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Capítulo 7
Enfrentamiento Nocturno
Traducido por Lizz_Herondale, Iselle y Xiime~
Corregido por katiliz94
La llanura volcánica se extendía como un paisaje lunar pálido delante de
Jace, llegando hasta una línea de montañas distantes, negras contra el horizonte.
La nieve blanca quitó el polvo del suelo: espesa en algunos lugares; hielo
delgado y quebradizo en otros. Las rocas terriblemente agudas cortaban a
través del hielo y la nieve, junto con las ramas desnudas de los setos y el musgo
congelado.
La luna estaba detrás de las nubes, el cielo oscuro aterciopelado
destellaba por aquí y por allá con estrellas, embotado por un brillo de nubes. La
luz centelleaba alrededor de estas, a través de los cuchillos serafín, y Jace vio,
mientras sus ojos se adaptaban, una luz que parecía una ardiente hoguera en la
distancia.
El Portal había depositado a Jace y a Clary a pocos metros el uno del
otro, en la nieve. Ahora se encontraban lado a lado, Clary muy silenciosa con su
cabello cobrizo espolvoreado con copos blancos. Todo alrededor de ellos eran
gritos y sollozos, el sonido de los cuchillos serafín siendo blandidos en el aire, el
murmullo de los nombres de ángeles.
—Quédate cerca de mí, —murmuró Jace cuando él y Clary se acercaron a
la cumbre de la colina. Había cogido una espada larga del montón justo antes
de saltar por el Portal, el grito de asombro de Jia siguiéndolos a través del
viento. Jace había medio esperado que ella o Robert fueran detrás de ellos, pero
en cambio el Portal se había cerrado inmediatamente detrás suyo, como una
puerta cerrándose de golpe.
La desconocida hoja era pesada en la mano de Jace. Prefería usar su
brazo izquierdo, pero la espada era de agarre diestro. El arma estaba abollada a
ambos lados, como si hubiera visto bastantes batallas. Desearía haber tenido
una de sus armas en la mano…
Apareció de repente, elevándose delante de ellos como un pescado que
rompe la superficie del agua con un repentino destello de plata. Jace había visto
antes la Ciudadela de Adamantio, pero sólo en imágenes. Esculpida en el
mismo material que los cuchillos serafín, la Ciudadela brillaba contra el cielo de
la noche como una estrella; era lo que Jace había confundido con la luz de una
hoguera. Un muro circular de adamas rodeándola, sin ninguna abertura en la
pared excepto por una solitaria entrada, formada por dos enormes cuchillos
hundidos en el suelo en ángulo, como un par de tijeras abiertas.
Entorno a la Ciudadela se extendía el suelo volcánico, negro y blanco
como un tablero de ajedrez—mitad roca volcánica y mitad nieve. Jace sintió
cómo los vellos de su cuello se erizaban. Era como estar en el Burren, aunque lo
recordaba solo en la forma que se puede recordar en un sueño: los oscuros
Nefilim de Sebastian, en sus rojos trajes de combate, y los Nefilim de la Clave,
de negro, cuchillos contra cuchillos, las chispas de la batalla levantándose en la
noche y luego el fuego de Gloriosa, arrasando con todo lo que había pasado
antes.
La tierra del Burren había sido oscura, pero ahora los guerreros de
Sebastian destacaban como gotas de sangre contra un fondo blanco. Estaban
esperando, el rojo bajo la luz de las estrellas, sus cuchillas oscuras en las manos.
Se encontraban de pie entre los Nefilim que habían venido a través del Portal y
las puertas de la Ciudadela de Adamantio. Aunque los Cazadores Oscuros
estaban a una distancia, y aunque Jace no podía ver ninguna de sus caras
claramente, de alguna manera pudo sentirlos sonriendo.
Y también pudo sentir el malestar de los Nefilim alrededor de él, los
Cazadores de Sombras que habían venido a través del Portal tan confiados, tan
listos para la batalla. Estaban de pie y mirando a los Cazadores Oscuros, y Jace
pudo sentir la vacilación en su bravura. Al fin —demasiado tarde— lo sintieron:
lo extraño, la diferencia de los Cazadores Oscuros. Éstos no eran Cazadores de
Sombras que se había extraviado temporalmente del camino. No eran
Cazadores de Sombras en absoluto.
—¿Dónde está? —Susurró Clary. Su aliento era blanco por el frío—.
¿Dónde está Sebastian?
Jace meneó la cabeza; muchos de los Cazadores Oscuros vestidos de rojo
llevaban las capuchas subidas, y sus rostros no se distinguían. Sebastian podía
ser cualquiera de ellos.
—¿Y las Hermanas de Hierro? —Clary buscó la llanura con mirada fija.
Lo único blanco era la nieve. No había ninguna señal de las Hermanas en sus
túnicas blancas, familiares de muchas ilustraciones del Codex
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.
—Se quedarán dentro de la Ciudadela —dijo Jace—. Tienen que proteger
lo que está en su interior. El arsenal. Probablemente eso es por lo que Sebastian
está aquí, las armas. Las Hermanas han rodeado la armería interior con sus
cuerpos. Si se las arregla para conseguir atravesar las puertas, o sus Cazadores
Oscuros lo hacen, las Hermanas destruirán la Ciudadela antes de dejarle
tenerla. —Su voz era sombría.
—Pero si Sebastian lo sabe, si conoce lo que las Hermanas harán… —
comenzó Clary.
Un grito cortó la noche como un cuchillo. Jace comenzó a adelantarse
antes de comprender que el grito provenía de detrás de ellos. Jace giró para ver
a un hombre en traje de combate caer con el cuchillo de un Cazador Oscuro en
el pecho. Era el hombre que había gritado a Clary en Alicante, antes de que
hubieran llegado al Gard.
El Cazador Oscuro se giró, sonriendo. Hubo un clamor de los Nefilim, y
la mujer rubia que Clary había escuchado hablar con emoción en el Gard dio un
paso adelante.

18 Traducción original: Códice u Código. Preferiblemente el primero. Se ha dejado como Codex
debido a la familiaridad que hay al decirlo en lugar de decir Códice.
—¡Jason! —Gritó ella, y Clary comprendió que le hablaba al Cazador
Oscuro, un hombre fornido con el mismo cabello rubio que tenía ella—. Jason,
por favor. —Su voz temblaba cuando se adelantó, estirando la mano hacia el
Cazador Oscuro, quien sacó otro cuchillo de su cinturón, mirándola con
expectación.
—Por favor, no, —dijo Clary—. No… no te acerques a él…
Pero la mujer rubia estaba sólo a un paso del Cazador Oscuro.
—Jason, —susurró ella—. Eres mi hermano. Eres uno de nosotros, un
Nefilim. No tienes que hacer esto, Sebastian no puede obligarte. Por favor… —
miró alrededor, desesperada—. Ven con nosotros. Están trabajando en una
cura; te arreglaremos…
Jason se rió. Su cuchillo destelló, en un barrido lateral. La cabeza rubia de
la Cazadora de Sombras cayó. La sangre se dispersó, negra contra la nieve
blanca, su cuerpo se desplomó. Alguien gritaba una y otra vez, histéricamente,
y luego alguien más lanzó un grito e hizo gestos como un loco detrás de ellos.
Jace levantó la mirada y vio que una fila de Cazadores Oscuros avanzaba
desde atrás, desde la dirección del Portal cerrado. Sus cuchillos brillaron a la luz
de la luna. Los Nefilim comenzaron a marchar sobre la cresta, pero ya no era
una progresión ordenada, había pánico entre ellos; Jace podía sentirlo, al igual
que el sabor de la sangre en el viento.
—¡Martillo y yunque! —Gritó él, esperando que le entendieran. Agarró a
Clary con su mano libre y tiró de ella para alejarla del cuerpo sin cabeza sobre el
suelo—. Es una trampa —gritó sobre el ruido de los enfrentamientos—.
¡Lleguemos a una pared, un lugar en el que se pueda hacer un Portal! ¡Tenemos
que salir de aquí!
Los ojos verdes de ella se ampliaron. Quería agarrarla, besarla, aferrarse
a ella, protegerla, pero el luchador en él sabía que le había traído a esta vida.
Animándola. Entrenándola. Cuando vio el entendimiento en sus ojos, él asintió
con la cabeza y la dejó ir.
Clary se alejó de su agarre, deslizándose por delante de un Cazador
Oscuro que se enfrentaba contra un Hermano Silencioso con su toga color
pergamino ensangrentada. Sus botas patinaron en la nieve cuando ella se lanzó
hacia la Ciudadela. La muchedumbre la tragó justo cuando un Cazador Oscuro
sacó su arma y arremetió contra Jace.
Como todos los Cazadores Oscuros, sus movimientos eran rápidos, casi
salvajes. Cuando se levantó con su espada, pareció que borró la luna. Y la
sangre de Jace se levantó también, disparándose como fuego por sus venas
mientras su conciencia se reducía: No había nada en el mundo, sólo este
momento, sólo el arma en su mano. Saltó hacia el Cazador Oscuro, con la
espada extendida.
Clary se inclinó para recuperar a Eósforo de donde había caído en la
nieve. La hoja estaba manchada con sangre, la sangre de un Cazador Oscuro
quien se lanzaba ahora mismo lejos de ella, arrojándose atrás en la batalla que
se arremolina en la llanura.
Ya había ocurrido una media docena de veces. Clary atacaría, intentaría
luchar contra un Cazador Oscuro, y éste dejaría caer su arma, retrocedería, le
daría la espalda y se alejaría deprisa como si ella fuera un fantasma. La primera
vez, o la segunda, se había preguntado si tenían miedo de Eósforo, confundidos
por lo parecida que era a la espada de Sebastian. Ahora sospechaba algo más.
Sebastian probablemente les había dicho que no la tocaran o le hicieran daño, y
ellos estaban obedeciendo.
Eso la hizo querer gritar. Sabía que se debería arrojar detrás de ellos
cuando corrieran, acabar con ellos con una puñalada en la espalda, o un corte
en la garganta, pero no era capaz de hacerlo. Todavía parecían Nefilim, lo
suficientemente humanos. Su sangre roja corría en la nieve. Aún parecía de
cobardes atacar a alguien que no te podría atacar de nuevo.
El hielo crujió detrás de ella y se giró, con la espada desenvainada. Todo
había ocurrido muy deprisa: la conciencia de que había el doble de Cazadores
Oscuros de los que habían contado, que estaban rodeados por ambos lados y la
petición de Jace de que hiciera un Portal. Ahora ella estaba luchando por abrirse
camino a través de una multitud desesperada. Algunos Cazadores de Sombras
se habían dispersado, y otros se habían plantado donde estaban, decididos a
luchar. Como una masa que estaba siendo empujada lentamente de la parte baja
de la colina hacia la llanura, donde la batalla se encontraba en su más grande
apogeo, se iluminaban los brillantes destellos de cuchillos serafín contra
cuchillos oscuros, una mezcla de blanco, negro y rojo.
Por primera vez Clary tuvo motivos para bendecir su baja estatura. Fue
capaz de lanzarse a través de la muchedumbre, su mirada quedó atrapada en el
desesperado cuadro de lucha. Allí, una Nefilim apenas mayor que ella, estaba
involucrada en una desesperada batalla contra uno de los Cazadores Oscuros,
del doble de tamaño que la Cazadora de Sombras, quien la forzó a deslizare
contra la sangrienta y resbaladiza nieve; una espada se balanceó, luego un
chillido y un cuchillo serafín se oscureció para siempre. Un joven Cazador de
Sombras, de cabello oscuro y vestido en traje negro de combate, estaba de pie
sobre el cuerpo de un guerrero muerto en traje rojo. Sostenía un sangriento
cuchillo en una mano y las lágrimas corrían por su rostro, sin marcar. Cerca de
un Hermano Silencioso, una visión inesperada pero bienvenida en sus
vestiduras de pergamino, aplastó el cráneo de un Cazador Oscuro de un solo
golpe con su bastón de madera; el Cazador Oscuro se dobló en silencio. Un
hombre cayó de rodillas, envolviendo los brazos alrededor de las piernas de
una mujer vestida de rojo; ella lo miró fríamente, luego condujo su espada abajo
entre sus omóplatos. Ninguno de los guerreros se movió para detenerla.
Clary emergió al otro lado de la multitud y se encontró a sí misma junto
a la Ciudadela. Sus paredes estaban brillando con una luz intensa. A través del
arco de tijera de la entrada, creyó que podía ver el aura de algo de color dorado
rojizo como fuego. Escarbó en su cinturón para coger la estela, puso la punta en
la pared y se congeló.
Sólo a pasos de ella, un Cazador Oscuro se había escabullido de la batalla
y se encaminaba hacia las puertas de la Ciudadela. Llevaba una maza y la
agitaba bajo el brazo; con una mirada sonriente hacia la batalla, se agachó a
través de las puertas de la Ciudadela…
Y las tijeras se cerraron. No hubo ningún grito, pero el asqueroso crujir
de los huesos y cartílagos era audible incluso a través de los ruidos de la batalla.
Una gota de sangre rociaba la puerta cerrada, y Clary comprendió que no era el
primero. Había otras manchas, desplegadas a través de la pared de la
Ciudadela, oscureciendo el suelo bajo.
Se alejó, su estómago se apretó, y presionó su estela con más fuerza
contra la piedra. Empezó a forzar en su mente pensamientos de Alicante y
tratar de visualizar el espacio ante el Gard, tratando de alejar todas las
distracciones a su alrededor.
—Suelta la estela, hija de Valentine —dijo una fría voz.
Se congeló. Detrás de ella estaba parada Amatis, espada en mano, la
punta afilada apuntando directamente a Clary. Había una salvaje sonrisa en su
rostro.
—Así es —dijo ella—. Deja caer la estela al suelo y ven conmigo.
Conozco a alguien que estará muy contento de verte.
—Muévete, Clarissa. —Amatis pinchó a Clary en un costado con la punta
de su espada, no lo suficientemente fuerte como para cortar a través de su
chaqueta, pero con la suficiente fuerza para incomodar a Clary. Ella había
dejado caer su estela; que yacía a metros de distancia en la asquerosa nieve,
brillando con una tenue luz seductora—. Deja de holgazanear.
—No puedes dañarme —dijo Clary—. Sebastian ha dado órdenes.
—Órdenes de no matarte —estuvo de acuerdo Amatis—. Nunca dijo
nada acerca de herirte. Podría felizmente entregarte a él sin todos tus dedos,
chica. No creas que no lo haría.
Clary la fulminó con la mirada antes de girar y dejar a Amatis llevarla
hacia la batalla. Su miraba estuvo deambulando entre los Cazadores Oscuros,
buscando una cabeza familiar en el mar de color escarlata. Necesitaba saber
cuánto tiempo tenía antes de que Amatis la arrojara a los pies de Sebastian y de
que la posibilidad de luchar o correr estuvieran acabadas. Por supuesto, Amatis
habían tomado a Eósforo, y la espada Morgenstern ahora colgaba en la cadera
de la mujer mayor, las estrellas a lo largo de la cresta parpadeando en la tenue
luz.
—Apuesto a que ni siquiera sabes dónde está —dijo Clary.
Amatis le pinchó otra vez, y Clary se movió hacia adelante, casi
tropezando con el cadáver de un Cazador Oscuro. El suelo era una masa hecha
de nieve, suciedad y sangre.
—Soy la primera lugarteniente de Sebastian; siempre sé dónde está. Por
eso soy la única en la que confía para llevarte a él.
—No confía en ti. No le importas, ni ninguna otra cosa. Mira. —Habían
alcanzado el tope de una colina pequeña; Clary se detuvo y extendió el brazo,
indicando el campo de batalla—. Mira cuántos de vosotros estáis cayendo…
Sebastian solo quiere carne de cañón. Solo quiere usarlos.
—¿Eso es lo que ves? Yo veo a Nefilim muertos. —Clary podía ver a
Amatis por el rabillo del ojo. Su cabello marrón grisáceo flotaba en el aire frío, y
sus ojos eran duros—. ¿Crees que la Clave no está siendo superada? Mira. Mira
allí. —Le pinchó con un dedo, y Clary miró, de mala gana. Las dos mitades del
ejército de Sebastian se habían cerrado y los Nefilim estaban en medio de ellos.
Muchos de los Nefilim estaban luchando con habilidad y bravura. Eran, en su
propio extraño modo, encantadores de observar en batalla; la luz de sus
cuchillos serafín dejando rastros en el cielo oscuro. Pero eso no cambiaba el
hecho de que estuvieran condenados—. Hicieron lo que siempre hacen cuando
hay un ataque fuera de Idris y una Cónclave no está cerca. Enviaron a través del
Portal a quienes llegasen primero al Gard. Algunos de estos guerreros nunca
han luchado en una batalla real antes. Algunos han luchado en demasiadas.
Ninguno de ellos está dispuesto a matar a un enemigo que lleve el rostro de sus
hijos, amantes, amigos, parabatais. —Escupió la última palabra—. La Clave no
entiende a nuestro Sebastian o a sus fuerzas, y estarán muertos antes de que lo
hagan.
—¿De dónde vinieron?—Exigió Clary—. Los Cazadores Oscuros. La
Clave dijo que solo había veinte de ellos, y no había forma de que Sebastian
ocultara sus números. Cómo…
Amatis echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—Como si fuera a decírtelo. Sebastian tiene aliados en más lugares de los
que conoces, pequeña.
—Amatis. —Clary intentó mantener la voz firme—. Eres una de
nosotros. Nefilim. Eres la hermana de Luke.
—Él es un Subterráneo, no un hermano mío. Debió haberse matado
cuando Valentine le dijo que lo hiciese.
—No quieres decir eso. Estuviste feliz de verlo cuando fuimos a tu casa.
Sé que lo estabas.
Esta vez el golpe de la punta de la hoja entre sus omóplatos fue más que
incómoda: dolía.
—Entonces estaba atrapada —dijo Amatis—. Pensando que necesitaba la
aprobación de la Clave y el Concejo. Los Nefilim me arrebataron todo. —Se dio
la vuelta para mirar a la Ciudadela—. Las Hermanas de Hierro se llevaron a mi
madre. Después una Hermana de Hierro influyó en mi divorcio. Cortaron mis
Marcas de matrimonio en dos, y lloré por el dolor de aquello. No tienen
corazones en su interior, sólo adamas, y los Hermanos Silenciosos tampoco.
Crees que son amables, que los Nefilim son amables, porque son buenos, pero
ser bueno no es ser bondadoso, y no hay nada más cruel que la virtud.
—Pero podemos elegir —dijo Clary, pero, ¿cómo podías explicarle a
alguien que no entendía que sus elecciones se le habían arrebatado, que no
había tal cosa como el libre albedrio?
—Oh, en nombre del Infierno, cállate —interrumpió Amatis, con rigidez.
Clary siguió su mirada. Por un momento, no pudo ver lo que la otra
mujer estaba mirando. Vio el caos de la lucha, la sangre en la nieve, la chispa de
la luz de las estrellas en los cuchillos y el duro brillo de la Ciudadela. Entonces
se dio cuenta de que la batalla parecía estar resolviéndose en una extraña clase
de patrón—algo estaba cortando un camino por el medio de la multitud, como
un corte de un barco a través del agua, dejando caos a su paso. Un Cazador de
Sombras delgado y vestido de negro con el cabello brillante, se movía con
rapidez, era como ver la primavera de fuego de cresta a cresta en un bosque,
atrapando todo en llamas.
Sólo que en este caso el bosque era el ejército de Sebastian, los Cazadores
Oscuros cayendo uno por uno. La caída fue tan rápida, que apenas tuvieron
tiempo de llegar por sus armas, y mucho menos levantarlas. Y mientras caían,
otros comenzaban a retirarse, confusos e inciertos, por lo que Clary pudo ver el
espacio que estaba siendo aclarado en medio de la batalla, y quién estaba de pie
en el centro de la misma.
A pesar de todo, ella sonrió.
—Jace.
Amatis tomó aire por la sorpresa; fue un momento de distracción, pero
fue todo lo que Clary necesitó para balancearse hacia delante y enganchar la
pierna alrededor de los tobillos de Amatis, de la manera en la cual Jace le había
enseñado, y luego barrió los pies de Amatis de debajo de ella. Ésta cayó, el
cuchillo se escabulló de su mano, a través de la tierra helada. Amatis estaba
inclinada para saltar hacia atrás cuando Clary la derribó sin ser amable pero con
eficacia, enviándola de nuevo hacia la nieve. Amatis arremetió contra ella,
golpeando la parte posterior de su cabeza, pero la mano de Clary estaba en el
cinturón de la mujer, liberando a Eósforo, y después poniendo la punta afilada
contra la garganta de Amatis.
Amatis se congeló.
—Así es —dijo Clary—. Ni siquiera pienses en moverte.
—¡Déjame ir! —Gritó Isabelle a su padre—. ¡Déjame ir!
Cuando las torres de los demonios se habían vuelto rojas y doradas con
la advertencia de llegar al Gard, ella y Alec habían revoloteado para hacerse de
sus trajes de combate y armas, apresurándose a toda velocidad por la colina. El
corazón de Isabelle palpitaba, no por el esfuerzo sino por la emoción. Alec era
sombrío y práctico como siempre, pero el látigo de Isabelle estaba cantando
para ella. Tal vez esta podría ser una verdadera batalla; tal vez este podría ser el
momento en que se enfrentarían a Sebastian de nuevo en el campo, y esta vez
ella lo mataría.
Por su hermano. Por Max.
Alec e Isabelle no habían estado preparados para la aglomeración de
personas en el patio del Gard, o para la velocidad con la que los Nefilim estaban
pasando a través del Portal. Isabelle había perdido a su hermano en la multitud,
pero se había empujado hacia el Portal —había visto a Jace y a Clary ahí a punto
de atravesarlo, y redobló la velocidad— hasta que dos manos salieron de entre
la multitud y la agarraron por los brazos.
Era su padre. Isabelle le dio una patada y gritó por Alec, pero Jace y
Clary ya se habían ido, en el remolino del Portal. Gruñendo, Isabelle luchó, pero
su padre era alto, tenía gran complexión y más años de entrenamiento que ella.
La soltó justo cuando el Portal dio un último giro y se cerró de golpe,
desapareciendo en la inexpresiva pared de la armería. Los Nefilim restantes en
el patio se quedaron en silencio, esperando instrucciones. Jia Penhallow
anunció que bastantes de ellos habían atravesado hacia la Ciudadela, que los
demás debían esperar dentro del Gard, en caso de necesitar refuerzos; que no
había necesidad de estar en el patio y congelarse. Ella comprendía lo mucho
que todos querían pelear, pero un montón de guerreros habían sido enviados a
la Ciudadela, y Alicante todavía requería de fuerza para ser protegida.
—¿Ves? —Dijo Robert Lightwood, señalando a su hija con exasperación
mientras ella se giraba para mirarlo. Ella se alegró de ver que había sangre en
los rasguños de sus muñecas donde ella lo había arañado—. Te necesitan aquí,
Isabelle...
—Cállate —le siseó entre dientes—. Cállate, mentiroso bastardo.
El asombro lo dejó inexpresivo. Isabelle sabía por Simon y Clary que en
la cultura mundana era de esperarse una cierta cantidad de gritos hacia los
padres, pero los Cazadores de Sombras creían en el respeto a los mayores y el
gobierno de uno mismo hacia sus emociones.
Tan solo que Isabelle no tenía ganas de gobernar sus sentimientos. No
ahora.
—Isabelle… —Era Alec, trastabillando hasta colocarse a su lado. La
multitud alrededor estaba disminuyendo, y ella era lejanamente consciente de
que muchos de los Nefilim ya habían entrado al Gard. Los que se quedaron
estaban apartando la vista incómodamente. Las peleas familiares de otras
personas no eran asunto de los Cazadores de Sombras—. Isabelle, vamos a
volver a la casa.
Alec la tomó de la mano; ella se la sacudió con un movimiento brusco.
Isabelle quería a su hermano, pero no había algo que deseara más que darle un
puñetazo en la cabeza.
—No —dijo ella—. Jace y Clary lo atravesaron; debemos ir con ellos.
Robert Lightwood parecía cansado.
—Ellos no debían de ir —dijo—. Lo hicieron en contra de las órdenes
estrictas. Eso no significa que teneis que seguirlos.
—Ellos sabían lo que estaban haciendo —espetó Isabelle—. Tú necesitas
a más Cazadores de Sombras que se enfrenten a Sebastian, no menos.
—Isabelle, no tengo tiempo para esto —dijo Robert mirando hacia Alec
exasperadamente como si esperara que su hijo se pusiera de su parte—. Solo
hay veinte Cazadores Oscuros con Sebastian. Nosotros enviamos a cincuenta
guerreros.
—Veinte de ellos es como cientos de Cazadores de Sombras —dijo Alec
con voz calmada—. Nuestra parte puede ser masacrada.
—Si algo les llega a pasar a Jace y a Clary, será tu culpa —dijo Isabelle—.
Igual que con Max.
Robert Lightwood retrocedió.
—Isabelle. —La voz de su madre interrumpió de repente, dejando un
terrible silencio. Isabelle se dio la vuelta y vio que Maryse venía detrás de ellos;
ella, como Alec, estaba estupefacta. Una pequeña y distante parte de Isabelle se
sintió culpable y enferma, pero la parte de ella que parecía haber tomado las
riendas, que bullía en su interior como un volcán, sólo sentía un triunfo amargo.
Estaba cansada de fingir que todo estaba bien—. Alec tiene razón —continuó
Maryse—. Vamos a volver a casa…
—No —dijo Isabelle—. ¿No escuchaste al Cónsul? Nos necesitan aquí, en
el Gard. Posiblemente necesiten refuerzos.
—Querrán adultos, no a niños —dijo Maryse—. Si no piensas regresar,
entonces discúlpate con tu padre. Max… Lo que paso con Max no fue culpa de
nadie más que de Valentine.
—Y tal vez si no hubieseis estado del lado de Valentine una vez, no habría
ocurrido la Guerra Mortal —siseó Isabelle a su madre. Entonces se volvió hacia
su padre—. Estoy cansada de fingir que no sé lo que sé. Sé que engañaste a
mamá. —Isabelle no podía parar sus palabras; simplemente seguían fluyendo,
como un torrente. Vio a Maryse palidecer, a Alec abrir la boca para protestar.
Robert se veía como si ella lo hubiese golpeado—. Antes de que Max naciera. Lo
sé. Ella me lo dijo. Con una mujer que murió en la Guerra Mortal. Y que nos
ibas a abandonar también, abandonarnos a todos nosotros, pero solo te
quedaste porque Max nació, y apuesto a que estás feliz de que haya muerto,
¿verdad? Porque ahora no tienes por qué quedarte.
—Isabelle… —dijo Alec, horrorizado.
Robert se dirijó a Maryse.
—¿Se lo dijiste? Por el Ángel, Maryse, ¿cuándo?
—¿Quieres decir que es verdad? —La voz de Alec se estremeció con
repugnancia.
Robert se volvió a él.
—Alexander, por favor…
Pero Alec le había dado la espalda. El jardín estaba casi vacío de Nefilim
ahora. Isabelle podía ver a Jia parada en la distancia, cerca de la armería,
esperando a que los últimos entraran. Vio a Alec dirigirse donde Jia, y los
escuchó a ambos discutir.
Los padres de Isabelle la miraban como si sus mundos se estuviesen
viniendo abajo. Ella nunca antes se creyó capaz de destruir el mundo de sus
padres. Había esperado que su padre le gritara, no que se quedara ahí parado
con su traje gris de Inquisidor, viéndose destrozado. Finalmente él se aclaró la
garganta.
—Isabelle —dijo con voz ronca—. Lo que sea que pienses, tienes que
creer… realmente no puedes pensar que cuando perdimos a Max yo…
—No me hables —dijo Isabelle, alejándose de ambos, su corazón se
rompía con un ruido sordo en su pecho—. Simplemente… no me hables.
Se dio la vuelta y huyó.
Jace se precipitó a través del aire, chocó contra un Cazador Oscuro, y se
abalanzó hacia el cuerpo del Cazador Oscuro enviándole directo al suelo. De
alguna manera él había adquirido otro cuchillo; no estaba seguro de dónde.
Todo era sangre y fuego cantando en su cabeza.
Jace había peleado anteriormente, muchísimas veces. Conocía el frío de
la batalla a medida que descendía, el mundo a su alrededor desacelerándose a
un susurro, cada movimiento que hacía era preciso y exacto. Alguna parte de su
mente fue capaz de alejar la sangre y el dolor, y el hedor de la misma detrás de
una pared de hielo transparente.
Pero esto no era hielo; era fuego. El calor que corría por sus venas lo llevó
adelante, aceleró sus movimientos de tal forma que sentía como si estuviera
volando. Dio una patada al cadáver sin cabeza del Cazador Oscuro hacia el
camino de otro, una figura vestida de rojo volando hacia él. Ella tropezó, y él la
cortó limpiamente por la mitad. La sangre se desató a través de la nieve. Él ya
estaba empapado en ella: podía sentir su traje de combate, pesado y empapado,
contra su cuerpo, y podía saborear el salado metálico, como si la sangre
estuviese en el aire que respiraba.
Saltó limpiamente sobre el cuerpo de la Cazadora Oscura muerta y se
dirigió hacia otro de ellos, un hombre de pelo castaño con una rotura en la
manga de su traje rojo. Jace levantó la espada en su mano derecha, y el hombre
se estremeció, sorprendiéndolo. Los Cazadores Oscuros parecían no sentir tanto
miedo, y morían sin gritar. Éste, sin embargo, tenía la cara desfigurada por el
miedo.
—De verdad, Andrew, no hay necesidad de tener ese aspecto. No voy a
hacerte nada —dijo una voz detrás de Jace, nítida, clara y familiar. Y sólo un
poco exasperada—. A no ser que no te muevas fuera de mi camino.
El Cazador de Sombras de cabello castaño se lanzó apresuradamente
lejos de Jace, quien se volvió, ya sabiendo lo que iba a ver.
Sebastian estaba detrás de él. Había llegado aparentemente de la nada,
sin embargo, eso no sorprendió a Jace. Él sabía que Sebastian aun poseía el
anillo de Valentine, que le permitía aparecer y desaparecer a su voluntad.
Llevaba un traje rojo, trabajado completamente con runas doradas—runas de
protección, para la sanación y la buena suerte. Las runas del Libro Gris, aquellas
que sus seguidores no podían usar. El rojo hacia que su pálido cabello se viese
aún más pálido, su sonrisa un pedazo blanco en su rostro mientras su mirada
escaneaba a Jace de pies a cabeza.
—Mi Jace, —dijo—. ¿Me estabas extrañando?
En un instante la espada de Jace estaba arriba, ambas puntas flotando
justo sobre el corazón de Sebastian. Oyó un murmullo de la multitud que le
rodeaba. Parecía que tanto los Cazadores Oscuros como su contraparte, los
Nefilim, habían parado de pelear para mirar qué era lo que sucedía.
—Realmente no puedes pensar que te extrañé.
Sebastian levantó la mirada lentamente, su mirada divertida se reunió
con la de Jace. Ojos negros como los de su padre. En sus profundidades sin luz
Jace se vio a sí mismo, vio el apartamento que había compartido con Sebastian,
las comidas que habían comido juntos, las bromas que habían intercambiado,
las batallas que habían compartido. Él se había subsumido a sí mismo en
Sebastian, había entregado su voluntad por completo, y eso había sido
placentero y fácil, y en los más profundo y oscuro de su traicionero corazón,
Jace sabía que parte de él lo quería de nuevo.
Eso hacía que odiara a Sebastian aún más.
—Bueno, no puedo imaginar otra razón por la cual estés aquí. Sabes que
no puedo ser asesinado con un cuchillo —dijo Sebastian—. La mocosa del
Instituto de Los Ángeles debió de habértelo dicho, por lo menos.
—Podría cortarte en pedazos —dijo Jace—. A ver si puedes sobrevivir en
pedazos de tamaño tiddlywink19. O solo cortarte la cabeza. Tal vez no te mate
pero sería divertido verte intentando encontrarla.
Sebastian seguía sonriendo.
—No lo intentaría —dijo él—, si fuera tú.

19Tiddlywink: Pequeño círculos (guiños) de plástico del tamaño de una moneda, parte de un
juego de salón creado en la Inglaterra victoriana de 1890 en el que el objetivo es disparar
"guiños" en una taza de uso común.
Jace exhaló, su aliento era como una pluma blanca. No dejes que cale en ti,
gritó su cerebro, pero la maldición era que él conocía a Sebastian, lo conocía lo
suficientemente bien que no podía confiar en que Sebastian estuviese
fanfarroneando. Sebastian odiaba ser engañado. A él le gustaba tener ventaja y
saberlo.
—¿Por qué no? —Gruñó Jace, con los dientes apretados.
Mi hermana dijo Sebastian. ¿Enviaste a Clary a hacer un Portal?
No muy inteligente, el separarse. Uno de mis lugartenientes la tiene retenida a
cierta distancia de aquí. Hiéreme, y le cortará la garganta.
Hubo un murmullo de los Nefilim detrás de él, pero Jace no podía oírlo.
El nombre de Clary latía con la sangre en sus venas, y el lugar donde la runa de
Lilith lo había conectado una vez a Sebastian ardía. Decían que era mejor
conocer a tu enemigo, pero ¿cómo ayudaba saber que la única debilidad de tu
enemigo era también la tuya?
El murmullo de la multitud se alzó a un rugido cuando Jace comenzó a
bajar sus cuchillos; Sebastian se movió tan rápido que Jace solo vio un borrón
mientras el otro chico se movía a su alrededor y pateaba su muñeca. La espada
cayó del agarre adormecido de su mano derecha, y Jace se lanzó hacia atrás,
pero Sebastian fue más rápido, desenvainando la espada Morgersten y
lanzando un tajo hacia Jace con un golpe que éste solo consiguió evadir
contorsionando todo su cuerpo hacia un lado. La punta de la espada hizo un
corte superficial a través de sus costillas.
Ahora algo de la sangre en su traje de combate era suya.
Se agachó cuando Sebastian le lanzó otro tajo, y la espada silbó al pasar
sobre su cabeza. Oyó a Sebastian maldecir y lanzó un tajo con su propia espada.
Las dos chocaron con el sonido del resonante metal, y Sebastian sonrió.
No puedes ganar dijo. Soy mejor que tú, siempre lo he sido. Puede
que sea el mejor de todos.
También modesto dijo Jace, y sus espadas se deslizaron y se
separaron con un chirrido. Se movió hacia atrás, lo suficiente para tener más
espacio.
Y no puedes lastimarme, no realmente, por Clary siguió Sebastian,
incansable. Así como ella no puede lastimarme por ti. Siempre el mismo
baile. Ninguno de vosotros está dispuesto a hacer el sacrificio. Llegó a Jace
con un tajo de costado; Jace lo bloqueó, aunque la fuerza del golpe de Sebastian
envió una sacudida por su brazo. Uno pensaría, con toda su obsesión por el
bien, que alguno de vosotros estaría dispuesto a renunciar al otro por una causa
mayor. Pero no. El amor es esencialmente egoísta, y también lo sois vosotros.
No nos conoces a ninguno de los dos jadeó Jace; ahora estaba
respirando con dificultad, y supo que estaba luchando defensivamente,
esquivando a Sebastian en vez de atacando. La runa de Fuerza en su brazo
estaba ardiendo, quemando lo último de su poder. Eso era malo.
Conozco a mi hermana dijo Sebastian. Y no ahora, pero lo
suficientemente pronto la conoceré en todas las maneras en que puedes conocer
a alguien. Sonrió otra vez, salvaje. Era la misma mirada que había tenido
hacía mucho tiempo, en una noche de verano fuera del Gard, cuando había
dicho, O quizás solo estás furioso porque besé a tu hermana. Porque ella me quería.
Jace sintió náuseas, náuseas e ira, y se arrojó hacia Sebastian, olvidando
por un momento las reglas de la lucha con espadas, olvidando mantener el peso
de su agarre distribuido equitativamente, olvidando el balanceo y la precisión,
todo excepto el odio, y la sonrisa de Sebastian se amplió mientras se deslizaba
fuera del camino de su ataque y pateaba limpiamente la pierna de Jace por
debajo suyo.
Él cayó con fuerza, su espalda colisionando con el suelo congelado,
sacándole la respiración. Oyó el silbido de la espada antes de verla, y rodó a un
lado justo cuando la espada Morgenstern chocaba contra el lugar donde él
había estado un segundo antes. Las estrellas se balanceaban alocadamente sobre
su cabeza, negras y plateadas, y luego Sebastian estaba parado frente a él, más
negro y plateado, la espada volvió a bajar, y él rodó hacia el costado, pero no
fue lo suficientemente rápido esta vez y la sintió hundirse en él.
La agonía fue instantánea, clara y limpia cuando la espada se estrelló
contra su hombro. Era como ser electrocutado. Jace sintió el dolor a través de
todo su cuerpo, los músculos contrayéndose, su espalda arqueándose del suelo.
Calor quemaba a través de él, como si sus huesos estuvieran siendo fundidos a
carbón. Flamas se agruparon y corrieron por sus venas, subiendo por su
columna vertebral…
Vio agrandarse los ojos de Sebastian, y en su oscuridad se vio reflejado,
tirado sobre el suelo rojo y negro, y con el hombro ardiendo. Había llamas
lamiendo su herida como sangre. Éstas chisporrotearon, y una sola chispa
corrió por la espada Morgenstern, ardiendo en la empuñadura.
Sebastian maldijo y tiró de su mano bruscamente como si hubiera sido
apuñalado. La espada cayó al suelo; alzó la mano y se la miró. E incluso a través
de su aturdimiento de dolor, Jace pudo ver que había una marca negra, una
quemadura en la palma de la mano de Sebastian, en la forma del agarre de una
espada.
Jace comenzó a forcejear para apoyarse sobre los codos, a pesar de que el
movimiento envió una oleada de dolor tan fuerte por su hombro que pensó que
se iba a desmayar. Se le oscureció la visión; cuando volvió, Sebastian estaba
parado frente a él con un gruñido retorciendo sus facciones y la espada
Morgenstern de vuelta en su mano. Y ambos estaban rodeados por un círculo
de figuras. Mujeres, vestidas de blanco como oráculos griegos y con llamas de
color naranja saliéndoles de los ojos. Sus rostros estaban tatuados con máscaras,
delicadas y sinuosas como vides. Eran hermosas y terribles. Eran las Hermanas
de Hierro.
Cada una de ellas sostenía una espada de adamas, apuntando hacia abajo.
Estaban en silencio, sus bocas apretadas en líneas sombrías. Entre dos de ellas
estaba el Hermano Silencioso que Jace había visto más temprano luchando en el
valle, con su bastón de madera en la mano.
En seiscientos años no hemos abandonado nuestra Ciudadela dijo
una de las Hermanas, una mujer alta cuyo cabello le caía en cuerdas negras
hasta la cintura. Sus ojos resplandecieron, como hornos gemelos en la
oscuridad. Pero el fuego celestial nos llama, y nosotras venimos. Aléjate de
Jace Lightwood, hijo de Valentine. Hiérelo otra vez, y te destruiremos.
Ni Jace Lightwood ni el fuego en sus venas las salvará, Cleophas,
dijo Sebastian con la espada aún en mano. Su voz era firme. Los Nefilim no
tienen salvador.
No sabías que tenías que temer al fuego celestial. Ahora lo sabes dijo
Cleophas. Es momento de retirarse, niño.
La punta de la espada Morgenstern bajó hacia Jace bajó y con un
grito Sebastian la arrojó hacia delante. La espada silbó pasando sobre Jace y se
enterró en la tierra.
La tierra pareció aullar como si estuviera herida mortalmente. Un
temblor pasó por el suelo, extendiéndose desde la punta de la espada
Morgenstern. La visión de Jace iba y venía, la consciencia salía de él como el
fuego que había sangrado de su herida, pero incluso mientras venía la
oscuridad, vio el triunfo en el rostro de Sebastian, y lo oyó comenzar a reír
mientras que con un repentino y terrible desgarro la tierra se abría. Una gigante
fosa negra se abrió a su lado. Sebastian saltó a ella y desapareció.
No es tan simple, Alec dijo Jia con cansancio. La magia de los
Portales es complicada, y no hemos oído nada de las Hermanas de Hierro que
indique que necesitan nuestra asistencia. Además, después de lo que pasó en
Londres hoy más temprano, necesitamos estar aquí, en alerta…
Te lo estoy diciendo, lo sé dijo Alec. Estaba temblando a pesar del
traje de combate. Hacía frío en la Colina del Gard, pero era más que eso. En
parte era conmoción, por lo que Isabelle le había dicho a sus padres, por la
mirada en el rostro de su padre. Pero más que eso era aprehensión. El frío
presentimiento goteaba por su columna como hielo. No entiendes a los
Cazadores Oscuros, no entiendes cómo son…
Se dobló de dolor. Algo caliente había pasado a través de él, por su
hombro hasta su estómago, como una lanza de fuego. Golpeó el suelo con las
rodillas, gritando.
Alec… ¡Alec! Las manos del Cónsul estaban en sus hombros. Era
vagamente consciente de sus padres corriendo hacia él. Su visión se nubló con
agonía. Dolor, sobreponiéndose y duplicándose porque no era para nada su
dolor; las chispas bajo sus costillas no quemaban su cuerpo sino el de alguien
más.
Jace gruñó entre sus dientes. Algo sucedió… el fuego. Deben abrir
un Portal, rápido.
Amatis, acostada en su espalda sobre el suelo, rió.
No me matarás dijo. No tienes las agallas.
Clary, respirando fuerte, hundió la punta de la espada bajo la barbilla de
Amatis.
No sabes de lo que soy capaz.
Mírame. Los ojos de Amatis resplandecieron. Mírame y dime lo
que ves.
Clary miró, ya sabiéndolo. Amatis no lucía exactamente como su
hermano, pero tenía la misma mandíbula, los mismos confiables ojos azules, el
mismo cabello marrón tocado de gris.
Piedad dijo Amatis, alzando las manos como para evitar el golpe de
Clary. ¿Me la darás?
Piedad. Clary se quedó congelada, incluso cuando Amatis la miró con
obvia diversión. El bien no significa bondad, y no hay nada más cruel que la virtud.
Sabía que debía cortar la garganta de Amatis, quería hacerlo incluso, pero
¿cómo decirle a Luke que había matado a su hermana? ¿Matado a su hermana
mientras ésta yacía en el suelo, rogando piedad?
Clary sintió su mano temblar, como si estuviera desconectada de su
cuerpo. A su alrededor los ruidos de batalla se habían vuelto más tenues: podía
oír los gritos y murmullos pero no se atrevía a mover la cabeza para ver qué
estaba sucediendo. Se concentró en Amatis, en su propio agarre en la
empuñadura de Eósforo, en el espeso hilo de sangre que corría bajo la barbilla
de Amatis, donde la punta de la espada de Clary había rasgado la piel…
La tierra hizo erupción. Las botas de Clary se resbalaron en la nieve, y
fue arrojada a un lado; rodó, apenas consiguiendo no cortarse con su propia
espada. La caída le dejó sin aire, pero se movió rápidamente, agarrando fuerte a
Eósforo mientras el suelo se sacudía a su alrededor. Terremoto, pensó
salvajemente. Se agarró a una roca con su mano libre mientras Amatis rodaba a
sus rodillas, mirando a su alrededor con una sonrisa depredadora.
Hubo gritos por todas partes, y un horrible ruido de desgarrón. Mientras
Clary se quedaba mirando horrorizada, el suelo se desgarró a la mitad, una
enorme grieta abriéndose en la tierra. Rocas, suciedad y punzantes trozos de
hielo volaron hacia la abertura mientras Clary intentaba alejarse rápido de ella.
Se estaba ampliando rápidamente, la escarpada grieta convirtiéndose en un
vasto abismo con lados verticales que caían en las sombras.
El suelo estaba dejando de temblar. Clary oyó reírse a Amatis. Miró hacia
arriba y vio a la vieja mujer ponerse de pie, sonriendo burlonamente a Clary.
Dale mis recuerdos a mi hermano gritó Amatis, y saltó en el abismo.
Clary se puso de pie de un salto, con el corazón latiendo fuerte, y corrió
hacia el borde de la grieta. Se quedó mirando. Solo podía ver unos pocos metros
de tierra vertical y luego oscuridad… y sombras, sombras moviéndose. Se dio la
vuelta para ver que los Cazadores Oscuros estaban corriendo por todo el campo
de batalla hacia el abismo y saltando en él. Le recordaron a los clavadistas
Olímpicos, seguros y determinados, confiados en su aterrizaje.
Los Nefilim estaban apresurándose para alejarse del abismo mientras sus
enemigos vestidos de rojo pasaban por su lado, arrojándose al foso. La mirada
de Clary rastreó entre ellos, ansiosa, buscando una figura vestida de negro en
particular, una cabeza con cabello claro.
Se detuvo. Ahí, exactamente a la derecha del abismo, a cierta distancia de
ella, había un grupo de mujeres vestidas de blanco. Las Hermanas de Hierro. A
través de los espacios entre ellas, Clary podía ver una figura en el suelo, y luego
otra, ésta última con una toga de pergamino, inclinándose sobre él…
Clary se echó a correr. Sabía que no debía correr con una espada
desenfundada, pero no le importaba. Corrió por la nieve, esquivando a los
Cazadores Oscuros que corrían, moviéndose entre los Nefilim, y aquí la nieve
estaba llena de sangre, empapada y resbaladiza, pero siguió corriendo de todas
formas, hasta que irrumpió en el círculo de las Hermanas de Hierro y llegó a
Jace.
Él estaba en el suelo, y el corazón de Clary, que se había sentido como si
fuera a explotarle dentro del pecho, ralentizó las pulsaciones ligeramente
cuando vio que tenía los ojos abiertos. Sin embargo, estaba muy pálido y
respiraba tan fuerte que ella podía oírlo. El Hermano Silencioso estaba
arrodillado junto a él, desprendiendo con dedos largos y pálidos la protección
en el hombro de Jace.
¿Qué sucede? Preguntó Clary, mirando a su alrededor salvajemente.
Una docena de Hermanas de Hierro le devolvieron la mirada, impasibles y
silenciosas. Había más Hermanas de Hierro en el otro lado del abismo también,
observando inmóviles a los Cazadores Oscuros que se arrojaban en él. Era
escalofriante. ¿Qué pasó?
Sebastian dijo Jace entre dientes, y ella se dejó caer a su lado, frente
al Hermano Silencioso, mientras éste le desprendía de la protección, y pudo ver
el tajo en su hombro. Sebastian pasó.
La herida estaba sangrando fuego.
No sangre sino fuego, con un dejo de oro como el icor de los ángeles.
Clary tomó aire entrecortadamente, y al levantar la vista se encontró al
Hermano Zachariah devolviéndole la mirada. Captó un retazo de su rostro,
todo ángulos, palidez y cicatrices, antes de que él sacara una estela de su toga.
En vez de ponerla sobre la piel de Jace, como ella hubiera esperado, la puso en
la suya propia y dibujó una runa en su palma. Lo hizo rápido, pero Clary pudo
sentir el poder que salía de la runa. La hizo estremecerse.
Quédate quieto. Esto acabará con el dolor, dijo con su suave susurro
unidireccional, y posó su mano sobre el fogoso tajo en el hombro de Jace.
Jace gritó. El cuerpo se le medio levantó del suelo, y el fuego que había
sangrado de la herida como lágrimas lentas se alzó como si le hubieran echado
gasolina, abrasando el brazo del Hermano Zachariah. Fuego incontrolado
consumió la manga de pergamino de la toga de Zachariah; el Hermano
Silencioso se hizo hacia atrás, pero no antes de que Clary viera que la llama se
estaba alzando, consumiéndolo. En las profundidades de la llama, que se
ondulaba y crujía, Clary vio una figura: la forma de una runa que lucía como
dos alas unidas por una barra. Una runa que había visto antes, en un techo en
Manhattan: la primera runa que había visto que no era del Libro Gris. Parpadeó
y desapareció, tan rápido que se preguntó si la había imaginado. Parecía ser
una runa que se le aparecía en momentos de estrés y pánico. ¿Pero, qué
significaba? ¿Era una manera para ayudar a Jace… o al Hermano Zachariah?
El Hermano Silencioso cayó silenciosamente en la nieve, colapsando
como un árbol hecho cenizas.
Un murmulló pasó entre las filas de las Hermanas de Hierro. Lo que sea
que le estuviera sucediendo al Hermano Zachariah, no debería estar pasando.
Algo había salido terriblemente mal.
Las Hermanas de Hierro se movieron hacia su hermano caído.
Bloquearon la visión que Clary tenía de Zachariah mientras se acercaba a Jace.
Éste se estaba sacudiendo en el suelo, con los ojos cerrados y su cabeza hacia
atrás. Ella miró a su alrededor salvajemente. A través de los huecos entre las
Hermanas de Hierro podía ver al Hermano Zachariah, tirado en el suelo: su
cuerpo estaba brillando, crepitando con fuego. Un grito le salió de la garganta.
Un sonido humano, el grito de un hombre adolorido, no el silencioso susurro
mental de los Hermanos. La Hermana Cleophas lo vio, toga de pergamino y
fuego, y Clary pudo oír la voz de la Hermana alzándose:
Zachariah, Zachariah…
Pero él no era el único herido. Algunos de los Nefilim estaban agrupados
en torno a Jace, pero muchos de los otros estaban con sus camaradas heridos,
poniendo runas de sanación, buscando vendajes entre su equipo.
Clary susurró Jace. Estaba intentando alzarse sobre los codos, pero
no lo sostenían. El Hermano Zachariah… ¿qué sucedió? ¿Qué le hice…?
Nada. Jace. Quédate quieto. Clary enfundó su espada y sacó la estela
de su cinturón de armas con dedos entumecidos. Se estiró para presionar la
punta contra su piel, pero él se retorció para alejarse de ella.
No jadeó. Tenía los ojos muy abiertos y estaban ardiendo en
dorado. No me toques. Te lastimaré a ti también.
No lo harás. Desesperada, se arrojó sobre él, el peso de su cuerpo
haciéndolo caer contra la nieve. Fue a por su hombro, y él se sacudió bajo ella,
con su ropa y piel resbaladizas por la sangre y calientes como el fuego. Sus
rodillas se deslizaron a cada lado de la cadera de él cuando arrojó todo su peso
contra su pecho, forzándolo hacia abajo. Jace dijo. Jace, por favor. Pero
él no enfocaba sus ojos en ella, sus manos se sacudían contra el suelo. Jace
dijo, y puso la estela contra su piel, justo sobre su herida.
Y estuvo otra vez en el barco con su padre, con Valentine, y estaba dando
todo lo que tenía, cada parte de su fuerza, cada átomo de voluntad y energía en
crear una runa, una runa que pudiera quemar el mundo, que pudiera revertir la
muerte, que pudiera hacer que los océanos se alzaran al cielo. Solo que esta vez
era la más simple de las runas, la runa que cada Cazador de Sombras aprendía
en su primer año de entrenamiento.
Sáname.
La iratze tomó forma en el hombro de Jace y el color que salía en espirales
de la punta era tan negro que la luz de las estrellas y de la Ciudadela parecía
desaparecer en él. Clary podía sentir su propia energía desapareciendo en él
mientras dibujaba. Nunca había sentido tanto como si la estela fuera una
extensión de sus propias venas, como si estuviera escribiendo en su propia
sangre, como si toda la energía en ella estuviera siendo extraída por sus manos
y dedos, su visión oscureciéndose mientras luchaba por mantener su estela
firme, por terminar la runa. Lo último que vio fue el gran remolino ardiente de
un Portal, abriéndose a la imposible vista de la Plaza del Ángel, antes de
deslizarse a la nada

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