PROLOGO
habían sido
frustrado por sus padres— para ver si la vista se estiraba todo el camino hacia
el desierto en el sur.
Las puertas delanteras la conocían y le dieron un fácil acceso bajo su
toque familiar. La entrada y las plantas bajas del Instituto estaban llenas de
Cazadores de Sombras adultos, caminando de atrás a adelante. Algún tipo de
reunión, imaginó Emma. Captó la visión del padre de Julian, Andrew
Blackthorn, el líder del Instituto, en medio de la multitud. Sin querer ser
frenada por los saludos, corrió por el vestuario en el segundo piso, donde se
cambió de pantalones y camiseta por ropa de entrenamiento —camiseta
demasiado grande, pantalones sueltos de algodón, y el artículo más importante:
el cuchillo colgado sobre sus hombros.
Cortana: El nombre simplemente significaba “espada corta,” pero no
significaba corta para Emma. Era de la longitud de su antebrazo, metal
centelleante, la hoja inscrita con las palabras que nunca fallaban para provocar
que un temblor bajase por su espina dorsal: Soy Cortana1
, del mismo acero y
temperamento que Joyeuse2 y Durandal3
. Su padre le había explicado lo que
significaba cuando puso la espada por primera vez en sus manos a los diez
años.
—Puedes usar esto para entrenar hasta que tengas dieciocho años,
cuando se convierte en tuya —había dicho John Carstairs, sonriéndole mientras
los dedos de ella trazaban las palabras—. ¿Entiendes lo que significa?
1 Cortana: Espada hecha por el primer creador de armas para Cazador de Sombras, Wayland
the Smith, que contiene una pluma del ala del Ángel. Su primer portador notable fue Jonah
Carstairs, quien la heredó de generación en generación.
2 Joyeuse: La tradición atribuye que fue la espada personal de Carlomagno.
3 Durandal: Es la espada de Roland, el paladín de Carlomagno en la serie literaria conocida
como Materia de Francia.
Ella había sacudido la cabeza. Había entendido “Acero,” pero no
“temperamento.” “Temperamento” significaba “furia,” algo sobre lo que su
padre siempre estaba advirtiéndole que debería controlar. ¿Qué tenía que ver
con un cuchillo?
—Sabes sobre la familia Wayland —había dicho él—. Fueron creadores
de armas famosas antes de que las Hermanas de Hierro comenzasen a forjar
todas las espadas de los Cazadores de Sombras. Wayland el Smith hizo a
Excalibur y Joyeuse, las espadas de Arthur y Lancelot, y Durendal, la espada
del héroe Roland. Y también hicieron esta espada, del mismo acero. Todo el
acero debe ser templado, sujeto por el gran calor, casi lo bastante para derretir o
destruir el metal, para hacerlo más fuerte. —Él había besado la parte superior
de su cabeza—. Los Carstairs han llevado esta espada durante generaciones. La
inscripción nos recuerda que los Cazadores de Sombras somos las armas del
Ángel. Nos templan en el fuego, y nos hacemos más fuertes. Cuando nosotros
sufrimos, sobrevivimos.
Emma difícilmente podría esperar los seis años hasta que tuviera
dieciocho, cuando podría viajar al mundo para enfrentar a demonios, cuando
podría ser templada en el fuego. Ahora sujetó la espada a la izquierda del
vestuario, imaginando como sería. En su imaginación estaba de pie en lo alto de
los peñascos sobre el mar en Point Dume, ahuyentando a un cuadro de
demonios Raum con Cortana. Julian estaba con ella, por supuesto, blandiendo
su arma favorita, la ballesta.
En la mente de Emma, Jules siempre estaba ahí. Emma le había conocido
tanto tiempo como podía recordar. Los Blackthorn y los Carstairs siempre
habían sido cercanos, y Jules era solo unos pocos meses mayor; ella literalmente
nunca vivió en un mundo sin él en él. Había aprendido a nadar en el océano
con él cuando ambos habían sido bebés. Habían aprendido a caminar y después
a correr juntos. Ella había sido llevada en los brazos de los padres de él y
acorralada por su hermano y hermana mayor cuando se comportaba mal.
Y solían portarse mal. Pintar al hinchado gato blanco de la familia
Blackthorn —Oscar— de azul brillante había sido idea de Emma cuando ambos
tenían siete años. De cualquier forma, Julian había asumido la culpa; solía
hacerlo. Después de todo, había señalado, ella era solo una niña y él el que tenía
siete años; sus padres olvidarían que estuvieron enfadados con él mucho más
rápido que los de ella.
Recordó cuando la madre de él había muerto, justo después del
nacimiento de Tavvy, y cómo Emma había estado de pie sosteniendo la mano
de Jules mientras el cuerpo había ardido en el barranco y el humo elevado hasta
el cielo. Recordó que él había llorado, y recordó pensar que los chicos lloraban
muy diferente que las chicas, con extraños e irregulares sollozos que sonaban
como si estuvieran siendo abiertos con ganchos. Tal vez era peor para ellos
porque se suponía que no lloraban…
—¡Oof! —Emma se tambaleó hacia atrás; había estado tan perdida en la
idea que había chocado justo con el padre de Julian, un hombre alto con el
mismo pelo castaño enmarañado como muchos de sus hijos—. ¡Lo siento, Señor
Blackthorn!
Él sonrió.
—Nunca antes vi a nadie con tanto entusiasmo por ir a dar las lecciones
—dijo mientras ella corría abajo hacia el salón.
La sala de entrenamiento era una de las habitaciones favoritas de Emma
en todo el edificio. Ocupaba casi todo un nivel, y tanto las paredes del Este
como del Oeste eran de cristal claro. Podías ver el mar azul casi desde cualquier
lugar desde el que mirases. La curva de la costa era visible de Norte a Sur, la
infinita agua del Pacífico extendiéndose hacia Hawái.
En el centro del sumamente pulido suelo de madera permanecía de pie el
tutor de la familia Blackthorn, una imponente mujer llamada Katerina,
actualmente comprometida en enseñar a arrojar cuchillos a los gemelos. Livvy
estaba siguiendo las instrucciones atentamente como siempre hacía, pero Ty
estaba frunciendo el ceño y reticente.
Julian, en sus leves ropas sueltas de entrenamiento, estaba yaciendo
sobre la espalda cerca de la ventana Oeste, hablando a Mark, quien tenía la
cabeza metida en un libro y estaba haciendo su mejor esfuerzo por ignorar a su
más joven medio hermano.
—¿No crees que “Mark4” es un tipo de nombre extraño para un Cazador
de Sombras? —estaba diciendo Julian mientras Emma se aproximaba—. Quiero
decir, si realmente piensas en ello. Es confuso. “Pon una Marca en mí, Mark.”
Mark levantó su cabeza rubia del libro que estaba leyendo y miró a su
hermano pequeño. Julian estaba perezosamente dando vueltas a una estela en
su mano. La sostenía como un pincel, algo por lo que Emma siempre estaba
regañándole. Se supone que tienes que sostener una estela como una estela,
como si fuera una extensión de tu mano, no una herramienta de un artista.
Mark suspiró dramáticamente. A los dieciséis años era bastante mayor
que ellos para encontrar todo lo que Emma y Julian hacían tanto irritante como
ridículo.
—Si te importa, puedes llamarme por mi nombre completo —dijo él.
—¿Mark Antony Blackthorn? —Julian arrugó la nariz—. Lleva mucho
tiempo decirlo. ¿Qué pasa si fuéramos atacados por un demonio? Para el
momento que estuviese a mitad de camino de decir tu nombre, estarías muerto.
—¿En esta situación vas a salvarme la vida? —Preguntó Mark—. Sigue
adelante, ¿no crees, mocoso?
—Podría ocurrir. —Julian, no complacido al ser llamado mocoso, se
sentó. Su pelo destacaba en el viento sobre su cabeza. Su hermana mayor,
Helen, siempre estaba atacándole con cepillos para el pelo, pero eso nunca hacía
nada bueno. Él tenía el pelo Blackthorn, como su padre y muchos de sus
hermanos y hermanas, ondas salvajes, del color del chocolate oscuro. La
familiar similitud siempre fascinaba a Emma, quien se parecía muy poco a
alguno de sus padres, a menos que contases el hecho de que su padre era rubio.
Helen había estado en Idris durante meses hasta ahora con su novia,
Aline; habían intercambiado anillos de familia y eran “muy serias” sobre la una
con la otra, de acuerdo con los padres de Emma, lo cual mayormente significaba
que se miraban entre sí de forma muy sentimental. Emma estaba determinada a
que si alguna vez se enamoraba, no sería enamoradiza de esa manera. Entendía
4 Mark en castellano es marca. Julian está usando un juego de palabras para molestar a Mark.
que había cantidad de escándalos sobre el hecho de que tanto Helen como Aline
fuesen chicas, pero no entendía porque, y a los Blackthorn parecía gustarles
mucho Aline. Ella era una presencia tranquilizante, y evitaba que Helen se
preocupara.
La actual ausencia de Helen no significaba que nadie estuviese para
cortar el pelo de Jules, y la luz del sol en la habitación volvió las rizadas puntas
en doradas. Las ventanas a lo largo de la pared del este mostraban el pesado
movimiento circular de las montañas que separaban el mar del Valle San
Fernando —secas y polvorientas colinas atestadas con desfiladeros, cactus y
zarzas. A veces los Cazadores de Sombras iban al exterior a entrenar, y a Emma
le encantaban esos momentos, le encantaba encontrar los caminos escondidos,
las cascadas secretas y las lagartijas durmientes que descansaban sobre las rocas
cercanas a ellas. Julian era experto en la persuasión de lagartijas para atraerlas a
su palma y dormir ahí mientras les frotaba la cabeza con el pulgar.
—¡Cuidado!
Emma se agachó mientras el apuntado cuchillo de madera volaba sobre
su cabeza y rebotaba contra la ventana, golpeando a Mark en la pierna al
rebotar. Él echo abajo el libro y se levantó, gruñendo. Mark técnicamente estaba
en supervisión secundaria, respaldando a Katerina, aunque prefería leer que
enseñar.
—Tiberius —dijo Mark—. No me arrojes cuchillos.
—Fue un accidente. —Livvy se movió para ponerse entre su gemelo y
Mark. Tiberius era tan oscuro como tan claro lo era Mark, el único de los
Blackthorn además de Mark y Helen, quienes no contaban mucho, debido a su
sangre de Subterráneos al no tener el pelo marrón y los ojos verde-azulados que
eran las características de la familia. Ty tenía el pelo rizado corto, y ojos grises
del color del metal.
—No, no lo fue —dijo Ty—. Estaba apuntándote.
Mark dio una exagerada respiración profunda y deslizó las manos a
través de su pelo, el cual se quedó levantado en picos. Mark tenía los ojos
Blackthorn, el color verdín, pero su pelo, como el de Helen, era rubio
blanquecino, como lo había sido el de su madre. El rumor era que la madre de
Mark había sido una princesa de la Corte Seelie; había tenido una aventura con
Andrew Blackthorn la cual había producido dos niños, a los cuales ella había
abandonado en la entrada del Instituto de Los Ángeles una noche antes de
desaparecer para siempre.
El padre de Julian había aceptado a sus hijos medio Hadas y los crió
como Cazadores de Sombras. La sangre de Cazadores de Sombras era
dominante, y a pesar de que al Concejo no le gustaba, aceptarían a los niños con
parte de Subterráneos en la Clave tanto como su piel pudiese tolerar las runas.
Tanto Helen como Mark habían sido runados primero a los diez años, y sus
pieles soportaron las runas con seguridad, aunque Emma podía decir que ser
runado hería a Mark más que a cualquier Cazador de Sombras ordinario. Le vió
doblarse de dolor, a pesar de que intentaba esconderlo, cuando la estela fue
situada en su piel. Últimamente había estado notando muchas cosas sobre Mark
—la manera en que la extraña forma de Hada influenciada de su rostro era
atrayente, y la anchura de sus hombros debajo de las camisetas. No sabía
porque estaba notando esas cosas, y con exactitud no le gustaba. La hacía
querer hablar bruscamente a Mark, o esconderse, a menudo al mismo tiempo.
—Estás mirando —dijo Julian, mirando a Emma sobre las rodillas de sus
pantalones rociados de las herramientas de entrenamiento.
Ella recuperó de inmediato la atención.
—¿A qué?
—A Mark… de nuevo. —Sonó molesto.
—¡Cállate! —siseó Emma en voz baja y agarró su estela. Él la tomo de
regreso, y un forcejeo se produjo. Emma se rió con nerviosismo mientras se
apartaba de Julian. Había estado entrenando con él mucho tiempo, sabía cada
movimiento que él haría antes de que lo hiciese. El único problema era que
estaba inclinada a ser paciente con él. La idea de alguien hiriendo a Julian la
ponía furiosa, y a veces eso la incluía a sí misma.
—¿Esto es por las abejas en tu habitación? —Estaba exigiendo Mark
mientras avanzaba hacia Tiberius—. ¡Sabes por qué tuvimos que deshacernos
de ellas!
—Imagino que lo hiciste para frustrarme —dijo Ty. Ty era pequeño para
su edad –diez años– pero tenía el vocabulario y el estilo de uno de dieciocho. Ty
no decía mentiras normalmente, mayormente porque no entendía porque
podría necesitarlo. No podía entender por qué algunas de las cosas que hacía
molestaban o enfadaban a las personas, y encontró su ira tanto incomprensible
como aterradora, dependiendo de su humor.
—No es sobre frustrarte, Ty. Simplemente no puedes tener abejas en tu
habitación…
—¡Estaba estudiándolas! —explicó Ty, su pálido rostro sonrojándose—.
Era importante, y eran mis amigas, y sabía lo que estaba haciendo.
—¿Al igual que sabías lo que estabas haciendo con la serpiente de
cascabel esa vez? —dijo Mark—. A veces te requisamos cosas porque no
queremos que te hagas daño; sé que es difícil de entender, Ty, pero te
queremos.
Ty lo miró sin comprender. Sabía lo que “te quiero” significaba, y lo
sabía bien, pero no entendía porque era una explicación para todo.
Mark se arrodilló, las manos en las rodillas, manteniendo los ojos al nivel
de los grises de Ty.
—Está bien, aquí está lo que vamos a hacer…
—¡Ja! —Emma se las había arreglado para voltear a Julian sobre su
espalda y forzar la estela a distancia de él. Él se rió, retorciéndose debajo de ella,
hasta que ella sujetó su brazo en el suelo.
—Me rindo, —dijo él—. Me ri…
Estaba riéndose de ella, y ella de repente fue atacada con la comprensión
de la sensación de que yacer directamente sobre Jules era en realidad un poco
extraño, y también del entendimiento de que, como Mark, él tenía una bonita
forma para su cara. Redondeada, juvenil y realmente familiar, pero podía ver a
través de la cara que él tenía ahora a la cara que él tendría, cuando fuera más
mayor.
El sonido del timbre del instituto hizo eco por toda la habitación. Era un
profundo, dulce y repiqueteante sonido, como las campanas de la iglesia. Desde
el exterior, el Instituto se veía para los ojos mundanos como las ruinas de un
antiguo objetivo español. A pesar de que había señales de PROPIEDAD
PRIVADA y NO ENTRAR pegadas por todos lados, algunas veces las personas
—normalmente mundanos con una leve dosis de la Visión— se las arreglaban
para deambular por la puerta delantera de cualquier manera.
Emma se apartó de Julian y se alisó la ropa. Había parado de reír. Julian
se levantó, apoyándose sobre las manos, sus ojos curiosos.
—¿Todo bien? —dijo él.
—Me golpeé el hombro —mintió ella, y miró a los otros. Livvy estaba
permitiendo a Katrina mostrarle como sostener el cuchillo, y Ty estaba
sacudiendo la cabeza hacia Mark. Ty. Ella había sido la única en darle a Tiberius
ese apodo cuando nació, porque a los dieciocho meses no había sido capaz de
decir “Tiberius” y en su lugar le había llamado “Ty-Ty.” A veces se preguntaba
si él lo recordaba. Era extraño, las cosas que preocupaban a Ty y las que no lo
hacían. No podías predecirlas.
—¿Emma? —Julian se inclinó hacia adelante, y todo pareció explotar
alrededor de ellos. Hubo un repentino destello enorme de luz, y el mundo al
exterior de la ventana se volvió dorado blanquecino y rojo, como si el Instituto
se hubiese quedado atrapado en un incendio. Al mismo tiempo el suelo debajo
de ellos se balanceó como la cubierta de un barco. Emma se deslizó hacia
adelante justo cuando un terrible grito se elevó del piso de abajo, un horrible
grito irreconocible.
Livvy jadeó y fue por Ty, envolvió los brazos alrededor de él como si
pudiese rodear y proteger su cuerpo con el suyo. Livvy era una de las muy
pocas personas a las que a Ty no le molestaba que le tocara; él se puso de pie
con los ojos amplios, una de las manos metida en la manga de la camisa de su
hermana. Mark se había puesto ya de pie; Katerina estaba pálida bajo sus bucles
de pelo negro.
—Vosotros os quedáis aquí —dijo ella a Emma y a Julian, sacando la
espada de la vaina en su cintura—. Cuidad de los gemelos. Mark, ven conmigo.
—¡No! —dijo Julian, poniéndose de pie—. Mark...
—Estaré bien, Jules —dijo Mark con una sonrisa tranquilizadora; ya tenía
una daga en cada mano. Era bastante rápido con los cuchillos y su puntería era
infalible—. Quédate con Emma —dijo, asintiendo hacia ambos, y luego se
desvaneció detrás de Katerina, la puerta de la sala de entrenamiento cerrándose
detrás de ellos.
Jules se acercó a Emma, deslizó su mano en la de ella y la ayudó a
ponerse de pie; ella quería señalarle que estaba bien y que podía valerse por sí
misma, pero lo dejó pasar. Entendió la necesidad de sentirse como si estuviera
haciendo algo, cualquier cosa para ayudar. De repente otro grito se levantó de
la planta baja; ahí estaba el sonido del cristal rompiéndose. Emma se apresuró a
cruzar la habitación hacia los gemelos; aún eran mortales, como pequeñas
estatuas. Livvy estaba pálida, Ty se aferraba a su camisa con un apretón de
muerte.
—Todo va a estar bien —dijo Jules, poniendo la mano entre los delgados
omoplatos de su hermano—. Sea lo que sea que sea...
—No tienes ni idea de lo que es —dijo Ty con voz cortante—. No puedes
decir que va a estar bien. No lo sabes.
Entonces hubo otro ruido. Fue un sonido peor que el de un grito. Fue un
aullido terrible, salvaje y cruel. ¿Hombres lobo? Pensó Emma con asombro, pero
había escuchado los aullidos de los hombres lobo antes; esto era algo mucho
más oscuro y cruel.
Livvy se acurrucó contra el hombro de Ty. El levantó su carita blanca,
sus ojos siguiendo de Emma para descansar en Julian.
—Si nos escondemos aquí —dijo Ty—, y lo que sea nos encuentra y hace
daño a nuestra hermana, entonces será su culpa.
El rostro de Livvy estaba oculto contra Ty; él había hablado en voz baja,
pero Emma no tenía ninguna duda de que hablaba en serio. Por todo el
intelecto aterrador de Ty, por toda su extrañeza e indiferencia hacia los demás,
era inseparable de su gemela. Si Livvy estaba enferma, Ty dormía a los pies de
su cama; si ella tenía un rasguño, él entraba en pánico, y era lo mismo en la otra
forma.
Emma vio las emociones conflictivas que los perseguían a todos a través
del rostro de Julian —sus ojos buscaron los de ella, y ella asintió
minuciosamente. La idea de estar en la sala de entrenamiento y esperando que
lo que fuera que hubiera hecho que el sonido se acercara a ellos, hizo que
sintiera como si su piel se estuviera despegando de sus huesos.
Julian cruzó la habitación y regresó con una ballesta y dos dagas.
—Tienes que soltar a Livvy ahora, Ty —dijo, y después de un momento,
los gemelos se separaron. Jules tendió a Livvy una daga y le ofreció la otra a
Tiberius, quien la miró como si fuera un artefacto alienígena—. Ty —dijo Jules,
dejando caer la mano—. ¿Por qué tenías las abejas en tu habitación? ¿Qué es lo
que te gusta de ellas?
Ty no dijo nada.
—Te gusta la forma en que trabajan juntas, ¿verdad? —dijo Julian—.
Bueno, ahora tenemos que trabajar juntos. Vamos a llegar hasta la oficina y
hacer una llamada a la Clave, ¿está bien? Una llamada de emergencia. Entonces
ellos enviarán refuerzos para protegernos.
Ty extendió la mano para tomar la daga con un gesto brusco.
—Eso es lo que habría sugerido yo si Mark y Katerina me hubieran
escuchado.
—Él lo habría hecho —dijo Livvy. Había tomado la daga con más
confianza que Ty, y la sostenía como si supiera lo que estaba haciendo con la
hoja—. Es lo que él estaba pensando.
—Vamos a tener que ser muy silencios ahora —dijo Jules—. Vosotros dos
me vais a seguir hasta la oficina. —Levantó los ojos; su mirada se encontró con
la de Emma—. Emma va a ir a buscar a Tavvy y a Dru y nos encontraremos allí.
¿De acuerdo?
El corazón de Emma se abatió y se desplomó como un ave marina.
Octavius—Tavvy, el único bebé de sólo dos años. Y Dru, de ocho, demasiado
jóvenes para empezar el entrenamiento físico. Por supuesto que alguien iba a
tener que ir a por ellos. Y los ojos de Jules se lo estaban pidiendo.
—Sí —dijo ella—. Eso es exactamente lo que voy a hacer.
Cortana estaba atada a la espalda de Emma, un cuchillo de lanzar en su
mano. Ella pensó que podía sentir el latido del metal pulsando en sus venas
como un latido del corazón mientras se deslizaba por los pasillos del Instituto,
de espaldas a la pared. De cuando en cuando el pasillo se abriría fuera hacia las
ventanas, y la vista del mar azul, las verdes montañas y las pacíficas nubes
blancas se burlarían de ella. Pensó en sus padres, en algún lugar en la playa, sin
tener idea de lo que estaba ocurriendo en el Instituto. Deseó que estuvieran ahí,
y al mismo tiempo estaba contenta de que no lo estuvieran. Por lo menos
estaban a salvo.
Ella ahora se encontraba en la parte del Instituto con la que estaba más
familiarizada: las habitaciones de la familia. Pasó junto al dormitorio vacío de
Helen, ropa empaquetada y su polvoriento cubrecama. Pasó por la habitación
de Julian, familiar por un millón de fiestas de pijama, y la de Mark, la puerta
firmemente cerrada. La habitación de al lado era del Señor Blackthorn, y justo al
lado de ésta estaba la guardería. Emma tomó un profundo respiro y abrió la
puerta con el hombro.
Lo visión que encontraron sus ojos en la pequeña habitación pintada de
azul los hizo ampliarse. Tavvy estaba en su cuna, sus pequeñas manos
agarrando las barras, las mejillas rojo brillante de tanto gritar. Drusilla de pie
frente a la cuna, con una espada —el Ángel sabía dónde la había conseguido—
aferrada en su mano; estaba apuntada directamente hacia Emma. La mano de
Dru estaba temblando lo suficiente para que la punta de la espada estuviera
bailando alrededor; sus trenzas pegadas a ambos lados de su cara regordeta,
pero la mirada en sus ojos Blackthorn tenía una de determinación de acero: No
te atrevas a tocar a mi hermano.
—Dru —dijo Emma con tanta suavidad como pudo—. Dru, soy yo. Jules
me ha enviado por vosotros.
Dru dejó caer la espada con un repiqueteo y se echó a llorar. Emma la
pasó y tomó al bebé de la cuna con su brazo libre, sosteniéndolo sobre la cadera.
Tavvy era pequeño para su edad pero aun así pesaba unas buenas veinticinco
libras; ella hizo una pequeña mueca mientras él le agarraba el pelo.
—Memma —dijo.
—Shush. —Besó la parte superior de su cabeza. Olía a talco de bebé y
lágrimas—. Dru, agarra mi cinturón, ¿sí? Vamos a la oficina. Allí estaremos a
salvo.
Dru agarró del cinturón que sostenía las armas de Emma con sus
pequeñas manos; ya había parado de llorar. Los Cazadores de Sombras no
lloraban mucho, incluso cuando tenían ocho años.
Emma condujo la marcha hacia el vestíbulo. Los sonidos de abajo ahora
eran peores. Los gritos todavía continuaban, el aullido profundo, los sonidos de
cristales rompiéndose y de madera agrietándose. Emma avanzó hacia adelante,
agarrando a Tavvy, murmurando una y otra vez que todo estaba bien, que él
estarían bien. Y había más ventanas, y el sol brillaba a través de ellas con saña,
casi cegándola.
Estaba cegada por el pánico y el sol; era la única explicación para haberse
equivocado en el siguiente giro. Dio la vuelta por un pasillo, y en lugar de
encontrarse en el pasillo que esperaba, se encontró de pie en lo alto de la amplia
escalera que conducía al vestíbulo y las grandes puertas dobles que eran la
entrada del edificio.
El vestíbulo estaba lleno de Cazadores de Sombras. Algunos, familiares
como los Nefilim de la Cónclave de Los Ángeles, de negro, otros de traje rojo.
Había filas de estatuas, ahora volcadas, en trozos y en polvo en el suelo. El
ventanal que daba al mar había sido destrozado, los cristales rotos y la sangre
estaba por todas partes.
Emma sintió una sacudida de enfermedad en el estómago. En medio del
vestíbulo había una alta figura escarlata. Era rubio pálido, casi de pelo blanco, y
su rostro parecía el rostro de Raziel tallado en mármol, solo que carecía por
completo de misericordia. Sus ojos eran de carbón negro, en una mano llevaba
una espada sellada con un modelo de estrellas y en la otra, una copa hecha de
reluciente adamas.
La visión de la copa desencadenó algo en la mente de Emma. A los
adultos no les gustaba hablar de política alrededor de los Cazadores de
Sombras más jóvenes, pero ella sabía que el hijo de Valentine Morgenstern
había tomado un nombre diferente y jurado venganza contra la Clave. Sabía
que había hecho una copa que era lo contrario a la Copa del Ángel, que
convertía a los Cazadores de Sombras en malvadas y demoníacas criaturas.
Había oído al Señor Blackthorn llamarlos Cazadores de Sombras malvados, los
Cazadores Oscuros; había dicho que prefería morir antes que ser uno.
Entonces, ahí estaba él. Jonathan Morgenstern, a quien todo el mundo
llamaba Sebastian—una figura sacada de un cuento de Hadas, una historia
contada para asustar a los niños, cobraba vida. El hijo de Valentine.
Emma puso una mano en la parte trasera de la cabeza de Tavvy,
presionando su cara contra su hombro. No podía moverse. Se sentía como si
pesas de plomo se unieran a sus pies. Todos alrededor de Sebastian eran
Cazadores de Sombras en rojo y negro, y figuras en capas oscuras —¿También
eran Cazadores de Sombras? No podía decirlo— sus rostros estaban
escondidos, y ahí estaba Mark, sus manos sosteniéndose detrás de la espalda
por un Cazador de Sombras vestido de rojo. La daga yacía a sus pies, y había
sangre en sus ropas de entrenamiento.
Sebastian levantó una mano y dobló un largo dedo blanco.
—Traedla —dijo él; hubo un susurro en la multitud, y el Señor
Blackthorn dio un paso adelante, llevando a Katerina con él. Ella estaba
asustada, golpeándole con las manos, pero él era demasiado fuerte. Emma
observó con creciente horror como el Señor Blackthorn la empujaba sobre las
rodillas.
—Ahora —dijo Sebastian en una voz como la seda—, bebe de la Copa
Infernal, —y forzó el borde de la copa entre los dientes de Katerina.
Ahí fue cuando Emma averiguó lo que era el ruidoso aullido que había
escuchado antes. Katerina intentaba liberarse, pero Sebastian era demasiado
fuerte; atoró la copa para pasar por los labios de ella, y Emma la vio jadear y
tragar. Se apartó, y esta vez el Señor Blackthorn se lo permitió; él estaba riendo,
al igual que Sebastian. Katerina cayó al suelo, su cuerpo en espasmos, y de su
garganta salió un solo grito —peor que un grito, un aullido de dolor como si su
alma estuviese siéndole arrebatada del cuerpo.
Una risa fue alrededor de la habitación; Sebastian sonrió, y había algo
horrible y hermoso en él, de la forma que había algo horrible y hermoso sobre
las serpientes venenosas y los grandes tiburones blancos. Emma fue consciente
de que estaba flanqueado por dos acompañantes: una mujer con un canoso pelo
castaño, un hacha en sus manos, y una alta figura completamente envuelta en
una gabardina negra. Ninguna parte de él era visible excepto las oscuras botas
que mostraban el dobladillo debajo de la gabardina. Solo el peso y la
respiración le hacían pensar que era un hombre.
—¿Es este el ultimo Cazador de Sombras aquí? —Preguntó Sebastian.
—Ahí está el chico, Mark Blackthorn —dijo la mujer de pie a su lado,
levantando un dedo y señalando a Mark—. Debería ser lo suficientemente
mayor.
Sebastian miró a Katerina, quien había parado de espasmear y yació
tranquila, su pelo negro entrelazado por su rostro.
—Levántate, hermana Katerina —dijo él—. Ve y tráeme a Mark
Blackthorn.
Emma observó, arraigada en el lugar, como Katerina se ponía lentamente
de pie. Katerina había sido la tutora en el Instituto durante tanto tiempo como
Emma podía recordar; había sido su profesora cuando Tavvy había nacido,
cuando la madre de Jules había muerto, cuando Emma había comenzado su
primer entrenamiento físico. Le había enseñado lenguajes, limitar los cortes,
alivió los arañazos y les dio sus primeras armas; había sido como de la familia,
y ahora ella avanzaba, con los ojos en blanco, a través del caos del suelo y
extendía el brazo para sujetar a Mark.
Dru dio un jadeo, trayendo de golpe a Emma de regreso a la conciencia.
Emma giró, y situó a Tavvy en los brazos de Dru; Dru se tambaleó un poco y
entonces se recuperó, cogiendo con fuerza a su hermano bebé.
—Corre —dijo Emma—. Corre a la oficina. Dile a Julian que estaré ahí.
Algo de la urgencia en la voz de Emma se comunicó; Drusilla no
discutió, solo apretó a Tavvy con más fuerza y huyó, sus piececitos desnudos
sin hacer ruido sobre los suelos de los pasillos. Emma volvió a mirar abajo al
desenvuelto horror. Katerina estaba detrás de Mark, empujándolo adelante, una
daga presionada en el espacio entre sus amplios hombros. Él se tambaleó y casi
tropezó adelante frente a Sebastian; Mark ahora estaba cerca de las escaleras, y
Emma podía ver que había estado luchando. Había heridas defensivas en sus
muñecas y manos, cortes en su rostro, y sin duda ahí habría sido el momento
para las runas de curación. Había sangre por toda su mejilla derecha; Sebastian
lo miró, los labios curvándose en proclamación.
—Este no es del todo Nefilim —dijo—. Parte Hada, ¿estoy en lo cierto?
¿Por qué no fui informado?
Hubo un murmullo. La mujer de pelo castaño dijo:
—¿Eso significa que la Copa no funcionará en él, Lord Sebastian?
—Significa que no lo quiero —dijo Sebastian.
—Podemos llevarlo al valle de la sal —dijo la mujer de pelo castaño—. O
a los altos lugares de Edom, y sacrificarlo ahí por el placer de Asmodeus y
Lilith.
—No —dijo Sebastian lentamente—. No, no sería sensato, creo, hacer eso
a alguien con la sangre de la Corte de las Hadas.
Mark le escupió.
Sebastian lo miró sorprendido. Se giró hacia el padre de Julian.
—Ven y sujétalo —dijo—. Hiérele si lo deseas. Debería tener solo mucha
paciencia con tu hijo de media semilla.
El Señor Blackthorn dio un paso adelante, sosteniendo un sable. La hoja
estaba ya manchada con sangre. Los ojos de Mark se ampliaron con horror. La
espada se levantó…
El cuchillo cayendo dejó la mano de Emma. Voló por el aire, y se enterró
en el pecho de Sebastian Morgenstern.
Sebastian tropezó hacia atrás y la espada en la mano del Señor
Blackthorn cayó a un lado. Los otros estaban sollozando; Mark se precipito a
ponerse de pie mientras Sebastian miraba la espada en su pecho, el mango
saliendo de su corazón. Frunció el ceño.
—Ouch —dijo y liberó el cuchillo. La espada estaba resbaladiza con
sangre, pero Sebastian parecía sin preocupación por la herida. Lanzó el arma a
un lado, mirando arriba. Emma sintió esos oscuros y vacíos ojos en ella, como el
toque de dedos fríos. Le sintió tomar medida de ella, sopesarla y conocerla, y
descartarla.
—Es una pena que no vivirás —le dijo a ella—. Vivir para decir a la
Clave que Lilith me ha fortalecido más allá de toda medida. Tal vez Gloriosa
terminará con mi vida. Una misericordia para los Nefilim que no tienen más
favores que puedan pedir al Cielo, y ninguno de los débiles instrumentos de
guerras que forjan en su Ciudadela de Adamante pueden herirme ahora. —Se
giró hacia los otros—. Matad a la chica —exigió, golpeando a su ahora
sangrienta chaqueta con repugnancia.
Emma vió a Mark lanzarse hacia las escaleras, intentando llegar a ella
primero, pero la oscura figura al lado de Sebastian ya había sujetado a Mark y
estaba atrayéndolo hacia abajo con las manos enguantadas de negro; esos
brazos fueron alrededor de Mark, le sostuvieron, casi como si estuvieran
protegiéndolo. Mark estaba en puros, y entonces fue perdido de la vista de
Emma mientras los Cazadores Oscuros subían por las escaleras.
Emma dio la vuelta y corrió. Había aprendido a correr en las playas de
California, donde la arena se movía bajo sus pies con cada paso, al continuar en
un suelo solido mientras era tan rápida como el viento. Se precipitó por el
pasillo, su pelo volando detrás de ella, saltó un pequeño conjunto de escalones,
viró a la derecha, y se metió en la oficina. Golpeó la puerta detrás de ella y
arrojó la cerradura antes de girarse para mirar.
La oficina era una habitación de gran tamaño, las paredes alineadas con
libros de referencia. Había otra biblioteca en la planta superior también, pero
esta era donde el Señor Blackthorn había llevado el Instituto. Había un
escritorio de caoba, y sobre él dos teléfonos: uno blanco y otro negro. El
recibidor estaba fuera del gancho del teléfono negro, y Julian estaba
sosteniendo el mango, gritando por la línea:
—¡Tenéis que mantener el Portal abierto! ¡Aún no estamos a salvo! ¡Por
favor…!
La puerta detrás de Emma tronó e hizo eco mientras los Cazadores
Oscuros se agolpaban contra ella; Julian miró arriba con alarma, y el recibidor
cayó de sus dedos mientras vio a Emma. Ella le devolvió la mirada, y la pasó
hacia donde toda la pared oriental estaba brillando. En el centro había un
Portal, un agujero de forma rectangular en la pared por la cual Emma podía ver
formas plateadas girando, un caos de nubes y viento.
Se tambaleó hacia Julian, y él la cogió por los hombros. Sus dedos
agarraron su piel con fuerza, como si no pudiese creer que ella estuviese ahí, o
real.
—Emma —exhaló, y entonces su voz retomó la velocidad—. Em, ¿dónde
está Mark? ¿Dónde está mi padre?
Ella sacudió la cabeza.
—No pueden… no pude… —tragó—. Es Sebastian Morgenstern —dijo, y
brincó cuando la puerta tembló de nuevo bajo otro asalto— tenemos que
regresar por ellos… —dijo, girándose, pero la mano de Julian ya estaba
alrededor de su muñeca.
—¡El Portal! —Gritó sobre el sonido del viento y el martilleo de la
puerta—. ¡Va a Idris! ¡La Clave lo abrió! Emma… ¡va a permanecer abierto
durante otros pocos segundos!
—¡Pero Mark! —dijo ella, aunque no tenía ni idea de lo que podían hacer,
como podían luchar por su camino para pasar a los Cazadores Oscuros
amontonándose en el pasillo, como podían luchar contra Sebastian
Morgenstern, quien era más poderoso que cualquier Cazador de Sombras
normal—. Tenemos…
—¡Emma! —gritó Julian, y entonces la puerta se abrió y los Cazadores
Oscuros irrumpieron en la habitación. Escuchó a la mujer de pelo castaño gritar
detrás de ella, algo sobre que los Nefilim arderían, todos arderían en las llamas
de Edom, arderían, morirían y serían destruidos…
Julian fue corriendo hacia el Portal, llevando a Emma por una mano;
después de otra aterrorizada mirada detrás de sí, ella le permitió tirar de ella. Se
agachó cuando una flecha los pasaba y golpeaba contra una ventana a su
derecha. Julian la agarró frenéticamente, envolviendo los brazos alrededor de
ella; ella sintió sus dedos amarrados a la parte trasera de su camisa mientras
caían dentro del Portal y eran tragados por la tempestad
frustrado por sus padres— para ver si la vista se estiraba todo el camino hacia
el desierto en el sur.
Las puertas delanteras la conocían y le dieron un fácil acceso bajo su
toque familiar. La entrada y las plantas bajas del Instituto estaban llenas de
Cazadores de Sombras adultos, caminando de atrás a adelante. Algún tipo de
reunión, imaginó Emma. Captó la visión del padre de Julian, Andrew
Blackthorn, el líder del Instituto, en medio de la multitud. Sin querer ser
frenada por los saludos, corrió por el vestuario en el segundo piso, donde se
cambió de pantalones y camiseta por ropa de entrenamiento —camiseta
demasiado grande, pantalones sueltos de algodón, y el artículo más importante:
el cuchillo colgado sobre sus hombros.
Cortana: El nombre simplemente significaba “espada corta,” pero no
significaba corta para Emma. Era de la longitud de su antebrazo, metal
centelleante, la hoja inscrita con las palabras que nunca fallaban para provocar
que un temblor bajase por su espina dorsal: Soy Cortana1
, del mismo acero y
temperamento que Joyeuse2 y Durandal3
. Su padre le había explicado lo que
significaba cuando puso la espada por primera vez en sus manos a los diez
años.
—Puedes usar esto para entrenar hasta que tengas dieciocho años,
cuando se convierte en tuya —había dicho John Carstairs, sonriéndole mientras
los dedos de ella trazaban las palabras—. ¿Entiendes lo que significa?
1 Cortana: Espada hecha por el primer creador de armas para Cazador de Sombras, Wayland
the Smith, que contiene una pluma del ala del Ángel. Su primer portador notable fue Jonah
Carstairs, quien la heredó de generación en generación.
2 Joyeuse: La tradición atribuye que fue la espada personal de Carlomagno.
3 Durandal: Es la espada de Roland, el paladín de Carlomagno en la serie literaria conocida
como Materia de Francia.
Ella había sacudido la cabeza. Había entendido “Acero,” pero no
“temperamento.” “Temperamento” significaba “furia,” algo sobre lo que su
padre siempre estaba advirtiéndole que debería controlar. ¿Qué tenía que ver
con un cuchillo?
—Sabes sobre la familia Wayland —había dicho él—. Fueron creadores
de armas famosas antes de que las Hermanas de Hierro comenzasen a forjar
todas las espadas de los Cazadores de Sombras. Wayland el Smith hizo a
Excalibur y Joyeuse, las espadas de Arthur y Lancelot, y Durendal, la espada
del héroe Roland. Y también hicieron esta espada, del mismo acero. Todo el
acero debe ser templado, sujeto por el gran calor, casi lo bastante para derretir o
destruir el metal, para hacerlo más fuerte. —Él había besado la parte superior
de su cabeza—. Los Carstairs han llevado esta espada durante generaciones. La
inscripción nos recuerda que los Cazadores de Sombras somos las armas del
Ángel. Nos templan en el fuego, y nos hacemos más fuertes. Cuando nosotros
sufrimos, sobrevivimos.
Emma difícilmente podría esperar los seis años hasta que tuviera
dieciocho, cuando podría viajar al mundo para enfrentar a demonios, cuando
podría ser templada en el fuego. Ahora sujetó la espada a la izquierda del
vestuario, imaginando como sería. En su imaginación estaba de pie en lo alto de
los peñascos sobre el mar en Point Dume, ahuyentando a un cuadro de
demonios Raum con Cortana. Julian estaba con ella, por supuesto, blandiendo
su arma favorita, la ballesta.
En la mente de Emma, Jules siempre estaba ahí. Emma le había conocido
tanto tiempo como podía recordar. Los Blackthorn y los Carstairs siempre
habían sido cercanos, y Jules era solo unos pocos meses mayor; ella literalmente
nunca vivió en un mundo sin él en él. Había aprendido a nadar en el océano
con él cuando ambos habían sido bebés. Habían aprendido a caminar y después
a correr juntos. Ella había sido llevada en los brazos de los padres de él y
acorralada por su hermano y hermana mayor cuando se comportaba mal.
Y solían portarse mal. Pintar al hinchado gato blanco de la familia
Blackthorn —Oscar— de azul brillante había sido idea de Emma cuando ambos
tenían siete años. De cualquier forma, Julian había asumido la culpa; solía
hacerlo. Después de todo, había señalado, ella era solo una niña y él el que tenía
siete años; sus padres olvidarían que estuvieron enfadados con él mucho más
rápido que los de ella.
Recordó cuando la madre de él había muerto, justo después del
nacimiento de Tavvy, y cómo Emma había estado de pie sosteniendo la mano
de Jules mientras el cuerpo había ardido en el barranco y el humo elevado hasta
el cielo. Recordó que él había llorado, y recordó pensar que los chicos lloraban
muy diferente que las chicas, con extraños e irregulares sollozos que sonaban
como si estuvieran siendo abiertos con ganchos. Tal vez era peor para ellos
porque se suponía que no lloraban…
—¡Oof! —Emma se tambaleó hacia atrás; había estado tan perdida en la
idea que había chocado justo con el padre de Julian, un hombre alto con el
mismo pelo castaño enmarañado como muchos de sus hijos—. ¡Lo siento, Señor
Blackthorn!
Él sonrió.
—Nunca antes vi a nadie con tanto entusiasmo por ir a dar las lecciones
—dijo mientras ella corría abajo hacia el salón.
La sala de entrenamiento era una de las habitaciones favoritas de Emma
en todo el edificio. Ocupaba casi todo un nivel, y tanto las paredes del Este
como del Oeste eran de cristal claro. Podías ver el mar azul casi desde cualquier
lugar desde el que mirases. La curva de la costa era visible de Norte a Sur, la
infinita agua del Pacífico extendiéndose hacia Hawái.
En el centro del sumamente pulido suelo de madera permanecía de pie el
tutor de la familia Blackthorn, una imponente mujer llamada Katerina,
actualmente comprometida en enseñar a arrojar cuchillos a los gemelos. Livvy
estaba siguiendo las instrucciones atentamente como siempre hacía, pero Ty
estaba frunciendo el ceño y reticente.
Julian, en sus leves ropas sueltas de entrenamiento, estaba yaciendo
sobre la espalda cerca de la ventana Oeste, hablando a Mark, quien tenía la
cabeza metida en un libro y estaba haciendo su mejor esfuerzo por ignorar a su
más joven medio hermano.
—¿No crees que “Mark4” es un tipo de nombre extraño para un Cazador
de Sombras? —estaba diciendo Julian mientras Emma se aproximaba—. Quiero
decir, si realmente piensas en ello. Es confuso. “Pon una Marca en mí, Mark.”
Mark levantó su cabeza rubia del libro que estaba leyendo y miró a su
hermano pequeño. Julian estaba perezosamente dando vueltas a una estela en
su mano. La sostenía como un pincel, algo por lo que Emma siempre estaba
regañándole. Se supone que tienes que sostener una estela como una estela,
como si fuera una extensión de tu mano, no una herramienta de un artista.
Mark suspiró dramáticamente. A los dieciséis años era bastante mayor
que ellos para encontrar todo lo que Emma y Julian hacían tanto irritante como
ridículo.
—Si te importa, puedes llamarme por mi nombre completo —dijo él.
—¿Mark Antony Blackthorn? —Julian arrugó la nariz—. Lleva mucho
tiempo decirlo. ¿Qué pasa si fuéramos atacados por un demonio? Para el
momento que estuviese a mitad de camino de decir tu nombre, estarías muerto.
—¿En esta situación vas a salvarme la vida? —Preguntó Mark—. Sigue
adelante, ¿no crees, mocoso?
—Podría ocurrir. —Julian, no complacido al ser llamado mocoso, se
sentó. Su pelo destacaba en el viento sobre su cabeza. Su hermana mayor,
Helen, siempre estaba atacándole con cepillos para el pelo, pero eso nunca hacía
nada bueno. Él tenía el pelo Blackthorn, como su padre y muchos de sus
hermanos y hermanas, ondas salvajes, del color del chocolate oscuro. La
familiar similitud siempre fascinaba a Emma, quien se parecía muy poco a
alguno de sus padres, a menos que contases el hecho de que su padre era rubio.
Helen había estado en Idris durante meses hasta ahora con su novia,
Aline; habían intercambiado anillos de familia y eran “muy serias” sobre la una
con la otra, de acuerdo con los padres de Emma, lo cual mayormente significaba
que se miraban entre sí de forma muy sentimental. Emma estaba determinada a
que si alguna vez se enamoraba, no sería enamoradiza de esa manera. Entendía
4 Mark en castellano es marca. Julian está usando un juego de palabras para molestar a Mark.
que había cantidad de escándalos sobre el hecho de que tanto Helen como Aline
fuesen chicas, pero no entendía porque, y a los Blackthorn parecía gustarles
mucho Aline. Ella era una presencia tranquilizante, y evitaba que Helen se
preocupara.
La actual ausencia de Helen no significaba que nadie estuviese para
cortar el pelo de Jules, y la luz del sol en la habitación volvió las rizadas puntas
en doradas. Las ventanas a lo largo de la pared del este mostraban el pesado
movimiento circular de las montañas que separaban el mar del Valle San
Fernando —secas y polvorientas colinas atestadas con desfiladeros, cactus y
zarzas. A veces los Cazadores de Sombras iban al exterior a entrenar, y a Emma
le encantaban esos momentos, le encantaba encontrar los caminos escondidos,
las cascadas secretas y las lagartijas durmientes que descansaban sobre las rocas
cercanas a ellas. Julian era experto en la persuasión de lagartijas para atraerlas a
su palma y dormir ahí mientras les frotaba la cabeza con el pulgar.
—¡Cuidado!
Emma se agachó mientras el apuntado cuchillo de madera volaba sobre
su cabeza y rebotaba contra la ventana, golpeando a Mark en la pierna al
rebotar. Él echo abajo el libro y se levantó, gruñendo. Mark técnicamente estaba
en supervisión secundaria, respaldando a Katerina, aunque prefería leer que
enseñar.
—Tiberius —dijo Mark—. No me arrojes cuchillos.
—Fue un accidente. —Livvy se movió para ponerse entre su gemelo y
Mark. Tiberius era tan oscuro como tan claro lo era Mark, el único de los
Blackthorn además de Mark y Helen, quienes no contaban mucho, debido a su
sangre de Subterráneos al no tener el pelo marrón y los ojos verde-azulados que
eran las características de la familia. Ty tenía el pelo rizado corto, y ojos grises
del color del metal.
—No, no lo fue —dijo Ty—. Estaba apuntándote.
Mark dio una exagerada respiración profunda y deslizó las manos a
través de su pelo, el cual se quedó levantado en picos. Mark tenía los ojos
Blackthorn, el color verdín, pero su pelo, como el de Helen, era rubio
blanquecino, como lo había sido el de su madre. El rumor era que la madre de
Mark había sido una princesa de la Corte Seelie; había tenido una aventura con
Andrew Blackthorn la cual había producido dos niños, a los cuales ella había
abandonado en la entrada del Instituto de Los Ángeles una noche antes de
desaparecer para siempre.
El padre de Julian había aceptado a sus hijos medio Hadas y los crió
como Cazadores de Sombras. La sangre de Cazadores de Sombras era
dominante, y a pesar de que al Concejo no le gustaba, aceptarían a los niños con
parte de Subterráneos en la Clave tanto como su piel pudiese tolerar las runas.
Tanto Helen como Mark habían sido runados primero a los diez años, y sus
pieles soportaron las runas con seguridad, aunque Emma podía decir que ser
runado hería a Mark más que a cualquier Cazador de Sombras ordinario. Le vió
doblarse de dolor, a pesar de que intentaba esconderlo, cuando la estela fue
situada en su piel. Últimamente había estado notando muchas cosas sobre Mark
—la manera en que la extraña forma de Hada influenciada de su rostro era
atrayente, y la anchura de sus hombros debajo de las camisetas. No sabía
porque estaba notando esas cosas, y con exactitud no le gustaba. La hacía
querer hablar bruscamente a Mark, o esconderse, a menudo al mismo tiempo.
—Estás mirando —dijo Julian, mirando a Emma sobre las rodillas de sus
pantalones rociados de las herramientas de entrenamiento.
Ella recuperó de inmediato la atención.
—¿A qué?
—A Mark… de nuevo. —Sonó molesto.
—¡Cállate! —siseó Emma en voz baja y agarró su estela. Él la tomo de
regreso, y un forcejeo se produjo. Emma se rió con nerviosismo mientras se
apartaba de Julian. Había estado entrenando con él mucho tiempo, sabía cada
movimiento que él haría antes de que lo hiciese. El único problema era que
estaba inclinada a ser paciente con él. La idea de alguien hiriendo a Julian la
ponía furiosa, y a veces eso la incluía a sí misma.
—¿Esto es por las abejas en tu habitación? —Estaba exigiendo Mark
mientras avanzaba hacia Tiberius—. ¡Sabes por qué tuvimos que deshacernos
de ellas!
—Imagino que lo hiciste para frustrarme —dijo Ty. Ty era pequeño para
su edad –diez años– pero tenía el vocabulario y el estilo de uno de dieciocho. Ty
no decía mentiras normalmente, mayormente porque no entendía porque
podría necesitarlo. No podía entender por qué algunas de las cosas que hacía
molestaban o enfadaban a las personas, y encontró su ira tanto incomprensible
como aterradora, dependiendo de su humor.
—No es sobre frustrarte, Ty. Simplemente no puedes tener abejas en tu
habitación…
—¡Estaba estudiándolas! —explicó Ty, su pálido rostro sonrojándose—.
Era importante, y eran mis amigas, y sabía lo que estaba haciendo.
—¿Al igual que sabías lo que estabas haciendo con la serpiente de
cascabel esa vez? —dijo Mark—. A veces te requisamos cosas porque no
queremos que te hagas daño; sé que es difícil de entender, Ty, pero te
queremos.
Ty lo miró sin comprender. Sabía lo que “te quiero” significaba, y lo
sabía bien, pero no entendía porque era una explicación para todo.
Mark se arrodilló, las manos en las rodillas, manteniendo los ojos al nivel
de los grises de Ty.
—Está bien, aquí está lo que vamos a hacer…
—¡Ja! —Emma se las había arreglado para voltear a Julian sobre su
espalda y forzar la estela a distancia de él. Él se rió, retorciéndose debajo de ella,
hasta que ella sujetó su brazo en el suelo.
—Me rindo, —dijo él—. Me ri…
Estaba riéndose de ella, y ella de repente fue atacada con la comprensión
de la sensación de que yacer directamente sobre Jules era en realidad un poco
extraño, y también del entendimiento de que, como Mark, él tenía una bonita
forma para su cara. Redondeada, juvenil y realmente familiar, pero podía ver a
través de la cara que él tenía ahora a la cara que él tendría, cuando fuera más
mayor.
El sonido del timbre del instituto hizo eco por toda la habitación. Era un
profundo, dulce y repiqueteante sonido, como las campanas de la iglesia. Desde
el exterior, el Instituto se veía para los ojos mundanos como las ruinas de un
antiguo objetivo español. A pesar de que había señales de PROPIEDAD
PRIVADA y NO ENTRAR pegadas por todos lados, algunas veces las personas
—normalmente mundanos con una leve dosis de la Visión— se las arreglaban
para deambular por la puerta delantera de cualquier manera.
Emma se apartó de Julian y se alisó la ropa. Había parado de reír. Julian
se levantó, apoyándose sobre las manos, sus ojos curiosos.
—¿Todo bien? —dijo él.
—Me golpeé el hombro —mintió ella, y miró a los otros. Livvy estaba
permitiendo a Katrina mostrarle como sostener el cuchillo, y Ty estaba
sacudiendo la cabeza hacia Mark. Ty. Ella había sido la única en darle a Tiberius
ese apodo cuando nació, porque a los dieciocho meses no había sido capaz de
decir “Tiberius” y en su lugar le había llamado “Ty-Ty.” A veces se preguntaba
si él lo recordaba. Era extraño, las cosas que preocupaban a Ty y las que no lo
hacían. No podías predecirlas.
—¿Emma? —Julian se inclinó hacia adelante, y todo pareció explotar
alrededor de ellos. Hubo un repentino destello enorme de luz, y el mundo al
exterior de la ventana se volvió dorado blanquecino y rojo, como si el Instituto
se hubiese quedado atrapado en un incendio. Al mismo tiempo el suelo debajo
de ellos se balanceó como la cubierta de un barco. Emma se deslizó hacia
adelante justo cuando un terrible grito se elevó del piso de abajo, un horrible
grito irreconocible.
Livvy jadeó y fue por Ty, envolvió los brazos alrededor de él como si
pudiese rodear y proteger su cuerpo con el suyo. Livvy era una de las muy
pocas personas a las que a Ty no le molestaba que le tocara; él se puso de pie
con los ojos amplios, una de las manos metida en la manga de la camisa de su
hermana. Mark se había puesto ya de pie; Katerina estaba pálida bajo sus bucles
de pelo negro.
—Vosotros os quedáis aquí —dijo ella a Emma y a Julian, sacando la
espada de la vaina en su cintura—. Cuidad de los gemelos. Mark, ven conmigo.
—¡No! —dijo Julian, poniéndose de pie—. Mark...
—Estaré bien, Jules —dijo Mark con una sonrisa tranquilizadora; ya tenía
una daga en cada mano. Era bastante rápido con los cuchillos y su puntería era
infalible—. Quédate con Emma —dijo, asintiendo hacia ambos, y luego se
desvaneció detrás de Katerina, la puerta de la sala de entrenamiento cerrándose
detrás de ellos.
Jules se acercó a Emma, deslizó su mano en la de ella y la ayudó a
ponerse de pie; ella quería señalarle que estaba bien y que podía valerse por sí
misma, pero lo dejó pasar. Entendió la necesidad de sentirse como si estuviera
haciendo algo, cualquier cosa para ayudar. De repente otro grito se levantó de
la planta baja; ahí estaba el sonido del cristal rompiéndose. Emma se apresuró a
cruzar la habitación hacia los gemelos; aún eran mortales, como pequeñas
estatuas. Livvy estaba pálida, Ty se aferraba a su camisa con un apretón de
muerte.
—Todo va a estar bien —dijo Jules, poniendo la mano entre los delgados
omoplatos de su hermano—. Sea lo que sea que sea...
—No tienes ni idea de lo que es —dijo Ty con voz cortante—. No puedes
decir que va a estar bien. No lo sabes.
Entonces hubo otro ruido. Fue un sonido peor que el de un grito. Fue un
aullido terrible, salvaje y cruel. ¿Hombres lobo? Pensó Emma con asombro, pero
había escuchado los aullidos de los hombres lobo antes; esto era algo mucho
más oscuro y cruel.
Livvy se acurrucó contra el hombro de Ty. El levantó su carita blanca,
sus ojos siguiendo de Emma para descansar en Julian.
—Si nos escondemos aquí —dijo Ty—, y lo que sea nos encuentra y hace
daño a nuestra hermana, entonces será su culpa.
El rostro de Livvy estaba oculto contra Ty; él había hablado en voz baja,
pero Emma no tenía ninguna duda de que hablaba en serio. Por todo el
intelecto aterrador de Ty, por toda su extrañeza e indiferencia hacia los demás,
era inseparable de su gemela. Si Livvy estaba enferma, Ty dormía a los pies de
su cama; si ella tenía un rasguño, él entraba en pánico, y era lo mismo en la otra
forma.
Emma vio las emociones conflictivas que los perseguían a todos a través
del rostro de Julian —sus ojos buscaron los de ella, y ella asintió
minuciosamente. La idea de estar en la sala de entrenamiento y esperando que
lo que fuera que hubiera hecho que el sonido se acercara a ellos, hizo que
sintiera como si su piel se estuviera despegando de sus huesos.
Julian cruzó la habitación y regresó con una ballesta y dos dagas.
—Tienes que soltar a Livvy ahora, Ty —dijo, y después de un momento,
los gemelos se separaron. Jules tendió a Livvy una daga y le ofreció la otra a
Tiberius, quien la miró como si fuera un artefacto alienígena—. Ty —dijo Jules,
dejando caer la mano—. ¿Por qué tenías las abejas en tu habitación? ¿Qué es lo
que te gusta de ellas?
Ty no dijo nada.
—Te gusta la forma en que trabajan juntas, ¿verdad? —dijo Julian—.
Bueno, ahora tenemos que trabajar juntos. Vamos a llegar hasta la oficina y
hacer una llamada a la Clave, ¿está bien? Una llamada de emergencia. Entonces
ellos enviarán refuerzos para protegernos.
Ty extendió la mano para tomar la daga con un gesto brusco.
—Eso es lo que habría sugerido yo si Mark y Katerina me hubieran
escuchado.
—Él lo habría hecho —dijo Livvy. Había tomado la daga con más
confianza que Ty, y la sostenía como si supiera lo que estaba haciendo con la
hoja—. Es lo que él estaba pensando.
—Vamos a tener que ser muy silencios ahora —dijo Jules—. Vosotros dos
me vais a seguir hasta la oficina. —Levantó los ojos; su mirada se encontró con
la de Emma—. Emma va a ir a buscar a Tavvy y a Dru y nos encontraremos allí.
¿De acuerdo?
El corazón de Emma se abatió y se desplomó como un ave marina.
Octavius—Tavvy, el único bebé de sólo dos años. Y Dru, de ocho, demasiado
jóvenes para empezar el entrenamiento físico. Por supuesto que alguien iba a
tener que ir a por ellos. Y los ojos de Jules se lo estaban pidiendo.
—Sí —dijo ella—. Eso es exactamente lo que voy a hacer.
Cortana estaba atada a la espalda de Emma, un cuchillo de lanzar en su
mano. Ella pensó que podía sentir el latido del metal pulsando en sus venas
como un latido del corazón mientras se deslizaba por los pasillos del Instituto,
de espaldas a la pared. De cuando en cuando el pasillo se abriría fuera hacia las
ventanas, y la vista del mar azul, las verdes montañas y las pacíficas nubes
blancas se burlarían de ella. Pensó en sus padres, en algún lugar en la playa, sin
tener idea de lo que estaba ocurriendo en el Instituto. Deseó que estuvieran ahí,
y al mismo tiempo estaba contenta de que no lo estuvieran. Por lo menos
estaban a salvo.
Ella ahora se encontraba en la parte del Instituto con la que estaba más
familiarizada: las habitaciones de la familia. Pasó junto al dormitorio vacío de
Helen, ropa empaquetada y su polvoriento cubrecama. Pasó por la habitación
de Julian, familiar por un millón de fiestas de pijama, y la de Mark, la puerta
firmemente cerrada. La habitación de al lado era del Señor Blackthorn, y justo al
lado de ésta estaba la guardería. Emma tomó un profundo respiro y abrió la
puerta con el hombro.
Lo visión que encontraron sus ojos en la pequeña habitación pintada de
azul los hizo ampliarse. Tavvy estaba en su cuna, sus pequeñas manos
agarrando las barras, las mejillas rojo brillante de tanto gritar. Drusilla de pie
frente a la cuna, con una espada —el Ángel sabía dónde la había conseguido—
aferrada en su mano; estaba apuntada directamente hacia Emma. La mano de
Dru estaba temblando lo suficiente para que la punta de la espada estuviera
bailando alrededor; sus trenzas pegadas a ambos lados de su cara regordeta,
pero la mirada en sus ojos Blackthorn tenía una de determinación de acero: No
te atrevas a tocar a mi hermano.
—Dru —dijo Emma con tanta suavidad como pudo—. Dru, soy yo. Jules
me ha enviado por vosotros.
Dru dejó caer la espada con un repiqueteo y se echó a llorar. Emma la
pasó y tomó al bebé de la cuna con su brazo libre, sosteniéndolo sobre la cadera.
Tavvy era pequeño para su edad pero aun así pesaba unas buenas veinticinco
libras; ella hizo una pequeña mueca mientras él le agarraba el pelo.
—Memma —dijo.
—Shush. —Besó la parte superior de su cabeza. Olía a talco de bebé y
lágrimas—. Dru, agarra mi cinturón, ¿sí? Vamos a la oficina. Allí estaremos a
salvo.
Dru agarró del cinturón que sostenía las armas de Emma con sus
pequeñas manos; ya había parado de llorar. Los Cazadores de Sombras no
lloraban mucho, incluso cuando tenían ocho años.
Emma condujo la marcha hacia el vestíbulo. Los sonidos de abajo ahora
eran peores. Los gritos todavía continuaban, el aullido profundo, los sonidos de
cristales rompiéndose y de madera agrietándose. Emma avanzó hacia adelante,
agarrando a Tavvy, murmurando una y otra vez que todo estaba bien, que él
estarían bien. Y había más ventanas, y el sol brillaba a través de ellas con saña,
casi cegándola.
Estaba cegada por el pánico y el sol; era la única explicación para haberse
equivocado en el siguiente giro. Dio la vuelta por un pasillo, y en lugar de
encontrarse en el pasillo que esperaba, se encontró de pie en lo alto de la amplia
escalera que conducía al vestíbulo y las grandes puertas dobles que eran la
entrada del edificio.
El vestíbulo estaba lleno de Cazadores de Sombras. Algunos, familiares
como los Nefilim de la Cónclave de Los Ángeles, de negro, otros de traje rojo.
Había filas de estatuas, ahora volcadas, en trozos y en polvo en el suelo. El
ventanal que daba al mar había sido destrozado, los cristales rotos y la sangre
estaba por todas partes.
Emma sintió una sacudida de enfermedad en el estómago. En medio del
vestíbulo había una alta figura escarlata. Era rubio pálido, casi de pelo blanco, y
su rostro parecía el rostro de Raziel tallado en mármol, solo que carecía por
completo de misericordia. Sus ojos eran de carbón negro, en una mano llevaba
una espada sellada con un modelo de estrellas y en la otra, una copa hecha de
reluciente adamas.
La visión de la copa desencadenó algo en la mente de Emma. A los
adultos no les gustaba hablar de política alrededor de los Cazadores de
Sombras más jóvenes, pero ella sabía que el hijo de Valentine Morgenstern
había tomado un nombre diferente y jurado venganza contra la Clave. Sabía
que había hecho una copa que era lo contrario a la Copa del Ángel, que
convertía a los Cazadores de Sombras en malvadas y demoníacas criaturas.
Había oído al Señor Blackthorn llamarlos Cazadores de Sombras malvados, los
Cazadores Oscuros; había dicho que prefería morir antes que ser uno.
Entonces, ahí estaba él. Jonathan Morgenstern, a quien todo el mundo
llamaba Sebastian—una figura sacada de un cuento de Hadas, una historia
contada para asustar a los niños, cobraba vida. El hijo de Valentine.
Emma puso una mano en la parte trasera de la cabeza de Tavvy,
presionando su cara contra su hombro. No podía moverse. Se sentía como si
pesas de plomo se unieran a sus pies. Todos alrededor de Sebastian eran
Cazadores de Sombras en rojo y negro, y figuras en capas oscuras —¿También
eran Cazadores de Sombras? No podía decirlo— sus rostros estaban
escondidos, y ahí estaba Mark, sus manos sosteniéndose detrás de la espalda
por un Cazador de Sombras vestido de rojo. La daga yacía a sus pies, y había
sangre en sus ropas de entrenamiento.
Sebastian levantó una mano y dobló un largo dedo blanco.
—Traedla —dijo él; hubo un susurro en la multitud, y el Señor
Blackthorn dio un paso adelante, llevando a Katerina con él. Ella estaba
asustada, golpeándole con las manos, pero él era demasiado fuerte. Emma
observó con creciente horror como el Señor Blackthorn la empujaba sobre las
rodillas.
—Ahora —dijo Sebastian en una voz como la seda—, bebe de la Copa
Infernal, —y forzó el borde de la copa entre los dientes de Katerina.
Ahí fue cuando Emma averiguó lo que era el ruidoso aullido que había
escuchado antes. Katerina intentaba liberarse, pero Sebastian era demasiado
fuerte; atoró la copa para pasar por los labios de ella, y Emma la vio jadear y
tragar. Se apartó, y esta vez el Señor Blackthorn se lo permitió; él estaba riendo,
al igual que Sebastian. Katerina cayó al suelo, su cuerpo en espasmos, y de su
garganta salió un solo grito —peor que un grito, un aullido de dolor como si su
alma estuviese siéndole arrebatada del cuerpo.
Una risa fue alrededor de la habitación; Sebastian sonrió, y había algo
horrible y hermoso en él, de la forma que había algo horrible y hermoso sobre
las serpientes venenosas y los grandes tiburones blancos. Emma fue consciente
de que estaba flanqueado por dos acompañantes: una mujer con un canoso pelo
castaño, un hacha en sus manos, y una alta figura completamente envuelta en
una gabardina negra. Ninguna parte de él era visible excepto las oscuras botas
que mostraban el dobladillo debajo de la gabardina. Solo el peso y la
respiración le hacían pensar que era un hombre.
—¿Es este el ultimo Cazador de Sombras aquí? —Preguntó Sebastian.
—Ahí está el chico, Mark Blackthorn —dijo la mujer de pie a su lado,
levantando un dedo y señalando a Mark—. Debería ser lo suficientemente
mayor.
Sebastian miró a Katerina, quien había parado de espasmear y yació
tranquila, su pelo negro entrelazado por su rostro.
—Levántate, hermana Katerina —dijo él—. Ve y tráeme a Mark
Blackthorn.
Emma observó, arraigada en el lugar, como Katerina se ponía lentamente
de pie. Katerina había sido la tutora en el Instituto durante tanto tiempo como
Emma podía recordar; había sido su profesora cuando Tavvy había nacido,
cuando la madre de Jules había muerto, cuando Emma había comenzado su
primer entrenamiento físico. Le había enseñado lenguajes, limitar los cortes,
alivió los arañazos y les dio sus primeras armas; había sido como de la familia,
y ahora ella avanzaba, con los ojos en blanco, a través del caos del suelo y
extendía el brazo para sujetar a Mark.
Dru dio un jadeo, trayendo de golpe a Emma de regreso a la conciencia.
Emma giró, y situó a Tavvy en los brazos de Dru; Dru se tambaleó un poco y
entonces se recuperó, cogiendo con fuerza a su hermano bebé.
—Corre —dijo Emma—. Corre a la oficina. Dile a Julian que estaré ahí.
Algo de la urgencia en la voz de Emma se comunicó; Drusilla no
discutió, solo apretó a Tavvy con más fuerza y huyó, sus piececitos desnudos
sin hacer ruido sobre los suelos de los pasillos. Emma volvió a mirar abajo al
desenvuelto horror. Katerina estaba detrás de Mark, empujándolo adelante, una
daga presionada en el espacio entre sus amplios hombros. Él se tambaleó y casi
tropezó adelante frente a Sebastian; Mark ahora estaba cerca de las escaleras, y
Emma podía ver que había estado luchando. Había heridas defensivas en sus
muñecas y manos, cortes en su rostro, y sin duda ahí habría sido el momento
para las runas de curación. Había sangre por toda su mejilla derecha; Sebastian
lo miró, los labios curvándose en proclamación.
—Este no es del todo Nefilim —dijo—. Parte Hada, ¿estoy en lo cierto?
¿Por qué no fui informado?
Hubo un murmullo. La mujer de pelo castaño dijo:
—¿Eso significa que la Copa no funcionará en él, Lord Sebastian?
—Significa que no lo quiero —dijo Sebastian.
—Podemos llevarlo al valle de la sal —dijo la mujer de pelo castaño—. O
a los altos lugares de Edom, y sacrificarlo ahí por el placer de Asmodeus y
Lilith.
—No —dijo Sebastian lentamente—. No, no sería sensato, creo, hacer eso
a alguien con la sangre de la Corte de las Hadas.
Mark le escupió.
Sebastian lo miró sorprendido. Se giró hacia el padre de Julian.
—Ven y sujétalo —dijo—. Hiérele si lo deseas. Debería tener solo mucha
paciencia con tu hijo de media semilla.
El Señor Blackthorn dio un paso adelante, sosteniendo un sable. La hoja
estaba ya manchada con sangre. Los ojos de Mark se ampliaron con horror. La
espada se levantó…
El cuchillo cayendo dejó la mano de Emma. Voló por el aire, y se enterró
en el pecho de Sebastian Morgenstern.
Sebastian tropezó hacia atrás y la espada en la mano del Señor
Blackthorn cayó a un lado. Los otros estaban sollozando; Mark se precipito a
ponerse de pie mientras Sebastian miraba la espada en su pecho, el mango
saliendo de su corazón. Frunció el ceño.
—Ouch —dijo y liberó el cuchillo. La espada estaba resbaladiza con
sangre, pero Sebastian parecía sin preocupación por la herida. Lanzó el arma a
un lado, mirando arriba. Emma sintió esos oscuros y vacíos ojos en ella, como el
toque de dedos fríos. Le sintió tomar medida de ella, sopesarla y conocerla, y
descartarla.
—Es una pena que no vivirás —le dijo a ella—. Vivir para decir a la
Clave que Lilith me ha fortalecido más allá de toda medida. Tal vez Gloriosa
terminará con mi vida. Una misericordia para los Nefilim que no tienen más
favores que puedan pedir al Cielo, y ninguno de los débiles instrumentos de
guerras que forjan en su Ciudadela de Adamante pueden herirme ahora. —Se
giró hacia los otros—. Matad a la chica —exigió, golpeando a su ahora
sangrienta chaqueta con repugnancia.
Emma vió a Mark lanzarse hacia las escaleras, intentando llegar a ella
primero, pero la oscura figura al lado de Sebastian ya había sujetado a Mark y
estaba atrayéndolo hacia abajo con las manos enguantadas de negro; esos
brazos fueron alrededor de Mark, le sostuvieron, casi como si estuvieran
protegiéndolo. Mark estaba en puros, y entonces fue perdido de la vista de
Emma mientras los Cazadores Oscuros subían por las escaleras.
Emma dio la vuelta y corrió. Había aprendido a correr en las playas de
California, donde la arena se movía bajo sus pies con cada paso, al continuar en
un suelo solido mientras era tan rápida como el viento. Se precipitó por el
pasillo, su pelo volando detrás de ella, saltó un pequeño conjunto de escalones,
viró a la derecha, y se metió en la oficina. Golpeó la puerta detrás de ella y
arrojó la cerradura antes de girarse para mirar.
La oficina era una habitación de gran tamaño, las paredes alineadas con
libros de referencia. Había otra biblioteca en la planta superior también, pero
esta era donde el Señor Blackthorn había llevado el Instituto. Había un
escritorio de caoba, y sobre él dos teléfonos: uno blanco y otro negro. El
recibidor estaba fuera del gancho del teléfono negro, y Julian estaba
sosteniendo el mango, gritando por la línea:
—¡Tenéis que mantener el Portal abierto! ¡Aún no estamos a salvo! ¡Por
favor…!
La puerta detrás de Emma tronó e hizo eco mientras los Cazadores
Oscuros se agolpaban contra ella; Julian miró arriba con alarma, y el recibidor
cayó de sus dedos mientras vio a Emma. Ella le devolvió la mirada, y la pasó
hacia donde toda la pared oriental estaba brillando. En el centro había un
Portal, un agujero de forma rectangular en la pared por la cual Emma podía ver
formas plateadas girando, un caos de nubes y viento.
Se tambaleó hacia Julian, y él la cogió por los hombros. Sus dedos
agarraron su piel con fuerza, como si no pudiese creer que ella estuviese ahí, o
real.
—Emma —exhaló, y entonces su voz retomó la velocidad—. Em, ¿dónde
está Mark? ¿Dónde está mi padre?
Ella sacudió la cabeza.
—No pueden… no pude… —tragó—. Es Sebastian Morgenstern —dijo, y
brincó cuando la puerta tembló de nuevo bajo otro asalto— tenemos que
regresar por ellos… —dijo, girándose, pero la mano de Julian ya estaba
alrededor de su muñeca.
—¡El Portal! —Gritó sobre el sonido del viento y el martilleo de la
puerta—. ¡Va a Idris! ¡La Clave lo abrió! Emma… ¡va a permanecer abierto
durante otros pocos segundos!
—¡Pero Mark! —dijo ella, aunque no tenía ni idea de lo que podían hacer,
como podían luchar por su camino para pasar a los Cazadores Oscuros
amontonándose en el pasillo, como podían luchar contra Sebastian
Morgenstern, quien era más poderoso que cualquier Cazador de Sombras
normal—. Tenemos…
—¡Emma! —gritó Julian, y entonces la puerta se abrió y los Cazadores
Oscuros irrumpieron en la habitación. Escuchó a la mujer de pelo castaño gritar
detrás de ella, algo sobre que los Nefilim arderían, todos arderían en las llamas
de Edom, arderían, morirían y serían destruidos…
Julian fue corriendo hacia el Portal, llevando a Emma por una mano;
después de otra aterrorizada mirada detrás de sí, ella le permitió tirar de ella. Se
agachó cuando una flecha los pasaba y golpeaba contra una ventana a su
derecha. Julian la agarró frenéticamente, envolviendo los brazos alrededor de
ella; ella sintió sus dedos amarrados a la parte trasera de su camisa mientras
caían dentro del Portal y eran tragados por la tempestad
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