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Capítulo 8
Fuerza En lo Que Queda
Traducido por Isellie, Xiime~ y SOS Key
Corregido por Marta_rg24
Raphael se puso de pie, con las manos en los bolsillos y miró hacia las
torres de los demonios, brillando en color rojo oscuro.
—Algo está pasando —dijo—. Algo inusual.
Simon quería espetar en respuesta que la única cosa inusual que estaba
pasando era que acababa de ser secuestrado y llevado a Idris por segunda vez
en su vida, pero se sentía demasiado mareado. Había olvidado la forma en que
un Portal parecía hacerte pedazos cuando ibas a través de él y ensamblarte al
otro lado con las importantes piezas faltantes.
Además, Raphael estaba en lo cierto. Algo estaba pasando. Simon ya
había estado antes en Alicante, y recordaba los caminos y los canales, la colina
elevándose sobre todo con el Gard en la parte superior. Él recordó que en una
noche ordinaria las calles eran silenciosas, iluminadas por la pálida luz de las
torres. Pero esa noche había ruido, en gran parte proveniente del Gard y la
colina, donde las luces bailaban como si una docena de hogueras se hubiesen
encendido. Las torres de los demonios estaban brillando de un misterioso
dorado rojizo.
—Cambian de color de las torres para transmitir mensajes —dijo
Raphael—. Oro para matrimonios y celebraciones. Azul para los Acuerdos.
—¿Qué significa el rojo? —Preguntó Simon.
—Magia —dijo Raphael, sus ojos negros entrecerrados—. Peligro.
Él se giró en un lento círculo, mirando alrededor de la silenciosa calle, las
grandes casas al lado del canal. Era casi una cabeza más bajo que Simon. Simon
se preguntó qué edad debió de haber tenido cuando fue Convertido. ¿Catorce?
¿Quince? Sólo un poco más grande que Maureen. ¿Quién lo habrá Convertido?
Magnus lo sabía, pero nunca lo dijo.
—La casa del Inquisidor está ahí —dijo Raphael, y señaló hacia una de
las casas más grandes, con un tejado puntiagudo y balcones sobre el canal—.
Pero está oscuro.
Simon no podía negar el hecho de que su corazón no latiente dio un
pequeño salto cuando contempló el lugar. Isabelle vivía aquí ahora; una de esas
ventanas era su ventana.
—Todos deben estar arriba, en el Gard —dijo—. Hacen eso, para
reuniones y esas cosas. —No tenía memorias agradables del Gard, habiendo
sido encarcelado ahí mismo por el último Inquisidor—. Podríamos ir allá arriba,
creo. Ver qué está sucediendo.
—Sí, gracias. Soy consciente de sus “reuniones y esas cosas” —espetó
Raphael, pero parecía inseguro en una manera que Simon no podía recordar
haberle visto así antes—. Lo que sea que esté pasando, es asunto de los
Cazadores de Sombras. Hay una casa, no tan lejos de aquí, que se le ha
otorgado al representante de los vampiros en el Concejo. Podemos ir allí.
—¿Juntos? —Dijo Simon.
—Es una casa muy grande —dijo Raphael—. Tú vas a estar en un
extremo y yo en el otro.
Simon levantó las cejas. No estaba del todo seguro de qué había esperado
que sucediera, pero pasar la noche en una casa con Raphael no se le había
ocurrido. No era que pensara que Raphael iba a matarle mientras durmiera.
Pero la idea de compartir vivienda con alguien a quien parecía disgustarle
intensamente y que siempre lo había hecho, era algo extraño.
La visión de Simon era clara y precisa ahora —una de las pocas cosas que
realmente le gustaba de ser un vampiro— y pudo ver los detalles, incluso a
distancia. Él la vio incluso antes de que ella pudiese haberlo visto. Estaba
caminado rápidamente, con la cabeza agachada, su cabello negro en una larga
trenza que solía usar cuando peleaba. Ella estaba en traje de combate, y sus
botas golpeteaban contra el empedrado mientras caminaba.
Eres una rompecorazones, Isabelle Lightwood.
Simon se volvió hacia Raphael.
—Vete —dijo él.
Raphael sonrió.
—La belle Isabelle20 —dijo—. No hay esperanza, ya sabes, entre tú y ella.
—¿Porque soy un vampiro y ella una Cazadora de Sombras?
—No. Solo está… ¿cómo se dice? ¿Fuera de tu liga?
Isabelle estaba a mitad de camino por la calle ahora. Simon apretó los
dientes.
—Sala mi jugada y te encajaré una estaca. Lo digo enserio.
Raphael se encogió de hombros inocentemente pero no se movió. Simon
se apartó de él y salió de las sombras, hacia a la calle.
Isabelle se detuvo instantáneamente, dirigiendo su mano al látigo
enrollado a la cintura. Un momento después parpadeó en estado de shock,
dejando caer su mano, y con voz insegura dijo:
—¿Simon?

20La belle Isabelle: En italiano original, significa La bella Isabelle.
Simon se sintió repentinamente incómodo. Tal vez ella no apreciaría su
repentina aparición en Alicante de este modo… este era su mundo, no el suyo.
—Yo... —empezó a decir, pero no pudo continuar, porque Isabelle se
había lanzado hacia él y arrojado los brazos a su alrededor, casi haciéndole caer.
Simon se permitió cerrar los ojos y enterrar su rostro en su cuello. Podía
sentir los latidos de su corazón, pero empujó violentamente a un lado cualquier
pensamiento sobre sangre. Ella era suave y fuerte en sus brazos, su cabello le
hacía cosquillas en la cara, y al abrazarla se sentía normal, maravillosamente
normal, como cualquier adolescente enamorado de una chica.
Enamorado. Se echó hacia atrás con un sobresalto y se encontró mirando a
Izzy a unos pocos centímetros de distancia, sus enormes ojos oscuros brillando.
—No puedo creer que estés aquí —dijo ella, sin aliento—. Deseaba que lo
estuvieras, pensando en cuánto tiempo pasaría antes de que pudiera verte, y…
Oh Dios mío, ¿qué llevas puesto?
Simon miró hacia abajo, a sus jeans y camisa de cuero apretados. Era
vagamente consciente de que Raphael, en algún lugar en las sombras, se estaba
riendo.
—Es una historia un poco larga —dijo—. ¿Crees que podríamos entrar?
Magnus volcó la caja de plata con las iniciales en ella sobre sus manos,
sus ojos de gato brillaban en la penumbra de la luz mágica que provenía de la
bodega del Amatis.
Jocelyn lo miraba con una expresión de curiosa ansiedad. Luke no pudo
evitar pensar en todas las veces que Jocelyn había llevado a Clary al
apartamento de Magnus cuando había sido una niña, todas las veces que los
tres se habían sentado juntos, un trío poco probable, mientras Clary crecía, se
hacía mayor y empezaba a recordar lo que se suponía debía olvidar.
—¿Nada? —Preguntó Jocelyn.
—Tienes que darme tiempo —dijo Magnus, golpeando la caja con un
dedo—. Las trampas mágicas, maldiciones y semejantes pueden estar
sutilmente ocultas.
—Tómate tu tiempo —dijo Luke, apoyado en una mesa arrinconada
cubierta de telarañas. Hace mucho tiempo había sido la mesa de la cocina de su
madre. Reconoció el patrón de marcas de cuchillo hechas por descuido por toda
la superficie de madera, incluso el hueco en una de las patas que él había hecho
cuando la había pateado de adolescente.
Había sido de Amatis por años. Había sido de ella cuando estuvo casada
con Stephen y, algunas veces había ofrecido cenas en la casa Herondale. Había
sido de ella después del divorcio, después de que Stephen mudara a la casa
solariega de campo con su nueva esposa. Todo el sótano, de hecho, estaba lleno
de muebles viejos: artículos que Luke reconoció por haber pertenecido a sus
padres, las pinturas y baratijas del tiempo en que Amatis había estado casada.
Se preguntó por qué los había escondido aquí abajo. Tal vez ella no había sido
capaz de soportar siquiera mirarlos.
—No creo que haya algo mal con ella —dijo Magnus finalmente, dejando
la caja de vuelta en el anaquel donde Jocelyn la había colocado, incapaz a
dejarla en la casa, pero incapaz de tirarla. Él se estremeció y se frotó ambas
manos. Estaba envuelto en un abrigo gris y negro que le hacía parecer un
riguroso detective; Jocelyn no le había dado la oportunidad de colgar su abrigo
cuando había llegado a su puerta, le había agarrado por el brazo y arrastrado
hasta el sótano—. No hay trampas ni magia en absoluto.
Jocelyn parecía un poco avergonzada.
—Gracias —dijo—. Por verla. Puedo ser un poco paranoica. Y después de
lo que acaba de suceder en Londres…
—¿Qué acaba de suceder en Londres?
—No sabemos mucho —dijo Luke—. Recibimos un mensaje de fuego
sobre ello esta tarde, desde el Gard, pero no muchos detalles sobre lo sucedido.
Londres era uno de los pocos Institutos que aún no se había vaciado.
Aparentemente Sebastian y sus fuerzas trataron de atacar. Ellos fueron
repelidos por algún tipo de hechizo de protección, algo que incluso el Concejo
desconocía. Algo que advirtió a los Cazadores de Sombras lo que se venía y los
dirigió a un lugar seguro.
—Un fantasma —dijo Magnus. Una sonrisa revoloteaba alrededor de su
boca—. Un espíritu, que ha jurado proteger el lugar. Ella ha estado allí durante
ciento treinta años.
—¿Ella? —Dijo Jocelyn, recargándose sobre la polvorienta pared—. ¿Un
fantasma? ¿En serio? ¿Cuál era su nombre?
—Reconocerías su apellido, si te lo dijera, pero a ella no le gustaría eso.
—La mirada de Magnus era lejana—. Espero que esto signifique que ya ha
encontrado paz —espetó, regresando su atención—. De todos modos —dijo—.
No tenía intención de arrastrar la conversación en esa dirección. No es por eso
que vine a vosotros.
—Lo supuse así —dijo Luke—. Agradecemos la visita, aunque admito
que me sorprendió verte en nuestra puerta. No es donde creí que irías.
Pensé que irías con los Lightwood quedó colgado en el aire, sin haber sido
dicho.
—Yo tenía una vida antes que Alec —espetó Magnus—. Soy el Gran
Brujo de Brooklyn. Estoy aquí para tomar un asiento en el Concejo, en nombre
de los Hijos de Lilith.
—Creí que Catarina Loss era la representante de los brujos —dijo Luke
sorprendido.
—Lo era —admitió Magnus—. Ella me hizo tomar su lugar para que
pudiera venir aquí a ver a Alec. —Suspiró—. De hecho, ella me hizo esa
petición especial mientras estábamos en la Luna del Cazador. Y eso es de lo que
quería hablarles.
Luke se sentó en la mesa desvencijada.
—¿Viste a Bat? —Preguntó. Bat solía poner una oficina en la Luna del
Cazador por estos días, en lugar de la estación de policía; no era oficial, pero
todo el mundo sabía dónde encontrarlo.
—Sí. Él acababa de recibir una llamada de Maia. —Magnus se pasó la
mano sobre su negra cabellera—. No es que exactamente Sebastian aprecie ser
repelido —dijo lentamente, y Luke sintió cómo sus nervios se tensaban. Magnus
estaba claramente indeciso a decir las malas noticias—. Parece que después de
que intentó atacar el Instituto de Londres y no tuvo éxito, volvió su atención al
Praetor Lupus. Por lo visto, no tiene mucho uso para los licántropos… no puede
convertirlos en Cazadores Oscuros, así que quemó todo el lugar y los mató a
todos. Mató a Jordan Kyle delante de Maia. Él la dejó vivir para que pudiera
entregar un mensaje.
Jocelyn se abrazó a sí misma.
—Dios mío.
—¿Cuál era el mensaje? —Dijo Luke, encontrando su voz.
—Era un mensaje para los Subterráneos —dijo Magnus—. Hablé con
Maia por teléfono. Me hizo memorizarlo. Al parecer, él dijo: “Dile a todos los
Subterráneos que estoy en busca de venganza, y la obtendré. Voy a lidiar de
esta manera a cualquiera que intente aliarse con los Cazadores de Sombras. No
tengo nada en contra de los de su tipo, a menos que sigan a los Nefilim a la
batalla, en ese caso serán comida para mi espada y las espadas de mi ejército,
hasta que el último de vosotros haya desaparecido de la faz de este mundo.
Jocelyn hizo un sonido irregular.
—Suena igual que su padre, ¿no es así?
Luke miró a Magnus.
—¿Vas a entregar ese mensaje al Concejo?
Magnus tamborileó su barbilla con sus uñas brillantes.
—No —dijo—. Pero no voy a ocultarlo de los Subterráneos tampoco. Mi
lealtad no es para los Cazadores de Sombras por sobre ellos.
No como la tuya. Las palabras quedaron flotando entre ellos, sin haber
sido dichas.
—Tengo esto —dijo Magnus, tomando un pedazo de papel de su bolsillo.
Luke lo reconoció, ya que tenía uno propio—. ¿Va a estar en la cena de mañana
por la noche?
—Lo haré. Las Hadas toman sus invitaciones muy enserio. Meliorn y la
Corte se sentirían insultados si no voy.
—Planeo decirles entonces —dijo Magnus.
—¿Y si entran en pánico? —Dijo Luke—. ¿Y si ellos abandonan el
Concejo y a los Nefilim?
—No es como si lo que pasó en el Praetor se pueda ocultar.
—El mensaje de Sebastian podría —dijo Jocelyn—. Él está tratando de
asustar a los Subterráneos, Magnus. Está tratando de hacer que se mantengan
detrás mientras él destruye a los Nefilim.
—Y estarían en su derecho —dijo Magnus.
—¿Y si lo hacen, crees que los Nefilim podrán perdonarles alguna vez?
—Dijo Jocelyn—. La Clave no perdonará. Son más despiadados que el mismo
Dios.
—Jocelyn —dijo Luke—. No es culpa de Magnus.
Pero Jocelyn aun miraba a Magnus.
—Entonces—dijo ella—, ¿qué te diría Tessa que hicieras?
—Por favor, Jocelyn —dijo Magnus—. Tú apenas la conoces. Ella
predicaría la honestidad, lo que por lo general hace. Ocultar la verdad nunca
funciona. Cuando vives el tiempo suficiente, puedes ver eso.
Jocelyn bajó su mirada a sus manos—sus manos de artista, aquellas que
Luke siempre había amado, agiles, cuidadosas y manchadas de tinta.
—Ya no soy una Cazadora de Sombras —dijo—. Huí de ellos. Se lo dije a
ambos. Pero un mundo sin Cazadores de Sombras en él… tengo miedo de eso.
—Había un mundo antes que los Nefilim —dijo Magnus—. Y habrá uno
después.
—¿Un mundo en el cual podamos vivir? Mi hijo… —empezó, y se
interrumpió cuando un sonido de martilleo vino de arriba. Alguien estaba
golpeando en la puerta principal—. ¿Clary? —Se preguntó en voz alta—. Ella
ha de haber olvidado su llave de nuevo.
—Iré por ella —dijo Luke, y se levantó. Él intercambió una breve mirada
con Jocelyn cuando dejó el sótano, su mente dando vueltas. Jordan muerto y
Maia en duelo. Sebastian tratando de enfrentar a los Subterráneos contra los
Cazadores de Sombras.
Se dirijo a la puerta abierta y una ráfaga de aire frío entró. De pie en la
puerta se encontraba una mujer joven con el pelo rizado y de un rubio pálido,
vestida con su traje de combate. Helen Blackthorn. Luke apenas tuvo tiempo de
registrar que las torres de los demonios encima de ellos brillaban rojo sangre
cuando habló.
—He venido con un mensaje del Gard —dijo ella—. Es sobre Clary.
Maia.
Una voz suave rompió el silencio. Ella se dio vuelta, sin querer abrir los
ojos. Había algo terrible esperando ahí fuera en la oscuridad, algo de lo que
podría escapar si solo dormía y dormía para siempre.
Maia. Él la miraba fuera de las sombras, con ojos pálidos y piel
oscura. Su hermano, Daniel. Mientras ella observaba, él le arrancó las alas a una
mariposa y dejó caer el cuerpo, retorciéndose al suelo.
Maia, por favor. Un suave toque en su brazo. Se irguió de golpe y
todo su cuerpo retrocedió. Su espalda golpeó una pared y jadeó, abriendo los
ojos. Estaban pegajosos, con las pestañas llenas de sal. Había estado llorando
dormida.
Estaba en una habitación iluminada a medias, con una sola ventana que
daba a una sinuosa calle céntrica. Podía ver las ramas sin hojas de los árboles a
través del cristal embadurnado y el borde de algo metálico, una salida de
emergencia, supuso.
Miró hacia abajo, donde había una cama estrecha con una cabecera de
hierro y una delgada sábana que había pateado con el pie. Su espalda estaba
apoyada contra una pared de ladrillo. Había solo una silla al lado de la cama,
vieja y astillada. Bat estaba sentado en ella, con los ojos abiertos como platos,
lentamente bajando la mano.
Lo siento dijo.
No —gruñó ella. No me toques.
Gritabas dormidadijo.
Se envolvió a sí misma con sus brazos. Usaba jeans y una camiseta sin
mangas. Faltaba el suéter que había usado en Long Island y la piel en sus
brazos se puso de gallina.
¿Dónde está mi ropa? Preguntó. Mi chaqueta, mi suéter…
Bat se aclaró la garganta.
Estaban cubiertos en sangre, Maia.
Cierto contestó. El corazón le golpeaba en el pecho.
¿Recuerdas lo que sucedió? Preguntó él.
Ella cerró los ojos. Se acordaba de todo: el viaje, la camioneta, el edificio
ardiendo, la playa llena de cuerpos. Jordan cayendo contra ella, su sangre
corriendo como agua mezclándose con la arena. Tu novio está muerto.
Jordan dijo ella, aunque ya lo sabía.
El rostro de Bat era serio, había una tonalidad verdosa en sus ojos
marrones que los hacía brillar en la media luz. Era un rostro que conocía bien.
Era uno de los primeros hombres lobo que había conocido. Habían estado
saliendo hasta que le dijo que era demasiado nueva en la ciudad,
extremadamente nerviosa, no más allá de Jordan para una relación. Él había
roto con ella al día siguiente, sorprendentemente siguieron siendo amigos.
Está muerto dijo él. Junto con casi todo el Praetor Lupus. El
Praetor Scott, los estudiantes… unos pocos sobrevivieron. Maia, ¿por qué
estabas ahí? ¿Qué estabas haciendo en el Praetor?
Maia le contó sobre la desaparición de Simon, la llamada del Praetor a
Jordan, su conducción frenética a Long Island, el descubrimiento del Praetor en
ruinas.
Bat aclaró su garganta.
Tengo algunas cosas de Jordan. Sus llaves, su colgante del Praetor…
Maia sintió como si no pudiera respirar.
No, no quiero… no quiero sus cosas dijo. Él habría querido que
Simon tuviera el colgante. Cuando encontremos a Simon, debe tenerlo.
Bat no forzó el tema.
Tengo algunas buenas noticias dijo. Las escuchamos de Idris. Tu
amigo Simon se encuentra bien. Está allí, en realidad, con los Cazadores de
Sombras.
Oh. Maia sintió el apretado nudo en su corazón aflojarse levemente
con alivio.
Debería habértelo dicho inmediatamente se disculpó. Es solo
que… estaba preocupado por ti. Estabas en mal estado cuando te trajimos al
cuartel. Estuviste dormida desde entonces.
Quería dormir para siempre.
Sé que ya se lo contaste a Magnus añadió Bat, con el rostro
cansado. Pero explícamelo otra vez, por qué Sebastian Morgenstern atacaría a
los licántropos.
Dijo que era un mensaje. Maia oyó la monotonía en su voz como
desde la distancia. Quería que supiéramos que era porque los hombres lobo
son aliados de los Cazadores de Sombras y que eso es lo que planeaba hacer con
todos los aliados de los Nefilim.
No me detendré jamás, nunca me quedaré inmóvil, hasta que la muerte haya
cerrado mis ojos o la fortuna me dé algo de mi venganza.
Nueva York está vacía de Cazadores de Sombras ahora, y Luke está en
Idris con ellos. Están poniendo guardias extra. Pronto, apenas seremos capaces
de enviar y recibir mensajes. Bat se movió en la silla, Maia sentía que había
algo que no le estaba diciendo.
¿Qué es? Preguntó ella.
Sus ojos miraron a otro lado.
Bat…
¿Conoces a Rufus Hastings?
Rufus. Maia recordó la primera vez que había ido al Praetor Lupus, un
rostro con cicatrices, un hombre enojado saliendo de la oficina del Praetor Scott
con furia.
No realmente.
Sobrevivió a la masacre. Está aquí en la estación, con nosotros. Ha
estado poniéndonos al día dijo Bat. Y ha estado hablando a los otros sobre
Luke. Diciendo que es más Cazador de Sombras que licántropo, que no tiene la
lealtad a la manada, que ahora la manada necesita un nuevo líder.
Tú eres el líder dijo ella. El segundo al mando.
Sí, y fui puesto en esta posición por Luke. Eso significa que tampoco se
puede confiar en mí.
Maia se deslizó al borde de la cama. Todo su cuerpo dolía; lo sintió
cuando puso sus pies descalzos sobre el frío suelo de piedra.
Nadie lo escucha, ¿verdad?
Se encogió de hombros.
Eso es ridículo. Después de todo lo que sucedió, necesitamos estar
unidos, no que haya alguien intentando dividirnos. Los Cazadores de Sombras
son nuestros aliados…
Que es el motivo por el cual Sebastian nos puso en la mira.
Lo habría hecho de todas formas. No es amigo de los Subterráneos. Es
el hijo de Valentine Morgenstern. Sus ojos ardían. Puede estar intentando
hacer que abandonemos temporalmente a los Nefilim para poder ir a por ellos,
pero si consigue limpiarlos de la tierra, todo lo que hará será venir por nosotros
después.
Bat juntó y separó las manos, luego pareció llegar a una decisión.
Sé que tienes razón dijo, y fue hacia una mesa en un rincón de la
habitación. Volvió con una chaqueta para ella, medias y botas. Se las dio.
Solo… hazme un favor y no digas nada como eso esta tarde. Las emociones ya
van a estar bastante a flor de piel.
Se puso la chaqueta.
¿Esta tarde? ¿Qué hay esta tarde?
Él suspiró.
El funeral dijo.
Voy a matar a Maureen dijo Isabelle. Tenía abiertas las dos puertas
del guardarropa de Alec y estaba tirando ropa al suelo de a puñados.
Simon estaba acostado descalzo en una de las camas ¿la de Jace o la de
Alec? habiéndose sacado sus alarmantemente abrochadas botas. Aunque su
piel en realidad no se moreteaba, se sentía increíble estar sobre una superficie
suave después de haber pasado tantas horas en el duro y sucio suelo del
Dumort.
Tendrás que luchar con todos los vampiros de Nueva York a tu paso
para hacerlo dijo. Aparentemente la aman.
Sin tener en cuenta el gusto. Isabelle sostuvo en alto un suéter azul
oscuro que Simon reconoció como de Alec, mayormente debido a los agujeros
en los puños. ¿Así que Raphael te trajo aquí para que pudieras hablar con mi
papá?
Simon se apoyó sobre sus codos para mirarla.
¿Crees que estará bien?
Claro, por qué no. Mi padre adora hablar. Sonaba amarga. Simon se
inclinó hacia delante, pero cuando ella alzó la cabeza le estaba sonriendo, y
pensó que debía haberlo imaginado. Sin embargo, quién sabe qué sucederá,
con eso del ataque a la Ciudadela esta noche. Mordió su labio inferior.
Podría significar que cancelarán la reunión, o que la moverán a más temprano.
Sebastian es obviamente un problema más grande del que habían imaginado.
Ni siquiera debería ser capaz de acercarse a la Ciudadela.
Bueno dijo Simon. Es un Cazador de Sombras.
No, no lo es dijo Isabelle fieramente, y le dio un tirón a un suéter
verde que estaba en una percha de madera. Además. Es un hombre.
Lo siento dijo Simon. Debe ser estresante, esperar a ver cómo
resulta la batalla. ¿A cuánta gente dejaron ir?
Cincuenta o sesenta comentó Isabelle. Yo quería ir, pero… no me
dejaron. Tenía ese tono de voz moderado que significaba que se estaban
acercando a un tema del que no quería hablar.
Me habría preocupado por ti dijo él.
Vio su boca formar una sonrisa reacia.
Pruébate esto dijo, y le arrojó el suéter verde, levemente menos raído
que el resto.
¿Segura de que está bien que tome ropa prestada?
No puedes andar por ahí así. Luces como si te hubieras escapado de
una novela romántica. Isabelle puso una mano dramáticamente en su
frente. Oh, Señor Montgomery, ¿qué pretende hacer conmigo en esta
habitación cuando me tiene completamente sola? ¿Una dama inocente y
desprotegida? Ella se sacó la chaqueta y la arrojó al suelo, revelando una
camiseta sin mangas de color blanco. Le dio una mirada seductora. ¿Está a
salvo mi virtud?
Yo, ah… ¿qué? Dijo Simon, temporalmente privado de vocabulario.
Sé que es un hombre peligroso declaró Isabelle, pavoneándose hacia
la cama. Se desprendió los pantalones y los arrojó al suelo. Estaba usando un
short negro de hombre debajo. Algunos lo llaman un libertino. Todos saben
que es un demonio con las señoritas, con su camisa poéticamente ceñida y sus
pantalones irresistibles. Saltó a la cama y gateó sobre él, mirándolo como una
cobra que considera convertir a una mangosta en refrigerio. Rezo para que
considere mi inocencia exhaló. Y mi pobre y vulnerable corazón.
Simon decidió que esto se parecía mucho a los juegos de rol en D&D21
,
pero potencialmente mucho más divertido.
El Señor Montgomery no considera nada excepto sus propios deseos
dijo con voz áspera. Te diré algo más. El Señor Montgomery tiene una
hacienda muy grande… y tierras muy extensas, también.
Isabelle rió y Simon sintió la cama sacudirse bajo ellos.
Está bien, no esperaba que te metieras tanto en esto.
El Señor Montgomery siempre supera las expectativas dijo Simon,
sujetando a Isabelle por la cintura y rodando sobre ella para que quedara
debajo, con el cabello negro esparcido por la almohada. Madres, encierren a
sus hijas, entonces encierren a sus sirvientas, luego encerraos mismas. El Señor
Montgomery está al acecho.
Isabelle enmarcó su rostro entre sus manos.
Mi señor dijo, con los ojos brillando. Me temo que ya no puedo
resistir sus múltiples encantos y actitudes viriles. Por favor haga conmigo lo
que le plazca.
Simon no estaba seguro de qué haría el Señor Montgomery, pero sí sabía
lo que él quería hacer. Se inclinó hacia abajo y presionó un presistente beso
contra su boca. Sus labios se abrieron bajo los de él, y de repente, todo era
oscuro calor dulce y los labios de Isabelle acariciaron los suyos, primero
jugueteando, luego más fuerte. Ella olía como siempre, a rosas y sangre. Él
presionó sus labios contra el pulso en su garganta, mordisqueándolo
gentilmente, no mordiendo, e Izzy jadeó; sus manos fueron al frente de la
camisa de Simon. Éste se preocupó momentáneamente de su falta de botones,

21D&D: Dungeons & Dragons, es un juego de rol de fantasía heroica actualmente publicado
por Wizards of the Coast.
pero Isabelle agarró la tela con sus fuertes manos y rompió la camisa a la mitad,
dejándola colgando de sus hombros.
Dios, esa cosa se rompe como el papel exclamó ella, estirándose para
quitarse la camiseta. Estaba en la mitad de la acción cuando la puerta se abrió y
Alec entró en la habitación.
Izzy, ¿estás…? Comenzó. Abrió los ojos como platos, y se hizo hacia
atrás lo suficientemente rápido como para pegarse en la cabeza con la pared.
¿Qué está haciendo él aquí?
Isabelle volvió a bajar su camiseta y miró furiosamente a su hermano.
¿Ahora no golpeas?
Es… ¡Es mi habitación! Farfulló Alec. Parecía estar intentando
deliberadamente no mirar a Izzy y a Simon, quienes estaban ciertamente en una
posición comprometedora. Simon rápidamente salió de encima de Isabelle,
quien se sentó, sacudiéndose como si tuviera pelusas. Simon se sentó más
lentamente, intentando unir los bordes rasgados de su camisa. ¿Por qué está
toda mi ropa en el suelo? Preguntó Alec.
Estaba intentando encontrar algo para que usara Simon explicó
Isabelle. Maureen le puso pantalones de cuero y una camisa ceñida porque
era su esclavo de novela romántica.
¿Él era su qué?
Su esclavo de novela romántica repitió Isabelle, como si Alec
estuviera siendo particularmente lento.
Alec sacudió su cabeza como si estuviera teniendo un mal sueño.
¿Sabes qué? No me expliques. Solo… poneos ropa encima, ambos.
No te vas a ir, ¿verdad? Dijo Isabelle con tono malhumorado,
saliendo de la cama. Levantó la chaqueta y se la puso, luego le arrojó a Simon el
suéter verde. Él se lo puso felizmente en lugar de la camisa poética, la que de
todas formas tenía lazos.
No. Es mi habitación, y además, necesito hablar contigo, Isabelle. La
voz de Alec era brusca. Simon agarró jeans y zapatos del suelo y fue a
cambiarse al baño, tomándose su tiempo a propósito. Cuando volvió a salir,
Isabelle estaba sentada en la cama arrugada, luciendo cansada y tensa.
¿Así que van a abrir el Portal para traer a todos de regreso? Eso es
bueno.
Eso es bueno, pero lo que sentí… Alec puso la mano sobre su
antebrazo inconscientemente, cerca de su runa de parabatai eso no es bueno.
Jace no está muerto se apresuró a añadir, al ver palidecer a Isabelle. Sabría
si lo estuviera. Pero algo sucedió. Algo con el fuego celestial, creo.
¿Sabes si está bien ahora? ¿Y Clary? Demandó Isabelle.
Espera, retrocede interrumpió Simon. ¿Qué es eso sobre Clary? ¿Y
Jace?
Fueron a través del Portal dijo Isabelle en tono grave. A la batalla
en la Ciudadela.
Simon se dio cuenta de que inconscientemente había llegado al anillo de
oro en su mano derecha y lo había tomado con los dedos.
—¿No son demasiado jóvenes?
—No tenían exactamente el permiso. —Alec estaba apoyado contra la
pared. Parecía cansado, las sombras bajo sus ojos azules violáceos—. El Cónsul
trató de detenerlos, pero no tuvo tiempo.
Simon se volvió hacia Isabelle.
—¿Y no me lo dijiste?
Ella no podía mirarlo a los ojos.
—Sabía que enloquecerías.
Alec miraba de Isabelle a Simon.
—¿No se lo dijiste? —Dijo él—. ¿Acerca de lo que sucedió en el Gard?
Isabelle cruzó los brazos sobre su pecho y pareció desafiante.
—No. Me encontré con él en la calle, y vinimos arriba, y… y no es de tu
incumbencia.
—Lo es si lo haces en mi habitación —dijo Alec—. Si vas a utilizar a
Simon para olvidar que estás enfadada y molesta, muy bien, pero lo haces en tu
propia habitación.
—No lo estaba usando…
Simon pensó en los ojos de Isabelle, brillando cuando la había visto de
pie en la calle. Él había pensado que era de felicidad, pero se dio cuenta ahora,
de que era más probable que hubieran sido lágrimas no derramadas. La forma
en que había estado caminando hacia él, con la cabeza gacha, los hombros
encorvados, como si hubiera estado manteniendo la compostura.
—Sin embargo, lo hiciste —dijo él—. O me hubieras dicho lo que pasó.
Ni siquiera mencionaste a Clary o a Jace, o que estabas preocupada, ni nada. —
Sintió el nudo en su estómago apretarse al darse cuenta de cuán hábilmente
Isabelle había desviado sus preguntas y distraído con besos, y se sintió
estúpido. Había pensado que estaba feliz de verlo a específicamente a él, pero
tal vez podría haber sido cualquiera.
El rostro de Isabelle se había vuelto muy quieto.
—Por favor —dijo—. No es como si hubieras preguntado. —Ella había
estado jugueteando con su cabello; ahora había levantado la mano y empezado
a retorcerlo, casi salvajemente, en un nudo en la parte posterior de su cabeza—.
Si los dos se van a quedar ahí echándome la culpa, tal vez solo deberían irse…
—No te estoy culpando —comenzó Simon, pero Isabelle ya estaba de pie.
Ella le arrebató el colgante de rubí, tiró de él no muy gentilmente sobre su
cabeza, y lo dejó caer de nuevo alrededor de su propio cuello—. Nunca debería
habértelo dado —dijo, con los ojos brillantes.
—Me salvó la vida —dijo Simon.
Eso hizo que se detuviera.
—Simon… —susurró.
Se interrumpió cuando Alec se agarró repentinamente el hombro con un
jadeo. Se deslizó al suelo. Isabelle corrió hacia él y se arrodilló a su lado.
—¿Alec? ¡Alec! —Levantó su voz, matizada con pánico.
Alec hizo a un lado su chaqueta, empujó hacia abajo el cuello de su
camisa y estiró el suyo para ver la marca en su hombro. Simon reconoció los
contornos de la runa parabatai. Alec apretó los dedos sobre la misma; quedaron
manchados de algo oscuro que parecía una mancha de ceniza.
—Han vuelto a través del Portal —dijo—. Y hay algo mal con Jace.
Era como volver a un sueño o a una pesadilla.
Después de la Guerra Mortal, la Plaza del Ángel había estado llena de
cuerpos. Cuerpos de Cazadores de Sombras, puestos en ordenadas filas, cada
cadáver con los ojos consolidados en la seda blanca de la muerte.
Había cuerpos en la plaza de nuevo, pero esta vez también hubo caos.
Las torres de los demonios resplandecían con una luz brillante en la escena que
recibió a Simon cuando, después de haber seguido a Isabelle y a Alec por las
sinuosas calles de Alicante, finalmente había llegado al Salón de los Acuerdos.
La plaza estaba llena de gente. Nefilim en traje de combate yacían en el suelo,
algunos retorciéndose de dolor y gritando, algunos alarmantemente quietos.
El propio Salón de los Acuerdos estaba oscuro y bien resguardado. Uno
de los edificios de piedra más grandes en la plaza estaba abierto y
resplandeciente de luces, las dobles puertas de par en par. Una corriente de
Cazadores de Sombras estaba entrando y saliendo.
Isabelle se había levantado de puntillas y escaneaba la multitud con
ansiedad. Simon siguió su mirada. Podía distinguir algunas figuras conocidas.
Al Cónsul moviéndose ansiosamente entre de su gente, Kadir del Instituto de
Nueva York, Los Hermanos Silenciosos en sus túnicas de pergamino dirigiendo
a las personas, sin decir palabra alguna, hacia el edificio iluminado.
—El Basilias está abierto —dijo Isabelle ante un Alec de demacrado
aspecto—. Puede ser que hayan llevado a Jace allí, si hubiese sido herido…
—Él fue herido —dijo Alec con brevedad.
—¿El Basilias? —Preguntó Simon.
—El hospital —dijo Isabelle, indicando al edificio iluminado. Simon
podía sentirla tamborilear con nerviosa y asustada energía—. Yo debería…
deberíamos…
—Iré contigo —dijo Simon.
Ella negó con la cabeza.
—Solo se permiten Cazadores de Sombras.
Alec dijo:
—Isabelle. Vamos. —Estaba sosteniendo rígidamente el hombro marcado
por su runa parabatai. Simon quería decirle algo, quería decir que su mejor
amiga también había ido a la batalla, y también había desaparecido, quería
decir que él entendía. Pero tal vez sólo podías entender a un parabatai si eras un
Cazador de Sombras. Dudaba que Alec le diera las gracias por decir que él
entendía. Rara vez Simon había sentido tan agudamente la brecha entre los
Nefilim y los que no eran Nefilim.
Isabelle asintió y siguió a su hermano sin decir nada más. Simon los vio
ir al otro lado de la plaza, más allá de la estatua del Ángel, mirando hacia abajo
a las secuelas de la batalla con tristes ojos de mármol. Subieron los escalones de
la entrada del Basilias y se perdieron incluso de su visión vampírica.
—¿Crees —dijo una voz suave sobre el hombro— que les importaría
mucho si me alimento de sus muertos?
Era Raphael. Su pelo rizado era un halo despeinado alrededor de su
cabeza, y llevaba solo una camiseta angosta y jeans. Tenía el aspecto de un niño.
—La sangre de los recién fallecidos no es mi cosa favorita —continuó—,
pero es mejor que la sangre embotellada, ¿no te parece?
—Tienes una personalidad increíblemente encantadora —dijo el otro
vampiro—. Espero que alguien te haya dicho eso.
Raphael resopló.
—Sarcasmo —dijo—. Tedioso.
Simon hizo un ruido exasperado incontrolable.
—Sigue adelante entonces. Aliméntate de los Nefilim muertos. Estoy
seguro de que están realmente de humor para eso. Puede ser que te dejen vivir
cinco, diez segundos, incluso.
Raphael se rió entre dientes.
—Se ve peor de lo que es —dijo—. No hay tantos muertos. Bastantes
heridos. Fueron superados. Ahora, no olvidarán lo que significa luchar contra
los Cazadores Oscuros.
—¿Qué sabes acerca de los Cazadores Oscuros, Raphael?
—Susurros y sombras —dijo Raphael—. Pero hago mi negocio para saber
cosas.
—Entonces si sabes cosas, dime dónde están Jace y Clary —dijo Simon,
sin mucha esperanza. Raphael era rara vez útil a menos que fuera útil para él.
—Jace se encuentra en el Basilias —dijo Raphael, para sorpresa de
Simon—. Parece que el fuego celestial en sus venas fue demasiado para él al
final. Casi se destruyó a sí mismo, y a uno de los Hermanos Silenciosos junto
con él.
—¿Qué? —La ansiedad de Simon afilaba de lo general a lo específico—.
¿Va a vivir? ¿Dónde está Clary?
Raphael lo miró entre las largas pestañas oscuras de sus ojos; su sonrisa
era torcida.
—No es cosa de vampiros preocuparse demasiado por la vida de los
mortales.
—Lo juro por Dios, Raphael, si no empiezas a ser más útil…
—Muy bien, entonces. Ven conmigo. —Raphael se movió lejos hacia las
sombras, manteniéndose al borde interior de la plaza. Simon se apresuró a
ponerse a la par con él. Vio a una cabeza rubia y una cabeza morena inclinarse
juntas. Aline y Helen estaban tendiendo a uno de los heridos, y pensó por un
momento en Alec y Jace.
—Si te estás preguntando qué pasaría si bebes la sangre de Jace ahora, la
respuesta es que te mataría —dijo Raphael—. Vampiros y fuego celestial no se
mezclan. Sí, incluso tú, Vampiro Diurno.
—No me estaba preguntando eso. —Simon frunció el ceño—. Me
preguntaba sobre lo que pasó en la batalla.
—Sebastian atacó la Ciudadela de Adamantio —dijo Raphael,
moviéndose alrededor de un apretado nudo de Cazadores de Sombras—.
Donde se forjan las armas de los Cazadores de Sombras. El hogar de las
Hermanas de Hierro. Engañó a la Clave haciéndoles creer que tenía un ejército
de sólo veinte con él, cuando en realidad tenía más. Él probablemente habría
matado a todos y tomado la Ciudadela, si no fuera por tu Jace…
—Él no es mi Jace.
—Y Clary —dijo Raphael, como si Simon no hubiese hablado—. Aunque
no sé los detalles. Sólo lo que he oído, y parece haber mucha confusión entre los
mismos Nefilim en cuanto a lo que pasó.
—¿Cómo fue que Sebastian logró engañarlos al hacerles creer que tenía
un menor número de guerreros de los que tenía?
Raphael se encogió en sus hombros delgados.
—Los Cazadores de Sombras se olvidan a veces de que no toda la magia
es la de ellos. La Ciudadela está construida sobre líneas de pastoreo. Hay magia
antigua, magia salvaje, que existía antes de Jonathan Cazador de Sombras, y
existirá de nuevo…
Se interrumpió, y Simon siguió su mirada. Por un momento Simon vio
sólo una capa de luz azul. Luego amainó y vio a Clary tendida en el suelo. Oyó
un rugido sonar en sus oídos, como sangre corriendo. Estaba pálida y quieta,
con los dedos y la boca teñida de un oscuro púrpura azulado. El cabello le caía
en mechones lacios alrededor del rostro, y sus ojos estaban rodeados con
sombras. Llevaba el traje de combate desgarrado y sangriento, y en su mano
yacía una espada Morgenstern, su hoja estampada con estrellas.
Magnus estaba inclinado sobre ella, con la mano en su mejilla, la punta
de sus dedos de un azul brillante. Jocelyn y Luke estaban arrodillados al otro
lado de Clary. Jocelyn miró hacia arriba y vio a Simon. Sus labios formaron su
nombre. Él no podía oír nada por encima del rugido en sus oídos. ¿Clary estaba
muerta? Ella parecía muerta, o cercana a estarlo.
Él dio un paso adelante, pero Luke ya estaba de pie, tratando de alcanzar
a Simon. Atrapó los brazos de éste y tiró de él hacia atrás de donde Clary yacía
en el suelo.
La naturaleza vampírica de Simon le daba fuerza sobrenatural, fuerza
que apenas había aprendido a cómo usar, pero Luke era igual de fuerte. Sus
dedos se clavaron en la parte superior de los brazos de Simon.
—¿Qué pasó?—Dijo Simon, alzando la voz—. ¿Raphael…? —Se dio la
vuelta para buscar al vampiro, pero Raphael se había ido; se había mezclado en
las sombras—. Por favor —dijo Simon a Luke, mirando de su rostro familiar al
de Clary—. Déjame...
—Simon, no —ladró Magnus. Él estaba trazando sus dedos sobre el
rostro de Clary, dejando chispas azules a su paso. Ella no se movió ni
reaccionó—. Esto es delicado… su energía está extremadamente baja.
—¿No debería estar en el Basilias? —Exigió Simon, mirando por encima
al edificio del hospital. La luz todavía estaba rodeándolo, y para su sorpresa vio
a Alec de pie en la entrada. Estaba mirando a Magnus. Antes de que Simon
pudiera moverse o señalar hacia él, Alec se volvió bruscamente y se metió de
nuevo hacia el interior del edificio.
—Magnus… —empezó Simon.
—Simon, cállate —dijo Magnus con los dientes apretados. Simon se
retorció del agarre de Luke solo para tropezarse y dar a parar contra el lado de
un muro de piedra.
—Pero Clary… —comenzó.
Luke parecía demacrado, pero su expresión era firme.
—Clary se agotó a sí misma haciendo una runa de curación. Pero no está
herida, su cuerpo está entero, y Magnus puede ayudarla mejor que los
Hermanos Silenciosos. Lo mejor que puedes hacer es mantenerte fuera del
camino.
—Jace —dijo Simon—. Alec sintió que algo le pasó a través de la runa
parabatai. Algo relacionado con el fuego celestial. Y Raphael estaba balbuceando
sobre líneas de pastoreo…
—Mira, la batalla fue más sangrienta de lo que los Nefilim esperaban.
Sebastian hirió a Jace, pero el fuego celestial rebotó hacia él, de alguna manera.
Casi destruyó a Jace también. Clary salvó su vida, pero todavía hay trabajo que
hacer para los Hermanos, quienes lo están curando. —Luke miró a Simon con
cansado ojos azules—. ¿Y por qué estabas con Isabelle y Alec? Pensé que ibas a
quedarte en Nueva York. ¿Has venido por Jordan?
El nombre cortó a Simon.
—¿Jordan? ¿Qué tiene que ver él con alguna cosa?
Por primera vez, Luke parecía verdaderamente sorprendido.
—¿No lo sabes?
—¿Saber qué?
Luke vaciló un largo momento. Entonces dijo:
—Tengo algo para ti. Magnus lo trajo de Nueva York. —Metió la mano
en su bolsillo y sacó un medallón en una cadena. El medallón era de oro,
estampado con la pata de un lobo y la inscripción en latín Beati Bellicosi.
Bienaventurados los guerreros.
Simon lo supo al instante. Era el colgante del Praetor Lupus de Jordan.
Estaba desprendido y tenido con sangre. Rojo oscuro como el óxido, se aferraba
a la cadena y a la cara del medallón. Pero si alguien sabía lo que era el óxido y
lo que era la sangre, era un vampiro.
—No lo entiendo —dijo Simon. El rugido estaba de vuelta en sus oídos—
. ¿Por qué tienes esto? ¿Por qué me lo das a mí?
—Debido a que Jordan quería que lo tuvieras —dijo Luke.
—¿Quería? —Simon levantó la voz—. ¿No quieres decir “quiere”?
Luke respiró hondo.
—Lo siento, Simon. Jordan está muerto

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