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Capítulo 9
Las Armas Que Portas
Traducido por Drys, VicHerondale y Emi Rose
Corregido por Marta_rg24
Clary se despertó con la desvaneciente imagen de una runa contra sus
párpados cerrados, una runa formada por dos alas unidas por una sola barra.
Todo su cuerpo estaba herido, y por un momento se quedó quieta, temerosa del
dolor que aquel movimiento pudiera traer. Los recuerdos regresaron
lentamente la lava helada deslizándose en frente de la Ciudadela, Amatis
riendo e intentando herirla, Jace cortando su camino a través del campo de
Cazadores Oscuros; Jace en el suelo sangrando fuego, el Hermano Zachariah
dando tumbos por las llamas.
Sus ojos se abrieron. Casi había esperado despertar en algún lugar
completamente extraño, pero en su lugar estaba acostada en la pequeña cama
de madera en la habitación de invitados de Amatis. La pálida luz del sol se
vertía por las cortinas de encaje, haciendo patrones en el techo.
Comenzó a luchar por sentarse. Cerca de ella alguien había estado
cantando en voz baja, su madre. Jocelyn se interrumpió inmediatamente y saltó
a inclinarse sobre ella. Parecía como si hubiera estado despierta toda la noche.
Llevaba una camisa vieja y jeans, su pelo recogido en un moño con un lápiz
atravesándolo. Una sensación de familiaridad y alivio atravesó a Clary, seguida
rápidamente de pánico.
—Mamá —dijo cuando Jocelyn se inclinó sobre ella, presionando el
dorso de la mano en la frente de Clary como si comprobara la fiebre—. Jace…
—Jace está bien —respondió Jocelyn, tomando su mano. Ante la mirada
suspicaz de su hija, negó con la cabeza—. De verdad lo está. Se encuentra en el
Basilias ahora, junto con el Hermano Zachariah. Recuperándose.
Ella miró a su madre, con dureza.
—Clary, sé que te he dado motivos para no confiar en mí en el pasado,
pero por favor, créeme. Jace está perfectamente bien. Sé que nunca me
perdonarías si no te dijera la verdad sobre él.
—¿Cuándo puedo verlo?
—Mañana. —Jocelyn se echó hacia atrás en la silla junto a la cama,
revelando a Luke, que estaba apoyado en la pared del dormitorio. Le sonrió a
Claryuna triste, amorosa y protectora sonrisa.
—¡Luke! —Dijo, aliviada al verlo—. Dile a mamá que estoy bien. Que
puedo ir al Basilias…
Luke negó con la cabeza.
—Lo siento, Clary. No puede haber visitantes para Jace ahora mismo.
Además, hoy tienes que descansar. Escuchamos lo que hiciste con esa iratze en
la Ciudadela.
—O al menos, lo que vieron las personas que hiciste. No estoy segura de
que alguna vez llegue a entenderlo con exactitud. Las líneas en las comisuras
de la boca de Jocelyn se profundizaron—. Casi te mueres al curar a Jace, Clary.
Tienes que tener más cuidado. No tienes infinitas reservas de energía…
—Se estaba muriendo —interrumpió Clary—. Sangraba fuego. Tenía que
salvarlo.
—¡Tú no deberías haber tenido que hacerlo! —Jocelyn le quitó un rizo de
cabello rojo de los ojos—. ¿Qué estabas haciendo en esa batalla?
—No habían enviado a suficiente gente —dijo Clary, en un tono
apagado—. Y todo el mundo estaba hablando de cómo, cuando llegaran allí,
iban a rescatar a los Cazadores Oscuros, que iban a traerlos de vuelta, encontrar
una cura, pero yo estuve en el Burren. Tú también, mamá. Sabes que no hay
forma de rescatar a los Nefilim que Sebastian convirtió con la Copa Infernal.
—¿Viste a mi hermana? Dijo Luke con voz suave.
Clary tragó saliva y asintió.
—Lo siento. Ella…Ella es la lugarteniente de Sebastian. Ya no es como
antes, ni siquiera un poco.
—¿Te hizo daño? —Exigió Luke. Su voz todavía era tranquila, pero un
músculo saltó en su mejilla.
Clary negó con la cabeza; no se atrevía a hablar, a mentir, pero tampoco
podía decirle la verdad a Luke.
—Está todo bien —dijo él, malinterpretando su angustia—. La Amatis
que sirve a Sebastian no es más hermana mía que el Jace que sirvió a Sebastian
era el chico que tú amabas. No es más mi hermana de lo que Sebastian sería el
hijo que tu madre debería haber tenido.
Jocelyn extendió la mano, tomó la de Luke y besó la palma ligeramente.
Clary apartó los ojos. Su madre se volvió hacia ella un momento después.
—Dios, la Clave… si tan solo hubieran escuchado. —Dejó escapar un
suspiro de frustración—. Clary, entendemos por qué hiciste eso anoche, pero
nosotros creíamos que estabas a salvo. Entonces Helen apareció en nuestra
puerta y nos dijo que te habían herido en la batalla de la Ciudadela. Casi tuve
un ataque al corazón cuando te encontramos en la plaza. Tus labios y tus dedos
eran azules. Como si te hubieras ahogado. De no haber sido por Magnus…
—¿Magnus me sanó? ¿Qué está haciendo aquí, en Alicante?
—Esto no se trata de Magnus —dijo Jocelyn con aspereza—. Esto se trata
de ti. Jia ha estado fuera de sí, pensando que te dejó de ir a través del Portal y
que podrías haber muerto. Fue una llamada a los Cazadores de Sombras con
experiencia, no a los niños…
—Era Sebastian —dijo Clary—. Ellos no lo entendían.
—Sebastian no es tu responsabilidad. Hablando de eso… —Jocelyn
buscó bajo la cama; cuando se enderezó, sostenía Eósforo—. ¿Esto es tuyo?
Estaba en tu cinturón de armas cuando te trajeron a casa.
—¡Sí! —Clary dio una palmada—. Pensé que la había perdido.
—Es una espada Morgenstern, Clary —dijo su madre, sosteniéndola
como si fuera un pedazo de lechuga mohosa—. Una que vendí hace años. ¿De
dónde la has sacado?
—De la tienda de armas donde la vendiste. La que ahora es propietaria
de la tienda dijo que nadie más la compraría. —Clary agarró a Eósforo de la
mano de su madre—. Mira, yo soy una Morgenstern. No podemos pretender
que no tengo nada de la sangre de Valentine en mí. Necesito encontrar una
manera de ser en parte Morgenstern y de encontrarme bien con eso, sin
pretender que soy otra persona… alguien con un nombre inventado que no
significa nada.
Jocelyn retrocedió ligeramente.
—¿Te refieres a “Fray”?
—No es exactamente un nombre de Cazador de Sombras, ¿verdad?
—No —dijo su madre—, no exactamente, pero eso no significa que no
tenga un significado.
—Pensé que lo escogiste al azar.
Jocelyn negó con la cabeza.
—¿Conoces la ceremonia que debe hacerse a los Nefilim cuando nacen?
¿La que otorga la protección que Jace perdió cuando regresó de entre los
muertos, la que permitió a Lilith llegar a él? Por lo general, la ceremonia se lleva
a cabo por una Hermana de Hierro y un Hermano Silencioso, pero en tu caso,
ya que estábamos escondiéndonos, no podía hacer eso oficialmente. Fue hecho
por el Hermano Zachariah, y una bruja que ocupó el lugar de la Hermana de
Hierro. Te nombré por ella.
—¿Fray? ¿Su apellido era “Fray”?
—El nombre fue un impulso —dijo Jocelyn, no del todo respondiendo a
la pregunta—. Ella… me agradó. Había conocido la pérdida, el dolor y la pena,
pero era fuerte, justo como quería que fueras tú. Eso es todo lo que siempre
quise. Que seas fuerte y estuvieras a salvo, que no tuvieras que sufrir lo que yo
he sufrí. El terror, el dolor y el peligro.
—El Hermano Zachariah… —Clary se sentó de golpe repentinamente—.
Él estaba allí anoche. Trató de sanar a Jace, pero el fuego celestial lo quemó.
¿Está bien? No está muerto, ¿verdad?
—No lo sé. —Jocelyn parecía un poco desconcertada ante la vehemencia
de Clary—. Sé que fue llevado al Basilias. Los Hermanos Silenciosos han sido
muy reservados sobre las condiciones de todos; y ciertamente no hablarían de
uno de los suyos.
—Él dijo que los Hermanos le debían a los Herondale a causa de viejos
lazos —dijo Clary—. Si muere, será…
—Culpa de nadie —dijo Jocelyn. —Recuerdo cuando te puso el hechizo
de protección. Le dije que no quería que alguna vez tuvieras algo que ver con
los Cazadores de Sombras. Dijo que podría no ser mi elección. Dijo que la
llamada de los Cazadores de Sombras es como aguas revueltas… y tenía razón.
Pensé que éramos libres, pero aquí estamos, de vuelta en Alicante, de nuevo en
una guerra, y aquí está sentada mi hija con sangre en el rostro y una espada de
los Morgenstern en sus manos.
Había un matiz en su voz, de tristeza y tensión, que hizo que los nervios
de Clary se pusieran en alerta.
—Mamá —dijo—. ¿Pasó algo más? ¿Hay algo que no me estás diciendo?
Jocelyn intercambió una mirada con Luke. Él habló primero:
Sabes que ayer por la mañana, antes de la batalla en la Ciudadela,
Sebastian trató de atacar el Instituto de Londres.
—Pero no hubo heridos. Robert dijo…
—Así que Sebastian volvió su atención a otra parte —continuó Luke con
firmeza—. Se fue de Londres con sus fuerzas y atacó el Praetor Lupus en Long
Island. Casi todos los del Praetor, incluido su líder, fueron sacrificados. Jordan
Kyle… —su voz se quebró—. Jordan fue asesinado.
Clary no fue consciente de que se había movido, pero de repente ya no
estaba bajo las sábanas. Había balanceado sus piernas a un lado de la cama y
estaba alcanzando la vaina de Eósforo en la mesita de noche.
—Clary —dijo su madre, estirando una mano para colocar sus largos
dedos en la muñeca de Clary, forzándola a parar—. Clary, se acabó. No hay
nada que puedas hacer.
Clary pudo saborear las lágrimas, calientes y saladas, quemándole la
parte posterior de la garganta, y bajo la lágrimas el más crudo y oscuro sabor
del pánico.
—¿Qué hay de Maia? —Demandó—. Si Jordan está herido, ¿está Maia
bien? ¿Y Simon? ¡Jordan era su guardián! ¿Está Simon bien?
—Estoy bien. No te preocupes, estoy bien —dijo la voz de Simon. La
puerta del dormitorio se abrió, y para asombro de Clary, él entró luciendo
sorprendentemente tímido. Ella dejó caer la vaina de Eósforo sobre la colcha y
se lanzó a sus pies mientras se disparaba hacia Simon, con tanta fuerza que se
golpeó la cabeza en su clavícula. No se dio cuenta de si le dolió o no. Estaba
demasiado ocupada aferrándose a Simon como si ambos hubieran caído de un
helicóptero y estuvieran descendiendo a toda velocidad. Ella estaba agarrando
puñados de su arrugado suéter verde, ocultando la cara torpemente en su
hombro mientras luchaba por no llorar.
Él la abrazó, dándole golpecitos torpes en la espalda y el hombro.
Cuando ella finalmente lo soltó y dio un paso atrás, vio que el suéter y los jeans
que llevaba eran de una talla demasiado grande para él. Una cadena de metal
colgaba de su cuello.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Demandó—. ¿Qué ropas llevas puesta?
—Es una larga historia, y son de Alec, en su mayoría —dijo Simon. Sus
palabras eran casuales, pero parecía afectado y tenso—. Deberías haber visto lo
que tenía puesto antes. Bonito pijama, por cierto.
Clary se miró a sí misma. Llevaba un pijama de franela de dos piezas,
demasiado corto en la pierna y demasiado apretado en el pecho, con camiones
de bomberos en él.
Luke levantó una ceja.
—Creo que esos eran míos, cuando yo era un niño.
—No puedes decirme que realmente no había otra cosa que podrías
haberme puesto.
—Si insistes en tratar de ser asesinada, yo insisto en ser la que elige lo
que usarás mientras te recuperas —dijo Jocelyn, con una pequeña sonrisa.
—El pijama de la venganza —murmuró Clary. Recogió jeans y una
camiseta del suelo, entonces miró a Simon—. Voy a cambiarme. Y para cuando
vuelva, será mejor que estés dispuesto a decirme cómo es que estás aquí,
además de “es una larga historia.”
Simon murmuró algo que sonó como mandona, pero ya estaba fuera de la
puerta. Se duchó en un tiempo récord, disfrutando de la sensación del agua
limpiando la suciedad de la batalla. Todavía estaba preocupada por Jace, a
pesar de las garantías de su madre, pero haber visto a Simon le había levantado
el ánimo. Tal vez no tenía sentido, pero ella era más feliz cuando él estaba
donde pudiera mantener un ojo sobre él, en lugar de en Nueva York. Sobre
todo después de lo de Jordan.
Cuando volvió al dormitorio, con el cabello húmedo recogido en una
cola de caballo, Simon estaba apoyado sobre la mesita de noche, enfrascado en
una conversación con su madre y Luke, contando lo que le había sucedido en
Nueva York, cómo Maureen lo había secuestrado y Raphael lo había rescatado
y traído a Alicante.
—Entonces, espero que Raphael tenga la intención de asistir a la cena
ofrecida por los representantes de la Corte Seelie esta noche —estaba diciendo
Luke—. Anselm Nightshade habría sido invitado, pero si Raphael se presentará
en lugar de él ante el Concejo, entonces debe estar allí. Sobre todo después de lo
que ha pasado con el Praetor, la importancia de la solidaridad del Submundo
con los Cazadores de Sombras es más prioritaria que nunca.
—¿Han oído hablar de Maia? Preguntó Simon—. No me gusta la idea
de que ella esté sola, ahora que Jordan está muerto. —Se estremeció un poco
mientras hablaba, como si las palabras “Jodan está muerto” le dolieran al
decirlas.
—No está sola. Tiene a la manada cuidando de ella. Bat ha estado en
contacto conmigo… ella está físicamente bien. Emocionalmente, no lo sé. A ella
es a quien Sebastian le dio su mensaje, después de matar a Jordan. No puede
haber sido fácil.
—La manada se encontrará teniendo que lidiar con Maureen —dijo
Simon—. Está emocionada porque los Cazadores de Sombras se han ido. Va a
hacer de Nueva York su sangriento parque infantil, si se sale con la suya.
—Si está matando a los mundanos, la Clave tendrá que enviar a alguien
para hacerla frente —dijo Jocelyn—. Incluso si eso significa salir de Idris. Si ella
está rompiendo los Acuerdos…
—¿No debería Jia oír sobre todo esto? —Dijo Clary—. Podríamos ir a
hablar con ella. No es como el último Cónsul. Ella te escuchará, Simon.
Él asintió.
—Le prometí a Raphael que hablaría con el Inquisidor y el Cónsul por
él… —se interrumpió de repente, y se estremeció.
Clary lo miró con intensidad. Estaba sentado en un pequeño rayo de luz
diurna, con su piel marfil pálida. Las venas bajo la piel eran visibles, tan rígidas
y negras como marcas de tinta. Sus pómulos estaban hundidos, las sombras
debajo de ellos eran intensamente oscuras.
—Simon, ¿cuánto tiempo ha pasado desde que te alimentaste?
Simon retrocedió; ella sabía que odiaba que le recordara su necesidad de
sangre.
—Tres días —dijo en voz baja.
—Comida —dijo Clary, mirando de su madre a Luke—. Tenemos que
conseguirle comida.
—Estoy bien —dijo Simon, poco convincente—. Realmente lo estoy.
—El lugar más razonable para conseguir sangre sería la casa del vampiro
representante —dijo Luke—. Tienen que proporcionarla para su utilización a
los miembros del Concejo de los Hijos de la Noche. Iría yo, pero difícilmente
van a dársela a un hombre lobo. Podríamos enviar un mensaje…
—Sin mensajes. Es demasiado lento. Vamos a ir ahora. —Clary se lanzó a
su armario abierto y agarró una chaqueta—. Simon, ¿puedes llegar allí?
—No es tan lejos —dijo Simon, con voz tenue—. Unas puertas más abajo
de la del Inquisidor.
—Raphael estará durmiendo —dijo Luke—. Es mediodía.
—Entonces lo despertaremos. —Clary se puso la chaqueta y cerró la
cremallera—. Es su trabajo representar a los vampiros; tendrá que ayudar a
Simon.
Simon soltó un bufido.
—Raphael no cree que él tenga que hacer algo.
—No me importa. —Clary se hizo con Eósforo y la deslizó en la vaina.
—Clary, no estoy segura de que estéss lo suficientemente bien como para
salir de esta manera… —comenzó Jocelyn.
—Estoy bien. Nunca me sentí mejor.
Jocelyn negó con la cabeza, y la luz del sol capturó los reflejos rojos en su
cabello.
—En otras palabras, no hay nada que pueda hacer para detenerte.
—Nop —dijo Clary, empujando a Eósforo en su cinturón—. Nada en
absoluto.
—La cena de los miembros del Concejo es esta noche —dijo Luke,
recostándose contra la pared—. Clary, vamos a tener que salir antes de que
vuelvas. Estamos poniendo a un guardia en la casa para asegurarnos de que
regreses a casa antes de que anochezca...
—Tienes que estar bromeando.
—No, en absoluto. Te queremos adentro, y con la casa cerrada. Si no
llegas a casa antes del anochecer, el Gard será notificado.
—Es una estación policial —se quejó Clary—. Andando, Simon.
Vayámonos.
Maia se sentó en la playa de Rockaway, mirando hacia el agua y se
estremeció.
Rockaway se llenaba en verano, pero se encontraba vacía y azotada por
el viento ahora, en diciembre. El agua del Atlántico se extendía en un pesado
gris, del color del hierro, bajo un cielo de color similar.
Los cuerpos de los hombres lobo que Sebastian había matado, el de
Jordan entre ellos, habían sido quemados en las ruinas del Praetor Lupus. Uno
de los lobos de la manada se acercó a la línea de la marea y echó el contenido de
una caja de cenizas al agua.
Maia vio cómo la superficie del mar se volvió negra por los restos de los
muertos.
—Lo siento. —Era Bat, sentándose a su lado en la arena. Vieron cuando
Rufus se acercó a la costa y abrió otra caja de madera llena de cenizas—. Por lo
de Jordan.
Maia se apartó el cabello hacia atrás. Las nubes grises se estaban
reuniendo en el horizonte. Se preguntó cuándo comenzaría a llover.
—Yo iba a romper con él —dijo ella.
—¿Qué? —Bat pareció sorprendido.
—Yo iba a romper con él —dijo Maia—. El día que Sebastian lo mató.
—Pensé que todo iba muy bien entre vosotros. Pensé que erais felices.
—¿De verdad? —Maia clavó los dedos en la arena húmeda—. Él no te
agradaba.
—Él te hizo daño. Fue hace mucho tiempo y sé que trató de compensarlo,
pero... —Bat se encogió de hombros—. Quizá no soy tan flexible.
Maia suspiró.
—Quizá yo tampoco —dijo—. En la ciudad donde crecí, todas esas
malcriadas, finas y ricas chicas blancas, me hicieron sentir como una mierda
porque no me parecía a ellas. Cuando tenía seis años, mi madre me hizo una
fiesta de cumpleaños con el tema de Barbie. Hacen una Barbie negra, ya sabes,
pero no hacen ninguna cosa que vaya con ella; como suministros para fiestas,
réplicas para tortas y todo eso. Así que tuvimos una fiesta con una muñeca
rubia como tema, y llegaron todas estas chicas rubias, y todas se rieron de mí
detrás de sus manos. —El aire de la playa era frío en sus pulmones—. Así que
cuando conocí a Jordan y él me dijo que era hermosa, bueno, no tomó
demasiado. Estaba totalmente enamorada de él en cuestión de cinco minutos.
—Eres hermosa —dijo Bat. Un cangrejo ermitaño hizo su camino a lo
largo de la arena, y él lo empujó con los dedos.
—Éramos felices —dijo Maia—. Pero entonces todo pasó, él me convirtió
y yo lo odié. Vine a Nueva York y lo odié, y entonces él apareció de nuevo y
todo lo que quería de mí era que lo perdonara. Lo ansiaba tanto y estaba tan
arrepentido. Y yo lo sabía, que la gente hace cosas locas cuando son mordidos.
He oído hablar de personas que han matado a sus familias…
—Es por eso que tenemos al Praetor —dijo Bat—. Bueno, lo teníamos.
—Y pensé, ¿cuánto puede retener alguien la responsabilidad de lo que
hizo cuando no pudo controlarse a sí mismo? Pensé que debía perdonarlo, él lo
quería tan malditamente demasiado. Había hecho todo para compensarme por
ello. Pensé que podríamos volver a la normalidad, volver a la forma en que
solíamos ser.
—A veces no se puede volver atrás —dijo Bat. Se tocó la cicatriz en su
mejilla pensativamente; Maia nunca le había preguntado cómo la había
conseguido—. A veces demasiadas cosas te hacen cambiar.
—No podíamos volver atrás —dijo Maia—. Por lo menos, yo no podía. Él
quería que lo perdonara tanto que a veces pienso que sólo me miraba y veía el
perdón. La redención. Él no me veía a mí. —Ella negó con la cabeza—. No soy la
absolución de una persona. Sólo soy Maia.
—Pero te preocupabas por él —dijo Bat en voz baja.
—Lo suficiente para seguir posponiendo romper con él. Pensé que tal vez
me sentiría diferente. Y luego todo comenzó a suceder, Simon fue secuestrado,
fuimos tras él, y aún iba a decirle a Jordan. Iba a decirle tan pronto como
llegáramos al Praetor, y entonces llegamos y fue —tragó— un matadero.
—Dijeron que cuando te encontraron, lo estabas sosteniendo. Estaba
muerto y su sangre se lavaba con la marea, pero te aferrabas a su cuerpo.
—Todo el mundo debería morir con alguien sosteniéndolo —dijo Maia,
tomando un puñado de arena—. Yo solo… me siento tan culpable. Él murió
pensando que todavía estaba enamorada de él, que íbamos a estar juntos y que
todo estaba bien. Murió conmigo mintiéndole. —Dejó que la arena se filtrara a
través de sus dedos—. Debí haberle dicho la verdad.
—Deja de castigarte. —Bat se puso de pie. Era alto y musculoso en su
anorak a medio abrochar, el viento apenas moviendo su cabello corto. Los
nubarrones grises los cubrieron. Maia pudo ver al resto de la manada,
reuniéndose alrededor de Rufus, que estaba gesticulando mientras hablaba—.
Si él no estuviera muerto, entonces sí, deberías haberle dicho la verdad. Pero
murió pensando que era amado y perdonado. No hay mejor regalo que podrías
darle a alguien que ese. Lo que te hizo fue terrible, y él lo sabía. Pero pocas
personas son todas buenas o todas malas. Piensa en ello como un regalo que le
diste a lo bueno en él. A dondequiera que Jordan vaya, y sí creo que todos
vamos a algún lugar, piensa en eso como la luz que lo llevará a casa.
Si dejas el Basilias, entiende que es contra el consejo de los Hermanos que lo
estás haciendo.
—Correcto —dijo Jace, poniéndose su segundo guante y flexionando los
dedos—. Lo has dejado muy claro.
El Hermano Enoc se cernía sobre él, frunciendo el ceño, cuando Jace se
agachó con lenta precisión para hacer los cordones de sus botas. Estaba sentado
en el borde de una cama de la enfermería, una de la línea de catres con sábanas
blancas que estaban a lo largo de la extensa habitación. Muchas de los otros
catres estaban ocupados por los guerreros Cazadores de Sombras que se
recuperaban de la batalla en la Ciudadela. Los Hermanos Silenciosos se movían
entre las camas como enfermeras fantasmales. El aire olía a hierbas y a extraños
cataplasmas.
Debes descansar otra noche, por lo menos. Tu cuerpo está agotado, y el fuego
celestial aún arde dentro de ti.
Acabando con sus botas, Jace alzó la vista. El techo arqueado de encima
estaba pintado con un diseño entrelazado de runas de curación en plata y azul.
Él había estado mirando hacia arriba por lo que parecieron semanas, aunque
sabía que había sido sólo una noche. Los Hermanos Silenciosos, manteniendo a
todos los visitantes lejos, habían rondado sobre él con runas curativas y
cataplasmas. También le habían practicado pruebas, tomando muestras de
sangre, cabello, incluso de pestañas—tocándolo con una serie de cuchillas
apretadas contra su piel: oro, plata, acero, madera de serbal. Él se sentía bien.
Tenía un fuerte presentimiento de que retenerlo en el Basilias era más para
estudiar el fuego celestial que para curarlo.
—Quiero ver al Hermano Zachariah —dijo.
Él está bien. No necesitas preocuparte por él.
—Quiero verlo —dijo—. Casi lo maté en la Ciudadela...
Ese no eras tú. Era el fuego celestial. Y no le hizo nada más que daño.
Jace parpadeó ante la extraña elección de palabras.
—Cuando lo conocí dijo que él cree tener una deuda con los Herondale.
Soy un Herondale. Él querría verme.
¿Y entonces tienes la intención de salir del Basilias?
Jace se puso de pie.
—No hay nada mal conmigo. No necesito estar en la enfermería.
Seguramente podrías estar usando tus recursos de manera más fructífera en los
que en realidad están heridos. —Cogió su chaqueta de un gancho junto a la
cama—. Mira, puedes traerme al Hermano Zachariah o puedo vagar por ahí
gritando por él hasta que aparezca.
Eres una gran cantidad de problemas, Jace Herondale.
—Así me han dicho —dijo Jace.
Había ventanas en forma de arco entre las camas; ellas proveían amplios
rayos de luz a través del suelo de mármol. El día comenzaba a apagarse: Jace se
había despertado temprano en la tarde, con un Hermano Silencioso junto a su
cama. Se había erguido, exigiendo saber dónde estaba Clary cuando los
recuerdos de la noche anterior vinieron a través de él, recordó el dolor cuando
Sebastian lo apuñaló, recordó al fuego arder hasta la hoja, recordó al Hermano
Zachariah quemándose. Los brazos de Clary a su alrededor, su cabello cayendo
alrededor de los dos, la sensación del dolor que había venido con la oscuridad.
Y luego, nada.
Después de que los Hermanos le habían asegurado que Clary estaba bien
y a salvo de Amatis, él había preguntado por el Hermano Zachariah, si el fuego
le había hecho daño, pero sólo había recibido respuestas irritantemente vagas.
Ahora él seguía al Hermano Enoc fuera de la sala de enfermería y por un
pasillo de yeso blanco estrecho. Las puertas se abrieron en el pasillo. Al pasar
junto a una, Jace cogió una rápida visión de un cuerpo retorciéndose atado a
una cama, y oyó el sonido de gritos y maldiciones. Un Hermano Silencioso se
puso de pie al lado de un hombre vestido con restos rojos. La sangre salpicó la
pared blanca detrás de ellos.
Amalric Kriegsmesser, dijo el Hermano Enoc sin volver la cabeza. Uno de
los Cazadores Oscuros de Sebastian. Como sabes, hemos estado tratando de revertir el
hechizo de la Copa Infernal.
Jace tragó. No parecía haber nada que decir. Había visto el ritual de la
Copa Infernal ser realizado. En su interior no creía que el hechizo pudiera ser
revertido. Creaba un cambio demasiado fundamental. Pero tampoco imaginó
alguna vez que un Hermano Silencioso podría ser tan humano como el
Hermano Zachariah siempre le había parecido. ¿Por eso estaba tan decidido a
verlo? Recordó lo que Clary le había contado sobre algo que mencionó el
Hermano Zachariah una vez, cuando ella le había preguntado si alguna vez
había amado a alguien lo suficiente como para morir por él:
Dos personas. Hay recuerdos que el tiempo no borra. Pregúntale a tu amigo
Magnus Bane, si no me crees. El por siempre no significa olvidable, sólo soportable.
Había algo en esas palabras, algo que hablaba de una tristeza y una
especie de memoria que Jace no asociaba con los Hermanos. Ellos habían sido
una presencia en su vida desde que tenía diez años: pálidas estatuas silenciosas
que curaban, que mantenían secretos, que no amaban, deseaban, crecían o
morían, que sólo existían. Pero el Hermano Zachariah era diferente.
Estamos aquí. El Hermano Enoc se había detenido frente a una puerta
pintada de blanco sin complicaciones. Levantó una mano ancha y llamó. Se oyó
un ruido desde el interior, algo como una silla siendo arrastrada, y luego una
voz masculina.
—Entre.
El Hermano Enoc abrió la puerta e hizo pasar a Jace al interior. Las
ventanas estaban orientada al oeste, y la habitación era muy brillante, la luz del
sol hacía que las pinturas de las paredes parecieran fuego pálido. Había una
figura en la ventana: una silueta esbelta, no con la toga de un Hermano. Jace se
volvió hacia el Hermano Enoc con sorpresa, pero el Hermano Silencioso ya se
había ido, cerrando la puerta tras de sí.
—¿Dónde está el Hermano Zachariah? —Dijo Jace.
—Aquí estoy. —Una voz tranquila y suave, un poco fuera de tono, como
un piano que no había sido tocado en años. La figura se había apartado de la
ventana. Jace se encontró mirando a un chico sólo unos pocos años mayor que
él. Con cabello oscuro, un rostro afilado y delicado, ojos que parecían jóvenes y
viejos al mismo tiempo. Las runas de los Hermanos marcadas en los pómulos
altos, y cuando el muchacho se volvió, Jace vio el borde pálido de una runa
desvanecida al lado de la garganta.
Un parabatai. Al igual que él. Y Jace sabía demasiado lo que la runa
desvanecida significaba, un parabatai cuya otra mitad estaba muerta. Sintió que
su simpatía saltó hacia el Hermano Zachariah mientras se imaginaba a sí mismo
sin Alec, con sólo la desvanecida runa para recordarle donde una vez había
estado unido a alguien que conocía con todas las mejores y peores partes de su
alma.
—Jace Herondale —dijo el muchacho—. Una vez más un Herondale es el
portador de mi liberación. Debería haberlo esperado.
—Yo no... eso no es... —Jace estaba demasiado aturdido para pensar en
algo inteligente para decir—. No es posible. Una vez que eres un Hermano
Silencioso, no puedes cambiar de nuevo. Tú... no entiendo.
El muchacho —Zachariah, supuso Jace, ya que no era un Hermano—
sonrió. Era una sonrisa desgarradoramente vulnerable, joven y suave.
—No estoy seguro de que entienda del todo tampoco —dijo—. Pero
nunca fui un Hermano Silencioso ordinario. Me trajeron a la vida porque había
una magia oscura sobre mí. No tenía otra manera de salvarme. —Miró hacia
abajo, a sus manos, las manos tersas de un muchacho, suaves en la manera en
que sólo las manos de un Cazador de Sombras lo eran. Los Hermanos podían
luchar como guerreros, pero rara vez lo hacían—. Dejé todo lo que conocí y lo
que amaba. No del todo, quizá, pero había una pared de vidrio entre la vida
que había tenido antes y yo. Lo podía ver, pero no lo podía tocar, no podía ser
parte de ella. Empecé a olvidar lo que era ser un humano ordinario.
—No somos seres humanos ordinarios.
Zachariah alzó la vista.
—Oh, nos decimos eso —dijo él—. Pero he hecho un estudio de los
Cazadores de Sombras, desde el siglo pasado, y déjame decirte que somos más
humanos que la mayoría de los seres humanos. Cuando nuestros corazones se
rompen, se rompen en fragmentos que no pueden fácilmente encajar de nuevo.
Envidio a los mundanos por su capacidad de superación a veces.
—¿Tienes más de un siglo? Te ves bien... resistente para mí.
—Pensaba que iba a ser un Hermano Silencioso para siempre. Nos... ellos
no mueren, ya sabes; se desvanecen después de muchos años. Dejan de hablar,
de moverse. Eventualmente son enterrados vivos. Pensé que ése sería mi
destino. Pero cuando te toqué con la runa de mi mano, cuando te hirieron,
absorbí el fuego celestial de tus venas. Quemó la oscuridad en mi sangre. Me
convertí de nuevo en la persona que era antes de que tomara mis votos. Incluso
antes eso. Me convertí en lo que siempre he querido ser.
La voz de Jace era ronca.
—¿Te dolió?
Zachariah se quedó perplejo.
—¿Perdón?
—Cuando Clary me apuñaló con Gloriosa, fue… agonizante. Sentí como
si mis huesos se estuvieran derritiendo hasta ser cenizas dentro de mí. No
dejaba de pensar en eso cuando me desperté, me quedé pensando en el dolor, y
si te dolió cuando me tocaste.
Zachariah lo miró con sorpresa.
—¿Has pensado en mí? ¿Si yo sentí dolor?
—Por supuesto. —Jace podía ver su reflejo en la ventana detrás de
Zachariah. Zachariah era tan alto como él, pero más delgado, y con el cabello
oscuro y la piel pálida parecía el negativo de una foto de Jace.
—Herondales. —la voz de Zachariah fue un resoplido, mitad risa, mitad
dolor—. Casi se me había olvidado. Ninguna otra familia hace tanto por amor,
o se siente tan culpable por ello. No lleves el peso del mundo sobre ti, Jace. Es
demasiado pesado incluso para un Herondale.
—No soy un santo —dijo Jace—. Tal vez debería soportarlo.
Zachariah negó con la cabeza.
—Sabes, estoy pensando en esta frase de la Biblia: Mene mene tekel
upharsin.
—Has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso. Sí, la conozco. La
Escritura en la Pared.
—Los egipcios creían que en la puerta de los muertos sus corazones eran
pesados en escalas, y si pesaban más que una pluma, su camino era al Infierno.
El fuego del Cielo toma nuestra escala, Jace Herondale, como las escalas de los
egipcios. Si hay más mal que bien en nosotros, nos destruirá. Yo apenas viví, y
así lo hiciste tú. La diferencia entre nosotros es que yo sólo fui tocado por el
fuego, mientras que tú lo contuviste en tu corazón. Llevas en ti una gran carga y
un gran regalo.
—Pero todo lo que he estado tratando de hacer es deshacerme de él.
—No puedes librarte de esto. —La voz del Hermano Zachariah se había
hecho muy grave—. No es una maldición de la cual tienes que librarte, se trata
de un arma que se te ha confiado. Eres la espada de los Cielos. Asegúrate de ser
digno.
—Suenas como Alec —dijo Jace—. Él siempre está hablando de la
responsabilidad y la dignidad.
—Alec. Tu parabatai. ¿El muchacho Lightwood?
—Tú... —Jace indicó el lado de la garganta de Zachariah—. Tú también
tuviste un parabatai. Pero tu runa se desvaneció.
Zachariah miró hacia abajo.
—Él murió hace mucho tiempo —dijo—. Yo era... cuando murió, yo... —
sacudió la cabeza, frustrado—. Durante años he hablado sólo con mi mente, a
través de ti escucho mis pensamientos como palabras —dijo él—. El proceso de
formación del lenguaje en la forma ordinaria, de encontrar el habla, no es fácil
para mí ahora. —Levantó la cabeza para mirar a Jace—. Valora a tu parabatai —
dijo—. Porque es un vínculo valioso. Todo amor es precioso. Es por eso que
hacemos lo que hacemos. ¿Por qué luchamos con demonios? ¿Por qué ellos no
tienen custodios en este mundo? ¿Qué nos hace mejores? Es porque ellos no
construyen, sino destruyen. Ellos no aman, solamente odian. Somos humanos y
falibles, somos Cazadores de Sombras. Pero si no tuviéramos la capacidad de
amar, no podríamos proteger a los humanos; hay que amarlos para protegerlos.
Mi parabatai amaba como pocos jamás podrían amar, con todo y a todos. Veo
que también eres así, quema con más intensidad en ti que el fuego del Cielo.
El Hermano Zachariah estaba mirando a Jace, con una feroz intensidad
que se sentía como si le fuera a quitar la carne de los huesos.
—Lo siento —dijo Jace en voz baja—. Que hayas perdido a tu parabatai.
¿Hay alguien... alguien con quien puedas ir a casa?
La boca del muchacho se curvó un poco en la esquina.
—Hay solo una. Ella siempre ha sido un hogar para mí. Pero no tan
pronto. En primer lugar debo quedarme.
—¿Para luchar?
—Y amar y estar de duelo. Cuando era un Hermano Silencioso, mis
amores y pérdidas se silenciaban ligeramente, al igual que música escuchada
desde la distancia, en sintonía pero amortiguada. Ahora… ahora que todo ha
vuelto a mí otra vez. Estoy inclinado debajo de ello. Debo ser más fuerte antes
de verla. —Su sonrisa era melancólica—. ¿Alguna vez sentiste que tu corazón
contenía tanto que seguramente debía romperse?
Jace pensó Alec herido en su regazo, en Max quieto y blanco en el suelo
del Salón de los Acuerdos; pensó en Valentine, sus brazos alrededor de Jace
cuando la sangre de éste empapó la arena debajo de ellos. Y por último pensó
en Clary: su aguda valentía lo mantuvo a salvo, su ingenio aún más agudo lo
mantenía cuerdo, la firmeza de su amor.
—Las armas, cuando se rompen y son reparadas, pueden ser más fuertes
en los lugares reparados —dijo Jace—. Tal vez los corazones son iguales.
El Hermano Zachariah, que ahora era sólo un muchacho como Jace, le
sonrió con cierta tristeza.
—Espero que tengas razón.
—No puedo creer que Jordan esté muerto —dijo Clary—. Yo lo vi. Estaba
sentado en el muro del Instituto cuando fuimos por el Portal.
Ella caminaba junto a Simon a lo largo de uno de los canales, en dirección
hacia el centro de la ciudad. Las torres de los demonios se levantaban a su
alrededor, su brillo se reflejaba en las aguas del canal.
Simon miró de reojo a Clary. No dejaba de pensar en la manera en la que
ella había lucido cuando la había visto la noche anterior, azul, exhausta y
apenas consciente, con la ropa rasgada y ensangrentada. Ahora lucía como ella
misma de nuevo, con color en las mejillas, las manos en los bolsillos y la
empuñadura de su espada sobresaliéndole del cinturón.
—Yo tampoco —dijo.
Los ojos de Clary eran distantes y brillantes; Simon se preguntó qué
estaba recordando. ¿A Jordan enseñándole a Jace a controlar sus emociones en
Central Park? ¿A Jordan en el apartamento de Magnus, hablando con un
pentagrama? ¿La primera vez que lo habían visto, agachándose bajo la puerta
del garaje para una audición de la banda de Simon? ¿Sentado en el sofá del
apartamento de él y de Simon, jugando Xbox con Jace? ¿A Jordan diciéndole a
Simon que había jurado protegerlo?
Simon se sentía vacío por dentro. Había pasado la noche durmiendo a
ratos, despertándose de pesadillas en las que Jordan aparecía y se quedaba
mirándolo en silencio, con los ojos color avellana pidiéndole a Simon que lo
ayudara, que lo salvara, mientras la tinta en sus brazos corría como sangre.
—Pobre Maia —dijo ella—. Desearía que estuviera aquí; me gustaría
poder hablar con ella. Ella ha tenido un momento tan duro, y ahora esto...
—Lo sé —dijo Simon, casi ahogándose. Pensar en Jordan era bastante
malo. Si pensaba en Maia, también, se caería a pedazos.
Clary respondió a la brusquedad de su tono tomando su mano.
—Simon —dijo—. ¿Estás bien?
Él le dejó tomar su mano, entrelazando sus dedos sin apretar. La vio
mirar hacia abajo, al anillo de oro de las Hadas que siempre llevaba.
—No lo creo —dijo él.
—No, por supuesto que no. ¿Cómo podrías estarlo? Él era tu... —
¿Amigo? ¿Compañero de cuarto? ¿Guardaespaldas?
—Responsabilidad —dijo Simon.
Ella pareció sorprendida.
—No... Simon, tú eras la suya. Él era tu guardián.
—Vamos, Clary —dijo Simon—. ¿Qué crees que estaba haciendo en la
sede del Praetor Lupus? Él nunca iría allá. Si estaba allá, era por mí, porque me
estaba buscando. Si no me hubiera ido y hecho que me secuestraran...
—¿Hacer que te secuestraran? —Espetó Clary—. ¿Qué, te ofreciste a que
Maureen te secuestrara?
—Maureen no me secuestró —dijo en voz baja.
Lo miró, desconcertada.
—Pensé que te mantuvo en una jaula en el Dumort. Pensé que habías
dicho...
—Lo hizo —dijo—. Pero la única razón por la que estaba afuera donde
ella podía llegar a mí fue porque fui atacado por uno de los Cazadores Oscuros.
No quería decirle a Luke o a tu madre —agregó—. Pensé que se volverían locos.
—Porque si Sebastian envió a un Cazador Oscuro tras de ti, era por mi
culpa —dijo Clary con fuerza—. ¿Quería secuestrarte o matarte?
—Realmente no tuve la oportunidad de preguntarle. —Simon se metió
las manos en los bolsillos—. Jordan me dijo que corriera, así que corrí... directo
hacia el clan de Maureen. Ella tenía el apartamento bajo vigilancia,
evidentemente. Supongo que eso es lo que consigo por salir corriendo y dejarlo.
Si no lo hubiera hecho, si no hubiera sido secuestrado, él nunca habría salido al
Praetor, y nunca habría sido asesinado.
—Basta. —Simon parecía más que sorprendido. Clary sonaba realmente
enojada—. Deja de culparte a ti mismo. Jordan no consiguió que lo asignaran a
ti al azar. Quería el trabajo para poder estar cerca de Maia. Conocía los riesgos
de cuidarte. Los tomó de forma voluntaria. Fue su elección. Él estaba buscando
el perdón. Por lo que pasó entre él y Maia. Por lo que hizo. Eso es lo que era el
Praetor para él. Lo que lo salvó. Proteger a personas como tú, lo salvó. Se había
convertido en un monstruo. Le había hecho daño Maia. La había convertido en
un monstruo también. Lo que él hizo no era perdonable. Si no hubiera
pertenecido al Praetor, si no hubiera tenido que hacerse cargo de ti, se habría
suicidado.
—Clary… —Simon estaba sorprendido por la oscuridad en sus palabras.
Ella se estremeció, como si se estuviera sacudiendo de telas de araña.
Habían girado hacia una larga calle por un canal, rodeado de casas antiguas. Le
recordó a Simon las imágenes de los barrios ricos de Amsterdam.
—Esa es la casa de los Lightwood, allí. Los altos miembros del Concejo
tienen casas en esta calle. El Cónsul, el Inquisidor, los representantes del
Submundo. Sólo tenemos que averiguar cuál es la de Raphael...
—Allí —dijo Simon, y señaló una casa en el canal estrecho con una
puerta de color negro. Una estrella de plata había sido pintada en la puerta—.
Una estrella para los Hijos de la Noche. Debido a que no ven la luz del sol. —Le
sonrió, o lo intentó. El hambre estaba quemando sus venas; se sentían como
alambres calientes bajo su piel.
Se dio la vuelta y subió los escalones. El llamador de la puerta estaba en
forma de una runa, y era pesada. El ruido que hizo al caer retumbó dentro de la
casa.
Simon escuchó a Clary subir por las escaleras detrás de él justo cuando la
puerta se abrió. Raphael se quedó en el interior, cuidadosamente fuera de la luz
que se derramaba a través de la puerta abierta. En las sombras, Simon solo
podía ver la forma general de él: su cabello rizado, el destello blanco de sus
dientes cuando les dio la bienvenida.
—Vampiro Diurno. Hija de Valentine.
Clary hizo un ruido exasperado.
—¿Jamás llamas a las personas por su nombre?
—Sólo a mis amigos —dijo Raphael.
—¿Tienes amigos? —Dijo Simon.
El vampiro lo miró.
—¿Asumo que estás aquí por sangre?
—Sí —dijo Clary. Simon no dijo nada. Al oír la palabra ''sangre'' había
empezado a sentirse un poco débil. Podía sentir la contracción en su estómago.
Estaba empezando a morir de hambre.
Raphael le echó una mirada a Simon.
—Te ves hambriento. Tal vez deberías haber tomado mi sugerencia en la
plaza la noche anterior.
Las cejas de Clary se elevaron, pero Simon solo frunció el ceño.
—Si quieres que hable con el Inquisidor por ti, vas a tener que darme
sangre. De lo contrario me desplomaré a sus pies, o me lo comeré.
—Sospecho que eso terminaría mal con su hija. A pesar de que parecía
nada contenta contigo anoche. —Raphael volvió a desaparecer en las sombras
de la casa. Clary miró a Simon.
—¿Lo tomo como que viste a Isabelle ayer?
—Tomas bien las cosas.
—¿Y no les fue bien?
Simon se salvó de responder por la reaparición de Raphael. Llevaba una
botella de vidrio con un tapón lleno de líquido rojo. Simon lo tomó con avidez.
El olor de la sangre llegó a través del cristal, ondulante y dulce. Simon
tiró del tapón y se la tragó, sus colmillos chasqueando, a pesar del hecho de que
no los necesitaba. Los vampiros no estaban destinados a beber de botellas. Sus
dientes rasparon contra su piel mientras se limpiaba la boca con el dorso de la
mano.
Los ojos marrones de Raphael brillaban.
—Sentí mucho oír lo de tu amigo hombre lobo.
Simon se puso rígido. Clary puso una mano en su brazo.
—No lo dices enserio —dijo Simon—. Tú me odiabas por tener un
Guardián del Praetor.
Raphael tarareó pensativo.
—Sin el guardián, sin la Marca de Caín. Todas tus protecciones te han
sido despojadas. Debe ser extraño, Vampiro Diurno, saber que realmente
puedes morir.
Simon lo miró fijamente.
—¿Por qué te esfuerzas tanto? —Dijo, y tomó otro trago de la botella.
Tenía un sabor amargo en esta ocasión, un poco ácido—. ¿Quieres hacer que te
odie? ¿O sólo es que me odias?
Hubo un largo silencio. Él se dio cuenta de que Raphael estaba descalzo,
de pie justo en el borde de la luz solar donde yacía una franja a lo largo del
suelo de madera. Otro paso hacia adelante, y la luz quemaría su piel.
Simon tragó, saboreando la sangre en su boca, sintiéndose un poco
inestable.
—Tú no me odias —se dio cuenta, mirando la cicatriz blanca en la base
de la garganta de Raphael, donde algunas veces descansaba un crucifijo—.
Estás celoso.
Sin otra palabra Raphael azotó la puerta entre ellos.
Clary exhaló.
—Vaya, eso fue bien.
Simon no dijo nada, solo se volteó y caminó lejos, bajando por las
escaleras. Hizo una pausa en la parte inferior para terminar la botella de sangre,
y entonces, para sorpresa de ella, él la arrojó. Voló hasta la mitad de la calle y
golpeó un poste de luz, rompiéndose, dejando una mancha de sangre en el
hierro.
—¿Simon? —Clary bajó apresurada las escaleras—. ¿Estás bien?
Él hizo un gesto vago.
—No lo sé. Jordan, Maia, Raphael, es todo… es demasiado. No sé lo que
debo hacer.
—¿Quieres decir, acerca de hablar con el Inquisidor por él? —Clary se
movió para alcanzar a Simon cuando él empezó a caminar sin rumbo por la
calle. El viento había aparecido, alborotando su cabello castaño.
—Acerca de nada. —Él se tambaleó un poco mientras se alejaba de ella.
Clary entrecerró sus ojos con recelo. Si ella no lo conociera mejor, habría
supuesto que estaba borracho—. Yo no pertenezco a este lugar —dijo. Se había
detenido frente a la residencia del Inquisidor. Inclinó la cabeza hacia atrás,
mirando hacia las ventanas—. ¿Qué piensas que ellos están haciendo allí?
—¿Cenando? —Adivinó Clary. Las lámparas de luz mágica comenzaban
a encenderse, iluminando la calle—. ¿Viviendo sus vidas? Vamos, Simon. Ellos
probablemente conocían a las personas que murieron en la batalla de anoche. Si
quieres ver a Isabelle, mañana es la reunión del Concejo y…
—Lo sabe —dijo él—. Que sus padres probablemente están rompiendo.
Que su padre tuvo una aventura.
—¿Él qué? —Dijo Clary, mirando a Simon—. ¿Cuándo?
—Hace mucho tiempo. —La voz de Simon definitivamente arrastraba las
palabras—. Antes de Max. Él iba a irse, pero… se enteró de él, así que se quedó.
Maryse se le dijo a Isabelle hace años. No es justo, poner todo eso en una niña.
Izzy es fuerte, pero aun así. No debes hacer eso. No a tu hijo. Debes… llevar tus
propias cargas.
—Simon. —Ella pensó en su madre, echándolo de su puerta. No debes
hacer eso. No a tu hijo—. ¿Hace cuánto tiempo lo sabes? ¿Acerca de Robert y
Maryse?
—Meses. —Se acercó a la puerta frontal de la casa—. Siempre quise
ayudarla, pero nunca quiso que dijera nada, o hiciera nada… tu madre lo sabe,
por cierto. Ella le dijo a Izzy con quién tuvo la aventura Robert. No era alguien
de quien ella hubiese escuchado hablar. No sé si eso lo hace peor o mejor.
—¿Qué? Simon, te estás tambaleando. Simon…
Simon se estrelló contra la cerca alrededor de la casa del Inquisidor con
un golpeteo ruidoso.
—¡Isabelle! —Llamó él, inclinando la cabeza hacia atrás—. ¡Isabelle!
—Santa… —Clary agarró a Simon por la manga—. Simon —siseó—. Eres
un vampiro, en el medio de Idris. Tal vez no deberías estar gritando por atención.
Simon ignoró esto.
—¡Isabelle! —Llamó de nuevo—. ¡Deja caer tu cabello negro!
—Oh Dios mío —murmuró Clary—. ¿Había algo en esa sangre que
Raphael te dio, no es así? Voy a matarlo.
—Él ya está muerto —observó Simon.
—Es inmortal. Obviamente todavía puede morir, ya sabes, otra vez. Lo
mataré de nuevo. Simon, vamos. Volvamos, podrás acostarte y pondré hielo
sobre tu cabeza…
—¡Isabelle! —Gritó.
Una de las ventanas superiores osciló abierta, e Isabelle se asomó. Su
cabello negro estaba suelto, cayendo alrededor de su rostro. Ella parecía furiosa,
sin embargo.
—¡Simon, cállate! —Siseó.
—¡No lo haré! —Simon anunció con rebeldía—. Porque tú eres mi bella
dama y he de ganar tu aprobación.
Isabelle dejó caer la cabeza en sus manos.
—¿Está borracho? —Le gritó a Clary.
—No lo sé. —Clary se debatía entre la lealtad a Simon y una urgente
necesidad de sacarlo de allí—. Creo que tal vez él pudo haber conseguido un
poco de sangre caducada o algo así.
—¡Te amo, Isabelle Lightwod! —Gritó Simon, sobresaltando a todos. Las
luces se encendieron en toda la casa, y en las casas vecinas también. Hubo un
ruido proveniente de la calle, y un momento después aparecieron Aline y
Helen; ambas parecían agotadas, Helen a medio camino de atar su cabello rubio
y rizado hacia atrás—. ¡Te amo, y no me iré hasta que me digas que me amas
también!
—Dile que lo amas —gritó Helen—. Está asustando a la calle entera. —
Ella saludó a Clary con la mano—. Me alegro de verte.
—Igualmente —dijo Clary—. Lo siento mucho por lo que pasó en Los
Ángeles, y si hay algo que pueda hacer para ayudar…
Algo salió revoloteando desde el cielo. Dos cosas: un par de pantalones
de cuero, y una camisa blanca de poeta. Aterrizaron a los pies de Simon.
—¡Toma tu ropa y vete! —Gritó Isabelle.
Por encima de ella otra ventana se abrió, Alec se asomó.
—¿Qué está pasando? —Su mirada se posó en Clary y los demás, sus
cejas moviéndose juntas en confusión—. ¿Qué es esto? ¿Villancicos mañaneros?
—Yo no canto villancicos —dijo Simon—. Soy judío. Sólo conozco la
canción dreidel22
.
—¿Él está bien? —Preguntó Aline a Clary, sonando preocupada—. ¿Los
vampiros se vuelven locos?
22Canción dreidel: Una canción que parodia el estilo de vida judío, presentado en la serie
americana South Park.
—No está loco —dijo Helen—. Está ebrio. Debe haber consumido la
sangre de alguien que había estado bebiendo alcohol. Eso puede dar a los
vampiros una especie de… alto contacto.
—Odio a Raphael —murmuró Clary.
—¡Isabelle! —Gritó Simon—. ¡Para de lanzarme ropa! Solo porque tú seas
una Cazadora de Sombras y yo un vampiro no significa que lo nuestro nunca
pueda suceder. Nuestro amor está prohibido como el amor de un tiburón y
un… un cazador de tiburones. Pero eso es lo que lo hace especial.
—¿Ah, sí? —Espetó ella—. ¿Quién de nosotros es el tiburón, Simon?
¿Quién de nosotros es el tiburón?
La puerta principal se abrió de golpe. Era Robert Lightwood, y no
parecía contento. Caminó por la acera frontal de la casa, pateó la puerta abierta
y se dirigió a Simon.
—¿Qué está pasando aquí? —Demandó él. Sus ojos fijándose en Clary—.
¿Por qué estás gritando fuera de mi casa?
—No se siente bien —dijo Clary, capturando la muñeca de Simon—. Ya
nos vamos.
—No —dijo Simon—. Yo… yo necesito hablar con él. Con el Inquisidor.
Robert buscó dentro de su chaqueta y sacó un crucifijo. Clary miró
fijamente mientras sostenía el crucifijo entre él y Simon.
—Me dirijo a los representantes del Concejo de los Hijos de la Noche, o al
jefe del Clan de Nueva York —dijo—. No a cualquier vampiro que viene a tocar
mi puerta, incluso si es un amigo de mis hijos. Tampoco debes estar en Alicante
sin permiso…
Simon se acercó y arrebató la cruz de la mano de Robert.
—Religión equivocada —le dijo.
Helen emitió un silbido entre dientes.
—Y he sido enviado por el representante de los Hijos de la Noche al
Concejo. Raphael Santiago me trajo aquí para hablar con usted…
—¡Simon! —Isabelle se apresuró a salir de la casa, corriendo para
colocarse entre Simon y su padre—. ¿Qué estás haciendo?
Ella miró a Clary, quien agarró la muñeca de Simon otra vez.
—Realmente tenemos que irnos —murmuró Clary.
La mirada de Robert fue de Simon a Isabelle. Su expresión cambió.
—¿Hay algo entre vosotros dos? ¿De eso se trataban todos los gritos?
Clary miró a Isabelle con sorpresa. Pensó en Simon, consolando a Isabelle
cuando Max murió. Cuán cercanos Simon e Izzy se habían vuelto en los últimos
meses. Y su padre no tenía idea.
—Es un amigo. Él es amigo de todos nosotros —dijo Isabelle, cruzando
los brazos sobre su pecho. Clary no podía decir si ella estaba más molesta con
su padre o con Simon—. Y yo responderé por él, si eso significa que puede
quedarse en Alicante. —Ella miró a Simon—. Pero él volverá donde Clary
ahora. ¿No es así Simon?
—Siento mi cabeza dar vueltas —dijo penosamente Simon—. Muchas
vueltas.
Robert bajó su brazo.
—¿Qué?
—Tomó algo de sangre drogada —dijo Clary—. No es su culpa.
Robert dirigió su mirada azul oscuro sobre Simon.
—Hablaré contigo mañana en la reunión del Concejo, si se te ha pasado
la borrachera —dijo él—. Si Raphael Santiago tiene algo de lo que quiere que
hables conmigo, puedes decirlo en frente de la Clave.
—Yo no… —comenzó Simon.
Pero Clary lo interrumpió con premura.
—Bien. Lo llevaré conmigo a la reunión del Concejo mañana. Simon,
tenemos que volver antes del anochecer; lo sabes.
Simon parecía ligeramente aturdido.
—¿Tenemos?
—Mañana, en el Concejo —dijo Robert secamente. Dio media vuelta y se
dirigió de nuevo a su casa. Isabelle dudó un momento, estaba en una camiseta
oscura suelta, y jeans, con los pies desnudos y pálidos en el estrecho camino de
piedra. Estaba temblando.
—¿De dónde sacó la sangre con alcohol? —Preguntó ella, señalando a
Simon con un gesto de la mano.
—Raphael —explicó Clary.
Isabelle rodó sus ojos.
—Él estará bien mañana —dijo—. Ponlo a dormir. —Se despidió con la
mano de Helen y Aline, quienes se apoyaban en las verjas con descarada
curiosidad—. Nos vemos en la reunión —dijo ella.
—Isabelle… —comenzó Simon, empezando a agitar salvajemente sus
brazos, pero, antes de que él pudiera hacer más daño, Clary agarró la parte de
atrás de su chaqueta y lo arrastró hacia la calle.
Debido a que Simon se mantuvo recorriendo y andando por varios
callejones, e insistió en tratar de entrar en una tienda de dulces cerrada, ya era
de noche cuando llegaron a la casa de Amatis. Clary miró alrededor por el
guardia que Jocelyn había dicho que sería enviado, pero no había nadie visible.
O estaba excepcionalmente bien oculto o, más probablemente, él ya se había
puesto en marcha para informar a los padres de Clary sobre su retraso.
Clary subió los escalones de la casa con pesimismo, abrió la puerta y
empujó a Simon dentro. Él había parado de protestar y empezado a bostezar en
algún lugar alrededor de Cistern Square, y ahora sus parpados estaban
cayendo.
—Odio a Raphael —dijo él.
—Estaba pensando lo mismo —dijo ella, dándose la vuelta—. Andando.
Vamos a acostarte.
Ella lo arrastró hasta el sofá, donde se desplomó, hundiéndose sobre los
cojines. La débil luz de la luna se filtraba por las cortinas de encaje que cubrían
las grandes ventanas frontales. Los ojos de Simon eran del color del cuarzo
ahumado mientras luchaba por mantenerlos abiertos.
—Deberías dormir —le dijo—. Probablemente mamá y Luke volverán en
cualquier momento. —Se volteó para irse.
—Clary —dijo, agarrando su manga—. Ten cuidado.
Ella se soltó a sí misma gentilmente y subió las escaleras, tomando su
piedra de luz mágica para iluminar el camino. Las ventanas a lo largo del
pasillo de arriba estaban abiertas, y una brisa fresca soplaba por el pasillo, con
olor a piedra de la ciudad y al canal de agua, levantando el cabello lejos de su
rostro. Clary llegó a su habitación y empujó la puerta abriéndola… y se congeló.
La luz mágica palpitaba en su mano, echando rayos brillantes de luz en
toda la habitación. Había alguien sentado en su cama. Alguien alto, con cabello
blanco y hermoso, una espada sobre su regazo, y un brazalete de plata que
chisporroteó como el fuego en la luz mágica.
Si no puedo llegar al Cielo, levantaré el Infierno.
—Hola, hermana mía —dijo Sebastian
Las Armas Que Portas
Traducido por Drys, VicHerondale y Emi Rose
Corregido por Marta_rg24
Clary se despertó con la desvaneciente imagen de una runa contra sus
párpados cerrados, una runa formada por dos alas unidas por una sola barra.
Todo su cuerpo estaba herido, y por un momento se quedó quieta, temerosa del
dolor que aquel movimiento pudiera traer. Los recuerdos regresaron
lentamente la lava helada deslizándose en frente de la Ciudadela, Amatis
riendo e intentando herirla, Jace cortando su camino a través del campo de
Cazadores Oscuros; Jace en el suelo sangrando fuego, el Hermano Zachariah
dando tumbos por las llamas.
Sus ojos se abrieron. Casi había esperado despertar en algún lugar
completamente extraño, pero en su lugar estaba acostada en la pequeña cama
de madera en la habitación de invitados de Amatis. La pálida luz del sol se
vertía por las cortinas de encaje, haciendo patrones en el techo.
Comenzó a luchar por sentarse. Cerca de ella alguien había estado
cantando en voz baja, su madre. Jocelyn se interrumpió inmediatamente y saltó
a inclinarse sobre ella. Parecía como si hubiera estado despierta toda la noche.
Llevaba una camisa vieja y jeans, su pelo recogido en un moño con un lápiz
atravesándolo. Una sensación de familiaridad y alivio atravesó a Clary, seguida
rápidamente de pánico.
—Mamá —dijo cuando Jocelyn se inclinó sobre ella, presionando el
dorso de la mano en la frente de Clary como si comprobara la fiebre—. Jace…
—Jace está bien —respondió Jocelyn, tomando su mano. Ante la mirada
suspicaz de su hija, negó con la cabeza—. De verdad lo está. Se encuentra en el
Basilias ahora, junto con el Hermano Zachariah. Recuperándose.
Ella miró a su madre, con dureza.
—Clary, sé que te he dado motivos para no confiar en mí en el pasado,
pero por favor, créeme. Jace está perfectamente bien. Sé que nunca me
perdonarías si no te dijera la verdad sobre él.
—¿Cuándo puedo verlo?
—Mañana. —Jocelyn se echó hacia atrás en la silla junto a la cama,
revelando a Luke, que estaba apoyado en la pared del dormitorio. Le sonrió a
Claryuna triste, amorosa y protectora sonrisa.
—¡Luke! —Dijo, aliviada al verlo—. Dile a mamá que estoy bien. Que
puedo ir al Basilias…
Luke negó con la cabeza.
—Lo siento, Clary. No puede haber visitantes para Jace ahora mismo.
Además, hoy tienes que descansar. Escuchamos lo que hiciste con esa iratze en
la Ciudadela.
—O al menos, lo que vieron las personas que hiciste. No estoy segura de
que alguna vez llegue a entenderlo con exactitud. Las líneas en las comisuras
de la boca de Jocelyn se profundizaron—. Casi te mueres al curar a Jace, Clary.
Tienes que tener más cuidado. No tienes infinitas reservas de energía…
—Se estaba muriendo —interrumpió Clary—. Sangraba fuego. Tenía que
salvarlo.
—¡Tú no deberías haber tenido que hacerlo! —Jocelyn le quitó un rizo de
cabello rojo de los ojos—. ¿Qué estabas haciendo en esa batalla?
—No habían enviado a suficiente gente —dijo Clary, en un tono
apagado—. Y todo el mundo estaba hablando de cómo, cuando llegaran allí,
iban a rescatar a los Cazadores Oscuros, que iban a traerlos de vuelta, encontrar
una cura, pero yo estuve en el Burren. Tú también, mamá. Sabes que no hay
forma de rescatar a los Nefilim que Sebastian convirtió con la Copa Infernal.
—¿Viste a mi hermana? Dijo Luke con voz suave.
Clary tragó saliva y asintió.
—Lo siento. Ella…Ella es la lugarteniente de Sebastian. Ya no es como
antes, ni siquiera un poco.
—¿Te hizo daño? —Exigió Luke. Su voz todavía era tranquila, pero un
músculo saltó en su mejilla.
Clary negó con la cabeza; no se atrevía a hablar, a mentir, pero tampoco
podía decirle la verdad a Luke.
—Está todo bien —dijo él, malinterpretando su angustia—. La Amatis
que sirve a Sebastian no es más hermana mía que el Jace que sirvió a Sebastian
era el chico que tú amabas. No es más mi hermana de lo que Sebastian sería el
hijo que tu madre debería haber tenido.
Jocelyn extendió la mano, tomó la de Luke y besó la palma ligeramente.
Clary apartó los ojos. Su madre se volvió hacia ella un momento después.
—Dios, la Clave… si tan solo hubieran escuchado. —Dejó escapar un
suspiro de frustración—. Clary, entendemos por qué hiciste eso anoche, pero
nosotros creíamos que estabas a salvo. Entonces Helen apareció en nuestra
puerta y nos dijo que te habían herido en la batalla de la Ciudadela. Casi tuve
un ataque al corazón cuando te encontramos en la plaza. Tus labios y tus dedos
eran azules. Como si te hubieras ahogado. De no haber sido por Magnus…
—¿Magnus me sanó? ¿Qué está haciendo aquí, en Alicante?
—Esto no se trata de Magnus —dijo Jocelyn con aspereza—. Esto se trata
de ti. Jia ha estado fuera de sí, pensando que te dejó de ir a través del Portal y
que podrías haber muerto. Fue una llamada a los Cazadores de Sombras con
experiencia, no a los niños…
—Era Sebastian —dijo Clary—. Ellos no lo entendían.
—Sebastian no es tu responsabilidad. Hablando de eso… —Jocelyn
buscó bajo la cama; cuando se enderezó, sostenía Eósforo—. ¿Esto es tuyo?
Estaba en tu cinturón de armas cuando te trajeron a casa.
—¡Sí! —Clary dio una palmada—. Pensé que la había perdido.
—Es una espada Morgenstern, Clary —dijo su madre, sosteniéndola
como si fuera un pedazo de lechuga mohosa—. Una que vendí hace años. ¿De
dónde la has sacado?
—De la tienda de armas donde la vendiste. La que ahora es propietaria
de la tienda dijo que nadie más la compraría. —Clary agarró a Eósforo de la
mano de su madre—. Mira, yo soy una Morgenstern. No podemos pretender
que no tengo nada de la sangre de Valentine en mí. Necesito encontrar una
manera de ser en parte Morgenstern y de encontrarme bien con eso, sin
pretender que soy otra persona… alguien con un nombre inventado que no
significa nada.
Jocelyn retrocedió ligeramente.
—¿Te refieres a “Fray”?
—No es exactamente un nombre de Cazador de Sombras, ¿verdad?
—No —dijo su madre—, no exactamente, pero eso no significa que no
tenga un significado.
—Pensé que lo escogiste al azar.
Jocelyn negó con la cabeza.
—¿Conoces la ceremonia que debe hacerse a los Nefilim cuando nacen?
¿La que otorga la protección que Jace perdió cuando regresó de entre los
muertos, la que permitió a Lilith llegar a él? Por lo general, la ceremonia se lleva
a cabo por una Hermana de Hierro y un Hermano Silencioso, pero en tu caso,
ya que estábamos escondiéndonos, no podía hacer eso oficialmente. Fue hecho
por el Hermano Zachariah, y una bruja que ocupó el lugar de la Hermana de
Hierro. Te nombré por ella.
—¿Fray? ¿Su apellido era “Fray”?
—El nombre fue un impulso —dijo Jocelyn, no del todo respondiendo a
la pregunta—. Ella… me agradó. Había conocido la pérdida, el dolor y la pena,
pero era fuerte, justo como quería que fueras tú. Eso es todo lo que siempre
quise. Que seas fuerte y estuvieras a salvo, que no tuvieras que sufrir lo que yo
he sufrí. El terror, el dolor y el peligro.
—El Hermano Zachariah… —Clary se sentó de golpe repentinamente—.
Él estaba allí anoche. Trató de sanar a Jace, pero el fuego celestial lo quemó.
¿Está bien? No está muerto, ¿verdad?
—No lo sé. —Jocelyn parecía un poco desconcertada ante la vehemencia
de Clary—. Sé que fue llevado al Basilias. Los Hermanos Silenciosos han sido
muy reservados sobre las condiciones de todos; y ciertamente no hablarían de
uno de los suyos.
—Él dijo que los Hermanos le debían a los Herondale a causa de viejos
lazos —dijo Clary—. Si muere, será…
—Culpa de nadie —dijo Jocelyn. —Recuerdo cuando te puso el hechizo
de protección. Le dije que no quería que alguna vez tuvieras algo que ver con
los Cazadores de Sombras. Dijo que podría no ser mi elección. Dijo que la
llamada de los Cazadores de Sombras es como aguas revueltas… y tenía razón.
Pensé que éramos libres, pero aquí estamos, de vuelta en Alicante, de nuevo en
una guerra, y aquí está sentada mi hija con sangre en el rostro y una espada de
los Morgenstern en sus manos.
Había un matiz en su voz, de tristeza y tensión, que hizo que los nervios
de Clary se pusieran en alerta.
—Mamá —dijo—. ¿Pasó algo más? ¿Hay algo que no me estás diciendo?
Jocelyn intercambió una mirada con Luke. Él habló primero:
Sabes que ayer por la mañana, antes de la batalla en la Ciudadela,
Sebastian trató de atacar el Instituto de Londres.
—Pero no hubo heridos. Robert dijo…
—Así que Sebastian volvió su atención a otra parte —continuó Luke con
firmeza—. Se fue de Londres con sus fuerzas y atacó el Praetor Lupus en Long
Island. Casi todos los del Praetor, incluido su líder, fueron sacrificados. Jordan
Kyle… —su voz se quebró—. Jordan fue asesinado.
Clary no fue consciente de que se había movido, pero de repente ya no
estaba bajo las sábanas. Había balanceado sus piernas a un lado de la cama y
estaba alcanzando la vaina de Eósforo en la mesita de noche.
—Clary —dijo su madre, estirando una mano para colocar sus largos
dedos en la muñeca de Clary, forzándola a parar—. Clary, se acabó. No hay
nada que puedas hacer.
Clary pudo saborear las lágrimas, calientes y saladas, quemándole la
parte posterior de la garganta, y bajo la lágrimas el más crudo y oscuro sabor
del pánico.
—¿Qué hay de Maia? —Demandó—. Si Jordan está herido, ¿está Maia
bien? ¿Y Simon? ¡Jordan era su guardián! ¿Está Simon bien?
—Estoy bien. No te preocupes, estoy bien —dijo la voz de Simon. La
puerta del dormitorio se abrió, y para asombro de Clary, él entró luciendo
sorprendentemente tímido. Ella dejó caer la vaina de Eósforo sobre la colcha y
se lanzó a sus pies mientras se disparaba hacia Simon, con tanta fuerza que se
golpeó la cabeza en su clavícula. No se dio cuenta de si le dolió o no. Estaba
demasiado ocupada aferrándose a Simon como si ambos hubieran caído de un
helicóptero y estuvieran descendiendo a toda velocidad. Ella estaba agarrando
puñados de su arrugado suéter verde, ocultando la cara torpemente en su
hombro mientras luchaba por no llorar.
Él la abrazó, dándole golpecitos torpes en la espalda y el hombro.
Cuando ella finalmente lo soltó y dio un paso atrás, vio que el suéter y los jeans
que llevaba eran de una talla demasiado grande para él. Una cadena de metal
colgaba de su cuello.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Demandó—. ¿Qué ropas llevas puesta?
—Es una larga historia, y son de Alec, en su mayoría —dijo Simon. Sus
palabras eran casuales, pero parecía afectado y tenso—. Deberías haber visto lo
que tenía puesto antes. Bonito pijama, por cierto.
Clary se miró a sí misma. Llevaba un pijama de franela de dos piezas,
demasiado corto en la pierna y demasiado apretado en el pecho, con camiones
de bomberos en él.
Luke levantó una ceja.
—Creo que esos eran míos, cuando yo era un niño.
—No puedes decirme que realmente no había otra cosa que podrías
haberme puesto.
—Si insistes en tratar de ser asesinada, yo insisto en ser la que elige lo
que usarás mientras te recuperas —dijo Jocelyn, con una pequeña sonrisa.
—El pijama de la venganza —murmuró Clary. Recogió jeans y una
camiseta del suelo, entonces miró a Simon—. Voy a cambiarme. Y para cuando
vuelva, será mejor que estés dispuesto a decirme cómo es que estás aquí,
además de “es una larga historia.”
Simon murmuró algo que sonó como mandona, pero ya estaba fuera de la
puerta. Se duchó en un tiempo récord, disfrutando de la sensación del agua
limpiando la suciedad de la batalla. Todavía estaba preocupada por Jace, a
pesar de las garantías de su madre, pero haber visto a Simon le había levantado
el ánimo. Tal vez no tenía sentido, pero ella era más feliz cuando él estaba
donde pudiera mantener un ojo sobre él, en lugar de en Nueva York. Sobre
todo después de lo de Jordan.
Cuando volvió al dormitorio, con el cabello húmedo recogido en una
cola de caballo, Simon estaba apoyado sobre la mesita de noche, enfrascado en
una conversación con su madre y Luke, contando lo que le había sucedido en
Nueva York, cómo Maureen lo había secuestrado y Raphael lo había rescatado
y traído a Alicante.
—Entonces, espero que Raphael tenga la intención de asistir a la cena
ofrecida por los representantes de la Corte Seelie esta noche —estaba diciendo
Luke—. Anselm Nightshade habría sido invitado, pero si Raphael se presentará
en lugar de él ante el Concejo, entonces debe estar allí. Sobre todo después de lo
que ha pasado con el Praetor, la importancia de la solidaridad del Submundo
con los Cazadores de Sombras es más prioritaria que nunca.
—¿Han oído hablar de Maia? Preguntó Simon—. No me gusta la idea
de que ella esté sola, ahora que Jordan está muerto. —Se estremeció un poco
mientras hablaba, como si las palabras “Jodan está muerto” le dolieran al
decirlas.
—No está sola. Tiene a la manada cuidando de ella. Bat ha estado en
contacto conmigo… ella está físicamente bien. Emocionalmente, no lo sé. A ella
es a quien Sebastian le dio su mensaje, después de matar a Jordan. No puede
haber sido fácil.
—La manada se encontrará teniendo que lidiar con Maureen —dijo
Simon—. Está emocionada porque los Cazadores de Sombras se han ido. Va a
hacer de Nueva York su sangriento parque infantil, si se sale con la suya.
—Si está matando a los mundanos, la Clave tendrá que enviar a alguien
para hacerla frente —dijo Jocelyn—. Incluso si eso significa salir de Idris. Si ella
está rompiendo los Acuerdos…
—¿No debería Jia oír sobre todo esto? —Dijo Clary—. Podríamos ir a
hablar con ella. No es como el último Cónsul. Ella te escuchará, Simon.
Él asintió.
—Le prometí a Raphael que hablaría con el Inquisidor y el Cónsul por
él… —se interrumpió de repente, y se estremeció.
Clary lo miró con intensidad. Estaba sentado en un pequeño rayo de luz
diurna, con su piel marfil pálida. Las venas bajo la piel eran visibles, tan rígidas
y negras como marcas de tinta. Sus pómulos estaban hundidos, las sombras
debajo de ellos eran intensamente oscuras.
—Simon, ¿cuánto tiempo ha pasado desde que te alimentaste?
Simon retrocedió; ella sabía que odiaba que le recordara su necesidad de
sangre.
—Tres días —dijo en voz baja.
—Comida —dijo Clary, mirando de su madre a Luke—. Tenemos que
conseguirle comida.
—Estoy bien —dijo Simon, poco convincente—. Realmente lo estoy.
—El lugar más razonable para conseguir sangre sería la casa del vampiro
representante —dijo Luke—. Tienen que proporcionarla para su utilización a
los miembros del Concejo de los Hijos de la Noche. Iría yo, pero difícilmente
van a dársela a un hombre lobo. Podríamos enviar un mensaje…
—Sin mensajes. Es demasiado lento. Vamos a ir ahora. —Clary se lanzó a
su armario abierto y agarró una chaqueta—. Simon, ¿puedes llegar allí?
—No es tan lejos —dijo Simon, con voz tenue—. Unas puertas más abajo
de la del Inquisidor.
—Raphael estará durmiendo —dijo Luke—. Es mediodía.
—Entonces lo despertaremos. —Clary se puso la chaqueta y cerró la
cremallera—. Es su trabajo representar a los vampiros; tendrá que ayudar a
Simon.
Simon soltó un bufido.
—Raphael no cree que él tenga que hacer algo.
—No me importa. —Clary se hizo con Eósforo y la deslizó en la vaina.
—Clary, no estoy segura de que estéss lo suficientemente bien como para
salir de esta manera… —comenzó Jocelyn.
—Estoy bien. Nunca me sentí mejor.
Jocelyn negó con la cabeza, y la luz del sol capturó los reflejos rojos en su
cabello.
—En otras palabras, no hay nada que pueda hacer para detenerte.
—Nop —dijo Clary, empujando a Eósforo en su cinturón—. Nada en
absoluto.
—La cena de los miembros del Concejo es esta noche —dijo Luke,
recostándose contra la pared—. Clary, vamos a tener que salir antes de que
vuelvas. Estamos poniendo a un guardia en la casa para asegurarnos de que
regreses a casa antes de que anochezca...
—Tienes que estar bromeando.
—No, en absoluto. Te queremos adentro, y con la casa cerrada. Si no
llegas a casa antes del anochecer, el Gard será notificado.
—Es una estación policial —se quejó Clary—. Andando, Simon.
Vayámonos.
Maia se sentó en la playa de Rockaway, mirando hacia el agua y se
estremeció.
Rockaway se llenaba en verano, pero se encontraba vacía y azotada por
el viento ahora, en diciembre. El agua del Atlántico se extendía en un pesado
gris, del color del hierro, bajo un cielo de color similar.
Los cuerpos de los hombres lobo que Sebastian había matado, el de
Jordan entre ellos, habían sido quemados en las ruinas del Praetor Lupus. Uno
de los lobos de la manada se acercó a la línea de la marea y echó el contenido de
una caja de cenizas al agua.
Maia vio cómo la superficie del mar se volvió negra por los restos de los
muertos.
—Lo siento. —Era Bat, sentándose a su lado en la arena. Vieron cuando
Rufus se acercó a la costa y abrió otra caja de madera llena de cenizas—. Por lo
de Jordan.
Maia se apartó el cabello hacia atrás. Las nubes grises se estaban
reuniendo en el horizonte. Se preguntó cuándo comenzaría a llover.
—Yo iba a romper con él —dijo ella.
—¿Qué? —Bat pareció sorprendido.
—Yo iba a romper con él —dijo Maia—. El día que Sebastian lo mató.
—Pensé que todo iba muy bien entre vosotros. Pensé que erais felices.
—¿De verdad? —Maia clavó los dedos en la arena húmeda—. Él no te
agradaba.
—Él te hizo daño. Fue hace mucho tiempo y sé que trató de compensarlo,
pero... —Bat se encogió de hombros—. Quizá no soy tan flexible.
Maia suspiró.
—Quizá yo tampoco —dijo—. En la ciudad donde crecí, todas esas
malcriadas, finas y ricas chicas blancas, me hicieron sentir como una mierda
porque no me parecía a ellas. Cuando tenía seis años, mi madre me hizo una
fiesta de cumpleaños con el tema de Barbie. Hacen una Barbie negra, ya sabes,
pero no hacen ninguna cosa que vaya con ella; como suministros para fiestas,
réplicas para tortas y todo eso. Así que tuvimos una fiesta con una muñeca
rubia como tema, y llegaron todas estas chicas rubias, y todas se rieron de mí
detrás de sus manos. —El aire de la playa era frío en sus pulmones—. Así que
cuando conocí a Jordan y él me dijo que era hermosa, bueno, no tomó
demasiado. Estaba totalmente enamorada de él en cuestión de cinco minutos.
—Eres hermosa —dijo Bat. Un cangrejo ermitaño hizo su camino a lo
largo de la arena, y él lo empujó con los dedos.
—Éramos felices —dijo Maia—. Pero entonces todo pasó, él me convirtió
y yo lo odié. Vine a Nueva York y lo odié, y entonces él apareció de nuevo y
todo lo que quería de mí era que lo perdonara. Lo ansiaba tanto y estaba tan
arrepentido. Y yo lo sabía, que la gente hace cosas locas cuando son mordidos.
He oído hablar de personas que han matado a sus familias…
—Es por eso que tenemos al Praetor —dijo Bat—. Bueno, lo teníamos.
—Y pensé, ¿cuánto puede retener alguien la responsabilidad de lo que
hizo cuando no pudo controlarse a sí mismo? Pensé que debía perdonarlo, él lo
quería tan malditamente demasiado. Había hecho todo para compensarme por
ello. Pensé que podríamos volver a la normalidad, volver a la forma en que
solíamos ser.
—A veces no se puede volver atrás —dijo Bat. Se tocó la cicatriz en su
mejilla pensativamente; Maia nunca le había preguntado cómo la había
conseguido—. A veces demasiadas cosas te hacen cambiar.
—No podíamos volver atrás —dijo Maia—. Por lo menos, yo no podía. Él
quería que lo perdonara tanto que a veces pienso que sólo me miraba y veía el
perdón. La redención. Él no me veía a mí. —Ella negó con la cabeza—. No soy la
absolución de una persona. Sólo soy Maia.
—Pero te preocupabas por él —dijo Bat en voz baja.
—Lo suficiente para seguir posponiendo romper con él. Pensé que tal vez
me sentiría diferente. Y luego todo comenzó a suceder, Simon fue secuestrado,
fuimos tras él, y aún iba a decirle a Jordan. Iba a decirle tan pronto como
llegáramos al Praetor, y entonces llegamos y fue —tragó— un matadero.
—Dijeron que cuando te encontraron, lo estabas sosteniendo. Estaba
muerto y su sangre se lavaba con la marea, pero te aferrabas a su cuerpo.
—Todo el mundo debería morir con alguien sosteniéndolo —dijo Maia,
tomando un puñado de arena—. Yo solo… me siento tan culpable. Él murió
pensando que todavía estaba enamorada de él, que íbamos a estar juntos y que
todo estaba bien. Murió conmigo mintiéndole. —Dejó que la arena se filtrara a
través de sus dedos—. Debí haberle dicho la verdad.
—Deja de castigarte. —Bat se puso de pie. Era alto y musculoso en su
anorak a medio abrochar, el viento apenas moviendo su cabello corto. Los
nubarrones grises los cubrieron. Maia pudo ver al resto de la manada,
reuniéndose alrededor de Rufus, que estaba gesticulando mientras hablaba—.
Si él no estuviera muerto, entonces sí, deberías haberle dicho la verdad. Pero
murió pensando que era amado y perdonado. No hay mejor regalo que podrías
darle a alguien que ese. Lo que te hizo fue terrible, y él lo sabía. Pero pocas
personas son todas buenas o todas malas. Piensa en ello como un regalo que le
diste a lo bueno en él. A dondequiera que Jordan vaya, y sí creo que todos
vamos a algún lugar, piensa en eso como la luz que lo llevará a casa.
Si dejas el Basilias, entiende que es contra el consejo de los Hermanos que lo
estás haciendo.
—Correcto —dijo Jace, poniéndose su segundo guante y flexionando los
dedos—. Lo has dejado muy claro.
El Hermano Enoc se cernía sobre él, frunciendo el ceño, cuando Jace se
agachó con lenta precisión para hacer los cordones de sus botas. Estaba sentado
en el borde de una cama de la enfermería, una de la línea de catres con sábanas
blancas que estaban a lo largo de la extensa habitación. Muchas de los otros
catres estaban ocupados por los guerreros Cazadores de Sombras que se
recuperaban de la batalla en la Ciudadela. Los Hermanos Silenciosos se movían
entre las camas como enfermeras fantasmales. El aire olía a hierbas y a extraños
cataplasmas.
Debes descansar otra noche, por lo menos. Tu cuerpo está agotado, y el fuego
celestial aún arde dentro de ti.
Acabando con sus botas, Jace alzó la vista. El techo arqueado de encima
estaba pintado con un diseño entrelazado de runas de curación en plata y azul.
Él había estado mirando hacia arriba por lo que parecieron semanas, aunque
sabía que había sido sólo una noche. Los Hermanos Silenciosos, manteniendo a
todos los visitantes lejos, habían rondado sobre él con runas curativas y
cataplasmas. También le habían practicado pruebas, tomando muestras de
sangre, cabello, incluso de pestañas—tocándolo con una serie de cuchillas
apretadas contra su piel: oro, plata, acero, madera de serbal. Él se sentía bien.
Tenía un fuerte presentimiento de que retenerlo en el Basilias era más para
estudiar el fuego celestial que para curarlo.
—Quiero ver al Hermano Zachariah —dijo.
Él está bien. No necesitas preocuparte por él.
—Quiero verlo —dijo—. Casi lo maté en la Ciudadela...
Ese no eras tú. Era el fuego celestial. Y no le hizo nada más que daño.
Jace parpadeó ante la extraña elección de palabras.
—Cuando lo conocí dijo que él cree tener una deuda con los Herondale.
Soy un Herondale. Él querría verme.
¿Y entonces tienes la intención de salir del Basilias?
Jace se puso de pie.
—No hay nada mal conmigo. No necesito estar en la enfermería.
Seguramente podrías estar usando tus recursos de manera más fructífera en los
que en realidad están heridos. —Cogió su chaqueta de un gancho junto a la
cama—. Mira, puedes traerme al Hermano Zachariah o puedo vagar por ahí
gritando por él hasta que aparezca.
Eres una gran cantidad de problemas, Jace Herondale.
—Así me han dicho —dijo Jace.
Había ventanas en forma de arco entre las camas; ellas proveían amplios
rayos de luz a través del suelo de mármol. El día comenzaba a apagarse: Jace se
había despertado temprano en la tarde, con un Hermano Silencioso junto a su
cama. Se había erguido, exigiendo saber dónde estaba Clary cuando los
recuerdos de la noche anterior vinieron a través de él, recordó el dolor cuando
Sebastian lo apuñaló, recordó al fuego arder hasta la hoja, recordó al Hermano
Zachariah quemándose. Los brazos de Clary a su alrededor, su cabello cayendo
alrededor de los dos, la sensación del dolor que había venido con la oscuridad.
Y luego, nada.
Después de que los Hermanos le habían asegurado que Clary estaba bien
y a salvo de Amatis, él había preguntado por el Hermano Zachariah, si el fuego
le había hecho daño, pero sólo había recibido respuestas irritantemente vagas.
Ahora él seguía al Hermano Enoc fuera de la sala de enfermería y por un
pasillo de yeso blanco estrecho. Las puertas se abrieron en el pasillo. Al pasar
junto a una, Jace cogió una rápida visión de un cuerpo retorciéndose atado a
una cama, y oyó el sonido de gritos y maldiciones. Un Hermano Silencioso se
puso de pie al lado de un hombre vestido con restos rojos. La sangre salpicó la
pared blanca detrás de ellos.
Amalric Kriegsmesser, dijo el Hermano Enoc sin volver la cabeza. Uno de
los Cazadores Oscuros de Sebastian. Como sabes, hemos estado tratando de revertir el
hechizo de la Copa Infernal.
Jace tragó. No parecía haber nada que decir. Había visto el ritual de la
Copa Infernal ser realizado. En su interior no creía que el hechizo pudiera ser
revertido. Creaba un cambio demasiado fundamental. Pero tampoco imaginó
alguna vez que un Hermano Silencioso podría ser tan humano como el
Hermano Zachariah siempre le había parecido. ¿Por eso estaba tan decidido a
verlo? Recordó lo que Clary le había contado sobre algo que mencionó el
Hermano Zachariah una vez, cuando ella le había preguntado si alguna vez
había amado a alguien lo suficiente como para morir por él:
Dos personas. Hay recuerdos que el tiempo no borra. Pregúntale a tu amigo
Magnus Bane, si no me crees. El por siempre no significa olvidable, sólo soportable.
Había algo en esas palabras, algo que hablaba de una tristeza y una
especie de memoria que Jace no asociaba con los Hermanos. Ellos habían sido
una presencia en su vida desde que tenía diez años: pálidas estatuas silenciosas
que curaban, que mantenían secretos, que no amaban, deseaban, crecían o
morían, que sólo existían. Pero el Hermano Zachariah era diferente.
Estamos aquí. El Hermano Enoc se había detenido frente a una puerta
pintada de blanco sin complicaciones. Levantó una mano ancha y llamó. Se oyó
un ruido desde el interior, algo como una silla siendo arrastrada, y luego una
voz masculina.
—Entre.
El Hermano Enoc abrió la puerta e hizo pasar a Jace al interior. Las
ventanas estaban orientada al oeste, y la habitación era muy brillante, la luz del
sol hacía que las pinturas de las paredes parecieran fuego pálido. Había una
figura en la ventana: una silueta esbelta, no con la toga de un Hermano. Jace se
volvió hacia el Hermano Enoc con sorpresa, pero el Hermano Silencioso ya se
había ido, cerrando la puerta tras de sí.
—¿Dónde está el Hermano Zachariah? —Dijo Jace.
—Aquí estoy. —Una voz tranquila y suave, un poco fuera de tono, como
un piano que no había sido tocado en años. La figura se había apartado de la
ventana. Jace se encontró mirando a un chico sólo unos pocos años mayor que
él. Con cabello oscuro, un rostro afilado y delicado, ojos que parecían jóvenes y
viejos al mismo tiempo. Las runas de los Hermanos marcadas en los pómulos
altos, y cuando el muchacho se volvió, Jace vio el borde pálido de una runa
desvanecida al lado de la garganta.
Un parabatai. Al igual que él. Y Jace sabía demasiado lo que la runa
desvanecida significaba, un parabatai cuya otra mitad estaba muerta. Sintió que
su simpatía saltó hacia el Hermano Zachariah mientras se imaginaba a sí mismo
sin Alec, con sólo la desvanecida runa para recordarle donde una vez había
estado unido a alguien que conocía con todas las mejores y peores partes de su
alma.
—Jace Herondale —dijo el muchacho—. Una vez más un Herondale es el
portador de mi liberación. Debería haberlo esperado.
—Yo no... eso no es... —Jace estaba demasiado aturdido para pensar en
algo inteligente para decir—. No es posible. Una vez que eres un Hermano
Silencioso, no puedes cambiar de nuevo. Tú... no entiendo.
El muchacho —Zachariah, supuso Jace, ya que no era un Hermano—
sonrió. Era una sonrisa desgarradoramente vulnerable, joven y suave.
—No estoy seguro de que entienda del todo tampoco —dijo—. Pero
nunca fui un Hermano Silencioso ordinario. Me trajeron a la vida porque había
una magia oscura sobre mí. No tenía otra manera de salvarme. —Miró hacia
abajo, a sus manos, las manos tersas de un muchacho, suaves en la manera en
que sólo las manos de un Cazador de Sombras lo eran. Los Hermanos podían
luchar como guerreros, pero rara vez lo hacían—. Dejé todo lo que conocí y lo
que amaba. No del todo, quizá, pero había una pared de vidrio entre la vida
que había tenido antes y yo. Lo podía ver, pero no lo podía tocar, no podía ser
parte de ella. Empecé a olvidar lo que era ser un humano ordinario.
—No somos seres humanos ordinarios.
Zachariah alzó la vista.
—Oh, nos decimos eso —dijo él—. Pero he hecho un estudio de los
Cazadores de Sombras, desde el siglo pasado, y déjame decirte que somos más
humanos que la mayoría de los seres humanos. Cuando nuestros corazones se
rompen, se rompen en fragmentos que no pueden fácilmente encajar de nuevo.
Envidio a los mundanos por su capacidad de superación a veces.
—¿Tienes más de un siglo? Te ves bien... resistente para mí.
—Pensaba que iba a ser un Hermano Silencioso para siempre. Nos... ellos
no mueren, ya sabes; se desvanecen después de muchos años. Dejan de hablar,
de moverse. Eventualmente son enterrados vivos. Pensé que ése sería mi
destino. Pero cuando te toqué con la runa de mi mano, cuando te hirieron,
absorbí el fuego celestial de tus venas. Quemó la oscuridad en mi sangre. Me
convertí de nuevo en la persona que era antes de que tomara mis votos. Incluso
antes eso. Me convertí en lo que siempre he querido ser.
La voz de Jace era ronca.
—¿Te dolió?
Zachariah se quedó perplejo.
—¿Perdón?
—Cuando Clary me apuñaló con Gloriosa, fue… agonizante. Sentí como
si mis huesos se estuvieran derritiendo hasta ser cenizas dentro de mí. No
dejaba de pensar en eso cuando me desperté, me quedé pensando en el dolor, y
si te dolió cuando me tocaste.
Zachariah lo miró con sorpresa.
—¿Has pensado en mí? ¿Si yo sentí dolor?
—Por supuesto. —Jace podía ver su reflejo en la ventana detrás de
Zachariah. Zachariah era tan alto como él, pero más delgado, y con el cabello
oscuro y la piel pálida parecía el negativo de una foto de Jace.
—Herondales. —la voz de Zachariah fue un resoplido, mitad risa, mitad
dolor—. Casi se me había olvidado. Ninguna otra familia hace tanto por amor,
o se siente tan culpable por ello. No lleves el peso del mundo sobre ti, Jace. Es
demasiado pesado incluso para un Herondale.
—No soy un santo —dijo Jace—. Tal vez debería soportarlo.
Zachariah negó con la cabeza.
—Sabes, estoy pensando en esta frase de la Biblia: Mene mene tekel
upharsin.
—Has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso. Sí, la conozco. La
Escritura en la Pared.
—Los egipcios creían que en la puerta de los muertos sus corazones eran
pesados en escalas, y si pesaban más que una pluma, su camino era al Infierno.
El fuego del Cielo toma nuestra escala, Jace Herondale, como las escalas de los
egipcios. Si hay más mal que bien en nosotros, nos destruirá. Yo apenas viví, y
así lo hiciste tú. La diferencia entre nosotros es que yo sólo fui tocado por el
fuego, mientras que tú lo contuviste en tu corazón. Llevas en ti una gran carga y
un gran regalo.
—Pero todo lo que he estado tratando de hacer es deshacerme de él.
—No puedes librarte de esto. —La voz del Hermano Zachariah se había
hecho muy grave—. No es una maldición de la cual tienes que librarte, se trata
de un arma que se te ha confiado. Eres la espada de los Cielos. Asegúrate de ser
digno.
—Suenas como Alec —dijo Jace—. Él siempre está hablando de la
responsabilidad y la dignidad.
—Alec. Tu parabatai. ¿El muchacho Lightwood?
—Tú... —Jace indicó el lado de la garganta de Zachariah—. Tú también
tuviste un parabatai. Pero tu runa se desvaneció.
Zachariah miró hacia abajo.
—Él murió hace mucho tiempo —dijo—. Yo era... cuando murió, yo... —
sacudió la cabeza, frustrado—. Durante años he hablado sólo con mi mente, a
través de ti escucho mis pensamientos como palabras —dijo él—. El proceso de
formación del lenguaje en la forma ordinaria, de encontrar el habla, no es fácil
para mí ahora. —Levantó la cabeza para mirar a Jace—. Valora a tu parabatai —
dijo—. Porque es un vínculo valioso. Todo amor es precioso. Es por eso que
hacemos lo que hacemos. ¿Por qué luchamos con demonios? ¿Por qué ellos no
tienen custodios en este mundo? ¿Qué nos hace mejores? Es porque ellos no
construyen, sino destruyen. Ellos no aman, solamente odian. Somos humanos y
falibles, somos Cazadores de Sombras. Pero si no tuviéramos la capacidad de
amar, no podríamos proteger a los humanos; hay que amarlos para protegerlos.
Mi parabatai amaba como pocos jamás podrían amar, con todo y a todos. Veo
que también eres así, quema con más intensidad en ti que el fuego del Cielo.
El Hermano Zachariah estaba mirando a Jace, con una feroz intensidad
que se sentía como si le fuera a quitar la carne de los huesos.
—Lo siento —dijo Jace en voz baja—. Que hayas perdido a tu parabatai.
¿Hay alguien... alguien con quien puedas ir a casa?
La boca del muchacho se curvó un poco en la esquina.
—Hay solo una. Ella siempre ha sido un hogar para mí. Pero no tan
pronto. En primer lugar debo quedarme.
—¿Para luchar?
—Y amar y estar de duelo. Cuando era un Hermano Silencioso, mis
amores y pérdidas se silenciaban ligeramente, al igual que música escuchada
desde la distancia, en sintonía pero amortiguada. Ahora… ahora que todo ha
vuelto a mí otra vez. Estoy inclinado debajo de ello. Debo ser más fuerte antes
de verla. —Su sonrisa era melancólica—. ¿Alguna vez sentiste que tu corazón
contenía tanto que seguramente debía romperse?
Jace pensó Alec herido en su regazo, en Max quieto y blanco en el suelo
del Salón de los Acuerdos; pensó en Valentine, sus brazos alrededor de Jace
cuando la sangre de éste empapó la arena debajo de ellos. Y por último pensó
en Clary: su aguda valentía lo mantuvo a salvo, su ingenio aún más agudo lo
mantenía cuerdo, la firmeza de su amor.
—Las armas, cuando se rompen y son reparadas, pueden ser más fuertes
en los lugares reparados —dijo Jace—. Tal vez los corazones son iguales.
El Hermano Zachariah, que ahora era sólo un muchacho como Jace, le
sonrió con cierta tristeza.
—Espero que tengas razón.
—No puedo creer que Jordan esté muerto —dijo Clary—. Yo lo vi. Estaba
sentado en el muro del Instituto cuando fuimos por el Portal.
Ella caminaba junto a Simon a lo largo de uno de los canales, en dirección
hacia el centro de la ciudad. Las torres de los demonios se levantaban a su
alrededor, su brillo se reflejaba en las aguas del canal.
Simon miró de reojo a Clary. No dejaba de pensar en la manera en la que
ella había lucido cuando la había visto la noche anterior, azul, exhausta y
apenas consciente, con la ropa rasgada y ensangrentada. Ahora lucía como ella
misma de nuevo, con color en las mejillas, las manos en los bolsillos y la
empuñadura de su espada sobresaliéndole del cinturón.
—Yo tampoco —dijo.
Los ojos de Clary eran distantes y brillantes; Simon se preguntó qué
estaba recordando. ¿A Jordan enseñándole a Jace a controlar sus emociones en
Central Park? ¿A Jordan en el apartamento de Magnus, hablando con un
pentagrama? ¿La primera vez que lo habían visto, agachándose bajo la puerta
del garaje para una audición de la banda de Simon? ¿Sentado en el sofá del
apartamento de él y de Simon, jugando Xbox con Jace? ¿A Jordan diciéndole a
Simon que había jurado protegerlo?
Simon se sentía vacío por dentro. Había pasado la noche durmiendo a
ratos, despertándose de pesadillas en las que Jordan aparecía y se quedaba
mirándolo en silencio, con los ojos color avellana pidiéndole a Simon que lo
ayudara, que lo salvara, mientras la tinta en sus brazos corría como sangre.
—Pobre Maia —dijo ella—. Desearía que estuviera aquí; me gustaría
poder hablar con ella. Ella ha tenido un momento tan duro, y ahora esto...
—Lo sé —dijo Simon, casi ahogándose. Pensar en Jordan era bastante
malo. Si pensaba en Maia, también, se caería a pedazos.
Clary respondió a la brusquedad de su tono tomando su mano.
—Simon —dijo—. ¿Estás bien?
Él le dejó tomar su mano, entrelazando sus dedos sin apretar. La vio
mirar hacia abajo, al anillo de oro de las Hadas que siempre llevaba.
—No lo creo —dijo él.
—No, por supuesto que no. ¿Cómo podrías estarlo? Él era tu... —
¿Amigo? ¿Compañero de cuarto? ¿Guardaespaldas?
—Responsabilidad —dijo Simon.
Ella pareció sorprendida.
—No... Simon, tú eras la suya. Él era tu guardián.
—Vamos, Clary —dijo Simon—. ¿Qué crees que estaba haciendo en la
sede del Praetor Lupus? Él nunca iría allá. Si estaba allá, era por mí, porque me
estaba buscando. Si no me hubiera ido y hecho que me secuestraran...
—¿Hacer que te secuestraran? —Espetó Clary—. ¿Qué, te ofreciste a que
Maureen te secuestrara?
—Maureen no me secuestró —dijo en voz baja.
Lo miró, desconcertada.
—Pensé que te mantuvo en una jaula en el Dumort. Pensé que habías
dicho...
—Lo hizo —dijo—. Pero la única razón por la que estaba afuera donde
ella podía llegar a mí fue porque fui atacado por uno de los Cazadores Oscuros.
No quería decirle a Luke o a tu madre —agregó—. Pensé que se volverían locos.
—Porque si Sebastian envió a un Cazador Oscuro tras de ti, era por mi
culpa —dijo Clary con fuerza—. ¿Quería secuestrarte o matarte?
—Realmente no tuve la oportunidad de preguntarle. —Simon se metió
las manos en los bolsillos—. Jordan me dijo que corriera, así que corrí... directo
hacia el clan de Maureen. Ella tenía el apartamento bajo vigilancia,
evidentemente. Supongo que eso es lo que consigo por salir corriendo y dejarlo.
Si no lo hubiera hecho, si no hubiera sido secuestrado, él nunca habría salido al
Praetor, y nunca habría sido asesinado.
—Basta. —Simon parecía más que sorprendido. Clary sonaba realmente
enojada—. Deja de culparte a ti mismo. Jordan no consiguió que lo asignaran a
ti al azar. Quería el trabajo para poder estar cerca de Maia. Conocía los riesgos
de cuidarte. Los tomó de forma voluntaria. Fue su elección. Él estaba buscando
el perdón. Por lo que pasó entre él y Maia. Por lo que hizo. Eso es lo que era el
Praetor para él. Lo que lo salvó. Proteger a personas como tú, lo salvó. Se había
convertido en un monstruo. Le había hecho daño Maia. La había convertido en
un monstruo también. Lo que él hizo no era perdonable. Si no hubiera
pertenecido al Praetor, si no hubiera tenido que hacerse cargo de ti, se habría
suicidado.
—Clary… —Simon estaba sorprendido por la oscuridad en sus palabras.
Ella se estremeció, como si se estuviera sacudiendo de telas de araña.
Habían girado hacia una larga calle por un canal, rodeado de casas antiguas. Le
recordó a Simon las imágenes de los barrios ricos de Amsterdam.
—Esa es la casa de los Lightwood, allí. Los altos miembros del Concejo
tienen casas en esta calle. El Cónsul, el Inquisidor, los representantes del
Submundo. Sólo tenemos que averiguar cuál es la de Raphael...
—Allí —dijo Simon, y señaló una casa en el canal estrecho con una
puerta de color negro. Una estrella de plata había sido pintada en la puerta—.
Una estrella para los Hijos de la Noche. Debido a que no ven la luz del sol. —Le
sonrió, o lo intentó. El hambre estaba quemando sus venas; se sentían como
alambres calientes bajo su piel.
Se dio la vuelta y subió los escalones. El llamador de la puerta estaba en
forma de una runa, y era pesada. El ruido que hizo al caer retumbó dentro de la
casa.
Simon escuchó a Clary subir por las escaleras detrás de él justo cuando la
puerta se abrió. Raphael se quedó en el interior, cuidadosamente fuera de la luz
que se derramaba a través de la puerta abierta. En las sombras, Simon solo
podía ver la forma general de él: su cabello rizado, el destello blanco de sus
dientes cuando les dio la bienvenida.
—Vampiro Diurno. Hija de Valentine.
Clary hizo un ruido exasperado.
—¿Jamás llamas a las personas por su nombre?
—Sólo a mis amigos —dijo Raphael.
—¿Tienes amigos? —Dijo Simon.
El vampiro lo miró.
—¿Asumo que estás aquí por sangre?
—Sí —dijo Clary. Simon no dijo nada. Al oír la palabra ''sangre'' había
empezado a sentirse un poco débil. Podía sentir la contracción en su estómago.
Estaba empezando a morir de hambre.
Raphael le echó una mirada a Simon.
—Te ves hambriento. Tal vez deberías haber tomado mi sugerencia en la
plaza la noche anterior.
Las cejas de Clary se elevaron, pero Simon solo frunció el ceño.
—Si quieres que hable con el Inquisidor por ti, vas a tener que darme
sangre. De lo contrario me desplomaré a sus pies, o me lo comeré.
—Sospecho que eso terminaría mal con su hija. A pesar de que parecía
nada contenta contigo anoche. —Raphael volvió a desaparecer en las sombras
de la casa. Clary miró a Simon.
—¿Lo tomo como que viste a Isabelle ayer?
—Tomas bien las cosas.
—¿Y no les fue bien?
Simon se salvó de responder por la reaparición de Raphael. Llevaba una
botella de vidrio con un tapón lleno de líquido rojo. Simon lo tomó con avidez.
El olor de la sangre llegó a través del cristal, ondulante y dulce. Simon
tiró del tapón y se la tragó, sus colmillos chasqueando, a pesar del hecho de que
no los necesitaba. Los vampiros no estaban destinados a beber de botellas. Sus
dientes rasparon contra su piel mientras se limpiaba la boca con el dorso de la
mano.
Los ojos marrones de Raphael brillaban.
—Sentí mucho oír lo de tu amigo hombre lobo.
Simon se puso rígido. Clary puso una mano en su brazo.
—No lo dices enserio —dijo Simon—. Tú me odiabas por tener un
Guardián del Praetor.
Raphael tarareó pensativo.
—Sin el guardián, sin la Marca de Caín. Todas tus protecciones te han
sido despojadas. Debe ser extraño, Vampiro Diurno, saber que realmente
puedes morir.
Simon lo miró fijamente.
—¿Por qué te esfuerzas tanto? —Dijo, y tomó otro trago de la botella.
Tenía un sabor amargo en esta ocasión, un poco ácido—. ¿Quieres hacer que te
odie? ¿O sólo es que me odias?
Hubo un largo silencio. Él se dio cuenta de que Raphael estaba descalzo,
de pie justo en el borde de la luz solar donde yacía una franja a lo largo del
suelo de madera. Otro paso hacia adelante, y la luz quemaría su piel.
Simon tragó, saboreando la sangre en su boca, sintiéndose un poco
inestable.
—Tú no me odias —se dio cuenta, mirando la cicatriz blanca en la base
de la garganta de Raphael, donde algunas veces descansaba un crucifijo—.
Estás celoso.
Sin otra palabra Raphael azotó la puerta entre ellos.
Clary exhaló.
—Vaya, eso fue bien.
Simon no dijo nada, solo se volteó y caminó lejos, bajando por las
escaleras. Hizo una pausa en la parte inferior para terminar la botella de sangre,
y entonces, para sorpresa de ella, él la arrojó. Voló hasta la mitad de la calle y
golpeó un poste de luz, rompiéndose, dejando una mancha de sangre en el
hierro.
—¿Simon? —Clary bajó apresurada las escaleras—. ¿Estás bien?
Él hizo un gesto vago.
—No lo sé. Jordan, Maia, Raphael, es todo… es demasiado. No sé lo que
debo hacer.
—¿Quieres decir, acerca de hablar con el Inquisidor por él? —Clary se
movió para alcanzar a Simon cuando él empezó a caminar sin rumbo por la
calle. El viento había aparecido, alborotando su cabello castaño.
—Acerca de nada. —Él se tambaleó un poco mientras se alejaba de ella.
Clary entrecerró sus ojos con recelo. Si ella no lo conociera mejor, habría
supuesto que estaba borracho—. Yo no pertenezco a este lugar —dijo. Se había
detenido frente a la residencia del Inquisidor. Inclinó la cabeza hacia atrás,
mirando hacia las ventanas—. ¿Qué piensas que ellos están haciendo allí?
—¿Cenando? —Adivinó Clary. Las lámparas de luz mágica comenzaban
a encenderse, iluminando la calle—. ¿Viviendo sus vidas? Vamos, Simon. Ellos
probablemente conocían a las personas que murieron en la batalla de anoche. Si
quieres ver a Isabelle, mañana es la reunión del Concejo y…
—Lo sabe —dijo él—. Que sus padres probablemente están rompiendo.
Que su padre tuvo una aventura.
—¿Él qué? —Dijo Clary, mirando a Simon—. ¿Cuándo?
—Hace mucho tiempo. —La voz de Simon definitivamente arrastraba las
palabras—. Antes de Max. Él iba a irse, pero… se enteró de él, así que se quedó.
Maryse se le dijo a Isabelle hace años. No es justo, poner todo eso en una niña.
Izzy es fuerte, pero aun así. No debes hacer eso. No a tu hijo. Debes… llevar tus
propias cargas.
—Simon. —Ella pensó en su madre, echándolo de su puerta. No debes
hacer eso. No a tu hijo—. ¿Hace cuánto tiempo lo sabes? ¿Acerca de Robert y
Maryse?
—Meses. —Se acercó a la puerta frontal de la casa—. Siempre quise
ayudarla, pero nunca quiso que dijera nada, o hiciera nada… tu madre lo sabe,
por cierto. Ella le dijo a Izzy con quién tuvo la aventura Robert. No era alguien
de quien ella hubiese escuchado hablar. No sé si eso lo hace peor o mejor.
—¿Qué? Simon, te estás tambaleando. Simon…
Simon se estrelló contra la cerca alrededor de la casa del Inquisidor con
un golpeteo ruidoso.
—¡Isabelle! —Llamó él, inclinando la cabeza hacia atrás—. ¡Isabelle!
—Santa… —Clary agarró a Simon por la manga—. Simon —siseó—. Eres
un vampiro, en el medio de Idris. Tal vez no deberías estar gritando por atención.
Simon ignoró esto.
—¡Isabelle! —Llamó de nuevo—. ¡Deja caer tu cabello negro!
—Oh Dios mío —murmuró Clary—. ¿Había algo en esa sangre que
Raphael te dio, no es así? Voy a matarlo.
—Él ya está muerto —observó Simon.
—Es inmortal. Obviamente todavía puede morir, ya sabes, otra vez. Lo
mataré de nuevo. Simon, vamos. Volvamos, podrás acostarte y pondré hielo
sobre tu cabeza…
—¡Isabelle! —Gritó.
Una de las ventanas superiores osciló abierta, e Isabelle se asomó. Su
cabello negro estaba suelto, cayendo alrededor de su rostro. Ella parecía furiosa,
sin embargo.
—¡Simon, cállate! —Siseó.
—¡No lo haré! —Simon anunció con rebeldía—. Porque tú eres mi bella
dama y he de ganar tu aprobación.
Isabelle dejó caer la cabeza en sus manos.
—¿Está borracho? —Le gritó a Clary.
—No lo sé. —Clary se debatía entre la lealtad a Simon y una urgente
necesidad de sacarlo de allí—. Creo que tal vez él pudo haber conseguido un
poco de sangre caducada o algo así.
—¡Te amo, Isabelle Lightwod! —Gritó Simon, sobresaltando a todos. Las
luces se encendieron en toda la casa, y en las casas vecinas también. Hubo un
ruido proveniente de la calle, y un momento después aparecieron Aline y
Helen; ambas parecían agotadas, Helen a medio camino de atar su cabello rubio
y rizado hacia atrás—. ¡Te amo, y no me iré hasta que me digas que me amas
también!
—Dile que lo amas —gritó Helen—. Está asustando a la calle entera. —
Ella saludó a Clary con la mano—. Me alegro de verte.
—Igualmente —dijo Clary—. Lo siento mucho por lo que pasó en Los
Ángeles, y si hay algo que pueda hacer para ayudar…
Algo salió revoloteando desde el cielo. Dos cosas: un par de pantalones
de cuero, y una camisa blanca de poeta. Aterrizaron a los pies de Simon.
—¡Toma tu ropa y vete! —Gritó Isabelle.
Por encima de ella otra ventana se abrió, Alec se asomó.
—¿Qué está pasando? —Su mirada se posó en Clary y los demás, sus
cejas moviéndose juntas en confusión—. ¿Qué es esto? ¿Villancicos mañaneros?
—Yo no canto villancicos —dijo Simon—. Soy judío. Sólo conozco la
canción dreidel22
.
—¿Él está bien? —Preguntó Aline a Clary, sonando preocupada—. ¿Los
vampiros se vuelven locos?
22Canción dreidel: Una canción que parodia el estilo de vida judío, presentado en la serie
americana South Park.
—No está loco —dijo Helen—. Está ebrio. Debe haber consumido la
sangre de alguien que había estado bebiendo alcohol. Eso puede dar a los
vampiros una especie de… alto contacto.
—Odio a Raphael —murmuró Clary.
—¡Isabelle! —Gritó Simon—. ¡Para de lanzarme ropa! Solo porque tú seas
una Cazadora de Sombras y yo un vampiro no significa que lo nuestro nunca
pueda suceder. Nuestro amor está prohibido como el amor de un tiburón y
un… un cazador de tiburones. Pero eso es lo que lo hace especial.
—¿Ah, sí? —Espetó ella—. ¿Quién de nosotros es el tiburón, Simon?
¿Quién de nosotros es el tiburón?
La puerta principal se abrió de golpe. Era Robert Lightwood, y no
parecía contento. Caminó por la acera frontal de la casa, pateó la puerta abierta
y se dirigió a Simon.
—¿Qué está pasando aquí? —Demandó él. Sus ojos fijándose en Clary—.
¿Por qué estás gritando fuera de mi casa?
—No se siente bien —dijo Clary, capturando la muñeca de Simon—. Ya
nos vamos.
—No —dijo Simon—. Yo… yo necesito hablar con él. Con el Inquisidor.
Robert buscó dentro de su chaqueta y sacó un crucifijo. Clary miró
fijamente mientras sostenía el crucifijo entre él y Simon.
—Me dirijo a los representantes del Concejo de los Hijos de la Noche, o al
jefe del Clan de Nueva York —dijo—. No a cualquier vampiro que viene a tocar
mi puerta, incluso si es un amigo de mis hijos. Tampoco debes estar en Alicante
sin permiso…
Simon se acercó y arrebató la cruz de la mano de Robert.
—Religión equivocada —le dijo.
Helen emitió un silbido entre dientes.
—Y he sido enviado por el representante de los Hijos de la Noche al
Concejo. Raphael Santiago me trajo aquí para hablar con usted…
—¡Simon! —Isabelle se apresuró a salir de la casa, corriendo para
colocarse entre Simon y su padre—. ¿Qué estás haciendo?
Ella miró a Clary, quien agarró la muñeca de Simon otra vez.
—Realmente tenemos que irnos —murmuró Clary.
La mirada de Robert fue de Simon a Isabelle. Su expresión cambió.
—¿Hay algo entre vosotros dos? ¿De eso se trataban todos los gritos?
Clary miró a Isabelle con sorpresa. Pensó en Simon, consolando a Isabelle
cuando Max murió. Cuán cercanos Simon e Izzy se habían vuelto en los últimos
meses. Y su padre no tenía idea.
—Es un amigo. Él es amigo de todos nosotros —dijo Isabelle, cruzando
los brazos sobre su pecho. Clary no podía decir si ella estaba más molesta con
su padre o con Simon—. Y yo responderé por él, si eso significa que puede
quedarse en Alicante. —Ella miró a Simon—. Pero él volverá donde Clary
ahora. ¿No es así Simon?
—Siento mi cabeza dar vueltas —dijo penosamente Simon—. Muchas
vueltas.
Robert bajó su brazo.
—¿Qué?
—Tomó algo de sangre drogada —dijo Clary—. No es su culpa.
Robert dirigió su mirada azul oscuro sobre Simon.
—Hablaré contigo mañana en la reunión del Concejo, si se te ha pasado
la borrachera —dijo él—. Si Raphael Santiago tiene algo de lo que quiere que
hables conmigo, puedes decirlo en frente de la Clave.
—Yo no… —comenzó Simon.
Pero Clary lo interrumpió con premura.
—Bien. Lo llevaré conmigo a la reunión del Concejo mañana. Simon,
tenemos que volver antes del anochecer; lo sabes.
Simon parecía ligeramente aturdido.
—¿Tenemos?
—Mañana, en el Concejo —dijo Robert secamente. Dio media vuelta y se
dirigió de nuevo a su casa. Isabelle dudó un momento, estaba en una camiseta
oscura suelta, y jeans, con los pies desnudos y pálidos en el estrecho camino de
piedra. Estaba temblando.
—¿De dónde sacó la sangre con alcohol? —Preguntó ella, señalando a
Simon con un gesto de la mano.
—Raphael —explicó Clary.
Isabelle rodó sus ojos.
—Él estará bien mañana —dijo—. Ponlo a dormir. —Se despidió con la
mano de Helen y Aline, quienes se apoyaban en las verjas con descarada
curiosidad—. Nos vemos en la reunión —dijo ella.
—Isabelle… —comenzó Simon, empezando a agitar salvajemente sus
brazos, pero, antes de que él pudiera hacer más daño, Clary agarró la parte de
atrás de su chaqueta y lo arrastró hacia la calle.
Debido a que Simon se mantuvo recorriendo y andando por varios
callejones, e insistió en tratar de entrar en una tienda de dulces cerrada, ya era
de noche cuando llegaron a la casa de Amatis. Clary miró alrededor por el
guardia que Jocelyn había dicho que sería enviado, pero no había nadie visible.
O estaba excepcionalmente bien oculto o, más probablemente, él ya se había
puesto en marcha para informar a los padres de Clary sobre su retraso.
Clary subió los escalones de la casa con pesimismo, abrió la puerta y
empujó a Simon dentro. Él había parado de protestar y empezado a bostezar en
algún lugar alrededor de Cistern Square, y ahora sus parpados estaban
cayendo.
—Odio a Raphael —dijo él.
—Estaba pensando lo mismo —dijo ella, dándose la vuelta—. Andando.
Vamos a acostarte.
Ella lo arrastró hasta el sofá, donde se desplomó, hundiéndose sobre los
cojines. La débil luz de la luna se filtraba por las cortinas de encaje que cubrían
las grandes ventanas frontales. Los ojos de Simon eran del color del cuarzo
ahumado mientras luchaba por mantenerlos abiertos.
—Deberías dormir —le dijo—. Probablemente mamá y Luke volverán en
cualquier momento. —Se volteó para irse.
—Clary —dijo, agarrando su manga—. Ten cuidado.
Ella se soltó a sí misma gentilmente y subió las escaleras, tomando su
piedra de luz mágica para iluminar el camino. Las ventanas a lo largo del
pasillo de arriba estaban abiertas, y una brisa fresca soplaba por el pasillo, con
olor a piedra de la ciudad y al canal de agua, levantando el cabello lejos de su
rostro. Clary llegó a su habitación y empujó la puerta abriéndola… y se congeló.
La luz mágica palpitaba en su mano, echando rayos brillantes de luz en
toda la habitación. Había alguien sentado en su cama. Alguien alto, con cabello
blanco y hermoso, una espada sobre su regazo, y un brazalete de plata que
chisporroteó como el fuego en la luz mágica.
Si no puedo llegar al Cielo, levantaré el Infierno.
—Hola, hermana mía —dijo Sebastian
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