—Me gustó —dijo, y había una áspera corriente subterránea en su voz,
como si el hecho raspara en él al igual que si fuera lija—. Él es brillante,
Sebastian, pero hay agujeros en su pensamiento, lugares que él no conoce. Yo le
ayudé con eso. Nos sentábamos allí y hablábamos de cómo quemar el mundo, y
fue emocionante. Lo quería. Limpiarlo todo, empezar de nuevo, un holocausto
de fuego y sangre, y después, una ciudad brillante en una colina.
—Él te hizo pensar que querías esas cosas —dijo Clary, pero su voz
tembló ligeramente. Tienes un corazón oscuro en ti, hija de Valentine—. Te hizo
darle lo que él quería.
—Me gustaba dárselo —dijo Jace—. ¿Por qué crees que se me ocurrió tan
fácilmente pensar en maneras de romper y destruir, pero ahora no puedo
pensar en alguna manera de arreglarlo? Quiero decir, ¿para qué estoy
calificado, exactamente? ¿Un trabajo en el ejército del Infierno? Podría ser un
general, como Asmodeo o Samael.
—Jace…
—Ellos fueron los sirvientes más brillantes de Dios, una vez —dijo Jace—
. Eso es lo que pasa cuando caes. Todo lo que era brillante en ti se vuelve
oscuridad. Tan brillante como fuiste una vez, así es como te vuelves de
malvado. Es un largo camino para caer.
—Tú no has caído.
—No todavía —dijo, y entonces el cielo estalló en destellos de color rojo
y dorado. Por un momento de confusión Clary recordó los fuegos artificiales
que habían pintado el cielo la noche que ellos habían celebrado en la Plaza del
Ángel. Ahora ella dio un paso atrás, tratando de obtener una mejor vista.
Pero esto no era una celebración. Cuando sus ojos se acostumbraron a la
luminosidad, vio que la luz era de las torres de los demonios. Cada una se había
iluminado como una antorcha, quemando rojo y dorado contra el cielo.
Jace había palidecido.
—Las luces de batalla —dijo—. Tenemos que llegar al Gard. —Él la tomó
de la mano y empezó a tirar de ella por las escaleras.
Clary protestó.
—Pero mi madre. Isabelle, Alec…
—Todos estarán en su camino hacia el Gard también. —Habían llegado
al pie de la escalera. La Plaza del Ángel estaba llena de gente abriendo de golpe
las puertas de sus casas, desembocando en las calles, todos corriendo hacia el
sendero que seguía por la ladera de la Colina del Gard en la parte superior—.
Eso es lo que significa la señal de color rojo y dorado. “Llegar al Gard.” Eso es
lo que todos esperan que hagamos… —Él esquivó a un Cazador de Sombras
que corría pasándolos mientras ataba la correa de una armadura de brazo—.
¿Qué está pasando? —Gritó Jace tras él—. ¿Por qué la alarma?
—¡Ha habido otro ataque! —Un hombre mayor en un traje de combate
gritó en respuesta sobre su hombro.
—¿Otro Instituto? —Dijo Clary. Ellos estaban de vuelta en una calle
bordeada de tiendas que recordó visitar con Luke antes; estaban corriendo
cuesta arriba, pero ella no se sentía sin aliento. Silenciosamente agradeció los
últimos meses de entrenamiento.
El hombre con la armadura se dio la vuelta y trotó colina arriba hacia
atrás.
—No sabemos todavía. El ataque está en marcha.
Se dio la vuelta y redobló su velocidad, apresurándose por la calle curva
hacia la parte inferior del sendero al Gard. Clary se concentró en no chocar
contra nadie en la multitud. Ellos eran un movimiento, una avalancha de gente
empujando. Ella mantuvo su mano en la de Jace mientras corrían, su nueva
espada golpeando contra la parte externa de su pierna mientras avanzaba,
como para recordarle que estaba allí… allí y lista para ser usada.
El sendero que conducía al Gard era empinado, con tierra apisonada.
Clary intentó correr cuidadosamente—estaba usando un par de botas y unos
jeans, su chaqueta de combate con cremallera sobre su top, pero no era lo
suficiente bueno como estar toda cubierta con la protección. Una piedrecilla de
alguna manera había trabajado su camino hacia su bota izquierda, y estaba
apuñalando la planta de su pie para el momento en que llegaron a la puerta
principal del Gard y desaceleraron, mirando.
Las puertas se abrieron. Dentro de ellas se encontraba un amplio patio,
cubierto de hierba en el verano, aunque estaba desnudo ahora, rodeado por las
paredes interiores del Gard. Contra una pared había un enorme y arremolinado
agujero con un torbellino de aire y vacío.
Un Portal. Dentro de él, Clary pensó que podía vislumbrar toques de
negro, verde y ardiente blanco, incluso un trozo de cielo salpicado de
estrellas…
Robert Lightwood se alzó frente a ellos, bloqueando su camino; Jace casi
se estrelló contra él, y soltó la mano de Clary, enderezándose. El viento del
Portal era frío y poderoso, soplando a través del material de la chaqueta de
combate de Clary, levantando su cabello.
—¿Qué está pasando? —Exigió Jace secamente—. ¿Tiene que ver con el
ataque de Londres? Pensé que eso fue frustrado.
Robert negó con la cabeza, con una expresión sombría.
—Parece que Sebastian, después de haber sido frustrado en Londres, ha
dirigido su atención a otra parte.
—¿Dónde…? —Empezó Clary.
—¡La Ciudadela de Adamantio está siendo asediada! —Era la voz de Jia
Penhallow, levantándose sobre los gritos de la multitud. Ella se había movido
para estar de pie ante el Portal; el remolino de aire dentro y fuera de él hizo que
su capa se agitara abierta como las alas de un gran pájaro negro—. ¡Vamos a la
ayuda de las Hermanas de Hierro! ¡Los Cazadores de Sombras que están
armados y listos, por favor repórtense ante mí!
El patio se llenó de Nefilim, aunque no tantos como Clary hubo pensado
en un principio. Le había parecido como una inundación cuando ellos habían
corrido subiendo la colina hacia el Gard, pero vio que ahora era más como un
grupo de cuarenta a cincuenta guerreros. Algunos estaban con traje de combate,
otros en ropa de calle. No todos estaban armados. Los Nefilim al servicio del
Gard se precipitaron de ida y vuelta hacia la puerta de la sala de armas,
añadiendo armas a una pila de espadas, cuchillos serafín, hachas y mazos
amontonados al lado del Portal.
—Déjanos atravesarlo —le dijo Jace a Robert. Todo en traje de combate y
envuelto con el gris del Inquisidor, Robert Lightwood le recordó a Clary el lado
duro y rocoso de un acantilado: escarpado e inamovible.
Robert negó con la cabeza.
—No hay necesidad —dijo—. Sebastian ha intentado un ataque sorpresa.
Tiene solamente veinte o treinta Cazadores Oscuros con él. Hay suficientes
guerreros para el trabajo sin tener que enviar a nuestros niños.
—No soy un niño —dijo Jace salvajemente. Clary se preguntó qué pensó
Robert cuando miró al niño que había adoptado, si Robert había visto al padre
de Jace en su rostro, o aún buscaba restos de Michael Wayland que no estaban
allí. Jace escaneó la expresión de Robert Lightwood, la sospecha oscureciendo
sus ojos dorados—. ¿Qué estás haciendo? Hay algo que no quieres que sepa.
El rostro de Robert se surcó con líneas duras. En ese momento una mujer
rubia en movimiento rozó a Clary, hablando emocionada a su compañero:
—…nos dijo que podemos tratar de capturar a los Cazadores Oscuros,
traerlos de vuelta aquí. A ver si ellos pueden ser curados. Lo que significa que
tal vez puedan curar a Jason.
Clary fulminó a Robert con la mirada.
—No es cierto. No estás dejando que la gente cuyos familiares fueron
tomados en los ataques atraviese el Portal. No estás diciéndoles que los
Cazadores Oscuros pueden ser salvados.
Robert le lanzó una mirada sombría.
—No sabemos que no pueden serlo.
—Lo sabemos —dijo Clary—. ¡Ellos no pueden ser salvados! ¡No son lo
que eran! No son humanos. Pero cuando esos soldados vean las caras de la gente
que conocen, ellos dudarán, querrán que no sea verdad…
—Y ellos serán sacrificados —dijo Jace con tristeza—. Robert. Tienes que
parar esto.
Robert estaba sacudiendo su cabeza.
—Esta es la voluntad de la Clave. Esto es lo que quieren ver hecho.
—¿Entonces por qué siquiera enviarlos? —Exigió Jace—. ¿Por qué no
solo quedarse aquí y apuñalar a cincuenta de nuestra gente hasta morir?
¿Ahorrar tiempo?
—No te atrevas a bromear —espetó Robert.
—No estaba bromeando...
—Y no me digas que cincuenta Nefilim no pueden derrotar a veinte
Cazadores Oscuros. —Cazadores de Sombras empezaban a ir a través del
Portal, guiados por Jia. Clary sintió un cosquilleo de pánico correr por su espina
dorsal. Jia estaba dejando pasar solo a aquellos quienes estuvieran
completamente equipados en sus trajes de combate, pero un buen número eran
muy jóvenes o muy viejos, y muchos habían venido desarmados y estaban
simplemente haciéndose con las armas de la pila proporcionada por la sala de
armas, antes de pasar a través del Portal.
—Sebastian está esperando exactamente esta respuesta —dijo Jace
desesperadamente—. Si él ha venido con solo veinte guerreros, entonces hay
una razón, y tendrá un respaldo…
—¡Él no puede tener un respaldo! —La voz de Robert se elevó—. No
puedes abrir un Portal a la Ciudadela de Adamantio a menos que las Hermanas
de Hierro lo permitan. Nos lo están permitiendo, pero Sebastian debe haber
llegado por tierra. Sebastian no espera que estemos vigilando por él en la
Ciudadela. Él sabe que nosotros averiguamos que no puede ser rastreado; sin
duda pensó que solo estaríamos vigilando los Institutos. Este es un regalo.
—¡Sebastian no da regalos! —Gritó Jace—. ¡Están cegados!
—¡No estamos cegados! —Rugió Robert—. Puedes estar asustado de él,
Jace, pero es solo un niño; ¡no es la mente militar más brillante que haya
existido! ¡Luchó contra ti en el Burren y perdió!
Robert se dio la vuelta y se alejó, caminando hacia Jia. Jace lucía como si
hubiera recibido una bofetada. Clary dudó que alguien lo hubiera acusado
alguna vez de tener miedo antes.
Él se volteó para mirarla. El movimiento de Cazadores de Sombras hacia
el Portal había disminuido; Jia estaba despidiendo a la gente. Jace tocó la espada
corta en la cadera de Clary.
—Voy a pasar —dijo él.
—No te lo permitirán —dijo Clary.
—No necesitan permitírmelo. —Bajo las luces doradas y rojas de las torres,
el rostro de Jace lucía como si hubiera sido tallado en mármol. Detrás de él,
Clary pudo ver más Cazadores de Sombras subiendo a la colina. Estaban
conversando entre sí, como si se tratara de cualquier pelea ordinaria, cualquier
situación que pudiera ser manejada enviando a cincuenta Nefilim al lugar del
ataque. Ellos no habían estado en el Burren. No habían visto. No sabían. Clary
se encontró con la mirada de Jace.
Ella podía ver las líneas de tensión en su rostro, la profundización de los
ángulos de sus pómulos, ajustando su mandíbula.
—La pregunta es —dijo él—, ¿hay alguna posibilidad en que estarías de
acuerdo en quedarte aquí?
—Sabes que es un no —dijo ella.
Él tomó un suspiro tembloroso.
—Bien. Clary, esto puede ser peligroso, muy peligroso... —Ella podía oír
a la gente murmurando a su alrededor, voces excitadas, levantándose contra la
noche en soplos de aire exhalado, la gente charlando que el Cónsul y el Concejo
se habían reunido para discutir el ataque de Londres justo cuando apareció de
repente la existencia de Sebastian en el mapa rastreador, que solo había estado
allí un corto tiempo y con pocos refuerzos, que tenían una oportunidad real
para detenerlo, que él había sido frustrado en Londres y que lo sería de
nuevo…
—Te amo —dijo ella—. Pero no trates de detenerme.
Jace se estiró para tomar su mano.
—Muy bien —dijo él—. Entonces corramos juntos. Hacia el Portal.
—Corramos —estuvo de acuerdo, y así lo hicieron

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